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sábado, octubre 01, 2011

Parábola de los viñadores homicidas


 En medio de la discusión de Jesús con las autoridades judías, Mateo enlaza la parábola de los dos hijos con otra historia, que se desarrolla en un ambiente similar: la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43): Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí.

Los Padres de la Iglesia ven la Providencia divina en el hombre que cuida de la viña: la compra, la trabaja, la protege, la dispone, la edifica y la arrienda a unos hombres. San Juan Crisóstomo comenta: “mirad la gran providencia de Dios y la inexplicable indolencia de ellos. En verdad, Él mismo hizo lo que tocaba a los labradores. Solo les dejó un cuidado mínimo: guardar lo que ya tenían, cuidar lo que se les había dado. Nada se había omitido, todo estaba acabado. Mas ni aún así supieron aprovecharse, no obstante los grandes dones que recibieron de Él”.

Podemos ver en esa viña el mundo que Dios nos entrega, lleno de perfecciones naturales, con un encargo: que lo trabajemos. El Génesis dice que el fin de la creación del ser humano fue ut operaretur, para que trabajara el jardín del Edén: “los cristianos no debemos abandonar esta viña, en la que nos ha metido el Señor. Hemos de emplear nuestras fuerzas en esa labor, dentro de la cerca, trabajando en el lagar y, acabada la faena diaria, descansando en la torre. Si nos dejáramos arrastrar por la comodidad, sería como contestar a Cristo: ¡eh!, que mis años son para mí, no para Ti. No deseo decidirme a cuidar tu viña” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 48).

Es fácil notar en estas parábolas sobre el trabajo la actitud perezosa del hombre: el hijo mayor del pródigo se lamenta de haber trabajado muchos años al lado de su padre, y no se da cuenta de que se trataba de una gran bendición una dedicación como esa, con tan buena compañía; los dos hermanos miran con recelo el trabajo en la finca; estos labradores “no saben aprovecharse, no obstante los grandes dones”… Es una de las consecuencias del pecado original: perder de vista la grandeza de trabajar con Dios, a pesar del cansancio que conlleva.

Trabajar con Dios. Encontrarse con Él. Perfeccionarse, cumpliendo la misión que Él mismo nos ha encomendado de llevar el mundo a la perfección, de reconciliarlo con Él. Embellecer su obra. ¡Qué horizonte maravilloso, para quien descubre lo que significa trabajar en la viña del Señor!


Trabajar en la viña del Señor. Santificarse en el trabajo ordinario. O’Callaghan explica que esto quiere decir trabajar con perfección humana  y cristiana. Perfección humana: “es decir con orden, intensidad, constancia, competencia y espíritu de servicio y de colaboración con los demás; en una palabra, con profesionalidad. “Hemos de trabajar como el mejor de los colegas. Y si puede ser, mejor que el mejor. Un hombre sin ilusión profesional no me sirve”(San Josemaría, citado en Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, p. 329)”.

Y perfección cristiana: “poniendo a Dios en primer lugar, pues la vocación profesional es parte esencial de la vocación divina destinada a cada hombre en la tierra. (…) rectificando la intención, hay que intentar trabajar sólo para que el Señor esté contento con nuestro quehacer, aunque a los ojos del mundo parezca de poco valor, con un desprendimiento interior de cualquier reconocimiento humano: Deo omnis gloria! [¡para Dios toda la gloria!]. En esta lucha por progresar día a día, perseverantemente, con ganas y sin ganas, forjamos, con la ayuda del Señor, la unidad de vida. “Mido la eficacia y el valor de las obras, por el grado de santidad que adquieren los instrumentos que las realizan. Con la misma fuerza con que antes os invitaba a trabajar, y a trabajar bien, sin miedo al cansancio; con esa misma insistencia, os invito ahora a tener vida interior” (San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 20). 

Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Dios nos da una misión y espera que demos frutos. Serán el indicador de que hemos acogido su regalo, que hemos cumplido el encargo. No trabajamos por los resultados, pero es justo que el Señor pueda decir: “bien hecho, siervo bueno y fiel”. Lo más importante no es nuestro esfuerzo, sino la gracia de Dios, pero Él quiere contar con nuestro concurso, con nuestra participación, nos entrega su viña con la esperanza de alcanzar fruto para nuestro bien y el de nuestros hermanos los hombres.

Por eso, es muy triste leer como en un díptico el canto de la viña que escribió Isaías, y que está como música de fondo para esta parábola. El profeta pone en boca de Dios las siguientes palabras: “Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones. La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos”.

“Pidamos al Señor que seamos almas dispuestas a trabajar con heroísmo feraz. Porque no faltan en la tierra muchos, en los que, cuando se acercan las criaturas, descubren sólo hojas: grandes, relucientes, lustrosas. Sólo follaje, exclusivamente eso, y nada más. Y las almas nos miran con la esperanza de saciar su hambre, que es hambre de Dios. No es posible olvidar que contamos con todos los medios: con la doctrina suficiente y con la gracia del Señor, a pesar de nuestras miserias” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 51).

Aquellos hombres comenzaron siendo perezosos, no quisieron trabajar y por eso la viña produjo uvas agrias. Pero cuando el alma empieza por ese camino de tibieza y acidia espiritual, el final puede ser desastroso y terminar en la ofensa a Dios, en el pecado: aquellos labradores desoyeron a los mensajeros de Dios, incluso mataron a algunos. Por último, rechazaron al Hijo: “lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron”.

La parábola es dramática, pues Jesús la cuenta justo en la última semana de su vida. Pocos días después, sus interlocutores lo sacarían fuera de Jerusalén y lo matarían. Pero con Dios nunca hay finales tristes, pues solo Él puede sacar vida de la muerte, amor del odio, gracia del pecado. Ese es el mensaje final de la historia, la esperanza cristológica: Jesús les dijo: — ¿Acaso no habéis leído en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos?

El Señor invita a aquellos hombres tibios, a punto de caer en pecado, a la conversión. Como ellos, también nosotros estamos a tiempo de poner a Jesús como piedra angular de nuestras vidas, como clave de una nueva existencia, olvidados de nosotros mismos y dispuestos a ser sus discípulos a partir de ahora.

Se lo pedimos, con el salmo 79: “Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la planta sembrada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida; alabaremos tu poder. Restablécenos, Señor, Dios de los ejércitos; míranos con bondad y estaremos a salvo”.

El mismo Señor nos promete que escucha nuestras súplicas y que, si bien personalmente no hemos dado los frutos que esperaba, encontraremos la fuerza para lograrlo si nos apoyamos en la gracia que nos ofrece a través de su familia en la tierra, de su Iglesia: Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos.

La Virgen es la Madre de esa familia, que es la Iglesia. A ella acudimos para pedirle que recibamos con gratitud la misión que el Señor nos encomienda, que renovemos el propósito de unirnos con Dios precisamente a través de nuestro trabajo. Y nuestra tierra dará su fruto: una labor realizada con la mayor perfección posible, humana y cristiana, al servicio de los demás.