Mostrando las entradas con la etiqueta misericordia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta misericordia. Mostrar todas las entradas

sábado, junio 25, 2016

San Josemaría y el Año de la misericordia

Celebramos la fiesta de San Josemaría, y recordamos que, en la ceremonia de su canonización, el papa san Juan Pablo II lo nombró «el santo de lo ordinario»: el motivo es que el Fundador del Opus Dei «estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada. La santidad está realmente al alcance de todos» (Discurso, 7-X-2002).

Uno de los puntos en los que insistía san Josemaría es la importancia que tiene para un católico la unión con el Santo Padre, hasta acuñó una frase que resume el itinerario de su misión apostólica: «Todos, con Pedro, a Jesús por María» (C,833). Siguiendo su ejemplo de amor al Romano Pontífice, aprovechemos esta Eucaristía para renovar nuestra unión a sus intenciones. En concreto, al año jubilar de la misericordia, que estamos viviendo desde diciembre del año pasado hasta el próximo 20 de noviembre.

El papa Francisco ha visto que el punto central que Dios quiere legar a la Iglesia y a la humanidad entera, como fruto de su pontificado, es el anuncio de la misericordia divina. Ese amor de Dios se manifiesta desde la creación, como hemos escuchado en la primera lectura: el diseño original, amoroso, del Creador, antes del pecado original, era que el ser humano colaborase en la perfección del cosmos. Por eso, san Josemaría resaltaba dos palabras del Génesis: Dios puso al hombre en el mundo ut operaretur, para que trabajara. El trabajo no es castigo, sino misericordia, camino de santificación.

La revelación del amor divino se completó con la Encarnación del Hijo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra» (Francisco, MV, 1). El Señor nos invita, como vimos en el Evangelio, a seguirle mar adentro y a echar las redes para la pesca.

Esa llamada también es misericordiosa, como escribió san Josemaría en una frase que podría resumir el sentido del año jubilar para los que siguen su espiritualidad: «nuestra entrega, al servicio de las almas, es una manifestación de esa misericordia del Señor, no solo hacia nosotros, sino hacia la humanidad toda» (Carta, 24-III-1930, n.1. Citada por Echevarría, Carta pastoral, 4-XI-2015, n.3).

Jesús nos invita a ir mar adentro, a que invitemos a todas las personas que queremos, a cruzar la Puerta Santa de la misericordia divina. Por esa razón, durante este año la tradicional Puerta jubilar no solo está en Roma, sino en todas las diócesis, como un signo «a través de la cual quien quiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza» (MV,3).

Esa peregrinación hacia la Puerta Santa es una muestra del esfuerzo que conlleva la conversión. El tema central de la predicación del Papa es que «Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros quienes nos cansamos de pedir perdón». Gracias a Dios, son muchos los que regresan a la Iglesia, como el hijo pródigo, quizá después de bastante tiempo alejados de la vida cristiana, al escuchar estas palabras.

En este Año Santo, además de la absolución de la culpa, que recibimos en el sacramento de la reconciliación, podemos lucrar la indulgencia, que es el perdón de la pena que debemos por esos pecados ya perdonados. En un gesto de misericordia, podemos ofrecerla por las almas del purgatorio de nuestros seres queridos, o simplemente de quien más lo necesite. Los otros requisitos para alcanzar la indulgencia del año jubilar, además de cruzar la Puerta Santa y confesarse, son: comulgar, rezar el Credo, y pedir por las intenciones del papa Francisco.

Por otra parte, como una manera concreta de manifestar la transformación que la gracia de Dios realiza en nosotros, el Papa desea «que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia se hace visible en el testimonio de signos concretos, como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar» (Carta, 1-IX-2015).

San Josemaría fue muy generoso, con su ministerio sacerdotal, en la atención a las personas pobres, enfermas y necesitadas. Y quería que todos sintiésemos esa necesidad de salir al encuentro de Jesucristo, presente en sus hermanos más pequeños. Por eso fomentó las visitas a los pobres y las catequesis en barrios necesitados, entre otras labores que aún se continúan en los cinco continentes. Bajo su inspiración se han desarrollado muchísimas actividades en favor de las personas que viven en las «periferias existenciales», también en esta ciudad: consultorios médicos y de orientación familiar, centros educativos populares, bancos de alimentos, etc. Pensemos en este momento cuáles obras de misericordia, corporales y espirituales, podríamos concretar como fruto de esta celebración.

Un ámbito privilegiado para ejercitar esas obras de misericordia es la propia familia. Como enseñaba san Josemaría, «los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su felicidad» (Conv 91).

El Santo Padre ha recordado recientemente, en la Exhortación Apostólica Amoris laetitia, algunas virtudes que manifiestan esa misericordia intrafamiliar: la paciencia, el servicio, la amabilidad, el desprendimiento, el perdón, la alegría, la confianza, la esperanza; en una palabra: el amor.

Concluyamos agradeciendo al Señor por los regalos que nos ha hecho con el ejemplo de la vida santa de San Josemaría, con su predicación y con su intercesión. Aprendamos a imitarlo en su amor al Santo Padre, secundando esas dos enseñanzas que el Papa quiere fomentar ahora: que acojamos la misericordia divina y que nos esforcemos por ser misericordiosos como el Padre, comenzando con nuestra propia familia, que son las personas que más cerca tenemos.

En los últimos años de su vida, el Señor le hizo ver a san Josemaría que, para alcanzar misericordia, «hemos de ir con mucha fe al trono de la gloria, la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra (…). Vayamos, a través del Corazón Dulcísimo de María, al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, a pedirle que, por su misericordia, manifieste su poder en la Iglesia y nos llene de fortaleza para seguir adelante en nuestro camino, atrayendo a Él muchas almas» (Notas de una reunión familiar, 9-IX-1971, citado por Echevarría, Carta pastoral 4-XI-2015, n.8). 

jueves, junio 02, 2016

Sagrado Corazón de Jesús

La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús aparece entre las grandes fiestas que la liturgia prevé para recomenzar el tiempo ordinario después de la Pascua, además de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi.
Durante la semana dedicada a la adoración de la Hostia Santa, el viernes, día en que murió Cristo, se contempla el amor misericordioso del Corazón de Jesús y se le desagravia por las ofensas contra el Santísimo Sacramento. Vemos entonces que se trata de una fiesta muy especial: hay naciones consagradas a Él, muchas familias tienen una imagen suya presidiendo los hogares y las fincas, etc.
Se entiende que sea una devoción tan arraigada en los pueblos cristianos, pues se remonta a la consideración de la Humanidad santísima de Jesucristo, de ese corazón que nos amó tanto, hasta el extremo de hacerse hombre para redimirnos de nuestros pecados.
La celebración litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús se remonta al siglo XVII, cuando el Señor se le apareció a santa Margarita María de Alacoque todos los primeros viernes, durante varios años. En esas apariciones le mostraba su Corazón sacratísimo, y le hacía ver las heridas que le causaban los pecados de los hombres, especialmente las que le originaban sus elegidos. En uno de esos encuentros, le pidió a santa Margarita María que promoviera la fiesta del Sagrado Corazón el viernes de la Octava de Corpus y que difundiera la devoción de los primeros viernes durante el año.
Entonces podemos definir esta solemnidad como la fiesta del amor. De la caridad infinita de Dios, de su invitación a corresponderle, de acuerdo con el afamado refrán (amor con amor se paga): «Al tratar ahora del Corazón de Jesús, ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotros. Al recomendar la devoción a ese Sagrado Corazón, estamos recomendando que debemos dirigirnos íntegramente —con todo lo que somos: nuestra alma, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones, nuestros trabajos y nuestras alegrías— a todo Jesús» (ECP,164).

La liturgia escoge textos de la Escritura que enfatizan ese amor del Padre por nosotros. Por ejemplo, la Antífona de entrada está tomada del salmo 32, que alaba el plan del Señor, un designio que subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad. En concreto, agradece que los ojos del Señor estén puestos en quien lo teme, en los que esperan su misericordia. Esa es la disposición generosa del Padre: librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. Así se nota a lo largo de toda la Sagrada Escritura.
Con la oración colecta de la Misa «recordamos los beneficios de tu amor». Y es lo que hacemos en nuestra meditación, agradecerle al Señor todo lo que nos ha dado. Dios quiere que nos detengamos a contemplar su misericordia. Como explica san Juan Pablo II en su encíclica sobre este atributo divino, el amor del Padre se nota desde la creación: Dios crea por amor, no necesita del cosmos para ser más grande, sino que lo trae a la existencia como una manifestación de la superabundancia de su amor.
En el Antiguo Testamento, se revela con un amor de esposo, fiel, que perdona las ofensas. El Señor muestra esa misericordia en hechos y en palabras. La terminología bíblica ayuda a entender las principales dimensiones del amor misericordioso de Dios: una de las palabras usadas para definirlo es Hesed, que significa «amor bueno, amor fiel». Es la gracia, que procede de la fidelidad divina. Dios, como es fiel, ama y perdona siempre. Otra palabra es rah mim, que se relaciona con una visión que podríamos decir más femenina: es el amor materno, se refiere a las entrañas misericordiosas de Dios; es un amor gratuito, del Señor que salva, que perdona y que cumple las promesas.
De esa manera, el Antiguo Testamento va abriendo el camino para entender mejor la potencia la caridad divina, que prevalece sobre el pecado, sobre la infidelidad de ese pueblo que era tan traidor. Ese amor sobresale por encima de las miserias, tanto comunitarias como individuales. Por lo tanto, concluye san Juan Pablo II, la misericordia define a Dios y, además, al pueblo que la recibe (Cf. DM, nt.52).
Y podemos aprovechar nuestro diálogo con el Señor para recordar en este momento, y agradecerle sus dones: gracias, Dios mío, por el don de la creación, gracias por haberme traído al mundo, por habernos redimido con tu muerte en la Cruz, porque te quedaste en la Eucaristía, porque me hiciste cristiano, por haber venido a mi alma en el sacramento del Bautismo, por haber perdonado mis pecados ¡tantas veces!, también —si fuera el caso— por haber enriquecido la vocación bautismal a la santidad con una llamada específica para seguirte más de cerca, preocupado por la salvación de las almas, y así vivir mi existencia con una perspectiva nueva…
Son muchos los motivos que tenemos para darle gracias a Dios, y la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús es un buen momento para meditarlo. En cuántas ocasiones omitimos la gratitud, o ni siquiera somos conscientes, de tantos regalos que el Señor nos ha dado: «Dios me ama... Y el Apóstol Juan escribe: “amemos, pues, a Dios, ya que Dios nos amó primero”. —Por si fuera poco, Jesús se dirige a cada uno de nosotros, a pesar de nuestras innegables miserias, para preguntarnos como a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”... —Es la hora de responder: “¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!”, añadiendo con humildad: ¡ayúdame a amarte más, auméntame el amor!» (F,497).
Ayúdanos, Señor, a aprender de tu ejemplo de misericordia. Auméntanos el amor, para querer como Tú lo haces, con ese Corazón humano y divino de Jesús, que siempre salía al encuentro de los enfermos, de los desplazados, de los hambrientos, de los más necesitados, como la viuda de Naím con su hijo muerto, o como las hermanas de Lázaro en Betania. Esa actitud que san Juan resume en el prólogo de la última cena: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo…
La liturgia de la Misa cita en la primera lectura al profeta Ezequiel (34,11-16), para mostrar hasta dónde se remontan esas prefiguraciones del amor divino, esos anuncios del Antiguo Testamento: yo mismo apacentaré mis ovejas, y las haré reposar. La figura del pastor era muy común en ese tiempo, recordamos que era la profesión del rey David. La Escritura enseña que Dios esperaba que los dirigentes de su pueblo fueran pastores, y no monarcas al estilo humano, tiranos. Y por eso el Señor anuncia que él mismo será el Pastor de su rebaño. Y, además, hace una promesa que se cumplirá en Jesús, quien dirá de sí mismo: yo soy el buen Pastor (Jn 10,11). 
Debido a esa actitud pastoral hacia los «publicanos y pecadores», el Señor padecería contradicciones hasta morir en la Cruz, y por eso explicaba, con la parábola de la oveja perdida, que estaba cumpliendo la profecía de Ezequiel: ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? (Lc 15,4). Ese es Jesús, el buen Pastor, que se preocupa de la única oveja extraviada y la cura. Ahí vemos reflejado su Corazón misericordioso, que viene a nuestro encuentro, que nos busca en medio de nuestras miserias y nos carga sobre sus hombros para llevarnos de nuevo a su redil.
Los Padres explicaban que el Buen Pastor nos apacienta con su palabra. Y también nos hace reposar con su amor, con su perdón, con su compañía, y con su presencia en el sagrario. Por eso la fiesta del Sagrado Corazón está inserida en la Octava del Corpus Christi. La misericordia prefigurada en el Antiguo Testamento llega a su perfección con Jesucristo: en sus palabras, en sus gestos, especialmente en su sacrificio en el Calvario, cuyos efectos podemos recibir ahora a través de los sacramentos. 

Por esa razón, la liturgia detiene su mirada en ese Pastor que da la vida por sus ovejas. Siguiendo al profeta Zacarías (12-10), nos ayuda a «mirar al que traspasaron», al que dio su vida por amor a nosotros en la Cruz. El profeta continuaba su anuncio presagiando que aquél día manaría una fuente para lavar el pecado y la impureza, lo que San Juan vio cumplido en el agua que brotó del costado traspasado con una lanza en la cima del Gólgota: Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua (Jn 19,34). 

El prefacio de la Misa resume la teología de la redención con una oración poética: «con amor admirable se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de salvación».
Contemplamos en nuestra oración el amor misericordioso de Jesucristo, nuestro buen Pastor: «Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón» (BXVI, Homilía 110610).
Y qué mejor manera de hacerlo que meditando sobre el salmo 22, que nos ayuda, nos acompaña, prepara la mesa eucarística para la lucha por la santidad. Agradezcamos al Señor por tantas manifestaciones de su misericordia: «¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos... —¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo!» ... (S,813).
Danos, Señor, un corazón que se duela de sus faltas y que desagravie por sus pecados y los de todos los hombres. Recordemos que, entre las promesas que nuestro Señor hizo a santa Margarita María para quienes vivieran esta devoción, decía: «Yo les prometo, en el exceso de la infinita misericordia de mi Corazón, que Mi amor todopoderoso les concederá a todos aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; no morirán en desgracia ni sin recibir los sacramentos. Mi divino Corazón será su refugio seguro en este último momento».
Ante nuestra mala respuesta, podemos pedirle a Dios que nos conceda «recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia» (oración Colecta). Que de ese manantial infinito saquemos amor para enmendar nuestra falta de correspondencia a su misericordia. Que nos esforcemos por desagraviarlo: con amor a Dios (en primer lugar, pidiendo perdón en el sacramento de la reconciliación las veces que haga falta; luchando para ser almas de oración y para crecer en amor a la Cruz; recibiendo con frecuencia la sagrada comunión; o con la práctica de los primeros viernes, etc.).
Otra manera de reparar por las ofensas al Corazón de Jesús puede ser a través del amor a los demás. Pidámosle, con la jaculatoria tradicional: «Haced mi corazón semejante al Vuestro». Enséñanos a amar, como amas Tú, a nuestros hermanos más cercanos (fraternidad) y a todas las almas (apostolado). Es un verdadero programa de vida, que viene resumido en la oración para después de la comunión: «Este sacramento de tu amor, Dios nuestro, encienda en nosotros el fuego de la caridad que nos mueva a unirnos más a Cristo y a reconocerle presente en los hermanos».
La Virgen santísima es Madre de Misericordia. Justamente el día después del Sagrado Corazón de Jesús celebramos la fiesta del Corazón Inmaculado de María, porque Ella nos enseña el camino seguro para amar a Dios y a nuestros hermanos. A nuestra Madre le pedimos que interceda ante la Trinidad para que escuche nuestra oración: «Concédenos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada; y establece en nuestros corazones el lugar de tu reposo, para permanecer así íntimamente unidos: a fin de que un día te podamos alabar, amar y poseer por toda la eternidad en el Cielo, en unión con tu Hijo y con el Espíritu Santo. Así sea» (San Josemaría, Consagración, 26-X-1952, en AVP).

martes, diciembre 29, 2015

Navidad del Año de la misericordia

Cada año la liturgia nos ayuda a revivir los principales misterios de la vida de Cristo: desde su nacimiento en Belén hasta el triduo pascual. En Navidad, nos servimos de los Evangelios de la infancia y también de la oración de los santos, que nos ayudan a profundizar en el sentido profundo de estos momentos de la vida de nuestro Señor, para no correr el riesgo de quedarnos en sentimentalismos estériles.
Contemplemos, por ejemplo, unas palabras de san Josemaría: «Dios nos enseña a abandonarnos por completo. Mirad cuál es el ambiente, donde Cristo nace. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones» (Carta 14-II-1974, n. 2. Citado por Echevarría J., Carta Pastoral, 1-XII-2015. Subrayados añadidos). Pongamos nuestras miradas en el pesebre de Belén. Observemos al Niño, inerme, generoso, entregado por completo en las manos de los hombres. Y contemplemos la donación total de María y de José. Cada uno a su modo, los tres miembros de la Sagrada Familia viven una entrega sin condiciones. Su ejemplo nos sirve para ver qué tan incondicionado es nuestro amor, o si lo hacemos depender de nuestro estado de ánimo, de salud, del cansancio o, en general, de nuestro capricho.
Señor: ayúdanos a seguirte de ese modo, abandonados por completo en ti, sirviéndote sin condiciones. «Sería suficiente recordar aquellas escenas, para que los hombres nos llenáramos de vergüenza y de santos y eficaces propósitos. Hay que embeberse de esta lógica nueva, que ha inaugurado Dios bajando a la tierra» (Ibídem). Con tu venida a este mundo, Señor, nos enseñaste otro modo de pensar, una lógica diversa a la nuestra, que es tan apegada a la tierra, a nuestras cosas personales. Por esa razón, el papa Francisco invita a una nueva mudanza: «¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Dios no se cansa de tender la mano. Está dispuesto a escuchar. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión» (Misericordiae vultus).
¿Cómo se manifiesta la lógica divina? –«En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención» (San Josemaría 1974, cit.). Ojalá se diera ese efecto en nuestra vida, como fruto de la oración personal: que aprendiéramos del ejemplo de Jesús, María y José a olvidarnos de nosotros mismos.
 «Rendida nuestra soberbia, declaremos al Señor con todo el amor de un hijo: ego servus tuus, ego servus tuus, et fílius ancíllæ tuæ (Sal 115, 16): yo soy tu siervo, yo soy tu siervo, el hijo de tu esclava, María: enséñame a servirte» (Ibídem). La clave de la lógica divina es la virtud de la humildad. Por eso se puede decir, al considerar el pesebre, que se trata de «El triunfo de Cristo en la humildad» (ECP). La caridad y la misericordia divinas se manifiestan en el abajamiento, en la humillación que supuso asumir la naturaleza humana, aparecer como un Niño pobre, humilde, sin un lugar adecuado para nacer.
Durante el tiempo de Navidad el Señor nos invita de nuevo a aprender de Él, a entrar en esa lógica nueva de la humildad, a ponernos en la misma longitud de onda del Señor, de María, de José. Por eso es tan conveniente meditar en esta manifestación inefable de la misericordia de Dios con nosotros: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.
En la mitad de la noche, Cristo viene como luz verdadera, con el esplendor de su gloria, para iluminar las tinieblas de nuestros pecados. Para llenarnos de confianza en que, con su ayuda, venceremos todas las contradicciones. En primer lugar, las que originamos con nuestras propias miserias. También las externas, del ambiente en el que nos movemos, y del mundo en general, que muestra las consecuencias del pecado original en forma de guerras, injusticias, corrupción, degradación de costumbres, etc.
Ante ese panorama negativo, el cristianismo mira el mundo con esperanza, porque sabe que Jesús es la luz del mundo, como anunciaba el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz. Comenta el papa Francisco que «también nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la "luz grande" (…) que ilumina el horizonte» (Homilía, 24.XII.14).
El Niño Dios es la luz que manifiesta la misericordia del Padre. Por esa razón la segunda lectura de la noche de Navidad es tomada de la carta de san Pablo a Tito (2,11-14). Cuando el apóstol de las gentes instruye a los diversos miembros de la comunidad (ancianos, ancianas, jóvenes, esclavos) con el fin de que sean modelo de buena conducta, el motivo que les ofrece para que obren así es porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a (aguardar) la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. San Pablo nos invita a la conversión como consecuencia de que se ha manifestado la misericordia divina. Ya que lo hemos visto y hemos experimentado su salvación, abandonemos las obras de las tinieblas y pasemos al mundo de la luz.
Llama la atención el modo como narra el Evangelio la aparición de los ángeles a los pastores: De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad. Si así se describe la presencia angelical, imaginemos cómo sería la del mismo Dios hecho hombre. Como expresa el Prefacio de la Misa de Navidad: «gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que, conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible».
En la Navidad del 2015 la Iglesia desea que celebremos el hecho que Dios ilumina el horizonte del mundo con su amor misericordioso… ¡Año de la misericordia! Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Celebramos la caridad, la compasión de Dios, que es como una palabra clave para indicar la actuación del Señor hacia nosotros. Es lo que significa el Jubileo en la historia, desde el Antiguo Testamento: «Si una palabra tuviera que resumir lo que suponía un jubileo para el Pueblo de Israel, podría ser “libertad”. Libertad: ¿no está hoy más que nunca esta palabra en boca de todos? Y, sin embargo, muchas veces olvidamos que la libertad, en su sentido más profundo, proviene de Dios. Con su pasión salvadora y su resurrección, Él nos libera de la peor esclavitud: el pecado» (Ayxelà C. 2015. Eterna es su misericordia. Recuperado de: http://opusdei.es/es-es/document/eterna-es-su-misericordia/, 24-XII-2015).
Navidad significa que Jesucristo nos revela, nos manifiesta con su luz «el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra» (Francisco, Misericordiae vultus, n.1). Por esa razón, una manera sublime de celebrar esos misterios, de conseguir más fruto del año jubilar, es poniendo en el centro de nuestra vida la relación con Jesucristo: pidiendo perdón en el sacramento de la reconciliación, para disponernos a comulgar con su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía. 

Terminemos acudiendo a la Virgen, Madre de misericordia, con las palabras con que el papa Francisco concluye la bula convocatoria del año jubilar: «La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne (…). María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús».

martes, diciembre 08, 2015

Inmaculada Concepción: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.

La liturgia que celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María nos ayuda a considerar varios aspectos de la piedad filial mariana. En concreto, podemos meditar sobre tres jaculatorias dirigidas a la Virgen: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.
Causa de nuestra alegría, en primer lugar. La antífona de entrada nos pone desde el comienzo en un ambiente de júbilo: Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación, y me ha envuelto con un manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas (Is 61,10). Estas palabras corresponden a la exclamación del pueblo de Dios agradecido por haber experimentado la misericordia y el consuelo de Dios durante el duro camino de vuelta desde el exilio de Babilonia (Cf. Benedicto XVI. Homilía, 13-V-2010). San Juan Pablo II dice que es como un Magníficat.
Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios. Es la primera idea de esta festividad, una invitación a deleitarse con la alegría de la gracia, a descubrir que el secreto de la felicidad humana está en la decisión de optar por Dios. Por eso el Evangelio del día se recrea en el saludo del Ángel, que es como la justificación de la solemnidad (Lc 1,28): Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Chaîre kecharitomene, ho Kyrios meta sou).
Estas palabras, que tradicionalmente se traducen como un simple saludo normal («Ave», en latín; «Dios te salve», en castellano), en realidad tienen mucho trasfondo bíblico. De hecho, aparecen cuatro veces en la versión griega del Antiguo Testamento, y siempre en relación con la alegría que debe causar la promesa del Mesías: el canto de Sofonías, libro cortísimo pero trascendental con su famosa profecía: Alégrate hija de Sion, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser (So 3, 14); el de Joel: No temas, tierra; goza y alégrate (Jl 2, 21); o la de Zacarías, que nos recuerda el domingo de ramos: ¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna (Za 9, 9); más la promesa mesiánica en medio de las Lamentaciones: ¡Alégrate y salta de júbilo, hija de Edón!; también a ti llegará la copa (Lm 4, 21).
Por todas partes la Iglesia nos invita a festejar, esa es la clave del cristianismo: gózate, alégrate, regocíjate, disfruta. Benedicto XVI concluía un comentario sobre la Anunciación diciendo que el saludo del ángel a María es «una invitación a la alegría, a una alegría profunda, que anuncia el final de la tristeza que existe en el mundo ante el límite de la vida, el sufrimiento, la muerte, la maldad, la oscuridad del mal que parece ofuscar la luz de la bondad divina. Es un saludo que marca el inicio del Evangelio, de la Buena Nueva» (Discurso, 19-XII-2012).
Con la concepción de María comienza la plenitud de los tiempos. La Iglesia del Nuevo Testamento arranca su andadura. Y por eso su conmemoración es una explosión de alegría en medio del Adviento. Celebramos, en primer lugar, que Dios haya querido preparar una «digna morada para el Hijo», como dice la oración Colecta de la Misa. Gracias, Señor, por ese designio salvador para la humanidad entera, y para cada uno de tus hijos. Gracias por tu Madre, que también es Madre nuestra, gracias por su respuesta generosa, y llena de santidad, que es modelo de nuestra correspondencia a la propia vocación. Por eso la llamamos en el Rosario «Causa de nuestra alegría», porque con su sí al llamado divino hizo posible que entrara en la tierra la historia de la redención.
Quizá es san Pablo el que mejor esboza una teología de la vocación en su carta a los efesios (1,3-6), segundo texto escogido para enriquecer la celebración de la Virgen Inmaculada: Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. El apóstol explica en qué consiste esa bendición: Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. San Josemaría consideraba, con base en estas palabras paulinas, que también nosotros —tanto como la Virgen, aunque con misiones distintas— «somos hijos de Dios, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad» (ECP, 160). Y concluía que «esta elección gratuita, que hemos recibido del Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal» (AD, 2).
Así entramos en la segunda jaculatoria que pensábamos considerar en esta meditación. La santidad de María se remonta al primer momento de su existencia, como pregona el Prefacio de la Misa: «Preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo. Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo». Virgen Purísima. ¡Qué gusto da pronunciar estos piropos dirigidos a nuestra Madre! Así lo hace un himno de la Liturgia de las Horas: «Porque es justo, porque os ama, porque vais su madre a ser, os hizo Dios tan purísima como Dios merece y es». Se entiende, en este contexto, la tradicional petición a la Virgen: «Ave María, Purísima, sin pecado concebida: rogad por nosotros que recurrimos a Vos».
Al presentarnos a María como Virgen purísima, el Señor nos enseña que Ella es el modelo de la respuesta a esa vocación que nos ha concedido desde antes de crear el mundo, desde antes del pecado original. Por eso en la primera lectura nos remontamos al primer relato de la expulsión del paraíso, durante la cual Dios mismo hizo la primera promesa mesiánica, el protoevangelio, al declarar a la serpiente: pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón.
San Juan Pablo II reunió, en su encíclica mariana, las dos lecturas bíblicas que enmarcan el Evangelio de la Anunciación: «María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella “enemistad”, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la Carta paulina. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella “enemistad” con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura» (RM, n.11).
En el triunfo de la Virgen Purísima sobre el pecado estamos incluidos —y llamados— cada uno de nosotros. La celebración de la Inmaculada Concepción no es solo para admirar, sino para comprometernos a imitar la fidelidad de nuestra Madre. Por ese motivo, el prefacio de la Misa no solo resalta la Concepción Inmaculada de María, su pulcritud original, sino que también pondera las consecuencias para sus hijos en la Iglesia: el Señor la preservó para que fuera no solo la digna madre de Jesús, sino también el «comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura» (Prefacio).
Con estas palabras descubrimos que ese texto del prefacio de la Misa es un tratado de mariología, pero también de eclesiología: no solo retrata a la Virgen, sino que esboza una figura de lo que cada uno de nosotros debe ser. Y así llegamos a la tercera idea: al agradecer a Dios por la Virgen como Causa de nuestra alegría y darnos cuenta de la llamada a ser santos como la Virgen Purísima, quizá surja la tentación del desaliento al ver nuestra indignidad, y también nuestra incapacidad para acoger un objetivo tan elevado.
Por esa razón, la liturgia nos presenta al mismo tiempo a la Virgen como Madre de misericordia. Ese es el motivo por el cual podemos alegrarnos en esta fiesta a pesar de nuestras debilidades: nosotros formamos parte de ella, somos continuadores de ese linaje de gracia, miembros de la familia de Dios en el mundo, que es la Iglesia. Y ese es otro motivo por el que convenía que la Virgen fuera concebida sin pecado original: como sigue diciendo el Prefacio, se trataba de entregarnos «el Cordero inocente que quita el pecado del mundo», pero también de que Ella sería la «Purísima que, entre todos los hombres, es abogada de gracia, y ejemplo de santidad».
María no es solo modelo de entrega a la vocación, sino también abogada ante el Corazón de su Hijo cuando el nuestro se quiera rebelar. Por eso anunció el papa Francisco en la bula Misericordiae vultus que la solemnidad de la Inmaculada Concepción «indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona».
El santo Padre ha dicho que su insistencia en este tema no fue invención suya, sino inspiración del Espíritu Santo. Desde el inicio de su pontificado, ha sido un mensaje que ha calado profundamente en todas las almas, también las de muchas personas que llevaban años y décadas sin acercarse al sacramento de la reconciliación: «Dios no se cansa de perdonar, somos los hombres los que nos cansamos de pedir perdón».
La Virgen no solo es la Madre de la misericordia, la abogada que intercede por nosotros ante su Hijo, sino que también sale a nuestro encuentro, nos busca para que vayamos a reconciliarnos con ese Padre bueno que nos espera con los brazos abiertos. Ella nos invita a acoger la misericordia divina, a que volvamos a la casa del Padre, como enseña la parábola del hijo pródigo: «la misericordia que Dios muestra nos ha de empujar siempre a volver. Hijos míos, mejor es no marcharse de su lado, no abandonarle; pero si alguna vez por debilidad humana os marcháis, regresad corriendo. Él nos recibe siempre, como el padre del hijo pródigo, con más intensidad de amor» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 27-III-1972, citado por Echevarría J., Carta pastoral, 5-XII-2015).
Una manera concreta de resellar ese compromiso de imitar a nuestra Madre es proponernos rezar con mayor atención el Santo Rosario. El papa Francisco cuenta que él aprendió a rezarlo mejor viendo cómo lo hacía san Juan Pablo II: «Una tarde fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Él estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era numeroso. Veía al Santo Padre de espaldas y, poco a poco, fui entrando en oración. No estaba solo: rezaba en medio del pueblo de Dios al cual yo y todos los que estábamos allá pertenecíamos, conducidos por nuestro Pastor. En medio de la oración me distraje mirando la figura del Papa: su piedad, su unción era un testimonio. Y el tiempo se me desdibujó; y comencé a imaginarme al joven sacerdote al seminarista, al poeta, al obrero, al niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba ahora: rezando Ave María tras Ave María. Y el testimonio me golpeó. Sentí que ese hombre, elegido para guiar a la Iglesia, recapitulaba un camino recorrido junto a su Madre del cielo, un camino comenzado desde su niñez. Y caí en la cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a san Juan Diego: “No temas. ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” Comprendí la presencia de María en la vida del Papa. El testimonio no se perdió en un recuerdo. Desde ese día rezo cotidianamente los 15 misterios del Rosario» (Ivereigh, El gran reformador, p. 371).

Madre nuestra, que has sido elegida por Dios como nuestro ejemplo de santidad: alcánzanos la gracia de una nueva mudanza en nuestra vida, para que preparemos el pesebre de nuestro corazón desterrando el pecado y luchando por crecer en unión con tu Hijo Jesucristo. Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia, ruega por nosotros.

viernes, septiembre 20, 2013

El perdón de la mujer pecadora

El primer Ángelus que pronunció el papa Francisco después de su elección, estuvo marcado por una palabra: misericordia. Y aquel mediodía del domingo 17 de marzo, con apenas cuatro días de pontificado, contó una anécdota que aún perdura en quienes la escucharon: «Recuerdo que, en 1992, apenas siendo Obispo, (…) se acercó una señora anciana, humilde, muy humilde, de más de ochenta años. La miré y le dije: “Abuela, ¿desea confesarse? Sí, me dijo. Pero si usted no tiene pecados…”. Y ella me respondió: “Todos tenemos pecados”. Pero, quizá el Señor no la perdona... “El Señor perdona todo”, me dijo segura. Pero, ¿cómo lo sabe usted, señora? “Si el Señor no perdonara todo, el mundo no existiría”».
Ahora contemplaremos en nuestra oración una escena del Evangelio que muestra la realidad de estas palabras (Lc 7,36-50). Un fariseo, llamado Simón, lo invitó a un banquete en su casa. Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Jesús sale al encuentro de todo tipo de personas: enfermas y pobres, pero también dirigentes, como en este simposio, en que lo acompañaba la crema y nata de la sociedad religiosa de Galilea, probablemente en gratitud por la predicación del sábado anterior en la sinagoga. Todos allí se considerarían de lo mejor; de hecho, algunos podrían serlo, pues se esforzaban por cumplir la ley de Dios, incluso exagerando. El problema es que unos se quedaban en ese aparentar, se ufanaban de su religiosidad y así permanecían en la buena opinión que tenían de sí mismos, en lugar de avanzar hacia el Señor. Muy probablemente, algunos asistirían al banquete para ver si descubrían señales erróneas en ese aparente profeta venido de Cafarnaún.
También nosotros, que gozamos criticando a los escribas y a los fariseos, podemos caer en esos mismos defectos, si descuidamos nuestro trato con el Señor, la imitación de su mansedumbre y su humildad de corazón. Podemos quedarnos pagados de nuestras aparentes virtudes, de nuestros esfuerzos, de las labores apostólicas que desarrollamos, y quizá olvidamos que la clave de la eficacia está en la oración, en la lucha ascética, en el amor de Dios.
Hasta ahora, hemos visto a Jesús en la zona interna de la casa, recostado a la mesa. Pero el evangelista rompe el ambiente festivo del banquete con la irrupción de una visitante inesperada: En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando. No se atreve a mirarlo a la cara, sino que se queda por detrás, humildemente, realizando una labor de esclavos (como el mismo Jesús haría en la última cena), reconociendo al Mesías en aquel comensal extranjero.
Entre los invitados se formaría un ambiente de malestar, pues todos conocían la reputación de aquella mujer: ¿quién la había dejado entrar?, ¿cómo se atrevía a romper la armonía de unas personas tan puras, ella que era la mujer pecadora de la ciudad? Es bonito ver que se trata de un personaje anónimo, en la que estamos representados todos los hombres, la Iglesia entera. Además de lavar los pies al Señor, la mujer llora. Reconoce su culpa y la expía con obras de penitencia. Es un modelo de la contrición, que estamos invitados a imitar.
Esta actitud penitencial ocupa un puesto significativo en la Sagrada Escritura. Podemos meditar ahora en otros modelos de conversión: en primer lugar, yéndonos al Antiguo Testamento, pensemos en la compunción del rey David después de varios pecados execrables todos lo son. Cuando cayó en la cuenta de su grave error, compuso el hermosísimo salmo 50: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad en tu presencia. También podemos pensar en el hijo pródigo, con esa decisión que le humillaba pero que no temió aceptar: Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Vemos en estas escenas las etapas del camino de regreso a la casa del Padre. El Compendio del Catecismo (n.303) las resume en los llamados «actos propios del penitente»: «un diligente examen de conciencia; la contrición (o arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el amor a Dios, imperfecta cuando se funda en otros motivos, e incluye el propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; la satisfacción, es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia, que el propio confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado» (subrayados añadidos).
La mujer del Evangelio cayó en la cuenta de su error, fue consciente de la necesidad de manifestar públicamente su arrepentimiento, ya que pública era su condición de pecadora. En su generosidad, decidió romper un frasco carísimo, de alabastro, con el perfume más selecto de su ajuar. Por sus obras podemos ver que había descubierto, en aquel hombre de Nazaret, más que un profeta. Lo que aquellos fariseos, expertos en doctrina y piedad, no fueron capaces de ver. ¡Cuántas veces nosotros somos como esos fariseos soberbios, que no reconocemos al Señor cerca, que no lo imitamos en su misericordia, porque pensamos que no necesitamos su perdón!
No sabemos cuándo habría sido el primer encuentro de la pecadora con Jesucristo. Quizá escuchándolo en el sermón del monte, o en la sinagoga, se habría movido al arrepentimiento, decidió cambiar de vida y al saber de la invitación al banquete en casa de Simón se fue sin dilaciones para pedir, con las obras de su penitencia, el perdón de tantos pecados: se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Por la mente de los invitados correría la tentación que el evangelista asigna a Simón: Si este fuera profeta sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora. El Señor, que podía leer la mente de sus interlocutores, desenmascaró la actitud peyorativa de su anfitrión con la parábola de los dos deudores. Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro». «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Jesús le ofrece la oportunidad de convertirse, de responder de modo misericordioso, abriéndose al perdón divino que se estaba revelando en su casa. Sin embargo, la respuesta es diplomática, sin compromiso. Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Supongo, no me involucro. Jesús insiste con su actitud acogedora. Y él le dijo: «Has juzgado rectamente».
Al ver que nada conseguía con el grupo de los fariseos, el Señor los desenmascara aplicando la pequeña parábola a la situación que estaba viviendo. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume».
Jesús reclamó los detalles de etiqueta que aquel hombre, en su soberbia, no había querido vivir con Él. La mujer pecadora, humilde, consciente de su indignidad, comenzó a adquirir un nuevo estatus ante aquel grupo de ricos (por fuera), que en realidad eran pobres (por dentro). El Señor no ocultó su dolor por las omisiones de Simón, como se duele ante nuestras apatías: «cuando una persona extraña nos mira con indiferencia, no nos importa demasiado; pero si es un ser querido quien nos trata así, con desafecto, ¡cómo nos duele su comportamiento! Y a Jesús, ¿no van a dolerle tus negligencias, tus precipitaciones, tus descuidos, tus indelicadezas?» (San Josemaría, citado por http://homiletica.org/lluciapou/lluciapousabate 238.pdf).
«Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho». Jesús les demuestra que, si la prueba de que era profeta consistía en conocer el estado moral de la mujer, lo conocía: era muy pecadora. Pero, a la vez, les anuncia en qué consiste el nuevo profetismo, su condición mesiánica: en que no ha venido a condenar, sino a perdonar. A revelarnos el amor divino y la posibilidad de amarlo.
También podemos colegir de las palabras del Señor que al que mucho se le perdona, más debe amar: «Qué buena razón la de aquel sacerdote, cuando predicaba así: «Jesús me ha perdonado toda la muchedumbre de mis pecados —¡cuánta generosidad!—, a pesar de mi ingratitud. Y, si a María Magdalena le fueron perdonados muchos pecados, porque amó mucho, a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!». ¡Jesús, hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir por Ti, ya no te abandonaré» (F, n.210).
«Pero al que poco se le perdona, ama poco». Nuestro amor a Dios es una respuesta a su perdón, a su iniciativa gratuita de salvarnos; pero también debe suceder al contrario: la misericordia divina ha de ser una fuente de amor, de una relación renovada con el Señor. El amor de la pecadora se manifiesta en obras de caridad y gratitud (lágrimas, besos, perfume), porque había sido perdonada. Por la magnitud de sus acciones vemos la profundidad de su conversión.
 El Evangelio de Lucas afirma que hay un vínculo íntimo entre el amor y el perdón de Dios. Por eso Jesús anunció a la pecadora: «Han quedado perdonados tus pecados». Asistimos a las primicias de lo que más tarde quedaría instituido como el sacramento de la reconciliación, y que estaba anunciado desde el Antiguo Testamento. También a David se le proclamó el perdón cuando reconoció su culpa y la expió con oración y penitencia: David respondió a Natán: «He pecado contra el Señor». Y Natán le dijo: «También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás» (2S 12,7-13).
El amor de Dios se manifiesta con el perdón. La humildad de Jesús explica que se abaje hasta casi pedirnos que nos dejemos reconciliar. Es lo que dice San Pablo (2Co 5,18-20): En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. ¡Cuántas veces el afán de almas de los sacerdotes se manifiesta precisamente en esa disponibilidad para facilitar el reencuentro del hijo pródigo con su padre misericordioso!
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?». Esta pregunta perdura a través de los siglos. El escándalo del cristianismo llega, en el fondo, a este interrogante: ¿Cómo puede Dios perdonarnos nuestras faltas? Como en la filosofía del conocimiento, también en el amor existe el peligro del escepticismo: con una falsa humildad, podemos dudar de nuestra dignidad para ser perdonados o, con desconocimiento de la misericordia divina, poner en tela de juicio la capacidad del Señor para perdonarnos. Sin embargo, en esta escena vemos cuál es el camino para recibir el perdón divino: amar a Dios, arrepentirnos de nuestras faltas, manifestar la contrición con obras. Esta mujer manifestó su conversión llorando, derrochando un perfume, haciendo una declaración pública de penitencia. Y recibió la absolución: «Han quedado perdonados tus pecados».
Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». Las obras de penitencia eran manifestación de amor, pero también de fe en el poder salvador de Jesucristo, de apertura al don divino que Él comunicaba. El perdón de los pecados es para quien tenga fe. A San Josemaría le daban mucha paz estas consideraciones, saber que el Señor nos perdona siempre, que nos ama tanto, que conoce de las flaquezas humanas, y sabe de qué barro tan vil estamos compuestos. De hecho, la Iglesia conmemora esa faceta del corazón misericordioso de Jesús, su amor por nosotros hasta el extremo, en una fiesta propia que celebramos el viernes después del Corpus.
Volvamos a las primeras palabras del papa Francisco sobre la misericordia de Dios, con las que comenzamos esta meditación, y que han ayudado a tantas personas a volver a Dios a través del sacramento de la penitencia. «No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre».
A Ella, que es conocida como la Madre de misericordia, le pedimos que nos alcance la fe para confiar en la clemencia de su Hijo, acudir con frecuencia al sacramento de la reconciliación, y así escuchar, como la mujer del Evangelio, las palabras de absolución que Jesús nos dirige a través del sacerdote: «Han quedado perdonados tus pecados. Tu fe te ha salvado, vete en paz».

viernes, junio 07, 2013

La resurrección del hijo de la viuda de Naín

San Lucas es el evangelista de la misericordia divina. Suyos son, en exclusiva, los relatos del hijo pródigo, del fariseo y el publicano y la escena que contemplaremos en nuestra oración de hoy. 
Estamos comenzando el capítulo séptimo del tercer evangelio. En el capítulo anterior, el evangelista ha transmitido la predicación del Discurso del Llano, cuya virtud clave es precisamente la misericordia. El Señor, como una muestra de que ejercita lo que predica, ha llamado antes a los doce: ha pasado «misericordiando y eligiendo», como dice el lema episcopal del papa Francisco. Una vez establecido el colegio de los apóstoles, Jesús hace una correría apostólica con ellos: esta misión incluye la predicación, como se ha visto en el discurso del Llano anterior y en el posterior sermón de las parábolas, pero también los milagros. Lucas transmite los milagros comunes a los sinópticos más uno exclusivo suyo: marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, resultó que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad.
En nuestra oración queremos acompañarte, Señor, como aquellos discípulos o al menos ―como la multitud― «ir contigo». Queremos observar tu actitud cuando, de camino para Naín ―cerca al monte Tabor en el que te transfigurarías― nos encontramos una procesión que interrumpe nuestro camino. Alguno se molestaría, por la contradicción. Otro haría un comentario chismoso, superficial, sobre el gentío que acompaña a la señora, una viuda que acaba de perder a su hijo.
Jesús reacciona de modo diverso: El Señor la vio y se compadeció de ella. Esta es la riqueza del evangelio, que nos ayuda a conocer los sentimientos del Señor, para que aprendamos a imitarlo. Jesús predica la misericordia porque la ha ejercitado antes y la sigue aplicando: «Jesús ve la congoja de aquellas personas, con las que se cruzaba ocasionalmente. Podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo»  (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n.166).
Como el buen samaritano, tiene ojos dilatados por el amor para «ver» el sufrimiento ajeno y para compadecerse, para padecer-con la persona que sufre: «El evangelista explica que Jesús se compadeció: quizá se conmovería también exteriormente, como en la muerte de Lázaro. No era, no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor, ni se goza en separar a los hijos de los padres: supera la muerte para dar la vida, para que estén cerca los se quieren, exigiendo antes y a la vez la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana» (Íbidem).
Por eso no evita el cortejo. Antes bien, se dirige directamente a la viuda y le dijo: No llores. «Cristo conoce que le rodea una multitud, que permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un gesto: se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de aquella mujer, y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le dijo: no llores. Que es como darle a entender: no quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz. Luego tiene lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre» (Íbidem).
Si pensamos en esta escena a la luz de narraciones similares del Antiguo Testamento (como la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta que logra la oración de Elías en 1R 17, 17-24), se entiende que Jesús, el verdadero profeta, está anunciando un inminente evento sobrenatural: Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Una vez más aparecen personajes dóciles, que confían en las palabras de este Maestro, como los sirvientes de las bodas de Caná. Si estos hombres que portaban el ataúd hubieran seguido derecho, no estaríamos considerando el tema de esta meditación.
Y dijo: Muchacho, a ti te digo, levántate. Son unas palabras directas, como las que dirigió a la hija de Jairo o al mismo Lázaro, que ya estaba en el sepulcro. Palabras que es bueno que sintamos también dirigidas a nosotros, muertos a la santidad por causa de nuestros pecados, de nuestra comodidad, egoísmo, sensualidad, de nuestra soberbia. Y es que la misericordia del Señor se dirige a aquella mujer, al muchacho resucitado –que es quien recibe directamente la acción salvífica de Cristo- y también para aquellas muchedumbres –la que lo seguía, la que acompañaba el cortejo fúnebre y las que acudiríamos a la escena  a lo largo de los siglos-, para que supiéramos que también a nosotros se dirigirían esas palabras cuando estuviéramos postrados por nuestras miserias: Muchacho, a ti te digo, levántate: «La vida interior se compone de muchos sucesos como los de Naín. Resucitar, ¿qué es sino comenzar y volver a recomenzar? En la vida interior estamos resucitando a cada momento, con actos de contrición, de dolor y de reparación» (San Josemaría, apuntes de la predicación, 23-IX-1962).
En la historia de Elías el relato concluye diciendo que Yahveh escuchó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió. Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba de la casa y se lo dio a su madre. Dijo Elías: «Mira, tu hijo vive». En el relato de Lucas el resumen es más sencillo: Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar. Vuelve a la vida y lo manifiesta hablando. Algunos Padres de la Iglesia hablan de la importancia de la sinceridad para salir de la muerte del pecado.
Y se lo entregó a su madre. Decíamos que este era el motivo principal del milagro: la compasión de Jesús por aquella mujer. Ahora le entrega su única esperanza, la ilusión de su vida, además de la garantía para su futuro. Jesús nos ve sufriendo y se adelanta incluso a nuestras peticiones. Nos busca, arregla las dificultades «antes, más y mejor», aunque a veces nos parezca que llega tarde. En realidad, siempre llega en el mejor momento. Quiere que nos unamos a su Voluntad, que carguemos con su Cruz, que sintamos la solidaridad de nuestros hermanos. Y en el instante justo, experimentamos la alegría de aquella mujer: Y se lo entregó a su madre. Siempre podremos cantar, con el salmo 29, has cambiado mi luto en danza, me has quitado el sayal y me has ceñido de alegría.
También podemos aprender de ese Corazón de Jesús misericordioso, solidario, fraternal: «Si no aprendemos de Jesús, no amaremos nunca. (…) hemos de pedir al Señor que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento, y dejar más tarde amargura y desesperación. Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, insisto, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n.167).
La muchedumbre que la acompañaba en su dolor ahora comparte la alegría de la resurrección. Por eso san Lucas concluye el relato diciendo que «se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros”, y “Dios ha visitado a su pueblo”». Como dice San Agustín: «El joven resucitó y la madre viuda se llenó de alegría. Todos los días hay hombres que resucitan espiritualmente: y su madre, la Iglesia Santa, se alegra. La muerte, en aquel joven, había arrebatado el cuerpo; en éstos, el alma. La muerte en aquél era visible a los ojos de quienes le rodeaban; la muerte de éstos, en cambio, huye de las miradas de los que no tratan de verla. Cristo, que conoce a los muertos, le buscó. Sólo El, que conocía a los muertos, podía restituirlos a la vida. Porque si no hubiese venido para resucitar a los muertos, no habría podido decir el Apóstol: despierta, tú que duermes; álzate de entre los muertos y Cristo te iluminará (Ef 5,14)» (Sermón 44,2).
La Virgen Santísima, nuestra Madre, llora la muerte de sus hijos por el pecado. E intercede ante su Unigénito para que, tanto nosotros como nuestros amigos, regresemos siempre a la vida de la gracia y de la comunión con Cristo.