Mostrando las entradas con la etiqueta Mateo 4;18-25. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mateo 4;18-25. Mostrar todas las entradas

jueves, julio 25, 2013

Santiago Apóstol

Celebramos hoy la fiesta del apóstol Santiago, uno de los tres discípulos más cercanos al Señor, probablemente primo de Jesucristo, por lo que en la Sagrada Escritura se le llama “hermano” de Jesús, junto con José, Simón y Judas (Mc 6,3). Los Evangelios presentan a Santiago y Juan como hijos de Zebedeo, un pescador con una posición social un poco holgada. Algunos exégetas sugieren que su madre podría ser María Salomé, una mujer que estuvo muy cerca de Jesús y que probablemente era hermana de la Virgen María.
El relato de su vocación sirve como antífona de entrada para la Misa de esta festividad: Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4,21-22). En Mateo, estos llamados significan el inicio del ministerio público de Jesús en Galilea, la convocatoria del nuevo pueblo de Dios, que será la Iglesia. Llama la atención la prontitud y generosidad en la respuesta de estos dos hermanos, también de sus padres para desprenderse de ellos. Parece explicar el apelativo con el que Jesús les llamaría: a quienes les dio el nombre de Boanerges, es decir, «hijos del trueno» (Mc 3,18).
Esa misma actitud explica la escena que contemplamos en el Evangelio de la Misa: camino de Jerusalén, donde Jesús iba a «recibir el bautismo» de la muerte en la Cruz, hay una pausa en el viaje que los dos hermanos aprovechan para hacer lobby, como se diría hoy (Mc 10,35-45): se acercan al Maestro (otro relato evangélico dice que lo hacen a través de su madre) para hacerle una petición: —Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Él les dijo: —¿Qué queréis que os haga? Y ellos le contestaron: —Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.
Seguramente Jesucristo sintió un disgusto al ver que dos de los discípulos más cercanos no caían en la cuenta de los momentos que estaban viviendo: Y Jesús les dijo: —No sabéis lo que pedís. San Juan Crisóstomo explica que «Es como si les dijera: “Vosotros me habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. Éste no es tiempo de premios, ni es ahora cuando se ha de manifestar mi gloria; la vida presente es tiempo de muertes, de guerra y de peligros”». 
El diálogo continúa, tenso. Jesús les anima a elevar sus miras, preguntándoles: ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? —Podemos –le dijeron ellos. Ya lo había predicho Isaías (53,10-11), al describir los frutos del padecimiento del Siervo del Señor: Dispuso el Señor quebrantarlo con dolencias. Puesto que dio su vida en expiación, verá descendencia, alargará los días, y, por su mano, el designio del Señor prosperará. Por el esfuerzo de su alma verá la luz, se saciará de su conocimiento. El justo, mi siervo, justificará a muchos, y cargará con sus culpas. Servir y dar la vida en redención. Así es como se cumple la respuesta inicial de Jesús a los dos hermanos Boanerges: su bautismo, el cáliz de su pasión es dar la vida en redención por muchos. ¡Gracias, Señor, por tantos dones, especialmente por esa justificación de nuestros pecados que nos alcanzaste con tu entrega!
A san Josemaría le gustaba particularmente este pasaje, pues las preguntas del Señor nos pueden interpelar en todo momento, invitándonos a corredimir con Él: También a nosotros nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere calicem, quem ego bibiturus sum?: ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del Padre que yo voy a beber? Possumus!; ¡Sí, estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente dispuestos a cumplir, en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de rectificar (Es Cristo que pasa, n.15).
La fiesta del apóstol Santiago nos ayuda a renovar propósitos de conversión, de fidelidad, de afán apostólico y de servicio a nuestros hermanos, también por el modo como continúa la escena: en reacción ante la solicitud de los  hermanos Boanerges, los otros diez discípulos sienten rabia, enojo, envidia, porque se les habían adelantado en sus ambiciones humanas para estar cerca del Rey en el próximo reinado mesiánico que algunos podrían pensar se instauraría en poco tiempo, al llegar a Jerusalén: Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan.
Jesús aprovecha para darles una de las lecciones más importantes, la cátedra sobre la caridad: Entonces Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos. Es la manera de concretar esa unión con Cristo a la que Él mismo nos llama: servir, ser otro Cristo que lava los pies a sus discípulos, inclinarse sobre quien está en dificultad, ―como dice el papa Francisco― porque en él ve el rostro de Cristo, porque él es la carne de Cristo que sufre (Discurso, 24-VII-2013).
Servir a los demás por la unión con Cristo, acompañarle en su labor redentora a través de los pequeños y grandes sacrificios de la vida ordinaria: Possumus!, podemos vencer también esta batalla, con la ayuda del Señor. Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio (Amigos de Dios, n.67).
Santiago y Juan acompañaron a Jesús en los momentos más especiales: al comienzo de su vida pública, en algunos milagros señalados, como en la resurrección de la hija de Jairo. Hacia el final, fueron testigos privilegiados de la transfiguración del Señor en el monte Tabor. Esos milagros les sirvieron para fortalecerles en la fe cuando, en las últimas horas de Jesucristo en la tierra, fueron testigos de los eventos más dramáticos de su existencia humana. Sobre todo, de su oración solitaria en el huerto de los olivos.
Años más tarde ambos hermanos sufrirían persecuciones y padecimientos por Jesucristo, como el Señor mismo se los profetizó en esta escena: Jesús les dijo: —Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto. Más adelante, Santiago llevaría la fe cristiana hasta la lejana España, sin ahorrarse penas y dolores en su esfuerzo evangelizador. Tanto, que según la tradición fue necesario que la misma Virgen santísima se le apareciera en el Pilar de Zaragoza para darle fuerzas y garantizarle su intercesión para la misión apostólica. Las fuentes históricas dicen que al regresar a Jerusalén sería el primer apóstol en encontrar el martirio, en compartir el bautismo del Señor. Es lo que se lee en la primera lectura de la Misa, en un escueto relato de los Hechos de los Apóstoles (12,1-2): En aquel tiempo prendió el rey Herodes (Agripa I) a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan.

Pidamos a la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, que nos ayude a superar la ambición de ocupar los primeros lugares en el reino: que nos alcance del Señor la fuerza para beber el cáliz y recibir el bautismo de Cristo, aceptando la invitación a ser corredentores con Él. De ese modo se cumplirá lo que pedimos en la oración colecta de la Misa: «Dios todopoderoso y eterno, que consagraste los primeros trabajos de los apóstoles con la sangre de Santiago, haz que, por su martirio, sea fortalecida tu Iglesia y, por su patrocinio, tu pueblo se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos».

sábado, enero 21, 2012

Pescadores de hombres

1. Después de las vacaciones de fin de año, tornamos a nuestro encuentro semanal en estos diálogos con el Señor. Durante este año seguiremos el Evangelio de San Marcos, discípulo de San Pedro. Marcos escribió su Evangelio para los paganos de Roma, y por eso es un texto muy utilizado en la catequesis. Por ejemplo, en el Jubileo del año 2000, el Beato Juan Pablo II lo recomendó con insistencia.

La primera parte de este Evangelio es como un prólogo a la actividad de Jesús: narra brevemente la misión de Juan Bautista, el Bautismo del Señor y las tentaciones en el desierto. Inmediatamente después, comienza a describir el ministerio de Jesús, con el pasaje que contemplamos hoy (Mc 1, 14-20):  

Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: —El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.
 
Con estas pocas palabras, San Marcos resume la predicación del Maestro: el anuncio del Reino y la llamada a la conversión. El tercer misterio de luz. Juan Pablo II lo resume así: Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1,15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe, iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia.

Llamada a la conversión. El Reino está dentro de nosotros, cuando dejamos que Jesús sea nuestro dueño; cuando acogemos su llamada a la reconciliación, cuando tenemos humildad y fe para acercarnos al sacramento de la penitencia. Jesús aparece como un nuevo Jonás, pues también el profeta -como leemos en la primera lectura- anunciaba la llamada a la conversión: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»
 
Benedicto XVI explica en qué consiste esa conversión que el Señor espera de nosotros al inicio del año: “La invitación a la conversión es un impulso a volver a los brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso, a fiarse de él, a abandonarse en él como hijos adoptivos, regenerados por su amor. La Iglesia, con sabia pedagogía, repite que la conversión es ante todo una gracia, un don que abre el corazón a la infinita bondad de Dios. Él mismo previene con su gracia nuestro deseo de conversión y acompaña nuestros esfuerzos hacia la plena adhesión a su voluntad salvífica. Así, convertirse quiere decir dejarse conquistar por Jesús (cf. Flp 3,12) y "volver" con él al Padre. La conversión implica, por tanto, aprender humildemente en la escuela de Jesús y caminar siguiendo dócilmente sus huellas” (Catequesis, 060208).

Ayúdanos, Señor, a acoger tu gracia, el don de tu bondad que nos abre el corazón para recibir tus designios, para hacer tu voluntad. Queremos dejarnos conquistar por Ti y regresar contigo al Padre, como hijos pródigos. Quizá en estas pocas semanas Tú has permitido que experimentemos una vez más nuestras miserias y la grandeza de tu misericordia, para que comencemos el año confiando más en Ti y menos en nosotros. Quizá esa esa la escuela de Jesús en la que tenemos que aprender con humildad a seguir dócilmente sus huellas. 

Ojalá en nuestra vida se repita la historia de los ninivitas, que “creyeron en Dios, proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó”.

2. Las lecturas del tercer domingo del tiempo ordinario no solo hablan de conversión, sino también –como el domingo anterior- ponen el ejemplo de varias vocaciones, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. El segundo domingo se leían las vocaciones de Samuel y de Mateo. Hoy leeremos la de Jonás y los cuatro primero discípulos. 


Es muy conocida la historia del profeta, a la que aludimos antes: En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Dios llama a su profeta, y Jesús a sus discípulos:

Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: —Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres.

Marcos es muy esquemático y breve en sus descripciones: no presenta nada de la psicología de sus personajes, apenas esboza el contexto de la llamada. Sin embargo, es fácil imaginarse la escena, con aquellos hombres echando sus redes al mar, cuando reciben la invitación del Rabino de Nazaret.

Los predicadores de esa época esperaban que sus oyentes se animaran a seguirles, pero Jesús lo hace de modo diverso: es Él quien llama, quien elige a sus seguidores, como antes en el Antiguo Testamento lo había hecho con sus profetas. También a nosotros nos llama, sin mérito alguno de nuestra parte, quizá simplemente porque estamos más necesitados.

En este pasaje vocacional podemos meditar sobre varios elementos, además de la iniciativa divina, que acabamos de mencionar. El siguiente aspecto es el lugar: junto al mar de Galilea, en plena faena de pesca. Echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Es la esencia del mensaje que predicaba San Josemaría: 

Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. - ¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos (Camino, n. 799).

Sé de muchas personas que al contemplar estas escenas se han maravillado y han descubierto el rostro de Jesús que las llamaba: —Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Jesús les habla de su profesión, para abrirles horizontes insospechados: no pescar animales para la mesa, sino almas para el Cielo. Ya no se trata de ganar el sustento facilitando el alimento de las personas, sino santificarse en la profesión llevando la felicidad a los amigos. En eso consiste la nueva profesión de pescadores de hombres.

Al inicio de un nuevo año, el Señor quiere contar con nosotros para que le sigamos de cerca y le llevemos almas, a las que les anunciemos, como Jonás a los ninivitas, la llamada a la conversión. Ojalá nuestra respuesta tenga la prontitud de estos cuatro pescadores: al momento, dejaron las redes y le siguieron, se dice de Andrés y Pedro. De los Boanerges, se cuenta una entrega similar: dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.

Estos discípulos no se plantean las dificultades, la locura que significa dejar todo tirado de un momento a otro. Han tenido fe humilde en aquel predicador, han descubierto en Él al Mesías, y no han dudado. Han jugado toda su vida a una carta y han vencido: por eso hoy los conocemos como Santos apóstoles. A cambio de su generosidad, alcanzaron el ciento por uno. Por seguir al Maestro dejando las redes, recibieron la felicidad eterna y una pesca milagrosa a través de los siglos. 

Acudamos a la Virgen Santísima, Reina de los Apóstoles, para que también nosotros seamos generosos, como Jonás y como los discípulos, cuando sintamos la voz de Cristo que nos llama a convertirnos y a ser pescadores de hombres.