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sábado, septiembre 05, 2009

El trabajo de Jesús


Hace unos meses, le preguntaban al Prelado del Opus Dei en una entrevista: Ustedes invitan a merecer la santidad a través del trabajo. ¿Cuánta gente cree que, hoy en día, no se emplea sólo por ganar un sueldo? Es un interrogante actual, pues en los tiempos de crisis que corren podemos ver el trabajo solo como el medio para obtener el sustento nuestro y de nuestra familia.

El capítulo séptimo del Evangelio de Marcos, que la liturgia propone para el XXIII domingo nos ofrece una idea para vislumbrar una respuesta sobre el valor del trabajo y el modo de realizarlo. El segundo evangelio presenta la curación de un sordo al que, además, le costaba hablar bien. La acción transcurre en tierra de gentiles, al otro lado del Jordán: salió de la región de Tiro y vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis.

El Señor devuelve la audición y el habla correcta a aquel hombre, lo que genera la admiración general de la multitud: Y se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y empezó a hablar correctamente. Y les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, más lo proclamaban; y estaban tan maravillados que decían: —Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Se maravillaban porque veían cumplidas las promesas del profeta Isaías (35,4-7): "Se iluminarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, saltará como un venado el cojo, la lengua del mudo cantará”. Se trata de una manifestación, una prueba, de un principio más general, que San Josemaría consideraba una corta biografía de Jesús (Amigos de Dios, 56): Bene omnia fecit, todo lo ha hecho bien.

"Si os fijáis, entre las muchas alabanzas que dijeron de Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas. Me refiero a aquella exclamación, cuajada de acentos de asombro y de entusiasmo, que espontáneamente repetía la multitud al presenciar atónita sus milagros: bene omnia fecit [Mc 7,37], todo lo ha hecho admirablemente bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo, perfecto Dios y hombre perfecto".

Años de trabajo de Jesús, que también respondieron a la misma descripción del capítulo séptimo de San Marcos: Todo lo hizo bien. Nosotros no podemos imitar a Jesús en sus milagros: no devolveremos la vista ni haremos caminar a los paralíticos, a no ser que seamos médicos de avanzada. Pero lo que sí tenemos al alcance de la mano es imitarlo en esos años de vida oculta en los que trabajaba bien, poniendo en esa labor ordinaria el mismo empeño que más tarde pondría para hacer sus milagros o para morir en la Cruz.

"Toda la vida del Señor me enamora. Tengo, además, una debilidad particular por sus treinta años de existencia oculta en Belén, en Egipto y en Nazaret. Ese tiempo —largo—, del que apenas se habla en el Evangelio, aparece desprovisto de significado propio a los ojos de quien lo considera con superficialidad. Y, sin embargo, siempre he sostenido que ese silencio sobre la biografía del Maestro es bien elocuente, y encierra lecciones de maravilla para los cristianos. Fueron años intensos de trabajo y de oración, en los que Jesucristo llevó una vida corriente —como la nuestra, si queremos—, divina y humana a la vez; en aquel sencillo e ignorado taller de artesano, como después ante la muchedumbre, todo lo cumplió a la perfección".

Ejemplo de vida para nuestra lucha. De nuestro trabajo cotidiano también deberían decir los demás: todo lo hace bien. Hemos de tener prestigio profesional, no para encumbrarnos, sino para mostrar la influencia del mensaje de Cristo en nuestras vidas y para ayudarle a iluminar la sociedad de hoy con su doctrina. "La luz de los seguidores de Jesucristo no ha de estar en el fondo del valle, sino en la cumbre de la montaña, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo" (Mt 5,16). (Cristo que pasa, 10).

Para cumplir con esa misión nuestra, de todo bautizado, hace falta esfuerzo, lucha, trabajo, fatiga. Tampoco seremos ningunos héroes, no haremos más que comportarnos como tantos millones de personas a nuestro alrededor, solo que con una motivación más trascendente: "Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho [Lc 16,10]". (Amigos de Dios, 62)

Un ejemplo cercano es el del Papa: Vincent Twomey, alumno suyo en los años de Ratisbona, cuenta que «al comenzar cada semestre, los estudiantes de todos los años y de varias disciplinas se reunían en una de las salas de lectura más grandes para escuchar ensimismados las lecturas introductivas de Joseph Ratzinger. Cualquiera que fuera el tratado que tuviera que afrontar en aquel semestre (creación, cristología o eclesiología), él comenzaba situando la materia en primer lugar en el contexto cultural y contemporáneo y luego dentro de las investigaciones teológicas más recientes, para luego ofrecer su propio examen original, docto y sistemático del tema». Joseph Ratzinger luchaba por trabajar bien, por estudiar a fondo las cuestiones, y por eso ha hecho tanto bien: con su merecido prestigio profesional continúa iluminando el mundo de hoy con la luz de las doctrinas de Cristo, en diálogo con el pensamiento, las inquietudes y las propuestas contemporáneas.

Podemos concluir con la respuesta que Mons. Echevarría dio al interrogante con que comenzábamos: “La ocupación no puede concebirse simplemente como un valor económico. En los planes de Dios, el trabajo perfecciona y madura al hombre. Por esta razón, poner inventiva e interés por hacer las cosas acabadamente bien –no sólo por cobrar un sueldo– y servir con lealtad a Dios y a los demás ennoblece a la persona. En nuestra sociedad ‘supereconomicista’, descubrir el valor cristiano del trabajo puede ser una liberación y una siembra de fraternidad”.

Pidamos a la Virgen -¡Cómo sería la perfección de su trabajo diario, ofrecido cada momento a su Hijo!- que también de nuestras ocupaciones se pueda decir: Bene omnia fecit, ¡todo lo ha hecho bien!