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Mostrando las entradas de septiembre, 2011

Los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

El Compendio del Catecismo explica que los ángeles “son criaturas puramente espirituales, incorpóreas, invisibles e inmortales; son seres personales dotados de inteligencia y voluntad. Los ángeles, contemplando cara a cara, incesantemente, a Dios, lo glorifican, lo sirven y son sus mensajeros en el cumplimiento de la misión de salvación para todos los hombres”(n. 60) .
Así los representa la Escritura. Por ejemplo, el libro de Daniel (7,9-10.13-14), describe la visión de Dios y de su corte angelical: “Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes”. Y en el salmo 137 se promete dar gracias a Dios de un modo peculiar, tocando la cítara: “Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor, me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama”.
En el Evangelio también aparecen los ángeles en varias ocasiones: para dar la Buena Nueva de la Encarnación a María y a los pastores, para consolar a Jesús después de las …

Parábola de los dos hijos

Mateo y el perdón de los pecados

Celebramos la fiesta de San Mateo, también conocido como Leví de Alfeo. Se trata de un hombre que trabajaba como publicano, recaudador de impuestos. Esta profesión era muy mal vista por los fariseos de la época. Más aún: eran considerados una clase despreciable. Como recaudaban impuestos para los romanos, se decía que eran traidores.
Como se trataba de un negocio despreciable, quienes lo practicaban incurrían en impureza legal (como también sucedía con los asneros, los camelleros, marineros, actores, pastores, tenderos, médicos y adivinos, además de los asesinos y los ladrones). Los rabinos aprobaban el mentirles para escapar a los impuestos. Desde luego, se consideraba que no podían pertenecer al reino mesiánico.

Sin embargo, la actitud de Jesús ante ellos era diferente: podemos recordar la parábola del fariseo y el publicano, en la que éste sale mejor parado con su oración, al quedarse lejos, sin siquiera levantar los ojos al cielo, sino golpeándose el pecho y diciendo: «Oh Dios, …