Ir al contenido principal

Parábola de los dos hijos

Jesús se encuentra en Jerusalén, ya en los últimos días de su vida terrenal. En el apretado resumen de los últimos capítulos de su Evangelio, Mateo presenta las controversias con los fariseos (21,28-32). En una de ellas, el Señor muestra con una parábola que sus contrincantes no han sido buenos hijos de Dios: “Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: «Hijo, vete hoy a trabajar en la viña»”.

Se trata de una parábola más sobre agricultores. Pero en este caso, el dueño no se relaciona con los operarios sino con sus propios hijos, que viven gracias a la viña y la recibirán en herencia cuando él fallezca. Los muchachos están directamente implicados en ella. No harían ningún favor si van a trabajar allí: es una obligación de justicia. Hasta un buen negocio. Imaginemos que somos uno de ellos, pensemos a cuál de los dos grupos pertenecemos.

El padre los invita a trabajar en la viña. El primero contestó: «No quiero». Suena grosero y maleducado. Y muy común, por lo demás. ¿Cuántos hijos no responden de ese modo a sus padres? Si así lo hacían hace veinte siglos, tampoco podemos escandalizarnos de esa rebeldía –y comodidad- que se repite en nuestro tiempo. Lo malo es que también nosotros respondemos de esa manera a las peticiones del Señor, cuando nos pide más entrega, más lucha, apartar pronto las ocasiones de pecado, apagar las tentaciones en los primeros chispazos, cuando nos invita a seguirle en su entrega a los demás, en el olvido de nosotros mismos. ¡Cuántas veces respondemos, como el primer hijo, «No quiero»!

El padre no respondió a la mala respuesta de su hijo. Quizá esbozó un gesto de desencanto y se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Sin embargo, la conciencia del primero le ayudó a recapacitar. Pensó que no había hecho bien al responder de ese modo a un padre al que tanto debía. Se dio cuenta de su error, lo reconoció, se arrepintió después y fue.

Es un verdadero proceso de conversión, en el que también podemos imitarlo. Ya que nos hemos parecido a él en su respuesta negativa al Padre, podemos imitarlo también en su decisión de cambio, en su arrepentimiento con obras, en su rectificación. "Quizá en alguna ocasión nos rebelemos —como el hijo mayor que respondió: no quiero-, pero sabremos reaccionar, arrepentidos, y nos dedicaremos con mayor esfuerzo al cumplimiento del deber" (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 57).

Dios está pendiente de nuestra reacción y nos acoge inmediatamente, como el padre del hijo pródigo. Ya lo había profetizado Ezequiel (18,20-22), hablando de la actitud misericordiosa del Señor ante el arrepentimiento del pecador: si el impío se convierte de todos los pecados que cometió, guarda todos mis preceptos y obra justicia y derecho, ciertamente vivirá, no morirá. No le serán recordados ninguno de los delitos que cometió. Vivirá por la justicia que ha practicado. Por eso, suplica el Salmo 24: “recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna”.

Conversión. Acoger la misericordia de Dios. El Evangelio nos llama a rectificar nuestra mala conducta. Esta era la característica principal de la predicación de Juan Bautista, y Jesús comenzó su enseñanza con la misma invitación: “Arrepentíos. Convertíos”.

San “Josemaría lo expresó en dos puntos breves y gráficos de Camino: "Comenzar es de todos; perseverar, de santos"; "La conversión es cosa de un instante. -La santificación es obra de toda la vida". El itinerario del cristiano exige una actitud de permanente y renovada conversión, porque se ha de crecer constantemente en la riqueza espiritual del trato con Dios. Esta perseverancia implica empeño, decisión, concretar propósitos en un santo afán por rectificar y mejorar cada día un poco, sin ceder al cansancio y menos aún al desánimo” (Echevarría J. Itinerarios de vida cristiana).

Rectificar, decidirse a la conversión, exige una profunda humildad: reconocer el propio error, algo que va en contra de nuestra soberbia. Y también hace falta ser muy humildes para saberse necesitados de la gracia de Dios: “Se equivocaría, sin embargo, quien considerara esa perseverancia en la conversión como fruto de la propia y exclusiva fuerza de voluntad. La conversión -como la fe, con la que está íntimamente relacionada- es don de Dios. Y también viene de Él la constancia en el esfuerzo en el que la mudanza se prolonga” (Ibídem).

Volvamos al diálogo del padre con el segundo hijo. Éste le respondió: «Voy, señor». Si ante la respuesta del primer hijo el agricultor sintió desencanto, la actitud pronta del segundo le devolvió la tranquilidad: tenía con quien contar, la pequeña viña estaría atendida, se cumpliría el proyecto que tenía para aquella jornada. Pero no fue. Todo se quedó en promesas. Como nosotros también: cuántos propósitos que no cumplimos en la vida de oración, en el apostolado, en el trabajo.

Por eso Jesús pregunta, como resumen de la parábola: ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? Esta es la clave de la vocación cristiana. Lo que señala al buen hijo. La distinción de familiaridad con Jesús: ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? –todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre: los que oyen la palabra de Dios y la cumplen.

Hacer la voluntad del Padre. En otra ocasión, Jesús mismo dijo que en eso consistía su alimento. Y nos enseñó a pedir en el Padrenuestro que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo. Y lo mostró como requisito para gozar de la comunión con Él: No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? Esa es la pregunta que interesa. La que debemos hacernos en todo momento: ¿estoy cumpliendo la voluntad de Dios? Con este trabajo, con esta diversión, con esta actitud, con este pensamiento, ¿estoy colaborando en las faenas de la viña del Señor?, ¿edifico la Iglesia?, ¿cumplo la palabra de Dios en mi vida?

Hacer la voluntad del padre. Amarla hasta superar nuestra debilidad. "Obedece sin tantas cavilaciones inútiles... Mostrar tristeza o desgana ante el mandato es falta muy considerable. Pero sentirla nada más, no sólo no es culpa, sino que puede ser la ocasión de un vencimiento grande, de coronar un acto de virtud heroico. No me lo invento yo. ¿Te acuerdas? Narra el Evangelio que un padre de familia hizo el mismo encargo a sus dos hijos... Y Jesús se goza en el que, a pesar de haber puesto dificultades, ¡cumple!; se goza, porque la disciplina es fruto del Amor" (San Josemaría, Surco, n. 378).

—El primero –dijeron ellos. Todos tenemos claro cuál es el camino para llegar ser felices, para ser santos: cumplir la voluntad del padre, aunque en un primer momento nos cueste decirle que sí. Por eso Jesús dirá que vino a curar a los enfermos, a llamar a los pecadores. Y por eso recrimina a las autoridades religiosas de ese tiempo, que se tenían por justificadas delante de Dios.

El Señor privilegia la respuesta de los dos grupos más mal vistos en esa época: los publicanos y las prostitutas. Estos, al reconocerse necesitados, se convirtieron con más facilidad -como Mateo, Zaqueo, la samaritana o María Magdalena...- y por eso van primeros en el camino de la justificación: —En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros con un camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto os arrepentisteis después para poder creerle”.


Podemos concluir con otras palabras de Mons. Echevarría, que nos invitan a acudir a la intercesión de nuestra Madre para responder como el primer hijo, cumpliendo la voluntad del Señor y convirtiéndonos de la primera reacción negativa: “en la historia de muchas almas, el primer paso del retorno a la casa del Padre ha brotado de un encuentro con María. Éste es otro motivo más para invocar a la Virgen Santa como "Causa de nuestra alegría". De Ella nació el Salvador del mundo. A través de Ella se torna al camino que conduce a su Hijo, porque -como recordaba el Fundador del Opus Dei-, "a Jesús siempre se va y se "vuelve" por María".

Comentarios

Entradas más populares de este blog

San Mateo, de Recaudador de impuestos a Apóstol

(21 de septiembre). Leví o Mateo era, como Zaqueo, un próspero publicano. Es decir, era un recaudador de impuestos de los judíos para el imperio romano. Por eso era mal visto por sus compatriotas, era considerado un traidor, un pecador. Probablemente había oído hablar de Jesús o lo había tratado previamente. Él mismo cuenta (Mt 9, 9-13) que, cierto día, vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió. Y estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: "¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?" Jesús lo oyó y dijo: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Vayan y aprendan lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".
Mateo sigue inme…

El rico epulón y el pobre Lázaro

Después de la parábola del administrador infiel, San Lucas continúa con las enseñanzas de Jesús sobre el sentido y el peligro de las riquezas. Al final del capítulo 16 presenta la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro. “Epulón” no es nombre propio, sino adjetivo: “hombre que come y se regala mucho”, lo define el diccionario de la RAE. En efecto, este personaje “vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes”. No es que fuera malo. El Señor no recrimina algún acto concreto suyo, sino todo lo contrario: la omisión. Tenía ciego el corazón para ver las necesidades ajenas. Solo pensaba en sí mismo. En los demás solo veía qué tanto facilitaban o entorpecían sus proyectos.
De hecho, no reparaba en “un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas”. La imagen que nos presenta el Señor es lamentable: se trata de un cuadro de pobrez…

Doce Apóstoles, columnas de la Iglesia

Explica I. de la Potterie (María nel mistero dell’Alleanza) que «la idea fundamental de toda la Biblia es que Dios quiere establecer una Alianza con los hombres (…) Según la fórmula clásica, Dios dice a Israel: “Vosotros seréis mi pueblo y Yo seré vuestro Dios”. Esta fórmula expresa la pertenencia recíproca del pueblo a Dios y de Dios a su pueblo». Las lecturas del ciclo A para el XI Domingo formulan esa misma idea: En primer lugar, en el Éxodo (19, 2-6a) se presentan las palabras del Señor a Moisés: «si me obedecéis fielmente y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía; seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa». Y el Salmo 99 responde: «El Señor es nuestro Dios, y nosotros su pueblo. Reconozcamos que el Señor es Dios, que él fue quién nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño». 
El Evangelio de Mateo (9, 36-38; 10, 1-8) complementa ese cuadro del Antiguo Testamento, con la elección d…