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domingo, septiembre 26, 2010

Lázaro y el epulón


En la parte final del capítulo 16, Lucas redondea las enseñanzas previas sobre las riquezas con la narración del rico epulón y del pobre Lázaro, único protagonista de una parábola que aparece con nombre propio, que significa “Dios ayuda”: "Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas".
En principio, el rico no hace nada malo: simplemente vive bien, de acuerdo con sus circunstancias. Pero San Jerónimo le reprocha vivamente: “A aquel ricachón que vestía de púrpura y vivía a cuerpo de rey no se le acusa de ser un avaro, un ladrón o un adúltero, ni de haber hecho nada malo; lo único que se le reprocha es su soberbia. ¡Oh, tú, el más desdichado de los hombres! ¿Estás viendo yacer ante tu puerta una parte de tu cuerpo y no sientes conmiseración alguna?”
Por su parte, San Cirilo Alejandrino contrasta su actitud con la de los perros: “el hombre rico era más cruel que los perros, porque no sintió simpatía ni compasión por él, sino que fue totalmente inmisericorde”. En la encíclica de Benedicto XVI sobre la esperanza , dice que “Jesús presenta como advertencia la imagen de un alma arruinada por la arrogancia y la opulencia, que ha cavado ella misma un foso infranqueable entre sí y el pobre: el foso de su cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar, que se transforma ahora en una sed ardiente y ya irremediable” (Spe Salvi, n. 44).
Como ya hemos hablado otros domingos de la actitud cristiana ante las riquezas, detengámonos un poco más hoy en el tema de la fraternidad cristiana, a la que se oponen la soberbia y la crueldad –como dicen Jerónimo y Cirilo-. Con más benevolencia, el Papa dice que la falta de solidaridad se debe a la cerrazón en los placeres materiales, en el olvido del otro, que incapacitan para amar.
Probablemente de ninguno de nosotros se puede decir que viste de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebra espléndidos banquetes. Pero, sin darnos cuenta, sí que podemos cavar un “foso de cerrazón en los placeres materiales, el foso del olvido del otro y de la incapacidad de amar” y por eso acudimos en esta oración al Señor, pidiéndole que nos conceda un corazón capaz de ver las necesidades ajenas, apartado de la búsqueda desenfrenada de los placeres materiales que nos incapacita para amar verdaderamente.
El Catecismo de la Iglesia (n. 2463) hace ver la actualidad de esta parábola: “en la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola. En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: "Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos, también conmigo dejasteis de hacerlo" (Mt 25,45)". 


El Maestro pregunta por nosotros, por nuestra fe y por nuestra caridad, detrás de tantas personas necesitadas que hay en cualquier sociedad. Conviene ayudar directamente en labores solidarias, pero también es importante darnos cuenta de que todos tenemos en nuestras manos un tesoro para compartir, que es nuestro propio tiempo, especialmente el que dedicamos a la jornada laboral. Debemos ser conscientes de que el aprovechamiento de esas horas, el rendimiento, la intensidad, tienen un gran interés social.
En la actualidad existen muchas formas de disminuir ese rendimiento: redes sociales, facilidad de estar conectados en tiempo real con todas las noticias del mundo, etc. Aunque estos medios en sí mismos no son malos, sí lo serían si nos desconcentran de nuestras responsabilidades o, peor aún, si nos llevan a incumplir con nuestras obligaciones. También así nos convertimos en ricos epulones.
Ser solidarios con el sufrimiento ajeno. ¡Cuánto bien nos hace la campaña de “comunicación cristiana de bienes”, en Cuaresma, cuando sacrificamos gustos, caprichos y también aficiones nobles, para dedicar el importe de ese sacrificio para el servicio de los más necesitados! Pero no podemos reducir la caridad cristiana a esos cuarenta días del año: todo momento es bueno para pensar en esa multitud de hermanos.
Desde el comienzo, la Iglesia se ha caracterizado por difundir tres aspectos centrales de su mensaje: el anuncio (kerigma), el culto (liturgia), la caridad (diaconía). Donde falte alguno de los tres, la evangelización cojea. Por eso, el origen – y la actualidad- de los hospitales y de las instituciones benéficas está en el apostolado cristiano.
Pero no podemos escondernos detrás de las instituciones: tenemos que aportar nosotros personalmente. Desde luego, con nuestro aporte económico (por ejemplo, pagando puntualmente el diezmo), pero también “arrimando el hombro”: es importante ver a cuáles personas pobres podemos ayudar –muchas veces, más que el dinero, lo que esperan es una sonrisa, un rato de compañía, saber que son valoradas como personas e hijos de Dios- o si podemos colaborar en las iniciativas apostólicas de la parroquia –por ejemplo, la atención a los pobres, a los ancianos, a los enfermos- o en la catequesis a los niños que se preparan para recibir los sacramentos. Aunque también debemos preocuparnos por la formación cristiana de nuestros colegas, quizá fomentando con ellos círculos de estudio del Compendio del Catecismo o de textos útiles para la ilustración doctrinal.
El Catecismo también se refiere al tema que estamos contemplando cuando explica la oración del Señor, en concreto la que pide “danos hoy nuestro pan de cada día” (n.  2831) y dice que “la existencia de hombres que padecen hambre por falta de pan revela otra hondura de esta petición. El drama del hambre en el mundo, llama a los cristianos que oran en verdad a una responsabilidad efectiva hacia sus hermanos, tanto en sus conductas personales como en su solidaridad con la familia humana. Esta petición de la Oración del Señor no puede ser aislada de las parábolas del pobre Lázaro (cf Lc 16,19-31) y del juicio final (cf Mt 25,31-46)”.
Pero la caridad cristiana no se reduce a la atención de las personas pobres, a pesar de la importancia que le hemos dado en la primera parte de esta meditación. Como reza el adagio, “la caridad comienza por casa”, pues puede darse el caso de auténticos altruistas que son insoportables de puertas para adentro, en el hogar o en el trabajo. Pidamos al Señor que nos ayude a ver cómo mejorar también en este aspecto durante esta semana: como hay personas que nos pueden ser más difíciles de tratar, habrá que hacer un pequeño propósito para acercarnos, para comprenderlas, para evitar lo que desune.
Es posible que, gracias a Dios, no tengamos grandes dificultades; pero siempre podemos afinar. También es caridad el esfuerzo por ser más sencillos, por no llamar la atención, por rechazar “la pedantería, la jactancia, el aire de suficiencia… hábitos que dificultan el trato con Dios y con los demás”. “Será conveniente recordar con frecuencia la necesidad de olvidarse de sí mismo, mortificando la imaginación, no haciendo caso de fantasías ni de preocupaciones irreales o futuras, que probablemente nunca tendrán lugar, ni agrandando pequeñeces que el amor propio tiende a aumentar de modo desproporcionado, evitando los enfados que surgen de susceptibilidades o de sospechas infundadas o temerarias” (Fernández F. Para llegar a puerto, p. 152-153).
Como siempre, acudamos a la Santísima Virgen, esta vez con palabras de Benedicto XVI: “la Virgen María nos ayude a aprovechar el tiempo presente para escuchar y poner en práctica esta palabra de Dios. Nos obtenga que estemos más atentos a los hermanos necesitados, para compartir con ellos lo mucho o lo poco que tenemos, y contribuir, comenzando por nosotros mismos, a difundir la lógica y el estilo de la auténtica solidaridad”.

viernes, octubre 05, 2007

El rico epulón y el pobre Lázaro

Después de la parábola del administrador infiel, San Lucas continúa con las enseñanzas de Jesús sobre el sentido y el peligro de las riquezas. Al final del capítulo 16 presenta la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro. “Epulón” no es nombre propio, sino adjetivo: “hombre que come y se regala mucho”, lo define el diccionario de la RAE. En efecto, este personaje “vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes”. No es que fuera malo. El Señor no recrimina algún acto concreto suyo, sino todo lo contrario: la omisión. Tenía ciego el corazón para ver las necesidades ajenas. Solo pensaba en sí mismo. En los demás solo veía qué tanto facilitaban o entorpecían sus proyectos.

De hecho, no reparaba en “un pobre llamado Lázaro yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas”. La imagen que nos presenta el Señor es lamentable: se trata de un cuadro de pobreza extrema, que clama al cielo por el contraste con el nivel de vida que llevaba el rico epulón. Lázaro deseaba saciarse no con las sobras del banquete cotidiano, sino con las migajas que caían después de que los comensales se limpiaran los dedos en el pan. No pretendo hacer un discurso político, pues ya hemos hablado antes de que poseer bienes no es en sí mismo bueno ni malo, depende de la actitud que se tenga ante ellos: si sirven para alcanzar la vida eterna o simplemente para satisfacer el egoísmo. 

Esta parábola se presta para meditar sobre muchos temas: el uso de las riquezas, el más allá, las pruebas de fe –como explica magistralmente el Papa en su libro “Jesús de Nazaret”-, etc. Pero podemos centrarnos en la necesidad de superar esa ceguera del corazón que puede convertirnos en ricos epulones. 

En el libro “Jesús de Nazaret”, el Papa hace un ejemplo de exégesis canónica: centra su comentario en mostrar la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento (cita los salmos que hablan de la pobreza) y en sentido cristocéntrico: Lázaro es, en realidad, una figura de Jesús, el gran signo de Dios, la mejor prueba de fe (p. 260). 


El Papa lo dicen en el sentido de Jesús como nuevo Jonás, que padeció y resucitó. Pero también lo es en otro sentido: siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza. ¡Qué diferencia con lo que se estila por ahí! Basta pensar en los apóstoles, que se preguntaban: ¿Quién será el mayor? ¿Quién ocupará el primer puesto? El ejemplo de Jesús es lo contrario: “El Hijo del Hombre no ha venido para que lo sirvan, sino para servir”. 

Servir a los demás. Tener abiertos los ojos del corazón para descubrir las necesidades ajenas. Juan Pablo II decía, con base en su experiencia personal, que “el hombre se reafirma a sí mismo, de manera más completa, dándose” (Cruzando el umbral de la esperanza, p. 208). Y ponía ejemplos de la entrega de uno mismo a los demás: las mujeres durante el parto, los soldados en combate, los que se entregan a Dios en el celibato. Cada uno puede buscar propósitos concretos para servir más, comenzando por la propia casa: cumplir el horario, facilitar y encargarse de la limpieza, el orden, el silencio, el trabajo, hacer rendir el agua caliente, dejar el televisor a los demás, ver con ellos el programa que gusta menos, servir en el comedor, esperar a que se sirvan todos antes de comenzar a comer, preocuparse por las necesidades de los demás, de sus alegrías y penas, insistirles en lo bueno, evitarles temas que no les agrada, caballerosidad en el deporte (saber ganar, saber perder), encomendarlos, etc…

La Virgen es un ejemplo de esta actitud. El primer milagro de Jesús es fruto de ese pensar que ella no había ido a la fiesta de Caná para que la sirvieran, sino para servir. Por eso es la primera en darse cuenta de que el vino se estaba agotando. Pidámosle a Ella que en nuestra vida se cumpla el programa de Jesús, que no seamos ciegos de corazón como el rico epulón: “A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible, independientemente de estrategias y programas de partido. El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas Est).