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domingo, marzo 30, 2014

El ciego de nacimiento

En uno de sus viajes a Jerusalén para la fiesta de los Tabernáculos, Jesús se presenta como la Luz del mundo. La ocasión era muy apropiada, pues uno de los ritos que se tenían en esas conmemoraciones era encender cuatro grandes lámparas en el atrio de las mujeres del Tempo para iluminar la Ciudad santa. De esa manera se evocaba la luz que iluminaba la Tienda sagrada en tiempos de Moisés.

En el capítulo noveno, san Juan relata el encuentro con un hombre que padecía ceguera desde su nacimiento. Llevaba una vida dura, pues a las incomodidades que le conllevaba su limitación se añadían las maledicencias de sus coterráneos, que atribuían su enfermedad a un castigo divino  por algún pecado. De hecho, cuando pasa Jesús a su lado, escucha que los discípulos le formulan esa pregunta que él había escuchado tantas veces antes: –Rabbí, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?

Estaba dispuesto a escuchar la enésima explicación sobre el origen pecaminoso de su trastorno, cuando un aire de novedad llegó a sus oídos. Respondió Jesús: —Ni pecó éste ni sus padres, sino que eso ha ocurrido para que las obras de Dios se manifiesten en él. Su corazón se habría exaltado al escuchar una explicación benévola, algo que fuera de su hogar quizás nunca habría oído antes. Benedicto XVI comentaba al respecto: «¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida».

El Maestro continúa su declaración solemne: Es necesario que nosotros hagamos las obras del que me ha enviado mientras es de día, porque llega la noche cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo soy luz del mundo. Este es el mensaje central del pasaje evangélico, por lo cual la liturgia lo señala para el cuarto domingo de Cuaresma, el domingo “Laetare”, en el que se nos invita a considerar que la alegría tiene sus raíces en forma de cruz.

En el itinerario de preparación o recuerdo del bautismo que caracteriza la cuarentena cuaresmal, esta escena del evangelio tiene un lugar especial. Así como en el primer domingo se contemplan las tentaciones, en el segundo la transfiguración y en el tercero la samaritana, en este domingo el punto clave es que Jesús es la luz del mundo.

El Señor es la luz que viene a iluminar nuestra oscuridad, que vence sobre las tinieblas del pecado. Que nos abre los ojos al mundo sobrenatural, brindándonos la fe como virtud teologal en el bautismo. Quizás a nosotros nos sucedió como al ciego de nacimiento, que sin pensarlo nos encontramos con las manos milagrosas del Señor obrando sus maravillas en nuestras vidas. En nuestro caso, al recibir el primer sacramento. En el del ciego, al sentir un ritual de curación quizás inexplicable: Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos.

Así de sencilla es la narración del milagro. Sin embargo, podemos sacar muchas consecuencias para  nuestras vidas. Imaginémonos en primer lugar ese lodo terapéutico. Podemos pensar en la situación del ciego que, de repente, siente sobre sus párpados la desagradable amalgama que aquel hombre le impone -solo Dios sabe con cuál motivación-. Pero el ciego confía. Las primeras palabras de aquel rabino, que le eximían de pecado con respecto a su enfermedad, abrieron su corazón para que las obras de Dios se manifiesten en él.

Los gestos de Jesús recuerdan pasajes del Antiguo Testamento. Por ejemplo, la elaboración del lodo rememora aquella arcilla con la que el Creador esculpió al primer hombre, según el Génesis. Benedicto XVI explica que «de hecho, “Adán” significa “suelo”, y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación».

Antes, en las instrucciones para que se cumpliera el milagro, el evangelista había dejado caer un dato como de pasada: y le dijo: —Anda, lávate en la piscina de Siloé –que significa: «Enviado». Como en el Antiguo Testamento Naamán el sirio había sido curado lavándose en el Jordán, así ahora el Señor envía a este ciego a que recorra ese camino de humildad hacia las fuentes purificadoras. 

En esta indicación está la clave de lectura de todo el pasaje. El papa alemán explica que «El proceso de curación lleva a que el enfermo, siguiendo el mandato de Jesús, se lave en la piscina de Siloé: así logra recuperar la vista. Siloé, que significa el Enviado, comenta el evangelista para sus lectores que no conocen el hebreo (Jn 9,7). Sin embargo, se trata de algo más que de una simple aclaración filológica. Nos indica el verdadero sentido del milagro. En efecto, el “Enviado” es Jesús. En definitiva, es en Jesús y mediante El en donde el ciego se limpia para poder ver. Todo el capítulo se muestra como una explicación del bautismo, que nos hace capaces de ver. Cristo es quien nos da la luz, quien nos abre los ojos mediante el sacramento».

Decimos que esta es la exégesis clave del pasaje, también  a la luz del Prefacio de la Misa del cuarto domingo de cuaresma: «se hizo hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo, transformándolos en hijos adoptivos».

Conmemoramos, y nos alegramos entonces, por esos dos regalos: por el don de la fe, y la filiación divina que adquirimos en el Bautismo. Como dice la Antífona de entrada de la Misa con palabras de Isaías: Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto. En el bautismo estuvo el origen de nuestra relación filial con Dios. Como dice san Agustín: «Este ciego representa a la raza humana. (...) Si la ceguera es la infidelidad, la iluminación es la fe. (...) Lava sus ojos en el estanque cuyo nombre significa “el Enviado”: fue bautizado en Cristo».

Entonces fue, se lavó y volvió con vista. San Josemaría comenta la docilidad del ciego: «¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! Una fe viva, operativa. ¿Te conduces tú así con los mandatos de Dios, cuando muchas veces estás ciego, cuando en las preocupaciones de tu alma se oculta la luz? ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree; pone por obra el mandato de Dios, y vuelve con los ojos llenos de claridad» (Amigos de Dios, n.193).

El esplendor de la fe que ocasiona el bautizarse en Jesús lleva al ciego a un progresivo desvelamiento de las tinieblas, también con respecto a quién era el que lo curaba. Al comienzo es un simple hombre, luego lo llama profeta, para terminar reconociéndolo como Señor y lo adora como el Mesías: Oyó Jesús que lo habían echado fuera, y encontrándose con él le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?  El respondió: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?  Le dijo Jesús: Lo has visto; el que habla contigo, ése es. Y él exclamó: Creo, Señor. Y se postró ante él.  Dijo Jesús: Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos. En este itinerario de redescubrimiento de nuestro compromiso bautismal, entendemos la jaculatoria que san Josemaría dirigía a Aquel que es la luz del mundo: «Que vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma».

Podemos concluir con un consejo del papa alemán: «Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el "gran pecado" (cf. Sal 19,14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz».

domingo, marzo 17, 2013

La mujer adúltera


En el camino cuaresmal hacia el monte del Calvario, el quinto domingo de este período penitencial nos presenta una escena singular (Jn 8,1-11). Tan llamativa, que fue omitida en varios códices antiguos del Evangelio de san Juan. Como si los editores se sintieran escandalizados por la misericordia de Jesús. Sin embargo, la Iglesia siempre la ha considerado canónica, inspirada por el Espíritu Santo: Jesús marchó al Monte de los Olivos. Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles.

Jesús nos da ejemplo de oración y de amor a las almas. Y aquellos habitantes de Jerusalén nos enseñan la importancia de acudir al encuentro con Él, para acoger sus enseñanzas. En medio de su labor magisterial, se empezó a escuchar un barullo que rompía la tranquilidad del Templo. Los escribas y fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron en medio.

No deja de ser llamativa y estrambótica la escena. Imaginemos a esa pobre mujer, humillada, con la reputación por el suelo: el pecador que la acompañó en su delito la abandonó en el castigo, los jueces la acusaron a ella pero al otro lo dejaron ir en paz.  Maestro le dijeron―, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.

No conocemos los detalles de la historia. Pero imaginamos el consejo de san Bernardo: siempre hemos de pensar bien de las personas, aunque las veamos actuar mal: “¡muy grande habrá sido la tentación!”, puede ser la disculpa que se les puede ofrecer.

Esta escena del Evangelio nos ayuda a entender la magnitud del pecado. Podemos confrontar la situación de esta mujer con la del otro pecador, que contemplamos la semana pasada: con el hijo pródigo, que terminó cuidando cerdos. Ambos experimentaron la abyección, la soledad, el abandono, el rechazo de la comunidad a la que los sometió su conducta extraviada.

Esta mujer padece la traición del marido (algunos comentaristas suponen que pudo haber caído en una trampa que le tendió quien quería repudiarla para quedar libre y asumir una nueva esposa con todas las bendiciones), también la traición del cómplice y de los vecinos. Quizás había caído en esa situación por envidia o en venganza, quién sabe. 

En cualquier caso, su situación es similar a la del hijo pródigo, que había caído en una situación inferior a la de los animales más despreciados en la religión judía. Es el escenario del abandono y soledad que padece el pecador, antesala del infierno. Como dice el Concilio Vaticano II, “El pecado es, en definitiva, una disminución del hombre mismo, que le impide alcanzar la propia plenitud” (GS 13). 

Mientras la tentación nos presenta el pecado como la máxima fuente de autoafirmación, de placer, de crecimiento, en realidad es el mayor fracaso de nuestra vocación a la felicidad. En cambio, la virtud ―la santidad― es la que nos lleva a desarrollar de manera más completa nuestra potencialidad. Por eso los más grandes hombres y mujeres, los más avanzados, los más completos y los que más bien han hecho a los demás han sido siempre los santos.

El tiempo de Cuaresma nos invita a reconocernos pecadores. Como decía el Cardenal Bergoglio cuando le  preguntaron cómo examinaba su vida y su ministerio delante de Dios: «No quiero mandarme la parte, pero la verdad es que soy un pecador a quien la misericordia de Dios amó de una manera privilegiada. Desde joven, la vida me puso en cargos de gobierno —recién ordenado sacerdote fui designado maestro de novicios, y dos años y medio después, provincial— y tuve que ir aprendiendo sobre la marcha, a partir de mis errores porque, eso sí, errores cometí a montones. Errores y pecados. Sería falso de mi parte decir que hoy en día pido perdón por los pecados y las ofensas que pudiera haber cometido. Hoy pido perdón por los pecados y las ofensas que efectivamente cometí».

Muy diferente es la actitud de los acusadores de la mujer adúltera: Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices? Este es otro pecado que poco se comenta al meditar la escena de la mujer adúltera. El pecado de los acusadores, que miran la paja en el ojo ajeno pero no ven la viga en el propio. Como explica Mons. Echevarría, «en la dificultad para la comprensión y la compasión, influye también la ignorancia de las propias culpas: cuando no se reconocen los pecados personales, se descubren sólo las faltas de los demás y se les acusa sin piedad, como quedó patente en el episodio de la mujer adúltera» (Eucaristía y vida cristiana).

Siguiendo en esta segunda línea, la cuaresma nos invita a mejorar nuestro espíritu de examen, a reconocer nuestras culpas. En eso consistía, en últimas, la falla de los acusadores, que terminaron cayendo en soberbia, en envidia y en deseos de acabar con Dios: —se lo decían tentándole, para tener de qué acusarle. Habían maquinado la caída de la mujer, pero en realidad iban buscando motivos para atacar a Jesús. En realidad, la adúltera era un medio para el deicidio. Un pecado lleva a otro. Y mientras tanto, llamaban “Maestro” a Jesús, se presentaban como los adalides del derecho y la religión. Porque no se conocían. No se daban cuenta de los verdaderos móviles de su actuación.

Examen. «Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá también a los que te rodean. –Recuerda, hijo, que no son menos importantes los microbios que las fieras. Y tú cultivas esos errores, esas equivocaciones –como se cultivan los microbios en el laboratorio–, con tu falta de humildad, con tu falta de oración, con tu falta de cumplimiento del deber, con tu falta de propio conocimiento... Y, después, esos focos infectan el ambiente. –Necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero dolor de tus faltas, de tus omisiones y pecados» (San Josemaría Escrivá, Forja, 481).

Ahora veamos cuál es, en cambio, la actitud del Señor: Pero Jesús, se agachó y se puso a escribir con el dedo en la tierra. ¿Qué escribías, Señor, en aquella polvareda de Jerusalén? No lo sabemos. Solo nos has transmitido la continuación de la escena, con tu veredicto final, que es antológico: Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: —El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero. Y agachándose otra vez, siguió escribiendo en la tierra.

La provocación había sido artera: lo habían puesto a escoger entre la ley de Moisés y la misericordia que tanto predicaba. Como en la pregunta por los impuestos del César o la resurrección de la mujer casada siete veces, la argumentación ponía contra las cuerdas al Maestro de Nazaret. Sin embargo, como en los otros casos, la respuesta es sencilla y contundente. La ley sigue vigente, pero la misericordia de Dios es mayor que nuestra maldad. Y todos somos pecadores, no solamente los reconocidos públicamente como tales. Estos, vale la pena recordarlo, llevarán la delantera en el reino de los cielos (Mt 21,31).

Pero tampoco podemos cargar las tintas sobre los acusadores, pues al menos tienen un gesto noble en el pasaje que estamos contemplando: Al oírle, empezaron a marcharse uno tras otro, comenzando por los más viejos, y quedó Jesús solo, y la mujer, de pie, en medio. Porque también hubieran podido aferrarse a la convicción de su inocencia y comenzar la lapidación. Pero aquel anciano que se marchó de primero dando ejemplo a los demás merece una consideración especial. Reconoció sus pecados, se dio cuenta ―fue una gracia que le concedió el Dios que tenía en frente― que no tenía ningún derecho a recriminar los pecados ajenos sin mirarse a sí mismo.

La escena concluye de una manera esplendorosa: Jesús se incorporó y le dijo: —Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? —Ninguno, Señor –respondió ella. Le dijo Jesús: —Tampoco yo te condeno

Como ha explicado el Papa Francisco, «el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. (…) El problema es que nos cansamos de pedir perdón. Él no se cansa nunca de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. ¡No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca! Él es el Padre amoroso que siempre perdona, que tiene un corazón de misericordia para todos nosotros. Y así nosotros aprendemos a ser misericordioso con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen que tuvo entre sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre». 

Que también nosotros sepamos acudir al Sacramento de la misericordia en esta cuaresma, para escuchar como dirigidas a nosotros las palabras del Señor a la mujer adúltera: vete y a partir de ahora no peques más.

martes, febrero 21, 2012

Miércoles de ceniza


Comenzamos hoy una nueva cuaresma. El concilio resume en qué consiste este tiempo litúrgico: “el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración, para que celebran el misterio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia” (SC 109).
Este es el marco preciso: preparar la Pascua, la celebración de Cristo resucitado, con cuarenta días de escucha de la Palabra, oración, penitencia y recuerdo de nuestro bautismo.
El Evangelio nos presenta a Jesús en el Sermón del monte, el primero de los cinco grandes discursos con los que Mateo estructura su narración. Después de predicar las bienaventuranzas, el Señor expone en qué consiste la verdadera justicia y cómo hay que comportarse ante la Ley, ante Dios y en relación con el prójimo: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 6, 1-6. 16-18). Con base en las obras que el Señor menciona en este discurso se habla de las tres prácticas cuaresmales por excelencia: dar limosna, orar, hacer penitencia.
En primer lugar, dar limosna: cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Benedicto XVI escribía en un mensaje para la cuaresma que esta acción representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales.
También aclaraba que “la limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo”.
Preparar la pascua del Señor desprendiéndonos de los bienes materiales: a veces consistirá en ceder el televisor, la bicicleta, el auto; otras, en examinar cuántas cosas que nos sobran les hacen falta a otros; o disminuir los gastos suntuosos y algunos en apariencia necesarios. También podremos colaborar con las campañas de comunicación cristiana de bienes que promueve el episcopado para concretar esta invitación cuaresmal. De este modo, estaremos viviendo lo que contemplamos en el Prefacio de la Misa: “al darnos ocasión de compartir nuestros bienes con los necesitados, nos haces imitadores de tu generosidad”.
Pero es conveniente ir más al fondo: contemplar la entrega del Señor por nosotros y disponernos a ser más caritativos con los demás hijos de Dios. Allí está una de las maneras de recordar nuestro bautismo, en el que el Señor nos hizo miembros de su familia, hermanos de todos los hombres. “La práctica cuaresmal de la limosna –sigue diciendo el Papa en su mensaje- se convierte en un medio para profundizar en nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno”.
Como el ejemplo de la limosna total que dio una limosnera: cuenta San Josemaría que, en los primeros años del Opus Dei, pedía muchas oraciones a todo tipo de personas (sacerdotes, enfermos, etc.) “por una intención”: para que fuera un instrumento fiel a su vocación de fundador. Una vez se encontró con una mendiga y le dijo: “-Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!” Después dejó de verla y terminó encontrándola en un hospital, enferma terminal. Cuando la vio la saludó: “-Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?” Y le dijo que pediría al Señor por su curación en la Misa. Ella sonrió y le replicó: “-Padre, ¿cómo no entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida”.

En segundo lugar, oración: Tú, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Se trata de un tiempo para renovar el amor, para estar atentos a la voz del Padre, dispuestos a cumplir mejor su voluntad: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón. Concretemos cómo mejorar nuestras prácticas de piedad; la oración personal “entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración”, como dice el Concilio, la lectura espiritual, el Santo Rosario… pero, en primer lugar, la Santa Misa.
En palabras de San Juan Crisóstomo, “la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras; a la oración que es un don de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina. El don de semejante súplica es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma”.

Por último, penitencia: Tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Es lo que pedimos en la oración colecta: “Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal”.
Externamente lo manifestaremos con la imposición de la ceniza. Nos puede servir considerar la oración que pronuncia el sacerdote para bendecirla: “que el ejercicio de la penitencia cuaresmal nos obtenga el perdón de los pecados y una vida nueva a imagen de tu Hijo resucitado”.
Penitencia exterior, sacrificios, tomar la Cruz del Señor sobre nuestros hombros. Como también decimos en el Prefacio, “has querido que en nuestras privaciones voluntarias encontremos un motivo para bendecirte, ya que nos ayudan a refrenar nuestras pasiones desordenadas”. Aprovechemos este rato de oración para concretar algunas mortificacion, además de la abstinencia de carne los viernes de cuaresma y del ayuno de hoy y del Viernes Santo: sacrificios que nos ayuden a servir a los demás, a trabajar mejor, a negar nuestros caprichos…
Se trata de una muestra exterior del cambio interno que deseamos dar en estos cuarenta días, acompañando a Jesús en su camino al Calvario. Y meditemos que somos polvo y al polvo hemos de volver. Arrepintámonos y creamos en el Evangelio. Rechacemos el pecado y convirtámonos a Dios. Y pidamos no solo por nuestra conversión, sino por la de todos los pecadores. Hay quien dice que en estos cuarenta días es como si la Iglesia se pusiera de rodillas pidiendo al Señor por la conversión de todos sus hijos. Y no es casual que, por eso, en este tiempo haya largas filas en los confesonarios. Pues ayudemos en esta labor: con nuestra oración y con nuestra penitencia personal.
Cuenta J. Eugui que a Jean -Marie Lustiger, judío converso, Cardenal Arzobispo de París desde febrero de 1981, le preguntaron sobre cuál era el punto más importante de su plan pastoral para la diócesis que el Papa Juan Pablo II le había confiado. La respuesta fue sencilla y, para alguno, quizá sorprendente: “-El punto central del plan pastoral es la conversión del Obispo”.
Terminemos nuestra oración acudiendo a María Santísima, que ella nos ayude a aprovechar desde el primer momento esa trilogía cuaresmal a la que se refiere san Pedro Crisólogo: “Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente”. Que la Virgen nos alcance en esta Cuaresma la gracia de ser almas de oración, de caridad, de penitencia.

viernes, marzo 11, 2011

Cuaresma: horizontes de Gracia

Con la imposición de la ceniza el pasado miércoles, hemos comenzado una nueva Cuaresma. Se trata, como decía Benedicto XVI en una celebración como esa, de comprometernos en convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia

Conversión, cambio, mudanza. Volver a empezar en nuestro empeño por ser buenos cristianos. Pueden servirnos las palabras de la liturgia, tan ricas de contenido en estos días: el pasado miércoles pedíamos al Señor “emprender el combate cristiano con santos ayunos para que los que vamos a luchar contra la tibieza espiritual seamos fortalecidos por los auxilios de la penitencia”.

Nos comprometíamos en convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia de un modo concreto: luchando. Le prometíamos a Dios emprender el combate, ayunar, luchar contra la tibieza espiritual. Y al mismo tiempo nos dábamos cuenta de que, al tomar esa actitud, seríamos fortalecidos por los auxilios de la penitencia. No se trata simplemente del efecto virtuoso que tiene la austeridad, como sabe cualquiera que haya leído la Ética a Nicómaco. Se trata de abrir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia. Por eso, más que proponernos esa lucha, le pedimos al Señor el don de emprender el combate, del fruto de la lucha, de los auxilios que la penitencia genera.

En ese sentido, el Papa explica que la Cuaresma es un don precioso de Dios dice que se trata de un tiempo fuerte y denso de significados en el camino de la Iglesia, es el itinerario hacia la Pascua del Señor. Es un camino, una excursión, que incluye varias indicaciones: en primer lugar la idea de fondo es “atender, con mayor empeño, a nuestra conversión”. La clave para darse cuenta de la necesidad de convertirnos es contemplar el Misterio de la cruz: “dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo”.

Son detalles concretos de conversión, que nos sugiere Benedicto XVI: docilidad ante las exigencias del Señor, generosidad, altruismo, darse a Dios y al prójimo, humildad para reconocernos pecadores, rechazar el pecado y acudir a las fuentes de la gracia: “El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo”.


2. Hay tres maneras concretas de vivir esta actitud de conversión hacia los horizontes de la Gracia: En primer lugar, intensificar la escucha de la Palabra de Dios, la oración. Esta es la primera invitación de la Cuaresma: oír las llamadas del Señor, atender su Palabra: ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón (Salmo 94).

En su  mensaje para este tiempo, el Papa nos invita a meditar e interiorizar la Palabra de Dios: “la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo”. Escuchar con atención, interiorizando lo que leemos, actualizándolo para nuestra vida: ¿qué significan estas palabras del Señor para mí, hoy? En los tiempos de oración debe suceder lo que recomendaba San Josemaría (Surco, 177): debe haber “recogimiento para conocer a Dios, para conocerte y así progresar. Un tiempo necesario para descubrir en qué y cómo hay que reformarse: ¿qué he de hacer?, ¿qué debo evitar?”

Vamos sacando propósitos para estos cuarenta días: cuidar más nuestro trato personal con el Señor. Tener fijos el tiempo preciso que le dedicamos a esa conversación y, ojalá, el momento del día en que lo haremos: «Si de veras deseas ser alma penitente -penitente y alegre- , debes defender, por encima de todo, tus tiempos diarios de oración -de oración íntima, generosa, prolongada- , y has de procurar que esos tiempos no sean a salto de mata, sino a hora fija, siempre que te resulte posible. No cedas en estos detalles. Sé esclavo de este culto cotidiano a Dios, y te aseguro que te sentirás constantemente alegre» (Surco, 994).

Además de escuchar atentamente la Palabra de Dios, en el itinerario cuaresmal se nos ofrece un segundo elemento fundamental: “la penitencia, abriendo el corazón a la dócil acogida de la voluntad divina, para una práctica más generosa de la mortificación”. Docilidad para seguir las sugerencias que el Señor nos indica en los ratos de oración. Generosidad en la mortificación. Una penitencia que se note, como el ayuno del miércoles de ceniza y del Viernes Santo o la abstinencia de carne todos los viernes de Cuaresma. También podemos ofrecer ayuno de aficiones o costumbres, de tal manera que podamos aprovechar más el tiempo: ayuno de internet, de televisión, de música, de algunos caprichos en las comidas, etc.

Pero también mortificación en la vida cotidiana. San Josemaría enseñaba que “donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia... Tiene espíritu de penitencia el que sabe vencerse todos los días, ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas” (GER XVI,336).

Oración, mortificación, caridad. Este es el tercer elemento que forma parte fundamental del itinerario cuaresmal: “ir más ampliamente en ayuda del prójimo necesitado”, explica el Papa. Se da por descontado que habitualmente queremos servir, para eso somos cristianos. Pero durante estos cuarenta días el Señor espera que ayudemos al prójimo de modo más amplio. Más caridad, más servicio, más fraternidad.

Durante estas semanas, el episcopado nos invita a la campaña de “Comunicación cristiana de bienes”: a ahorrar el importe de lo que gastaríamos y destinarlo a las obras de caridad de la Iglesia. Caridad para ser más generosos en la limosna. No se trata solo de dar lo que nos sobra, sino también de compartir el fruto de nuestra penitencia. Por eso la Iglesia recuerda la práctica de la limosna, especialmente durante estos cuarenta días, para fomentar la capacidad de compartir: “nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia”.


3. En este primer domingo de Cuaresma, la liturgia nos propone el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto. El Catecismo de la Iglesia lo resume de esta manera: “Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado"”.

Comentando esta escena, Mons. Echevarría saca un propósito concreto: la lucha sobrenatural, acudiendo con confianza a los medios sobrenaturales. Y recuerda la táctica sobrenatural que proponía San Josemaría para la lucha interior (Camino, 307): sostienes la guerra —las luchas diarias de tu vida interior— en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza. Y el enemigo acude allí: a tu pequeña mortificación, a tu oración habitual, a tu trabajo ordenado, a tu plan de vida: y es difícil que llegue a acercarse hasta los torreones, flacos para el asalto, de tu castillo. —Y si llega, llega sin eficacia. Batallas concretas, en las que manifestaremos al Señor nuestro deseo de conversión, de abrirnos  a los horizontes de la Gracia.

El Santo Padre considera este pasaje como un modo de subrayar nuestra condición humana en esta tierra: “La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida”. Contemplar a Jesús que vence las tentaciones del maligno –el cual “actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor”-, nos hace tener complejo de superioridad: “Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal”.

Podemos concluir con las palabras optimistas del libro “Jesús de Nazaret” (I): “En la lucha contra Satanás, ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, Él contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.

Terminamos esta primera meditación cuaresmal acudiendo a nuestra Madre, María, pidiéndole que Ella sea “nuestra guía en el camino cuaresmal, nos conduzca a un conocimiento cada vez más profundo de Cristo, muerto y resucitado, nos ayude en el combate espiritual contra el pecado, nos sostenga al invocar con fuerza: Conviértenos a Ti, oh Dios, nuestra salvación”. Ayúdanos a abrirnos a los horizontes de la Gracia, a vencer las tentaciones del demonio, a renovar el propósito de recomenzar nuestra lucha cuaresmal por ser almas de oración, penitentes y caritativas.

viernes, marzo 12, 2010

Hijo pródigo, alegría y Eucaristía

El cuarto domingo de cuaresma, la Iglesia nos invita a recordar la parábola del Hijo pródigo –o del Padre misericordioso, como también se le llama-. El Catecismo de la Iglesia (n. 1439) hace un recuento breve, fijándose en los puntos claves del relato: 

“El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): (1) la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; (2) la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; (3) la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; (4) la reflexión sobre los bienes perdidos; (5) el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; (6) la acogida generosa del padre; (7) la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión”.

En esta ocasión no nos detendremos en el tema de la conversión, del que ya hablamos al inicio de la cuaresma. Porque resulta que también hoy la Iglesia invita a gozar del domingo “laetare", alégrate, nos dice, en medio del tiempo penitencial. Hoy se permite el uso de instrumentos musicales –lo que está prohibido los demás días de cuaresma- y se puede adornar con flores el altar. “Hoy la liturgia nos invita a alegrarnos porque se acerca la Pascua, el día de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte”, explicaba Benedicto XVI. Y a renglón seguido se preguntaba: “Pero, ¿dónde se encuentra el manantial de la alegría cristiana sino en la Eucaristía, que Cristo nos ha dejado como alimento espiritual, mientras somos peregrinos en esta tierra? La Eucaristía alimenta en los creyentes de todas las épocas la alegría profunda, que está íntimamente relacionada con el amor y la paz, y que tiene su origen en la comunión con Dios y con los hermanos”.

Volviendo al punto del Catecismo que explicaba la parábola del hijo pródigo, vemos la parte final de la escena: “El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza”.

El hijo mayor de la parábola se queja ante su padre porque a él no le había dejado matar un cabrito y en cambio al hijo pecador le mata el ternero cebado. El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

Este pasaje suele pasar desapercibido, por la grandeza de la primera parte. Pero es muy interesante: el hijo egoísta, que no entendió la riqueza de estar siempre con su padre (“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”). La exégesis explica que el hijo menor quiso libertad sin obediencia, pero que el mayor vivió la obediencia sin libertad: Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya. 

Juan Pablo II decía que todos los hombres debemos vernos reflejados no solo en el hijo pródigo, sino también en el mayor, que “no ha entendido la bondad del padre. Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos, celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será aún en plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo. El hombre -todo hombre- es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse” (Reconciliación y penitencia, n. 6).

La Eucaristía es ese Banquete de fiesta que el Padre misericordioso dispone para sus hijos que se han reconciliado con Él y con sus hermanos. El Papa explicaba su Exhortación apostólica sobre este don de Dios: “Sacramento de la caridad. Sí, en la Eucaristía Cristo quiso darnos su amor, que lo impulsó a ofrecer en la cruz su vida por nosotros. En la última Cena, al lavar los pies a sus discípulos, Jesús nos dejó el mandamiento del amor: Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros (Jn 13, 34). Pero, como esto sólo es posible permaneciendo unidos a él, como sarmientos a la vid (cf. Jn 15, 1-8), decidió quedarse él mismo entre nosotros en la Eucaristía, para que nosotros pudiéramos permanecer en él. Por tanto, cuando nos alimentamos con fe de su Cuerpo y de su Sangre, su amor pasa a nosotros y nos capacita para dar, también nosotros, la vida por nuestros hermanos (cf. 1Jn 3,16) y no vivir para nosotros mismos. De aquí brota la alegría cristiana, la alegría del amor y de ser amados”.

Pidámosle al Señor que la Eucaristía de este domingo de alegría nos comprometa en la decisión de convertirnos, como el hijo pródigo, y de reconciliarnos también con aquellos hermanos a los que, por causa de nuestra soberbia, no terminamos de comprender. De esta manera, purificado nuestro corazón, podremos ser apóstoles de la misericordia de Dios. Animaremos a nuestros seres queridos –parientes, amigos, compañeros- a experimentar el abrazo paternal de Dios, en el sacramento de la Reconciliación, para que puedan volver al Banquete eucarístico, a vivir con profundidad el misterio pascual en la cada vez más próxima Semana Santa.

Benedicto XVI terminaba su comentario fijándose en la Virgen y en San José: “Mujer eucarística por excelencia es María, obra maestra de la gracia divina: el amor de Dios la hizo inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1,4). Junto a ella, para custodiar al Redentor, Dios puso a san José, cuya solemnidad litúrgica celebraremos pronto. Invoco en particular a este gran santo, mi patrono, para que creyendo, celebrando y viviendo con fe el misterio eucarístico, el pueblo de Dios sea colmado del amor de Cristo y difunda sus frutos de alegría y paz a toda la humanidad”.

lunes, febrero 22, 2010

tentaciones de Jesús



Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días, y al final sintió hambre.

El primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos invita a considerar las tentaciones de Jesús. El Catecismo (n. 538) lo resume de esta manera: “Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu" al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían (cf. Mc 1,12-13). Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el tiempo determinado" (Lc 4,13).

Jesús es el nuevo Israel: como el pueblo elegido, padece tentación; pero, a diferencia de los israelitas, vence al demonio. En su libro “Jesús de Nazaret”, Benedicto XVI ve en las tentaciones una pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana, cuál es el auténtico bien del ser humano.


Entonces le dijo el diablo: —Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.  Y Jesús le respondió:—Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre.

En esta tentación el diablo pone a prueba (Si eres Hijo de Dios) la filiación divina que Dios Padre había proclamado poco antes en el bautismo. El Papa comenta que “aquí aparece claro el núcleo de toda tentación: apartar a Dios que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios de lado como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras. Es propio de la tentación adoptar una apariencia moral: no nos invita directamente a hacer el mal, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor: abandonar por fin lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en mejorar el mundo. Además, se presenta con la pretensión del verdadero realismo. Lo real es lo que se constata: poder y pan. Ante ello, las cosas de Dios aparecen irreales, un mundo secundario que realmente no se necesita”.

Poder y pan. ¡Cuántas veces nos movemos por esas prioridades! Con dolor podemos decir que casi siempre… Mi futuro, mi carrera, mis proyectos. Incluso en las labores de caridad, podemos caer en el riesgo de poner en primer lugar el pan, las necesidades físicas –no es que no sean importantes- antes que la dignidad de hijos de Dios, la espiritualidad, la formación humana y sobrenatural. Sin embargo, concluye el Papa, en alusión a las multiplicaciones de pan, como prefiguración de la Eucaristía, “Jesús no es indiferente al hambre de los hombres, a sus necesidades materiales, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad debida”.

Después el diablo lo llevó a un lugar elevado y le mostró todos los reinos de la superficie de la tierra en un instante y le dijo: —Te daré todo este poder y su gloria, porque me han sido entregados y los doy a quien quiero. Por tanto, si me adoras, todo será tuyo. Y Jesús le respondió: —Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios y solamente a Él darás culto.

En la segunda tentación el diablo le ofrece a Jesús el reinado de este mundo a cambio de un homenaje a él. Una vez más, la tentación del poder, del dinero, de los bienes terrenos o de la caduca gloria humana. Dice el Papa que ésta “resulta ser la tentación fundamental, se refiere a la pregunta sobre qué debe hacer un salvador del mundo. (…) Jesús ha traído a Dios y, con El, la verdad sobre nuestro origen y nuestro destino; la fe, la esperanza y el amor”.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso sobre el pináculo del Templo y le dijo: —Si eres Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo, porque escrito está: Dará órdenes a sus ángeles sobre ti para que te protejan y te lleven en sus manos,  no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y Jesús le respondió: —Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.

En la tercerta tentación el demonio le propone a Jesús escapar de la muerte en virtud de ser Hijo de Dios (Eunsa). Comenta el Papa que “esta escena sobre el pináculo del templo hace dirigir la mirada también hacia la cruz. Cristo no se arroja desde el pináculo del templo. No salta al abismo. No tienta a Dios. Pero ha descendido al abismo de la muerte, a la noche del abandono, al desamparo propio de los indefensos. Se ha atrevido a dar este salto como acto del amor de Dios por los hombres. Y por eso sabía que, saltando, sólo podía caer en las manos bondadosas del Padre”. El Señor nos muestra dónde tenemos que poner nuestras esperanzas.

Y terminada toda tentación, el diablo se apartó de él hasta el momento oportuno.

El momento oportuno será el triduo pascual, cuando Cristo venció definitivamente al poder del mal. El Catecismo (n.540) concluye que “Cristo venció al Tentador a favor nuestro: "Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hb 4, 15)”.

Es lo que predicaba, lleno de alegría, San Agustín (Salmo 60): “nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria. Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él”.

La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto. Es el sentido de esta cuaresma, como dice el prefacio de la Misa: “Cristo nuestro Señor, al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal y, al rechazar las tentaciones del Enemigo, nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado”.

Comenzábamos citando al Papa, que ve en este episodio una pregunta sobre qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida humana, cuál es el auténtico bien del ser humano. En el mismo texto, Benedicto XVI concluye que “en la lucha contra Satanás ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, El contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre”.

jueves, febrero 18, 2010

Cuaresma

1. Viernes después de ceniza. Tiempo de conversión, de penitencia. El pasado miércoles recibimos la ceniza, mientras se nos decía: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Benedicto XVI explicaba en la Audiencia de un día igual este llamado a la mudanza total: “la conversión –decía- no es una simple decisión moral que rectifica nuestra conducta de vida, sino que es una decisión de fe, que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna forma sólo cercanas entre sí, sino que expresan la misma realidad”.


Convertirnos y creer en el Evangelio. Viene a la mente la anécdota que contaba un obispo africano sobre conversión: «La serpiente se quejaba a la oruga de que la gente tenía miedo de las dos. La oruga le dio la solución: “debemos cambiar, transformarnos”. Algún tiempo más tarde, la oruga se había convertido en mariposa, bonita, llena de gracia y color, que gozaba del cariño de todos. La serpiente había mudado solamente la piel, y la gente seguía asustándose de ella. Como respuesta a sus lamentos, la mariposa le explicó: tú has cambiado superficialmente; en cambio, yo tengo ahora una nueva existencia».

Para nosotros, esa nueva existencia viene de la fe en el Evangelio, en decidirnos a vivir en comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Como predicaba San Josemaría, “La Cuaresma ahora nos pone delante de estas preguntas fundamentales: ¿avanzo en mi fidelidad a Cristo?, ¿en deseos de santidad?, ¿en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión? Cada uno, sin ruido de palabras, que conteste a esas preguntas, y verá cómo es necesaria una nueva transformación, para que Cristo viva en nosotros, para que su imagen se refleje limpiamente en nuestra conducta” (Es Cristo que pasa, n. 58). Como la oruga, tenemos que cambiar de existencia, optar definitivamente por Jesús.

2. Benedicto XVI explicaba en una homilía el sentido de la Cuaresma: “Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es condición necesaria para participar en su Pascua, en su “éxodo”. Adán fue expulsado del Paraíso terrestre, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para volver a esta comunión y por tanto a la vida verdadera, es necesario atravesar el desierto, la prueba de la fe. ¡No solos, sino con Jesús! Él – como siempre – nos ha precedido y ha vencido ya el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la elección de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte”.

Atravesar el desierto, la prueba de la fe. Seguir a Jesús, acompañarlo estos cuarenta días: no solos, sino con Él. Renovar la elección de seguirlo, por el camino de la humildad, para participar en su victoria sobre el pecado. Tradicionalmente se enseñan tres prácticas cuaresmales: ayuno, oración, limosna (caridad). El Papa las enriquece con el sentido de la compañía de Jesús en el combate contra el espíritu del mal, contra el pecado personal.

El Evangelio de Mateo (9,14-17) se refiere a esa compañía de Jesús precisamente cuando reseña las críticas al Maestro porque sus discípulos no ayunaban: Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle: —¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: —¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán.

San Agustín comentaba este pasaje diciendo que “ésta es la causa de que ayunemos antes de la solemnidad de la Pasión del Señor y de que abandonemos el ayuno durante los cincuenta días siguientes. Todo el que ayuna como es debido, o bien busca humillar su alma, desde una fe no fingida, con el gemido de la oración y la mortificación corporal, o bien deja de lado el placer carnal hasta pasar hambre y sed, porque movido por alguna carencia espiritual su mirada está puesta en el goce de la verdad y la sabiduría. De ambas clases de ayuno habló el Señor cuando le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban. Así pues, una vez que se nos ha quitado el esposo, nosotros, sus hijos, tenemos que llorar. Nuestro llanto es justo si ardemos en deseos de verle” (Sermón 210,4).

El Santo de Hipona nos ayuda a poner el sentido de la Cuaresma en la compañía de Jesús, camino del Calvario. Como él, procuramos humillar el alma con la oración y la mortificación; e intentamos imitarlo –levemente- con nuestras penitencias corporales (hambre, sed). Si bien critica –y citémoslo aquí, pues la Cuaresma no está reñida con la alegría- que “hay cristianos que observan la Cuaresma debido a un espíritu de sensualidad más bien que por religión y se dedican a buscar nuevos goces en lugar de mortificar sus antiguas codicias. A base de grandes gastos hacen provisión de toda clase de frutos y se esfuerzan en combinar los condimentos más variados y más exquisitos (...) También los hay que se abstienen del vino pero para reemplazarlo por bebidas que combinan con jugo de otras frutas". Podríamos decirles: “Vaya Cuaresma”. Entiendo que no es el caso de los que me escuchan.


3. Consideremos en esta meditación la importancia del ayuno, que es "penitencia gratísima a Dios" (Camino, 477). Cuenta D. Pedro Casciaro que, cuando San Josemaría escribía estas palabras, vivía generosos ayunos en medio de las penurias de la guerra: "En el Hotel Sabadell pagábamos cuatro pesetas por cama. No recuerdo cuánto cobraban por cada comida, pero el precio normal en cualquier modesto restorán de Burgos no era inferior a ocho pesetas. El Siervo de Dios organizaba las cosas para ir, al acercarse la hora de las comidas, a cumplir algunos encargos con un hijo suyo que solía ser algo distraído; le decía: tú ocúpate de esto y yo de esto otro, y ya nos veremos después de la comida. Luego, cuando los demás interrogábamos al Siervo de Dios, eludía la pregunta”.

Sabemos que la Conferencia Episcopal ayuda a concretar esas penitencias con la invitación a observar el ayuno y la abstinencia de carne el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Durante los Viernes de Cuaresma, nos anima a “cumplir el precepto de la abstinencia privándose de carne o de otro alimento habitual de especial agrado para la persona”.

Los santos enriquecen el sentido del ayuno, cuando enseñan que no solo se refiere a la privación de alimentos, práctica que sigue siendo bien importante en nuestros tiempos. Así, por ejemplo, enseña San León Magno que el ayuno “debe consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos”. Viene a la mente el consejo que daba Juan Pablo II hace unos años: podríamos tener ayuno de Internet algunos días de la Cuaresma. Sé de algún joven norteamericano que ofrecía como penitencia cuaresmal no entrar a Facebook. Son ejemplos que no daban los Padres de la Iglesia por obvias razones, pero que hoy nos pueden ayudar bastante.

Y San Bernardo concreta más aún: “Ayunen los ojos de toda mirada curiosa... Ayunen los oídos, no atendiendo a las palabras vanas y a cuanto no sea necesario para la salud del alma... Ayune la lengua de la difamación y la murmuración, de las palabras vanas, inútiles... Ayune la mano de estar ociosa y de todas las obras que no sean mandadas. Pero ayune mucho más el alma misma de los vicios y pecados, y de imponer la propia voluntad y juicio. Pues, sin este ayuno, todos los demás son reprobados por Dios”.

Durante la Cuaresma podrá servirnos la contemplación de los dolores de María, como ejemplo y modelo de acompañar a Cristo en el desierto cuaresmal, de “convertirnos y creer en el Evangelio”. Podemos terminar con otro consejo de San Josemaría (Camino, 497): “Di: Madre mía -tuya, porque eres suyo por muchos títulos-, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús”.

domingo, marzo 01, 2009

Cuaresma: Jesús y las tentaciones


Comenzamos la Cuaresma el pasado miércoles de ceniza. Al imponérnosla, el sacerdote quizá nos dijo: “Conviérte y cree en el Evangelio”. Comenzamos un tiempo fuerte del año litúrgico. Como dice el Concilio Vaticano II (SC, 109), se trata de prepararnos para celebrar el misterio pascual, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración. ¿En qué consiste la preparación? La declaración conciliar habla de dos modos de hacerlo: “sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia”.

Antes, cuando la gente se convertía al catolicismo en la adultez, estos cuarenta días se tomaban como preparación para el bautismo, que se tenía en la noche de Pascua. Ahora, para casi todos será un tiempo de recordar los compromisos bautismales: rechazar a Satanás, “a sus pompas y a sus obras”. De hecho, el Concilio también insiste en la importancia de inculcar a los fieles “junto con las consecuencias sociales del pecado, la naturaleza propia de la penitencia, que lo detesta en cuanto es ofensa de Dios; no se olvide tampoco la participación de la Iglesia en la acción penitencial y encarézcase la oración por los pecadores”. (Los énfasis son añadidos).

Rechazar el pecado, mostrar que lo detestamos: acudiendo a la oración del cuerpo, que es la penitencia. De eso nos hablan las lecturas de la Misa del primer domingo de Cuaresma, que trata el tema de las tentaciones del Señor. El relato de Marcos (1, 12-15) es el más parco para describir la escena. Después del Bautismo del Señor, nos dice simplemente: Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás. Estaba con los animales, y los ángeles le servían. El desierto tiene muchos significados en la Biblia. Ya desde el Antiguo Testamento, representaba “un lugar o un tiempo de prueba y al mismo tiempo de gracia y revelación” (B. Escaffre).

Y gracia y revelación es lo que ocurre en el llamado monte de la cuarentena, donde se nos revelan varios aspectos de Jesucristo. El Prefacio propio de esta Misa describe que Cristo “consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal con un ayuno de cuarenta días; y, venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado, para que, celebrando con espíritu renovado el misterio pascual, podamos llegar un día a la Pascua eterna”.

Se nos ofrecen varios elementos: en primer lugar, la penitencia (“consagró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal con un ayuno de cuarenta días”). Además, las tentaciones y el pecado (“venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”). Por último, nos habla de lo que supone su victoria (“para que, celebrando con espíritu renovado el misterio pascual, podamos llegar un día a la Pascua eterna”).

Consideremos en nuestra oración el primer aspecto: la mortificación. Jesús nos da ejemplo de penitencia, celebra la primera cuaresma, como decía Juan Pablo II. A nosotros no se nos pide ir al desierto a alimentarnos con grillos o con raíces de árboles, pero sí se nos invita a que afinemos en nuestras mortificaciones pequeñas pero constantes: "Penitencia es el cumplimiento exacto del horario que te has fijado, aunque el cuerpo se resista o la mente pretenda evadirse con ensueños quiméricos. Penitencia es levantarse a la hora. Y también, no dejar para más tarde, sin un motivo justificado, esa tarea que te resulta más difícil o costosa. La penitencia está en saber compaginar tus obligaciones con Dios, con los demás y contigo mismo, exigiéndote de modo que logres encontrar al tiempo que cada cosa necesita. Eres penitente cuando te sujetas amorosamente a tu plan de oración, a pesar de que estés rendido, desganado o frío" (San Josemaría, Amigos de Dios, 138).

Con ese criterio, podemos concretar más aún: "Penitencia es tratar siempre con la máxima caridad a los otros, empezando por los tuyos. Es atender con la mayor delicadeza a los que sufren, a los enfermos, a los que padecen. Es contestar con paciencia a los cargantes e inoportunos. Es interrumpir o modificar nuestros programas, cuando las circunstancias –los intereses buenos y justos de los demás, sobre todo– así lo requieran. La penitencia consiste en soportar con buen humor las mil pequeñas contrariedades de la jornada; en no abandonar la ocupación, aunque de momento se te haya pasado la ilusión con que la comenzaste; en comer con agradecimiento lo que nos sirven, sin importunar con caprichos (Íbidem).

El segundo punto que menciona el Prefacio es las tentaciones y el pecado (“venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”). Es impresionante escuchar que Jesús padeció tentaciones. Tanto, que algún teólogo duda de su autenticidad, porque no habría testigos para comunicarlo a los evangelistas. No tiene en cuenta al único testigo: a Jesucristo mismo. Es admirable la sinceridad de Jesús, que les habría contado a sus discípulos, con toda sencillez, que cuando tuvo hambre en el desierto le dieron ganas de convertir las piedras en pan. Los apóstoles quizá reirían en la primera ocasión, pero después caerían en la cuenta de todo lo que eso significaba: Jesús padeció tentaciones, como las padecemos nosotros.

Cuando escuchamos que el Señor nos llama a ser santos, sentimos por dentro el contraste de nuestra indignidad, precisamente por las tentaciones que padecemos. Por eso decía al principio que este pasaje está lleno de gracia y revelación. Dios nos muestra que las tentaciones en sí no son malas. Lo malo es caer en ellas. Por eso, no dice que debemos pedir en la oración que no permita que tengamos tentaciones, sino que enseña a orar: “no nos dejes caer en la tentación”. El Compendio del Catecismo (n. 596) lo resume así: “Pedimos a Dios Padre que no nos deje solos y a merced de la tentación. Pedimos al Espíritu saber discernir, por una parte, entre la prueba, que nos hace crecer en el bien, y la tentación, que conduce al pecado y a la muerte; y, por otra parte, entre ser tentado y consentir en la tentación. Esta petición nos une a Jesús que ha vencido la tentación con su oración. Pedimos la gracia de la vigilancia y de la perseverancia final”.

“Venciendo todas las tentaciones del demonio, nos enseñó a dominar las seducciones del pecado”. Pidamos a Jesús que en esta Cuaresma aumente en nosotros el rechazo al pecado. Que huyamos de las tentaciones. Propongámonos huir de las ocasiones que nos acechan. Y rechazar también el pecado venial, porque cuando se ama no hay falta pequeña. Como decía San Josemaría en Surco (n. 139): “mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal —piensan y se justifican—, porque en esos tropiezos caemos todos! Óyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar —¡como los otros!—, por acudir al Huerto de los Olivos —¡con los demás!—,... Al final, empujados también por lo que hacían "todos", no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! —Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido”.

Pidamos a la Santísima Virgen que en esta Cuaresma encontremos la penitencia en las cosas pequeñas de cada día y rechacemos el pecado mortal y también el pecado venial deliberado.