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sábado, diciembre 31, 2016

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra.

El nacimiento de Jesucristo es, como su resurrección, una solemnidad que la Iglesia festeja con todo boato. Una de las manifestaciones de la grandeza de la celebración es que no se limita a un día, sino a toda la semana. Otra muestra de la importancia es cómo concluye esa Octava: en Pascua, con el domingo de la Divina Misericordia; en Navidad, con la solemnidad de Santa María, Madre de Dios.
La maternidad divina de María es, según los teólogos, “el tema central de toda la mariología”; y se debe entender en sentido propio, es decir: “en cuanto madre de un Hijo que, desde el primer momento de su concepción, es ya Dios” (Cf. Ponce). Los Padres de la Iglesia enseñan que esa maternidad es verdadera, virginal y divina.
Resaltando esta verdad, la Iglesia primitiva defendía la humanidad de Jesús contra los gnósticos y sus seguidores los docetas, según los cuales Dios no se había encarnado: o porque Jesús no era Dios, o porque no era hijo de María. Por esa razón, el concilio de Nicea (325) proclamó que el Hijo de Dios “por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre”.
Más adelante, en el año 381, el concilio de Constantinopla agregó que Jesús “se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María la Virgen”. Pero fue el concilio de Éfeso (en el año 431), el que declaró solemnemente -contra Nestorio, quien predicaba que María solo era la Madre de Cristo, pero no del Verbo- que Jesucristo “no nació primero un hombre vulgar de la Santa Virgen y luego descendió sobre él el Verbo”. Por ese motivo, los santos Padres llamaron a María Madre de Dios (Theotókos).
Pío XI ordenó que se celebrara en todo el mundo a partir de 1931, el 11 de octubre. Y Pablo VI la trasladó al final de la Octava de Navidad, diciendo que "está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa, por la que merecimos recibir al Autor de la vida".
Las lecturas de la Misa nos llevan de modo paulatino para ayudarnos a descubrir la grandeza de esta celebración. En primer lugar, consideramos “uno de los pasajes más hermosos del Pentateuco”, según algunos exégetas: la bendición sacerdotal del capítulo sexto de los Números (22-27). Dios le enseña a Moisés cómo bendecir a los hijos de Israel: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”. Se resalta el nombre trinitario de Dios, la luz del rostro divino, los dones espirituales, que son más importantes que la ofrenda de bienestar material, pero -sobre todo- la bendición del Señor: “invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”.
Que este aspecto es el más importante lo recalca el hecho que, en el Salmo 66, la respuesta sea precisamente: Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros. En ese canto, el salmista pasa de la situación concreta en la que se encuentra, de su pueblo y su historia, y pide la bendición para el mundo entero: Que Dios nos bendiga; que le teman todos los confines de la tierra.
¡Qué claro tenían, en el Antiguo Testamento, lo que debían pedir al Señor!: su bendición. Etimológicamente esta palabra se refiere al “decir bien”, como también lo piden las Preces a la Virgen: “ut loquaris pro nobis bona”. Que hables bien de nosotros, que digas cosas buenas, que nos bendigas. Si ahora mismo le pedimos al Señor el regalo de su bendición, quiere decir que le solicitamos que nos mire bien, que hable bien de nosotros, que tenga un buen juicio. Como Él es toda la verdad, nos vemos en la obligación de pedirle que “no mire nuestros pecados”, que tenga misericordia de nosotros.
Es lo que hacía el pueblo hebreo, cuando pedía a Dios que se cumplieran las promesas. ¿Cómo les respondió el Señor? – Lo vemos reflejado en uno de los textos más hermosos, y quizá más antiguos, de todo el nuevo testamento (ya se ve que, para honrar a la Virgen, la liturgia no ahorra elogios y selecciona lo mejor de ambas alianzas). En este caso, se trata de unas palabras de San Pablo que se utilizan con mucha frecuencia para justificar las prerrogativas de la Virgen, con una cita fácil de memorizar (Ga 4,4): envió Dios a su Hijo.
Habla el apóstol sobre la Encarnación, que venimos adorando durante toda la Octava de Navidad. Y el Espíritu Santo inspira a Pablo para que añada unas pocas palabras, pero que certifican, como si vinieran de un notario, el papel de la criatura humana en el misterio de la Navidad: envió Dios a su Hijo, nacido de mujer. Es como para que resonaran efectos musicales especiales al pronunciar esta frase: ¡nacido de mujer! Dios quiso venir al mundo de modo extraordinario -virginal- pero, al mismo tiempo, compartiendo todas las demás circunstancias de la vida humana corriente: nacido de mujer
Contemplemos la figura de esa joven doncella desde el momento en que comenzó a ser la Madre del Verbo. Es una escena que hemos meditado muchas veces: la vemos haciendo oración, y escuchamos el saludo del Arcángel san Gabriel: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, Salvador.
María conocería muy bien el mensaje de los profetas - ¡cómo la habría preparado el Señor en la oración! -. Por esa razón, más valor tenía su decisión anterior de permanecer virgen, de exponerse a la humillación pública por su aparente esterilidad y, por tanto, de no ser capaz de traer al mundo al Mesías.
Dios premia en el mismo punto en el que ha exigido. Y el ofrecimiento de la Virgen fue cambiado por el máximo ejercicio posible de la maternidad: ¡Concebir al Hijo de Dios! El mensaje del ángel era claro: Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Es posible que la Virgen se hubiera preguntado qué papel tendría José en aquel evento, y que esa haya sido la razón para que preguntara: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? El Arcángel Gabriel le desveló parcialmente el misterio:  El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. Como dice A. Mardegan -en quien me inspiro para estas reflexiones-, “Dios hacía nuevas todas las cosas”.
La respuesta fue inmediata, como de quien lo tiene bien pensado y lo ha repetido muchas veces en el diálogo íntimo de la oración: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. A partir de ese momento, comenzaría a sentir dentro de sí la Presencia de ese Dios que ahora era su Hijo. Comenzaría a experimentar, no solo la fisiología del embarazo, sino la dignidad de estar en el centro del cielo y de la creación. La cercanía de los ángeles, a los que habría aprendido a tratar desde pequeña, seguramente floreció en niveles insospechados: ¡todos ellos desearían servir a la Madre terrenal de su Dios eterno!
Muy pronto emprendería el viaje hacia Ain Karim (en aquellos mismos días, dice san Lucas), para acompañar a Isabel, que le sorprendió con su ruptura del secreto: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Poco después del regreso, con el Niño ya crecido en su vientre, debió reemprender el sendero, esta vez con destino a Belén, para cumplir con el censo convocado por el emperador Augusto, como narra el Evangelio de san Lucas que hemos considerado la noche de Navidad. Y así llegamos a la escena que la liturgia considera en la solemnidad del primer día del año: la adoración del Niño por parte de los pastores. Una vez más, el evangelista es austero en la descripción, pero la riqueza del evento supera cualquier narrativa: Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

Contemplando esta escena, san Josemaría invitaba a buscar a Dios en el fondo de nuestro corazón y a no perder nunca esa intimidad. Y agregaba conmovido que, “si alguna vez no sabéis cómo hablar ni qué decir, y no os atrevéis a buscar de nuevo al Niño en el interior de vuestra alma, acudid a María, tota pulchra, maravillosa. Señora, Madre nuestra: el Señor ha querido que fueras tú, con tus manos, quien cuidara a Dios; enséñame a tratar a tu Hijo!”.
La Virgen iba descubriendo a cada paso el modo divino de obrar, y cada vez se identificaba con él: en este caso, se habrá conmovido al ver cómo los primeros elegidos fueron los pastores, un grupo de personas que el mundo considera de los últimos. Más adelante vendrían unos científicos paganos -los Magos-, primicias de la redención universal… María descubría que el amor de su Hijo alcanzaba a todas las personas y experimentaba cómo el suyo también se dilataba cada vez más.
Luego vendría el desarrollo, la experiencia vital, de esa vocación materna desplegada en el tiempo: la lactancia, el puerperio, la peregrinación a Jerusalén para la Presentación de Jesús en el Templo (con el inesperado discurso de Simeón y las alabanzas de Ana), la huida a Egipto…
Después vino el regreso a casa y, con él, retomar la vida oculta de trabajo cotidiano al lado de José hasta su fallecimiento, cuando Jesús pasó a santificar el oficio de cabeza de familia.
Más adelante, la Virgen recibiría la noticia de que su Hijo debía partir para comenzar su vida pública, para “anunciar a los cautivos la redención, el perdón de los pecados”. Inmediatamente le habrá manifestado su disponibilidad para hacer lo que Él quisiera. Se ve que, quizá para evitarle sufrimientos prematuros, Jesús le dijo que se pasara de vez en cuando a su encuentro, que ya llegaría el momento de asumir la carga maternal completa.
De esa vida itinerante de su Hijo nos han llegado pocas alusiones a su Madre. Hay dos, que son muy similares: una vez, cuando “una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron»”. Y en otro momento, en el que le anunciaron a Jesús que su Madre y demás parientes (sus “hermanos”) estaban cerca de allí y querían verlo.  En ambas ocasiones la respuesta fue prácticamente la misma: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».  Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». A la mujer del pueblo le aclaró: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
No rechazó Jesús los elogios a su Madre, más bien esclareció que la razón de la dignidad de María no se limitaba a la excelencia de su vocación, del amor de Dios por su criatura, y que la intimidad que ella alcanzó con el Señor no fue simplemente biológica, sino espiritual: su identificación con la voluntad del Padre. Como dice san Josemaría: “Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada” (ECP, n.172).
Una de las pocas veces que la vemos en esa vida pública es al comienzo, en el primer milagro, “capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones” (RVM, n. 10). Y actúa dirigiéndose a los sirvientes de las bodas de Caná (ahora a nosotros): «Haced lo que él os diga». Esa fue la norma de su conducta, responder a Dios siempre de forma afirmativa, “hágase en mí según tu palabra”.
Así fue su vida cotidiana hasta la Cruz, donde su vocación maternal, que había ido creciendo día tras día, para hacerla capaz de acoger como hijos a los apóstoles, a los discípulos, a todos los seguidores de su Hijo, recibió la misión de engendrar espiritualmente, como hijos de su alma, a todos los hermanos de su Hijo que vendrían a lo largo de la historia. Es lo que Juan relata con su peculiar estilo literario, en el que acostumbra representar conjuntos de personas en individuos particulares: Ahí tienes a tu Hijo.
Después de la Asunción al cielo en cuerpo y alma, nuestra Madre - ¡qué gusto da emplear estas palabras! - continúa ejerciendo esa maternidad que su Hijo le encargó. Y cuida de cada uno de nosotros como lo hizo con Juan, con los otros Diez apóstoles, con los primeros cristianos. Ella nos ve luchando, en medio de tentaciones, y no deja de cuidar de cada uno de nosotros. Intercede ante su Hijo, ante su Esposo, ante su Padre para alcanzarnos la gracia que nos ayuda a ser fieles. Por eso podemos concluir con aquella consideración de san Josemaría, que nos llena de esperanza de cara al año que comienza: Antes, solo, no podías... –Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil! (C, n. 513).

martes, diciembre 08, 2015

Inmaculada Concepción: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.

La liturgia que celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María nos ayuda a considerar varios aspectos de la piedad filial mariana. En concreto, podemos meditar sobre tres jaculatorias dirigidas a la Virgen: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.
Causa de nuestra alegría, en primer lugar. La antífona de entrada nos pone desde el comienzo en un ambiente de júbilo: Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación, y me ha envuelto con un manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas (Is 61,10). Estas palabras corresponden a la exclamación del pueblo de Dios agradecido por haber experimentado la misericordia y el consuelo de Dios durante el duro camino de vuelta desde el exilio de Babilonia (Cf. Benedicto XVI. Homilía, 13-V-2010). San Juan Pablo II dice que es como un Magníficat.
Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios. Es la primera idea de esta festividad, una invitación a deleitarse con la alegría de la gracia, a descubrir que el secreto de la felicidad humana está en la decisión de optar por Dios. Por eso el Evangelio del día se recrea en el saludo del Ángel, que es como la justificación de la solemnidad (Lc 1,28): Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Chaîre kecharitomene, ho Kyrios meta sou).
Estas palabras, que tradicionalmente se traducen como un simple saludo normal («Ave», en latín; «Dios te salve», en castellano), en realidad tienen mucho trasfondo bíblico. De hecho, aparecen cuatro veces en la versión griega del Antiguo Testamento, y siempre en relación con la alegría que debe causar la promesa del Mesías: el canto de Sofonías, libro cortísimo pero trascendental con su famosa profecía: Alégrate hija de Sion, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser (So 3, 14); el de Joel: No temas, tierra; goza y alégrate (Jl 2, 21); o la de Zacarías, que nos recuerda el domingo de ramos: ¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna (Za 9, 9); más la promesa mesiánica en medio de las Lamentaciones: ¡Alégrate y salta de júbilo, hija de Edón!; también a ti llegará la copa (Lm 4, 21).
Por todas partes la Iglesia nos invita a festejar, esa es la clave del cristianismo: gózate, alégrate, regocíjate, disfruta. Benedicto XVI concluía un comentario sobre la Anunciación diciendo que el saludo del ángel a María es «una invitación a la alegría, a una alegría profunda, que anuncia el final de la tristeza que existe en el mundo ante el límite de la vida, el sufrimiento, la muerte, la maldad, la oscuridad del mal que parece ofuscar la luz de la bondad divina. Es un saludo que marca el inicio del Evangelio, de la Buena Nueva» (Discurso, 19-XII-2012).
Con la concepción de María comienza la plenitud de los tiempos. La Iglesia del Nuevo Testamento arranca su andadura. Y por eso su conmemoración es una explosión de alegría en medio del Adviento. Celebramos, en primer lugar, que Dios haya querido preparar una «digna morada para el Hijo», como dice la oración Colecta de la Misa. Gracias, Señor, por ese designio salvador para la humanidad entera, y para cada uno de tus hijos. Gracias por tu Madre, que también es Madre nuestra, gracias por su respuesta generosa, y llena de santidad, que es modelo de nuestra correspondencia a la propia vocación. Por eso la llamamos en el Rosario «Causa de nuestra alegría», porque con su sí al llamado divino hizo posible que entrara en la tierra la historia de la redención.
Quizá es san Pablo el que mejor esboza una teología de la vocación en su carta a los efesios (1,3-6), segundo texto escogido para enriquecer la celebración de la Virgen Inmaculada: Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. El apóstol explica en qué consiste esa bendición: Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. San Josemaría consideraba, con base en estas palabras paulinas, que también nosotros —tanto como la Virgen, aunque con misiones distintas— «somos hijos de Dios, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad» (ECP, 160). Y concluía que «esta elección gratuita, que hemos recibido del Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal» (AD, 2).
Así entramos en la segunda jaculatoria que pensábamos considerar en esta meditación. La santidad de María se remonta al primer momento de su existencia, como pregona el Prefacio de la Misa: «Preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo. Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo». Virgen Purísima. ¡Qué gusto da pronunciar estos piropos dirigidos a nuestra Madre! Así lo hace un himno de la Liturgia de las Horas: «Porque es justo, porque os ama, porque vais su madre a ser, os hizo Dios tan purísima como Dios merece y es». Se entiende, en este contexto, la tradicional petición a la Virgen: «Ave María, Purísima, sin pecado concebida: rogad por nosotros que recurrimos a Vos».
Al presentarnos a María como Virgen purísima, el Señor nos enseña que Ella es el modelo de la respuesta a esa vocación que nos ha concedido desde antes de crear el mundo, desde antes del pecado original. Por eso en la primera lectura nos remontamos al primer relato de la expulsión del paraíso, durante la cual Dios mismo hizo la primera promesa mesiánica, el protoevangelio, al declarar a la serpiente: pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón.
San Juan Pablo II reunió, en su encíclica mariana, las dos lecturas bíblicas que enmarcan el Evangelio de la Anunciación: «María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella “enemistad”, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la Carta paulina. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella “enemistad” con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura» (RM, n.11).
En el triunfo de la Virgen Purísima sobre el pecado estamos incluidos —y llamados— cada uno de nosotros. La celebración de la Inmaculada Concepción no es solo para admirar, sino para comprometernos a imitar la fidelidad de nuestra Madre. Por ese motivo, el prefacio de la Misa no solo resalta la Concepción Inmaculada de María, su pulcritud original, sino que también pondera las consecuencias para sus hijos en la Iglesia: el Señor la preservó para que fuera no solo la digna madre de Jesús, sino también el «comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura» (Prefacio).
Con estas palabras descubrimos que ese texto del prefacio de la Misa es un tratado de mariología, pero también de eclesiología: no solo retrata a la Virgen, sino que esboza una figura de lo que cada uno de nosotros debe ser. Y así llegamos a la tercera idea: al agradecer a Dios por la Virgen como Causa de nuestra alegría y darnos cuenta de la llamada a ser santos como la Virgen Purísima, quizá surja la tentación del desaliento al ver nuestra indignidad, y también nuestra incapacidad para acoger un objetivo tan elevado.
Por esa razón, la liturgia nos presenta al mismo tiempo a la Virgen como Madre de misericordia. Ese es el motivo por el cual podemos alegrarnos en esta fiesta a pesar de nuestras debilidades: nosotros formamos parte de ella, somos continuadores de ese linaje de gracia, miembros de la familia de Dios en el mundo, que es la Iglesia. Y ese es otro motivo por el que convenía que la Virgen fuera concebida sin pecado original: como sigue diciendo el Prefacio, se trataba de entregarnos «el Cordero inocente que quita el pecado del mundo», pero también de que Ella sería la «Purísima que, entre todos los hombres, es abogada de gracia, y ejemplo de santidad».
María no es solo modelo de entrega a la vocación, sino también abogada ante el Corazón de su Hijo cuando el nuestro se quiera rebelar. Por eso anunció el papa Francisco en la bula Misericordiae vultus que la solemnidad de la Inmaculada Concepción «indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona».
El santo Padre ha dicho que su insistencia en este tema no fue invención suya, sino inspiración del Espíritu Santo. Desde el inicio de su pontificado, ha sido un mensaje que ha calado profundamente en todas las almas, también las de muchas personas que llevaban años y décadas sin acercarse al sacramento de la reconciliación: «Dios no se cansa de perdonar, somos los hombres los que nos cansamos de pedir perdón».
La Virgen no solo es la Madre de la misericordia, la abogada que intercede por nosotros ante su Hijo, sino que también sale a nuestro encuentro, nos busca para que vayamos a reconciliarnos con ese Padre bueno que nos espera con los brazos abiertos. Ella nos invita a acoger la misericordia divina, a que volvamos a la casa del Padre, como enseña la parábola del hijo pródigo: «la misericordia que Dios muestra nos ha de empujar siempre a volver. Hijos míos, mejor es no marcharse de su lado, no abandonarle; pero si alguna vez por debilidad humana os marcháis, regresad corriendo. Él nos recibe siempre, como el padre del hijo pródigo, con más intensidad de amor» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 27-III-1972, citado por Echevarría J., Carta pastoral, 5-XII-2015).
Una manera concreta de resellar ese compromiso de imitar a nuestra Madre es proponernos rezar con mayor atención el Santo Rosario. El papa Francisco cuenta que él aprendió a rezarlo mejor viendo cómo lo hacía san Juan Pablo II: «Una tarde fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Él estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era numeroso. Veía al Santo Padre de espaldas y, poco a poco, fui entrando en oración. No estaba solo: rezaba en medio del pueblo de Dios al cual yo y todos los que estábamos allá pertenecíamos, conducidos por nuestro Pastor. En medio de la oración me distraje mirando la figura del Papa: su piedad, su unción era un testimonio. Y el tiempo se me desdibujó; y comencé a imaginarme al joven sacerdote al seminarista, al poeta, al obrero, al niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba ahora: rezando Ave María tras Ave María. Y el testimonio me golpeó. Sentí que ese hombre, elegido para guiar a la Iglesia, recapitulaba un camino recorrido junto a su Madre del cielo, un camino comenzado desde su niñez. Y caí en la cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a san Juan Diego: “No temas. ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” Comprendí la presencia de María en la vida del Papa. El testimonio no se perdió en un recuerdo. Desde ese día rezo cotidianamente los 15 misterios del Rosario» (Ivereigh, El gran reformador, p. 371).

Madre nuestra, que has sido elegida por Dios como nuestro ejemplo de santidad: alcánzanos la gracia de una nueva mudanza en nuestra vida, para que preparemos el pesebre de nuestro corazón desterrando el pecado y luchando por crecer en unión con tu Hijo Jesucristo. Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia, ruega por nosotros.

Misión e instrucción a los Doce

Veíamos en la anterior meditación que Jesús manifestaba su misericordia enseñándonos a rezar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Sin embargo, La perícopa evangélica del Adviento complementa la invitación a rezar con el llamado «discurso apostólico», que Jesús pronunció inmediatamente después de que llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Con la llamada, Jesús les asigna una misión: Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis. Podemos notar un paralelismo con los tres verbos que resumían la misión de Cristo al comienzo de su apostolado: acompañar, enseñar y curar –en sus diversas manifestaciones: curaciones espirituales y materiales-.
El motivo por el cual consideramos este pasaje en pleno Adviento es para que veamos que los apóstoles no son unos simples asalariados, sino que son continuadores de la misión de Cristo. Deberán ser otros Cristos, pues los oiga a ellos escuchará a Cristo mismo.
Sabemos que los discípulos no eran dignos de esa llamada, y que muchos no fueron fieles en el momento en que Jesús más los necesitaba. Solo perseveró al pie de la Cruz el más pequeño, el que menos motivos tenía para confiar en sí mismo. ¿Cómo logró esa gesta de fidelidad? El secreto está en que era el discípulo que más amaba a María, por lo que mereció ser escogido por Jesús mismo para que nos representara al entregárnosla como Madre: hijo, ahí tienes a tu Madre; mujer, ahí tienes a tu hijo. María asumió la misión de ser la madre de los discípulos, la madre de la Iglesia, y por eso también la reconocemos como la reina de los apóstoles.
Rogad pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies, dijo Jesús al comienzo del pasaje. E inmediatamente después nombró a los doce Apóstoles. ¡Eficacia de la oración! Tenemos que pedir, como el Señor nos enseñó, pero debemos hacerlo con las disposiciones con las que rezaban aquellos doce jóvenes: le pedían a Dios que enviara operarios, pero al mismo tiempo le hacían saber que podía contar con ellos, si hiciera falta, a pesar de sus miserias.
Comentando este pasaje, san Juan Pablo II hacía notar que “es necesario y urgente organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y familias, suscitando una reflexión atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la total entrega de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino” (NMI, n.46).
Ojalá pudiéramos contar nosotros lo que relata el profeta Isaías (6,8): Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?». Contesté: «Aquí estoy, mándame». Ojalá que nosotros, obedeciendo al mandato divino, pidamos al Padre que envíe obreros a su mies… pero no pensando en otros, en los de al lado, sino en nuestra propia entrega. Atrevámonos a decirle al Señor: envíame a mí…, «Aquí estoy, mándame».
Durante esta semana contemplamos el ejemplo de María, joven adolescente de Nazaret, que en su diálogo con el Señor estuvo siempre dispuesta a cumplir la voluntad del Padre. Es el mejor resumen de su vida, hecho por Jesús mismo, que fue su mejor biógrafo. Cuando en el éxtasis de la popularidad del Señor una mujer gritó con sencillez: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron», él corrigió la alabanza, para aclarar que lo importante en María no había sido su maternidad biológica, funcional, sino su identificación con lo que Dios quiso de Ella durante toda su vida: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». Son dos pasos distintos, en la vida interior: Escuchar la palabra, primero. Cumplirla, después. Y en ambos casos, María es paradigmática.
Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios. ¡Qué difícil es recogerse en este tiempo nuestro, cuando llevamos en el bolsillo la conexión con el mundo entero, lo que nos puede llevar hasta el punto de perder el silencio interior, la capacidad de contemplación, de escuchar! A veces decimos que Dios no nos habla, pero quizá es que no sacamos ese tiempo para oírlo, para hablar con Él, para pedirle, para ver su voluntad, como veíamos antes el consejo de Jesús: rogad, pues, al dueño de la mies…
Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. En esa escuela mariana, san Josemaría aprendió a secundar la enseñanza de Jesús. Él también buscaba oír y ver lo que el Señor quería, y por eso repetía las palabras del ciego de Jericó: ¡Señor, que vea! Domine, ut videam! Junto con esa jaculatoria, aportaba la actitud del profeta y de María: ¡Señora, que eso que tu Hijo quiere, sea! Domina, ut sit! Para lo cual complementaba esas jaculatorias con la disposición a cumplir, siempre y en todo, la voluntad de Dios: ¡Aquí estoy, Señor, porque me has llamado!
Esa disposición generosa es compatible con el miedo ante el reto que supone semejante compromiso. No es mala cosa experimentar ese temor. Es más: es muy buena señal, porque quiere decir que nos enteramos, que nos hacemos cargo de lo que el Señor nos está insinuando… es un síntoma positivo de que probablemente el cuento sí es con nosotros. El papa Francisco cuenta que a él también le sucedió algo similar. Y no solo en la juventud, sino después de muchos años de entrega, en concreto, en el día del cónclave. Cuando fue elegido papa, Francisco «experimentó una gran turbación de espíritu. “Una gran ansiedad se apoderó de mí en ese momento”, recordaría más tarde (...). El miedo a la misión ―dijo en una ocasión a un grupo de retiro― puede ser “señal de buen espíritu”: “Cuando somos elegidos sentimos que el peso es grande, sentimos miedo (en algunos casos llega al pánico): es el comienzo de la Cruz. Y, sin embargo, conjuntamente, sentimos esa honda atracción del Señor que ―por su mismo llamamiento― nos seduce con un fuego abrasador para que le sigamos”» (Ivereigh, El Gran Reformador, p. 484).
Quizá ese fuego del amor de Dios fue el que hizo turbar a María ante la Anunciación del Ángel Gabriel. Y esa seducción del Espíritu Santo ―el 8 de diciembre celebramos precisamente esa plenitud de gracia con que la colmó desde el primer momento, en la concepción― la impulsó a ser generosa.
La Virgen transmitía ese amor de Dios por donde se encontraba: en el taller de José, en casa de su prima Isabel, en el pesebre de Belén, en el templo de Jerusalén, y durante el destierro de Egipto. También llevaría ese aire de familia a las bodas de Caná y animaría a los discípulos para que fueran generosos y siguieran a Jesús: haced lo que Él os diga, les animaría, como a los sirvientes de aquel banquete.
Ahora nos anima a ti y a mí para que sigamos los pasos de su Hijo, para que roguemos al dueño de la mies pidiéndole que envíe operarios a su mies. Pidamos mucho al Señor que envíe vocaciones de almas plenamente entregadas, que lleven su mensaje de amor hasta el último rincón del mundo. Pero digámosle, como el profeta: si quieres, envíame a mí…, «Aquí estoy, mándame». O como san Josemaría, pidámosle “que vea y que sea”.

No tengamos miedo a seguir a Jesucristo, a escuchar su palabra y a cumplirla, a abrir el corazón de par en par al amor de su llamada. No estamos solos, contamos con María. Ella nos alcanzará la gracia necesaria para que nuestra respuesta sea como la suya: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

miércoles, septiembre 09, 2015

El nacimiento de la Virgen María

Nueve meses después de celebrar la Inmaculada Concepción de María, la Iglesia conmemora su nacimiento el 8 de septiembre. Y en la liturgia de esta fiesta se repite la invitación al gozo, a la alegría, como es natural en la celebración familiar del cumpleaños de la Madre. Pero en este caso es más explicable aún, porque hablamos del nacimiento de la Madre de Dios y madre nuestra: «Por Ti, los hijos de la tierra comenzaron a serlo también del Cielo, pues ambos órdenes quedaron entre sí admirablemente reconciliados» (Himno de Laudes).


Con el nacimiento de María se aproxima la plenitud de los tiempos, la llegada de aquel momento esperado a lo largo de los siglos, para el cual Dios mismo había ido preparando a su pueblo desde Abraham, pasando por Moisés y los profetas, como Miqueas —cuyo oráculo se lee en la primera lectura de la Misa: Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel; sus orígenes son de antaño, de tiempos inmemoriales. Por eso, los entregará hasta que dé a luz la que debe dar a luz—.
Esa enigmática mujer (la que debe dar a luz) se identificaría más adelante con la profetizada en Isaías 7,14 (Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel). Ha nacido por fin como una chiquilla más de una aldea cercana a Jerusalén, no lejos de la piscina probática, fruto tardío del matrimonio de Ana y Joaquín. De genealogía privilegiada, aunque su máximo esplendor sería el que llegaría varios años más tarde, como dice otro himno de la liturgia: «Oh María, Virgen Reina, del linaje de David, más noble todavía por tu Hijo, que por tu estirpe».
Por eso se entiende la exultación de san Andrés de Creta, el famoso mariólogo citado en el Oficio de lecturas: «El nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada (…). Hoy ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor».
La Misa de la fiesta comienza con una invitación gozosa: «Celebremos con júbilo el Nacimiento de la santísima Virgen María, de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios». En la Anunciación, el Arcángel san Gabriel la saludará con la misma invitación a la alegría: Chaire, alégrate, llena de gracia. Así arranca el Nuevo Testamento y de la misma forma concluye: con los Ángeles invitando a la alegría de la resurrección. La fiesta del nacimiento de María es un anticipo del gozo que significará la llegada del Dios hecho hombre. Como explica Benedicto XVI, «conviene comprender el verdadero significado de la palabra chaire: ¡Alégrate! Con este saludo del ángel —podríamos decir— comienza en sentido propio el Nuevo Testamento (…). La alegría aparece en estos textos como el don propio del Espíritu Santo, como el verdadero don del Redentor. Así pues, en el saludo del ángel se oye el sonido de un acorde que seguirá resonando a través de todo el tiempo de la Iglesia y que, por lo que se refiere a su contenido, también se puede percibir en la palabra fundamental con la cual se designa todo el mensaje cristiano en su conjunto: el Evangelio, la Buena Nueva».
Si nos preguntamos qué otra motivación puede tener esa alegría, encontraremos la respuesta en la oración colecta de la Misa, que pide al Señor el don de su gracia «para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento». ¿De qué paz pedimos aumento? De la que recibimos en primicias con la natividad de María, de la paz que proviene de sabernos in spe salvi, salvados por Jesucristo. La paz, la alegría, de sabernos hijos de Dios, justificados, partícipes de su gracia santificante: redimidos, pacificados, perdonados.
Precisamente en esa línea es muy oportuno que el Evangelio de la Misa sea la genealogía de Jesús según san Mateo, que incluye personas de toda condición social y moral: desde grandes personajes como Abraham, Isaac y Jacob, pasando por reyes, hasta gente común y corriente, incluyendo conocidos pecadores. Benedicto XVI concluía que «la genealogía, con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe recto con los renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia Él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo».
En la misma línea, san Josemaría comentaba que «en la genealogía de Jesucristo, encontramos hombres y mujeres —antepasados de José y de María— que a veces no fueron un modelo. Con esa lección, seguro que la Madre de Dios quiere que consideremos que Ella, siendo toda limpia —¡Inmaculada! —, nos acepta con nuestras manchas. Y cuando nos acercamos a Ella y a Jesús, con la conciencia limpia, con la voluntad llena de buenos deseos, entonces todo lo pasado no cuenta. Podemos rehacer nuestra vida, y para eso a lo largo de la jornada habremos de rectificar el rumbo más de una vez».
Es una de las grandes enseñanzas de esta fiesta, el principal motivo de nuestro gozo y nuestra paz: Dios conoce nuestras miserias, pero no nos rechaza por ellas. Al contrario, ha venido a nuestro encuentro, ha enviado a su Hijo para hacernos hermanos suyos, y en su misericordia nos garantiza la gracia necesaria para vencer contra las tentaciones del diablo: «Quiero que vosotros y yo  —concluye San Josemaría— tengamos esa visión de lucha; que no perdamos nunca de vista que en la vida interior es necesario pelear sin desánimo; que no nos desalentemos cuando al intentar servir a Dios, no una vez sino muchas, tengamos que rectificar».
Justo cuando se acerca el Jubileo de la Misericordia, damos gracias a Dios por haberse desbordado en su amor hacia nosotros, queriendo que nos llamáramos hijos suyos y también de su Madre. Conociendo nuestras malas inclinaciones, vino a nuestro encuentro para liberarnos, para redimirnos, como recordamos en la Oración sobre las ofrendas: «Jesús, que con su nacimiento no menoscabó su integridad, sino que la santificó, nos libre del peso de nuestros pecados».
La paz que pedíamos en la oración colecta es entonces la verdadera paz: la paz de la conciencia, de sabernos reconciliados con Dios, libres del peso de nuestros pecados. No impecables, no inmaculados como María, sino perdonados una y otra vez en el sacramento de la misericordia que su hijo nos ganó muriendo por nosotros en la Cruz. Por esa razón la antífona de comunión recuerda a Mt 1,21: la Virgen dará a luz un hijo que salvará al pueblo de sus pecados.
En el patíbulo del Calvario Jesús mismo nos entregó a su Madre como Madre nuestra. Es como una manifestación externa del perdón que nos estaba consiguiendo. Por eso uno de los títulos con los que más frecuentemente la llamamos es «Madre de Misericordia», porque sabemos que Ella es el atajo para volver a su Hijo cuando lo perdemos por el pecado; que Ella es la luz que ilumina el camino verdadero en tiempos de borrascas interiores; que también intercede ante Dios para alcanzarnos las gracias que necesitamos en las batallas de la lucha ascética. Es lo que ilustra la petición del Himno de Vísperas: «Dejando lejos lo antiguo, trasplántanos a este germen nuevo, donde, por Ti, se confiere a los hombres un sacerdocio regio. Desata con tus preces el nudo de nuestras culpas y por medio de tus méritos, condúcenos hasta el Premio del Cielo».
Considerar la omnipotencia de María, madre de Misericordia, nos llena de esperanza para nuestro combate interior. Un buen propósito es acudir con más frecuencia a su intercesión. Pero ojalá pudiéramos buscarla desinteresadamente, para manifestarle nuestro amor filial. Renovemos en este momento el deseo de saludar con más frecuencia las imágenes de la Virgen que nos encontramos en nuestra casa, en las calles que recorremos habitualmente y en el lugar de trabajo. Pensemos cómo afinar en la piedad mariana: podríamos tenerla en cuenta desde el primer momento de la jornada, llevar el escapulario y usarlo como recordatorio para la presencia de Dios, rezar el Ángelus al medio día, descubrir su papel en el santo sacrificio de la Misa, y acudir a Ella para que nos ayude a dar gracias con más piedad después de recibir a su Hijo en la Eucaristía. También es posible revivir esas oraciones marianas que aprendimos quizá desde pequeños: Bendita sea tu pureza…, Oh Señora mía, oh Madre mía…, el Acordaos…
Desde luego, quizás el mejor propósito, para vivir toda la vida cobijados por el manto de la Virgen, es cuidar cada día más el rezo del santo Rosario. Impresiona mucho leer el testimonio de monseñor Bergoglio sobre la santidad del papa Juan Pablo II. Viéndolo rezar el Rosario descubrió en su piedad mariana («Totus tuus» era su lema pontificio) la clave para la vida espiritual del cristiano: «Una tarde fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Él estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era numeroso. Veía al Santo Padre de espaldas y, poco a poco, fui entrando en oración. No estaba solo: rezaba en medio del pueblo de Dios al cual yo y todos los que estábamos allá pertenecíamos, conducidos por nuestro Pastor. En medio de la oración me distraje mirando la figura del Papa: su piedad, su unción era un testimonio. Y el tiempo se me desdibujó; y comencé a imaginarme al joven sacerdote al seminarista, al poeta, al obrero, al niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba ahora: rezando Ave María tras Ave María. Y el testimonio me golpeó. Sentí que ese hombre, elegido para guiar a la Iglesia, recapitulaba un camino recorrido junto a su Madre del cielo, un camino comenzado desde su niñez. Y caí en la cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a san Juan Diego: «No temas. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?» Comprendí la presencia de María en la vida del Papa. El testimonio no se perdió en un recuerdo. Desde ese día rezo cotidianamente los quince misterios del Rosario». (Ivereigh, El gran reformador, p. 371).

«¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?», nos sigue recordando la Virgen santa, cuyo nacimiento celebramos. Como dice el papa Francisco en la convocatoria para el nuevo año jubilar: «El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios (…). Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús» (MV, n.24).

miércoles, marzo 25, 2015

La Anunciación a María y la Encarnación del Señor



Cada 25 de marzo la Iglesia conmemora la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo en las purísimas entrañas de la Virgen María, que es el evento con el que se llega al culmen de la Revelación. Después de la creación, del anuncio del Mesías, del envío de los profetas, los jueces, los sacerdotes y los reyes, de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto, y de la tortuosa llegada a la tierra prometida, aparece la manifestación suprema del amor de Dios.

Como fruto de la oración de tantas personas santas ―algunas ejemplares también por sus ejemplos de conversión― a lo largo del Antiguo Testamento: de Abel, Noé, Abraham, Moisés, David, Salomón, Melquisedec, Jonás, Job, Joaquín; y de mujeres como Susana, Sara, Débora, Raquel, Judith, Rut, Ana, Isabel, etc., llegamos a la plenitud de los tiempos, al momento esperado durante tantos siglos.

Según una antigua tradición, en el 25 de marzo coinciden ―además del equinoccio de la primavera, que es el día en el que la creación parece que volviera a nacer― dos acontecimientos centrales en la historia de la humanidad: la Encarnación del Hijo de Dios (por esa razón la Navidad se celebra nueve meses después) y también la muerte del Señor.

Para darle realce a esta celebración, en el momento de rezar el Credo los fieles se ponen de rodillas al decir: «y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre», como también lo harán el día de la Navidad. Son gestos litúrgicos que tratan de ayudarnos a comprender la grandeza de esta solemnidad. También nos servirá contemplar qué nos dice el Señor en la Escritura.

El primer anuncio del Mesías se remonta al Génesis, al momento de la expulsión de Adán y Eva del paraíso terrenal. En ese primer juicio, el Señor anuncia que vendrá otra Mujer para aplastar la cabeza de la serpiente y cuya descendencia vencerá al demonio (Gn 3,16). Con razón a este pasaje se le llama «el Protoevangelio», el primer anuncio de la Buena Nueva.

Más adelante, como se considera en la fiesta de san José, el profeta Samuel proclama que el Señor concederá un reino sin final a un descendiente de David. Ese es uno de los muchos papeles, no el menor, que juega el Santo Patriarca en la vida de su Hijo adoptivo: entroncarlo en la genealogía davídica, permitir que se cumpla la profecía mesiánica.

Pero con respecto a la concepción virginal el anuncio más clásico es el de Isaías (7,14). Estamos en el siglo VIII antes de Cristo. El profeta se presentó ante el rey Ajaz para decirle, de parte de Dios, que no hiciera ninguna alianza con los poderosos enemigos que le apremiaban, para no caer en la idolatría. Y para garantizar que estaba cumpliendo una embajada divina, le dijo que podía pedir el signo que quisiera. El rey contestó con una disculpa de apariencia religiosa, para evadir el embarazoso consejo: No lo pido, no quiero tentar al Señor.

A lo que el profeta respondió, con unas palabras que conservarían su validez a lo largo de muchos siglos: Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel. Aunque el texto original que se refiere a la futura madre podría traducirse como «doncella» o «muchacha», la cual podría ser la misma esposa del rey, los judíos vieron en el oráculo un anuncio más profundo. Esto se nota por ejemplo en que, al traducir el texto al griego, prefirieron escribir la palabra parthénos, virgen.

Esta tradición permitió a Mateo que, inspirado por el Espíritu Santo, interpretara que el anuncio profético se cumplía con la concepción virginal de Jesús en el seno de María. Benedicto XVI concluye su consideración de esta predicción diciendo que «el Emmanuel ha llegado. M. Reiser ha resumido en esta frase la experiencia que tuvieron los lectores cristianos respecto a esta palabra: “La profecía del profeta es como un ojo de cerradura milagrosamente predispuesto, en el cual encaja perfectamente la llave Cristo”».

El salmo 40, cuya parte central es la disposición del salmista para obedecer al Señor, es como un anticipo de la respuesta de Jesús, que es la misma de María y debería ser la nuestra: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. El estribillo del salmo es como el marco adecuado para contemplar el relato evangélico de la vocación de María (Lc 1, 26-38):
En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Todo tiene sentido, a la luz de la mirada divina. Nos situamos en una aldea perdida de un pueblo dominado por el imperio romano. La protagonista es una campesina pobre, sencilla, prometida con un humilde jornalero. ¡Y estamos hablando de la Mujer más importante de la historia, de la obra maestra de la creación! Guardando las distancias, también a nosotros el Señor nos tiene preparado unos designios, en apariencia sencillos, quizás nada llamativos. ¡Pero cuánto está en juego, dependiendo de nuestra respuesta a sus llamadas, grandes o pequeñas de cada día!

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate». Llama la atención que el anuncio de la llamada divina, el desvelamiento de la voluntad de Dios, el cambio de todos los proyectos de aquella joven doncella, comience con una invitación a estar alegre. Y es que ¡cómo va a haber miedo, tristeza o preocupación cuando se cumplen los designios del Señor!

Por eso decía san Juan Pablo II al explicar el Rosario: «El primer ciclo, el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: “Alégrate, María”. A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo» (RVM, n.20).

El ángel debía haber saludado a María con el tradicional shalom –la paz esté contigo–, pero el Evangelio nos transmite la expresión chaire: ¡Alégrate!, que también se relaciona con la palabra «gracia». La vocación de María a ser el Templo en el que se encarna el Señor es la fiesta de la alegría. ¡Alégrate! Benedicto XVI afirma que con estas palabras «comienza en sentido propio el Nuevo Testamento. En el saludo del ángel se oye el sonido de un acorde que seguirá resonando a través de todo el tiempo de la Iglesia y que, por lo que se refiere a su contenido, también se puede percibir en la palabra fundamental con la cual se designa todo el mensaje cristiano en su conjunto: el Evangelio, la Buena Nueva».

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Con la llamada de Dios a la Virgen se cumplen las promesas, las profecías mesiánicas. La invitación a seguirlo es el camino más seguro para la felicidad, propia y de los demás. Por eso el ángel, después de alabarla como la  llena de gracia, la especialmente unida al Señor, la colmada de bendiciones por la Trinidad, le dice ante la turbación de la Virgen: No temas, María.

Es normal sentir inquietud, plantearse los problemas que el nuevo camino ofrece a los proyectos que nos habíamos hecho. Pero, como decía el papa Benedicto el día del inicio de su pontificado, «quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada ―absolutamente nada― de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida».

La Virgen plantea el interrogante natural, ante una nueva llamada que parece alterar los planes que ella entendía que Dios le tenía preparados, pues había pensado ofrecer su virginidad para el Señor. Como resume Benedicto XVI, «María, por razones que nos son inaccesibles, no ve posible de ningún modo convertirse en madre del Mesías mediante una relación conyugal».

Por esa razón pregunta: ¿Cómo será eso? Y cuando el Ángel le responde ―una explicación que exige mucha fe, pues tampoco es lo más corriente en la vida de una persona: ―El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios, Ella no ofrece más trabas y sencillamente responde, como fruto de su profunda fe y de su amor a Dios: Amén!, Fiat!, ¡Hágase! «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Una respuesta que es equivalente a decir: «He aquí la esclava del Señor, dócil para obedecer, pronta para servir, dispuesta para recibir» (Andrés de Creta). San Josemaría invita a alabar y agradecer a la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, por la nueva dinámica que ha introducido en la historia con su respuesta generosa: «¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya ―fiat― nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. ―¡Bendita seas!» (C, n.512).

A partir de ese momento, María es la hija de Sión, que lleva en su seno al Hijo de Dios. «Al encanto de estas palabras virginales» el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Cf. SR, 1 Gozo). Plantó su tienda en nuestro campamento, puso su morada en nuestro barrio. Parafraseando a algunos Padres, podemos decir que la Palabra de Dios se abrevió hasta hacerse un embrión. Es el motivo por el cual el autor de la epístola a los Hebreos aplica al mismo Jesús la respuesta que meditamos en el Salmo: «cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo (…). Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”». ¡Qué humildad! ¡Qué ejemplo para nuestra soberbia!

El Prefacio de la Misa contempla la escena del Evangelio con palabras que permiten contemplar la doble dimensión de esta festividad, no solo la generosidad de María para acoger el llamado, sino también la abnegación del Señor para encarnarse y salvarnos: «la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, por obra del Espíritu Santo, iba a hacerse hombre por salvar a los hombres; y lo llevó en sus purísimas entrañas con amor. Así Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel y colmó de manera insospechada la esperanza de otros pueblos».

Por ese motivo, la Iglesia nos invita a pedir en esta fiesta «que cuantos confesamos a nuestro Redentor, como Dios y hombre verdadero, lleguemos a hacernos semejantes a él en su naturaleza divina». Para eso se encarnó, para ofrecernos un modelo de hombre perfecto. Y para facilitarnos el camino, brindándonos la gracia para lograrlo.

En la senda de los antiguos liturgistas, que ―como decíamos al comienzo― unían la creación, la encarnación y la muerte de nuestro Señor, la Misa concluye con una oración que enlaza el acontecimiento de la Encarnación con el misterio pascual, que estamos a punto de celebrar en pocos días: «Confirma, Señor, en nosotros la verdadera fe, mediante los sacramentos que hemos recibido; para que cuantos confesamos al Hijo de la Virgen, como Dios y como hombre verdadero, podamos llegar a las alegrías del Reino por el poder de su santa resurrección».