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domingo, febrero 28, 2016

Dar fruto

El Evangelio de san Lucas puede dividirse en tres grandes partes: el ministerio inicial en Galilea, el siguiente, en la subida a Jerusalén y, por último, los acontecimientos finales en la Ciudad Santa.
La escena que contemplaremos a continuación se sitúa en el largo ascenso hacia la ciudad en la que el Señor daría su vida por nosotros. Entre las diversas enseñanzas que el Evangelio reseña, hay una serie sobre el Reino anunciado, por lo que se llama el “anuncio escatológico” (Lc 13). Después de algunas parábolas como la del rico insensato o la del administrador, san Lucas describe el diálogo con unos testigos que se presentan a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
En el fondo está la mentalidad hebrea de la época, que sugería que, detrás de las contrariedades o las deformaciones, estaba el castigo de un pecado. Es lo que se evidencia en la pregunta que le hicieron al Señor sobre el ciego de nacimiento (Jn 9,2): Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?
En aquella ocasión Jesús respondió: Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Ahora, ante el relato de una crueldad más del tirano Pilato (que antes había hecho otras matanzas, igual que su predecesor), Jesús no responde con una crítica hacia el poder imperial romano. Por el contrario, pone el índice acusador en los mismos judíos que lo denunciaban: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo.
Además, recuerda otro suceso siniestro, esta vez involuntario: O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». El Señor aprovecha el pasmo que generan esas malaventuras para invitar a la conversión a los hombres de todos los tiempos —también a ti y a mí—: si no os convertís, todos pereceréis.
En la Sagrada Escritura esta conversión se entiende como «un cambio de mentalidad o como una vuelta a Dios» (Alonso J. [2014]. Conversión. En: Diccionario de Teología. Eunsa: Pamplona). En el diálogo con la teología protestante, la Iglesia ha perfilado su doctrina sobre la conversión y la justificación, a la que entiende como «una real anulación del pecado en el hombre, y una verdadera renovación y santificación interna» (Ibídem).
Tradicionalmente, cuando se habla de conversión —por ejemplo, en Adviento o en Cuaresma—, se entiende solo en el primer sentido: como destierro del pecado. Y es un aspecto muy importante, que podemos considerar en este mismo instante: ¿cómo es mi lucha contra las tentaciones?, ¿cuánto me esfuerzo por apartar las ocasiones de pecado?, ¿mortifico mi imaginación, para no dialogar con el Maligno?, ¿qué manifestaciones del espíritu de penitencia me esfuerzo por vivir, para unirme a la Cruz salvadora del Señor?
El pasaje que estamos contemplando aparece los terceros domingos de cuaresma —en los años que no se considera el diálogo de Jesús con la samaritana—, y el contexto de la primera lectura es la revelación del Señor cuando llama a Moisés (Ex 3,1-15). Recordemos que la conversación comienza con una exigencia: quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado. La cuaresma también invita a despojarnos de todo aquello que nos hace indignos de presentarnos ante el Señor para la celebración de la Pascua.
Pero decíamos antes que en la conversión no solo se da el elemento de purificación, de rechazo del pecado, sino que la lucha cristiana debe ser, ante todo, crecimiento en virtudes, «una verdadera renovación y santificación interna. En este sentido, en la justificación concurren dos elementos: la remisión de los pecados y, al mismo tiempo, la entrega gratuita de los dones divinos necesarios para la santidad» (Ibídem).
El Señor ilustra esta faceta de la conversión con una parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?». Pero el viñador respondió: «Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar».
San Lucas, que no trae el relato de la maldición de la higuera estéril durante la semana santa, propone aquí la enseñanza de Jesús sobre la necesidad de dar fruto. Como san Juan Bautista, Jesús invita a la conversión, pero con una diferencia notable (Lc 3,9): mientras el Precursor hablaba del hacha que estaba a punto de caer sobre el árbol que no daba productos, Jesús muestra la paciencia divina, la invitación a estos hijos pródigos en sequedad que somos nosotros, para que cavemos y abonemos alrededor de nuestra vida para dar fruto en adelante.
¿En qué consiste ese fruto? —Se trata de las obras de conversión, de fe. No es una simple lucha negativa, para desterrar el pecado (esto, en cualquier caso, es apenas el comienzo). Más que de rechazar vicios, la vida cristiana consiste en adquirir y consolidar las virtudes: humanas (prudencia, justicia, fortaleza, templanza) y sobrenaturales (fe, esperanza, caridad), todas construidas sobre el fundamento de la humildad e informadas por el amor. ¡El fruto, que el Señor espera, es la santidad!: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.
Jesús promete en la parábola que él mismo, divino sembrador, será quien cave y abone para hacer fructificar nuestra lucha personal: «Si el cristiano lucha por adquirir estas virtudes, su alma se dispone a recibir eficazmente la gracia del Espíritu Santo: y las buenas cualidades humanas se refuerzan por las mociones que el Paráclito pone en su alma. La Tercera Persona de la Trinidad Beatísima —dulce huésped del alma— regala sus dones: don de sabiduría, de entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad, de temor de Dios (cfr. Is 11,2). Se notan entonces el gozo y la paz (cfr. Ga 5,22)» (AD, n.92).
Acudamos a la Virgen santa para que nos ayude a escuchar la invitación del Señor a convertirnos: si no os convertís, todos pereceréis. Que luchemos por apartar las ocasiones de pecado, pero —ante todo— a crecer en virtudes humanas y sobrenaturales. De esa manera, el Espíritu Santo reforzará nuestro esfuerzo con sus dones y sus frutos y nos transformará, de higueras estériles, en sarmientos fértiles, unidos a la vid.

viernes, septiembre 20, 2013

El perdón de la mujer pecadora

El primer Ángelus que pronunció el papa Francisco después de su elección, estuvo marcado por una palabra: misericordia. Y aquel mediodía del domingo 17 de marzo, con apenas cuatro días de pontificado, contó una anécdota que aún perdura en quienes la escucharon: «Recuerdo que, en 1992, apenas siendo Obispo, (…) se acercó una señora anciana, humilde, muy humilde, de más de ochenta años. La miré y le dije: “Abuela, ¿desea confesarse? Sí, me dijo. Pero si usted no tiene pecados…”. Y ella me respondió: “Todos tenemos pecados”. Pero, quizá el Señor no la perdona... “El Señor perdona todo”, me dijo segura. Pero, ¿cómo lo sabe usted, señora? “Si el Señor no perdonara todo, el mundo no existiría”».
Ahora contemplaremos en nuestra oración una escena del Evangelio que muestra la realidad de estas palabras (Lc 7,36-50). Un fariseo, llamado Simón, lo invitó a un banquete en su casa. Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Jesús sale al encuentro de todo tipo de personas: enfermas y pobres, pero también dirigentes, como en este simposio, en que lo acompañaba la crema y nata de la sociedad religiosa de Galilea, probablemente en gratitud por la predicación del sábado anterior en la sinagoga. Todos allí se considerarían de lo mejor; de hecho, algunos podrían serlo, pues se esforzaban por cumplir la ley de Dios, incluso exagerando. El problema es que unos se quedaban en ese aparentar, se ufanaban de su religiosidad y así permanecían en la buena opinión que tenían de sí mismos, en lugar de avanzar hacia el Señor. Muy probablemente, algunos asistirían al banquete para ver si descubrían señales erróneas en ese aparente profeta venido de Cafarnaún.
También nosotros, que gozamos criticando a los escribas y a los fariseos, podemos caer en esos mismos defectos, si descuidamos nuestro trato con el Señor, la imitación de su mansedumbre y su humildad de corazón. Podemos quedarnos pagados de nuestras aparentes virtudes, de nuestros esfuerzos, de las labores apostólicas que desarrollamos, y quizá olvidamos que la clave de la eficacia está en la oración, en la lucha ascética, en el amor de Dios.
Hasta ahora, hemos visto a Jesús en la zona interna de la casa, recostado a la mesa. Pero el evangelista rompe el ambiente festivo del banquete con la irrupción de una visitante inesperada: En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando. No se atreve a mirarlo a la cara, sino que se queda por detrás, humildemente, realizando una labor de esclavos (como el mismo Jesús haría en la última cena), reconociendo al Mesías en aquel comensal extranjero.
Entre los invitados se formaría un ambiente de malestar, pues todos conocían la reputación de aquella mujer: ¿quién la había dejado entrar?, ¿cómo se atrevía a romper la armonía de unas personas tan puras, ella que era la mujer pecadora de la ciudad? Es bonito ver que se trata de un personaje anónimo, en la que estamos representados todos los hombres, la Iglesia entera. Además de lavar los pies al Señor, la mujer llora. Reconoce su culpa y la expía con obras de penitencia. Es un modelo de la contrición, que estamos invitados a imitar.
Esta actitud penitencial ocupa un puesto significativo en la Sagrada Escritura. Podemos meditar ahora en otros modelos de conversión: en primer lugar, yéndonos al Antiguo Testamento, pensemos en la compunción del rey David después de varios pecados execrables todos lo son. Cuando cayó en la cuenta de su grave error, compuso el hermosísimo salmo 50: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad en tu presencia. También podemos pensar en el hijo pródigo, con esa decisión que le humillaba pero que no temió aceptar: Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Vemos en estas escenas las etapas del camino de regreso a la casa del Padre. El Compendio del Catecismo (n.303) las resume en los llamados «actos propios del penitente»: «un diligente examen de conciencia; la contrición (o arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el amor a Dios, imperfecta cuando se funda en otros motivos, e incluye el propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; la satisfacción, es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia, que el propio confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado» (subrayados añadidos).
La mujer del Evangelio cayó en la cuenta de su error, fue consciente de la necesidad de manifestar públicamente su arrepentimiento, ya que pública era su condición de pecadora. En su generosidad, decidió romper un frasco carísimo, de alabastro, con el perfume más selecto de su ajuar. Por sus obras podemos ver que había descubierto, en aquel hombre de Nazaret, más que un profeta. Lo que aquellos fariseos, expertos en doctrina y piedad, no fueron capaces de ver. ¡Cuántas veces nosotros somos como esos fariseos soberbios, que no reconocemos al Señor cerca, que no lo imitamos en su misericordia, porque pensamos que no necesitamos su perdón!
No sabemos cuándo habría sido el primer encuentro de la pecadora con Jesucristo. Quizá escuchándolo en el sermón del monte, o en la sinagoga, se habría movido al arrepentimiento, decidió cambiar de vida y al saber de la invitación al banquete en casa de Simón se fue sin dilaciones para pedir, con las obras de su penitencia, el perdón de tantos pecados: se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Por la mente de los invitados correría la tentación que el evangelista asigna a Simón: Si este fuera profeta sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora. El Señor, que podía leer la mente de sus interlocutores, desenmascaró la actitud peyorativa de su anfitrión con la parábola de los dos deudores. Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro». «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Jesús le ofrece la oportunidad de convertirse, de responder de modo misericordioso, abriéndose al perdón divino que se estaba revelando en su casa. Sin embargo, la respuesta es diplomática, sin compromiso. Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Supongo, no me involucro. Jesús insiste con su actitud acogedora. Y él le dijo: «Has juzgado rectamente».
Al ver que nada conseguía con el grupo de los fariseos, el Señor los desenmascara aplicando la pequeña parábola a la situación que estaba viviendo. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume».
Jesús reclamó los detalles de etiqueta que aquel hombre, en su soberbia, no había querido vivir con Él. La mujer pecadora, humilde, consciente de su indignidad, comenzó a adquirir un nuevo estatus ante aquel grupo de ricos (por fuera), que en realidad eran pobres (por dentro). El Señor no ocultó su dolor por las omisiones de Simón, como se duele ante nuestras apatías: «cuando una persona extraña nos mira con indiferencia, no nos importa demasiado; pero si es un ser querido quien nos trata así, con desafecto, ¡cómo nos duele su comportamiento! Y a Jesús, ¿no van a dolerle tus negligencias, tus precipitaciones, tus descuidos, tus indelicadezas?» (San Josemaría, citado por http://homiletica.org/lluciapou/lluciapousabate 238.pdf).
«Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho». Jesús les demuestra que, si la prueba de que era profeta consistía en conocer el estado moral de la mujer, lo conocía: era muy pecadora. Pero, a la vez, les anuncia en qué consiste el nuevo profetismo, su condición mesiánica: en que no ha venido a condenar, sino a perdonar. A revelarnos el amor divino y la posibilidad de amarlo.
También podemos colegir de las palabras del Señor que al que mucho se le perdona, más debe amar: «Qué buena razón la de aquel sacerdote, cuando predicaba así: «Jesús me ha perdonado toda la muchedumbre de mis pecados —¡cuánta generosidad!—, a pesar de mi ingratitud. Y, si a María Magdalena le fueron perdonados muchos pecados, porque amó mucho, a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!». ¡Jesús, hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir por Ti, ya no te abandonaré» (F, n.210).
«Pero al que poco se le perdona, ama poco». Nuestro amor a Dios es una respuesta a su perdón, a su iniciativa gratuita de salvarnos; pero también debe suceder al contrario: la misericordia divina ha de ser una fuente de amor, de una relación renovada con el Señor. El amor de la pecadora se manifiesta en obras de caridad y gratitud (lágrimas, besos, perfume), porque había sido perdonada. Por la magnitud de sus acciones vemos la profundidad de su conversión.
 El Evangelio de Lucas afirma que hay un vínculo íntimo entre el amor y el perdón de Dios. Por eso Jesús anunció a la pecadora: «Han quedado perdonados tus pecados». Asistimos a las primicias de lo que más tarde quedaría instituido como el sacramento de la reconciliación, y que estaba anunciado desde el Antiguo Testamento. También a David se le proclamó el perdón cuando reconoció su culpa y la expió con oración y penitencia: David respondió a Natán: «He pecado contra el Señor». Y Natán le dijo: «También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás» (2S 12,7-13).
El amor de Dios se manifiesta con el perdón. La humildad de Jesús explica que se abaje hasta casi pedirnos que nos dejemos reconciliar. Es lo que dice San Pablo (2Co 5,18-20): En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. ¡Cuántas veces el afán de almas de los sacerdotes se manifiesta precisamente en esa disponibilidad para facilitar el reencuentro del hijo pródigo con su padre misericordioso!
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?». Esta pregunta perdura a través de los siglos. El escándalo del cristianismo llega, en el fondo, a este interrogante: ¿Cómo puede Dios perdonarnos nuestras faltas? Como en la filosofía del conocimiento, también en el amor existe el peligro del escepticismo: con una falsa humildad, podemos dudar de nuestra dignidad para ser perdonados o, con desconocimiento de la misericordia divina, poner en tela de juicio la capacidad del Señor para perdonarnos. Sin embargo, en esta escena vemos cuál es el camino para recibir el perdón divino: amar a Dios, arrepentirnos de nuestras faltas, manifestar la contrición con obras. Esta mujer manifestó su conversión llorando, derrochando un perfume, haciendo una declaración pública de penitencia. Y recibió la absolución: «Han quedado perdonados tus pecados».
Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». Las obras de penitencia eran manifestación de amor, pero también de fe en el poder salvador de Jesucristo, de apertura al don divino que Él comunicaba. El perdón de los pecados es para quien tenga fe. A San Josemaría le daban mucha paz estas consideraciones, saber que el Señor nos perdona siempre, que nos ama tanto, que conoce de las flaquezas humanas, y sabe de qué barro tan vil estamos compuestos. De hecho, la Iglesia conmemora esa faceta del corazón misericordioso de Jesús, su amor por nosotros hasta el extremo, en una fiesta propia que celebramos el viernes después del Corpus.
Volvamos a las primeras palabras del papa Francisco sobre la misericordia de Dios, con las que comenzamos esta meditación, y que han ayudado a tantas personas a volver a Dios a través del sacramento de la penitencia. «No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre».
A Ella, que es conocida como la Madre de misericordia, le pedimos que nos alcance la fe para confiar en la clemencia de su Hijo, acudir con frecuencia al sacramento de la reconciliación, y así escuchar, como la mujer del Evangelio, las palabras de absolución que Jesús nos dirige a través del sacerdote: «Han quedado perdonados tus pecados. Tu fe te ha salvado, vete en paz».

sábado, enero 21, 2012

Pescadores de hombres

1. Después de las vacaciones de fin de año, tornamos a nuestro encuentro semanal en estos diálogos con el Señor. Durante este año seguiremos el Evangelio de San Marcos, discípulo de San Pedro. Marcos escribió su Evangelio para los paganos de Roma, y por eso es un texto muy utilizado en la catequesis. Por ejemplo, en el Jubileo del año 2000, el Beato Juan Pablo II lo recomendó con insistencia.

La primera parte de este Evangelio es como un prólogo a la actividad de Jesús: narra brevemente la misión de Juan Bautista, el Bautismo del Señor y las tentaciones en el desierto. Inmediatamente después, comienza a describir el ministerio de Jesús, con el pasaje que contemplamos hoy (Mc 1, 14-20):  

Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: —El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.
 
Con estas pocas palabras, San Marcos resume la predicación del Maestro: el anuncio del Reino y la llamada a la conversión. El tercer misterio de luz. Juan Pablo II lo resume así: Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1,15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe, iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia.

Llamada a la conversión. El Reino está dentro de nosotros, cuando dejamos que Jesús sea nuestro dueño; cuando acogemos su llamada a la reconciliación, cuando tenemos humildad y fe para acercarnos al sacramento de la penitencia. Jesús aparece como un nuevo Jonás, pues también el profeta -como leemos en la primera lectura- anunciaba la llamada a la conversión: «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!»
 
Benedicto XVI explica en qué consiste esa conversión que el Señor espera de nosotros al inicio del año: “La invitación a la conversión es un impulso a volver a los brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso, a fiarse de él, a abandonarse en él como hijos adoptivos, regenerados por su amor. La Iglesia, con sabia pedagogía, repite que la conversión es ante todo una gracia, un don que abre el corazón a la infinita bondad de Dios. Él mismo previene con su gracia nuestro deseo de conversión y acompaña nuestros esfuerzos hacia la plena adhesión a su voluntad salvífica. Así, convertirse quiere decir dejarse conquistar por Jesús (cf. Flp 3,12) y "volver" con él al Padre. La conversión implica, por tanto, aprender humildemente en la escuela de Jesús y caminar siguiendo dócilmente sus huellas” (Catequesis, 060208).

Ayúdanos, Señor, a acoger tu gracia, el don de tu bondad que nos abre el corazón para recibir tus designios, para hacer tu voluntad. Queremos dejarnos conquistar por Ti y regresar contigo al Padre, como hijos pródigos. Quizá en estas pocas semanas Tú has permitido que experimentemos una vez más nuestras miserias y la grandeza de tu misericordia, para que comencemos el año confiando más en Ti y menos en nosotros. Quizá esa esa la escuela de Jesús en la que tenemos que aprender con humildad a seguir dócilmente sus huellas. 

Ojalá en nuestra vida se repita la historia de los ninivitas, que “creyeron en Dios, proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó”.

2. Las lecturas del tercer domingo del tiempo ordinario no solo hablan de conversión, sino también –como el domingo anterior- ponen el ejemplo de varias vocaciones, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. El segundo domingo se leían las vocaciones de Samuel y de Mateo. Hoy leeremos la de Jonás y los cuatro primero discípulos. 


Es muy conocida la historia del profeta, a la que aludimos antes: En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Dios llama a su profeta, y Jesús a sus discípulos:

Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: —Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres.

Marcos es muy esquemático y breve en sus descripciones: no presenta nada de la psicología de sus personajes, apenas esboza el contexto de la llamada. Sin embargo, es fácil imaginarse la escena, con aquellos hombres echando sus redes al mar, cuando reciben la invitación del Rabino de Nazaret.

Los predicadores de esa época esperaban que sus oyentes se animaran a seguirles, pero Jesús lo hace de modo diverso: es Él quien llama, quien elige a sus seguidores, como antes en el Antiguo Testamento lo había hecho con sus profetas. También a nosotros nos llama, sin mérito alguno de nuestra parte, quizá simplemente porque estamos más necesitados.

En este pasaje vocacional podemos meditar sobre varios elementos, además de la iniciativa divina, que acabamos de mencionar. El siguiente aspecto es el lugar: junto al mar de Galilea, en plena faena de pesca. Echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Es la esencia del mensaje que predicaba San Josemaría: 

Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. - ¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos (Camino, n. 799).

Sé de muchas personas que al contemplar estas escenas se han maravillado y han descubierto el rostro de Jesús que las llamaba: —Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Jesús les habla de su profesión, para abrirles horizontes insospechados: no pescar animales para la mesa, sino almas para el Cielo. Ya no se trata de ganar el sustento facilitando el alimento de las personas, sino santificarse en la profesión llevando la felicidad a los amigos. En eso consiste la nueva profesión de pescadores de hombres.

Al inicio de un nuevo año, el Señor quiere contar con nosotros para que le sigamos de cerca y le llevemos almas, a las que les anunciemos, como Jonás a los ninivitas, la llamada a la conversión. Ojalá nuestra respuesta tenga la prontitud de estos cuatro pescadores: al momento, dejaron las redes y le siguieron, se dice de Andrés y Pedro. De los Boanerges, se cuenta una entrega similar: dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él.

Estos discípulos no se plantean las dificultades, la locura que significa dejar todo tirado de un momento a otro. Han tenido fe humilde en aquel predicador, han descubierto en Él al Mesías, y no han dudado. Han jugado toda su vida a una carta y han vencido: por eso hoy los conocemos como Santos apóstoles. A cambio de su generosidad, alcanzaron el ciento por uno. Por seguir al Maestro dejando las redes, recibieron la felicidad eterna y una pesca milagrosa a través de los siglos. 

Acudamos a la Virgen Santísima, Reina de los Apóstoles, para que también nosotros seamos generosos, como Jonás y como los discípulos, cuando sintamos la voz de Cristo que nos llama a convertirnos y a ser pescadores de hombres.

sábado, septiembre 24, 2011

Parábola de los dos hijos

Jesús se encuentra en Jerusalén, ya en los últimos días de su vida terrenal. En el apretado resumen de los últimos capítulos de su Evangelio, Mateo presenta las controversias con los fariseos (21,28-32). En una de ellas, el Señor muestra con una parábola que sus contrincantes no han sido buenos hijos de Dios: “Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: «Hijo, vete hoy a trabajar en la viña»”.

Se trata de una parábola más sobre agricultores. Pero en este caso, el dueño no se relaciona con los operarios sino con sus propios hijos, que viven gracias a la viña y la recibirán en herencia cuando él fallezca. Los muchachos están directamente implicados en ella. No harían ningún favor si van a trabajar allí: es una obligación de justicia. Hasta un buen negocio. Imaginemos que somos uno de ellos, pensemos a cuál de los dos grupos pertenecemos.

El padre los invita a trabajar en la viña. El primero contestó: «No quiero». Suena grosero y maleducado. Y muy común, por lo demás. ¿Cuántos hijos no responden de ese modo a sus padres? Si así lo hacían hace veinte siglos, tampoco podemos escandalizarnos de esa rebeldía –y comodidad- que se repite en nuestro tiempo. Lo malo es que también nosotros respondemos de esa manera a las peticiones del Señor, cuando nos pide más entrega, más lucha, apartar pronto las ocasiones de pecado, apagar las tentaciones en los primeros chispazos, cuando nos invita a seguirle en su entrega a los demás, en el olvido de nosotros mismos. ¡Cuántas veces respondemos, como  el primer hijo, «No quiero»!

El padre no respondió a la mala respuesta de su hijo. Quizá esbozó un gesto de desencanto y se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Sin embargo, la conciencia del primero le ayudó a recapacitar. Pensó que no había hecho bien al responder de ese modo a un padre al que tanto debía. Se dio cuenta de su error, lo reconoció, se arrepintió después y fue.

Es un verdadero proceso de conversión, en el que también podemos imitarlo. Ya que nos hemos parecido a él en su respuesta negativa al Padre, podemos imitarlo también en su decisión de cambio, en su arrepentimiento con obras, en su rectificación. Quizá en alguna ocasión nos rebelemos —como el hijo mayor que respondió: no quiero-, pero sabremos reaccionar, arrepentidos, y nos dedicaremos con mayor esfuerzo al cumplimiento del deber (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 57).

Dios está pendiente de nuestra reacción y nos acoge inmediatamente, como el padre del hijo pródigo. Ya lo había profetizado Ezequiel (18,20-22), hablando de la actitud misericordiosa del Señor ante el arrepentimiento del pecador: si el impío se convierte de todos los pecados que cometió, guarda todos mis preceptos y obra justicia y derecho, ciertamente vivirá, no morirá. No le serán recordados ninguno de los delitos que cometió. Vivirá por la justicia que ha practicado. Por eso, suplica el Salmo 24: “recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna”.

Conversión. Acoger la misericordia de Dios. El Evangelio nos llama a rectificar nuestra mala conducta. Esta era la característica principal de la predicación de Juan Bautista, y Jesús comenzó su enseñanza con la misma invitación: “Arrepentíos. Convertíos”.

San “Josemaría lo expresó en dos puntos breves y gráficos de Camino: "Comenzar es de todos; perseverar, de santos"; "La conversión es cosa de un instante. -La santificación es obra de toda la vida". El itinerario del cristiano exige una actitud de permanente y renovada conversión, porque se ha de crecer constantemente en la riqueza espiritual del trato con Dios. Esta perseverancia implica empeño, decisión, concretar propósitos en un santo afán por rectificar y mejorar cada día un poco, sin ceder al cansancio y menos aún al desánimo” (Echevarría J. Itinerarios de vida cristiana).

Rectificar, decidirse a la conversión, exige una profunda humildad: reconocer el propio error, algo que va en contra de nuestra soberbia. Y también hace falta ser muy humildes para saberse necesitados de la gracia de Dios: “Se equivocaría, sin embargo, quien considerara esa perseverancia en la conversión como fruto de la propia y exclusiva fuerza de voluntad. La conversión -como la fe, con la que está íntimamente relacionada- es don de Dios. Y también viene de Él la constancia en el esfuerzo en el que la mudanza se prolonga” (Ibídem).

Volvamos al diálogo del padre con el segundo hijo. Éste le respondió: «Voy, señor». Si ante la respuesta del primer hijo el agricultor sintió desencanto, la actitud pronta del segundo le devolvió la tranquilidad: tenía con quien contar, la pequeña viña estaría atendida, se cumpliría el proyecto que tenía para aquella jornada. Pero no fue. Todo se quedó en promesas. Como nosotros también: cuántos propósitos que no cumplimos en la vida de oración, en el apostolado, en el trabajo.

Por eso Jesús pregunta, como resumen de la parábola: ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?  Esta es la clave de la vocación cristiana. Lo que señala al buen hijo. La distinción de familiaridad con Jesús: ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? –todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre: los que oyen la palabra de Dios y la cumplen.  

Hacer la voluntad del Padre. En otra ocasión, Jesús mismo dijo que en eso consistía su alimento. Y nos enseñó a pedir en el Padrenuestro que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo. Y lo mostró como requisito para gozar de la comunión con Él: No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?  Esa es la pregunta que interesa. La que debemos hacernos  en todo momento: ¿estoy cumpliendo la voluntad de Dios? Con este trabajo, con esta diversión, con esta actitud, con este pensamiento, ¿estoy colaborando en las faenas de la viña del Señor?, ¿edifico la Iglesia?, ¿cumplo la palabra de Dios en mi vida?

Hacer la voluntad del padre. Amarla hasta superar nuestra debilidad. "Obedece sin tantas cavilaciones inútiles... Mostrar tristeza o desgana ante el mandato es falta muy considerable. Pero sentirla nada más, no sólo no es culpa, sino que puede ser la ocasión de un vencimiento grande, de coronar un acto de virtud heroico. No me lo invento yo. ¿Te acuerdas? Narra el Evangelio que un padre de familia hizo el mismo encargo a sus dos hijos... Y Jesús se goza en el que, a pesar de haber puesto dificultades, ¡cumple!; se goza, porque la disciplina es fruto del Amor" (San Josemaría, Surco, n. 378). 

—El primero –dijeron ellos. Todos tenemos claro cuál es el camino para llegar ser felices, para ser santos: cumplir la voluntad del padre, aunque en un primer momento nos cueste decirle que sí. Por eso Jesús dirá que vino a curar a los enfermos, a llamar a los pecadores. Y por eso recrimina a las autoridades religiosas de ese tiempo, que se tenían por justificadas delante de Dios. 

El Señor privilegia la respuesta de los dos grupos más mal vistos en esa época: los publicanos y las prostitutas. Estos, al reconocerse necesitados, se convirtieron con más facilidad -como Mateo, Zaqueo, la samaritana o María Magdalena...- y por eso van primeros en el camino de la justificación: —En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros con un camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto os arrepentisteis después para poder creerle”.

Podemos concluir con otras palabras de Mons. Echevarría, que nos invitan a acudir a la intercesión de nuestra Madre para responder como el primer hijo, cumpliendo la voluntad del Señor y convirtiéndonos de la primera reacción negativa: “en la historia de muchas almas, el primer paso del retorno a la casa del Padre ha brotado de un encuentro con María. Éste es otro motivo más para invocar a la Virgen Santa como "Causa de nuestra alegría". De Ella nació el Salvador del mundo. A través de Ella se torna al camino que conduce a su Hijo, porque -como recordaba el Fundador del Opus Dei-, "a Jesús siempre se va y se "vuelve" por María".

viernes, julio 22, 2011

Conversión y penitencia


Entonces algunos escribas y fariseos le dijeron: «Maestro, queremos ver un milagro tuyo» (Mt 12,38-45). Las autoridades le piden al Señor un signo portentoso, llamativo, para confirmar la potestad con la que predica su doctrina. No es que no hubiera dado señales: en primer lugar, la buena semilla de su enseñanza; además, los milagros que ya había hecho en otras partes.
Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Jesús contesta de modo en apariencia evasivo. Pero, en realidad, está explicando cuál es el signo principal que muestra su peculiaridad en la historia: que en Él se cumpliría la señal de Jonás.
Aprovechemos la vida del quinto profeta menor para hacer hoy nuestra oración. De hecho, como cuenta la introducción de la Biblia de Navarra, en el libro de Jonás poco se narra de su predicación. Solamente se encuentran unas pocas palabras: dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada. Lo más importante del mensaje de este hombre es su biografía, sus tribulaciones y su relación con el Señor, que se leen en fiestas señaladas de las grandes religiones: en el Yom-Kippur judío y en la Cuaresma cristiana.
La historia es muy conocida: el Señor le comunica su vocación, pero Jonás huye. Dios entonces envía una tormenta y un pez gigante, gracias a los cuales el profeta termina en las playas de Nínive (previa conversión de sus compañeros de viaje). Allí cumple su encargo y la población se convierte. Jonás entonces se enoja con el Señor por su misericordia. Esta es la principal enseñanza del libro: Dios quiere la conversión del pecador, lo llama a la penitencia y está dispuesto a perdonarlo si se arrepiente.
Jesús explica a sus interlocutores que el principal signo que puede dar es el de Jonás: Igual que estuvo en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas el mismo período de tiempo. Se parece al profeta en su triduo pascual, pero también por la predicación del perdón. De hecho, los exégetas comparan la historia de Jonás con la del hijo pródigo. Ambas biografías nos hablan de la misericordia de Dios, de la llamada a la conversión. Así comenzó su predicación Juan Bautista, y de la misma forma empezó Jesucristo: convertíos…
De igual manera concluye el Señor su comparación con la figura de Jonás: Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Jesucristo nos invita a tomarnos en serio la llamada al cambio, a la mudanza interior, a crecer en la fe.
De hecho, fe y conversión van de la mano. Es la crítica de Jesús a los escribas y fariseos: Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón. Jesús reprocha a aquellos hombres su falta de fe, que les impidió ver en Él al Hijo de Dios. ¡Si al menos hubieran tenido el respeto que tuvo la reina pagana ante la sabiduría del hijo de David!
Si bien es cierto que hay unos tiempos fuertes para meditar la conversión (como el Adviento y la Cuaresma), san Juan Pablo II hablaba de la conversión permanente. Decía que el cristiano ha de vivir in statu conversionis. Y san Josemaría resumía las consecuencias de este compromiso con una frase que repetía con frecuencia: «La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida» (ECP, 58).
Pasamos así, como de la mano, del tema de la conversión al de la penitencia. La experiencia de la cercanía de Dios nos hace lamentarnos de nuestros pecados. Por eso Benedicto XVI se quejaba porque «El concepto de penitencia, que es uno de los elementos fundamentales del mensaje del Antiguo Testamento, se nos ha perdido cada vez más. Sólo se quiere decir cosas positivas. Pero lo negativo existe, es una realidad. El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar y dejarse cambiar es un don positivo, un regalo. La Iglesia antigua lo veía también de ese modo» (2010, p.47).
En una homilía explicaba esta afirmación: «Para mí, esta es una observación muy importante: poder hacer penitencia es el don de la gracia. Y debo decir que nosotros los cristianos con frecuencia hemos evitado la palabra penitencia, nos parecía demasiado dura. Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que es necesario hacer penitencia, es decir, reconocer lo que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse transformar. El dolor de la penitencia, de la purificación, de la transformación, es gracia porque es renovación, porque es obra de la misericordia divina» (Discurso, 15-X-2010).
La penitencia exige humildad para reconocer «lo que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse transformar». Por eso es importante reconocer nuestras faltas, nuestras miserias, nuestros pecados. Perder el miedo a llamarles por sus nombres, evitar los eufemismos o echarle la culpa a los demás, al tiempo, a las circunstancias. Aprovechemos este rato de oración para tomar decisiones fuertes, para conocernos mejor y huir de las ocasiones que nos alejan de Dios. Podremos decirle con la boca y con los hechos: «Aparta, Señor de mí, lo que me aparte de ti».
La penitencia nos llevará a unirnos al dolor de Jesucristo, a esos tres días pasados en el «vientre de la ballena», dando muerte a nuestras malas inclinaciones, a nuestra comodidad, a nuestra cobardía, a la vanidad, al egoísmo, a la pereza… Si somos conscientes de nuestros pecados, y de todos los pecados que han ofendido al Señor a lo largo de los siglos, tomaremos con más generosidad la Cruz de Jesucristo, como san Pablo, que decía: completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia (Co 1,24).
Pero la penitencia no puede quedarse en mera teoría: tiene que manifestarse en obras de expiación, de desagravio. El portavoz de san Juan Pablo II cuenta que el papa polaco «no era un ascético moralista, y tampoco un exhibicionista de heroísmos accesorios e inútiles. Su manera de hacer no era el arduo itinerario de un estoico. Sus mortificaciones constituían solo la manera estimulante y eficaz de unirse a la pasión de Jesús, de participar con Él en las alegrías y en los dolores que a cualquiera le gusta compartir con la persona que ama seriamente en lo más profundo. Su ejemplo parecía enseñar que era mejor sufrir con Dios que alegrarse solo. Con mucha frecuencia, para san Juan Pablo II se trataba solo de aprovechar alguna ocasión ofrecida por las vivencias cotidianas para ofrecer algún sacrificio pequeño o grande. Rechazar en el avión el lecho preparado para él en los largos viajes intercontinentales y dormir en cambio o intentar hacerlo en el asiento; reducir la cantidad de alimento en una comida, con aparente indiferencia; o bien, a veces, renunciar a beber sin decir nada y sin dar justificación alguna, uniendo pudor y renuncia en una delicada discreción personal, que evita extrañas preguntas impertinentes» (Navarro-Valls, 2010, p.88).

Terminemos acudiendo a la Santísima Virgen para pedirle que nos ayude a ser conscientes de la necesidad que tenemos de una nueva conversión. De esta manera, seremos más generosos para ofrecer al Señor obras de mortificación y penitencia.