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Dar fruto

El Evangelio de san Lucas puede dividirse en tres grandes partes: el ministerio inicial en Galilea, el siguiente, en la subida a Jerusalén y, por último, los acontecimientos finales en la Ciudad Santa.
La escena que contemplaremos a continuación se sitúa en el largo ascenso hacia la ciudad en la que el Señor daría su vida por nosotros. Entre las diversas enseñanzas que el Evangelio reseña, hay una serie sobre el Reino anunciado, por lo que se llama el “anuncio escatológico” (Lc 13). Después de algunas parábolas como la del rico insensato o la del administrador, san Lucas describe el diálogo con unos testigos que se presentan a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
En el fondo está la mentalidad hebrea de la época, que sugería que, detrás de las contrariedades o las deformaciones, estaba el castigo de un pecado. Es lo que se evidencia en la pregunta que le hicieron al Señor sobre el ciego de nacimiento (Jn 9,2): Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?
En aquella ocasión Jesús respondió: Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Ahora, ante el relato de una crueldad más del tirano Pilato (que antes había hecho otras matanzas, igual que su predecesor), Jesús no responde con una crítica hacia el poder imperial romano. Por el contrario, pone el índice acusador en los mismos judíos que lo denunciaban: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo.
Además, recuerda otro suceso siniestro, esta vez involuntario: O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». El Señor aprovecha el pasmo que generan esas malaventuras para invitar a la conversión a los hombres de todos los tiempos —también a ti y a mí—: si no os convertís, todos pereceréis.
En la Sagrada Escritura esta conversión se entiende como «un cambio de mentalidad o como una vuelta a Dios» (Alonso J. [2014]. Conversión. En: Diccionario de Teología. Eunsa: Pamplona). En el diálogo con la teología protestante, la Iglesia ha perfilado su doctrina sobre la conversión y la justificación, a la que entiende como «una real anulación del pecado en el hombre, y una verdadera renovación y santificación interna» (Ibídem).
Tradicionalmente, cuando se habla de conversión —por ejemplo, en Adviento o en Cuaresma—, se entiende solo en el primer sentido: como destierro del pecado. Y es un aspecto muy importante, que podemos considerar en este mismo instante: ¿cómo es mi lucha contra las tentaciones?, ¿cuánto me esfuerzo por apartar las ocasiones de pecado?, ¿mortifico mi imaginación, para no dialogar con el Maligno?, ¿qué manifestaciones del espíritu de penitencia me esfuerzo por vivir, para unirme a la Cruz salvadora del Señor?
El pasaje que estamos contemplando aparece los terceros domingos de cuaresma —en los años que no se considera el diálogo de Jesús con la samaritana—, y el contexto de la primera lectura es la revelación del Señor cuando llama a Moisés (Ex 3,1-15). Recordemos que la conversación comienza con una exigencia: quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado. La cuaresma también invita a despojarnos de todo aquello que nos hace indignos de presentarnos ante el Señor para la celebración de la Pascua.
Pero decíamos antes que en la conversión no solo se da el elemento de purificación, de rechazo del pecado, sino que la lucha cristiana debe ser, ante todo, crecimiento en virtudes, «una verdadera renovación y santificación interna. En este sentido, en la justificación concurren dos elementos: la remisión de los pecados y, al mismo tiempo, la entrega gratuita de los dones divinos necesarios para la santidad» (Ibídem).
El Señor ilustra esta faceta de la conversión con una parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?». Pero el viñador respondió: «Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar».
San Lucas, que no trae el relato de la maldición de la higuera estéril durante la semana santa, propone aquí la enseñanza de Jesús sobre la necesidad de dar fruto. Como san Juan Bautista, Jesús invita a la conversión, pero con una diferencia notable (Lc 3,9): mientras el Precursor hablaba del hacha que estaba a punto de caer sobre el árbol que no daba productos, Jesús muestra la paciencia divina, la invitación a estos hijos pródigos en sequedad que somos nosotros, para que cavemos y abonemos alrededor de nuestra vida para dar fruto en adelante.
¿En qué consiste ese fruto? —Se trata de las obras de conversión, de fe. No es una simple lucha negativa, para desterrar el pecado (esto, en cualquier caso, es apenas el comienzo). Más que de rechazar vicios, la vida cristiana consiste en adquirir y consolidar las virtudes: humanas (prudencia, justicia, fortaleza, templanza) y sobrenaturales (fe, esperanza, caridad), todas construidas sobre el fundamento de la humildad e informadas por el amor. ¡El fruto, que el Señor espera, es la santidad!: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.
Jesús promete en la parábola que él mismo, divino sembrador, será quien cave y abone para hacer fructificar nuestra lucha personal: «Si el cristiano lucha por adquirir estas virtudes, su alma se dispone a recibir eficazmente la gracia del Espíritu Santo: y las buenas cualidades humanas se refuerzan por las mociones que el Paráclito pone en su alma. La Tercera Persona de la Trinidad Beatísima —dulce huésped del alma— regala sus dones: don de sabiduría, de entendimiento, de consejo, de fortaleza, de ciencia, de piedad, de temor de Dios (cfr. Is 11,2). Se notan entonces el gozo y la paz (cfr. Ga 5,22)» (AD, n.92).
Acudamos a la Virgen santa para que nos ayude a escuchar la invitación del Señor a convertirnos: si no os convertís, todos pereceréis. Que luchemos por apartar las ocasiones de pecado, pero —ante todo— a crecer en virtudes humanas y sobrenaturales. De esa manera, el Espíritu Santo reforzará nuestro esfuerzo con sus dones y sus frutos y nos transformará, de higueras estériles, en sarmientos fértiles, unidos a la vid.

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