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lunes, diciembre 26, 2016

Navidad: humildad y paz

En la noche de Navidad, la liturgia invita a contemplar el capítulo segundo del evangelio de san Lucas: en la noche la primera mitad, y el resto en la Misa de la aurora. El esquema que sigue el evangelista comienza narrando la convocatoria del censo, al que debían desplazarse san José y la Virgen, por ser descendientes de David: Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria.
La Providencia divina se sirvió de la autoridad imperial para que se cumplieran las profecías. Y puso a la Sagrada Familia en el ambiente redentor del sufrimiento: ¡cuánto padecería José, al no poder ofrecerle a su Esposa los medios adecuados para un alumbramiento digno! ¡Y cuánto sufriría la Virgen, con nueve meses de embarazo, un camino de varios días a lomo de mula! En su oración le ofrecerían a Dios las incomodidades, físicas y morales, del desplazamiento -también la humillación que suponía para todo judío el someterse al capricho de un soberano extranjero- y se unirían al sentido salvador de la misión de su Hijo: Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta.
La segunda escena que narra san Lucas es la más importante de todas, aunque lo hace de modo bastante austero: Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito. A pesar de la escasez de palabras, la riqueza del evento es de tal categoría que a él volvemos los cristianos de todos los tiempos, generación tras generación, y siempre encontramos un tesoro inagotable de riquezas. Podemos aprovechar este momento de nuestra oración para hacer memoria de las navidades que hemos vivido: cuando niños, en el ambiente familiar cercano; más adelante, quizá lejos de la tierra natal; las más recientes, con personas nuevas añadidas al núcleo familiar, con un cariño cada vez más grande.
Hoy le preguntamos al Señor qué quiere decirnos para las circunstancias concretas que estamos viviendo. ¿Qué esperas de nosotros, Dios niño, mientras nos contemplas desde el pesebre? Miremos despacio el portal, detengamos la mirada en cada personaje, y nos faltarán los días para aprender lecciones de esa cátedra que es la choza que contiene al Verbo encarnado: Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. Los pañales hablan del amor de María; el pesebre, de la humildad que caracterizó la vida de Jesús, virtud que puede ser hoy el tema central de nuestra meditación sobre el misterio de Belén.
Humildad que parece oponerse, a primera vista, con la siguiente escena del relato de san Lucas: En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Es bonito pensar que los primeros testigos del mayor acontecimiento de la historia, aparte de María y de José, no son aristócratas ni funcionarios reales, tampoco los famosos del mundo, sino unos pobres pastores, que trabajaban por la noche.
Y precisamente en medio de su labor abnegada reciben una visita celestial: De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad. Imaginemos la grandeza de la revelación: un ángel, la luz divina que envolvía todo el ambiente. Tanto, que se llenaron de gran temor. Muchas veces aparece en la Escritura esa reacción ante las manifestaciones de parte de Dios. Hasta la misma Virgen se turbó grandemente. Siempre tiene que aparecer la tranquilidad divina, el “no temas”, como en el caso de los pastores: El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor».
Esta es la mejor noticia de todos los tiempos, el Evangelio de la alegría. Por esa razón el mundo entero celebra esta solemnidad con mayor o menor conciencia, pero siempre con la idea de que, en medio de las dificultades del mundo, hay un Dios que garantiza la victoria final del bien. «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El papa Francisco se detenía a contemplar esa señal para la humanidad de siempre: la simplicidad frágil, la mansedumbre, el tierno afecto (Cf. Homilía, 25-XII-2016).
Sin embargo, llama la atención que esa humildad sea compatible con el mayor boato posible: De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial». No uno, ni dos, ni tres ángeles: ¡una legión! Dicen que en el ejército romano una legión estaba compuesta por 4000 o 5000 soldados. Imaginémonos la explosión de júbilo que significaría el canto de miles de ángeles: apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
Esos son los dos polos casi opuestos, de los que hablábamos antes: de una parte, la humildad del Niño, recostado en un pesebre y, por otro lado, la grandeza de un cortejo celestial. ¿Cómo se relacionan?, ¿cuál es el enlace entre la humildad del pesebre y la paz que anuncian los ángeles en su canto? Podemos servirnos, para nuestro diálogo con el Señor, de la homilía que pronunció san Josemaría un día como este. El título nos da una pista clara sobre el significado de esta solemnidad: “El triunfo de Cristo en la humildad”.
Jesús nos invita a acompañarlo en su misión redentora, a unirnos en su sacrificio por la humanidad. ¿Y cuál es el camino? - la humildad: "la eficacia redentora de nuestras vidas solo puede actuarse con la humildad" (18 b). Contemplemos al Niño, doctor y maestro, y pidámosle que nos enseñe el camino de la humildad. San Agustín enseña que "la morada de la caridad es la humildad"; y en otro lugar escribe: "¿Quieres construir un edificio que llegue hasta el cielo? Piensa primero en poner el fundamento de la humildad. Cuanto mayor sea la mole que hay que levantar y la altura del edificio, tanto más hondo hay que cavar el cimiento (...). El edificio antes de subir se humilla, y su cúspide se erige después de la humillación". Al mencionar esta enseñanza, santo Tomás dice que la humildad es fundamento "negativo" del edificio sobrenatural, porque quita los obstáculos que se oponen a la acción de la gracia. En esta línea escribe san Josemaría: “[Dios] desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que –hablando al modo humano– quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón”.  (Cf. Burkhart y López).
Enseñanzas muy importantes para nuestra vida espiritual, contaminada por las consecuencias del pecado original, la principal de las cuales es la soberbia: "Es a veces corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce a la soberbia" (18 c). Por eso Jesús dirá más adelante: “Aprended de mí”, mansedumbre, servicio, pisotear la soberbia. En nuestro caso, el cansancio, la generosidad en la vida familiar, la acogida sonriente de las contradicciones, de la enfermedad y el dolor: "no hay mayor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás" (19 d).
La clave para unir esa humildad con el mensaje que anuncian los ángeles podemos encontrarla si entendemos que la humildad de corazón significa compromiso con la verdad, conocimiento y aceptación de uno mismo: "su consecuencia es la paz" (Cf. Aranda). O sea que esta es la razón por la cual la humildad de Jesús no se opone a la magnanimidad del canto angelical: la humildad abre el camino para llegar a la paz.
De esta manera, encontramos el significado del canto del "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor". La paz que da el imitar la humildad de Jesús, el olvido de sí, el desprendimiento de la aprobación ajena. 

Ese es el camino que recorrieron María y José. Ambos fueron humildes, serviciales, entregados, generosos, olvidados de sí mismos. Pidámosles, al acercarnos al fuego de su amor familiar, que nos alcancen la gracia que el Niño nos trae, los dos regalos que hemos meditado hoy: su ejemplo de humildad y el fruto de su paz.

martes, diciembre 29, 2015

Navidad del Año de la misericordia

Cada año la liturgia nos ayuda a revivir los principales misterios de la vida de Cristo: desde su nacimiento en Belén hasta el triduo pascual. En Navidad, nos servimos de los Evangelios de la infancia y también de la oración de los santos, que nos ayudan a profundizar en el sentido profundo de estos momentos de la vida de nuestro Señor, para no correr el riesgo de quedarnos en sentimentalismos estériles.
Contemplemos, por ejemplo, unas palabras de san Josemaría: «Dios nos enseña a abandonarnos por completo. Mirad cuál es el ambiente, donde Cristo nace. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones» (Carta 14-II-1974, n. 2. Citado por Echevarría J., Carta Pastoral, 1-XII-2015. Subrayados añadidos). Pongamos nuestras miradas en el pesebre de Belén. Observemos al Niño, inerme, generoso, entregado por completo en las manos de los hombres. Y contemplemos la donación total de María y de José. Cada uno a su modo, los tres miembros de la Sagrada Familia viven una entrega sin condiciones. Su ejemplo nos sirve para ver qué tan incondicionado es nuestro amor, o si lo hacemos depender de nuestro estado de ánimo, de salud, del cansancio o, en general, de nuestro capricho.
Señor: ayúdanos a seguirte de ese modo, abandonados por completo en ti, sirviéndote sin condiciones. «Sería suficiente recordar aquellas escenas, para que los hombres nos llenáramos de vergüenza y de santos y eficaces propósitos. Hay que embeberse de esta lógica nueva, que ha inaugurado Dios bajando a la tierra» (Ibídem). Con tu venida a este mundo, Señor, nos enseñaste otro modo de pensar, una lógica diversa a la nuestra, que es tan apegada a la tierra, a nuestras cosas personales. Por esa razón, el papa Francisco invita a una nueva mudanza: «¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Dios no se cansa de tender la mano. Está dispuesto a escuchar. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión» (Misericordiae vultus).
¿Cómo se manifiesta la lógica divina? –«En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención» (San Josemaría 1974, cit.). Ojalá se diera ese efecto en nuestra vida, como fruto de la oración personal: que aprendiéramos del ejemplo de Jesús, María y José a olvidarnos de nosotros mismos.
 «Rendida nuestra soberbia, declaremos al Señor con todo el amor de un hijo: ego servus tuus, ego servus tuus, et fílius ancíllæ tuæ (Sal 115, 16): yo soy tu siervo, yo soy tu siervo, el hijo de tu esclava, María: enséñame a servirte» (Ibídem). La clave de la lógica divina es la virtud de la humildad. Por eso se puede decir, al considerar el pesebre, que se trata de «El triunfo de Cristo en la humildad» (ECP). La caridad y la misericordia divinas se manifiestan en el abajamiento, en la humillación que supuso asumir la naturaleza humana, aparecer como un Niño pobre, humilde, sin un lugar adecuado para nacer.
Durante el tiempo de Navidad el Señor nos invita de nuevo a aprender de Él, a entrar en esa lógica nueva de la humildad, a ponernos en la misma longitud de onda del Señor, de María, de José. Por eso es tan conveniente meditar en esta manifestación inefable de la misericordia de Dios con nosotros: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.
En la mitad de la noche, Cristo viene como luz verdadera, con el esplendor de su gloria, para iluminar las tinieblas de nuestros pecados. Para llenarnos de confianza en que, con su ayuda, venceremos todas las contradicciones. En primer lugar, las que originamos con nuestras propias miserias. También las externas, del ambiente en el que nos movemos, y del mundo en general, que muestra las consecuencias del pecado original en forma de guerras, injusticias, corrupción, degradación de costumbres, etc.
Ante ese panorama negativo, el cristianismo mira el mundo con esperanza, porque sabe que Jesús es la luz del mundo, como anunciaba el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz. Comenta el papa Francisco que «también nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la "luz grande" (…) que ilumina el horizonte» (Homilía, 24.XII.14).
El Niño Dios es la luz que manifiesta la misericordia del Padre. Por esa razón la segunda lectura de la noche de Navidad es tomada de la carta de san Pablo a Tito (2,11-14). Cuando el apóstol de las gentes instruye a los diversos miembros de la comunidad (ancianos, ancianas, jóvenes, esclavos) con el fin de que sean modelo de buena conducta, el motivo que les ofrece para que obren así es porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a (aguardar) la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. San Pablo nos invita a la conversión como consecuencia de que se ha manifestado la misericordia divina. Ya que lo hemos visto y hemos experimentado su salvación, abandonemos las obras de las tinieblas y pasemos al mundo de la luz.
Llama la atención el modo como narra el Evangelio la aparición de los ángeles a los pastores: De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad. Si así se describe la presencia angelical, imaginemos cómo sería la del mismo Dios hecho hombre. Como expresa el Prefacio de la Misa de Navidad: «gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que, conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible».
En la Navidad del 2015 la Iglesia desea que celebremos el hecho que Dios ilumina el horizonte del mundo con su amor misericordioso… ¡Año de la misericordia! Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Celebramos la caridad, la compasión de Dios, que es como una palabra clave para indicar la actuación del Señor hacia nosotros. Es lo que significa el Jubileo en la historia, desde el Antiguo Testamento: «Si una palabra tuviera que resumir lo que suponía un jubileo para el Pueblo de Israel, podría ser “libertad”. Libertad: ¿no está hoy más que nunca esta palabra en boca de todos? Y, sin embargo, muchas veces olvidamos que la libertad, en su sentido más profundo, proviene de Dios. Con su pasión salvadora y su resurrección, Él nos libera de la peor esclavitud: el pecado» (Ayxelà C. 2015. Eterna es su misericordia. Recuperado de: http://opusdei.es/es-es/document/eterna-es-su-misericordia/, 24-XII-2015).
Navidad significa que Jesucristo nos revela, nos manifiesta con su luz «el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra» (Francisco, Misericordiae vultus, n.1). Por esa razón, una manera sublime de celebrar esos misterios, de conseguir más fruto del año jubilar, es poniendo en el centro de nuestra vida la relación con Jesucristo: pidiendo perdón en el sacramento de la reconciliación, para disponernos a comulgar con su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía. 

Terminemos acudiendo a la Virgen, Madre de misericordia, con las palabras con que el papa Francisco concluye la bula convocatoria del año jubilar: «La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne (…). María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús».

domingo, junio 14, 2015

Parábolas de la semilla y del grano de mostaza

Todos tenemos, y en nuestra época parece que se notara más, la tentación de la grandilocuencia, de la ostentación, de llevarnos los méritos al sembrar árboles ya crecidos, que otros han cultivado. No es así el talante de Jesús: él se presenta, en cambio, como el sembrador abnegado, laborioso, sacrificado y humilde.

En el capítulo 4 de san Marcos, relata pequeñas parábolas de corte agropecuario: El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. El reino de Dios es como un grano que crece por sí mismo, tiene su dinámica interna, la fuerza de una carga genética que garantiza su evolución. Necesita los cuidados del sembrador, pero este hombre no puede adjudicarse como suyos los éxitos de la cosecha. ¡Hay tantos factores que no dependen de él!: el clima, la maduración de la siembra, la ausencia de plagas o depredadores…

Podemos ver en estas palabras de Jesús una advertencia para que, al menos, no estorbemos la acción de la gracia en nuestras almas y en las personas que tenemos a nuestro lado: «porque el Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. Él es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre» (ECP, n.135).

La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. La tierra produce fruto. Recordemos que el mismo Jesús secará más tarde una higuera porque solo daba hojas, porque no originaba ningún grano. Por esa razón, en esta parábola, que en apariencia resalta solo la pasividad del desarrollo, se termina haciendo alusión al juicio: Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. En nuestra siembra de la buena semilla que es la Palabra de Dios, no podemos asignarnos méritos que no nos corresponden; pero al mismo tiempo debemos ser conscientes de la necesidad de hacer rendir el talento recibido, con la mayor productividad posible en obras buenas de santidad y apostolado. 

Benedicto XVI concluye que «esta parábola se refiere al misterio de la creación y de la redención, de la obra fecunda de Dios en la historia. Él es el Señor del Reino; el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se alegra de la acción creadora divina y espera pacientemente sus frutos. La cosecha final nos hace pensar en la intervención conclusiva de Dios al final de los tiempos, cuando él realizará plenamente su reino. Ahora es el tiempo de la siembra, y el Señor asegura su crecimiento. Todo cristiano, por tanto, sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. A este propósito escribe san Ignacio de Loyola: "Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios"» (Ángelus, 17-VI-2012).
Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».

Es famosa esta comparación, que nos habla de la humildad de los comienzos que es característica de las obras divinas. El reino de Dios no aparece de modo estentóreo, con grandes fuegos de artificio, de los cuales solo queda el recuerdo de una imagen pasajera y de un palo quemado. Como en la encarnación, sigue las dinámicas de la vida cotidiana, cumple los ciclos ordinarios, crece poco a poco, exige cuidados permanentes, con perseverancia de amor durante el invierno y el verano, de día y de noche: «No se menciona la proveniencia de María. A ella se le envía el ángel Gabriel, mandado por Dios. Entra en su casa de Nazaret, una ciudad desconocida para las Sagradas Escrituras; en una casa que seguramente hemos de imaginar muy humilde y muy sencilla. El contraste entre los dos escenarios no podría ser más grande: por un lado, el sacerdote —el templo—, la liturgia; por otro, una joven mujer desconocida, una aldea olvidada, una casa particular anónima. El signo de la Nueva Alianza es la humildad, lo escondido: el signo del grano de mostaza. El Hijo de Dios viene en la humildad. Ambas cosas van juntas: la profunda continuidad del obrar de Dios en la historia y la novedad del grano de mostaza oculto» (Benedicto XVI, 2012, p.28).

Por esa razón, Jesús mismo se puso como ejemplo de humildad: aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón. Meditemos con más frecuencia en ese carácter humilde que marca la vida de Jesús, María y José, y procuremos vivirlo en nuestras actividades diarias: en primer lugar, hemos de vivir esta virtud con los que tenemos más cerca, que son los que seguramente con más frecuencia padecen nuestros accesos de soberbia. La humidad nos llevará a servir, a compartir nuestras pertenencias, a ofrecernos para encargos más pesados o también a estar disponibles para hacer trabajos humildes, pequeños. Sobre todo, nos facilitará «hacer familia», sonreír, hacer grata la vida a quienes conviven con nosotros, quererlos como esperan ser amados.

Otra palestra para ejercitar la humildad, el crecimiento del grano de mostaza, es el trabajo habitual. El esfuerzo por cuidar las cosas pequeñas, por acabar los últimos detalles, por trabajar con constancia y abnegación, luchando contra las distracciones, es una escuela magnífica para crecer en virtudes, y para descubrir que el crecimiento del reino en la sociedad y en cada alma es paulatino, exige constancia, perseverancia, como dice el refrán popular: «no se tomó Zamora en una hora».

Como fruto del esfuerzo por imitar la humildad de Jesús en la familia y en el trabajo, con la lucha diaria por cumplir nuestros deberes y ejercer nuestros derechos, las virtudes que vayamos adquiriendo tendrán un influjo positivo en la sociedad. Como María, visitaremos a los más necesitados y enfermos, les prestaremos nuestros servicios con toda generosidad. La virtud de la humildad también nos llevará a olvidarnos de nosotros mismos, como hizo la Virgen en las bodas de Caná, donde fue la primera en darse cuenta de que el vino escaseaba.

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
Llama la atención que la clave de interpretación de la parábola sea para el entorno íntimo de los apóstoles. Quiere decir que, si bien se puede aplicar a cualquier persona, como hemos hecho hasta ahora en nuestra oración, un campo específico de interpretación de estas enseñanzas es la labor de apostolado, como enseña el papa Francisco: «La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (cf. Mc 4,26-29). La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas» (EG, n.22).

Como vemos en la profecía de Ezequiel (17, 22-24), Dios mismo enseña que Él derriba el árbol grandioso, humilla al árbol elevado, y en cambio fortalece al más sencillo: También yo había escogido una rama de la cima del alto cedro y la había plantado; de las más altas y jóvenes ramas arrancaré una tierna y la plantaré en la cumbre de un monte elevado; la plantaré en una montaña alta de Israel, echará brotes y dará fruto. Se hará un cedro magnífico. Aves de todas clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas. Y reconocerán todos los árboles del campo que yo soy el Señor, que humillo al árbol elevado y exalto al humilde, hago secarse el árbol verde y florecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.

Dios quiere contar con nosotros, con nuestra lucha cotidiana para identificarnos con Jesucristo. De esa manera influiremos positivamente, sembraremos la semilla del reino que, como el grano de mostaza, crecerá y dará fruto, y vendrán a guardarse en su sombra las aves del cielo.

«La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa bien el misterio del reino de Dios. En las dos parábolas de hoy ese misterio representa un "crecimiento" y un "contraste": el crecimiento que se realiza gracias al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se suma a la de Dios no teme obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace germinar y crecer todas las semillas de bien diseminadas en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. Que la Virgen María, que acogió como "tierra buena" la semilla de la Palabra divina, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza» (Benedicto XVI, Ángelus, 17-VI-2012).

miércoles, febrero 26, 2014

Si alguno quiere ser el primero…

Después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo: ¡Tú eres el Hijo de Dios!, el Señor buscó sitios menos frecuentados para ocuparse de la formación de sus discípulos. En esos días de convivencia, les reveló que su misión incluía la muerte en la Cruz, y también les enseñó la importancia de la oración, después de su experiencia gloriosa en la Transfiguración del monte Tabor. Además, les amonestó sobre cómo debía ser la vida entre ellos, que constituirían el núcleo de la Iglesia, que es la familia de Dios en el mundo.
En este contexto se enmarca un corto pasaje que consideraremos en nuestra meditación. Se trata del capítulo nueve del Evangelio de san Marcos (33-37). Después del recorrido por la Galilea, regresan a la sede central de la vida pública, probablemente la casa de Pedro: Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó: —¿De qué hablabais por el camino? Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor.
La tentación de la soberbia, del orgullo, de la autosuficiencia, es el peor de los pecados, pues ataca la comunión con Dios y con nuestros hermanos. Uno se inclinaría a decir que cómo es posible que, acompañando al Señor de viaje a Jerusalén para morir en redención por el mundo, ellos estén pensando en la jerarquía interna. Pero en realidad es lo más sencillo: algunos notarían el cariño de Jesús hacia Juan, otros resaltarían las palabras del Maestro llamando a Simón Pedro cabeza y roca. Otros dirían que Santiago también formaba parte de ese círculo más cercano. Judas, ambicioso, remarcaría su papel de ecónomo del grupo. Y los más cercanos a cada uno de ellos formaría equipo con su amigo, para estar más arriba si se diera un ascenso político de aquel que acaba de proclamarse como Mesías.
Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: —Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos. Se trata de un principio fundamental en el cristianismo. Por eso el Romano pontífice se llama a sí mismo “Siervo de los siervos de Dios”. Desde que Jesucristo definió su misión con unas palabras clarísimas: El hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir, ése es el único camino; la única manera de entender el poder en la Iglesia.
Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último de todos y servidor de todos. Es fácil proclamarlo, se entiende a la primera. ¡Pero qué difícil es llevarlo a cabo! Siempre queremos salirnos con la nuestra, decir la última palabra, que nos consuelen, que nos comprendan, triunfar en todos los órdenes de la vida. A nadie le gusta perder, ser humillado, olvidado, despreciado, ni mucho menos herido o ultrajado. Después del pecado original, la reacción “normal”, instintiva, es buscar que nos sirvan, no la de servir.
Jesús nos enseña el camino de la humildad, que tanto nos cuesta. No olvidemos que el primer pecado fue precisamente de soberbia, de orgullo y desobediencia. Incluso la impureza, a la que algunos le dan tanta importancia, no es más que otra manifestación de este pecado primigenio, como indica el refrán popular: “soberbia oculta, lujuria manifiesta”.
El Señor nos enseña que la clave del cristianismo es la caridad, manifestada en detalles de servicio y en el trabajo oculto, que evita el “carrierismo”, que tanto critica el papa Francisco. En una meditación para sus hijos espirituales, san Josemaría les predicaba en 1947, según los apuntes de un oyente, «de perseverancia, de humildad, de ser como la semilla que se entierra bien hondo. ¡Si nos convenciésemos de que precisamente en esta labor humilde y oculta está la fecundidad de nuestro trabajo!» (Vázquez de Prada). Morir como el grano de trigo, enseña Jesús el domingo de Ramos, es la clave de la eficacia pascual. La resurrección viene después del sacrificio, de la muerte.
Quizás por esa razón Benedicto XVI dedicó su primera encíclica a la caridad (Deus caritas est). Y en ella se fijaba en la parábola del buen samaritano, aquel personaje que se detuvo a atender a un enemigo, como ejemplo de persona que tiene «un corazón que ve». Con ese ejemplo de fondo, el papa alemán afirmaba que «A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible, independientemente de estrategias y programas de partido. El programa del cristiano ―el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús― es “un corazón que ve”. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia».
Para facilitar que sus discípulos aprendieran la lección, Jesucristo recurrió a un ejemplo gráfico: Y acercó a un niño, lo puso en medio de ellos, y lo abrazó. Recuerdo que un amigo me contaba que había tenido, cuando era niño, a un catequista que era muy buen dibujante. Y que no olvidaba una clase en la que aquella persona bosquejaba la escena que estamos considerando: un grupo de personas ―los discípulos―, Jesucristo de frente y, en sus brazos, la pequeña figura de un niño. Cosas de la gracia, aquel amigo sintió un deseo grande de ser no ya «como ese niño», sino, precisamente experimentar en carne propia esa predilección divina. Ser él quien recibía aquél abrazo de Dios. Quizás por detalles como ese fue descubriendo paulatinamente su vocación.
Pienso que san Josemaría también debió de tener alguna experiencia semejante, por la manera como describe los efectos de la vida de infancia en el cristiano: «¿No os enamora este modo de proceder de Jesús? Les enseña la doctrina y, para que entiendan, les pone un ejemplo vivo. Llama a un niño, de los que correrían por aquella casa, y le estrecha contra su pecho. ¡Este silencio elocuente de Nuestro Señor! Ya lo ha dicho todo: El ama a los que se hacen como niños. Después añade que el resultado de esta sencillez, de esta humildad de espíritu es poder abrazarle a Él y al Padre que está en los cielos» (Amigos de Dios, n.102).
Vida de infancia espiritual. Es una posibilidad, no una obligación, pero con el tiempo, mientras más envejece uno, más se da cuenta de que la única manera de avanzar en la unión con Cristo es hacerse niños delante de Dios: si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18,3). Y no se trata de aniñarse, sino de abandonarse en el Padre, como un niño pequeño confía en sus papás terrenales. Mostrarse como se es, sin maquillajes ni subterfugios. Ser consciente de la propia debilidad, de que la aparente fortaleza es prestada. Obedecer las sugerencias paternas, sabiendo que por ahí se encuentra el camino de la verdadera felicidad, más allá de las apariencias efímeras que el diablo ofrece con sus tentaciones.
No basta con una actitud espiritual pasiva. La vida de infancia exige lucha, cambio, esfuerzo. Veamos algunas manifestaciones: «renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños» (Es Cristo que pasa, n. 143).
Señor, te pedimos que nos hagas niños. Que seamos los últimos, los servidores de todos. Que aprendamos de Ti a darnos hasta el extremo. Que también estemos dispuestos a dar la vida por ti. Ayúdanos a renunciar a la soberbia y a la autosuficiencia. Danos luz para reconocerlas en nuestra actitud, en nuestro modo de trabajar, en las relaciones con las demás personas, cuando pedimos consuelo y no nos damos cuenta de que estamos fastidiando; cuando evitamos el esfuerzo y el trabajo abnegado y oscuro; cuando nos buscamos a nosotros mismos.
Ayúdanos a ser humildes en nuestra lucha interior. A poner todo nuestro esfuerzo, pero teniendo en cuenta que lo más importante es tu gracia, tu ayuda. Que evitemos la “autorreferencialidad”, que estemos pendientes de tu mano en el recomenzar de cada día y en la perseverancia, en la fidelidad, a pesar de los reclamos que nos hace nuestra naturaleza caída, nuestra soberbia, nuestra vanidad. Que no se nos olvide «que necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino».
«Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños». Diciendo, con el salmo 15, Protégeme Dios mío, que me refugio en ti. ¿Qué mejor sitio para buscar cobijo? Por eso es que se dice que a la infancia espiritual se llega con los años. Después de muchas experiencias, hasta descubrir que el único verdadero refugio está en los brazos paternales de nuestro Dios. Un ejemplo reciente: Vittorio Messori le preguntó a Ratzinger si dormía bien, en momentos de alta protesta clerical. Y con sorpresa le respondió: «una vez hecho el examen de conciencia y rezadas mis oraciones, ¿por qué no voy a dormir tranquilo? Si me quedara intranquilo no me tomaría en serio el Evangelio que nos recuerda, sin adulación, que cada uno de nosotros es un siervo inútil. Hemos de hacer nuestro deber, pero siendo conscientes de que la Iglesia no es nuestra: es de aquel Cristo que quiere que seamos sus instrumentos, pero que Él permanece como el Señor y como nuestro guía. Se nos pedirán cuentas por nuestro esfuerzo, no por los resultados» (Blanco P.BXVI, el papa alemán, p. 303).
«Creer como creen los niños». Para ellos, la palabra de sus padres lo es todo. Y por eso les preguntan las ocurrencias más inéditas. Porque saben que ellos tienen la respuesta. Confían. Esperan. Están seguros con sus papás. Como dice el papa Francisco en la Evangelii gaudium (n.278), «La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad)».
Una consecuencia de esa fe infantil es la petición incesante. ¡Qué bueno proponerse pedir como piden los niños! Y perder la vergüenza en el trato filial con el Señor. Un ejemplo de esa oración de niño la tenemos en un apunte íntimo de san Josemaría (n.307), escrito para su director espiritual. Y que puede servirnos como ejemplo de cómo hacerse niño, cómo tratar puerilmente a nuestro Padre Dios, a Jesucristo y al Espíritu Santo. Cuenta “el santo de lo ordinario” que comenzó tratando a su Ángel de la guarda: «Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él. Indudablemente Santa Teresita [...] quiso anticiparme algo por su fiesta y logró de mi Ángel Custodio que me enseñara hoy a hacer oración de infancia. ¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro: Que yo viva sólo para tu Obra —le pedí—, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor [...]. Recordé y reconocí lealmente que todo lo hago mal: eso, Jesús mío, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale. Luego, audazmente y sin apartarme de la verdad, te digo: empápame, emborráchame de tu Espíritu y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago es... que no me ayudas. Y hubo afectos de amor para mi Madre y mi Señora, y me siento ahora mismo muy hijo de mi Padre-Dios».
Por último, caridad fraterna. «Amar como aman los niños»: sin cálculos, generosamente, confiando en la mano del padre y de la madre. Ver a nuestros hermanos como hijos pequeños de Dios, necesitados de nuestra ayuda. Por eso el pasaje que contemplamos termina con esta afirmación de Jesús: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado.
«Y todo eso lo aprendemos tratando a María. (...) Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza» (Es Cristo que pasa, n.143).

Madre nuestra: alcánzanos de tu Hijo la gracia para ser humildes, y de ese modo no ambicionar más que ser los últimos de todos y los servidores de todos. Que aprendamos a abandonarnos como se abandonan los niños, a creer como creen los niños, a pedir como piden los niños, y a amar como aman los niños.

sábado, febrero 01, 2014

La purificación de la Virgen

Cuarenta días después de la Navidad, celebramos uno de los primeros eventos públicos de la infancia de Jesús (después de la adoración de los Magos y de la imposición del nombre de Jesús). Pasadas cinco semanas, rememoramos ahora un ritual que estaba previsto desde el Antiguo Testamento: la purificación de la madre.
En el Levítico (12,2-8) estaba legislado que cuarenta días después del nacimiento del niño (ochenta días en el caso de una niña), las madres debían ir al templo para purificarse de la impureza legal en la que habían incurrido por el alumbramiento: Al cumplirse los días de su purificación, sea por niño o niña, presentará al sacerdote, a la entrada de la Tienda del Encuentro, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado. Mas si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones, uno como holocausto y otro como sacrificio por el pecado; y el sacerdote hará expiación por ella y quedará pura. Las leyes preveían que esa presentación podía tardar un poco, si la mujer tenía un viaje cercano a Jerusalén. O que otra persona podía presentarse en su lugar, para hacer sus veces, en el caso de que viviera lejos de la Ciudad santa.
Esta costumbre es la que contemplamos en el cuarto misterio gozoso del Rosario (Lc 2,22-40): Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Podemos imaginarnos a la Sagrada Familia ataviada con sus mejores trajes, dirigiéndose hacia el Templo, alegres por cumplir la voluntad de Dios y porque acudían al Lugar donde se adoraba al Padre eterno de Jesucristo. Desde Belén hasta Jerusalén se podía ir y volver en un día, lo que ahorraba gastos de alojamiento. 

Llevaban la ofrenda más humilde, como correspondía a su discreta posición social, quizás con dolor por parte de José. ¡Cuánto le hubiera gustado tener dinero suficiente para comprar un cordero y cómo sufriría por no estar en apariencia a la altura para darle lo mejor posible a su Hijo putativo, también en lo humano! Pero al mismo tiempo sacaba enseñanzas para su vida. Como escribió el papa Benedicto XVI, «Lucas, cuyo Evangelio está impregnado todo él por una teología de los pobres y de la pobreza, nos da a entender aquí, una vez más de manera inequívoca, que la familia de Jesús se contaba entre los pobres de Israel; nos hace comprender que precisamente entre ellos podía madurar el cumplimiento de la promesa» (Jesús de Nazaret).
El papa Francisco insiste en esta virtud desde el primer momento de su pontificado. En una Audiencia con jóvenes de bachillerato, les decía: «La pobreza, hoy, es un grito. Todos nosotros tenemos que pensar si podemos ser un poco más pobres: también esto todos lo debemos hacer. Cómo puedo ser un poco más pobre para parecerme mejor a Jesús, que era el Maestro pobre. De esto se trata» (Discurso, 7-VI-2013).
Volvamos a considerar aquella familia pobre venida desde Belén hasta el Templo de la Ciudad santa. En las horas de la mañana, después de la incensación y de la ofrenda del sacrificio perpetuo, esperarían en el Atrio de las mujeres, llamado así porque era el sitio más cercano al Sancta Sanctorum en que ellas podían estar. El sacerdote las rociaba con agua lustral y recitaba unas oraciones tradicionales. Después ofrecía el doble sacrificio previsto en la ley: el primero, expiatorio, en el que se degollaba a la tórtola y se derramaba su sangre al pie del altar (los sacerdotes consumían más tarde la carne en el mismo templo); el segundo, un holocausto, consistía en quemar por completo el ave sobre el altar de bronce.
De la consideración de estos hechos históricos podemos sacar consecuencias para nuestra vida. Pueden servirnos las meditaciones que hace san Josemaría: «Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor (Lc 2, 22). Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?».
La Virgen es la Purísima, no ha tenido ninguna contaminación ni ha incurrido, por tanto, en impureza legal. Sin embargo, cumple la voluntad de Dios con alegría. Con la humildad de la que Ella mismo dijo que se había prendado el Señor: Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. Madre nuestra: ayúdanos a caminar por ese camino que Tú nos marcas. A cumplir la voluntad de Dios, aunque pensemos que no nos corresponde. A sabernos esclavos de tu Hijo, que murió para alcanzarnos la verdadera libertad de los hijos de Dios: «“Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo —escribió san Agustín—, os responderé: lo primero es la humildad, lo segundo, la humildad, y lo tercero, la humildad” (Epístola 118, 22). Y esto es así porque “la humildad es la morada de la caridad” (La santa virginidad 51): sin humildad no existe la caridad ni ninguna otra virtud y, por tanto, es imposible que haya verdadera vida cristiana» (Álvaro del Portillo, 2013, n.100).
Humildad que nos lleva a cumplir la voluntad de Dios, cueste lo que cueste. Aparece de este modo otra virtud íntimamente relacionada, y que vemos en todo momento de la vida de la Virgen y de san José: la obediencia. ¡Cuánto cuesta obedecer! ¡Y quizás más en nuestra época! El sano entusiasmo por la autonomía ha llevado a rechazar todo lo que suponga acoger el consejo o la disposición del otro. No puede ser así en las relaciones con Dios o en la Iglesia. En una de sus homilías cotidianas, el papa Francisco insistía en este punto: « Pedro dice ante el Sanedrín: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,27-33). ¿Qué significa obedecer a Dios? ¿Significa que nosotros debemos ser como esclavos, todos atados? No, porque precisamente quien obedece a Dios es libre, no es esclavo. Y no es una contradicción. En efecto, obedecer viene del latín, y significa escuchar, escuchar al otro. Obedecer a Dios es escuchar a Dios, tener el corazón abierto para ir por el camino que Dios nos indica. Y esto nos hace libres» (Homilía, 11-IV-2013). 
Volvamos a la consideración del cuarto misterio gozoso, que hacía san Josemaría en su libro sobre el santo Rosario: «¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! –Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón». Contemplar la humildad y la castidad de María nos ayuda a identificar nuestros gérmenes de soberbia y de impureza. ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación y Amor!
Como decía el venerable Álvaro del Portillo: «Guardad vuestro corazón y vuestros sentidos para Dios. Con naturalidad, sin mojigaterías, sed muy delicados en el trato con las personas con quienes os relacionáis —en el trabajo, en la vida social, en la conversación, en el modo de comportaros y de vestir—, y ayudaos unos a otros a proteger tan gran tesoro, que llevamos en vasos de barro (cfr. 2 Co4, 7) [...]. Todos hemos de afinar concretamente en la guarda de la vista: por los ojos, os suelo recordar, entran imágenes que pueden causar estragos. Si el ambiente se presenta enrarecido, con una carga cada día más grande de sensualidad, resulta lógico e imprescindible que mortifiquemos la mirada de modo habitual: en la calle, en el trabajo, en los momentos de asueto... Sin hacer cosas raras, con naturalidad, hemos de defender la fortaleza de nuestra alma. Hija mía, hijo mío, no tengamos reparos en que los demás adviertan que nos interesa ser personas limpias» (2013, n.360).
La consideración de este cuarto misterio de gozo nos llevará entonces a valorar cada día más el ejemplo de María: su pobreza, su humildad, su obediencia, su castidad. Seguramente rezaremos de manera más intensa la famosa comunión espiritual: Yo quisiera, Señor, recibiros, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre.

sábado, agosto 31, 2013

Parábola de los primeros puestos

Una vez más y esta es la quinta ocasión en que lo hace, san Lucas presenta al Señor invitado a un banquete (cap.14). Muestra, de esta forma, la actitud amistosa de Jesús, que vino para acompañarnos, para estar cerca de nosotros, hasta quedarse a nuestra disposición hecho pan en la Eucaristía: Un sábado, entró él en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Un fariseo importante le invita, para observarlo. No es una propuesta fraternal, sino una trampa. Pero Jesús pasa a la ofensiva, al ver la falta de educación de los invitados, que se sentaban en los lugares privilegiados. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola. Es la tendencia humana al reconocimiento, a llamar la atención. Se trata de una actitud bastante común: incluso hay quien se sienta un poco atrás, pero como estrategia, para que lo asciendan.
Es el primer pecado del hombre: la soberbia. El Diccionario la define como «altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás». Apetito desordenado: hay un sano cuidado de uno mismo, pero si se desordena, convierte a la persona en un ser que busca patológicamente la preferencia sobre los demás. Ocupar los lugares principales, como vemos en este pasaje del Evangelio, es una manifestación entre muchas…
El soberbio se cree mejor que los otros. Y se entristece cuando la realidad le muestra que, en algún punto, siempre hay alguna persona que puede superarlo. Busca su propia excelencia, pero sobre todo el reconocimiento social. Se considera el mejor de todos, en cualquier campo: en la apariencia física, en las virtudes, en las capacidades deportivas, en la astucia… Por eso, termina engañado: nadie es mejor que los demás en todos los aspectos.
Al soberbio también le gusta acompañarse de un séquito de admiradores que le hagan ver su prestancia. Generalmente tiene que pagarles ese homenaje con regalos, comidas o bebidas, que forman parte del derroche necesario para mantener la imagen pública.
Hasta el momento hemos hablado de un personaje abstracto y alguno se habrá imaginado algún conocido que encuadra en la descripción caricaturesca. Pero resulta que todos somos soberbios. Quién más, quién menos, tendemos a ser altivos, orgullosos, arrogantes. A creernos mejores que los demás, por lo menos en algún aspecto. Esperamos que nos reconozcan nuestros méritos, nuestras capacidades y logros. Aspiramos a ser queridos, admirados, alabados. Y nos molesta que no sea así. Nos hacen sufrir las «injusticias» que cometen contra nosotros; sobre todo, que no reconozcan nuestra valía.
Como los invitados al banquete del fariseo (también podría traducirse «llamados», pues se trata de un término clave en todo el pasaje), nosotros creemos que nos merecemos los primeros puestos. Por eso, el Señor nos propone la parábola: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: «Cédele el puesto a este». Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
No se trata de una enseñanza de protocolo, ni mucho menos de un ardid estratégico. Jesucristo nos instruye sobre el valor de una virtud que Él encarnó perfectamente: la humildad. Sin necesidad de recurrir a fuentes de alta espiritualidad, definámosla también con el diccionario: «Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento». Si la soberbia era una altivez desordenada, la humildad se define con la palabra conocimiento, que a su vez refiere a la verdad. Con lo cual llegamos a la descripción de Santa Teresa: «la humildad es andar en verdad» (Las Moradas, 10,7).
Por eso, la liturgia une este pasaje a las enseñanzas del Sirácida (3,17-32): Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres, y te querrán más que al hombre generoso. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor. La humildad es conocer la verdad de lo que somos: hijos de Adán y Eva, inclinados al pecado. Pero también, al mismo tiempo, templos del Espíritu Santo, hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. La humildad toca el justo medio de toda virtud: se opone tanto el engreimiento de la soberbia como a la humillación de la tristeza.
Conocer las propias limitaciones y debilidades, dice el diccionario. Saber que llevamos con nosotros el hombre viejo del que habla san Pablo (Rm 6,6). Reconocernos poca cosa delante de Dios. Saber que, además de la naturaleza caída, llevamos con nosotros las cicatrices de tantos errores, que nos impulsan a recaer: «Cuanto más me exalten, Jesús mío, humíllame más en mi corazón, haciéndome saber lo que he sido y lo que seré, si tú me dejas» (C, 591); «Si te conocieras, te gozarías en el desprecio, y lloraría tu corazón ante la exaltación y la alabanza» (C, 594).
Andar en verdad. Saber lo que hemos sido, vernos como somos, conocernos… Es fácil decirlo, pero ¡cuánto cuesta! Precisamente porque el pecado original nos ha hecho soberbios, porque late en nuestra naturaleza la primera tentación: ¡seréis como dioses! (Gn 3,5), tendemos a no ver nuestros errores o a disculparlos con toda facilidad. Y además nos molesta cuando nos hacen caer en la cuenta de que nos equivocamos. Por ese motivo, el diccionario menciona esa realidad anunciada por muchos santos: el conocimiento propio es necesario para la humildad.
En una ocasión, le preguntaron al cardenal Bergoglio en una entrevista: —¿Cuál es para usted la más grande de las virtudes? Y él respondió: «—Bueno, la virtud del amor, de darle el lugar al otro, y eso desde la mansedumbre. ¡La mansedumbre me seduce tanto! Le pido siempre a Dios que me dé un corazón manso». —¿Y el peor de los pecados? «—Si considero el amor como la mayor virtud, tendría que decir, lógicamente, que el peor de los pecados es el odio, pero el que más me repugna es la soberbia, el “creérsela”. Cuando yo me encontré en situaciones en que “me la creí”, tuve una gran vergüenza interior y pedí perdón a Dios, pues nadie está libre de caer en esas cosas» (Rubin y Ambrogetti, 2013, p.123).
Aprovechemos esta oración para pedirle al Señor que nos haga el don de conocernos bien a nosotros mismos: cuáles son nuestras virtudes para agradecerlas y hacerlas rendir y cuáles nuestros defectos para luchar por vencerlos. Este es uno de los mejores frutos de la oración: conocer a Jesús y mejorar el conocimiento propio, al compararnos con su modelo de perfección. Hagamos examen y pensemos qué tanto nos conocemos, si sabemos dónde nos talla el zapato, cuál es nuestro talón de Aquiles y también cuáles son nuestros talentos, para dar el fruto que el Señor espera.
Para resaltar la importancia de la humildad en la vida interior, san Josemaría predicaba que, «lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad». Y acudía a una comparación clásica: «no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos que el Señor transforma en realidades de servir a Dios y pasar inadvertidos» (Citado por J. Echevarría, Discurso, 18-I-2003).
Nos puede ayudar que dirijamos al Señor en nuestra oración una plegaria clásica, atribuida al Cardenal Merry del Val, para pedirle esta virtud: «Jesús manso y humilde de Corazón, escucha mi plegaria. Líbrame, Señor, del deseo de sentirme apreciado, amado, ensalzado, elogiado, alabado, preferido, consultado, aplaudido… Líbrame, también, Señor, del temor a la humillación, al desprecio, al reproche, a la calumnia, al olvido, al ridículo, al agravio, al recelo… Ayúdame, Jesús, a desear que los demás sean más amados y apreciados que yo, que ellos crezcan y yo disminuya a los ojos del mundo, que sean alabados y yo pase oculto, que los demás sean preferidos a mí en todo, que sean más santos que yo, siempre que yo alcance la santidad que Tú deseas».
El Señor concluye este pasaje del Evangelio diciendo: Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido. El mejor modelo de humildad es, después del mismo Jesús, su Madre. Ella es la primera que se humilla en el Magníficat, cuando dice que Dios puso los ojos en la pobreza de su esclava. Por eso, el Señor la ensalza: «Entre los Santos, sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El Evangelio de Lucas (…) expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor» (Benedicto XVI, 2005, n. 41).

«El canto humilde y gozoso de María, en el Magnificat, nos recuerda la infinita generosidad del Señor con quienes se hacen como niños, con quienes se abajan y sinceramente se saben nada» (F, 608). Podemos terminar nuestra oración acudiendo a la Virgen, para que nos alcance la gracia de ser tan humildes como Ella.