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viernes, marzo 23, 2012

El grano de trigo


Entramos en la recta final de la cuaresma. En una semana, conmemoraremos el Domingo de Ramos. Por lo tanto, la liturgia nos invita a considerar durante estos días el Evangelio de San Juan, porque el evangelista presenta más una consideración teológica que un simple recuento de las últimas jornadas de Jesús.

En el capítulo 12, Juan nos muestra a Jesús que ha subido a Jerusalén para celebrar la que sería su última Pascua en la tierra. Acaba de pasar la entrada triunfal en la ciudad santa y, “entre los que subieron a adorar a Dios en la fiesta había algunos griegos. Así que éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y comenzaron a rogarle: —Señor, queremos ver a Jesús. Vino Felipe y se lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús”.

Parece un relato prescindible y, sin embargo, tiene un significado importante: la misión universal de Jesús. Justo cuando las autoridades del pueblo elegido lo rechazarán como su Mesías, unos extranjeros se interesan por Él. Esta primera escena nos habla de la universalidad del mensaje de Cristo, del catolicismo de su Iglesia. También nos muestra el “hecho religioso”: todas las culturas buscan a Dios, están interesadas en conocer la Verdad encarnada: queremos ver a Jesús. Además, nos enseña la importancia del testimonio cristiano. Aquellos griegos se acercaron a Felipe, porque sabían que era un seguidor de Cristo. Y él actúa con prontitud, consciente del valor de cada alma. Se une en su intercesión a otro apóstol y, con él, presentan al Señor la petición por esos hombres.

Jesús reacciona con alegría: les contestó: —Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Pero ¿en qué consiste esa exaltación? Uno se imagina un ensalzamiento, una festividad. Sin embargo, el Señor continúa con una pequeña parábola, que explica lo que sucederá en los siguientes días de la primera Semana Santa: “En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto”.

Todos eran conscientes de la dinámica agraria, de la muerte de la semilla, y captaban el significado de la enseñanza. Sin embargo, para que no quedaran dudas, Jesús aclaró: El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna.

Sé de algunas personas que, leyendo estas palabras del Evangelio en la oración, vieron claramente la vocación a la que el Señor las llamaba: dar la propia vida, aborrecer los reclamos del mundo y decidirse a servir a Jesús y, de ese modo, ganar la vida eterna. En otras ocasiones, personas ya entregadas a Dios se han reafirmado en los propósitos de entrega, como queremos hacer nosotros ahora. Pienso, por ejemplo, en la experiencia espiritual de San Josemaría: 

«Le decía yo al Señor, hace unos días, en la Santa Misa: ‘Dime algo, Jesús, dime algo’. Y, como respuesta, vi con claridad un sueño que había tenido la noche anterior, en el que Jesús era grano, enterrado y podrido —aparentemente—, para ser después espiga cuajada y fecunda. Y comprendí que ése, y no otro, es mi camino. ¡Buena respuesta! Efectivamente, desde octubre, aunque creo que nada he dicho, no me falta Cruz..., cruces de todos los tamaños; aunque a mí, de ordinario, me pesan poco: las lleva El» (Apuntes íntimos, n. 1304, 12-XII-1935).

Seguir a Cristo en su camino hacia la Cruz, en la vida cotidiana. ¡Buena respuesta!, buen propósito para estas últimas semanas de cuaresma. Puede servirnos un punto de Camino (n. 938): “Procura vivir de tal manera que sepas, voluntariamente, privarte de la comodidad y bienestar que verías mal en los hábitos de otro hombre de Dios. Mira que eres el grano de trigo del que habla el Evangelio. —Si no te entierras y mueres, no habrá fruto”.

Podemos hacer examen de cómo hemos vivido la penitencia estas últimas semanas: ¿qué tanto hemos aprovechado este tiempo propicio para una mudanza de nuestra vida? ¿Se ha notado la exigencia en la mortificación interior (imaginación, curiosidad, inteligencia, voluntad), en los pequeños ayunos, en la mortificación de los sentidos (uno por uno), en el minuto heroico, en la puntualidad, en la lucha por dominar nuestro carácter? ¿Cómo hemos afinado en el plan de vida espiritual, en la Santa Misa, en el Santo Rosario, en la oración mental?

Si alguien me sirve, que me siga, y donde yo estoy allí estará también mi servidor. Si alguien me sirve, el Padre le honrará. Seguir a Jesús en su camino de semilla de trigo que muere, es la clave para estar con Él más adelante, en la Resurrección. En la Eucaristía. Allí se cumple la “mutua inmanencia”: “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

Juan nos muestra la intimidad de Jesús, su autoconciencia divina, en un pasaje en que algunos vislumbran el Getsemaní que el cuarto Evangelio no detalla: “Ahora mi alma está turbada; y ¿qué voy a decir?: « ¿Padre, líbrame de esta hora?» ¡Pero si para esto he venido a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre!” La voluntad humana de Jesús se une a la voluntad divina, acoge la llamada a la Cruz, a la muerte del grano de trigo. Y el “hágase tu voluntad” de los sinópticos aparece aquí como “¡Padre, glorifica tu nombre!”

Es difícil para nuestra mentalidad entender que la glorificación del Padre se da a través del sacrificio del Hijo. Y que la llamada que Jesús quiere hacernos ahora es a seguirlo en ese camino de acoger la Cruz en nuestra vida, morir con Él por la penitencia para después resucitar con Él, como decía San Pablo (Rom 6,5): “si hemos sido injertados en él con una muerte como la suya, también lo seremos con una resurrección como la suya”.

El Padre hace una teofanía para confirmar esta doctrina: “Entonces vino una voz del cielo: —Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré. La multitud que estaba presente y la oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: —Le ha hablado un ángel. Jesús respondió: —Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera”. El Padre volverá a glorificar a Jesús con la Resurrección. Siempre da más de lo que pide. El Hijo le entrega su vida terrena y recibe a cambio la gloria de la exaltación definitiva. 

Por eso las demás lecturas de este domingo nos invitan a entregarnos. Se nos pide renovar la Alianza (Jeremías 31: Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados), retomar la pureza (Salmo 50: crea en mí, Oh Dios, un corazón puro)  y la obediencia, a ejemplo de Jesús (Hebreos  5: Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna).

El evangelio de hoy concluye con una expresión un poco misteriosa: “Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Juan se ve obligado a aclarar: “Decía esto señalando de qué muerte iba a morir”. San Josemaría tuvo una fuerte experiencia mística de estas palabras, y concluía que “Cristo, muriendo en la Cruz, atrae a sí la Creación entera, y, en su nombre, los cristianos, trabajando en medio del mundo, han de reconciliar todas las cosas con Dios, colocando a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas” (Conversaciones, n. 59).    
  
Podemos concluir con una oración que el Cardenal Ratzinger escribió para el último Viacrucis de Juan Pablo II:  “Señor Jesucristo, has aceptado por nosotros correr la suerte del grano de trigo que cae en tierra y muere para producir mucho fruto. Nos invitas a seguirte cuando dices: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna». Sin embargo, nosotros nos aferramos a nuestra vida. No queremos abandonarla, sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla, no ofrecerla. Tú te adelantas y nos muestras que sólo entregándola salvamos nuestra vida. La cruz –la entrega de nosotros mismos– nos pesa mucho". (…)

"Líbranos del temor a la cruz, del miedo a las burlas de los demás, del miedo a que se nos pueda escapar nuestra vida si no aprovechamos con afán todo lo que nos ofrece. Ayúdanos a desenmascarar las tentaciones que prometen vida, pero cuyos resultados, al final, sólo nos dejan vacíos y frustrados. Que en vez de querer apoderarnos de la vida, la entreguemos. Ayúdanos, al acompañarte en este itinerario del grano de trigo, a encontrar, en el «perder la vida», la vía del amor, la vía que verdaderamente nos da la vida, y vida en abundancia”.