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viernes, marzo 25, 2016

Sacerdocio, Eucaristía, Caridad

La Santa Misa en la Cena del Señor comienza con la antífona de entrada (Ga 6,14): Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro señor Jesucristo. Con esa cita nos ponemos en la órbita en la que hemos de girar durante los días Santos, ya que conmemoramos los máximos misterios de nuestra redención.  La liturgia añade al texto sagrado que «en Él en Cristoestá nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección». Celebramos que la misericordia divina «nos ha salvado y nos ha liberado».

Por eso se entona el Gloria con todo boato, después de cuarenta días sin hacerlo, para alabar, bendecir, glorificar y agradecer a la Trinidad Beatísima con el mismo canto de júbilo que los Ángeles entonaron la noche del nacimiento de Jesús. Esas campanas, que tañeron festivas, callarán hasta la vigilia Pascual.

En la oración colecta nos dirigimos al Señor diciéndole que nos congregamos «para celebrar esta sacratísima Cena, en la cual tu Unigénito, cuando iba a entregarse a la muerte, encomendó a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno»…

Nos detenemos a considerar esa entrega, ese encargo que Jesucristo hizo a la Iglesia de renovar su propio sacrificio. Y es la primera idea que consideramos en esta celebración: la institución del orden sacerdotal, sacramento que Jesucristo estableció fundamentalmente para renovar el sacrificio del Calvario, para dispensar el Sacramento del amor, desde la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía. Como dice San Juan Crisóstomo: «no es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el mismo Cristo que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios».

Haced esto en conmemoración mía… Al instituir el sacramento del Orden, Jesús nos invitó a imitarle. Y esa emulación no es un proyecto dirigido sólo a los ministros ordenados: «la vocación cristiana nos exige a todos a los seglares también practicar cuantas virtudes han de vivir los buenos sacerdotes» (San Josemaría, Carta 2-II-1945, n.10. Citado por Echevarría, 2009). Todos los cristianos, por el hecho de recibir el bautismo, somos injertados en el sacrificio de Cristo, participamos del sacerdocio común de los fieles de acuerdo con la expresión de San Pedro (1 P 2,9): Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.

En esa misma línea, concluye el Fundador del Opus Dei que, «con esa alma sacerdotal que pido al Señor para todos vosotros debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres.  Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el santo sacrificio del altar» (San Josemaría, Carta 28-III-1955, n.4. Citado por Echevarría, 2009)

La oración colecta hace énfasis en la razón del ser del sacerdocio ministerial: «Tu Unigénito, cuando iba a entregarse a la muerte, encomendó a la Iglesia el sacrificio nuevo y el terreno y el banquete de su amor»

El Sacramento del orden, que es «participación en la misión salvífica de Cristo» (AIG, 35) y por el cual «el hombre se convierte en instrumento de la gracia salvadora» (AIG, 39), es una manifestación maravillosa de la Misericordia divina. Y no sólo con la persona llamada (se trata de una dignidad «que en la tierra nada supera» [AIG, 70)), sino con la Iglesia y con la humanidad entera.

Pidamos al Señor vocaciones para el sacerdocio, para la vida consagrada, y para el celibato apostólico en medio del mundo, sirviéndonos de la intercesión de San José, patrono de las vocaciones. Pidamos que reviva la ilusión vocacional en las familias, que haya muchos padres y madres orgullosos de la vocación de sus hijos y dispuestos a entregarlos con generosidad para un posible llamado, si es la voluntad de Dios; que los eduquen con esas disposiciones de magnificencia y apertura a los demás y que haya muchos jóvenes en todo el mundo dispuestos a seguir las sendas de misericordia de Jesucristo, que se entregó por nosotros y nos dio la misión de imitarlo para llevar su gracia, sus sacramentos, su evangelio hasta el último rincón del mundo.

Para eso está el sacerdocio, para servir a las almas. Su dimensión teológica más profunda consiste en la consagración a Dios y la misión hacia los demás. Y una manifestación concreta de esa disponibilidad, es el segundo tema de la celebración del Jueves Santo: la centralidad que en la vida del sacerdote debe tener la celebración de la Eucaristía, que es el «banquete de su amor».

En un estudio reciente sobre los primeros pasos del Opus Dei, cuentan algunos testigos que san Josemaría pasaba «horas largas cerca del Sagrario, en conversación con el Señor. Solía estar en la iglesia en momentos en que solía estar vacía». Y uno de los estudiantes que tenían dirección espiritual con él concluye que, «sin predicaciones, sin homilías, nada más que en la manera de decir la Misa, la emoción con que realizaba el Sacrificio, era tan poderosa que se transmitía a los que estábamos cerca de él». Pidámosle hoy que nos contagie ese amor al sacramento del altar, que es «signo de unidad y vínculo de caridad» (González, 2016).

Y de ese modo llegamos a la tercera idea de la celebración del Jueves Santo, que es precisamente el amor fraterno. En el Evangelio del Jueves Santo se considera que, antes de celebrar la Pascua, Jesús lavó los pies a sus discípulos (Jn 13,1-15). El Señor presta un servicio que era propio de esclavos. Como dice San Pablo, se despojó de su rango (Flp 2,7). El Papa Benedicto decía que Jesús se arrodilla ante nosotros, lava nuestros pies sucios y nos purifica como en el Apocalipsis (7,14). El amor servicial de Jesús nos saca de nuestra soberbia y nos hace capaces de Dios, nos hace puros, nos dispone a ser misericordiosos como Él (Cf. Benedicto XVI, 2011).

Explicando ese pasaje, mons. Echevarría dice que este lavar los pies los unos a los otros a que nos invita el Señor «lleva consigo tantas cosas concretas, porque ese limpiar de que se habla, nace del cariño; y el amor descubre mil formas de servir y de entregarse a quien se ama. En cristiano, lavar los pies significa, sin duda, rezar unos por otros, dar una mano con elegancia y discreción, facilitar el trabajo, adelantarse a las necesidades de los demás, ayudarse unos a otros a comportarse mejor, corregirse con cariño, tratarse con paciencia afectuosa y sencilla que no causa humillaciones; alentarse a venerar al Señor en el Sacramento, emularse mutuamente en ese ir a Jesús con las manos cargadas de atenciones de cariño a Él y a nuestros hermanos. Lavar los pies implica colmar la propia vida de obras de servicio sacrificado y gustoso, de mediación apostólica cumplida con alma sacerdotal» (2005). 

Acudamos a la Virgen Santísima, que estaría en el cenáculo preparando la celebración de la Pascua unida a la entrega de su Hijo. Pidámosle a Ella que nos ayude a profundizar en el significado de estos tres aspectos de la celebración del Jueves Santo: el sacerdocio, la Eucaristía y la caridad. Y que interceda ante el Padre para que nos conceda lo que le pedíamos al final de la oración colecta: «que por la celebración de tan sagrado misterio obtengamos la plenitud del amor y de la vida».

lunes, marzo 21, 2016

La unción en Betania

El Sábado de Pasión, la víspera del Domingo de Ramos, el Señor fue a comer a Betania, la pequeña aldea a la que tanto le gustaba ir. Allí, con la compañía de esos queridísimos amigos que eran Lázaro, María y Marta, Jesús descansaba y reponía fuerzas (Jn 12,1-11). Ellos habían invitado al Maestro para celebrar la resurrección del hermano mayor, pero no había sido fácil concretar el día, debido a la persecución que habían desencadenado sus enemigos.
Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Detallista como siempre, María había empleado una buena cantidad de sus ahorros para comprar un perfume importado del Oriente. En los momentos iniciales, cuando el protocolo sugería ofrecer al invitado agua para que se limpiara los pies —como sabemos por el banquete en casa de Simón el fariseo—, María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera.
Este gesto nos habla, además de la natural manifestación de gratitud por la resurrección de Lázaro, de un amor generoso y pródigo al Señor, de trato delicado y fino con quien nos ha mostrado su caridad hasta el extremo. Y nos invita a preguntarnos cómo le demostramos a Jesús que le queremos, a Él directamente y en sus hermanos más pequeños. Estas dos manifestaciones pueden ser el tema de nuestra meditación de hoy.
Al comienzo de la Semana Santa, podemos examinar cuántas veces te hemos agradecido, Señor, durante la cuaresma, por habernos redimido; qué esfuerzo hemos hecho para tener muestras de delicadeza y afecto contigo. Por ejemplo, al celebrar o participar en la Misa, cómo cuidamos la preparación remota y próxima, con cuánto amor vivimos cada parte de la Eucaristía, desde el primer momento.
Regresemos a la escena: María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Ese aroma nos llega a través del tiempo hasta el hoy de nuestra oración. Es la esencia del amor, de la generosidad, del cariño por el Maestro. Ese buen olor, incienso de Cristo, del que habla san Pablo, nos pregunta por nuestra labor apostólica, que es el contexto en el que el Apóstol de las gentes menciona esa frase: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento (2 Co 2,15).
Pidamos al Señor que, como fruto de nuestro amor por Él —queremos que sea como el de los hermanos de Betania—, tengamos ese sano afán de difundir en nuestro ambiente la vida y la doctrina de Jesús. Que, con nuestras palabras y con nuestras obras, con el esfuerzo por adquirir las virtudes, seamos de verdad ese buen olor que salva. De esa manera se cumplirán en nuestra vida las palabras del Apóstol: Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para unos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida, para vida.
Esta dicotomía la vemos reflejada en la escena de Betania. En medio del buen ambiente que se respiraba, había una persona para la cual la fragancia de nardo era olor de muerte: Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
San Juan añade que esa repentina preocupación social se debía en realidad a la codicia: Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. San Juan Pablo II comenta que, «como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de “derrochar”, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía» (2003b, n.48). En la misma línea había escrito antes san Josemaría: «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. —Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco» (C, n.527). 
Un ejemplo de ese cuidado nos lo brinda un pasaje de la biografía del beato Manuel González, al dejar reservado por primera vez el Santísimo Sacramento en un convento: «Después de haber cerrado el Sagrario, ya lleno con la presencia real del Maestro divino de Nazaret, se despedía el Fundador de sus hijas, recordando la frase del Beato Ávila, les repetía: “¡Que me lo tratéis bien, que es Hijo de buena Madre!”» (Cf. Rodríguez, n.531).  
Hoy podemos repetir la oración de san Josemaría al recordar ese suceso: «“¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien” (…) —¡Señor!: ¡Quién me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos!» (Ibidem.). Aprendamos, en estos días de Semana Santa, del ejemplo de María de Betania y de tantos santos enamorados de Jesucristo, prisionero de amor en la Eucaristía. Que lo acojamos con el nardo de nuestras penitencias, de nuestra piedad renovada, del cariño fraterno, del afán apostólico incesante.
Volviendo a la escena de la unción en Betania, podemos preguntarnos: ¿cómo reaccionó Jesús ante la incómoda situación en que lo puso el comentario de Judas Iscariote? San Juan Pablo II continúa su exégesis: «la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos —pobres tendréis siempre con vosotros—, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona» (2003b, n. 47).
Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Por ese motivo este pasaje se lee el Lunes santo, como preparación inmediata para la celebración del triduo pascual. El Señor anuncia veladamente que muy poco tiempo después ya estará sepultado. Y lo hace con una paz y una serenidad que muestran que en Él se cumple la profecía del Siervo de Isaías, que se lee como primera lectura de la Misa durante las jornadas iniciales de la Semana Santa (caps. 40-55): No gritará, no clamará, no voceará por las calles. Yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
Jesucristo ofreció su vida generosamente por nosotros, asumió la Voluntad del Padre de entregarse a la muerte por nuestra salvación. Debemos pensar, como el Apóstol san Pablo, que también debemos manifestar nuestro amor a Dios imitándolo en esa abnegación por nuestros hermanos, que nos permita decir, como el Apóstol: Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia.
La mejor manera de tomar la Cruz de Cristo, camino del Calvario, es sufrir por los demás —sin dramatismos—, ser sus cirineos. Pidamos al Señor que nos ayude a descubrir su rostro en esos hermanos que salen a nuestro encuentro desde sus «periferias existenciales», como dice el papa Francisco: con la enfermedad, la pobreza, las necesidades de afecto, de comprensión, de compañía. Podemos hacernos las preguntas que él mismo sugería: «¿Se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?» (Mensaje para la Cuaresma, 2015).
Al comienzo de una Semana Santa, el beato Álvaro del Portillo animaba a poner la lucha interior de esos días precisamente en la fraternidad: «Exigíos en este campo, hijas e hijos míos, atribuyendo mucha importancia a las pequeñas mortificaciones que hacen más alegre y amable el camino de los demás, viendo siempre en ellos a Cristo, sin olvidar que “una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra del espíritu de penitencia” (F, n.149). De este modo, vuestros pequeños sacrificios subirán al Cielo in odorem suavitatis, como el incienso que se quema en honor del Señor» (2014, pp. 120-121).
Cuando hablamos del amor a Dios y a los hombres de los que María de Betania es ejemplar, pensamos también en la Madre de Jesús, que al mismo tiempo es nuestra Madre. A Ella, que «se entregó completamente al Señor y estuvo siempre pendiente de los hombres; hoy le pedimos que interceda por nosotros, para que, en nuestras vidas, el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en una sola cosa, como las dos caras de una misma moneda» (Echevarría 2004, in loco).

jueves, julio 25, 2013

Santiago Apóstol

Celebramos hoy la fiesta del apóstol Santiago, uno de los tres discípulos más cercanos al Señor, probablemente primo de Jesucristo, por lo que en la Sagrada Escritura se le llama “hermano” de Jesús, junto con José, Simón y Judas (Mc 6,3). Los Evangelios presentan a Santiago y Juan como hijos de Zebedeo, un pescador con una posición social un poco holgada. Algunos exégetas sugieren que su madre podría ser María Salomé, una mujer que estuvo muy cerca de Jesús y que probablemente era hermana de la Virgen María.
El relato de su vocación sirve como antífona de entrada para la Misa de esta festividad: Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4,21-22). En Mateo, estos llamados significan el inicio del ministerio público de Jesús en Galilea, la convocatoria del nuevo pueblo de Dios, que será la Iglesia. Llama la atención la prontitud y generosidad en la respuesta de estos dos hermanos, también de sus padres para desprenderse de ellos. Parece explicar el apelativo con el que Jesús les llamaría: a quienes les dio el nombre de Boanerges, es decir, «hijos del trueno» (Mc 3,18).
Esa misma actitud explica la escena que contemplamos en el Evangelio de la Misa: camino de Jerusalén, donde Jesús iba a «recibir el bautismo» de la muerte en la Cruz, hay una pausa en el viaje que los dos hermanos aprovechan para hacer lobby, como se diría hoy (Mc 10,35-45): se acercan al Maestro (otro relato evangélico dice que lo hacen a través de su madre) para hacerle una petición: —Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Él les dijo: —¿Qué queréis que os haga? Y ellos le contestaron: —Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.
Seguramente Jesucristo sintió un disgusto al ver que dos de los discípulos más cercanos no caían en la cuenta de los momentos que estaban viviendo: Y Jesús les dijo: —No sabéis lo que pedís. San Juan Crisóstomo explica que «Es como si les dijera: “Vosotros me habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. Éste no es tiempo de premios, ni es ahora cuando se ha de manifestar mi gloria; la vida presente es tiempo de muertes, de guerra y de peligros”». 
El diálogo continúa, tenso. Jesús les anima a elevar sus miras, preguntándoles: ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? —Podemos –le dijeron ellos. Ya lo había predicho Isaías (53,10-11), al describir los frutos del padecimiento del Siervo del Señor: Dispuso el Señor quebrantarlo con dolencias. Puesto que dio su vida en expiación, verá descendencia, alargará los días, y, por su mano, el designio del Señor prosperará. Por el esfuerzo de su alma verá la luz, se saciará de su conocimiento. El justo, mi siervo, justificará a muchos, y cargará con sus culpas. Servir y dar la vida en redención. Así es como se cumple la respuesta inicial de Jesús a los dos hermanos Boanerges: su bautismo, el cáliz de su pasión es dar la vida en redención por muchos. ¡Gracias, Señor, por tantos dones, especialmente por esa justificación de nuestros pecados que nos alcanzaste con tu entrega!
A san Josemaría le gustaba particularmente este pasaje, pues las preguntas del Señor nos pueden interpelar en todo momento, invitándonos a corredimir con Él: También a nosotros nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: Potestis bibere calicem, quem ego bibiturus sum?: ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del Padre que yo voy a beber? Possumus!; ¡Sí, estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente dispuestos a cumplir, en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de rectificar (Es Cristo que pasa, n.15).
La fiesta del apóstol Santiago nos ayuda a renovar propósitos de conversión, de fidelidad, de afán apostólico y de servicio a nuestros hermanos, también por el modo como continúa la escena: en reacción ante la solicitud de los  hermanos Boanerges, los otros diez discípulos sienten rabia, enojo, envidia, porque se les habían adelantado en sus ambiciones humanas para estar cerca del Rey en el próximo reinado mesiánico que algunos podrían pensar se instauraría en poco tiempo, al llegar a Jerusalén: Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan.
Jesús aprovecha para darles una de las lecciones más importantes, la cátedra sobre la caridad: Entonces Jesús les llamó y les dijo: —Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos. Es la manera de concretar esa unión con Cristo a la que Él mismo nos llama: servir, ser otro Cristo que lava los pies a sus discípulos, inclinarse sobre quien está en dificultad, ―como dice el papa Francisco― porque en él ve el rostro de Cristo, porque él es la carne de Cristo que sufre (Discurso, 24-VII-2013).
Servir a los demás por la unión con Cristo, acompañarle en su labor redentora a través de los pequeños y grandes sacrificios de la vida ordinaria: Possumus!, podemos vencer también esta batalla, con la ayuda del Señor. Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que Él nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy: ¡Todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio (Amigos de Dios, n.67).
Santiago y Juan acompañaron a Jesús en los momentos más especiales: al comienzo de su vida pública, en algunos milagros señalados, como en la resurrección de la hija de Jairo. Hacia el final, fueron testigos privilegiados de la transfiguración del Señor en el monte Tabor. Esos milagros les sirvieron para fortalecerles en la fe cuando, en las últimas horas de Jesucristo en la tierra, fueron testigos de los eventos más dramáticos de su existencia humana. Sobre todo, de su oración solitaria en el huerto de los olivos.
Años más tarde ambos hermanos sufrirían persecuciones y padecimientos por Jesucristo, como el Señor mismo se los profetizó en esta escena: Jesús les dijo: —Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto. Más adelante, Santiago llevaría la fe cristiana hasta la lejana España, sin ahorrarse penas y dolores en su esfuerzo evangelizador. Tanto, que según la tradición fue necesario que la misma Virgen santísima se le apareciera en el Pilar de Zaragoza para darle fuerzas y garantizarle su intercesión para la misión apostólica. Las fuentes históricas dicen que al regresar a Jerusalén sería el primer apóstol en encontrar el martirio, en compartir el bautismo del Señor. Es lo que se lee en la primera lectura de la Misa, en un escueto relato de los Hechos de los Apóstoles (12,1-2): En aquel tiempo prendió el rey Herodes (Agripa I) a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan.

Pidamos a la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, que nos ayude a superar la ambición de ocupar los primeros lugares en el reino: que nos alcance del Señor la fuerza para beber el cáliz y recibir el bautismo de Cristo, aceptando la invitación a ser corredentores con Él. De ese modo se cumplirá lo que pedimos en la oración colecta de la Misa: «Dios todopoderoso y eterno, que consagraste los primeros trabajos de los apóstoles con la sangre de Santiago, haz que, por su martirio, sea fortalecida tu Iglesia y, por su patrocinio, tu pueblo se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos».

sábado, julio 13, 2013

El buen samaritano

San Lucas presenta una ampliación de las enseñanzas de Jesús, camino de Jerusalén. La primera de ellas se da con ocasión de un diálogo del Maestro con un doctor de la Ley, que dijo para tentarle: —Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?  

El Señor le responde hablándole de la ley, los mandamientos, la revelación, presente en la Sagrada Escritura y en la tradición del pueblo de Dios: — ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees tú? Y éste le respondió: — Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: —Has respondido bien: haz esto y vivirás. Pero él, queriendo justificarse, le dijo a Jesús: — ¿Y quién es mi prójimo? (Lc 10,25-37).

Jesús no responde directamente; lo hace a través de la parábola del buen samaritano: —Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto. El descenso a Jericó era de unos treinta kilómetros, descendiendo unos quinientos metros. La vía era estrecha y culebrera y pasaba por zonas desérticas y solitarias. Por lo tanto, era muy insegura, pues ―además― tenía bastantes cuevas donde podían esconderse los salteadores.

Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote y, al verlo, pasó de largo. Igualmente, un levita llegó cerca de aquel lugar y, al verlo, también pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje se llegó hasta él y, al verlo, se llenó de compasión. Como en otros relatos similares, esta parábola de Jesús tiene perfectamente delineados los personajes: la víctima es un judío, al que no le ayudan los representantes de la misericordia divina, el sacerdote y el levita. Este último, que tenía funciones menos importantes en el culto, al menos se acerca, pero también pasa de largo. Probablemente ambos regresaban de ejercer su ministerio en el Templo y, como eran celosos cumplidores de la ley, no atienden al herido por temor a contaminarse.

En cambio, el que se compadece es precisamente un samaritano, prototipo de la enemistad con el pueblo israelita. El libro del Sirácida dice que son un «pueblo estúpido» que «mi alma detesta» (Si 50,25-26). Los judíos no podían decir «amén» a la oración de un samaritano. Tampoco las judías podían casarse con los oriundos de esa zona que, por lo demás, no podían testimoniar en los juicios: su declaración no tenía ningún valor. Los de Samaría no eran considerados simples paganos, sino apóstatas, cismáticos. Hay que decir que también los samaritanos tenían su parte en la enemistad: pocos años antes, un grupo de ellos había esparcido huesos humanos en la explanada del Templo, para profanarla.

Curiosamente, en la parábola es uno de esos «enemigos» el que se mueve a compasión: Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. No es una simple ayuda, una curiosidad mínima. El samaritano se excede: lo cura él mismo, le cede su medio de transporte, lo lleva a un sitio por el que hay que pagar -no al mesón público-, deja dinero de sobra para pagar su atención -el salario de dos días- y cuenta abierta por si hiciera falta. Pero, lo más importante: él mismo lo cuidó.

Con esta parábola cambia la perspectiva del diálogo: a la pregunta ¿quién es mi prójimo? Responde Jesús con la parábola y otro nuevo interrogante: ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores? El doctor de la ley responde con nobleza: —El que tuvo misericordia con él. —Pues anda —le dijo Jesús—, y haz tú lo mismo.

Esa es la enseñanza para nosotros hoy. Fijaos en que no es éste un ejemplo que el Señor expone sólo para pocas almas selectas, porque enseguida añadió, contestando al que le había preguntado —a cada uno de nosotros—: anda, y haz tú lo mismo (San Josemaría, Amigos de Dios, n.157). 

Benedicto XVI proponía esta parábola como un programa para la Iglesia del siglo XXI. En la encíclica Deus Caritas Est (n.15) explicaba: la parábola del buen samaritano nos lleva sobre todo a dos aclaraciones importantes. Mientras el concepto de “prójimo” hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aprendamos del Señor a ver, en todas las personas con las que nos encontramos, otros hijos de Dios y a tratarlas como tales. Mi prójimo es todo el que me necesite. No me molesta, sino que me permite ejercitar mi vocación, parecerme a Jesús, y quererlo en aquel por quien Él dio su vida. 

De hecho, la segunda aclaración de la encíclica (n.25) es que Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios. Enséñanos, Señor, a verte en las personas que nos necesitan, especialmente en los más humildes y necesitados.

La parábola del buen samaritano, dice Benedicto XVI, sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado “casualmente” (cf. Lc 10,31), quienquiera que sea. Como en toda la predicación del Señor, Él mismo es el modelo de las enseñanzas. Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino. Lo montó en su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó.

Por eso los íconos que representan este pasaje del Evangelio muestran que el primer buen samaritano fue Jesús, quien curó nuestras heridas con el aceite de su caridad —puede verse en el vino una alusión a la Eucaristía—, cargó con nuestras miserias, nos condujo a la casa del Padre y cuidó de nosotros con su gracia. El Papa Francisco nos invita a imitar esa misericordia de Jesús: Dios siempre quiere la misericordia y no la condena hacia todos. Quiere la misericordia del corazón, porque Él es misericordioso y comprende nuestras miserias, nuestras dificultades y pecados. Señor, ¡danos este corazón misericordioso! Esto es lo que hace el samaritano: imita la misericordia de Dios, la misericordia hacia el necesitado (Angelus, 14-VII-2013).

Pidamos a la Santísima Virgen que cada día vivamos mejor el programa del cristiano —el programa del buen samaritano, el programa de Jesús—, que es un “corazón que ve” (Benedicto XVI, 2006, n.31). Que el nuestro sea un corazón que ve dónde se necesita amor, misericordia, y actúe en consecuencia.

martes, mayo 29, 2012

La Visitación


El mes de mayo concluye con la fiesta de la Visitación de María a su prima Santa Isabel: Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel (Lc 1,39-56). 

El evangelista narra brevemente, casi quitando importancia, el desplazamiento de María. Se ahorra contar que es un viaje de unos tres días a lomo de mula, en los comienzos de un embarazo, con las incomodidades que conlleva (mareos, náuseas, etc.).

A pesar del relato parco –detrás del cual puede estar la humildad de María- hay un detalle que muestra la ejemplaridad de nuestra Madre: marchó deprisa. Recordamos que en la Anunciación el Ángel había dejado caer, como de pasada, el detalle del embarazo de la anciana prima: Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

La Virgen podía tomarlo como una señal de la certeza de la vocación –Ella, que no había pedido ningún signo, al contrario que Zacarías-. Sin embargo, con su delicadeza descubre más bien una persona necesitada, en su sexto mes de embarazo, y no tiene problema en organizar viaje hasta Ain-Karim. La liturgia alaba este gesto como una respuesta dócil, como un gesto de amor en el que se complació el Señor. Docilidad al soplo del Espíritu y caridad con su prima.

Caridad, servicio. ¡En cuántas ocasiones es más fácil hacerse el de la vista gorda, dejar pasar una ocasión de servir! Es una tentación que nos puede aparecer varias veces en el mismo día: en la casa, en el transporte, en el trabajo, en el estudio, podemos ser delicados, caritativos, fraternos, pero tenemos que pedirte perdón, Señor, por nuestra falta de disponibilidad, de bondad, de mansedumbre; de amor, en una palabra.

Docilidad. El amor a las criaturas por parte de la Virgen es una consecuencia de su amor a Dios. Un amor que se manifiesta en obras: marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá. Acabamos de celebrar la fiesta de Pentecostés, y podemos acudir al Esposo de la Virgen con una oración de San Josemaría para que nos ayude a ser dóciles: “¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte”.

Volvamos a la casa de Isabel y Zacarías: Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno. La liturgia goza con esa presteza del Bautista nonnato y aprovecha para pedirle al Señor ese saber descubrir su presencia cercana en la Eucaristía: “así como Juan Bautista exultó de alegría al presentir a Cristo en el seno de la Virgen, haz que tu Iglesia lo perciba siempre vivo en este sacramento”.

Esta reacción intrauterina de Juan -en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno-  puede servirnos para nuestro examen, pues muchas veces dejamos pasar el sacramento de la presencia de Cristo sin acudir a Él con devoción, con piedad, con arrepentimiento. Aprendamos del ejemplo del Bautista a buscar al Señor, a consolarnos con su cercanía, a necesitar su compañía frecuente.

La primera lectura de la fiesta ambienta el aire de alegría que estamos considerando. Es del profeta Sofonías (3,14-18): ¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión, alégrate y exulta de todo corazón! El Señor ha retirado las sentencias contra ti, ha alejado a tu enemigo. ¡El Señor, Rey de Israel, está en medio de ti, no temerás ya ningún mal! El Señor tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador! Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta.

Estas palabras, escritas siete siglos antes de los hechos que consideramos, se cumplen perfectamente en la Madre de Dios: ¡El Señor, Rey de Israel, está en medio de ti! Así se lo había recordado el Ángel Gabriel en la Anunciación: El Señor es contigo. El Espíritu Santo te ha llenado de su gracia. No hay en ti ningún rastro de pecado. Por eso, el Catecismo (n. 2676) nos invita a pensar en este contexto cada vez que recemos el Avemaría: “Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava y a alegrarnos con el gozo que El encuentra en ella (cf So 3,17b)”: Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta.

E Isabel quedó llena del Espíritu Santo. El evangelista médico habla con una naturalidad pasmosa de la acción de la Tercera Persona de la Trinidad. Lo pone en papel protagónico en esta fiesta mariana y cristológica. No olvidemos que es el mismo autor que narra el Pentecostés. También nosotros hemos sido llenos del Espíritu Santo en el Bautismo, en la Confirmación, en la Unción de Enfermos (otros, además, en la Consagración sacramental como clérigos). Podemos continuar, haciéndola nuestra, la oración al Paráclito que recitábamos antes: “¡Oh Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras...”.

El Espíritu mueve a Isabel a exclamar en voz alta: —Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. El Catecismo sigue comentado: “Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. Llena del Espíritu Santo, Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María: Bienaventurada la que ha creído.  María es bendita entre todas las mujeres porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las "naciones de la tierra" (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre”.

Bendita entre las mujeres porque has creído. Isabel también es mujer de fe: ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? La plenitud del Espíritu Santo la lleva a ver la madre de Dios en aquella muchachita embarazada que viene desde lejos a hacerle compañía. Es consciente de que no es fácil creer –ella, que ha padecido durante medio año la incredulidad de su esposo que ahora está sordo y mudo- y por eso añade: y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.

El Beato Juan Pablo II explica de modo maravilloso la “obediencia de la fe” de la Redemptoris Mater (n. 14): «Como Abrahán “esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rm 4,18), así María, en el instante de la Anunciación, después de haber manifestado su condición de virgen (...) creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría en Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel». Abrahán es nuestro Padre en la fe y María, la Madre del Verbo y la Madre de la fe, como la llama Benedicto XVI en la "Verbum Domini".

La respuesta de María es una página antológica de la Sagrada Escritura. Es el himno Magnificat: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava.  Gratitud. Humildad para reconocer los propios méritos como un don de Dios. Glorificar a Dios, ensalzarlo, proclamar sus maravillas y grandezas, ¡qué buena manera de emplear la vida! Por eso la Iglesia pide que “podamos, con María, cantar tus maravillas durante toda nuestra vida”. Y también: “que tu Iglesia te glorifique, Señor, por todas las maravillas que has hecho con tus hijos”.


En la Redemptoris Mater también comenta el Beato Juan Pablo II que «En estas sublimes palabras (...) se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre» (ibid. 36).


Ahora que termina el mes de María, hagamos el propósito de no apartar de nuestra vista el modelo de caridad, docilidad, fe, gratitud y humildad que nos ofrece la vista de nuestra Madre. Podemos tenerlo en cuenta cada vez que repitamos las palabras de Isabel: Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

martes, febrero 21, 2012

Miércoles de ceniza


Comenzamos hoy una nueva cuaresma. El concilio resume en qué consiste este tiempo litúrgico: “el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración, para que celebran el misterio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia” (SC 109).
Este es el marco preciso: preparar la Pascua, la celebración de Cristo resucitado, con cuarenta días de escucha de la Palabra, oración, penitencia y recuerdo de nuestro bautismo.
El Evangelio nos presenta a Jesús en el Sermón del monte, el primero de los cinco grandes discursos con los que Mateo estructura su narración. Después de predicar las bienaventuranzas, el Señor expone en qué consiste la verdadera justicia y cómo hay que comportarse ante la Ley, ante Dios y en relación con el prójimo: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 6, 1-6. 16-18). Con base en las obras que el Señor menciona en este discurso se habla de las tres prácticas cuaresmales por excelencia: dar limosna, orar, hacer penitencia.
En primer lugar, dar limosna: cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Benedicto XVI escribía en un mensaje para la cuaresma que esta acción representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales.
También aclaraba que “la limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo”.
Preparar la pascua del Señor desprendiéndonos de los bienes materiales: a veces consistirá en ceder el televisor, la bicicleta, el auto; otras, en examinar cuántas cosas que nos sobran les hacen falta a otros; o disminuir los gastos suntuosos y algunos en apariencia necesarios. También podremos colaborar con las campañas de comunicación cristiana de bienes que promueve el episcopado para concretar esta invitación cuaresmal. De este modo, estaremos viviendo lo que contemplamos en el Prefacio de la Misa: “al darnos ocasión de compartir nuestros bienes con los necesitados, nos haces imitadores de tu generosidad”.
Pero es conveniente ir más al fondo: contemplar la entrega del Señor por nosotros y disponernos a ser más caritativos con los demás hijos de Dios. Allí está una de las maneras de recordar nuestro bautismo, en el que el Señor nos hizo miembros de su familia, hermanos de todos los hombres. “La práctica cuaresmal de la limosna –sigue diciendo el Papa en su mensaje- se convierte en un medio para profundizar en nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno”.
Como el ejemplo de la limosna total que dio una limosnera: cuenta San Josemaría que, en los primeros años del Opus Dei, pedía muchas oraciones a todo tipo de personas (sacerdotes, enfermos, etc.) “por una intención”: para que fuera un instrumento fiel a su vocación de fundador. Una vez se encontró con una mendiga y le dijo: “-Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!” Después dejó de verla y terminó encontrándola en un hospital, enferma terminal. Cuando la vio la saludó: “-Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?” Y le dijo que pediría al Señor por su curación en la Misa. Ella sonrió y le replicó: “-Padre, ¿cómo no entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida”.

En segundo lugar, oración: Tú, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Se trata de un tiempo para renovar el amor, para estar atentos a la voz del Padre, dispuestos a cumplir mejor su voluntad: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón. Concretemos cómo mejorar nuestras prácticas de piedad; la oración personal “entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración”, como dice el Concilio, la lectura espiritual, el Santo Rosario… pero, en primer lugar, la Santa Misa.
En palabras de San Juan Crisóstomo, “la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras; a la oración que es un don de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina. El don de semejante súplica es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma”.

Por último, penitencia: Tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Es lo que pedimos en la oración colecta: “Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal”.
Externamente lo manifestaremos con la imposición de la ceniza. Nos puede servir considerar la oración que pronuncia el sacerdote para bendecirla: “que el ejercicio de la penitencia cuaresmal nos obtenga el perdón de los pecados y una vida nueva a imagen de tu Hijo resucitado”.
Penitencia exterior, sacrificios, tomar la Cruz del Señor sobre nuestros hombros. Como también decimos en el Prefacio, “has querido que en nuestras privaciones voluntarias encontremos un motivo para bendecirte, ya que nos ayudan a refrenar nuestras pasiones desordenadas”. Aprovechemos este rato de oración para concretar algunas mortificacion, además de la abstinencia de carne los viernes de cuaresma y del ayuno de hoy y del Viernes Santo: sacrificios que nos ayuden a servir a los demás, a trabajar mejor, a negar nuestros caprichos…
Se trata de una muestra exterior del cambio interno que deseamos dar en estos cuarenta días, acompañando a Jesús en su camino al Calvario. Y meditemos que somos polvo y al polvo hemos de volver. Arrepintámonos y creamos en el Evangelio. Rechacemos el pecado y convirtámonos a Dios. Y pidamos no solo por nuestra conversión, sino por la de todos los pecadores. Hay quien dice que en estos cuarenta días es como si la Iglesia se pusiera de rodillas pidiendo al Señor por la conversión de todos sus hijos. Y no es casual que, por eso, en este tiempo haya largas filas en los confesonarios. Pues ayudemos en esta labor: con nuestra oración y con nuestra penitencia personal.
Cuenta J. Eugui que a Jean -Marie Lustiger, judío converso, Cardenal Arzobispo de París desde febrero de 1981, le preguntaron sobre cuál era el punto más importante de su plan pastoral para la diócesis que el Papa Juan Pablo II le había confiado. La respuesta fue sencilla y, para alguno, quizá sorprendente: “-El punto central del plan pastoral es la conversión del Obispo”.
Terminemos nuestra oración acudiendo a María Santísima, que ella nos ayude a aprovechar desde el primer momento esa trilogía cuaresmal a la que se refiere san Pedro Crisólogo: “Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente”. Que la Virgen nos alcance en esta Cuaresma la gracia de ser almas de oración, de caridad, de penitencia.

viernes, julio 22, 2011

María Magdalena

Celebramos la fiesta de santa María Magdalena, y en el Evangelio de la Misa nos topamos con el final de la vida terrena de Jesús. Han pasado los dolorosos momentos de la pasión y muerte de nuestro Señor. Al tercer día, se cumplirían todas las promesas por las cuales aquellos seguidores lo habían dejado todo. Después de la «noche del alma» que pasaron durante el Viernes y el Sábado Santos, aquellos discípulos recibirían el premio a su fe y a su perseverancia: podrían ver cumplidas las Escrituras con la Resurrección de Jesús.
¡Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe!, aseguraba san Pablo (1 Co 15,14). Detengámonos, en nuestro diálogo con Jesucristo, para considerar una aparición del Señor glorioso, que nos podrá servir para darnos más cuenta de que esa llamada a la santidad y al apostolado que hemos meditado hasta ahora no es un acontecimiento del pasado, perdido en la historia. Contemplar a Jesús vivo, por todos los siglos, nos hará experimentar la actualidad de esa vocación que dirige a cada alma; nos facilitará comprender cuál es su voluntad para nuestra vida, como le sucedió a María Magdalena la mañana del domingo de Pascua.
Ella es uno de los personajes más importantes del día cuya aurora fue testigo de la Resurrección. El himno de las Vísperas de su fiesta ofrece un rápido repaso de su biografía: «Oh María, estrella radiante de Magdala, mujer afortunada, a quien el Señor allegó mediante el estrecho vínculo de su Amor. Tras descubrir su imperio para expulsar a los demonios, le agradeces tu curación, gozosa de haber trocado tus cadenas por la fe».
Mujer afortunada, discípula de Jesús, que descubrió el mejor negocio: cambiar las cadenas del pecado por la fe y el amor a Jesucristo. Varias oraciones de la Misa se centran en esa «fuerza de su amor, que le llevó a seguir de cerca las huellas del Maestro y acompañarle, ya para siempre, con el afán solícito de servirle».
Una peculiaridad de la vida de esta santa es que siguió y sirvió a Jesús hasta la muerte, mientras los demás huían. Sin embargo, el Evangelio de la Misa se fija en una escena posterior, en el relato de la Resurrección (Jn 20,1.11-18): El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro. Muy temprano, todavía a oscuras. Estamos en la Vigilia Pascual, y María se dirige a la tumba de su amado.
Fidelidad de María. En el peor momento, ante el abandono, la soledad y el escarnio público, ella da la cara: madruga al sepulcro para acompañar al Maestro. No busca el consuelo en el descanso ni en sus caprichos, sino estando cerca de Él. Lo tiene claro: sin Jesús, nada vale la pena. Fidelidad, a pesar de las circunstancias adversas. Fidelidad, independientemente del día o de la hora. Fidelidad para siempre, pase lo que pase. Fidelidad, perseverancia en la oración, en la búsqueda, en el amor, en la espera. Por eso es llamada «modelo de los que buscan a Jesús».
Ante esa generosidad, uno esperaría la respuesta magnánima de Dios. Por el contrario, el dolor aumenta: Y vio la losa quitada del sepulcro. Quizá desde lejos observó esa anomalía y, mientras las demás mujeres acudían a la sepultura, ella decidió regresar a Jerusalén para contar la noticia a los apóstoles: Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Más tarde, mientras Pedro y Juan descubrían la misteriosa realidad del sepulcro vacío, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. «¡El sepulcro vacío! María Magdalena llora, hecha un mar de lágrimas. Necesita al Maestro. Había ido allí para consolarse un poco estando cerca de Él, para hacerle compañía, porque sin el Señor no merece la pena ninguna cosa. Persevera María en oración, le busca por todos los sitios, no piensa más que en Él. Hijos míos, frente a esa fidelidad, Dios no se resiste: para que tú y yo saquemos consecuencias; para que aprendamos a amar y a esperar de verdad» (San Josemaría, apuntes de la predicación, 24-VII-1964, citado por Echevarría J., 2016).
Amor y fe: María se dirigió al sepulcro, para acompañar un cadáver. El sitio que para otros significaba corrupción e impureza legal, para esta mujer era un sagrario. Después, continuó perseverante en su oración, a pesar de que ni siquiera observaba el cuerpo inerte. San Gregorio alaba su fidelidad: «Busca al que no halla. Lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas». Lloró María. No pudo creer lo que dijeron Pedro y Juan: que los sudarios habían permanecido intactos, plegados, como si Jesús hubiese salido de ellos sin alterarlos. No terminó de imaginarlo —como nosotros—, hasta que le pudo la curiosidad y, mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Aquellos seres son un premio para su fe. Nunca estamos solos, Dios no deja ahogar la esperanza de sus fieles; nos acompaña y consuela. Nos brinda la comunión de los santos en la Iglesia, la fraternidad cristiana, que tanta falta hace. Dios nos envía compañeros de camino, para ayudarnos a perseverar en nuestro ideal de amor. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Tulerunt Dominum. Pensamos en el pecado de tres días atrás: Tolle, tolle! decía la turbamulta rechazando a Jesús: —¡Fuera, fuera, crucifícalo!
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Vio Jesús, y no supo de quién se trataba. El Maestro, que juega con nosotros, para madurar la virtud de la fidelidad, para ponerla a prueba, le preguntó: —Mujer, ¿por qué lloras? Ella dio la cara una vez más: si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.
Llegamos al momento más emotivo de la escena. Jesús le dice: «¡María!». Hasta entonces, la apariencia física de aquel hombre era irreconocible. Pero, de un momento a otro, al pronunciar el nombre propio, la Magdalena descubrió con quién hablaba. Jesús es el Buen Pastor, que llama a las ovejas por su nombre. Y las ovejas reconocen su voz. Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!».
Celebramos a María Magdalena como pionera: fue la primera en descubrir la tumba abierta y la primera en comunicarlo a los discípulos. Ahora será la primera en recibir una misión del Resucitado. Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos. Jesús le pide que no intente retenerlo, noli me tenere, pues se verán de nuevo. Y porque experimentará su presencia y su cercanía de un modo distinto, como filiación y como fraternidad: ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro».
Santo Tomás dice que ella es «la apóstol de los apóstoles», por la nueva vocación que el Señor le otorgó: ve a mis hermanos y diles… Este es el motivo por el cual el papa Francisco elevó su memoria a la categoría de fiesta, como fruto de la llamada actual «a reflexionar más profundamente sobre la dignidad de la mujer, la nueva Evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina» (Decreto Apostolorum Apostola, 3-VI-2016).
Con ocasión de esta actualización de la liturgia, se proclamó un nuevo prefacio para la fiesta, en el cual se alaba a María Magdalena, por el amor hacia Jesús que venimos meditando: «pues ella lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos; y Él la honró ante los apóstoles con el oficio del apostolado, para que la buena noticia de la vida nueva llegase hasta los confines del mundo».
Pero vale la pena considerar no solo su vocación al apostolado, sino el anuncio que Jesús le encomendó: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro». Ya no somos siervos sino amigos. Somos hermanos, hijos del mismo Padre. Desde luego, en órdenes diversos, pues Él es la filiación subsistente y nosotros hijos por adopción: «Ahora no lo puede tocar, retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible. Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo: Si conocimos a Cristo según la carne, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva. El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora ya sólo se puede tocar a Jesús junto al Padre» (Benedicto XVI, 2011, p.331).
Caminar junto al Crucificado. No olvidemos que María Magdalena estuvo al pie de la Cruz, al lado de la Madre de Dios. Que ayudó a preparar el cuerpo de Jesús antes de depositarlo en el sepulcro. Que perseveró con fidelidad integérrima, consecuencia del amor. Que recorrió ese camino «del encerramiento en sí mismo» (siete demonios) «hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo» (Ibidem): María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».
El amor y la fidelidad son apostólicos. Por esa razón, María Magdalena es ejemplo de fidelidad personal proselitista: «La humanidad necesita mujeres y hombres así: capaces de acudir sin cansancio a la misericordia divina, leales al pie de la Cruz, atentos a escuchar —en las tareas ordinarias de cada jornada— el propio nombre de los labios del Resucitado» (Echevarría, 2016).

Concluyamos entonces nuestra meditación pidiendo al Padre, con la oración colecta de la Misa: «Dios nuestro: Cristo, tu Unigénito, confió —antes que a nadie— a María Magdalena la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual; concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de aquella cuya fiesta celebramos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos».