Mostrando las entradas con la etiqueta trabajo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta trabajo. Mostrar todas las entradas

jueves, septiembre 03, 2015

Pobreza


Resultado de imagen para jesús en la sinagoga

En el Evangelio de san Lucas, después de narrar la infancia y los preparativos del ministerio de Jesús, los comienzos de su labor apostólica se sitúan en Galilea, la tierra donde había crecido. En el capítulo cuarto, vemos al Señor en la sinagoga de Nazaret, presentando lo que podríamos llamar su programa de acción pastoral (vv.16-30). En primer lugar, enseñó que en Él se cumplían las profecías mesiánicas: Dios libraría a su pueblo y lo haría a través de su misión. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido».
Vemos de pasada las costumbres del Señor, cómo frecuentaba la sinagoga cada sábado, solo que en esta ocasión se puso en pie para hacer la lectura. Al desenrollar el sagrado pergamino, encontró un texto del profeta Isaías, en el que presentaba al Mesías lleno del Espíritu Santo. Ya desde los primeros pasajes de su narración, el evangelista muestra esa unidad inefable que hay entre las Personas divinas. Había narrado en la Encarnación que el Paráclito descendió sobre María, y en el Bautismo había descrito la teofanía junto al Jordán —el Espíritu en forma de paloma—; lo había llevado durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo (Lc 4,2); ahora, en los inicios de la predicación de Jesús, volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu (Lc 4,14).
La escena concluirá con la reacción polémica de su pueblo ante la explicación del motivo por el cual no hacía en su terruño los milagros que se contaban de otras poblaciones: todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino. Benedicto XVI concluye que «precisamente con el mensaje de gracia que Jesús trae se inaugura la perspectiva de la cruz. Lucas, que ha redactado con gran cuidado su Evangelio, ha puesto muy conscientemente esta escena como una especie de título para toda la obra de Jesús».
Esa perspectiva de la cruz muestra el camino, pero también la meta: la redención, el perdón de los pecados, la liberación de los oprimidos, la evangelización de los pobres. Este es el punto clave sobre el cual podemos hacer nuestra oración de hoy. ¿Cuáles son los destinatarios principales de su mensaje? —Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor.
Jesucristo muestra su predilección por aquellos que ocupan los últimos lugares a los ojos de los hombres. Pero no se trata solo de una situación económica o social. Según la Sagrada Escritura, los pobres, cautivos y oprimidos son aquellos que se reconocen necesitados de la misericordia divina: «Se anuncia el Evangelio a los pobres (Mt 11,5), leemos en la Escritura, precisamente como uno de los signos que dan a conocer la llegada del Reino de Dios. Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo» (Conv., n.110). Por esa razón, María es la primera entre esos pobres de Israel (los “anawin”).
Pidámosle al Señor que nos ayude a meditar en su amor a esta virtud, para aprender de Él a ser pobres en el espíritu, y merecer la bienaventuranza prometida en el sermón del monte: porque de ellos es el reino de los Cielos. ¿Cómo vivió Jesús la pobreza? Podríamos preguntar a cualquiera de los asistentes a la sinagoga y nos contaría lo que transmite la Escritura: Jesucristo siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza (2Co 8,9).
¡Vaya paradoja! La pobreza enriquece… No es lo que enseña el mundo, que valora a la persona por lo que tiene en el banco. Y como nosotros nos movemos en ese ambiente, corremos el riesgo de contaminarnos con esa mentalidad, de sentirnos mal cuando escasean los medios materiales, o de poner nuestra esperanza en las capacidades económicas, en lo que poseemos. En cambio Jesús, cuando quiere manifestar su amor a alguien (por ejemplo, al joven rico), le pide que se haga pobre, que lo deje todo por Él, que se enriquezca con la pobreza cristiana.
Una pobreza que comienza con el desprendimiento de sí mismo, del amor propio, del estar siempre pendientes de nuestras cosas, de nuestros trabajos, de nuestro descanso, de nuestra salud, del prestigio que tenemos, de la opinión que los demás se van formando de nosotros: «corazones generosos, con desprendimiento verdadero, pide el Señor. Lo conseguiremos, si soltamos con entereza las amarras o los hilos sutiles que nos atan a nuestro yo. No os oculto que esta determinación exige una lucha constante, un saltar por encima del propio entendimiento y de la propia voluntad, una renuncia -en pocas palabras- más ardua que el abandono de los bienes materiales más codiciados» (AD, n.115).
Después del desprendimiento interior viene, como lógica consecuencia, el desapego de los bienes materiales. Nos pueden ayudar para nuestra meditación unos puntos de la Encíclica “Laudato si’” (nn. 222-227), en los que el papa Francisco explica el principio ascético del “menos es más”: se trata de una invitación a vivir la virtud de la sobriedad, que nos capacita para gozar con poco. El planteamiento ecológico va más allá de no quemar árboles o no matar ballenas. Cuando uno medita más a fondo el compromiso que conlleva el mandato divino de dominar la tierra, se da cuenta —como explica la encíclica— que es necesario volver a la simplicidad, valorar lo pequeño, «evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres».
El ambiente materialista nos hace creer que la clave de la felicidad está en el poseer y que la pobreza es sinónimo de tristeza. Por el contrario, la dinámica del Evangelio es que la pobreza enriquece, hace feliz, nos acerca más al Señor: «Si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones» (F, n. 997).
La sobriedad, la sencillez, la pobreza, la humildad, son caminos de la verdadera felicidad. Porque enseñan a contentarse con poco, a no crearse necesidades, a contentarse con lo suficiente para pasar una vida sobria y templada: «Se puede necesitar poco y vivir mucho, sobre todo cuando se es capaz de desarrollar otros placeres y se encuentra satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la naturaleza, en la oración. La felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida» (LS, n.223).
Pidámosle al Señor que nos ayude a descubrir la riqueza de esta virtud. Y a valorar la presencia de Dios especialmente en las personas más necesitadas, en los enfermos, los ancianos, los pobres, los niños, los desempleados, los desplazados y migrantes: «precisamente entre ellos es donde más a gusto se encuentra» (S, 228). Por esa razón, la Iglesia siempre se ha caracterizado por promover, junto con el anuncio del Evangelio y el culto litúrgico, la caridad con los más necesitados (DCE, n.25). Esta triple dimensión manifiesta la naturaleza íntima de la Iglesia, y hay que sospechar de cualquier institución en que no estén las tres características (porque también si solo hay labor social se corre el riesgo de convertir a la Iglesia en una ONG).
San Josemaría enunciaba unos principios que ayudan a vivir el  desprendimiento como virtud que lleva a identificarnos con Jesucristo: «No tener nada como propio, no tener nada superfluo, no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar las cosas que usamos; hacer buen uso del tiempo» (Álvaro del Portillo, Entrevista con el Fundador del Opus Dei, p. 181).
Pero además del cuidado personal de la virtud de la pobreza, también estamos llamados a promover a nuestro alrededor la justicia social, cada uno según sus capacidades. De una parte, fomentando los propios talentos, pero además tenemos la invitación a vivir las obras de misericordia, como el papa ha recordado de cara al próximo año jubilar: visitas a pobres y enfermos, catequesis a necesitados, ayudar a los que necesitan nuestra asistencia —explicar una lección, acompañar en la soledad, ayudar al cuidado de los niños, etc.—, generar empleo, pagar lo justo a los empleados, vivir las exigencias de la propia vocación cívica en cuanto a impuestos, votaciones, participación ciudadana, etc.
Pero la principal manera de fomentar esa justicia social es con la santificación del propio trabajo. No se trata de que todas las personas de buena voluntad, para serlo, deban laborar en organismos de beneficencia. Cada uno, desde su trabajo hecho cara a Dios, honradamente, con espíritu de servicio, desempeña una insustituible labor de justicia: «Dios quiere que permanezcáis en vuestro lugar. Desde ahí, podéis realizar —estáis realizando— una labor colosal en beneficio de los pobres e indigentes, de los que padecen ignorancia, soledad y dolor —en tantas ocasiones a causa de la injusticia de los hombres—, porque al buscar la santidad con todas vuestras fuerzas, santificando el trabajo profesional y las relaciones familiares y sociales, contribuís a informar la sociedad humana con el espíritu cristiano» (Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9 de enero de 1993, n. 20, Citado por Schlag M, 2014, [SetD] p.372).

Decíamos al comienzo que la Virgen santísima fue la primera entre los anawin, los pobres del Señor. A Ella le pedimos que nos ayude a imitar el ejemplo de su Hijo, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

sábado, octubre 01, 2011

Parábola de los viñadores homicidas


 En medio de la discusión de Jesús con las autoridades judías, Mateo enlaza la parábola de los dos hijos con otra historia, que se desarrolla en un ambiente similar: la parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43): Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí.

Los Padres de la Iglesia ven la Providencia divina en el hombre que cuida de la viña: la compra, la trabaja, la protege, la dispone, la edifica y la arrienda a unos hombres. San Juan Crisóstomo comenta: “mirad la gran providencia de Dios y la inexplicable indolencia de ellos. En verdad, Él mismo hizo lo que tocaba a los labradores. Solo les dejó un cuidado mínimo: guardar lo que ya tenían, cuidar lo que se les había dado. Nada se había omitido, todo estaba acabado. Mas ni aún así supieron aprovecharse, no obstante los grandes dones que recibieron de Él”.

Podemos ver en esa viña el mundo que Dios nos entrega, lleno de perfecciones naturales, con un encargo: que lo trabajemos. El Génesis dice que el fin de la creación del ser humano fue ut operaretur, para que trabajara el jardín del Edén: “los cristianos no debemos abandonar esta viña, en la que nos ha metido el Señor. Hemos de emplear nuestras fuerzas en esa labor, dentro de la cerca, trabajando en el lagar y, acabada la faena diaria, descansando en la torre. Si nos dejáramos arrastrar por la comodidad, sería como contestar a Cristo: ¡eh!, que mis años son para mí, no para Ti. No deseo decidirme a cuidar tu viña” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 48).

Es fácil notar en estas parábolas sobre el trabajo la actitud perezosa del hombre: el hijo mayor del pródigo se lamenta de haber trabajado muchos años al lado de su padre, y no se da cuenta de que se trataba de una gran bendición una dedicación como esa, con tan buena compañía; los dos hermanos miran con recelo el trabajo en la finca; estos labradores “no saben aprovecharse, no obstante los grandes dones”… Es una de las consecuencias del pecado original: perder de vista la grandeza de trabajar con Dios, a pesar del cansancio que conlleva.

Trabajar con Dios. Encontrarse con Él. Perfeccionarse, cumpliendo la misión que Él mismo nos ha encomendado de llevar el mundo a la perfección, de reconciliarlo con Él. Embellecer su obra. ¡Qué horizonte maravilloso, para quien descubre lo que significa trabajar en la viña del Señor!


Trabajar en la viña del Señor. Santificarse en el trabajo ordinario. O’Callaghan explica que esto quiere decir trabajar con perfección humana  y cristiana. Perfección humana: “es decir con orden, intensidad, constancia, competencia y espíritu de servicio y de colaboración con los demás; en una palabra, con profesionalidad. “Hemos de trabajar como el mejor de los colegas. Y si puede ser, mejor que el mejor. Un hombre sin ilusión profesional no me sirve”(San Josemaría, citado en Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, p. 329)”.

Y perfección cristiana: “poniendo a Dios en primer lugar, pues la vocación profesional es parte esencial de la vocación divina destinada a cada hombre en la tierra. (…) rectificando la intención, hay que intentar trabajar sólo para que el Señor esté contento con nuestro quehacer, aunque a los ojos del mundo parezca de poco valor, con un desprendimiento interior de cualquier reconocimiento humano: Deo omnis gloria! [¡para Dios toda la gloria!]. En esta lucha por progresar día a día, perseverantemente, con ganas y sin ganas, forjamos, con la ayuda del Señor, la unidad de vida. “Mido la eficacia y el valor de las obras, por el grado de santidad que adquieren los instrumentos que las realizan. Con la misma fuerza con que antes os invitaba a trabajar, y a trabajar bien, sin miedo al cansancio; con esa misma insistencia, os invito ahora a tener vida interior” (San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 20). 

Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Dios nos da una misión y espera que demos frutos. Serán el indicador de que hemos acogido su regalo, que hemos cumplido el encargo. No trabajamos por los resultados, pero es justo que el Señor pueda decir: “bien hecho, siervo bueno y fiel”. Lo más importante no es nuestro esfuerzo, sino la gracia de Dios, pero Él quiere contar con nuestro concurso, con nuestra participación, nos entrega su viña con la esperanza de alcanzar fruto para nuestro bien y el de nuestros hermanos los hombres.

Por eso, es muy triste leer como en un díptico el canto de la viña que escribió Isaías, y que está como música de fondo para esta parábola. El profeta pone en boca de Dios las siguientes palabras: “Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones. La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos”.

“Pidamos al Señor que seamos almas dispuestas a trabajar con heroísmo feraz. Porque no faltan en la tierra muchos, en los que, cuando se acercan las criaturas, descubren sólo hojas: grandes, relucientes, lustrosas. Sólo follaje, exclusivamente eso, y nada más. Y las almas nos miran con la esperanza de saciar su hambre, que es hambre de Dios. No es posible olvidar que contamos con todos los medios: con la doctrina suficiente y con la gracia del Señor, a pesar de nuestras miserias” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 51).

Aquellos hombres comenzaron siendo perezosos, no quisieron trabajar y por eso la viña produjo uvas agrias. Pero cuando el alma empieza por ese camino de tibieza y acidia espiritual, el final puede ser desastroso y terminar en la ofensa a Dios, en el pecado: aquellos labradores desoyeron a los mensajeros de Dios, incluso mataron a algunos. Por último, rechazaron al Hijo: “lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron”.

La parábola es dramática, pues Jesús la cuenta justo en la última semana de su vida. Pocos días después, sus interlocutores lo sacarían fuera de Jerusalén y lo matarían. Pero con Dios nunca hay finales tristes, pues solo Él puede sacar vida de la muerte, amor del odio, gracia del pecado. Ese es el mensaje final de la historia, la esperanza cristológica: Jesús les dijo: — ¿Acaso no habéis leído en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos?

El Señor invita a aquellos hombres tibios, a punto de caer en pecado, a la conversión. Como ellos, también nosotros estamos a tiempo de poner a Jesús como piedra angular de nuestras vidas, como clave de una nueva existencia, olvidados de nosotros mismos y dispuestos a ser sus discípulos a partir de ahora.

Se lo pedimos, con el salmo 79: “Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la planta sembrada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida; alabaremos tu poder. Restablécenos, Señor, Dios de los ejércitos; míranos con bondad y estaremos a salvo”.

El mismo Señor nos promete que escucha nuestras súplicas y que, si bien personalmente no hemos dado los frutos que esperaba, encontraremos la fuerza para lograrlo si nos apoyamos en la gracia que nos ofrece a través de su familia en la tierra, de su Iglesia: Por esto os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos.

La Virgen es la Madre de esa familia, que es la Iglesia. A ella acudimos para pedirle que recibamos con gratitud la misión que el Señor nos encomienda, que renovemos el propósito de unirnos con Dios precisamente a través de nuestro trabajo. Y nuestra tierra dará su fruto: una labor realizada con la mayor perfección posible, humana y cristiana, al servicio de los demás.


viernes, agosto 06, 2010

El administrador fiel y prudente


Después de la parábola del rico necio, el Señor concluye su discurso insistiendo en la necesidad de poner el corazón en el Reino de Dios, no en los bienes materiales: No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón (Lc 12,32-34).
Una señal clara de que ansiamos el Reino como el mayor don de Dios, de que tenemos puesto en él nuestro corazón, es que estamos vigilantes y preparados para la venida del Señor. Este es el anuncio del Evangelio que empezamos a considerar ahora. En primer lugar, Jesús invita a estar vigilantes predicando la parábola de los siervos del señor que vuelve de nupcias: Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos.
Tener las cinturas ceñidas recuerda el gesto de los hebreos en la noche pascual, antes de salir hacia el desierto: significa la disposición para emprender el camino. Lo mismo sucede con la figura de las lámparas encendidas, que rememora la fiesta del matrimonio, cuando la novia esperaba con sus amigas a que llegara el prometido para recogerla. También trae a la imaginación la parábola de las vírgenes prudentes: se trata de esperar en vela, vigilantes, prestos a la voz del Señor cuando nos llame.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre (Lc 12,35-40). En el contexto de la espera de la segunda venida de Cristo, recordemos la lección de san Pablo a los tesalonicenses (a quienes tuvo que escribirles una segunda carta, amonestándolos porque se habían entregado a la vida cómoda, cuando entendieron que la llegada del Señor era inminente). Ahora, Jesús recuerda el deber de estar en vela, como los sirvientes vigilan preparados para el momento de la llegada de su amo.
Esta expectación es característica del cristianismo y debemos preguntarnos si vivimos con esa perspectiva de la vida eterna como lo verdaderamente importante o si, como el rico necio o como el joven rico, nos dejamos contaminar por creer que nuestras posesiones, nuestros talentos, las virtudes que hemos fomentado, nos sostendrán por siempre. Si así fuera, aprovechemos este rato de oración para pedirle al Señor: sé Tú quien nos dé la fuerza para ser fieles, para aguardar con las cinturas ceñidas y con las lámparas encendidas.
Fiel a su estilo gráfico, el Señor concluye su enseñanza: ¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes (Lc 12,41-48). La parábola del administrador nos presenta las virtudes que Dios espera de nosotros: quieres, Señor, que seamos buenos administradores, fieles y prudentes, laboriosos, previsores, obedientes y responsables.
Pero si aquel criado dijere para sus adentros: «Mi señor tarda en llegar», y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles.
La vigilancia que Tú, Señor, nos pides se concreta, en primer lugar, en la fidelidad. En la situación actual, esta virtud parece que estuviera en crisis. Aparentemente es muy difícil, o casi imposible, comprometerse para toda la vida. Y, sin embargo, Tú, Señor, no dejas de ser fiel. Y esperas que también nosotros lo seamos, que vivamos sin doble vida: sin importar los cambios de ánimo, la situación de salud, económica o familiar. Esperas nuestro compromiso de administradores leales, como tantas almas entregadas a Ti, numerosos matrimonios cristianos, y todos los santos del Cielo, que fueron fieles a tu Hijo, algunos incluso padeciendo martirio.
Viene a la mente la figura de la Beata Teresa de Calcuta, de quien se supo que padeció «la noche oscura del alma», situación por la que han pasado muchos santos, que consiste en perder toda motivación en su relación con Dios, y en sufrir para ser fieles al llamado. Cuando se supo esto, algunos reaccionaron con sorpresa. El postulador de su causa de beatificación respondió que veía, en la actitud de la Madre Teresa, un antídoto frente al sentimentalismo de nuestra cultura: «La tendencia en nuestra vida espiritual, y también en la actitud más general respecto al amor, es que lo que cuenta son nuestros sentimientos. Si así fuera, la totalidad del amor sería lo que sentimos. Pero el amor auténtico a alguien requiere compromiso, fidelidad y vulnerabilidad. La Madre Teresa no “sentía” el amor de Cristo, y podría haber cortado. Pero se levantaba a las 4.30 cada mañana por Jesús, y era capaz de escribirle: “Tu felicidad es lo único que quiero”. Este es un poderoso ejemplo, incluso en términos no puramente religiosos». Y concluía el P. P. Kolodiejchuk (2009) que esta actitud puede indicar también a otras personas cómo sobrellevar los momentos de oscuridad o de crisis espiritual, a lo largo de una vida no fácil, al servicio de los demás.
Continuemos con la parábola: el criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá. El amor auténtico requiere compromiso, fidelidad. Por eso el Señor habla de vigilar como administradores fieles y prudentes. San Josemaría explicaba que la labor formativa de la juventud consiste en «enseñarles a luchar». Nunca es tarde para aprender, pero esa época es el mejor momento para adquirir hábitos. Y el resto de la vida, ¡a esforzarse por consolidarlos! En eso consiste la vigilancia de la que habla el Evangelio.
Para quien procura ser un buen cristiano, las caídas aparatosas, inesperadas y sorpresivas no son lo corriente. No es ése el modo de actuar del demonio: más bien intenta llevar a las almas por una pendiente resbaladiza, para que descuiden su lucha, su vigilancia. Un día, retrasamos la oración porque estamos un poco indispuestos; otro, porque tenemos muchos quehaceres; al siguiente, porque necesitamos ese tiempo para el apostolado (¡!) y, cuando menos pensamos, comenzamos a ceder en puntos de mayor envergadura. Se nos hacen cuesta arriba las prácticas que antes vivíamos con gusto —aunque costaran—, y las pasiones (la soberbia y la impureza, por ejemplo) aparecen con insidia renovada. Resurgen de nuevo los respetos humanos y las justificaciones: «tampoco hay que ser fanáticos», «no se trata de ir muy rápido», etc.
Por eso el Señor nos invita a la vigilancia, a cuidar la lucha en lo pequeño —que no se acabe el aceite en la alcuza—, para que después no caigamos en lo grande: «Mucho duele al Señor la inconsciencia de tantos y de tantas, que no se esfuerzan en evitar los pecados veniales deliberados. ¡Es lo normal —piensan y se justifican—, porque en esos tropiezos caemos todos! Óyeme bien: también la mayoría de aquella chusma, que condenó a Cristo y le dio muerte, empezó sólo por gritar —¡como los otros!—, por acudir al Huerto de los Olivos —¡con los demás!—,... Al final, empujados también por lo que hacían “todos”, no supieron o no quisieron echarse atrás..., ¡y crucificaron a Jesús! —Ahora, al cabo de veinte siglos, no hemos aprendido» (S, 139).
En el pasaje que contemplamos aparecen unas virtudes que nos ayudan a concretar la fidelidad que pedimos al Señor en este rato de oración: los administradores fieles y prudentes son aquellos que se esfuerzan por ser laboriosos, previsores, obedientes y responsables; son aquellos que dan la ración adecuada a la hora debida, a los que su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. Laboriosidad: una virtud que debería caracterizarnos a los que tenemos el trabajo ordinario como medio de santificación. Dar la ración a la hora adecuada: hacer lo que se debe hoy, ahora y estar en lo que se hace. No dilatar los plazos. No dejar las cosas para después. No distraernos —evitar la tentación de «navegar» en internet mientras trabajamos—, hacer rendir el tiempo: «Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración» (C, 335).
El papa Francisco cuenta que su padre lo mandó a trabajar en una fábrica de medias, siendo apenas un adolescente. Más adelante consiguió puesto en un laboratorio por las mañanas, mientras estudiaba por las tardes. Y hace el siguiente balance: «Le agradezco tanto a mi padre que me haya mandado a trabajar. El trabajo fue una de las cosas que mejor me hizo en la vida y, particularmente, en el laboratorio aprendí lo bueno y lo malo de toda tarea humana». Con tono de nostalgia, agrega: «Allí tuve una jefa extraordinaria (...). La quería mucho. Recuerdo que cuando le entregaba un análisis, me decía: “Ché… ¡qué rápido que lo hiciste!”. Y, enseguida, me preguntaba: “¿Pero este dosaje lo hiciste o no?”. Entonces, yo le respondía que para qué lo iba a hacer si, después de todos los dosajes de más arriba, ése debía dar más o menos así. “No, hay que hacer las cosas bien”, me reprendía. En definitiva, me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer» (Rubin y Ambrogetti, 2013, p.34).
La última virtud que el Señor pone en la caracterización del administrador fiel y prudente es que conoce la voluntad de su amo, es previsor y obedece. No se contraponen la creatividad y la obediencia. Es más, para obedecer hace falta iniciativa, pues esta virtud requiere hacer propia la voluntad del que manda. ¡Qué mala prensa tiene hoy día la obediencia! Y resulta que Jesús la alaba como una característica importante de la fidelidad. Y nos da ejemplo. San Pablo resumía la actitud del Señor con estas palabras: Jesucristo fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz.
Acudamos a nuestra Madre María, Virgen fiel, para que ella nos alcance la prudencia, la laboriosidad y la obediencia que permitan decir al Señor, cuando nos tenga que juzgar: Bien, siervo bueno y fiel, ¡entra en el Reino de tu Señor!

jueves, julio 15, 2010

Unidad de vida. Marta y María


1. Justo después de narrar la parábola del buen samaritano, San Lucas presenta la visita de Jesús a Marta, María y Lázaro, sus tres amigos de Betania, ciudad ubicada a tres kilómetros de Jerusalén: Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa.

Si la parábola del buen samaritano es una maravillosa explicación del segundo mandamiento, en este pasaje, exclusivo de Lucas, vemos cómo los hermanos de Betania cumplen el primer precepto, acogiendo al Señor. Le reciben en su casa. Pero no solo se trata de dejarlo entrar, que ya es mucho. No actúan como el pueblo que generó tanta rabia en San Juan, que no quiso recibirlo. Ni como Gerasa, que después de la curación del endemoniado le piden que se retire de sus confines (quizá porque les había echado a perder dos mil puercos). Ni como el pueblo donde había crecido que, al escuchar que se cumplía en Él la escritura mesiánica, no creen porque lo habían conocido de pequeño… y pretenden despeñarlo.

Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

Sabemos por otras escenas que Jesús quería entrañablemente a esta familia: San Juan (11,5) dirá claramente que "Jesús amaba a Marta y a su hermana María y a Lázaro". Y ellos le tenían mucha confianza, lo trataban como a un hermano. Jesús llorará por la muerte de Lázaro, y María le recriminará con fuerza por no haber llegado a tiempo para salvarlo. Lo querían. Creían en Él. Lo atendían. Escuchaban su palabra. En este caso, Marta lo invita, lo recibe en su casa. Y María se sienta a sus pies, para escucharlo.

Tú y yo somos un personaje más en aquella familia. Quizá somos un servidor o un amigo cercano. Jesús nos mira y nos saluda con cariño cuando entra en esa casa. Si queremos, allí también podremos ver que nos invita a seguirle de cerca. Aprendamos del ejemplo de María: sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Imitemos su gesto de atención, de disponibilidad, de escucha dócil: ¿cómo son nuestros ratos de oración? ¿Estamos atentos a lo que quiere decirnos el Señor, o nos dejamos llevar de nuestras prioridades, nuestras urgencias, nuestros trabajos exigentes?

Vamos sacando los primeros propósitos: cuidar más nuestra oración personal, definir el tiempo y la hora fijos, para que no dependa de las circunstancias. Quizá esa determinación nos lleve a cuidar más el minuto heroico, la hora de la levantada. De pronto nos toca hacerlo unos minutos antes, para llegar con tiempo a ese estar sentados a los pies del Señor, escuchando su palabra. También miraremos la calidad de nuestra oración: quizá debemos llevar más el Evangelio, para escuchar con mayor claridad lo que Jesús quiere decirnos; o retomar ese libro que nos recomendaron en la dirección espiritual. O más bien el Señor quiere que leamos menos y lo escuchemos más. O que tomemos más notas para repasar a lo largo del día. El Espíritu Santo soplará al oído de cada uno cómo parecernos más a esta maestra de oración que es María.

2. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

Ya hemos visto que Marta es la anfitriona: Marta le recibió en su casa. Lo habría invitado, habría estado ella misma al tanto de los preparativos, de comprar los ingredientes para cocinar –ella misma- ese plato que tanto le gustaba al Señor. Quizá le habría pedido la receta a la Madre de Jesús, que le enseñaría el secreto para darle en el gusto a su Hijo: la medida exacta de aquél condimento, la cantidad de agua, la bebida preferida, etc.

Recibir al Señor en nuestra casa. Servirle con nuestro trabajo. ¡Qué maravilla, aquella mañana de labor, toda ella dedicada a Jesucristo! También nosotros podemos ofrecerle a Dios todo lo que hacemos, por insignificante que parezca: los pequeños deberes familiares, la jornada laboral, las reuniones de amigos, los desplazamientos, las contradicciones diarias, podemos ponerlo cada día en la patena, donde el sacerdote pone el pan que es “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. 

Viene a la memoria, también por el tipo de trabajo de Marta, aquél punto de Surco (n. 498): “Me escribes en la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde. Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña —la última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo su vocación cristiana— pela patatas. Aparentemente —piensas— su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta diferencia! —Es verdad: antes "sólo" pelaba patatas; ahora, se está santificando pelando patatas”.

Marta habría previsto un cierto orden del día, habría pedido ayuda a algunas vecinas para servir la mesa, etc. Y contaba, desde luego, con el apoyo de sus hermanos Lázaro y María. Lo que no había presupuestado es que María, una vez llegado Jesús, se sentaría a sus pies, para escuchar su palabra. ¿Acaso no se daba cuenta de la cantidad de cosas por hacer? Marta andaba afanada con numerosos quehaceres… La habría mirado insistentemente, para hacerle señales de que se levantara y ayudara en los servicios. Habría tosido; al pasar por su lado, le habría dado una pequeña patadita o un rodillazo –suave, fraterno- en la espalda para ver si espabilaba.

Ante la inutilidad de todos sus esfuerzos, aprovechó la confianza que tenía con el Señor –que se había dado cuenta de todo, desde el comienzo y sonreiría por dentro viéndola refunfuñar- y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

Ya sabemos que la pobre Marta no queda muy bien parada en esta escena. Pero también podemos aprender de ella a dirigirnos al Señor con la confianza con que tratamos a un hermano, a un amigo, para decirle lo que nos acongoja, nuestras preocupaciones, ¡nuestras intolerancias! Ojalá aprendiéramos a tratar a Jesús con esa familiaridad: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

3. Pero el Señor le respondió: —Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.

Jesucristo la trata con cariño. Los exegetas se fijan en esa reduplicación de su nombre, cariñosa y exigente a la vez. Jesús le agradece todo lo que está haciendo por Él, pero a la vez le deja claro –nos enseñas también a nosotros hoy, Señor- que una sola cosa es necesaria: la vida interior, la oración atenta, buscar continuamente la contemplación del rostro del Maestro.

La interpretación tradicional suele ser excluyente: María hizo bien, Marta hizo mal. Pero no es eso exactamente lo que enseña Jesús: María ha escogido la mejor parte, pero no quiere decir que la parte de su hermana sea mala o que separe del Señor. Es lo que predicaba San Josemaría, por ejemplo cuando decía a las mujeres que se dedican a las tareas domésticas: “No os puedo decir a vosotras, mis hijas, lo que decía el Señor a Marta (cfr. Lc 10, 40-42), porque, en todas vuestras actividades, también al ocuparos de los trabajos de la casa, sin congojas ni miras humanas, tenéis siempre presente –porro unum est necessarium (Lc 10, 42)– que sólo una cosa es necesaria y, como María, habéis también escogido la mejor parte, de la que jamás seréis privadas: porque tenéis vocación de almas contemplativas, en medio de los quehaceres del mundo”.

A esta unión del trabajo con la contemplación la llamó “unidad de vida”. Y Mons. Álvaro del Portillo explicaría que «entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración, no puede existir sólo un "armisticio" más o menos conseguido; tiene que darse plena unión, fusión sin residuo. El trabajo alimenta a la oración y la oración "embebe" el trabajo. Y esto hasta el punto de que el trabajo en sí mismo, en cuanto servicio hecho al hombre y a la sociedad - y, por tanto, con las más claras exigencias de profesionalidad - , se convierte en oración agradable a Dios» (Trabajo y oración, en Revista Palabra, Mayo 1986, p. 30).

Este es un punto clave para personas como nosotros, que queremos encontrar la santidad en medio del mundo. Cuenta una mujer dedicada a la política que descubrió este aspecto en su proceso de retomar su fe católica, gracias al ejemplo de un colega suyo que se esforzaba por fusionar el trabajo con la oración: “yo montaba dos caballos que se movían en direcciones opuestas. Uno de ellos se dirigía hacia una vida católica serena e íntima, de Misa y oración; el otro solo estaba a gusto en el mundo de la acción del trabajo, de los negocios, de la política. Era esquizofrénica y no podía seguir así. (...) En mitad de todo esto vislumbré un poco de lo que entraña la unidad de vida en alguien que incluso hablaba de que esta era una vocación específica de los laicos. Para mí fue como cruzar la vida en una boya hasta alta mar. Sabía que la palabra clave era "vocación". (Matlary JH. El amor escondido, p. 110).

Para lograr esta unidad de vida, es muy importante la fidelidad al plan de vida espiritual, a las Normas de piedad: la oración, de la que ya hablamos; la Santa Misa, el rezo del Santo Rosario, la lectura espiritual, el examen de conciencia. Son momentos en los que retomamos la fuerza divina para convertir el trabajo en oración. Y al revés: el trabajo será también tema de nuestro diálogo con el Señor, palestra en la que ejercitaremos las virtudes y los propósitos formulados en los ratos de piedad. Eso es ser “contemplativos en medio del mundo”. Así, dice San Josemaría, “os ensimismaréis como María, pendiente de las palabras de Jesús o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sinceramente vuestras inquietudes, hasta las más pequeñas” (Amigos de Dios, n. 222).

Terminemos nuestra oración acudiendo a la Santísima Virgen, maestra de unidad de vida. ¡Qué bien logró esa fusión entre trabajo y oración!: todo lo hacía pensando en su Hijo, para dedicárselo, para cuidarlo, para ofrecerlo en corredención. Y con qué cariño lo trataría, con qué piedad escucharía sus comentarios… Pidámosle a Ella que escuchemos, como dirigidas a nosotros, unas palabras que resumen la predicación de San Josemaría: «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de nosotros descubrir (...). No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca» (Conversaciones, n. 114).

lunes, mayo 03, 2010

San José Obrero. Día del trabajo



Hoy es 1 de mayo, fiesta internacional del trabajo. Para nadie es un secreto que el origen de esta festividad es una reivindicación comunista, que quería celebrar la lucha del proletariado. La Iglesia, como siempre, más que oponerse a la celebración del trabajo humano –un objetivo digno y justo- la purificó de la lucha de clases y la sublimó a la categoría de fiesta litúrgica, conmemorando a San José Obrero.

Hay muchas maneras de enfocar el trabajo: desde quien lo considera un castigo, como la famosa canción del “Negrito del Batey”, que decía: “A mí me llaman el negrito del Batey porque el trabajo para mí es un enemigo. El trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como un castigo”. Hasta quienes, como los  llamados trabajo-adictos (“workaholics”) se consagran de tal modo a él que se olvidan de la familia, del descanso, de los amigos.

La Iglesia en cambio ofrece una visión dignificante y valorativa del trabajo. Por eso nos pone la labor profesional de José como un modelo a imitar. En el Evangelio de la Misa, ofrece un relato de San Mateo, que presenta a Jesús proclamando –con palabras y con obras- la llegada del Reino. Cuando llega a su ciudad natal, cuenta el evangelista que sus paisanos “se quedaban admirados y decían: —¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?”

No les parece posible que aquel a quien vieron crecer, al que conocieron pequeñito, fuera ahora un personaje de reconocimiento internacional, como diríamos hoy. Pero a nosotros nos llama la atención las preguntas que se hacen: ¿No es éste el hijo del artesano? Precisamente por ese interrogante se emplea este pasaje en la Eucaristía del 1 de mayo.

San José Obrero, San José Artesano. Es impresionante que Jesús haya querido nacer en el hogar de un hombre trabajador, que haya aprendido de él un oficio para ganarse el pan. Los exégetas explican que se trataría de un trabajo mejor considerado que las labores del campo, pues implica creatividad. Al parecer, por aquellos años se estaba construyendo la cercana ciudad de Séforis y allí se dedicarían, San José y Jesús –su hijo adoptivo- a diversas labores de artesanía: puertas, herrajes, yugos, ornamentación, etc. Hoy celebramos entonces el trabajo humano contemplando el ejemplo de José, maestro del trabajador Jesús.

San Josemaría es reconocido como el gran apóstol contemporáneo del trabajo, y decía al respecto (Amigos de Dios, 56):“el trabajo es una estupenda realidad, que se nos impone como una ley inexorable a la que todos, de una manera o de otra, estamos sometidos, aunque algunos pretendan eximirse. Aprendedlo bien: esta obligación no ha surgido como una secuela del pecado original, ni se reduce a un hallazgo de los tiempos modernos. Se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos frutos para la vida eterna (Jn 4,36): el hombre nace para trabajar, como las aves para volar (Jb 5,7)”.

En su viaje a Francia, Benedicto XVI (12-IX-2008) explicaba el ambiente cultural en que se movía el Señor: En el mundo griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. El sabio, el hombre verdaderamente libre, se dedicaba únicamente a las cosas espirituales; dejaba el trabajo físico como algo inferior a los hombres incapaces de la existencia superior en el mundo del espíritu. (…) El mundo greco-romano no conocía ningún Dios Creador; la divinidad suprema, según su manera de pensar, no podía, por decirlo así, ensuciarse las manos con la creación de la materia. «Construir» el mundo quedaba reservado al demiurgo, una deidad subordinada. (..) Muy distinto era el Dios cristiano: Él, el Uno, el verdadero y único Dios, es también el Creador. Dios trabaja; continúa trabajando en y sobre la historia de los hombres. En Cristo entra como Persona en el trabajo fatigoso de la historia”.

El trabajo es una participación en la obra de Dios. Señor: te damos gracias por estas enseñanzas, por hacernos asequible el camino de la santidad, de la identificación contigo, precisamente a través del trabajo cotidiano. ¡Cuánto tiempo habremos pasado sin conocer esta realidad estupenda! Y qué gozo la primera vez que nos enteramos de que no hacía falta abandonar ese ideal humano que nos atraía –la medicina, la música, la literatura, las matemáticas, el deporte, los viajes, la amistad- para estar cerca de ti.

Hoy podemos pensar en nuestro trabajo personal. Para muchos puede ser el estudio, la preparación para el futuro desempeño profesional: ¿cómo lo realizamos? ¿Con ilusión, esfuerzo, empeño, puntualidad? ¿O con pereza, distracciones, retrasos, mediocridad? En este rato de oración delante del Señor, comprometámonos con Él –quizá una vez más-  en que revisaremos el horario para hacerlo más exigente, en que comenzaremos y terminaremos a tiempo, en que lucharemos para rechazar las tentaciones, para no abrir más ventanas de las necesarias en el computador –quizá basta con dos como máximo-, en que retrasaremos la revisión del correo y la navegación en Internet para cuando hayamos acabado los deberes…

Cada uno sabrá qué le pide el Señor para santificar su trabajo y procurará formular propósitos para avanzar en ese camino. Quizá comenzar por proponerse trabajar más, como aconseja San Josemaría (Forja, n. 698):“Si queremos de veras santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, ¡y trabajar bien!, con seriedad humana y sobrenatural”.

Me parece significativa una anécdota de Edith Stein, aquella filósofa judía que moriría mártir, ya cristiana, en un campo de concentración nazi: una tarde de verano cogió el 'Libro de su vida', de Santa Teresa, y lo leyó en una noche para terminar reconociendo: "¡Esto es la verdad!" Se decidió a bautizarse en la Iglesia Católica. Sus primeros pasos en la fe estuvieron marcados por el trabajo: estudió varios libros (los escritos de Santa Teresa, la “Iniciación al cristianismo” de Kierkegaard, literatura cristiana, Nuevo Testamento incluido...). La mañana siguiente a la lectura que reorientó su vida se compró un catecismo católico y un misal para estudiarlos concienzudamente. Su biógrafa concluye que, “junto al testimonio de la vida y la confesión de fe de determinados cristianos se sitúa la adquisición intelectual autodidacta y el hacerse a la liturgia de la Iglesia” (Cf. Ranff Viki, Edith Stein en busca de la verdad. Palabra, Madrid 2005, p. 117-8).

Concluyamos con otras palabras del Papa alemán sobre el trabajo, tomadas de una predicación en la fiesta de San José –su santo- (19-III-2006):“El trabajo reviste importancia primaria para la realización del hombre y para el desarrollo de la sociedad, y por esto es necesario que se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje someter por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo hallar en él el sentido último y definitivo de la vida”.

Y explica cómo debe ser un trabajo que dignifique al ser humano: “se necesita vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través del propio trabajo, imitando a San José, que cada día tuvo que proveer a las necesidades de la Sagrada Familia con sus manos y a quien por ello la Iglesia señala como patrono de los trabajadores. Su testimonio muestra que el hombre es sujeto y protagonista del trabajo. (…) Que junto a María, su Esposa, vele San José sobre todos los trabajadores y obtenga para las familias y para toda la humanidad serenidad y paz. Que contemplando a este gran Santo, los cristianos aprendan a testimoniar en todo ámbito laboral el amor de Cristo, fuente de solidaridad verdadera y de paz estable”.

sábado, septiembre 05, 2009

El trabajo de Jesús


Hace unos meses, le preguntaban al Prelado del Opus Dei en una entrevista: Ustedes invitan a merecer la santidad a través del trabajo. ¿Cuánta gente cree que, hoy en día, no se emplea sólo por ganar un sueldo? Es un interrogante actual, pues en los tiempos de crisis que corren podemos ver el trabajo solo como el medio para obtener el sustento nuestro y de nuestra familia.

El capítulo séptimo del Evangelio de Marcos, que la liturgia propone para el XXIII domingo nos ofrece una idea para vislumbrar una respuesta sobre el valor del trabajo y el modo de realizarlo. El segundo evangelio presenta la curación de un sordo al que, además, le costaba hablar bien. La acción transcurre en tierra de gentiles, al otro lado del Jordán: salió de la región de Tiro y vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis.

El Señor devuelve la audición y el habla correcta a aquel hombre, lo que genera la admiración general de la multitud: Y se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y empezó a hablar correctamente. Y les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, más lo proclamaban; y estaban tan maravillados que decían: —Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Se maravillaban porque veían cumplidas las promesas del profeta Isaías (35,4-7): "Se iluminarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, saltará como un venado el cojo, la lengua del mudo cantará”. Se trata de una manifestación, una prueba, de un principio más general, que San Josemaría consideraba una corta biografía de Jesús (Amigos de Dios, 56): Bene omnia fecit, todo lo ha hecho bien.

"Si os fijáis, entre las muchas alabanzas que dijeron de Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas. Me refiero a aquella exclamación, cuajada de acentos de asombro y de entusiasmo, que espontáneamente repetía la multitud al presenciar atónita sus milagros: bene omnia fecit [Mc 7,37], todo lo ha hecho admirablemente bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo, perfecto Dios y hombre perfecto".

Años de trabajo de Jesús, que también respondieron a la misma descripción del capítulo séptimo de San Marcos: Todo lo hizo bien. Nosotros no podemos imitar a Jesús en sus milagros: no devolveremos la vista ni haremos caminar a los paralíticos, a no ser que seamos médicos de avanzada. Pero lo que sí tenemos al alcance de la mano es imitarlo en esos años de vida oculta en los que trabajaba bien, poniendo en esa labor ordinaria el mismo empeño que más tarde pondría para hacer sus milagros o para morir en la Cruz.

"Toda la vida del Señor me enamora. Tengo, además, una debilidad particular por sus treinta años de existencia oculta en Belén, en Egipto y en Nazaret. Ese tiempo —largo—, del que apenas se habla en el Evangelio, aparece desprovisto de significado propio a los ojos de quien lo considera con superficialidad. Y, sin embargo, siempre he sostenido que ese silencio sobre la biografía del Maestro es bien elocuente, y encierra lecciones de maravilla para los cristianos. Fueron años intensos de trabajo y de oración, en los que Jesucristo llevó una vida corriente —como la nuestra, si queremos—, divina y humana a la vez; en aquel sencillo e ignorado taller de artesano, como después ante la muchedumbre, todo lo cumplió a la perfección".

Ejemplo de vida para nuestra lucha. De nuestro trabajo cotidiano también deberían decir los demás: todo lo hace bien. Hemos de tener prestigio profesional, no para encumbrarnos, sino para mostrar la influencia del mensaje de Cristo en nuestras vidas y para ayudarle a iluminar la sociedad de hoy con su doctrina. "La luz de los seguidores de Jesucristo no ha de estar en el fondo del valle, sino en la cumbre de la montaña, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo" (Mt 5,16). (Cristo que pasa, 10).

Para cumplir con esa misión nuestra, de todo bautizado, hace falta esfuerzo, lucha, trabajo, fatiga. Tampoco seremos ningunos héroes, no haremos más que comportarnos como tantos millones de personas a nuestro alrededor, solo que con una motivación más trascendente: "Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas. Quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho, y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho [Lc 16,10]". (Amigos de Dios, 62)

Un ejemplo cercano es el del Papa: Vincent Twomey, alumno suyo en los años de Ratisbona, cuenta que «al comenzar cada semestre, los estudiantes de todos los años y de varias disciplinas se reunían en una de las salas de lectura más grandes para escuchar ensimismados las lecturas introductivas de Joseph Ratzinger. Cualquiera que fuera el tratado que tuviera que afrontar en aquel semestre (creación, cristología o eclesiología), él comenzaba situando la materia en primer lugar en el contexto cultural y contemporáneo y luego dentro de las investigaciones teológicas más recientes, para luego ofrecer su propio examen original, docto y sistemático del tema». Joseph Ratzinger luchaba por trabajar bien, por estudiar a fondo las cuestiones, y por eso ha hecho tanto bien: con su merecido prestigio profesional continúa iluminando el mundo de hoy con la luz de las doctrinas de Cristo, en diálogo con el pensamiento, las inquietudes y las propuestas contemporáneas.

Podemos concluir con la respuesta que Mons. Echevarría dio al interrogante con que comenzábamos: “La ocupación no puede concebirse simplemente como un valor económico. En los planes de Dios, el trabajo perfecciona y madura al hombre. Por esta razón, poner inventiva e interés por hacer las cosas acabadamente bien –no sólo por cobrar un sueldo– y servir con lealtad a Dios y a los demás ennoblece a la persona. En nuestra sociedad ‘supereconomicista’, descubrir el valor cristiano del trabajo puede ser una liberación y una siembra de fraternidad”.

Pidamos a la Virgen -¡Cómo sería la perfección de su trabajo diario, ofrecido cada momento a su Hijo!- que también de nuestras ocupaciones se pueda decir: Bene omnia fecit, ¡todo lo ha hecho bien!