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Unidad de vida. Marta y María


1. Justo después de narrar la parábola del buen samaritano, San Lucas presenta la visita de Jesús a Marta, María y Lázaro, sus tres amigos de Betania, ciudad ubicada a tres kilómetros de Jerusalén: Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa.

Si la parábola del buen samaritano es una maravillosa explicación del segundo mandamiento, en este pasaje, exclusivo de Lucas, vemos cómo los hermanos de Betania cumplen el primer precepto, acogiendo al Señor. Le reciben en su casa. Pero no solo se trata de dejarlo entrar, que ya es mucho. No actúan como el pueblo que generó tanta rabia en San Juan, que no quiso recibirlo. Ni como Gerasa, que después de la curación del endemoniado le piden que se retire de sus confines (quizá porque les había echado a perder dos mil puercos). Ni como el pueblo donde había crecido que, al escuchar que se cumplía en Él la escritura mesiánica, no creen porque lo habían conocido de pequeño… y pretenden despeñarlo.

Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

Sabemos por otras escenas que Jesús quería entrañablemente a esta familia: San Juan (11,5) dirá claramente que "Jesús amaba a Marta y a su hermana María y a Lázaro". Y ellos le tenían mucha confianza, lo trataban como a un hermano. Jesús llorará por la muerte de Lázaro, y María le recriminará con fuerza por no haber llegado a tiempo para salvarlo. Lo querían. Creían en Él. Lo atendían. Escuchaban su palabra. En este caso, Marta lo invita, lo recibe en su casa. Y María se sienta a sus pies, para escucharlo.

Tú y yo somos un personaje más en aquella familia. Quizá somos un servidor o un amigo cercano. Jesús nos mira y nos saluda con cariño cuando entra en esa casa. Si queremos, allí también podremos ver que nos invita a seguirle de cerca. Aprendamos del ejemplo de María: sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Imitemos su gesto de atención, de disponibilidad, de escucha dócil: ¿cómo son nuestros ratos de oración? ¿Estamos atentos a lo que quiere decirnos el Señor, o nos dejamos llevar de nuestras prioridades, nuestras urgencias, nuestros trabajos exigentes?

Vamos sacando los primeros propósitos: cuidar más nuestra oración personal, definir el tiempo y la hora fijos, para que no dependa de las circunstancias. Quizá esa determinación nos lleve a cuidar más el minuto heroico, la hora de la levantada. De pronto nos toca hacerlo unos minutos antes, para llegar con tiempo a ese estar sentados a los pies del Señor, escuchando su palabra. También miraremos la calidad de nuestra oración: quizá debemos llevar más el Evangelio, para escuchar con mayor claridad lo que Jesús quiere decirnos; o retomar ese libro que nos recomendaron en la dirección espiritual. O más bien el Señor quiere que leamos menos y lo escuchemos más. O que tomemos más notas para repasar a lo largo del día. El Espíritu Santo soplará al oído de cada uno cómo parecernos más a esta maestra de oración que es María.

2. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

Ya hemos visto que Marta es la anfitriona: Marta le recibió en su casa. Lo habría invitado, habría estado ella misma al tanto de los preparativos, de comprar los ingredientes para cocinar –ella misma- ese plato que tanto le gustaba al Señor. Quizá le habría pedido la receta a la Madre de Jesús, que le enseñaría el secreto para darle en el gusto a su Hijo: la medida exacta de aquél condimento, la cantidad de agua, la bebida preferida, etc.

Recibir al Señor en nuestra casa. Servirle con nuestro trabajo. ¡Qué maravilla, aquella mañana de labor, toda ella dedicada a Jesucristo! También nosotros podemos ofrecerle a Dios todo lo que hacemos, por insignificante que parezca: los pequeños deberes familiares, la jornada laboral, las reuniones de amigos, los desplazamientos, las contradicciones diarias, podemos ponerlo cada día en la patena, donde el sacerdote pone el pan que es “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. 

Viene a la memoria, también por el tipo de trabajo de Marta, aquél punto de Surco (n. 498): “Me escribes en la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde. Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña —la última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo su vocación cristiana— pela patatas. Aparentemente —piensas— su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta diferencia! —Es verdad: antes "sólo" pelaba patatas; ahora, se está santificando pelando patatas”.

Marta habría previsto un cierto orden del día, habría pedido ayuda a algunas vecinas para servir la mesa, etc. Y contaba, desde luego, con el apoyo de sus hermanos Lázaro y María. Lo que no había presupuestado es que María, una vez llegado Jesús, se sentaría a sus pies, para escuchar su palabra. ¿Acaso no se daba cuenta de la cantidad de cosas por hacer? Marta andaba afanada con numerosos quehaceres… La habría mirado insistentemente, para hacerle señales de que se levantara y ayudara en los servicios. Habría tosido; al pasar por su lado, le habría dado una pequeña patadita o un rodillazo –suave, fraterno- en la espalda para ver si espabilaba.

Ante la inutilidad de todos sus esfuerzos, aprovechó la confianza que tenía con el Señor –que se había dado cuenta de todo, desde el comienzo y sonreiría por dentro viéndola refunfuñar- y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

Ya sabemos que la pobre Marta no queda muy bien parada en esta escena. Pero también podemos aprender de ella a dirigirnos al Señor con la confianza con que tratamos a un hermano, a un amigo, para decirle lo que nos acongoja, nuestras preocupaciones, ¡nuestras intolerancias! Ojalá aprendiéramos a tratar a Jesús con esa familiaridad: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

3. Pero el Señor le respondió: —Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.

Jesucristo la trata con cariño. Los exegetas se fijan en esa reduplicación de su nombre, cariñosa y exigente a la vez. Jesús le agradece todo lo que está haciendo por Él, pero a la vez le deja claro –nos enseñas también a nosotros hoy, Señor- que una sola cosa es necesaria: la vida interior, la oración atenta, buscar continuamente la contemplación del rostro del Maestro.

La interpretación tradicional suele ser excluyente: María hizo bien, Marta hizo mal. Pero no es eso exactamente lo que enseña Jesús: María ha escogido la mejor parte, pero no quiere decir que la parte de su hermana sea mala o que separe del Señor. Es lo que predicaba San Josemaría, por ejemplo cuando decía a las mujeres que se dedican a las tareas domésticas: “No os puedo decir a vosotras, mis hijas, lo que decía el Señor a Marta (cfr. Lc 10, 40-42), porque, en todas vuestras actividades, también al ocuparos de los trabajos de la casa, sin congojas ni miras humanas, tenéis siempre presente –porro unum est necessarium (Lc 10, 42)– que sólo una cosa es necesaria y, como María, habéis también escogido la mejor parte, de la que jamás seréis privadas: porque tenéis vocación de almas contemplativas, en medio de los quehaceres del mundo”.

A esta unión del trabajo con la contemplación la llamó “unidad de vida”. Y Mons. Álvaro del Portillo explicaría que «entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración, no puede existir sólo un "armisticio" más o menos conseguido; tiene que darse plena unión, fusión sin residuo. El trabajo alimenta a la oración y la oración "embebe" el trabajo. Y esto hasta el punto de que el trabajo en sí mismo, en cuanto servicio hecho al hombre y a la sociedad - y, por tanto, con las más claras exigencias de profesionalidad - , se convierte en oración agradable a Dios» (Trabajo y oración, en Revista Palabra, Mayo 1986, p. 30).

Este es un punto clave para personas como nosotros, que queremos encontrar la santidad en medio del mundo. Cuenta una mujer dedicada a la política que descubrió este aspecto en su proceso de retomar su fe católica, gracias al ejemplo de un colega suyo que se esforzaba por fusionar el trabajo con la oración: “yo montaba dos caballos que se movían en direcciones opuestas. Uno de ellos se dirigía hacia una vida católica serena e íntima, de Misa y oración; el otro solo estaba a gusto en el mundo de la acción del trabajo, de los negocios, de la política. Era esquizofrénica y no podía seguir así. (...) En mitad de todo esto vislumbré un poco de lo que entraña la unidad de vida en alguien que incluso hablaba de que esta era una vocación específica de los laicos. Para mí fue como cruzar la vida en una boya hasta alta mar. Sabía que la palabra clave era "vocación". (Matlary JH. El amor escondido, p. 110).

Para lograr esta unidad de vida, es muy importante la fidelidad al plan de vida espiritual, a las Normas de piedad: la oración, de la que ya hablamos; la Santa Misa, el rezo del Santo Rosario, la lectura espiritual, el examen de conciencia. Son momentos en los que retomamos la fuerza divina para convertir el trabajo en oración. Y al revés: el trabajo será también tema de nuestro diálogo con el Señor, palestra en la que ejercitaremos las virtudes y los propósitos formulados en los ratos de piedad. Eso es ser “contemplativos en medio del mundo”. Así, dice San Josemaría, “os ensimismaréis como María, pendiente de las palabras de Jesús o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sinceramente vuestras inquietudes, hasta las más pequeñas” (Amigos de Dios, n. 222).

Terminemos nuestra oración acudiendo a la Santísima Virgen, maestra de unidad de vida. ¡Qué bien logró esa fusión entre trabajo y oración!: todo lo hacía pensando en su Hijo, para dedicárselo, para cuidarlo, para ofrecerlo en corredención. Y con qué cariño lo trataría, con qué piedad escucharía sus comentarios… Pidámosle a Ella que escuchemos, como dirigidas a nosotros, unas palabras que resumen la predicación de San Josemaría: «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de nosotros descubrir (...). No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca» (Conversaciones, n. 114).

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