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jueves, julio 15, 2010

Unidad de vida. Marta y María


1. Justo después de narrar la parábola del buen samaritano, San Lucas presenta la visita de Jesús a Marta, María y Lázaro, sus tres amigos de Betania, ciudad ubicada a tres kilómetros de Jerusalén: Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa.

Si la parábola del buen samaritano es una maravillosa explicación del segundo mandamiento, en este pasaje, exclusivo de Lucas, vemos cómo los hermanos de Betania cumplen el primer precepto, acogiendo al Señor. Le reciben en su casa. Pero no solo se trata de dejarlo entrar, que ya es mucho. No actúan como el pueblo que generó tanta rabia en San Juan, que no quiso recibirlo. Ni como Gerasa, que después de la curación del endemoniado le piden que se retire de sus confines (quizá porque les había echado a perder dos mil puercos). Ni como el pueblo donde había crecido que, al escuchar que se cumplía en Él la escritura mesiánica, no creen porque lo habían conocido de pequeño… y pretenden despeñarlo.

Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

Sabemos por otras escenas que Jesús quería entrañablemente a esta familia: San Juan (11,5) dirá claramente que "Jesús amaba a Marta y a su hermana María y a Lázaro". Y ellos le tenían mucha confianza, lo trataban como a un hermano. Jesús llorará por la muerte de Lázaro, y María le recriminará con fuerza por no haber llegado a tiempo para salvarlo. Lo querían. Creían en Él. Lo atendían. Escuchaban su palabra. En este caso, Marta lo invita, lo recibe en su casa. Y María se sienta a sus pies, para escucharlo.

Tú y yo somos un personaje más en aquella familia. Quizá somos un servidor o un amigo cercano. Jesús nos mira y nos saluda con cariño cuando entra en esa casa. Si queremos, allí también podremos ver que nos invita a seguirle de cerca. Aprendamos del ejemplo de María: sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Imitemos su gesto de atención, de disponibilidad, de escucha dócil: ¿cómo son nuestros ratos de oración? ¿Estamos atentos a lo que quiere decirnos el Señor, o nos dejamos llevar de nuestras prioridades, nuestras urgencias, nuestros trabajos exigentes?

Vamos sacando los primeros propósitos: cuidar más nuestra oración personal, definir el tiempo y la hora fijos, para que no dependa de las circunstancias. Quizá esa determinación nos lleve a cuidar más el minuto heroico, la hora de la levantada. De pronto nos toca hacerlo unos minutos antes, para llegar con tiempo a ese estar sentados a los pies del Señor, escuchando su palabra. También miraremos la calidad de nuestra oración: quizá debemos llevar más el Evangelio, para escuchar con mayor claridad lo que Jesús quiere decirnos; o retomar ese libro que nos recomendaron en la dirección espiritual. O más bien el Señor quiere que leamos menos y lo escuchemos más. O que tomemos más notas para repasar a lo largo del día. El Espíritu Santo soplará al oído de cada uno cómo parecernos más a esta maestra de oración que es María.

2. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

Ya hemos visto que Marta es la anfitriona: Marta le recibió en su casa. Lo habría invitado, habría estado ella misma al tanto de los preparativos, de comprar los ingredientes para cocinar –ella misma- ese plato que tanto le gustaba al Señor. Quizá le habría pedido la receta a la Madre de Jesús, que le enseñaría el secreto para darle en el gusto a su Hijo: la medida exacta de aquél condimento, la cantidad de agua, la bebida preferida, etc.

Recibir al Señor en nuestra casa. Servirle con nuestro trabajo. ¡Qué maravilla, aquella mañana de labor, toda ella dedicada a Jesucristo! También nosotros podemos ofrecerle a Dios todo lo que hacemos, por insignificante que parezca: los pequeños deberes familiares, la jornada laboral, las reuniones de amigos, los desplazamientos, las contradicciones diarias, podemos ponerlo cada día en la patena, donde el sacerdote pone el pan que es “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. 

Viene a la memoria, también por el tipo de trabajo de Marta, aquél punto de Surco (n. 498): “Me escribes en la cocina, junto al fogón. Está comenzando la tarde. Hace frío. A tu lado, tu hermana pequeña —la última que ha descubierto la locura divina de vivir a fondo su vocación cristiana— pela patatas. Aparentemente —piensas— su labor es igual que antes. Sin embargo, ¡hay tanta diferencia! —Es verdad: antes "sólo" pelaba patatas; ahora, se está santificando pelando patatas”.

Marta habría previsto un cierto orden del día, habría pedido ayuda a algunas vecinas para servir la mesa, etc. Y contaba, desde luego, con el apoyo de sus hermanos Lázaro y María. Lo que no había presupuestado es que María, una vez llegado Jesús, se sentaría a sus pies, para escuchar su palabra. ¿Acaso no se daba cuenta de la cantidad de cosas por hacer? Marta andaba afanada con numerosos quehaceres… La habría mirado insistentemente, para hacerle señales de que se levantara y ayudara en los servicios. Habría tosido; al pasar por su lado, le habría dado una pequeña patadita o un rodillazo –suave, fraterno- en la espalda para ver si espabilaba.

Ante la inutilidad de todos sus esfuerzos, aprovechó la confianza que tenía con el Señor –que se había dado cuenta de todo, desde el comienzo y sonreiría por dentro viéndola refunfuñar- y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

Ya sabemos que la pobre Marta no queda muy bien parada en esta escena. Pero también podemos aprender de ella a dirigirnos al Señor con la confianza con que tratamos a un hermano, a un amigo, para decirle lo que nos acongoja, nuestras preocupaciones, ¡nuestras intolerancias! Ojalá aprendiéramos a tratar a Jesús con esa familiaridad: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude.

3. Pero el Señor le respondió: —Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada.

Jesucristo la trata con cariño. Los exegetas se fijan en esa reduplicación de su nombre, cariñosa y exigente a la vez. Jesús le agradece todo lo que está haciendo por Él, pero a la vez le deja claro –nos enseñas también a nosotros hoy, Señor- que una sola cosa es necesaria: la vida interior, la oración atenta, buscar continuamente la contemplación del rostro del Maestro.

La interpretación tradicional suele ser excluyente: María hizo bien, Marta hizo mal. Pero no es eso exactamente lo que enseña Jesús: María ha escogido la mejor parte, pero no quiere decir que la parte de su hermana sea mala o que separe del Señor. Es lo que predicaba San Josemaría, por ejemplo cuando decía a las mujeres que se dedican a las tareas domésticas: “No os puedo decir a vosotras, mis hijas, lo que decía el Señor a Marta (cfr. Lc 10, 40-42), porque, en todas vuestras actividades, también al ocuparos de los trabajos de la casa, sin congojas ni miras humanas, tenéis siempre presente –porro unum est necessarium (Lc 10, 42)– que sólo una cosa es necesaria y, como María, habéis también escogido la mejor parte, de la que jamás seréis privadas: porque tenéis vocación de almas contemplativas, en medio de los quehaceres del mundo”.

A esta unión del trabajo con la contemplación la llamó “unidad de vida”. Y Mons. Álvaro del Portillo explicaría que «entre las ocupaciones temporales y la vida espiritual, entre el trabajo y la oración, no puede existir sólo un "armisticio" más o menos conseguido; tiene que darse plena unión, fusión sin residuo. El trabajo alimenta a la oración y la oración "embebe" el trabajo. Y esto hasta el punto de que el trabajo en sí mismo, en cuanto servicio hecho al hombre y a la sociedad - y, por tanto, con las más claras exigencias de profesionalidad - , se convierte en oración agradable a Dios» (Trabajo y oración, en Revista Palabra, Mayo 1986, p. 30).

Este es un punto clave para personas como nosotros, que queremos encontrar la santidad en medio del mundo. Cuenta una mujer dedicada a la política que descubrió este aspecto en su proceso de retomar su fe católica, gracias al ejemplo de un colega suyo que se esforzaba por fusionar el trabajo con la oración: “yo montaba dos caballos que se movían en direcciones opuestas. Uno de ellos se dirigía hacia una vida católica serena e íntima, de Misa y oración; el otro solo estaba a gusto en el mundo de la acción del trabajo, de los negocios, de la política. Era esquizofrénica y no podía seguir así. (...) En mitad de todo esto vislumbré un poco de lo que entraña la unidad de vida en alguien que incluso hablaba de que esta era una vocación específica de los laicos. Para mí fue como cruzar la vida en una boya hasta alta mar. Sabía que la palabra clave era "vocación". (Matlary JH. El amor escondido, p. 110).

Para lograr esta unidad de vida, es muy importante la fidelidad al plan de vida espiritual, a las Normas de piedad: la oración, de la que ya hablamos; la Santa Misa, el rezo del Santo Rosario, la lectura espiritual, el examen de conciencia. Son momentos en los que retomamos la fuerza divina para convertir el trabajo en oración. Y al revés: el trabajo será también tema de nuestro diálogo con el Señor, palestra en la que ejercitaremos las virtudes y los propósitos formulados en los ratos de piedad. Eso es ser “contemplativos en medio del mundo”. Así, dice San Josemaría, “os ensimismaréis como María, pendiente de las palabras de Jesús o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sinceramente vuestras inquietudes, hasta las más pequeñas” (Amigos de Dios, n. 222).

Terminemos nuestra oración acudiendo a la Santísima Virgen, maestra de unidad de vida. ¡Qué bien logró esa fusión entre trabajo y oración!: todo lo hacía pensando en su Hijo, para dedicárselo, para cuidarlo, para ofrecerlo en corredención. Y con qué cariño lo trataría, con qué piedad escucharía sus comentarios… Pidámosle a Ella que escuchemos, como dirigidas a nosotros, unas palabras que resumen la predicación de San Josemaría: «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de nosotros descubrir (...). No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca» (Conversaciones, n. 114).

sábado, junio 14, 2008

Doce Apóstoles, columnas de la Iglesia

Explica I. de la Potterie (María nel mistero dell’Alleanza) que «la idea fundamental de toda la Biblia es que Dios quiere establecer una Alianza con los hombres (…) Según la fórmula clásica, Dios dice a Israel: “Vosotros seréis mi pueblo y Yo seré vuestro Dios”. Esta fórmula expresa la pertenencia recíproca del pueblo a Dios y de Dios a su pueblo».
 
Las lecturas del ciclo A para el XI Domingo formulan esa misma idea: En primer lugar, en el Éxodo (19, 2-6a) se presentan las palabras del Señor a Moisés: «si me obedecéis fielmente y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía; seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa». Y el Salmo 99 responde: «El Señor es nuestro Dios, y nosotros su pueblo. Reconozcamos que el Señor es Dios, que él fue quién nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño». 

El Evangelio de Mateo (9, 36-38; 10, 1-8) complementa ese cuadro del Antiguo Testamento, con la elección de los doce apóstoles: «Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces les dijo a sus discípulos: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones: —No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente».
¿Por qué ese número? El Papa actual lo ha explicado en varias ocasiones: «El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos». 

En Pentecostés, señala que hay 120 discípulos: «A este «nuevo Israel» alude claramente el número total de las personas, que era de «unos ciento veinte», múltiplo del «doce» del Colegio apostólico. El grupo constituye una auténtica qahal, una «asamblea» según el modelo de la primera Alianza, la comunidad convocada para escuchar la voz del Señor y seguir sus caminos». Por último, en el Apocalipsis aparecen «los doce cimientos de la ciudad, sobre los cuales están los nombres de los doce Apóstoles. Los cimientos de la ciudad no son piedras materiales, sino seres humanos: son los Apóstoles con el testimonio de su fe. Los Apóstoles siguen siendo los cimientos de la nueva ciudad, de la Iglesia, mediante el ministerio de la sucesión apostólica: mediante los obispos».

El Compendio del Catecismo de la Iglesia explica la actualidad de esta doctrina, en el capítulo sobre la Iglesia, entendida como el nuevo Israel construido sobre el fundamento de los doce apóstoles: «Con el término «Iglesia» se designa al pueblo que Dios convoca y reúne desde todos los confines de la tierra, para constituir la asamblea de todos aquellos que, por la fe y el Bautismo, han sido hechos hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo» (n. 147). 

Allí se explica el papel de los Obispos, como veíamos antes que ha señalado el Papa. Pero además se enumeran las funciones de los laicos en su papel de construir también ellos la Iglesia de hoy: «Los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados» (n. 188).

Y las tres funciones de los laicos son del mismo tenor que las de los miembros de la jerarquía, aunque cada uno a su modo: todos tenemos que participar en la misión sacerdotal, profética y regia de Cristo: «Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo» (n. 189). 

También participan los laicos «en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (Lumen Gentium 35)» (n. 190).

Por último, «los laicos participan en la misión regia de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen diversos ministerios al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad» (n. 191).

jueves, julio 19, 2007

Marta y María. Acoger a Dios.


Uno de los diagnósticos más certeros del mundo actual es el que hace Benedicto XVI. De diversas formas ha expresado que el problema central se encuentra en que el ser humano se ha alejado de Dios. Se ha puesto a sí mismo en el centro, y ha puesto a Dios en un rincón, o lo ha despachado por la ventana. En la vida moderna, marcada de diversas maneras por el agnosticismo, el relativismo y el positivismo, no queda espacio para Dios. 

En la Sagrada Escritura aparecen, por contraste, varios ejemplos de acogida amorosa al Señor. En el Antiguo Testamento (Gn 18,1-10) es paradigmática la figura de Abrahán, al que se le aparece el Señor. Su reacción inmediata es postrarse en tierra y decir: "Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte”. No repara en la dificultad que supone una visita a la hora en que hacía más calor, no piensa en su comodidad sino en las necesidades ajenas. Ve la presencia de Dios en aquellos tres ángeles, y recibe como regalo la promesa de la concepción de Isaac.

En el Evangelio hay una escena de algún modo paralela. Quien la narra es Lucas (10,38-42), justo después de la parábola del Buen Samaritano. Es como una concreción, en la vida real, del mandamiento del amor al prójimo ilustrado con el relato previo: “Cuando iban de camino entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta andaba afanada con numerosos quehaceres y poniéndose delante dijo: —Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude. Pero el Señor le respondió: —Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”.

A primera vista, las palabras de Jesús pueden entenderse como un cariñoso reproche al activismo de Marta. Pero el contexto en que la liturgia resalta su acogida del Maestro hace ver que se trata de una doble llamada: «Aquélla se agitaba, ésta se alimentaba, aquélla disponía muchas cosas, ésta sólo atendía a una. Ambas ocupaciones eran buenas» (S. Agustín, Serm. 103,3). El discípulo de Cristo debe acogerlo en su vida, como hizo Marta; pero es necesario, ante todo, estar atento a sus palabras como hizo María. Esto último es prioritario. Por eso dice Jesús que ella escogió la mejor parte. 

San Josemaría lo comenta en Amigos de Dios, 222: "Para acercarse al Señor a través de las páginas del Santo Evangelio, recomiendo siempre que os esforcéis por meteros de tal modo en la escena, que participéis como un personaje más. Así —sé de tantas almas normales y corrientes que lo viven—, os ensimismaréis como María, pendiente de las palabras de Jesús o, como Marta, os atreveréis a manifestarle sinceramente vuestras inquietudes, hasta las más pequeñas".

Mucho antes, en Camino, n. 89, había escrito: “"María escogió la mejor parte", se lee en el Santo Evangelio. —Allí está ella, bebiendo las palabras del Maestro. En aparente inactividad, ora y ama. —Después, acompaña a Jesús en sus predicaciones por ciudades y aldeas. Sin oración, ¡qué difícil es acompañarle!”

Y, por último, en Surco 454: “Agradece al Señor el enorme bien que te ha otorgado, al hacerte comprender que "sólo una cosa es necesaria". Y, junto a la gratitud, que no falte a diario tu súplica, por los que aún no le conocen o no le han entendido”.

Acoger a Jesús, como lo hacían aquellos tres hermanos de Betania. Que sepamos encontrarle en el Sagrario, como le encontraban ellos en su casa: hablando de sus cosas, pendientes de sus consejos, dispuestos a servirle a Él y a los suyos. De todo esto nos habla el Evangelio de Marta y María. Acoger a Dios como Abrahán, a cualquier hora del día, en medio del trabajo, tener conciencia de estar frente a Él. 

Benedicto XVI pone como ejemplo la vida de María, la Madre de Jesús. En el n. 41 de la Encíclica Deus Caritas Est, afirma cuál es “todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor (cf. Lc 1,38.48). Sabe que contribuye a la salvación del mundo, no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios”.

sábado, septiembre 02, 2006

Los Mandamientos: ¿afirmación o amenaza?


La Oración Colecta del Domingo XXII alaba a Dios por su misericordia, que es "el límite del mal", según la convicción del Beato Juan Pablo IIEsa misericordia, de acuerdo con las lecturas de hoy, se manifiesta en los mandamientos. 

Sin embargo, para cumplirlos a fondo hace falta pedir, ante todo, el don del Espíritu Santo como condición para crecer y perseverar en la unión con Él: Dios misericordioso, de quien procede todo lo bueno; inflámanos con tu amor y acércanos más a ti, a fin de que podamos crecer en tu gracia y perseveremos en ella.

Las lecturas hablan de los mandamientos, tema de discusión en la sociedad moderna. Se ven como prohibiciones, negaciones, cuestiones retrógradas en un mundo libre. En su primera entrevista como Pontífice, en agosto de 2005, Benedicto XVI anunciaba que su principal objetivo al viajar a Colonia para encontrarse con más de un millón de jóvenes era mostrar lo contrario: 

«Quisiera mostrarles lo bonito que es ser cristianos, ya que existe la idea difundida de que los cristianos deben observar un inmenso número de mandamientos, prohibiciones, principios, etc., y que por lo tanto el cristianismo es, según esta idea, algo que cansa y oprime la vida y que se es más libre sin todos estos lastres». 

En otra ocasión, el Papa explicaba que los Mandamientos no son negaciones, sino afirmaciones; no son motivo de vergüenza para el creyente, sino de alegría, pues marcan un sentido para la vida: «Podríamos decir que el rostro de Dios, el contenido de la cultura de la vida, el contenido de nuestro gran "sí", se expresa en los diez Mandamientos, que no son un paquete de prohibiciones, de "no", sino que presentan en realidad una gran visión de vida. Son un "sí" a un Dios que da sentido al vivir (los tres primeros mandamientos); un "sí" a la familia (cuarto mandamiento); un "sí" a la vida (quinto mandamiento); un "sí" al amor responsable (sexto mandamiento); un "sí" a la solidaridad, a la responsabilidad social, a la justicia (séptimo mandamiento); un "sí" a la verdad (octavo mandamiento); un "sí" al respeto del otro y de lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos)».

En la primera lectura se considera el discurso de Moisés antes de que su pueblo entrara en la tierra prometida. El autor sagrado (Dt 4,1-2.6-8) presenta los mandamientos en el contexto de la prerrogativa que supone ser el pueblo elegido por Dios. Antes ha narrado el cariño de Dios por sus hijos, demostrado a lo largo de la travesía por el desierto. La especial cercanía del pueblo hebreo con el Señor se manifiesta en que Él les ha manifestado su voluntad al revelar sus palabras, sus preceptos, sus mandamientos: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos. ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»
 
Complementario es el Salmo 14, que identifica la mirada grata de Dios con el cumplimiento de la Ley: Salmo 14. ¿Quién será grato a tus ojos, Señor? El que procede honradamente y obra con justicia; el que es sincero en sus palabras y con su lengua a nadie desprestigia. Quien no hace mal al prójimo ni difama al vecino; quien no ve con aprecio a los malvados, pero honra a quienes temen al Altísimo. Quien presta sin usura y quien no acepta soborno en perjuicio de inocentes, ése será agradable a los ojos de Dios eternamente.

En el Nuevo Testamento, el consejo del Apóstol Santiago (1,17-27) es idéntico, solo que pone el énfasis en las obras que manifiestan la fe: Poned en práctica la Palabra. “Hermanos: recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Pero tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos. Porque quien considera atentamente la ley perfecta de la libertad y persevera en ella, ése será bienaventurado al llevarla a la práctica”.

Benedicto XVI lo expresa en su primera Encíclica (nn. 19-20): “«Ves la Trinidad si ves el amor», escribió san Agustín […] El amor al prójimo, enraizado en el amor a Dios, es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor”.

Contemplando las discusiones de Jesús con los fariseos cuando se iba acercando el final de su vida pública, vemos claramente que la Ley era una preparación para recibir el Evangelio: Por su propia voluntad, el Padre nos engendró por medio del Evangelio, para que fuéramos, en cierto modo, primicias de sus criaturas. Pero corremos el riesgo de quedarnos en la mera palabrería, en el legalismo o en el fingimiento. Una vez más, san Marcos (7,1-23) describe el distanciamiento entre Jesús y los hipócritas, aquellos que aparentaban (literalmente “se ponían la máscara”) de piadosos, pero no actuaban en consecuencia. 

Un llamado de atención para nosotros que, si nos descuidamos, podemos ser los fariseos de hoy que actúan para la tribuna: Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones humanas: Bien profetizó Isaías de vosotros, los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos.  Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres". Hemos hablado de cumplir los mandamientos, pero con espíritu humilde, para no caer en la hipocresía.

San Ireneo recuerda que, tanto en la Ley como en el Evangelio, el primero y principal mandamiento es amar a Dios; por lo cual Pablo dice que amar –a Dios y al prójimo- es cumplir la ley entera. En el mismo sentido, el Salmo 143 habla de cantar para el Señor con el arpa de diez cuerdas, que son los mandamientos. Benedicto XVI lo glosa con palabras de San Agustín, señalando que la caridad es la clave para afinar las diez cuerdas, que son los mandamientos: 

«El arpa de diez cuerdas es para él la ley, compendiada en los diez mandamientos. Pero de estas diez cuerdas, de estos diez mandamientos, tenemos que encontrar la clave adecuada. Sólo si se hacen vibrar estas diez cuerdas, estos diez mandamientos, con la caridad del corazón suenan bien. La caridad es la plenitud de la ley. Quien vive los mandamientos como dimensiones de la única caridad, canta realmente el «canto nuevo». La caridad que nos une a los sentimientos de Cristo es el verdadero «canto nuevo» del «hombre nuevo», capaz de crear también un «mundo nuevo». Este Salmo nos invita a cantar con «el arpa de diez cuerdas», con un nuevo corazón, a cantar con los sentimientos de Cristo, a vivir los diez mandamientos en la dimensión del amor, a contribuir así a la paz y a la armonía del mundo».

Acudamos a la Virgen Santísima, "espejo de justicia", de santidad, como la llamamos en las letanías del Rosario. Ella nos alcanzará del Señor la gracia de inflamarnos en su amor y de acercarnos más a Él. Si miramos el ejemplo, que la Virgen nos brinda, de obediencia rendida a la voluntad de Dios, podremos de verdad crecer en la gracia y perseverar en ella.