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lunes, septiembre 01, 2008

Corrección fraterna


Todos tenemos una imagen popular del amor y de la amistad que incluye varias características: cariño, compañía, apoyo, compartir, ratos amables, diversión, alegría, intimidad. Todas son verdaderas y muestran la importancia para nuestra vida de tener buenos amigos y de ser, ojalá para bastantes personas, otros hermanos que hagan llevaderas las dificultades de la vida.

Pero con frecuencia se olvida que el verdadero amor, la verdadera amistad, también son exigentes, pues buscan el bien de la persona querida. El verdadero cariño supera la imagen dulzona: es fuerte, va más allá del sentimiento y del pasarlo bien. Parte de esa fortaleza se nota en la sinceridad para decirle a la persona amada lo que no funciona, sus defectos, sus errores, para ayudarle a mejorar. De esto habla también el mejor amigo de la historia, Jesucristo.

En el penúltimo de los cinco grandes discursos en que está estructurado su discurso, Mateo (18, 15-20) explica las enseñanzas de Jesús sobre la Iglesia. Habla de hacerse pequeños —no aniñados, sino “pequeños que creen en mí” —, de recuperar a la oveja perdida, de perdonar las ofensas, pero sin dejar de corregir al que yerra: “Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano”.

Cuánto cuesta, a veces, corregir a solas a otra persona. Es más fácil criticarla a sus espaldas o, inclusive, decirle de frente sus errores, pero delante de la gente, para que se entere, y para que quede claro que somos fuertes. Pero no es ése el estilo del Evangelio: Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Los santos y Padres de la Iglesia lo entendieron desde el primer momento. Así, por ejemplo, dice San Ambrosio: “Aprovecha más la corrección amiga que la acusación violenta: aquella inspira compunción, ésta excita la indignación”.

En ocasiones, corregir puede ser obligación, más que simple conveniencia. Así se lo exigía el Señor a los profetas, por ejemplo, a Ezequiel (33,7-9): “A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela sobre la casa de Israel: escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte. Si digo al impío: «Impío, vas a morir», y no hablas para advertir al impío de su camino, este impío morirá por su culpa, pero reclamaré su sangre de tu mano. Pero si tú adviertes al impío para que se aparte de su camino y no se aparta, él morirá por su culpa pero tú habrás salvado tu vida”. También el Salmo 94 llama la atención en el mismo sentido: “ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón”.

Es un punto clave para las personas que deben dirigir cualquier grupo humano, llámese familia, empresa, equipo, fraternidad: “Se esconde una gran comodidad —y a veces una gran falta de responsabilidad— en quienes, constituidos en autoridad, huyen del dolor de corregir, con la excusa de evitar el sufrimiento a otros. Se ahorran quizá disgustos en esta vida..., pero ponen en juego la felicidad eterna —suya y de los otros— por sus omisiones, que son verdaderos pecados” (San Josemaría, Forja, 577).

Llama la atención el cuidado con el que el Señor da diversos consejos sobre el modo de hacer la corrección fraterna: con humildad, delicadeza y cariño. San Agustín hablaba de la primera virtud, invitando a examinarnos, pues muchas veces nos damos cuenta precisamente de los puntos que más nos faltan a nosotros mismos: “Cuando tengamos que reprender a otros, pensemos primero si hemos cometido aquella falta; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y que hemos podido cometerla. O si la hemos cometido en otro tiempo, aunque ahora no la cometamos. Y entonces tengamos presente la común fragilidad, para que la misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección”. Y San Josemaría enseñaba que cuando debamos hacer la corrección fraterna, “ha de estar llena de delicadeza —¡de caridad!— en la forma y en el fondo, pues en aquel momento eres instrumento de Dios” (Forja, 147) .

Pero la humildad no es necesaria solo para hacer la corrección fraterna. También hace falta ¡y más! para recibirla. Entre más nos duela, más razón tiene quien nos corrige, seguro. Por eso predicaba San Cirilo que “la reprensión que hace mejorar a los humildes, suele parecer intolerable a los soberbios”. 


Pero no se trata solo de una humildad de dientes para afuera, que sería más de buena educación. El Cardenal Pecci, futuro Papa León XIII, aconsejaba vivir la humildad para seguir el consejo recibido: “No habiendo cosa más provechosa para el progreso espiritual que el ser advertido de los propios defectos, es muy conveniente y necesario que los que te hayan hecho alguna vez esta caridad se sientan estimulados por ti a hacértela en cualquier ocasión. Después de que hayas recibido con muestras de alegría y de reconocimiento sus advertencias, imponte como un deber el seguirlas, no solo por el beneficio que reporta el corregirse, sino también para hacerles ver que no han sido vanos sus desvelos y que tienes en mucho su benevolencia. El soberbio, aunque se corrija, no quiere aparentar que ha seguido los consejos que le han dado, antes bien los desprecia; el verdadero humilde tiene a honra someterse a todos por amor de Dios, y observa los sabios consejos que recibe como venidos de Dios mismo, cualquiera que sea el instrumento de que El se haya servido (Práctica de la humildad, 41)”.

sábado, septiembre 02, 2006

La corrección fraterna o “exhortación mutua”


En el Nuevo Testamento, el Apóstol Santiago (1,17-27) da ejemplo de preocupación por su grey: Pongan en práctica la Palabra. Hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de lo alto, del Creador de la luz, en quien no hay ni cambios ni períodos de sombra. Por su propia voluntad nos engendró, por medio del Evangelio, para que fuéramos como la primicia de sus criaturas. Acepten dócilmente la Palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos. Pongan en práctica esa Palabra y no se limiten a escucharla, engañándose a ustedes mismos. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre consiste en visitar a huérfanos y viudas en sus tribulaciones y en guardarse de este mundo corrompido”

Orígenes profundiza en el sentido del amor a Cristo que significa preocuparse por el bienestar espiritual de nuestros hermanos: "Cuando preparamos nuestro corazón con las diversas virtudes para acogerle a él o a los suyos, ya lo estamos recibiendo a Él mismo como peregrino en la casa de nuestro corazón. (...) Cuando visitamos a alguno de nuestros hermanos débiles, y con nuestras reflexiones, reprensiones, consuelos o con la plegaria o bien con una obra buena lo hemos inducido a mejorar en Cristo, hemos visitado al mismo Cristo y lo hemos reconfortado en su enfermedad". 

Y Jesús no se para en contemplaciones a la hora de hablar con claridad a los fariseos, para hacerles ver la hipocresía en que andan metidos (Marcos (7, 1-23): Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones humanas. “En aquel tiempo se acercó a Jesús un grupo de fariseos y algunos letrados de Jerusalén y vieron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavárselas. Así que los fariseos y los letrados le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de los antepasados?" Jesús les contestó: "Qué bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios y siguen las tradiciones de los hombres". 

El Papa Benedicto XVI, comenta –en un encuentro con Obispos- la segunda Epístola a los Corintios (2 Co 13, 11: Hermanos, alegraos; sed perfectos; exhortaos mutuamente; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros): «Exortamini invicem». La corrección fraterna es una obra de misericordia. Ninguno de nosotros se ve bien a sí mismo ni ve bien sus faltas. Y por eso es un acto de amor útil para constituir el complemento el uno del otro, para ayudarnos a vernos mejor, a corregirnos. Pienso que una de las funciones de la colegialidad es precisamente la de ayudarnos, también en el sentido del imperativo precedente, la de conocer las lagunas que nosotros mismos no queremos ver - «Ab occultis meis munda me» dice el Salmo - de ayudarnos para que nos abramos y podamos ver estas cosas.

Naturalmente, esta gran obra de misericordia de ayudarnos los unos a los otros para que cada uno pueda realmente encontrar la propia integridad, la propia funcionalidad como instrumento de Dios, exige mucha humildad y amor. Sólo se conseguirá si viene de un corazón humilde que no se pone por encima del otro, no se considera mejor del otro, sino sólo instrumento para ayudarse recíprocamente. Sólo si se siente esta profunda y verdadera humildad, si se siente que estas palabras vienen del amor común, del afecto colegial en el cual queremos servir juntos a Dios, podremos, en este sentido, ayudarnos con un gran acto de amor. También aquí el texto griego añade algunos matices, la palabra griega es «Paracaleisthe»; es la misma raíz de la cual también viene la palabra «Paracletos, paraclesi», consolar. No sólo corregir, sino también consolar, compartir los sufrimientos del otro, ayudarlo en las dificultades. Y también esto me parece un gran acto de verdadero afecto colegial. En las tantas situaciones difíciles que nacen hoy en nuestra pastoral, alguno se encuentra realmente un poco desesperado, no ve cómo puede ir adelante. En aquel momento tiene necesidad de consuelo, tiene necesidad de que alguien esté con él en su soledad interior y cumpla la obra del Espíritu Santo, del Consolador: la de dar coraje, la de acompañarnos, apoyarnos mutuamente, ayudados por el Espíritu Santo mismo que es el gran Paráclito, el Consolador, nuestro Abogado que nos ayuda. Por lo tanto, es una invitación a hacer nosotros mismos «ad invicem» la obra del Espíritu Santo Paráclito. (Benedicto XVI, Homilía 03-10-05)

De San Josemaría cuenta su biógrafo Vásquez de Prada que, uno de los puntos en que no transigía, era el mal gusto y la chabacanería. Tampoco se hacían esperar las correcciones en los temas que lindaban con la ordinariez. A este propósito cuenta Jesús Urteaga que, al regresar el Padre cierto día a Diego de León, se encontró con un desagradable olor a pescado frito por toda la casa. No me importa —dijo— que coman sardinas. Pero no consiento que la casa huela a sardinas. En una de las residencias de mujeres en Roma había un busto de yeso dorado, con peluca, a lo Luis XIV. Además de feo no era apropiado en la decoración de la casa. El Padre lo vio e invitó a sus hijas a que lo dejaran caer, como por descuido. Cosa que hicieron con sumo gusto. En cambio, guardaba las cosas humildes, de las que sacaba lección por su simbolismo.