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lunes, enero 09, 2017

Navidad y Cruz

El misterio de la Navidad, con la explosión de alegría y de paz que le caracteriza, tiene un aspecto que es poco mencionado: el dolor que porta desde el primer momento.
Jesucristo se encarna en unas coordenadas históricas concretas, y esa realidad histórica también incluía que, como fruto amargo del pecado original, el ser humano experimentara el dolor y el sufrimiento sin mayor sentido que el de la necesaria, pero insuficiente, reparación a Dios por los pecados de todos los tiempos.
Sin embargo, Jesús, el Salvador —ese es el significado de su nombre—, vino precisamente para liberarnos de esas cadenas del pecado, para justificar nuestras culpas y para asociarnos a su redención. Por eso vemos que toda su existencia, también la infancia y la vida oculta, está marcada con la señal de la Cruz, a la que están siempre unidos los que le están cercanos.
Ya en los prolegómenos de su venida, cuando el Ángel Gabriel le anuncia a Zacarías la concepción de su hijo, que será el precursor del Mesías, la falta de fe del anciano sacerdote le ocasiona quedarse mudo hasta el nacimiento de su hijo.
Para María de Nazaret tampoco fue sencilla, ni exenta de contradicciones, la decisión de permanecer virgen al ver que Dios la llamaba por ese camino, pues quedaba expuesta a las burlas de sus coterráneas por no ser capaz de engendrar al Mesías.
Al recibir el mensaje del Ángel en la Anunciación, experimentó otro dolor: la posibilidad de perder el apoyo de José. Ese silencio prudente, de guardar para sí el misterio de la Encarnación del Verbo en su vientre, nos habla de otra dimensión del espíritu de penitencia: la mortificación interior, la lucha por controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad:
«Si la imaginación bulle alrededor de ti mismo, crea situaciones ilusorias, composiciones de lugar que, de ordinario, no encajan con tu camino, te distraen tontamente, te enfrían, y te apartan de la presencia de Dios. —Vanidad.
Si la imaginación revuelve sobre los demás, fácilmente caes en el defecto de juzgar —cuando no tienes esa misión—, e interpretas de modo rastrero y poco objetivo su comportamiento. —Juicios temerarios.
Si la imaginación revolotea sobre tus propios talentos y modos de decir, o sobre el clima de admiración que despiertas en los demás, te expones a perder la rectitud de intención, y a dar pábulo a la soberbia.
Generalmente, soltar la imaginación supone una pérdida de tiempo, pero, además, cuando no se la domina, abre paso a un filón de tentaciones voluntarias.
—¡No abandones ningún día la mortificación interior!» (S, n. 135).
Inmediatamente después de la Anunciación, María subió a visitar a la prima Isabel, con un viaje sacrificado, al que siguieron las contradicciones propias del trabajo doméstico en una casa ajena, al servicio de dos personas ancianas: la prima embarazada y el esposo mudo.
Sin embargo, la actitud de María no es de queja por el destino que el Señor le ha marcado. Al contrario, descubre en aquellas tribulaciones el amor de Dios, y por eso reacciona siempre con alegría, con una sonrisa que se explaya en el canto del Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Las contradicciones, bien llevadas, con amor de Dios, deben manifestarse en el rostro alegre: «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con Él y de tenerlo» (S, n. 95).
Como esa Cruz va cayendo sobre los seres más amados, el patriarca san José también la recibió. Entre sus famosos «dolores y gozos», destaca el dolor de dejar a María, de apartarse —en su humildad— ante el misterio de la concepción virginal, del cual se consideraba indigno de participar. Después de la confirmación de su papel como padre putativo de Jesús por parte del Ángel (le pondrás por nombre Jesús) llegó un nuevo viaje, el ascenso a Belén para cumplir humildemente con los caprichos del emperador extranjero, el censo.
La estrella de Belén y el coro de la legión angelical, que acompañaron el Nacimiento de Jesús, no lograron opacar o esconder la pobreza y humildad, el sacrificio del Verbo eterno, ya no solo al abajarse al nivel del ser humano, sino al nacer como el más pobre de los pobres, entre los animales. Se cumplen desde el primer momento las palabras de san Efrén el sirio: «la divinidad se escondió bajo la humanidad para poder llegar hasta la muerte» (Sermo de Domini Nativitate).
Uno podría pensar que la visita de los magos, con el oro que portaban como ofrenda al verdadero Rey y Dios, sería una nota de alegría en medio de un panorama tan oscuro. La verdad es que, cuando se tiene vida sobrenatural, el dolor forma parte del gozo, como las sombras resaltan la luz en una pintura o los silencios fortalecen las grandes sinfonías: la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz (Cf. ECP, n. 43; F, n. 28). Además, en medio de las dificultades, María y José eran conscientes de que estaban cumpliendo la voluntad del Padre, ¡qué mejor motivo de alegría! Y tenían como bálsamo nada menos que el amor de Jesús.
Don Julián Herranz (2011, p. 157) cuenta una anécdota que ilustra esta verdad: un día, mientras predicaba, san Josemaría lo interrumpió de modo extraordinario, pues casi nunca lo hacía, porque había dicho reiteradamente la palabra «tribulaciones”: «Tribulaciones, tribulaciones… No, hijo mío. Esa palabra no me gusta: con frecuencia sirve para disimular la falta de Amor». No dijo más. El futuro cardenal Herranz terminó la meditación en un tono menos sombrío, y al salir del oratorio, san Josemaría le pidió disculpas con una sonrisa por haberle interrumpido, y le explicó: «Es que las almas poco generosas consideran tribulaciones lo que en realidad es una bendición divina, porque el Señor bendice con la Cruz».
Volviendo a la Epifanía, vemos que, junto con el oro —que serviría poco después para paliar las dificultades del traslado e instalación en Egipto—, los magos también portaron incienso, como signo de admiración al Dios hecho Niño, sumo sacerdote, pero además llevaron mirra, «que profetizaba su muerte y sepultura» (LH). Acerca de este presente, san Josemaría explicaba que la mirra es la mortificación, amar la Cruz, saberse fastidiar gustosamente por Cristo, aunque cueste y porque cuesta:
«esa mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos —contrariedades, dificultades, sinsabores—, a lo largo de cada día» (ECP, n. 37).
Es lo que vemos en la vida cotidiana de la sagrada Familia. Como si los problemas que hemos visto hasta ahora fueran pocos, más adelante tuvieron que partir hacia Egipto, huyendo del peligro certero de muerte a causa de la soberbia asesina de Herodes. Parece como si, con el martirio de los inocentes, el diablo quisiera vengarse, al intuir que la redención se estaba empezando a actuar en el mundo. La respuesta de José es otra materialización de la cruz: la obediencia, que es «la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios» (S, n. 259).
La existencia de la Sagrada Familia fue una vida de desplazados, de inmigrantes. Y cuando lograron estar instalados, después de unos años viviendo en África, llegó el momento de regresar a casa, para recomenzar de nuevo. Si sufrimos solo con imaginarlo, ¡cómo habría sido de duro el vivirlo!: Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Aunque cueste, da tranquilidad saber que se cumple la voluntad de Dios. Pero andar por esa vía no quiere decir que se encuentre libre de obstáculos. Casi podríamos decir que sucede al contrario: "Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret". En esas circunstancias, sería fácil reaccionar de mala manera, preguntándose qué sentido tendría tanta contradicción. Pues resulta que lo tiene, aunque a veces no nos enteremos a las primeras de cambio. Fue lo que sucedió en este caso: "Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno".
En Nazaret vivirían el martirio de la vida ordinaria, materializado ya no en las grandes vicisitudes que hemos contemplado, sino en la lucha diaria por crecer en virtudes: el ejemplo, el servicio, el trabajo, la oración, el amor mutuo. Y por esa razón, la Sagrada Familia es el mejor modelo para tomar la Cruz de cada día en nuestra vida ordinaria:
«no seremos santos, si no nos unimos a Cristo en la Cruz: no hay santidad sin Cruz, sin mortificación. Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia» (San Josemaría, Carta 24-III-1930, n. 15. Citado por Berglar, P. [1987]. Opus Dei. Madrid: Rialp, p. 100).
En medio de ese martirio ordinario, hubo un evento que marcó la historia de la Sagrada Familia; tanto, que la lglesia lo toma como uno de los misterios gozosos del Rosario: la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo, a los doce años. ¡Cuánto habrán padecido María y José!, no echándose mutuamente la culpa de la pérdida, sino haciéndose responsables personalmente, y sufriendo por el dolor de los otros dos: del cónyuge y del hijo. San Juan Pablo II, meditando sobre esta escena, dice que la Virgen no riñó a Jesús, sino que lo observó con «mirada interrogadora». El misterio de la Cruz sigue aleteando sobre la historia de ese hogar: «La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, “no comprendieron” sus palabras (Lc 2, 50)» (RVM, n. 20).
Más adelante vendría la muerte de José, el cambio de circunstancias familiares. Una nueva dificultad para el proyecto evangelizador que Jesús habría previsto, una nueva ocasión de crecer en gracia y sabiduría, en identificación con la voluntad del Padre.
Y para no seguir en esta meditación hasta el holocausto perfecto que fue el sacrificio en la Cruz —tema que consideramos con profundidad en Semana Santa—, podemos quedarnos en el bautismo de Jesús, que es la fiesta con la cual la Iglesia concluye el periodo navideño. Las representaciones orientales de este misterio de la vida de Cristo dibujan a Jesús, al descender al Jordán, como si se acostara en un ataúd. De esa manera significan la dimensión sacrificial del bautismo.
Benedicto XVI explicaba el sentido profundo de este pasaje de la vida de Cristo, que «se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su “bautismo”. En efecto, al morir se “sumergió” en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna» (Ángelus, 13-01-2008).

En muchos de estos pasajes, los evangelistas concluyen diciendo que María conservaba todas estas cosas en su corazón. Acudamos a Ella, para terminar este rato de meditación: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (ECP, n. 174).

viernes, septiembre 20, 2013

El perdón de la mujer pecadora

El primer Ángelus que pronunció el papa Francisco después de su elección, estuvo marcado por una palabra: misericordia. Y aquel mediodía del domingo 17 de marzo, con apenas cuatro días de pontificado, contó una anécdota que aún perdura en quienes la escucharon: «Recuerdo que, en 1992, apenas siendo Obispo, (…) se acercó una señora anciana, humilde, muy humilde, de más de ochenta años. La miré y le dije: “Abuela, ¿desea confesarse? Sí, me dijo. Pero si usted no tiene pecados…”. Y ella me respondió: “Todos tenemos pecados”. Pero, quizá el Señor no la perdona... “El Señor perdona todo”, me dijo segura. Pero, ¿cómo lo sabe usted, señora? “Si el Señor no perdonara todo, el mundo no existiría”».
Ahora contemplaremos en nuestra oración una escena del Evangelio que muestra la realidad de estas palabras (Lc 7,36-50). Un fariseo, llamado Simón, lo invitó a un banquete en su casa. Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Jesús sale al encuentro de todo tipo de personas: enfermas y pobres, pero también dirigentes, como en este simposio, en que lo acompañaba la crema y nata de la sociedad religiosa de Galilea, probablemente en gratitud por la predicación del sábado anterior en la sinagoga. Todos allí se considerarían de lo mejor; de hecho, algunos podrían serlo, pues se esforzaban por cumplir la ley de Dios, incluso exagerando. El problema es que unos se quedaban en ese aparentar, se ufanaban de su religiosidad y así permanecían en la buena opinión que tenían de sí mismos, en lugar de avanzar hacia el Señor. Muy probablemente, algunos asistirían al banquete para ver si descubrían señales erróneas en ese aparente profeta venido de Cafarnaún.
También nosotros, que gozamos criticando a los escribas y a los fariseos, podemos caer en esos mismos defectos, si descuidamos nuestro trato con el Señor, la imitación de su mansedumbre y su humildad de corazón. Podemos quedarnos pagados de nuestras aparentes virtudes, de nuestros esfuerzos, de las labores apostólicas que desarrollamos, y quizá olvidamos que la clave de la eficacia está en la oración, en la lucha ascética, en el amor de Dios.
Hasta ahora, hemos visto a Jesús en la zona interna de la casa, recostado a la mesa. Pero el evangelista rompe el ambiente festivo del banquete con la irrupción de una visitante inesperada: En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando. No se atreve a mirarlo a la cara, sino que se queda por detrás, humildemente, realizando una labor de esclavos (como el mismo Jesús haría en la última cena), reconociendo al Mesías en aquel comensal extranjero.
Entre los invitados se formaría un ambiente de malestar, pues todos conocían la reputación de aquella mujer: ¿quién la había dejado entrar?, ¿cómo se atrevía a romper la armonía de unas personas tan puras, ella que era la mujer pecadora de la ciudad? Es bonito ver que se trata de un personaje anónimo, en la que estamos representados todos los hombres, la Iglesia entera. Además de lavar los pies al Señor, la mujer llora. Reconoce su culpa y la expía con obras de penitencia. Es un modelo de la contrición, que estamos invitados a imitar.
Esta actitud penitencial ocupa un puesto significativo en la Sagrada Escritura. Podemos meditar ahora en otros modelos de conversión: en primer lugar, yéndonos al Antiguo Testamento, pensemos en la compunción del rey David después de varios pecados execrables todos lo son. Cuando cayó en la cuenta de su grave error, compuso el hermosísimo salmo 50: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad en tu presencia. También podemos pensar en el hijo pródigo, con esa decisión que le humillaba pero que no temió aceptar: Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».
Vemos en estas escenas las etapas del camino de regreso a la casa del Padre. El Compendio del Catecismo (n.303) las resume en los llamados «actos propios del penitente»: «un diligente examen de conciencia; la contrición (o arrepentimiento), que es perfecta cuando está motivada por el amor a Dios, imperfecta cuando se funda en otros motivos, e incluye el propósito de no volver a pecar; la confesión, que consiste en la acusación de los pecados hecha delante del sacerdote; la satisfacción, es decir, el cumplimiento de ciertos actos de penitencia, que el propio confesor impone al penitente para reparar el daño causado por el pecado» (subrayados añadidos).
La mujer del Evangelio cayó en la cuenta de su error, fue consciente de la necesidad de manifestar públicamente su arrepentimiento, ya que pública era su condición de pecadora. En su generosidad, decidió romper un frasco carísimo, de alabastro, con el perfume más selecto de su ajuar. Por sus obras podemos ver que había descubierto, en aquel hombre de Nazaret, más que un profeta. Lo que aquellos fariseos, expertos en doctrina y piedad, no fueron capaces de ver. ¡Cuántas veces nosotros somos como esos fariseos soberbios, que no reconocemos al Señor cerca, que no lo imitamos en su misericordia, porque pensamos que no necesitamos su perdón!
No sabemos cuándo habría sido el primer encuentro de la pecadora con Jesucristo. Quizá escuchándolo en el sermón del monte, o en la sinagoga, se habría movido al arrepentimiento, decidió cambiar de vida y al saber de la invitación al banquete en casa de Simón se fue sin dilaciones para pedir, con las obras de su penitencia, el perdón de tantos pecados: se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Por la mente de los invitados correría la tentación que el evangelista asigna a Simón: Si este fuera profeta sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora. El Señor, que podía leer la mente de sus interlocutores, desenmascaró la actitud peyorativa de su anfitrión con la parábola de los dos deudores. Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro». «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Jesús le ofrece la oportunidad de convertirse, de responder de modo misericordioso, abriéndose al perdón divino que se estaba revelando en su casa. Sin embargo, la respuesta es diplomática, sin compromiso. Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Supongo, no me involucro. Jesús insiste con su actitud acogedora. Y él le dijo: «Has juzgado rectamente».
Al ver que nada conseguía con el grupo de los fariseos, el Señor los desenmascara aplicando la pequeña parábola a la situación que estaba viviendo. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume».
Jesús reclamó los detalles de etiqueta que aquel hombre, en su soberbia, no había querido vivir con Él. La mujer pecadora, humilde, consciente de su indignidad, comenzó a adquirir un nuevo estatus ante aquel grupo de ricos (por fuera), que en realidad eran pobres (por dentro). El Señor no ocultó su dolor por las omisiones de Simón, como se duele ante nuestras apatías: «cuando una persona extraña nos mira con indiferencia, no nos importa demasiado; pero si es un ser querido quien nos trata así, con desafecto, ¡cómo nos duele su comportamiento! Y a Jesús, ¿no van a dolerle tus negligencias, tus precipitaciones, tus descuidos, tus indelicadezas?» (San Josemaría, citado por http://homiletica.org/lluciapou/lluciapousabate 238.pdf).
«Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho». Jesús les demuestra que, si la prueba de que era profeta consistía en conocer el estado moral de la mujer, lo conocía: era muy pecadora. Pero, a la vez, les anuncia en qué consiste el nuevo profetismo, su condición mesiánica: en que no ha venido a condenar, sino a perdonar. A revelarnos el amor divino y la posibilidad de amarlo.
También podemos colegir de las palabras del Señor que al que mucho se le perdona, más debe amar: «Qué buena razón la de aquel sacerdote, cuando predicaba así: «Jesús me ha perdonado toda la muchedumbre de mis pecados —¡cuánta generosidad!—, a pesar de mi ingratitud. Y, si a María Magdalena le fueron perdonados muchos pecados, porque amó mucho, a mí, que todavía me ha perdonado más, ¡qué gran deuda de amor me queda!». ¡Jesús, hasta la locura y el heroísmo! Con tu gracia, Señor, aunque me sea preciso morir por Ti, ya no te abandonaré» (F, n.210).
«Pero al que poco se le perdona, ama poco». Nuestro amor a Dios es una respuesta a su perdón, a su iniciativa gratuita de salvarnos; pero también debe suceder al contrario: la misericordia divina ha de ser una fuente de amor, de una relación renovada con el Señor. El amor de la pecadora se manifiesta en obras de caridad y gratitud (lágrimas, besos, perfume), porque había sido perdonada. Por la magnitud de sus acciones vemos la profundidad de su conversión.
 El Evangelio de Lucas afirma que hay un vínculo íntimo entre el amor y el perdón de Dios. Por eso Jesús anunció a la pecadora: «Han quedado perdonados tus pecados». Asistimos a las primicias de lo que más tarde quedaría instituido como el sacramento de la reconciliación, y que estaba anunciado desde el Antiguo Testamento. También a David se le proclamó el perdón cuando reconoció su culpa y la expió con oración y penitencia: David respondió a Natán: «He pecado contra el Señor». Y Natán le dijo: «También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás» (2S 12,7-13).
El amor de Dios se manifiesta con el perdón. La humildad de Jesús explica que se abaje hasta casi pedirnos que nos dejemos reconciliar. Es lo que dice San Pablo (2Co 5,18-20): En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. ¡Cuántas veces el afán de almas de los sacerdotes se manifiesta precisamente en esa disponibilidad para facilitar el reencuentro del hijo pródigo con su padre misericordioso!
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?». Esta pregunta perdura a través de los siglos. El escándalo del cristianismo llega, en el fondo, a este interrogante: ¿Cómo puede Dios perdonarnos nuestras faltas? Como en la filosofía del conocimiento, también en el amor existe el peligro del escepticismo: con una falsa humildad, podemos dudar de nuestra dignidad para ser perdonados o, con desconocimiento de la misericordia divina, poner en tela de juicio la capacidad del Señor para perdonarnos. Sin embargo, en esta escena vemos cuál es el camino para recibir el perdón divino: amar a Dios, arrepentirnos de nuestras faltas, manifestar la contrición con obras. Esta mujer manifestó su conversión llorando, derrochando un perfume, haciendo una declaración pública de penitencia. Y recibió la absolución: «Han quedado perdonados tus pecados».
Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». Las obras de penitencia eran manifestación de amor, pero también de fe en el poder salvador de Jesucristo, de apertura al don divino que Él comunicaba. El perdón de los pecados es para quien tenga fe. A San Josemaría le daban mucha paz estas consideraciones, saber que el Señor nos perdona siempre, que nos ama tanto, que conoce de las flaquezas humanas, y sabe de qué barro tan vil estamos compuestos. De hecho, la Iglesia conmemora esa faceta del corazón misericordioso de Jesús, su amor por nosotros hasta el extremo, en una fiesta propia que celebramos el viernes después del Corpus.
Volvamos a las primeras palabras del papa Francisco sobre la misericordia de Dios, con las que comenzamos esta meditación, y que han ayudado a tantas personas a volver a Dios a través del sacramento de la penitencia. «No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre».
A Ella, que es conocida como la Madre de misericordia, le pedimos que nos alcance la fe para confiar en la clemencia de su Hijo, acudir con frecuencia al sacramento de la reconciliación, y así escuchar, como la mujer del Evangelio, las palabras de absolución que Jesús nos dirige a través del sacerdote: «Han quedado perdonados tus pecados. Tu fe te ha salvado, vete en paz».

martes, febrero 21, 2012

Miércoles de ceniza


Comenzamos hoy una nueva cuaresma. El concilio resume en qué consiste este tiempo litúrgico: “el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración, para que celebran el misterio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación del bautismo y mediante la penitencia” (SC 109).
Este es el marco preciso: preparar la Pascua, la celebración de Cristo resucitado, con cuarenta días de escucha de la Palabra, oración, penitencia y recuerdo de nuestro bautismo.
El Evangelio nos presenta a Jesús en el Sermón del monte, el primero de los cinco grandes discursos con los que Mateo estructura su narración. Después de predicar las bienaventuranzas, el Señor expone en qué consiste la verdadera justicia y cómo hay que comportarse ante la Ley, ante Dios y en relación con el prójimo: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 6, 1-6. 16-18). Con base en las obras que el Señor menciona en este discurso se habla de las tres prácticas cuaresmales por excelencia: dar limosna, orar, hacer penitencia.
En primer lugar, dar limosna: cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Benedicto XVI escribía en un mensaje para la cuaresma que esta acción representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales.
También aclaraba que “la limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo”.
Preparar la pascua del Señor desprendiéndonos de los bienes materiales: a veces consistirá en ceder el televisor, la bicicleta, el auto; otras, en examinar cuántas cosas que nos sobran les hacen falta a otros; o disminuir los gastos suntuosos y algunos en apariencia necesarios. También podremos colaborar con las campañas de comunicación cristiana de bienes que promueve el episcopado para concretar esta invitación cuaresmal. De este modo, estaremos viviendo lo que contemplamos en el Prefacio de la Misa: “al darnos ocasión de compartir nuestros bienes con los necesitados, nos haces imitadores de tu generosidad”.
Pero es conveniente ir más al fondo: contemplar la entrega del Señor por nosotros y disponernos a ser más caritativos con los demás hijos de Dios. Allí está una de las maneras de recordar nuestro bautismo, en el que el Señor nos hizo miembros de su familia, hermanos de todos los hombres. “La práctica cuaresmal de la limosna –sigue diciendo el Papa en su mensaje- se convierte en un medio para profundizar en nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno”.
Como el ejemplo de la limosna total que dio una limosnera: cuenta San Josemaría que, en los primeros años del Opus Dei, pedía muchas oraciones a todo tipo de personas (sacerdotes, enfermos, etc.) “por una intención”: para que fuera un instrumento fiel a su vocación de fundador. Una vez se encontró con una mendiga y le dijo: “-Hija mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas. ¡Dale al Señor todo lo que puedas!” Después dejó de verla y terminó encontrándola en un hospital, enferma terminal. Cuando la vio la saludó: “-Hija mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa?” Y le dijo que pediría al Señor por su curación en la Misa. Ella sonrió y le replicó: “-Padre, ¿cómo no entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo que tengo, mi vida”.

En segundo lugar, oración: Tú, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Se trata de un tiempo para renovar el amor, para estar atentos a la voz del Padre, dispuestos a cumplir mejor su voluntad: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón. Concretemos cómo mejorar nuestras prácticas de piedad; la oración personal “entregados más intensamente a oír la palabra de Dios y a la oración”, como dice el Concilio, la lectura espiritual, el Santo Rosario… pero, en primer lugar, la Santa Misa.
En palabras de San Juan Crisóstomo, “la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras; a la oración que es un don de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina. El don de semejante súplica es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma”.

Por último, penitencia: Tú, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará. Es lo que pedimos en la oración colecta: “Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal”.
Externamente lo manifestaremos con la imposición de la ceniza. Nos puede servir considerar la oración que pronuncia el sacerdote para bendecirla: “que el ejercicio de la penitencia cuaresmal nos obtenga el perdón de los pecados y una vida nueva a imagen de tu Hijo resucitado”.
Penitencia exterior, sacrificios, tomar la Cruz del Señor sobre nuestros hombros. Como también decimos en el Prefacio, “has querido que en nuestras privaciones voluntarias encontremos un motivo para bendecirte, ya que nos ayudan a refrenar nuestras pasiones desordenadas”. Aprovechemos este rato de oración para concretar algunas mortificacion, además de la abstinencia de carne los viernes de cuaresma y del ayuno de hoy y del Viernes Santo: sacrificios que nos ayuden a servir a los demás, a trabajar mejor, a negar nuestros caprichos…
Se trata de una muestra exterior del cambio interno que deseamos dar en estos cuarenta días, acompañando a Jesús en su camino al Calvario. Y meditemos que somos polvo y al polvo hemos de volver. Arrepintámonos y creamos en el Evangelio. Rechacemos el pecado y convirtámonos a Dios. Y pidamos no solo por nuestra conversión, sino por la de todos los pecadores. Hay quien dice que en estos cuarenta días es como si la Iglesia se pusiera de rodillas pidiendo al Señor por la conversión de todos sus hijos. Y no es casual que, por eso, en este tiempo haya largas filas en los confesonarios. Pues ayudemos en esta labor: con nuestra oración y con nuestra penitencia personal.
Cuenta J. Eugui que a Jean -Marie Lustiger, judío converso, Cardenal Arzobispo de París desde febrero de 1981, le preguntaron sobre cuál era el punto más importante de su plan pastoral para la diócesis que el Papa Juan Pablo II le había confiado. La respuesta fue sencilla y, para alguno, quizá sorprendente: “-El punto central del plan pastoral es la conversión del Obispo”.
Terminemos nuestra oración acudiendo a María Santísima, que ella nos ayude a aprovechar desde el primer momento esa trilogía cuaresmal a la que se refiere san Pedro Crisólogo: “Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente”. Que la Virgen nos alcance en esta Cuaresma la gracia de ser almas de oración, de caridad, de penitencia.

viernes, julio 22, 2011

Conversión y penitencia


Entonces algunos escribas y fariseos le dijeron: «Maestro, queremos ver un milagro tuyo» (Mt 12,38-45). Las autoridades le piden al Señor un signo portentoso, llamativo, para confirmar la potestad con la que predica su doctrina. No es que no hubiera dado señales: en primer lugar, la buena semilla de su enseñanza; además, los milagros que ya había hecho en otras partes.
Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Jesús contesta de modo en apariencia evasivo. Pero, en realidad, está explicando cuál es el signo principal que muestra su peculiaridad en la historia: que en Él se cumpliría la señal de Jonás.
Aprovechemos la vida del quinto profeta menor para hacer hoy nuestra oración. De hecho, como cuenta la introducción de la Biblia de Navarra, en el libro de Jonás poco se narra de su predicación. Solamente se encuentran unas pocas palabras: dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada. Lo más importante del mensaje de este hombre es su biografía, sus tribulaciones y su relación con el Señor, que se leen en fiestas señaladas de las grandes religiones: en el Yom-Kippur judío y en la Cuaresma cristiana.
La historia es muy conocida: el Señor le comunica su vocación, pero Jonás huye. Dios entonces envía una tormenta y un pez gigante, gracias a los cuales el profeta termina en las playas de Nínive (previa conversión de sus compañeros de viaje). Allí cumple su encargo y la población se convierte. Jonás entonces se enoja con el Señor por su misericordia. Esta es la principal enseñanza del libro: Dios quiere la conversión del pecador, lo llama a la penitencia y está dispuesto a perdonarlo si se arrepiente.
Jesús explica a sus interlocutores que el principal signo que puede dar es el de Jonás: Igual que estuvo en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en las entrañas el mismo período de tiempo. Se parece al profeta en su triduo pascual, pero también por la predicación del perdón. De hecho, los exégetas comparan la historia de Jonás con la del hijo pródigo. Ambas biografías nos hablan de la misericordia de Dios, de la llamada a la conversión. Así comenzó su predicación Juan Bautista, y de la misma forma empezó Jesucristo: convertíos…
De igual manera concluye el Señor su comparación con la figura de Jonás: Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Jesucristo nos invita a tomarnos en serio la llamada al cambio, a la mudanza interior, a crecer en la fe.
De hecho, fe y conversión van de la mano. Es la crítica de Jesús a los escribas y fariseos: Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón. Jesús reprocha a aquellos hombres su falta de fe, que les impidió ver en Él al Hijo de Dios. ¡Si al menos hubieran tenido el respeto que tuvo la reina pagana ante la sabiduría del hijo de David!
Si bien es cierto que hay unos tiempos fuertes para meditar la conversión (como el Adviento y la Cuaresma), san Juan Pablo II hablaba de la conversión permanente. Decía que el cristiano ha de vivir in statu conversionis. Y san Josemaría resumía las consecuencias de este compromiso con una frase que repetía con frecuencia: «La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida» (ECP, 58).
Pasamos así, como de la mano, del tema de la conversión al de la penitencia. La experiencia de la cercanía de Dios nos hace lamentarnos de nuestros pecados. Por eso Benedicto XVI se quejaba porque «El concepto de penitencia, que es uno de los elementos fundamentales del mensaje del Antiguo Testamento, se nos ha perdido cada vez más. Sólo se quiere decir cosas positivas. Pero lo negativo existe, es una realidad. El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar y dejarse cambiar es un don positivo, un regalo. La Iglesia antigua lo veía también de ese modo» (2010, p.47).
En una homilía explicaba esta afirmación: «Para mí, esta es una observación muy importante: poder hacer penitencia es el don de la gracia. Y debo decir que nosotros los cristianos con frecuencia hemos evitado la palabra penitencia, nos parecía demasiado dura. Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que es necesario hacer penitencia, es decir, reconocer lo que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse transformar. El dolor de la penitencia, de la purificación, de la transformación, es gracia porque es renovación, porque es obra de la misericordia divina» (Discurso, 15-X-2010).
La penitencia exige humildad para reconocer «lo que está errado en nuestra vida, abrirse al perdón y dejarse transformar». Por eso es importante reconocer nuestras faltas, nuestras miserias, nuestros pecados. Perder el miedo a llamarles por sus nombres, evitar los eufemismos o echarle la culpa a los demás, al tiempo, a las circunstancias. Aprovechemos este rato de oración para tomar decisiones fuertes, para conocernos mejor y huir de las ocasiones que nos alejan de Dios. Podremos decirle con la boca y con los hechos: «Aparta, Señor de mí, lo que me aparte de ti».
La penitencia nos llevará a unirnos al dolor de Jesucristo, a esos tres días pasados en el «vientre de la ballena», dando muerte a nuestras malas inclinaciones, a nuestra comodidad, a nuestra cobardía, a la vanidad, al egoísmo, a la pereza… Si somos conscientes de nuestros pecados, y de todos los pecados que han ofendido al Señor a lo largo de los siglos, tomaremos con más generosidad la Cruz de Jesucristo, como san Pablo, que decía: completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia (Co 1,24).
Pero la penitencia no puede quedarse en mera teoría: tiene que manifestarse en obras de expiación, de desagravio. El portavoz de san Juan Pablo II cuenta que el papa polaco «no era un ascético moralista, y tampoco un exhibicionista de heroísmos accesorios e inútiles. Su manera de hacer no era el arduo itinerario de un estoico. Sus mortificaciones constituían solo la manera estimulante y eficaz de unirse a la pasión de Jesús, de participar con Él en las alegrías y en los dolores que a cualquiera le gusta compartir con la persona que ama seriamente en lo más profundo. Su ejemplo parecía enseñar que era mejor sufrir con Dios que alegrarse solo. Con mucha frecuencia, para san Juan Pablo II se trataba solo de aprovechar alguna ocasión ofrecida por las vivencias cotidianas para ofrecer algún sacrificio pequeño o grande. Rechazar en el avión el lecho preparado para él en los largos viajes intercontinentales y dormir en cambio o intentar hacerlo en el asiento; reducir la cantidad de alimento en una comida, con aparente indiferencia; o bien, a veces, renunciar a beber sin decir nada y sin dar justificación alguna, uniendo pudor y renuncia en una delicada discreción personal, que evita extrañas preguntas impertinentes» (Navarro-Valls, 2010, p.88).

Terminemos acudiendo a la Santísima Virgen para pedirle que nos ayude a ser conscientes de la necesidad que tenemos de una nueva conversión. De esta manera, seremos más generosos para ofrecer al Señor obras de mortificación y penitencia.

viernes, marzo 12, 2010

Hijo pródigo, alegría y Eucaristía

El cuarto domingo de cuaresma, la Iglesia nos invita a recordar la parábola del Hijo pródigo –o del Padre misericordioso, como también se le llama-. El Catecismo de la Iglesia (n. 1439) hace un recuento breve, fijándose en los puntos claves del relato: 

“El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): (1) la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; (2) la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; (3) la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; (4) la reflexión sobre los bienes perdidos; (5) el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; (6) la acogida generosa del padre; (7) la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión”.

En esta ocasión no nos detendremos en el tema de la conversión, del que ya hablamos al inicio de la cuaresma. Porque resulta que también hoy la Iglesia invita a gozar del domingo “laetare", alégrate, nos dice, en medio del tiempo penitencial. Hoy se permite el uso de instrumentos musicales –lo que está prohibido los demás días de cuaresma- y se puede adornar con flores el altar. “Hoy la liturgia nos invita a alegrarnos porque se acerca la Pascua, el día de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte”, explicaba Benedicto XVI. Y a renglón seguido se preguntaba: “Pero, ¿dónde se encuentra el manantial de la alegría cristiana sino en la Eucaristía, que Cristo nos ha dejado como alimento espiritual, mientras somos peregrinos en esta tierra? La Eucaristía alimenta en los creyentes de todas las épocas la alegría profunda, que está íntimamente relacionada con el amor y la paz, y que tiene su origen en la comunión con Dios y con los hermanos”.

Volviendo al punto del Catecismo que explicaba la parábola del hijo pródigo, vemos la parte final de la escena: “El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza”.

El hijo mayor de la parábola se queja ante su padre porque a él no le había dejado matar un cabrito y en cambio al hijo pecador le mata el ternero cebado. El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y los cantos y, llamando a uno de los siervos, le preguntó qué pasaba. Éste le dijo: «Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por haberle recobrado sano». Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a convencerle. Él replicó a su padre: «Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido ese hijo tuyo que devoró tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado». Pero él respondió: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

Este pasaje suele pasar desapercibido, por la grandeza de la primera parte. Pero es muy interesante: el hijo egoísta, que no entendió la riqueza de estar siempre con su padre (“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”). La exégesis explica que el hijo menor quiso libertad sin obediencia, pero que el mayor vivió la obediencia sin libertad: Mira cuántos años hace que te sirvo sin desobedecer ninguna orden tuya. 

Juan Pablo II decía que todos los hombres debemos vernos reflejados no solo en el hijo pródigo, sino también en el mayor, que “no ha entendido la bondad del padre. Hasta que este hermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos, celoso y displicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con el padre y con el hermano, el banquete no será aún en plenitud la fiesta del encuentro y del hallazgo. El hombre -todo hombre- es también este hermano mayor. El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse” (Reconciliación y penitencia, n. 6).

La Eucaristía es ese Banquete de fiesta que el Padre misericordioso dispone para sus hijos que se han reconciliado con Él y con sus hermanos. El Papa explicaba su Exhortación apostólica sobre este don de Dios: “Sacramento de la caridad. Sí, en la Eucaristía Cristo quiso darnos su amor, que lo impulsó a ofrecer en la cruz su vida por nosotros. En la última Cena, al lavar los pies a sus discípulos, Jesús nos dejó el mandamiento del amor: Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros (Jn 13, 34). Pero, como esto sólo es posible permaneciendo unidos a él, como sarmientos a la vid (cf. Jn 15, 1-8), decidió quedarse él mismo entre nosotros en la Eucaristía, para que nosotros pudiéramos permanecer en él. Por tanto, cuando nos alimentamos con fe de su Cuerpo y de su Sangre, su amor pasa a nosotros y nos capacita para dar, también nosotros, la vida por nuestros hermanos (cf. 1Jn 3,16) y no vivir para nosotros mismos. De aquí brota la alegría cristiana, la alegría del amor y de ser amados”.

Pidámosle al Señor que la Eucaristía de este domingo de alegría nos comprometa en la decisión de convertirnos, como el hijo pródigo, y de reconciliarnos también con aquellos hermanos a los que, por causa de nuestra soberbia, no terminamos de comprender. De esta manera, purificado nuestro corazón, podremos ser apóstoles de la misericordia de Dios. Animaremos a nuestros seres queridos –parientes, amigos, compañeros- a experimentar el abrazo paternal de Dios, en el sacramento de la Reconciliación, para que puedan volver al Banquete eucarístico, a vivir con profundidad el misterio pascual en la cada vez más próxima Semana Santa.

Benedicto XVI terminaba su comentario fijándose en la Virgen y en San José: “Mujer eucarística por excelencia es María, obra maestra de la gracia divina: el amor de Dios la hizo inmaculada en su presencia, en el amor (cf. Ef 1,4). Junto a ella, para custodiar al Redentor, Dios puso a san José, cuya solemnidad litúrgica celebraremos pronto. Invoco en particular a este gran santo, mi patrono, para que creyendo, celebrando y viviendo con fe el misterio eucarístico, el pueblo de Dios sea colmado del amor de Cristo y difunda sus frutos de alegría y paz a toda la humanidad”.