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miércoles, febrero 03, 2010

Amigos de Jesús y de su Palabra


1. Comenzamos un nuevo año litúrgico, al menos en estas páginas. Las lecturas del tercer domingo del año nos presentan, en primer lugar (Ne 8, 2-4a.5-6.8-1) al pueblo hebreo que retorna de la diáspora y se reúne para escuchar al sacerdote Esdras, que trae la Ley ante toda la asamblea y la lee desde el amanecer hasta el medio día. Todo el pueblo responde: Amén. Amén. Leían el libro de la Ley con claridad, explicando el sentido. El pueblo escucha la lectura de pie, llora y se estremece al conocer la Palabra de Dios.


Podemos preguntarnos con cuáles disposiciones escuchamos nosotros la lectura de la Palabra en la Misa y qué efectos produce en nuestras vidas. Como decía Benedicto XVI en la clausura del Sínodo sobre la Palabra, “Escritura y liturgia convergen en el único fin de llevar al pueblo dialogar con el Señor y a obedecer su voluntad. La Palabra que sale de la boca de Dios y que testimonian las Escrituras regresa a él en forma de respuesta orante, de respuesta vivida, de respuesta que brota del amor”. Por eso respondemos con el Salmo 18: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”.

En el 2008, el Sínodo de los Obispos se dedicó a este tema precisamente por su importancia. Tenemos que ser amantes de la Escritura. Ahí está Dios, que nos habla y nos transmite su voluntad, sus consejos, su cariño, su aliento, su ejemplo; lo que necesitamos en nuestras circunstancias concretas. Además, es el mejor camino para hacernos amigos de Jesús, que es el núcleo de la vida interior: conversar con Él, conocerlo, meternos en su vida –la que nos narra el Evangelio- para que Él se meta de lleno en la nuestra.


Lo expresa muy bien S. Canals en su libro “Ascética meditada”: “Para llegar a esta amistad hace falta que tú y yo nos acerquemos a El, lo conozcamos y lo amemos. La amistad de Jesús es una amistad que lleva muy lejos: con ella encontraremos la felicidad y la tranquilidad, sabremos siempre, con criterio seguro, cómo comportarnos; nos encaminaremos hacia la casa del Padre y seremos, cada uno de nosotros, otro Cristo, pues para esto se hizo hombre Jesucristo: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios”.


El mismo autor concreta: “¿Pero dónde buscar al Señor? ¿Cómo acercarse a El y conocerlo? En el Evangelio, meditándolo, contemplándolo, amándolo, siguiéndolo. Con la lectura espiritual, estudiando y profundizando la ciencia de Dios. Con la Santísima Eucaristía, adorándolo, deseándolo, recibiéndolo. Acércate a Jesucristo, hermano mío; acércate a Jesucristo en el silencio y en la laboriosidad de su vida oculta, en las penas y en las fatigas de su vida pública, en su Pasión y Muerte, en su gloriosa Resurrección”.


2. Por ejemplo, en el Evangelio de hoy, Lucas (4, 14-21) muestra que el Espíritu Santo impulsa a Jesús para que evangelice la Galilea de los gentiles y para que participe en la reunión de la sinagoga “y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos (…). Y comenzó a decirles: —Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”.


En la sinagoga de Nazaret, nuestro Señor lee el pasaje de Isaías 61,1-2 donde el profeta anuncia la llegada de Dios mismo, para librar al pueblo de sus dolores. Jesús anuncia que las palabras de Isaías se cumplen con Él; Él mismo es la salvación: «Al ser Él la “Buena Nueva”, existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser» (Juan Pablo II, RM. 13). Los asistentes a la sinagoga no reaccionaron bien. Hoy somos nosotros quienes somos interpelados por la palabra de Jesús, ahora que comienza un nuevo año. Cada que leemos el Evangelio se cumple esa Escritura en nosotros, como en la sinagoga cuando la leyó Jesús. ¿Cómo reaccionaremos? ¿Con indiferencia o con docilidad? Pidamos al Espíritu Santo que también suscite en nosotros una respuesta generosa a las peticiones que Jesús quiere hacernos en este 2010.


3. San Josemaría sugería leer cada día unos minutos el Santo Evangelio: “Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra —obras y dichos de Cristo— no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. —El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?..." —¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. —Así han procedido los santos” (Forja, n. 754).


En el Sínodo de la Palabra, el Papa explicaba que “cuando Dios habla, siempre pide una respuesta; su acción de salvación requiere la cooperación humana; su amor espera correspondencia” (Homilía 051008). Y añadía que “sólo la Palabra de Dios puede cambiar en profundidad el corazón del hombre; por eso, es importante que tanto los creyentes como las comunidades entren en una intimidad cada vez mayor con ella”.


Entrar en intimidad con lo que Jesús nos dice, para responder a su amor. En vacaciones leí el testimonio de una Mons. Juan Larrea, un Obispo santo al que pude conocer hace unos años y que murió fiel a su vocación como Numerario del Opus Dei. Él narraba así el momento en que pidió la admisión en la Obra, cuando respondió afirmativamente al amor divino: “Desde ese instante recobré la plena serenidad y paz interior. Estaba convencido de haber hecho lo que Dios me pedía y a lo largo de más de cincuenta años he podido constatar que el Señor me llamó por esos caminos absolutamente normales y corrientes y me dio su gracia para responder que sí, con plena libertad, sin presión alguna y conociendo muy bien a qué me comprometía”.


Responder que sí a lo que el Señor nos transmita en la oración, por medio del Evangelio. Meditar sobre los efectos de la Palabra de Dios en nuestra vida, nos lleva también a sacar propósitos de convertirnos en verdaderos apóstoles. Deberíamos sentir como propio el grito de San Pablo: "¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16), “grito que para todo cristiano se convierte en invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo. "La mies es mucha" (Mt 9, 37), repite también hoy el Maestro divino. (…) Es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén preparados para responder a quienes les pidan razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15), anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin componendas el Evangelio” (Benedicto XVI, cit.). Estar preparados. No basta con tener deseos. Hace falta estudio, doctrina. En este nuevo año nos proponemos también, para profundizar en la amistad con Jesucristo, cuidar la perseverancia y el aprovechamiento de los medios de formación cristiana a los que asistimos.


Concluimos con el texto de Canals que meditábamos al comienzo: “Todos hallamos en El, que es la causa ejemplar, el modelo, el tipo de santidad que a cada uno conviene. Si cultivamos su amistad, lo conoceremos. Y en la intimidad de nuestra confianza con El escucharemos sus palabras. Te he dado el ejemplo, obra como Yo lo he hecho. Pero antes de terminar, levanta confiadamente tu mirada a la Santísima Virgen. Pues Ella supo, como ningún otro, llevar en su corazón la vida de Cristo y meditarla dentro de sí. Recurre a Ella, que es Madre de Cristo y Madre tuya. Porque a Jesús se va siempre a través de María.”

miércoles, enero 24, 2007

La Biblia, Palabra de vida eterna


En el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona, que fue calificado como el más importante del año por la escuela de retórica de esa universidad, el Papa defendía la tesis según la cual el patrimonio griego, purificado de modo crítico, forma parte integrante de la fe cristiana. 

A esa tesis se opone la propuesta moderna de la “deshelenización del cristianismo”, que puede observarse en tres etapas: la reforma luterana del siglo XVI, la teología liberal de los siglos XIX y XX, y la propuesta de las nuevas enculturaciones del Evangelio. Hablaremos ahora de la segunda, pues sigue totalmente en boga, como demuestran las cíclicas apariciones de fenómenos editoriales y fílmicos sobre las verdades ocultas sobre el Jesucristo histórico, que se remontan a las hipótesis de von Harnack. 

Si no es fácil encontrar católicos que lean con frecuencia los Evangelios, es más difícil aún mostrar personas que sepan explicar cómo fue el proceso de su escritura y conformación, o que sepan responder a las controversias generadas por la teología liberal. Aunque se nota un despertar del amor a la Escritura, hace falta un empeño mayor por acercarse a la Palabra, perder el miedo a encontrar en ella un sentido para nuestra vida. Al mismo tiempo, es necesario el esfuerzo por conocer también la teología de la inspiración bíblica, la cronología de la historia de la salvación, estudiar un buen manual de “Introducción a la Sagrada Escritura”.

En el libro de Nehemías (8,2-10) se cuenta la historia de este judío influyente, que recibió permiso del rey para reconstruir las murallas de Jerusalén, en medio de una gran oposición. En medio de ese trabajo encontró el libro de la ley, lo que fue un motivo de gran alegría para aquel pueblo al recuperar los textos que marcaban su identidad nacional y su alianza con el Dios vivo. Se formó una gran asamblea, para escuchar su lectura. Podemos imaginar la emoción de aquel momento, mientras se escuchaban las palabras que el Señor había transmitido a Moisés varios siglos atrás: “todo el pueblo, levantando las manos, respondió: "Amén, amén"; después se postraron y, rostro en tierra, adoraron al Señor. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, para que pudieran entender lo que se leía”. Todos lloraban al escuchar esas palabras y contrastarlas con su conducta. Pero el escriba les recomendó hacer fiesta, por haber escuchado en ese día consagrado a Dios, las palabras de su salvación. 

El Salmo 18 es como un eco de esa historia: “Señor; Tú tienes palabras de vida eterna. La ley del Señor es perfecta: da consuelo al hombre; el mandato del Señor es verdadero: da salvación al ignorante. Los preceptos del Señor son rectos: dan alegría al corazón; el mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos. El temor del Señor es puro: permanece para siempre; los juicios del Señor son verdad: todos justos por igual. Que te agraden mis palabras y mis pensamientos, Señor, roca mía, mi redentor”. Y por eso se explica que la oración colecta del tercer domingo ordinario le pida a Dios: conduce nuestra vida por el camino de tus mandamientos, para que, unidos a tu Hijo amado, podamos producir frutos abundantes.

Por su parte, san Lucas presenta el inicio del ministerio de Jesús en la sinagoga de su pueblo, leyendo un texto de Isaías (gracias a este pasaje sabemos que Jesús sabía leer). El médico evangelista presenta a Jesús como el nuevo Profeta, el Profeta definitivo, en el que se cumplen las promesas antiguas. Sin embargo, es bueno considerar cómo comienza ese Evangelio, mostrando que se trata del fruto de un largo esfuerzo de historiador antiguo –no contemporáneo, como muchos colegas suyos de hoy quisieran que se hubiera escrito–: “Ilustre Teófilo: Ya que muchos se han propuesto componer un relato de los acontecimientos que se han cumplido entre nosotros, según nos lo transmitieron quienes desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, también yo he creído oportuno, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición ordenada para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido”.

Juan Pablo II explicaba esta diferencia entre el género histórico de hace veinte siglos y la metodología contemporánea: “En realidad los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna. Sin embargo, de ellos emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (cf. Lc 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial” (NMI, n. 18). 

El cristianismo actual necesita personas que acojan el Evangelio en su vida, y lo transmitan a los demás. Es lo que decía un poco antes el mismo papa polaco: “Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1). Lo que nos ha llegado por medio de ellos es una visión de fe, basada en un testimonio histórico preciso. Es un testimonio verdadero que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible (Cf. DV 19)”.
 
San Josemaría recomendaba a sus hijos que leyeran unos minutos cada día el Santo Evangelio (Forja, 754): “Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra -obras y dichos de Cristo- no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. -El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?..." -¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. -Así han procedido los santos”.

sábado, noviembre 04, 2006

La amistad de Cristo, el primer mandamiento


Hemos considerado varias veces que uno de los mensajes centrales de Benedicto XVI es la importancia de reconciliarse con los mandamientos, acogerlos como lo hacían los judíos en tiempos de Moisés, o los primeros cristianos, que no los veían como una carga sino como un don de Dios: “(En la Iglesia primitiva) no había diferencia entre lo que hoy con frecuencia se plantea como ortodoxia y ortopraxis, como doctrina recta y acción recta, en lo cual la mayoría de las veces resuena un tono más bien desdeñoso frente a la palabra ortodoxia, ya que quien se aferra a la doctrina correcta aparece como mezquino, rígido y potencialmente intolerante. (…) la palabra ortodoxia no significa una doctrina correcta, sino que designa el modo justo de adoración y glorificación de Dios. La convicción general era que todo depende de estar en justa relación con Dios, de conocer lo que le agrada y cómo se le puede responder en la forma correcta. Por este motivo Israel ha amado la Ley, pues por ella se sabía cuál es la voluntad de Dios; por ella se sabía cómo se lleva una vida justa y cómo se honra a Dios correctamente: obrando Su voluntad, la cual proporciona orden al mundo, porque abre este último hacia lo alto” (Joseph Ratzinger. Caminos de Jesucristo. Cristiandad, Madrid 2005, p. 103).
Forma parte de la tradición fundante del pueblo judío el discurso de Moisés al bajar del monte (Dt 6,2-6): «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria». El amor de Dios se manifiesta en el cumplimiento de la Ley, por eso el autor del Sal 17 entona: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza. En esta perspectiva se inscriben las palabras del Señor: El que me ama guardará mi palabra, mi Padre lo amará, y vendremos a él. Amor, ortodoxia, ortopraxis, vida de unión con Dios, se identifican. 

Es lo que se colige del pasaje evangélico, narrado por Marcos (12, 28b-34), en el que un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: —« ¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús (citando el pasaje del Deuteronomio que acabamos de mencionar): —«El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo” No hay mandamiento mayor que éstos». El escriba replicó: — «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: —«No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
 
El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. Estos pasajes deben ser centrales en la doctrina –y en la vida- del cristiano, pues marcan el tenor intelectual y amoroso de nuestra existencia. San Josemaría tiene dos puntos que gravitan alrededor de la caridad, del amor a Dios como clave de nuestra afectividad. Así, en el punto 88 de Camino, dice: Buscas la compañía de amigos que con su conversación y su afecto, con su trato, te hacen más llevadero el destierro de este mundo..., aunque los amigos a veces traicionan. —No me parece mal. Pero... ¿cómo no frecuentas cada día con mayor intensidad la compañía, la conversación con el Gran Amigo, que nunca traiciona?”  

En la Edición histórico-crítica de Camino, Pedro Rodríguez cita una carta de san Josemaría a sus hijos de Valencia, en 1937 –en plena guerra, por eso el lenguaje críptico-: «Mi Amigo se porta estupendamente, a pesar de que en mi larga vida no correspondí muchas veces a su bondad. Amistades así no se pagan con nada: yo procuraré que todos mis hijos sepan ¡siempre! agradecerle estos favores». Y concluye el comentario a este punto, diciendo que el pensamiento tiene resonancias teresianas, en concreto del famoso capítulo 22 de la “Vida”: «Es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero... es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre, y vémosle con flaquezas y trabajos y es compañía».

El punto 88 de Camino, recién comentado, se complementa con el número 421: “Un amigo es un tesoro. —Pues... ¡un Amigo!..., que donde está tu tesoro allí está tu corazón”. Dice Rodríguez: “La experiencia humana de la amistad se proyecta en la relación con Jesucristo y, a la vez, la experiencia de la amistad única e inefable con Cristo ilumina y purifica todas las amistades humanas. El punto tiene, como tantos otros, un entramado de meditación bíblica: comienza con Si 6, 14: «Quien halla un amigo fiel ha hallado un tesoro» (25, 12: «¡Feliz el que ha encontrado un verdadero amigo») y termina con la palabra de Jesús: «donde está tu tesoro allí está también tu corazón» (Mt 6, 21; Lc 12, 34), y en medio «el Amigo que nunca traiciona» (del punto 88), que introduce al punto siguiente: “Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro... Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti…” El juego de las mayúsculas hace inequívoco el mensaje.

¿Cómo concretar esa amistad con Jesucristo? Salvador Canals da unas sugerencias en su libro Ascética Meditada (Rialp. Madrid 200028. pp.13-19): acercarse a Él, conocerlo, amarlo: tener intimidad con Él, acercársele con confianza. Para eso, sugiere buscarlo “en el Evangelio, meditándolo, contemplándolo, amándolo, siguiéndolo. Con la lectura espiritual, estudiando y profundizando la ciencia de Dios. Con la Santísima Eucaristía, adorándolo, deseándolo, recibiéndolo. (…) Levanta confiadamente tu mirada a la Santísima Virgen. Recurre a Ella, que es Madre de Cristo y Madre tuya. Porque a Jesús se va siempre a través de María”.