
Hemos considerado varias veces que uno de los mensajes centrales de Benedicto XVI es la importancia de reconciliarse con los mandamientos, acogerlos como lo hacían los judíos en tiempos de Moisés, o los primeros cristianos, que no los veían como una carga sino como un don de Dios: “(En la Iglesia primitiva) no había diferencia entre lo que hoy con frecuencia se plantea como ortodoxia y ortopraxis, como doctrina recta y acción recta, en lo cual la mayoría de las veces resuena un tono más bien desdeñoso frente a la palabra ortodoxia, ya que quien se aferra a la doctrina correcta aparece como mezquino, rígido y potencialmente intolerante. (…) la palabra ortodoxia no significa una doctrina correcta, sino que designa el modo justo de adoración y glorificación de Dios. La convicción general era que todo depende de estar en justa relación con Dios, de conocer lo que le agrada y cómo se le puede responder en la forma correcta. Por este motivo Israel ha amado la Ley , pues por ella se sabía cuál es la voluntad de Dios; por ella se sabía cómo se lleva una vida justa y cómo se honra a Dios correctamente: obrando Su voluntad, la cual proporciona orden al mundo, porque abre este último hacia lo alto” (Joseph Ratzinger. Caminos de Jesucristo. Cristiandad, Madrid 2005, p. 103).
Es lo que se colige del pasaje evangélico, narrado por Marcos (12, 28b-34), en el que un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: —« ¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús (citando el pasaje del Deuteronomio que acabamos de mencionar): —«El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo” No hay mandamiento mayor que éstos». El escriba replicó: — «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: —«No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
En la Edición histórico-crítica de Camino, Pedro Rodríguez cita una carta de san Josemaría a sus hijos de Valencia, en 1937 –en plena guerra, por eso el lenguaje críptico-: «Mi Amigo se porta estupendamente, a pesar de que en mi larga vida no correspondí muchas veces a su bondad. Amistades así no se pagan con nada: yo procuraré que todos mis hijos sepan ¡siempre! agradecerle estos favores». Y concluye el comentario a este punto, diciendo que el pensamiento tiene resonancias teresianas, en concreto del famoso capítulo 22 de la “Vida”: «Es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero... es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre, y vémosle con flaquezas y trabajos y es compañía».
El punto 88 de Camino, recién comentado, se complementa con el número 421: “Un amigo es un tesoro. —Pues... ¡un Amigo!..., que donde está tu tesoro allí está tu corazón”. Dice Rodríguez: “La experiencia humana de la amistad se proyecta en la relación con Jesucristo y, a la vez, la experiencia de la amistad única e inefable con Cristo ilumina y purifica todas las amistades humanas. El punto tiene, como tantos otros, un entramado de meditación bíblica: comienza con Si 6, 14: «Quien halla un amigo fiel ha hallado un tesoro» (25, 12: «¡Feliz el que ha encontrado un verdadero amigo») y termina con la palabra de Jesús: «donde está tu tesoro allí está también tu corazón» (Mt 6, 21; Lc 12, 34), y en medio «el Amigo que nunca traiciona» (del punto 88), que introduce al punto siguiente: “Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro... Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti…” El juego de las mayúsculas hace inequívoco el mensaje.
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