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lunes, julio 14, 2014

Guerra y paz. No he venido a traer la paz sino la espada.

El Evangelio de Mateo se estructura en torno a cinco grandes discursos (como si fuera un nuevo Pentateuco): el del monte, el misionero, el de las parábolas, el eclesiástico, el escatológico. El segundo, el discurso misionero, va de los capítulos 8 al 12. En la primera parte, el Señor plantea sus exigencias a los discípulos. Más adelante expone los principios de la misión y, por último, muestra la acogida de ese mensaje. Contemplemos ahora, en la segunda sección, la explicación que hace el Señor sobre cómo será la vida apostólica de sus seguidores.

Jesús comienza planteando una exigencia conflictiva: No he venido a traer la paz sino la espada. Guerra y paz. Parece difícil de entender, en un primer momento, que estas palabras vengan del Señor. Pero en realidad son una llamada a dar la cara, a vivir la fe con naturalidad en medio de un mundo hostil, como el que encontraban los primeros lectores de este Evangelio, poco diverso del que enfrentamos los cristianos de hoy. La idea clave es que no se trata tanto de una «guerra santa» contra los enemigos de la Iglesia, sino más bien de una lucha constante contra nuestra propia tibieza, contra el pesimismo, como enseña el papa Francisco en su exhortación sobre el apostolado en el siglo XXI: «un buen acompañante no consiente los fatalismos o la pusilanimidad. Siempre invita a querer curarse, a cargar la camilla, a abrazar la cruz, a dejarlo todo, a salir siempre de nuevo a anunciar el Evangelio» (EG 172).

Seremos sembradores de paz y de alegría en la medida en que seamos conscientes de que esta siembra pacífica exige guerra, un conflicto que consiste en luchar contra nuestras miserias y pecados. La predicación de Cristo no es ingenua o «buenista», como dicen algunos para criticar a los cristianos. Él exige que nos compliquemos la vida y nosotros no podemos orillar las palabras de Jesús: «Sin espíritu belicoso ni agresivo, in hoc pulcherrimo caritatis bello (en esta hermosísima guerra de amor), con una comprensión que acoge a todos y colabora con todos los hombres de buena voluntad ―también, sin transigir con los errores que profesan, con los que no conocen o no aman a Jesucristo―, no olvidéis que el Señor dijo: no penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada (Mt 10,34). Es muy fácil prestar atención sólo a la mansedumbre de Jesús y orillar ―porque estorban a la comodidad y al conformismo― sus palabras, divinas también, con las que nos aguijonea para que nos compliquemos la vida» (San Josemaría Escrivá, Carta 9-I-1959, n.24, citado por BL). Pidamos al Señor en nuestra oración la gracia de luchar más contra nuestra comodidad y nuestro conformismo, y concretemos propósitos de guerra interior para complicarnos la vida comprometiéndonos de nuevo con Él.

En este sentido se entienden las palabras de Benedicto XVI, cuando enseñaba que la paz es fruto maduro de la gracia, de la transformación que obra en cada uno: «“Gracia” es la fuerza que transforma al hombre y al mundo; “paz” es el fruto maduro de esa transformación» (Homilía en Éfeso, 29-XI-06). Y comenta Mons. Echevarría que, sin embargo, «se requiere la colaboración libre de la persona en el proyecto divino de salvación. Y como en el corazón reside en última instancia la causa de los conflictos, de ahí se deriva la necesidad de que cada uno pelee decididamente dentro de sí, para afirmar el reinado de Dios en la propia alma. Es una verdad antigua como el Evangelio, aunque desgraciadamente muchos no la conocen o no la ponen en práctica. Dijo el Señor: no penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada (Mt 10,34). Hablaba de la pelea contra el pecado, presupuesto indispensable de la paz verdadera. Cuando hay verdadero empeño por erradicar la mala hierba del pecado y por identificarse con Cristo, la existencia del cristiano se convierte en la buena tierra, donde pueden germinar las virtudes que hacen posible la convivencia, llena de caridad y de paz, entre personas de los ambientes más diversos» (Carta pastoral, 1-I-2007).

Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Una vez más, no deben entenderse estas palabras en la simple literalidad, sino que son una referencia ulterior a la necesidad de la lucha contra los propios defectos, contra nuestros apegamientos. Nos pueden servir unas palabras de san Josemaría para concretar puntos de lucha, en los cuales hay que empuñar la espada diariamente. Decía que la labor cristiana «se hace a fuerza de amor y de sacrificio, con oración, con mortificación, con trabajo y con celo apostólico. Hemos de sentir deseos de que el Amor sea amado, y hemos de agradecerle que se nos haya dado, porque por ahí no se lo agradecen, y nosotros —tú y yo — no se lo agradeceremos bastante. Recoged las rosas del camino —esas rosas que también tienen espinas —, y llevádselas al Señor: ¡Fuera la sensualidad —que recorta las alas del amor—, fuera el egoísmo, fuera la comodidad...! El que no vive la alegría (…), que se examine, porque cuando falta esta virtud es señal evidente de que el alma está distraída en algo que no es de Dios» (Palabras del 30-V-1974, Citadas en Echevarría J, Memoria del Beato Josemaría Escrivá. p. 55). Señor: ayúdanos a enfrentarnos contra esas distracciones, para que te amemos más que a todos los afectos terrenales pues, de esa manera, amaremos más y mejor. A Ti en primer lugar y, contigo, a todas las criaturas.

Después de esa exigencia radical, sobre la necesidad de la lucha interior, Jesús concluye el discurso, sobre cómo debe ser el corazón del apóstol: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Nuestro corazón debe estar en Dios y en lo que Él quiere. Incluso el cuarto mandamiento, que es el «dulcísimo precepto del Decálogo», ha de estar sometido a la Voluntad divina. No puede ser que un padre o una madre impidan la entrega a la llamada de Dios. O que un cristiano esconda esa vocación de apóstol universal porque tiene que enterrar a su padre.

Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Tomar la cruz. Lo enseña muy bien san Pablo de la Cruz: «Sed constantes en la práctica de todas las virtudes, principalmente en la imitación del dulce Jesús paciente, porque ésta es la cumbre del puro amor. Obrad de manera que todos vean que lleváis, no sólo en lo interior sino también en lo exterior; la imagen de Cristo crucificado, modelo de toda dulzura y mansedumbre. Porque el que internamente está unido al Hijo de Dios vivo exhibe también externamente la imagen del mismo, mediante la práctica continua de una virtud heroica, principalmente de una paciencia llena de fortaleza, que nunca se queja ni en oculto ni en público. Escondeos, pues, en Jesús crucificado, sin desear otra cosa sino que todos se conviertan a su voluntad en todo» (LH, 19-X).

Tomar la Cruz, cada día. Negarse a sí  mismo. Al orgullo, al querer dirigirnos por nuestra propia cuenta, a la sensualidad ―ya lo hemos dicho antes―, que con frecuencia clama por sus fueros perdidos. Negarse a la comodidad, a la riqueza, al triunfalismo. A querer vencer, nosotros mismos, por nuestra cuenta, con nuestras fuerzas. Humillarnos como Cristo y acoger en nuestra vida su Santa Cruz: en el trabajo constante, abundante, ordenado; en la lucha por cumplir con abnegación el horario exigente, en la aceptación gustosa de las pequeñas contradicciones que trae la vida corriente: una humillación, una burla, un retraso, una pérdida, un golpe inesperado, etc.

Pero tomar la Cruz es también tomar la iniciativa, buscarla. Plantearse en la oración una lista de pequeñas mortificaciones. Quizás algunas que nos ayuden a cumplir nuestros deberes: puntualidad a lo largo del día ―al levantarnos, para llegar a tiempo a las reuniones previstas, para terminar previendo la demora entre una actividad y otra, para acostarnos y descansar lo suficiente―, detalles de servicio en la vida en familia ―escoger lo menos grato al comer, al sentarnos, al ver la televisión, etc., evitar temas que puedan fastidiar a alguno, pensar asuntos gratos y apostólicos para las reuniones familiares, ofrecerse para acompañar al que llega tarde o al que tiene que hacer una gestión personal como la de ir al médico, etc.―.

Otra manera de tomar la Cruz es previendo maneras de vivir la templanza en el uso de los medios materiales: ya hemos mencionado usar lo menos cómodo, pero también hemos de tenerla en cuenta al utilizar los medios electrónicos, que son tan serviciales pero que quizás también nos hagan perder el tiempo u ofrecernos tentaciones: vivir la prudencia al navegar, hacerlo solo para lo que sea necesario, no por matar el tiempo, ser austeros en los gastos por ese medio, en las aplicaciones que se descargan, limitar el uso de los juegos a lo previsto en el horario que habremos planeado en la oración y quizás en la dirección espiritual, etc.

Pero no se trata de hacer un prontuario para tomar la Cruz. Se trata de imitar a Jesucristo, que no tenía donde reclinar la cabeza. En pocas palabras, de perder la vida. Así concluye el pasaje que estamos contemplando: Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. De esa manera seremos otro Cristo y lo llevaremos por los caminos de la tierra. Como Jesús mismo, que partió de allí para enseñar y predicar (11,1).

Terminemos acudiendo a la Santísima Virgen, Reina de la paz, que acompañó a su Hijo, perdiendo su vida por Él todos los días de su existencia, hasta coronar su entrega en la Cruz. A Ella le pedimos que nos grabe en nuestros corazones esa verdad que hemos meditado hoy: que, aunque parezca contradictorio, para ayudar a la paz del mundo, hace falta una intensa guerra interior, contra las propias miserias: «Estas crisis mundiales son crisis de santos. –Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. ―Después... “pax Christi in regno Christi” ―la paz de Cristo en el reino de Cristo» (Camino, n.301). 

sábado, agosto 24, 2013

La puerta angosta

Y recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. San Lucas presenta de nuevo a Jesús, camino de su muerte, del cumplimiento de su vocación en la ciudad santa. Pero el Señor no se dedica a lamentarse por ese destino aciago, que humanamente le cuesta. Al contrario, aprovecha los recorridos para enseñar. Piensa en los demás. Se da a nosotros cada día. Entrega su doctrina, se dona a sí mismo.
Y uno le dijo: —Señor, ¿son pocos los que se salvan? Una pregunta formulada en todas las épocas, para la que ha habido cantidad de respuestas: rigoristas unas, laxas otras. Es el interrogante ecuménico por excelencia: ¿son pocos los que se salvan? Es una pregunta numérica: ¿cuántos se salvan? Lleva de la mano otra: ¿quiénes? Y, con más perspicacia podemos suponer que, de fondo, estaba la siguiente: ¿nosotros nuestra raza, nuestra religión― estamos en ese grupo?
Él les contestó: —Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán. Jesús no responde directamente: se salvan pocos o muchos. Ni tampoco entra en el planteamiento reduccionista e inclusivista que movía a muchos de sus contemporáneos: «nos salvamos pocos: nosotros, los elegidos». Le preguntan por un número y Él enseña el cómo: Esforzaos. Nos habla de lucha, de un empeño que cuesta. No se trata de un camino de rosas, sino de una puerta angosta. Si en las grandes ciudades de la época existía una gran puerta para facilitar el acceso, la salvación es ―en cambio― una meta ardua.
Otros evangelios asocian la puerta angosta a un camino empinado: para entrar en la vida eterna hace falta llegar cansados, con las vestiduras rasgadas y la piel amoratada. Requiere esfuerzo, lucha interior. San Pablo compara esta ascética con las dietas, entrenamientos y sacrificios innumerables que hacen los que corren en el estadio (1Co 9,24-27). Y San Josemaría comentaba en una reunión familiar: Si lucháis deportivamente cada día, el último acto de deporte será un salto de la cama al Cielo.
Juan Pablo II explicaba la dureza de este camino con el verbo aceptar. Se trata de tener humildad para bajar la cabeza y acoger las llamadas divinas. Por eso la agonía (este es el término griego traducido como esforzaos), la lucha ―ante todo, con nosotros mismos―, es para aceptar la Palabra de Dios y sus consecuencias morales, el sufrimiento, las exigencias del Evangelio: La puerta angosta es, ante todo, la aceptación humilde, en la fe pura y en la confianza serena, de la Palabra de Dios, de sus perspectivas sobre nuestras personas, sobre el mundo y sobre la historia; es la observancia de la ley moral, como manifestación de la voluntad de Dios, en vista de un bien superior que realiza nuestra verdadera felicidad; es la aceptación del sufrimiento como medio de expiación y de redención para sí y para los demás, y como expresión suprema del amor; la puerta angosta es, en una palabra, la acogida de la mentalidad evangélica, que encuentra en el sermón de la montaña su más pura explicación (Discurso, 24-VIII-1980).
Luchar deportivamente. Con caídas y con victorias: nadie está pidiendo un expediente inmaculado, sino un esfuerzo, una lucha, un empeño cotidie, cada día. En otra ocasión predicaba el Fundador del Opus Dei: Deus humilia respicit in coelo et in terra (Sal 92,6); el Señor mira con especial afecto lo que es humilde en la creación. Esto me ha consolado. El Señor me mira con afecto cuando hago lo que puedo. Él quiere vuestros defectos si os levantáis cada vez, si lucháis, si ve vuestra buena voluntad, vuestros esfuerzos. ¡Si la santidad no es otra cosa que luchar, hijos míos!
Con su respuesta sobre el esfuerzo para entrar por la puerta angosta, el Señor no nos está cerrando el acceso, sino que nos indica la manera de ingresar. Nos da la contraseña: la lucha, el empeño. Pero no a ramalazos: un día, grandes sacrificios y, todo el mes siguiente, desorden y olvido. Tú, Señor, quieres que nos levantemos después de cada caída, que luchemos, aunque parezca que no avanzamos. Una vez me dieron un pensamiento clave en este sentido: Dios no se fija tanto en nuestras victorias como en nuestros esfuerzos. ¡Menos mal!
Por eso los últimos papas nos invitan a no tener miedo, pues Dios es nuestro Padre y nos ayuda en las batallas. No estamos solos, como enseña el papa Francisco a un joven que le manifestaba sus temores: Caminar es un arte, porque si caminamos siempre deprisa nos cansamos y no podemos llegar al final, al final del camino. En cambio, si nos detenemos y no caminamos, ni siquiera llegamos al final. Caminar es precisamente el arte de mirar el horizonte, pensar adónde quiero ir, pero también soportar el cansancio del camino. Y muchas veces el camino es difícil, no es fácil. «Quiero ser fiel a este camino, pero no es fácil, escuchas: hay oscuridad, hay días de oscuridad, también días de fracaso, incluso alguna jornada de caída... uno cae, cae...». Pero pensad siempre en esto: no tengáis miedo de los fracasos; no tengáis miedo de las caídas. En el arte de caminar lo que importa no es no caer, sino no «quedarse caídos». Levantarse pronto, inmediatamente, y seguir andando. Y esto es bello: esto es trabajar todos los días, esto es caminar humanamente. Pero también: es malo caminar solos, malo y aburrido. Caminar en comunidad, con los amigos, con quienes nos quieren: esto nos ayuda, nos ayuda a llegar precisamente a la meta a la que queremos llegar. No sé si he respondido a tu pregunta. ¿Sí? ¿No tendrás miedo del camino? Gracias.
 Una vez que el dueño de la casa haya entrado y haya cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos». Y os responderá: «No sé de dónde sois». Señor: nos hablas del juicio, del momento en que habremos perdido la posibilidad de pelear, porque se nos haya acabado el tiempo de merecer en la tierra. Entonces ya no servirán los lamentos. Es triste ese desconocimiento del Señor: No sé de dónde sois. Es fácil asociarlo con aquella otra amenaza: al que me niegue delante de los hombres yo lo negaré delante de mi Padre.
Entonces empezaréis a decir: «Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas». Y os dirá: «No sé de dónde sois; apartaos de mí todos los servidores de la iniquidad». Allí habrá llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados fuera. Haber estado cerca al Señor no valdrá de nada, para el que no ha querido luchar, para el que le ha negado el esfuerzo contra sus propias miserias, para rechazar las tentaciones, para el que se haya convertido en servidor de la iniquidad. De nada servirá decir que le hemos conocido, que le hemos acogido, que hemos compartido con Él. San Agustín alude a la Eucaristía: «Hay un alimento que se come y se bebe, y ése es Cristo; hasta los enemigos comen y beben a Cristo. Saben los fieles de qué cordero inmaculado se alimentan; y ¡ojalá se alimenten de él sin hacerse merecedores del castigo! Pues, como dice el Apóstol: Todo el que lo come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación» (Sermón 308 A, 6).
Es una promesa triste, que el Señor no desea que se cumpla: Él quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2,4) y, precisamente por eso, nos anima a no desfallecer en el esfuerzo.
Este empeño por cruzar la puerta estrecha es compatible con el desaliento, con el cansancio, porque somos humanos. ¡Si a Jesucristo también le costó cumplir la Voluntad del Padre, hasta pedirle que, si era posible, le apartara el cáliz de la muerte ignominiosa! Es una idea recurrente de San Josemaría: Cuando nos cansemos ―en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica―, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas... Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha ―una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado― para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos (Amigos de Dios, n.201).
La famosa conversa J. Matlary cuenta cómo le sirvió el ejemplo de un colega suyo, al que le costaba esfuerzo sacar adelante cada día su fidelidad a la llamada divina: «Me había dicho que su vocación tenía su raíz en su trabajo, en el lugar en que vivía, aunque también me dijo que echaba de menos su país, y su anterior profesión. Comprendí que no era Supermán. Tenía inclinaciones y gustos que no eran acordes con su vocación, y tenía que luchar para mantenerse en su carrera. Aquello era algo importante. En algo podíamos parecernos. Tampoco para él las cosas resultaban tan fáciles como parecían. Sabía que la palabra clave era “vocación”» (2002, p.116).
Y vendrán de oriente y de occidente y del norte y del sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Concluye el Señor con la respuesta directa a la pregunta inicial: sí son muchos los que se salvan. Pero no los que se creen primeros por motivos raciales o religiosos, sino los humildes, los que luchan con esfuerzo, a pesar de sus limitaciones, los que se consideran indignos. En ellos se cumple la profecía del último Isaías (66,18-21), que la llamada a la salvación es universal: De todas las naciones tomaré sacerdotes y levitas. Esa es nuestra vocación: el Señor quiere que seamos esos últimos gentiles que se sientan a su mesa.
Y por eso también hemos de sentir como dirigidas a nosotros las palabras de Jesús que se usan como respuesta para el Salmo Sal 116: Id al mundo entero y predicad el Evangelio. El salmista tiene ese mismo afán apostólico del profeta y de Jesús: Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.
Pues hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos. La llamada a la santidad y al apostolado no nos puede envanecer. Al contrario, nos ha de estimular a crecer en humildad, a parecernos a Cristo que se presentaba como manso y humilde de corazón. Ayúdanos, Señor, a cruzar por la puerta angosta de la humildad, para ocupar los últimos puestos sin remilgos ―aunque pueda ser que nuestra llamada sea la de ponerte en lo más alto de nuestra profesión, que no es incompatible con esa virtud ―, conscientes de que el puesto importante no es el que ocupemos en la tierra, sino el que ganemos para el Reino de los cielos. 
Acudamos a la Santísima Virgen para que ella nos alcance las gracias de su Hijo en la lucha ordinaria, de cada día, por ser fieles a su llamada, para que así podamos entrar por la puerta angosta al banquete del Señor.

domingo, julio 20, 2008

Parábola de la cizaña

Hace poco estuve en el Valle del Cauca y pude admirar, una vez más, el esplendor y la fecundidad de esas tierras. Encontré cañaverales listos para la siega, y terrenos en pleno proceso del arado. Sin embargo, también había, al lado de la finca donde me alojé, malas hierbas, basuras, hojas secas, que afeaban la belleza del entorno. Pensé en las parábolas del reino que presenta San Mateo.
Después de la parábola del sembrador, Jesús propone otra enseñanza complementaria, el ejemplo de la cizaña: —El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. 

Esta parábola admite varias interpretaciones. Para evitar la tentación de pensar que nosotros somos los buenos y los demás pecadores, se puede ver que todos somos cizaña. Y que el Señor se encarnó para convertirnos en trigo. Él mismo se hizo cizaña, para que nosotros alcanzáramos la dignidad del trigo: trigo divino, pan de vida. Es una manera de entender la frase de Pablo: Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.
Otra interpretación es la que el mismo Evangelio proporciona: el reino ya está presente, aunque todavía no estén destruidos los malos. La “buena semilla” son las personas influidas por la palabra que, desde luego, también se relacionan con los que no se han dejado permear por Dios. El personaje principal es el Hijo del Hombre, Señor de la cosecha, el Justo que revela la buena noticia del reino que no solo siembra la semilla, sino que también representa el reino y el juicio. 
Mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. La cizaña (borrachuela, joyo o cominillo) es una planta similar al trigo. Es un símbolo de los pecadores: la siembra el diablo. Cuando llegue el juicio final se quemará, como ocurre con las malas hierbas. Y es una planta mala, que crece con la complicidad del sueño de los operarios.
También me contaron en mi viaje una historia de ataque durante el sueño: una operación de inteligencia militar. Durante el día, un infiltrado descubrió que casi todos los obreros de una finca eran guerrilleros y el sitio donde tenían su armamento. En la noche se escapó y por la madrugada llegaron los soldados a incautar el arsenal y apresar a los delincuentes.
Así puede suceder en la vida interior, comenta San Josemaría (Es Cristo que pasa, 147): “Los hombres estamos expuestos a dejarnos llevar del sueño del egoísmo, de la superficialidad, desperdigando el corazón en mil experiencias pasajeras, evitando profundizar en el verdadero sentido de las realidades terrenas. ¡Mala cosa ese sueño, que sofoca la dignidad del hombre y le hace esclavo de la tristeza! Hay un caso que nos debe doler sobre manera: el de aquellos cristianos que podrían dar más y no se deciden; que podrían entregarse del todo, viviendo todas las consecuencias de su vocación de hijos de Dios, pero se resisten a ser generosos. 

Nos debe doler porque la gracia de la fe no se nos ha dado para que esté oculta, sino para que brille ante los hombres; porque, además, está en juego la felicidad temporal y la eterna de quienes así obran. La vida cristiana es una maravilla divina, con promesas inmediatas de satisfacción y de serenidad, pero a condición de que sepamos apreciar el don de Dios, siendo generosos sin tasa”.

Podemos pensar en nuestro sueño: nuestras manifestaciones de egoísmo, de superficialidad, de falta de generosidad y pedir perdón al Sembrador divino. De hecho, una interpretación complementaria de esta parábola es en la óptica de la misericordia divina, a la luz de la primera lectura y del salmo de la semana XVI: En el libro de la Sabiduría (12, 13.16-19), se muestra al Señor que le da tiempo al pecador para que se arrepienta: “Siendo tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza. (…) Has llenado a tus hijos de una dulce esperanza, ya que al pecador le das tiempo para que se arrepienta”.  

El Salmo 85 hace eco de esa característica divina: “Tú, Señor, eres bueno y clemente. (…) Dios entrañablemente compasivo, todo amor y lealtad, lento a la cólera, ten compasión de mí, pues clamo a ti, Señor, a toda hora. En esta perspectiva, se entiende que el Señor le ofrece una oportunidad más al pecador, cuando dice (Mateo 13, 24-43):
Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega». 

El Señor le da tiempo al pecador para que se arrepienta del sueño malo que dejó crecer la cizaña junto al trigo. Y en su bondadosa misericordia, está dispuesto a ayudarnos en esa labor interior de destierro del mal. Nos sirven para nuestra oración unas palabras de San Josemaría (Surco, 677): 
“El Señor sembró en tu alma buena simiente. Y se valió —para esa siembra de vida eterna— del medio poderoso de la oración: porque tú no puedes negar que, muchas veces, estando frente al Sagrario, cara a cara, El te ha hecho oír —en el fondo de tu alma— que te quería para Sí, que habías de dejarlo todo... Si ahora lo niegas, eres un traidor miserable; y, si lo has olvidado, eres un ingrato.

Se ha valido también —no lo dudes, como no lo has dudado hasta ahora— de los consejos o insinuaciones sobrenaturales de tu Director, que te ha repetido insistentemente palabras que no debes pasar por alto; y se valió al comienzo, además —siempre para depositar la buena semilla en tu alma—, de aquel amigo noble, sincero, que te dijo verdades fuertes, llenas de amor de Dios.

—Pero, con ingenua sorpresa, has descubierto que el enemigo ha sembrado cizaña en tu alma. Y que la continúa sembrando, mientras tú duermes cómodamente y aflojas en tu vida interior. —Esta, y no otra, es la razón de que encuentres en tu alma plantas pegajosas, mundanas, que en ocasiones parece que van a ahogar el grano de trigo bueno que recibiste...

—¡Arráncalas de una vez! Te basta la gracia de Dios. No temas que dejen un hueco, una herida... El Señor pondrá ahí nueva semilla suya: amor de Dios, caridad fraterna, ansias de apostolado... Y, pasado el tiempo, no permanecerá ni el mínimo rastro de la cizaña: si ahora, que estás a tiempo, la extirpas de raíz; y mejor, si no duermes y vigilas de noche tu campo”.