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Parábola de la cizaña

Hace poco estuve en el Valle del Cauca y pude admirar, una vez más, el esplendor y la fecundidad de esas tierras. Encontré cañaverales listos para la siega, y terrenos en pleno proceso del arado. Sin embargo, también había, al lado de la finca donde me alojé, malas hierbas, basuras, hojas secas, que afeaban la belleza del entorno. Pensé en las parábolas del reino que presenta San Mateo.
Después de la parábola del sembrador, Jesús propone otra enseñanza complementaria, el ejemplo de la cizaña: —El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. 

Esta parábola admite varias interpretaciones. Para evitar la tentación de pensar que nosotros somos los buenos y los demás pecadores, se puede ver que todos somos cizaña. Y que el Señor se encarnó para convertirnos en trigo. Él mismo se hizo cizaña, para que nosotros alcanzáramos la dignidad del trigo: trigo divino, pan de vida. Es una manera de entender la frase de Pablo: Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.
Otra interpretación es la que el mismo Evangelio proporciona: el reino ya está presente, aunque todavía no estén destruidos los malos. La “buena semilla” son las personas influidas por la palabra que, desde luego, también se relacionan con los que no se han dejado permear por Dios. El personaje principal es el Hijo del Hombre, Señor de la cosecha, el Justo que revela la buena noticia del reino que no solo siembra la semilla, sino que también representa el reino y el juicio. 
Mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. La cizaña (borrachuela, joyo o cominillo) es una planta similar al trigo. Es un símbolo de los pecadores: la siembra el diablo. Cuando llegue el juicio final se quemará, como ocurre con las malas hierbas. Y es una planta mala, que crece con la complicidad del sueño de los operarios.
También me contaron en mi viaje una historia de ataque durante el sueño: una operación de inteligencia militar. Durante el día, un infiltrado descubrió que casi todos los obreros de una finca eran guerrilleros y el sitio donde tenían su armamento. En la noche se escapó y por la madrugada llegaron los soldados a incautar el arsenal y apresar a los delincuentes.
Así puede suceder en la vida interior, comenta San Josemaría (Es Cristo que pasa, 147): “Los hombres estamos expuestos a dejarnos llevar del sueño del egoísmo, de la superficialidad, desperdigando el corazón en mil experiencias pasajeras, evitando profundizar en el verdadero sentido de las realidades terrenas. ¡Mala cosa ese sueño, que sofoca la dignidad del hombre y le hace esclavo de la tristeza! Hay un caso que nos debe doler sobre manera: el de aquellos cristianos que podrían dar más y no se deciden; que podrían entregarse del todo, viviendo todas las consecuencias de su vocación de hijos de Dios, pero se resisten a ser generosos. 

Nos debe doler porque la gracia de la fe no se nos ha dado para que esté oculta, sino para que brille ante los hombres; porque, además, está en juego la felicidad temporal y la eterna de quienes así obran. La vida cristiana es una maravilla divina, con promesas inmediatas de satisfacción y de serenidad, pero a condición de que sepamos apreciar el don de Dios, siendo generosos sin tasa”.

Podemos pensar en nuestro sueño: nuestras manifestaciones de egoísmo, de superficialidad, de falta de generosidad y pedir perdón al Sembrador divino. De hecho, una interpretación complementaria de esta parábola es en la óptica de la misericordia divina, a la luz de la primera lectura y del salmo de la semana XVI: En el libro de la Sabiduría (12, 13.16-19), se muestra al Señor que le da tiempo al pecador para que se arrepienta: “Siendo tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza. (…) Has llenado a tus hijos de una dulce esperanza, ya que al pecador le das tiempo para que se arrepienta”.  

El Salmo 85 hace eco de esa característica divina: “Tú, Señor, eres bueno y clemente. (…) Dios entrañablemente compasivo, todo amor y lealtad, lento a la cólera, ten compasión de mí, pues clamo a ti, Señor, a toda hora. En esta perspectiva, se entiende que el Señor le ofrece una oportunidad más al pecador, cuando dice (Mateo 13, 24-43):
Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega». 

El Señor le da tiempo al pecador para que se arrepienta del sueño malo que dejó crecer la cizaña junto al trigo. Y en su bondadosa misericordia, está dispuesto a ayudarnos en esa labor interior de destierro del mal. Nos sirven para nuestra oración unas palabras de San Josemaría (Surco, 677): 
“El Señor sembró en tu alma buena simiente. Y se valió —para esa siembra de vida eterna— del medio poderoso de la oración: porque tú no puedes negar que, muchas veces, estando frente al Sagrario, cara a cara, El te ha hecho oír —en el fondo de tu alma— que te quería para Sí, que habías de dejarlo todo... Si ahora lo niegas, eres un traidor miserable; y, si lo has olvidado, eres un ingrato.

Se ha valido también —no lo dudes, como no lo has dudado hasta ahora— de los consejos o insinuaciones sobrenaturales de tu Director, que te ha repetido insistentemente palabras que no debes pasar por alto; y se valió al comienzo, además —siempre para depositar la buena semilla en tu alma—, de aquel amigo noble, sincero, que te dijo verdades fuertes, llenas de amor de Dios.

—Pero, con ingenua sorpresa, has descubierto que el enemigo ha sembrado cizaña en tu alma. Y que la continúa sembrando, mientras tú duermes cómodamente y aflojas en tu vida interior. —Esta, y no otra, es la razón de que encuentres en tu alma plantas pegajosas, mundanas, que en ocasiones parece que van a ahogar el grano de trigo bueno que recibiste...

—¡Arráncalas de una vez! Te basta la gracia de Dios. No temas que dejen un hueco, una herida... El Señor pondrá ahí nueva semilla suya: amor de Dios, caridad fraterna, ansias de apostolado... Y, pasado el tiempo, no permanecerá ni el mínimo rastro de la cizaña: si ahora, que estás a tiempo, la extirpas de raíz; y mejor, si no duermes y vigilas de noche tu campo”.

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