Mostrando las entradas con la etiqueta Juan 14;15-31. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Juan 14;15-31. Mostrar todas las entradas

jueves, mayo 13, 2010

Caridad y paz de Dios

 
Jesús le respondió: —Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado.

Tomás pregunta a Jesús sobre su revelación, que los Apóstoles entendían reservada solo a ellos, mientras –según la mentalidad de la época- se pensaba que el Mesías se manifestaría al mundo entero. El Señor le hace ver que Él se manifiesta, fundamentalmente, a quien le ama y demuestra ese amor con obras: guardando su palabra. A continuación concreta en qué consiste esa revelación: en ser depositarios del amor del Padre y de la inhabitación de la Trinidad en el alma.

Al comienzo del discurso, Jesús había dicho que se iba para preparar una morada en la casa del Padre. Ahora complementa esa promesa con otro anuncio: no solo viviremos en la casa del Padre, sino que nosotros mismos seremos sus huéspedes. Es la manera de cumplir las promesas del Antiguo Testamento. San Pablo explicará (cfr 2 Co 6,16): vosotros sois el templo de Dios vivo, según dijo Dios: Yo habitaré y caminaré en medio de ellos, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo).

San Josemaría enseña, desde su experiencia personal, cómo se llega a experimentar la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del cristiano:El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!(Amigos de Dios, 306)

Os he hablado de todo esto estando con vosotros; 26 pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho.

Jesús promete el envío del Espíritu Santo y explica su misión: enseñar, recordar. No solo traerá a la memoria, sino  que también ayudará a comprender el verdadero significado de las palabras y de las obras de Jesús tras su resurrección (Perkins). Ese “recordar” significa también sugerir: el Paráclito les traerá a la memoria lo que ya habían escuchado a Jesús, pero con una nueva luz, que les capacitará para descubrir la profundidad y riqueza de lo que habían visto y escuchado (Navarra).

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis escuchado que os he dicho: «Me voy y vuelvo a vosotros». Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis.

Quizá por la claridad del anuncio de su partida, en la cara de los discípulos se manifiesta su tristeza por la pérdida del Maestro y quizá el temor a las autoridades judías. Por eso Jesús les recuerda el “no temáis” de otras ocasiones: No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.

Y explica cuál es la clave de esa serenidad: la paz, como don suyo; como fruto del Espíritu Santo, una perfección plasmada en nosotros como primicia de la gloria eterna (Cf. Compendio del Catecismo, n. 390). Es una paz que nos llena de gozo, de alegría –otro fruto de Pentecostés- por estar unidos a Dios y, por Él, a los demás.

Por eso Jesús dice que su paz no es como la del mundo. La paz del Señor procede de la reconciliación con Él, del esfuerzo por apartarnos de lo que se opone a esa unión: del egoísmo, de la sensualidad, de las ambiciones terrenas. La paz del Señor es generosa, supera el mero sentimiento y los deseos propios: Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre.

La paz del Señor, podemos concluir, coincide con la alegría de ser sus hijos, de estar con Él. De conocer la riqueza de la vida intratrinitaria: la unidad del Padre y del Hijo con el Espíritu Santo. Y nos mueve a anunciarla a los demás.

San Josemaría escribe otro punto autobiográfico en Camino (n. 258): Rechaza esos escrúpulos que te quitan la paz. - No es de Dios lo que roba la paz del alma. Cuando Dios te visite sentirás la verdad de aquellos saludos: la paz os doy..., la paz os dejo..., la paz sea con vosotros..., y esto, en medio de la tribulación.

La paz que el Señor nos trae procede de esas “visitas”, cuando Él irrumpe en el alma dándonos oración, sugiriéndonos generosidad, "en medio de la tribulación". Santa Catalina de Siena explicaba las visitas de la paz de Dios, poniendo en los labios divinos estas palabras: "Mi visita al alma es de diversos modos: unas veces con una luz especial para el conocimiento de sí misma; otras, por la generosidad de mi bondad, hasta con contrición de sus pecados; otras poniéndole dentro de su espíritu la presencia de mi Verdad, de modos diversos según me place y el deseo que han tenido".

La paz del Señor, concluye San Josemaría (Amigos de Dios, n. 116), procede de abandonarnos en Él: Os aseguro -lo he tocado con mis manos, lo he contemplado con mis ojos- que, si confiáis en la divina Providencia, si os abandonáis en sus brazos omnipotentes, nunca os faltarán los medios para servir a Dios, a la Iglesia Santa, a las almas, sin descuidar ninguno de vuestros deberes; y gozaréis además de una alegría y de una paz que mundus dare non potest, que la posesión de todos los bienes terrenos no puede dar.

Javier Echevarría (“Eucaristía y vida cristiana”) resume lo que hemos meditado sobre la paz del Señor: “Vivir la paz y sembrar la paz: así cabe resumir la vida de un buen hijo de Dios. Se muestran como hijos de Dios los que imitan a su Padre, el Dios de la paz, fuente eterna de infinita paz; se conforman con Cristo, el príncipe de la paz; y acogen al Espíritu Santo, vínculo de unión y de paz. Viven y transmiten una paz que crece junto a su regeneración espiritual, a su intimidad con la Santísima Trinidad; y la recuperan -cuando la han perdido- acudiendo al sacramento de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia. Esta paz aumenta en sus almas y la difunden a su alrededor en la medida en que se identifican con Jesucristo realmente presente en la Eucaristía”.

viernes, mayo 11, 2007

El Espíritu Santo nos lo recordará


En el capítulo 14 de San Juan se presenta el contexto de la última cena y los discursos de despedida. En ellos, Jesús exclama: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Son palabras que nos hacen recordar el discurso de Benedicto XVI a los jóvenes en Brasil (10-V-2007): «Los mandamientos conducen a la vida, lo que equivale a decir que ellos nos garantizan autenticidad. Son los grandes indicadores que nos señalan el camino cierto. Quien observa los mandamientos está en el camino de Dios. No basta conocerlos. El testimonio vale más que la ciencia, o sea, es la propia ciencia aplicada. No nos son impuestos desde afuera, ni disminuyen nuestra libertad. Por el contrario: constituyen impulsos internos vigorosos, que nos llevan a actuar en esta dirección. En su base está la gracia y la naturaleza, que no nos dejan inmóviles. Necesitamos caminar. Nos impulsan a hacer algo para realizarnos a nosotros mismos. Realizarse a través de la acción es volverse real. Nosotros somos, en gran parte, a partir de nuestra juventud, lo que queremos ser. Somos, por así decir, obra de nuestras manos».


En ese sentido, Jesús continúa: «El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado. Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho». De las varias maneras en que se puede traducir el nombre “Paráclito” del Espíritu Santo, “consolador” es una de las más apropiadas: San Juan nos muestra que el consuelo que Jesús da a los discípulos ante su inminente partida, además de la promesa de su regreso, es la del envío del Espíritu Santo.

Como explica la Biblia de Navarra, si en el Antiguo Testamento Dios había prometido estar entre el pueblo, ahora habla de una presencia del Padre y del Hijo en cada persona, convirtiéndola en templo del Espíritu Santo. Esa presencia es la clave de la santidad. Como decía el Papa en el mismo discurso, «Queridos jóvenes, Cristo os llama a ser santos. Él mismo os convoca y quiere andar con vosotros, para animar con Su espíritu los pasos del Brasil en este inicio del tercer milenio de la era cristiana. Pido a la Señora Aparecida que os conduzca, con su auxilio materno y os acompañe a lo largo de la vida».


El Espíritu Santo nos recuerda lo que Jesús dijo. Lo vemos en el Nuevo Testamento, cuando los Apóstoles pueden enseñar a los no judíos (Hechos 15, 1-2.22-29): «Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto». Se trata de la enseñanza apostólica del Maestro: la Iglesia está llamada a ser santa y también fecunda.
Lo muestra el autor del Apocalipsis (21,10-14.21-23) en un pasaje que, de acuerdo con la Biblia de Navarra, es el momento culminante del libro: la instauración plena del Reino de Dios. Se trata de un mundo nuevo sobre el que habitará la humanidad renovada –la nueva Jerusalén- y cuya llegada está garantizada por la Palabra del Dios eterno y todopoderoso. Esa humanidad –el Pueblo de Dios- es presentada como la Esposa del Cordero y descrita detalladamente como una ciudad maravillosa en la que reinan Dios Padre y Cristo. Que la Ciudad baje del cielo significa que la instauración del reino mesiánico se realizará por el poder de Dios y conforme a su voluntad. Las puertas simbolizan la universalidad de la Iglesia, como dice el salmo 66: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”.


Benedicto XVI también anima a los jóvenes a cumplir los mandamientos, a ser santos, pero también a ser apostólicos, dejándose llevar por el fuego del Espíritu Santo: «Sois jóvenes de la Iglesia, por eso yo os envío para la gran misión de evangelizar a los jóvenes y a las jóvenes que andan errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sed los apóstoles de los jóvenes, invitadles a que vengan con vosotros, a que hagan la misma experiencia de fe, de esperanza y de amor; se encuentren con Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena posibilidad de realizarse. Que también ellos y ellas descubran los caminos seguros de los Mandamientos y por ellos lleguen hasta Dios».