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Caridad y paz de Dios

 
Jesús le respondió: —Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que escucháis no es mía sino del Padre que me ha enviado.

Tomás pregunta a Jesús sobre su revelación, que los Apóstoles entendían reservada solo a ellos, mientras –según la mentalidad de la época- se pensaba que el Mesías se manifestaría al mundo entero. El Señor le hace ver que Él se manifiesta, fundamentalmente, a quien le ama y demuestra ese amor con obras: guardando su palabra. A continuación concreta en qué consiste esa revelación: en ser depositarios del amor del Padre y de la inhabitación de la Trinidad en el alma.

Al comienzo del discurso, Jesús había dicho que se iba para preparar una morada en la casa del Padre. Ahora complementa esa promesa con otro anuncio: no solo viviremos en la casa del Padre, sino que nosotros mismos seremos sus huéspedes. Es la manera de cumplir las promesas del Antiguo Testamento. San Pablo explicará (cfr 2 Co 6,16): vosotros sois el templo de Dios vivo, según dijo Dios: Yo habitaré y caminaré en medio de ellos, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo).

San Josemaría enseña, desde su experiencia personal, cómo se llega a experimentar la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del cristiano:El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!(Amigos de Dios, 306)

Os he hablado de todo esto estando con vosotros; 26 pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho.

Jesús promete el envío del Espíritu Santo y explica su misión: enseñar, recordar. No solo traerá a la memoria, sino  que también ayudará a comprender el verdadero significado de las palabras y de las obras de Jesús tras su resurrección (Perkins). Ese “recordar” significa también sugerir: el Paráclito les traerá a la memoria lo que ya habían escuchado a Jesús, pero con una nueva luz, que les capacitará para descubrir la profundidad y riqueza de lo que habían visto y escuchado (Navarra).

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis escuchado que os he dicho: «Me voy y vuelvo a vosotros». Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis.

Quizá por la claridad del anuncio de su partida, en la cara de los discípulos se manifiesta su tristeza por la pérdida del Maestro y quizá el temor a las autoridades judías. Por eso Jesús les recuerda el “no temáis” de otras ocasiones: No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.

Y explica cuál es la clave de esa serenidad: la paz, como don suyo; como fruto del Espíritu Santo, una perfección plasmada en nosotros como primicia de la gloria eterna (Cf. Compendio del Catecismo, n. 390). Es una paz que nos llena de gozo, de alegría –otro fruto de Pentecostés- por estar unidos a Dios y, por Él, a los demás.

Por eso Jesús dice que su paz no es como la del mundo. La paz del Señor procede de la reconciliación con Él, del esfuerzo por apartarnos de lo que se opone a esa unión: del egoísmo, de la sensualidad, de las ambiciones terrenas. La paz del Señor es generosa, supera el mero sentimiento y los deseos propios: Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre.

La paz del Señor, podemos concluir, coincide con la alegría de ser sus hijos, de estar con Él. De conocer la riqueza de la vida intratrinitaria: la unidad del Padre y del Hijo con el Espíritu Santo. Y nos mueve a anunciarla a los demás.

San Josemaría escribe otro punto autobiográfico en Camino (n. 258): Rechaza esos escrúpulos que te quitan la paz. - No es de Dios lo que roba la paz del alma. Cuando Dios te visite sentirás la verdad de aquellos saludos: la paz os doy..., la paz os dejo..., la paz sea con vosotros..., y esto, en medio de la tribulación.

La paz que el Señor nos trae procede de esas “visitas”, cuando Él irrumpe en el alma dándonos oración, sugiriéndonos generosidad, "en medio de la tribulación". Santa Catalina de Siena explicaba las visitas de la paz de Dios, poniendo en los labios divinos estas palabras: "Mi visita al alma es de diversos modos: unas veces con una luz especial para el conocimiento de sí misma; otras, por la generosidad de mi bondad, hasta con contrición de sus pecados; otras poniéndole dentro de su espíritu la presencia de mi Verdad, de modos diversos según me place y el deseo que han tenido".

La paz del Señor, concluye San Josemaría (Amigos de Dios, n. 116), procede de abandonarnos en Él: Os aseguro -lo he tocado con mis manos, lo he contemplado con mis ojos- que, si confiáis en la divina Providencia, si os abandonáis en sus brazos omnipotentes, nunca os faltarán los medios para servir a Dios, a la Iglesia Santa, a las almas, sin descuidar ninguno de vuestros deberes; y gozaréis además de una alegría y de una paz que mundus dare non potest, que la posesión de todos los bienes terrenos no puede dar.

Javier Echevarría (“Eucaristía y vida cristiana”) resume lo que hemos meditado sobre la paz del Señor: “Vivir la paz y sembrar la paz: así cabe resumir la vida de un buen hijo de Dios. Se muestran como hijos de Dios los que imitan a su Padre, el Dios de la paz, fuente eterna de infinita paz; se conforman con Cristo, el príncipe de la paz; y acogen al Espíritu Santo, vínculo de unión y de paz. Viven y transmiten una paz que crece junto a su regeneración espiritual, a su intimidad con la Santísima Trinidad; y la recuperan -cuando la han perdido- acudiendo al sacramento de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia. Esta paz aumenta en sus almas y la difunden a su alrededor en la medida en que se identifican con Jesucristo realmente presente en la Eucaristía”.

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