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sábado, agosto 25, 2012

¿También vosotros queréis marcharos?


En medio de la contemplación del relato de San Marcos, que es el autor que consideramos este año, llegamos al final del excursus eucarístico que hemos hecho durante cinco semanas, escuchando el capítulo sexto del Evangelio de San Juan, 

Ya hemos presenciado en nuestra oración la multiplicación de los panes y de los peces, la oración de Jesús, el sermón de la sinagoga en el que se presentaba como el Pan bajado del cielo, necesario para la vida eterna. Ante el realismo de su predicación (el que no come mi carne y no bebe mi sangre no tiene vida), el auditorio queda enfrentado a lo que San Pablo llamaba el “escándalo” de Cristo. Las palabras del Señor son radicales y la respuesta debe ser igual: no caben medias tintas.

Por eso San Juan continúa su relato: Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: —Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? Duele ver que, justo después del anuncio del don más grande, de la promesa del sacramento del amor, surja esta reacción en un buen número de sus seguidores (no de las multitudes oportunistas, sino de sus discípulos).

Pero el Señor no pretende contemporizar, diluir la predicación anterior en subterfugios diplomáticos. Por el contrario, da un paso adelante en su discurso. Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto, les dijo: —¿Esto os escandaliza? Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes?

Con estas palabras, el Maestro manifiesta su origen, explicita su naturaleza: es el Hijo de Dios, bajado del cielo. Al mismo tiempo, pensaría con dolor humano y al mismo tiempo muy unido a la voluntad del Padre en que la manera para lograr esa ascensión adonde estaba antes sería a través de la muerte en la Cruz y de la posterior resurrección.

La Eucaristía es fruto del sacrificio del Calvario, además de ser sacramento de unidad, y vínculo de caridad. El Papa Benedicto XVI insiste bastante en que estas dos dimensiones -sacrificio y banquete- no pueden estar separadas. Y cuando asistimos a la Santa Misa debemos unirnos a ambas órbitas: unirnos al sacrificio de Cristo, llevando nuestras propias penitencias, nuestros sufrimientos, el esfuerzo de cada día. De esa manera, por la unión con el Señor nos uniremos más a nuestros hermanos en la Iglesia y en toda la humanidad.

Jesús continúa la explicación de su enseñanza: El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. No se trata de un gnosticismo que rechaza la carne, pues Él mismo acababa de mostrar que su carne sería la salvación del mundo, sino de una invitación a buscar la unión con Él, que se quedará en el sacramento del altar y que nos enviará su Espíritu Santo para que nos acompañe y nos oriente por el camino de la santidad: de la unión con Él, de la escucha de sus palabras. Por eso decimos en el Credo cada domingo que creemos en el Espíritu Santo, “Señor y dador de vida” (Dominum et vivificantem, como quiso llamar el Beato Juan Pablo II su encíclica sobre la Tercera Persona de la Trinidad).

Resumiendo todo el capítulo sexto del Evangelio de San Juan, Benedicto XVI explica: «Aquel que se ha hecho hombre se nos da en el Sacramento, y solo así la Palabra eterna se convierte plenamente en maná, el don ya hoy del pan futuro. Después, el Señor reúne todos los aspectos una vez más: esta extrema materialización es precisamente la verdadera espiritualización: “El Espíritu es quien da vida: la carne no sirve de nada”» (Jesús de Nazaret).

Las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Así como en el Antiguo Testamento el principal regalo de Moisés había sido el maná, ahora Jesús enseña que el don con que nos alimentará son sus palabras. Las que nos transmite el Evangelio, las que nos comunica en la oración personal o en la confesión o en la dirección espiritual. ¡Qué importante es el diálogo con el Señor, escuchar esas palabras que son espíritu y son vida!

«Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 134).

Las palabras de Jesús que son espíritu y son vida nos llevan a vivir de fe. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar. San Juan narra con dolor la traición de Judas y de todos los que no tuvieron fe en el Señor, que no creyeron en su Encarnación ni en su presencia real en la Eucaristía. Como invitando a sus lectores a desagraviar con una vida eucarística más delicada, más plena, más enamorada.

Y añadía: —Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre. Como para que quede claro que en el seguimiento de Cristo, si bien tiene gran importancia la voluntad del discípulo, el factor más importante es la vocación, como regalo de Dios. Te damos gracias, Señor, porque nos has concedido ese don maravilloso de tu llamada, nos has llevado a tu Hijo, presente en el Evangelio y en la Eucaristía y nos has invitado a escucharlo y a seguirlo, a estar con Él, a vivir en Él, con Él y en Él.

Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él. Es la conclusión lógica del itinerario de incredulidad que habían recorrido: habían comenzado por dudar de su origen divino (¿No es éste Jesús, el hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: «He bajado del cielo»). Más adelante no quisieron aceptar la posibilidad de comulgar su cuerpo y su sangre (se pusieron a discutir entre ellos: —¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?). Ahora, desde luego, no son capaces de seguirlo, de dar la vida como Él (muchos de sus discípulos dijeron: —Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?).

Estamos asistiendo a un estrepitoso fracaso humano de la metodología pastoral de Jesucristo. Un analista contemporáneo diría que no fue capaz de capitalizar la popularidad que siguió al milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Y quizás le recomendaría moderar sus palabras, para tratar de reconquistar a las personas indecisas. La reacción de Jesús asombraría: Entonces Jesús les dijo a los doce: —¿También vosotros queréis marcharos?

El Señor confronta la voluntad de sus seguidores: no podemos estar con Él por sus dádivas, ni por sentimiento. La fidelidad tiene que ser indiscutida, basada en convicciones profundas. Con una libertad actual, renovada en cada instante.

Como la de Pedro, que a pesar de sus miserias pasadas y futuras –más adelante lo negará en la noche del Jueves Santo- le respondió: —Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.

Juan Pablo II comenta, invitando a los jóvenes a seguir al Señor como aquellos apóstoles que fueron fieles en el momento de la dispersión: “Sólo Cristo tiene palabras que resisten al paso del tiempo y permanecen para la eternidad. [...] En la pregunta de Pedro: ¿A quién iremos? está ya la respuesta sobre el camino que se debe recorrer. Es el camino que lleva a Cristo. Y el divino Maestro es accesible personalmente; en efecto, está presente sobre el altar en la realidad de su cuerpo y de su sangre. En el sacrificio eucarístico podemos entrar en contacto, de un modo misterioso pero real, con su persona, acudiendo a la fuente inagotable de su vida de Resucitado”.

A la Virgen María, Virgen fiel, encomendamos nuestros propósitos de seguir a su Hijo en la oración, en la Eucaristía, en la Cruz, ofreciéndole -como Ella- nuestra vida entera.

sábado, agosto 22, 2009

San Pedro y el Papa



Concluimos hoy los cinco domingos que la liturgia dedica al capítulo seis del Evangelio de San Juan. En los versículos 60-69, el evangelista presenta la reacción de los seguidores de Jesús: “Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: —Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto, les dijo: —¿Esto os escandaliza? Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar”.


Para seguir a Jesús hace falta entenderlo “en espíritu y vida”, no como una simple enseñanza carnal. Es cuestión de fe. Perkins muestra que la división de la que habla el evangelista no se da simplemente entre los espectadores casuales, sino entre los propios discípulos, que “se echaron atrás y ya no andaban con él”. Uno podría pensar que, en estas circunstancias, lo más sensato sería usar la diplomacia, “recoger manguera”, explicar un poco mejor lo dicho, para ver si es posible recuperar a algunos de los que se van… Pero el Señor, por el contrario, radicaliza su posición: “Entonces Jesús les dijo a los doce: —¿También vosotros queréis marcharos?” Y lo dice después de anunciar que sabe de las intrigas del traidor y de la cizaña que está sembrando entre los discípulos: “hay algunos de vosotros que no creen”.


Este episodio es la primera ocasión en que se menciona el grupo conformado por los Apóstoles, con Pedro a la cabeza. Es más, aparte de las tres ocasiones que se menciona el grupo en esta escena, en ninguna otra parte del evangelio de Juan se habla de él. Ratzinger dirá que solo aquí se le da al círculo de los Doce toda su importancia y su fisonomía. Como en Cesarea de Filipo, es Pedro quien toma la vocería de los otros once: “Le respondió Simón Pedro: —Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios”.


“El Santo de Dios” equivale al “Cristo de Dios”, al Ungido, al Mesías. Jaubert anota que es el título que confesaban con estremecimiento los demonios en Mc 1,24. Ratzinger señala que la peculiaridad del relato de Juan es que pone la confesión de Pedro en el contexto de la última cena. Le da más énfasis a su significado sacerdotal, pues así se le llama a Aarón en el salmo 106. Además, como está insertado en el discurso eucarístico, este título remite al misterio pascual. Y relaciona esta confesión con el estremecimiento de Pedro posterior a la pesca milagrosa, cuando dirá: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.


El Papa extrae varias conclusiones de este pasaje, también a la luz de la comparación de este pasaje con los paralelos sinópticos. La primera es que se trata de un evento decisivo: a partir de entonces, los discípulos serán el núcleo inicial de la nueva familia de Jesús: la futura Iglesia, que permanece “en camino” con Jesús y que, gracias a esa compañía, lo “conoce”. Y concluye su la meditación de la escena diciendo que “durante toda su historia, la Iglesia está siempre en peregrinación intentando penetrar en estas palabras, que solo se nos pueden hacer comprensibles al contacto con las heridas de Jesús y en el encuentro con su resurrección, convirtiéndose después para nosotros en una misión”. Misión de Pedro y de los demás discípulos, misión confiada por Cristo: apacienta mis ovejas, id por todo el mundo y predicad el Evangelio.


La meditación de la confesión de Pedro nos compromete a creer como él, a encontrar en su fe y en sus sucesores “el criterio seguro de discernimiento sobre la verdad de lo que creen” (Eunsa). En este caso, tener esa fe sólida en que Pedro es el Vicario de Cristo en la tierra, la cabeza de la familia de Dios en el mundo, que es la Iglesia, sobre la cual “no prevalecerá el poder del infierno”. Y seguir sus enseñanzas, estudiar su magisterio; además de orar por él, por su salud, por su trabajo, por sus intenciones. Un buen católico debe caracterizarse por ser buen hijo del Papa.


Hoy celebramos también la fiesta de Santa María Reina, una semana después de la Asunción al cielo. Y hace unos años, el Papa explicaba la primera lectura de la Misa: “En el centro de las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran la imagen sumamente significativa de la Mujer, que da a luz un Hijo varón, y la visión complementaria del Dragón, que ha caído de los cielos, pero que todavía es muy poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre del Redentor, pero representa al mismo tiempo a toda la Iglesia, el Pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da a luz a Cristo de nuevo. Y siempre está amenazada por el poder del Dragón. Parece indefensa, débil. Pero, mientras está amenazada, perseguida por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer, al final, vence. No vence el Dragón. ¡Esta es la gran profecía de este libro, que nos da confianza! La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el Cordero” (Audiencia 22-VIII-06).



sábado, agosto 26, 2006

Una Alianza que compromete y une


(Domingo XXI-B) En la colecta de la Misa de este Domingo se nos habla de unidad, rememorando la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, de los cuales dicen que eran “un solo corazón y una sola alma”, que vivían “consumados en la unidad”. Se alaba al Señor que puede hacer ese prodigio de la comunión: “Dios nuestro, tú que puedes darnos un mismo querer y un mismo sentir, concédenos a todos amar lo que nos mandas y anhelar lo que nos prometes para que, en medio de las preocupaciones de esta vida, pueda encontrar nuestro corazón la felicidad verdadera”.
 
Le pedimos que nos ayuda a comprometernos con Él: amar lo que Él ama, esperar sus promesas. Como ha dicho repetidas veces el Papa Benedicto XVI, ése el camino de la felicidad verdadera. El Cristianismo no es aburrido: Brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida: la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que sólo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser. Pensamos que Mefistófeles —el tentador— tiene razón cuando dice que es la fuerza "que siempre quiere el mal y siempre obra el bien" (Goethe, Fausto I, 3). Pensamos que pactar un poco con el mal, reservarse un poco de libertad contra Dios, en el fondo está bien, e incluso que es necesario (Homilía, 8-XII-2005).

Serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios. El libro de Josué (24, 1-18), presenta una escena tensa. Al llegar a la tierra prometida, el sucesor de Moisés, le dice al pueblo que ha llegado el momento de decidir: o Yahvé, o los dioses amorreos: “En aquellos días, Josué reunió a todas las tribus de Israel en Siquén y convocó a los ancianos de Israel, a sus jueces, jefes y escribas. Todos se presentaron ante Dios. Josué dijo a todo el pueblo: "Si no les parece bien dar culto al Señor, elijan hoy a quién desean dar culto, si a los dioses a quienes adoraron sus antepasados en Mesopotamia, o a los dioses de los amorreos, cuya tierra ocupan ahora ustedes. Yo y los míos daremos culto al Señor". El pueblo respondió: "No tenemos ninguna intención de abandonar al Señor para dar culto a otros dioses. El Señor es nuestro Dios; él fue quien nos sacó de la esclavitud de Egipto a nosotros y a nuestros padres. El ha hecho ante nuestros ojos grandes prodigios y nos ha protegido durante el largo camino que hemos recorrido y en todas las naciones que hemos atravesado. Nosotros daremos culto al Señor, porque él es nuestro Dios". Es la ratificación de la Alianza, que además tiene fuerza de ley para el pueblo hebreo.

Este es un gran misterio; y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. No siempre la segunda lectura sigue el ritmo litúrgico de las demás seleccionadas para el domingo, pero en este caso sí. San Pablo escribe a los de Éfeso (5, 21-32) acerca del matrimonio y, haciendo ver la importancia de la mutua sumisión y amor entre los esposos, pone como ejemplo el amor –la alianza- de Cristo con la Iglesia. “Hermanos: Ténganse mutuamente respeto en honor a Cristo. Que las mujeres respeten a sus maridos. Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para consagrarla a Dios. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y llegarán a ser los dos uno solo. Gran misterio es éste, que yo relaciono con la unión de Cristo y de la Iglesia”.

Y continuamos con el capítulo sexto de san Juan (6, 60-69), centrándonos en el texto que dice: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. Tú tienes palabras de vida eterna”. Y en unas palabras de Pedro, tan claras como las de Cesarea: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”: "En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida". Muchos de sus discípulos, al oír a Jesús, dijeron: "Esta doctrina es inadmisible, ¿Quién puede aceptarla?" Jesús, sabiendo que sus discípulos criticaban su enseñanza, les preguntó: "¿Les resulta difícil aceptar esto? ¿Qué ocurriría si vieran al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Pero algunos de ustedes no creen". Dijo esto Jesús porque sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién lo iba a entregar. Y añadió: "Por eso les dije que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede". Desde aquel momento, muchos de sus discípulos se retiraron y ya no andaban con él. Entonces Jesús preguntó a los Doce: "¿Acaso también ustedes quieren irse?" Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios".

La Eucaristía es llamada, entre otros títulos, sacramento de la Nueva Alianza, de la Alianza eterna. En el Antiguo Testamento se violó varias veces la Alianza. Esta Nueva Alianza es, al mismo tiempo, definitiva. También nosotros podemos decir, como los judíos a Josué: Serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios. El ha hecho ante nuestros ojos grandes prodigios y nos ha protegido durante el largo camino que hemos recorrido".  

Comenzábamos pidiendo unidad, y la Eucaristía es sacramento de unidad. Hablábamos de alegría, y la fuente de esa felicidad está en la amistad con Jesucristo, que nos acompaña con su presencia en el Sagrario. El Papa Benedicto XVI, en la citada homilía, ponía en labios de la Virgen las siguientes palabras: Ten la valentía de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que, precisamente así, tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás".

sábado, agosto 19, 2006

El pan de vida


(Domingo XX-B). La Oración Colecta de esta semana alaba a Dios-Amor, en la línea de la teología de San Pablo («ni ojo vio ni oído oyó las maravillas que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman», «el amor ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado»): «Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman; enciende nuestros corazones con el fuego de tu amor para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo».

Ese amor de Dios se manifiesta, sobre todo, en la Eucaristía. En la primera lectura se considera un texto de los Proverbios 9, 1-6: Comed de mi pan y bebed el vino que he mezclado. La Sabiduría añade que de este modo se deja la inexperiencia, se vivirá; se podrá seguir el camino de la prudencia. Por eso, el cristiano que comulga puede entonar el Salmo 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor. Gracias a él es posible apartarse del mal y obrar el bien, buscar la paz y correr tras ella. En este Salmo se invita a alabar al Señor, pero sobre todo a crecer en el santo «temor de Dios», que se logra -según los Proverbios- comiendo el pan y bebiendo el vino preparado por la Sabiduría.

En la parte final del capítulo sexto, san Juan presenta un complemento al tema de la Eucaristía: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”. Es la comida de la prudencia, de la ética, de la paz. La comida de la vida: “si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”.

En algunos ambientes se habla de no tomar a la letra esas palabras, que se trata de un simbolismo. En este pasaje queda claro que no es así. Los judíos se dan cuenta de que no es ningún símbolo (el verbo que usa el Señor, más que por “comer”, habría que traducirlo por “masticar”), por eso preguntan: – «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Y la respuesta de Jesucristo no es atenuante, sino más clara aún: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

San Clemente de Alejandría se admira por la maternidad de Cristo, que nos ha dado a luz con los dolores de su carne y nos ha envuelto con los pañales de su sangre, y por la maternidad de la Iglesia, que nos da como alimento al mismo Verbo: «¡Oh maravilla de misterio! (La Iglesia) llama a sus hijos para alimentarlos con una leche santa, el Verbo acomodado a los niños. Por esto no tuvo leche, porque la leche era ese niño hermoso y querido: el Cuerpo de Cristo. Con el Verbo alimentaba ella a estos hijos que el mismo Señor dio a luz con dolores de carne, que el Señor envolvió en los pañales de su sangre preciosa. (…) El Verbo lo es todo para el niño, padre, madre, pedagogo y nodriza: “Comed mi carne y bebed mi sangre”, dice. Estos son los alimentos apropiados que el Señor nos proporciona generosamente; nos ofrece su carne y derrama su sangre. Nada falta a los hijos para que puedan crecer».