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El pan de vida


(Domingo XX-B). La Oración Colecta de esta semana alaba a Dios-Amor, en la línea de la teología de San Pablo («ni ojo vio ni oído oyó las maravillas que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman», «el amor ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado»): «Oh Dios, que has preparado bienes inefables para los que te aman; enciende nuestros corazones con el fuego de tu amor para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo».

Ese amor de Dios se manifiesta, sobre todo, en la Eucaristía. En la primera lectura se considera un texto de los Proverbios 9, 1-6: Comed de mi pan y bebed el vino que he mezclado. La Sabiduría añade que de este modo se deja la inexperiencia, se vivirá; se podrá seguir el camino de la prudencia. Por eso, el cristiano que comulga puede entonar el Salmo 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor. Gracias a él es posible apartarse del mal y obrar el bien, buscar la paz y correr tras ella. En este Salmo se invita a alabar al Señor, pero sobre todo a crecer en el santo «temor de Dios», que se logra -según los Proverbios- comiendo el pan y bebiendo el vino preparado por la Sabiduría.

En la parte final del capítulo sexto, san Juan presenta un complemento al tema de la Eucaristía: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida”. Es la comida de la prudencia, de la ética, de la paz. La comida de la vida: “si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”.

En algunos ambientes se habla de no tomar a la letra esas palabras, que se trata de un simbolismo. En este pasaje queda claro que no es así. Los judíos se dan cuenta de que no es ningún símbolo (el verbo que usa el Señor, más que por “comer”, habría que traducirlo por “masticar”), por eso preguntan: – «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Y la respuesta de Jesucristo no es atenuante, sino más clara aún: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

San Clemente de Alejandría se admira por la maternidad de Cristo, que nos ha dado a luz con los dolores de su carne y nos ha envuelto con los pañales de su sangre, y por la maternidad de la Iglesia, que nos da como alimento al mismo Verbo: «¡Oh maravilla de misterio! (La Iglesia) llama a sus hijos para alimentarlos con una leche santa, el Verbo acomodado a los niños. Por esto no tuvo leche, porque la leche era ese niño hermoso y querido: el Cuerpo de Cristo. Con el Verbo alimentaba ella a estos hijos que el mismo Señor dio a luz con dolores de carne, que el Señor envolvió en los pañales de su sangre preciosa. (…) El Verbo lo es todo para el niño, padre, madre, pedagogo y nodriza: “Comed mi carne y bebed mi sangre”, dice. Estos son los alimentos apropiados que el Señor nos proporciona generosamente; nos ofrece su carne y derrama su sangre. Nada falta a los hijos para que puedan crecer».

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