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lunes, diciembre 26, 2016

Navidad: humildad y paz

En la noche de Navidad, la liturgia invita a contemplar el capítulo segundo del evangelio de san Lucas: en la noche la primera mitad, y el resto en la Misa de la aurora. El esquema que sigue el evangelista comienza narrando la convocatoria del censo, al que debían desplazarse san José y la Virgen, por ser descendientes de David: Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria.
La Providencia divina se sirvió de la autoridad imperial para que se cumplieran las profecías. Y puso a la Sagrada Familia en el ambiente redentor del sufrimiento: ¡cuánto padecería José, al no poder ofrecerle a su Esposa los medios adecuados para un alumbramiento digno! ¡Y cuánto sufriría la Virgen, con nueve meses de embarazo, un camino de varios días a lomo de mula! En su oración le ofrecerían a Dios las incomodidades, físicas y morales, del desplazamiento -también la humillación que suponía para todo judío el someterse al capricho de un soberano extranjero- y se unirían al sentido salvador de la misión de su Hijo: Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta.
La segunda escena que narra san Lucas es la más importante de todas, aunque lo hace de modo bastante austero: Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito. A pesar de la escasez de palabras, la riqueza del evento es de tal categoría que a él volvemos los cristianos de todos los tiempos, generación tras generación, y siempre encontramos un tesoro inagotable de riquezas. Podemos aprovechar este momento de nuestra oración para hacer memoria de las navidades que hemos vivido: cuando niños, en el ambiente familiar cercano; más adelante, quizá lejos de la tierra natal; las más recientes, con personas nuevas añadidas al núcleo familiar, con un cariño cada vez más grande.
Hoy le preguntamos al Señor qué quiere decirnos para las circunstancias concretas que estamos viviendo. ¿Qué esperas de nosotros, Dios niño, mientras nos contemplas desde el pesebre? Miremos despacio el portal, detengamos la mirada en cada personaje, y nos faltarán los días para aprender lecciones de esa cátedra que es la choza que contiene al Verbo encarnado: Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. Los pañales hablan del amor de María; el pesebre, de la humildad que caracterizó la vida de Jesús, virtud que puede ser hoy el tema central de nuestra meditación sobre el misterio de Belén.
Humildad que parece oponerse, a primera vista, con la siguiente escena del relato de san Lucas: En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Es bonito pensar que los primeros testigos del mayor acontecimiento de la historia, aparte de María y de José, no son aristócratas ni funcionarios reales, tampoco los famosos del mundo, sino unos pobres pastores, que trabajaban por la noche.
Y precisamente en medio de su labor abnegada reciben una visita celestial: De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad. Imaginemos la grandeza de la revelación: un ángel, la luz divina que envolvía todo el ambiente. Tanto, que se llenaron de gran temor. Muchas veces aparece en la Escritura esa reacción ante las manifestaciones de parte de Dios. Hasta la misma Virgen se turbó grandemente. Siempre tiene que aparecer la tranquilidad divina, el “no temas”, como en el caso de los pastores: El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor».
Esta es la mejor noticia de todos los tiempos, el Evangelio de la alegría. Por esa razón el mundo entero celebra esta solemnidad con mayor o menor conciencia, pero siempre con la idea de que, en medio de las dificultades del mundo, hay un Dios que garantiza la victoria final del bien. «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El papa Francisco se detenía a contemplar esa señal para la humanidad de siempre: la simplicidad frágil, la mansedumbre, el tierno afecto (Cf. Homilía, 25-XII-2016).
Sin embargo, llama la atención que esa humildad sea compatible con el mayor boato posible: De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial». No uno, ni dos, ni tres ángeles: ¡una legión! Dicen que en el ejército romano una legión estaba compuesta por 4000 o 5000 soldados. Imaginémonos la explosión de júbilo que significaría el canto de miles de ángeles: apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
Esos son los dos polos casi opuestos, de los que hablábamos antes: de una parte, la humildad del Niño, recostado en un pesebre y, por otro lado, la grandeza de un cortejo celestial. ¿Cómo se relacionan?, ¿cuál es el enlace entre la humildad del pesebre y la paz que anuncian los ángeles en su canto? Podemos servirnos, para nuestro diálogo con el Señor, de la homilía que pronunció san Josemaría un día como este. El título nos da una pista clara sobre el significado de esta solemnidad: “El triunfo de Cristo en la humildad”.
Jesús nos invita a acompañarlo en su misión redentora, a unirnos en su sacrificio por la humanidad. ¿Y cuál es el camino? - la humildad: "la eficacia redentora de nuestras vidas solo puede actuarse con la humildad" (18 b). Contemplemos al Niño, doctor y maestro, y pidámosle que nos enseñe el camino de la humildad. San Agustín enseña que "la morada de la caridad es la humildad"; y en otro lugar escribe: "¿Quieres construir un edificio que llegue hasta el cielo? Piensa primero en poner el fundamento de la humildad. Cuanto mayor sea la mole que hay que levantar y la altura del edificio, tanto más hondo hay que cavar el cimiento (...). El edificio antes de subir se humilla, y su cúspide se erige después de la humillación". Al mencionar esta enseñanza, santo Tomás dice que la humildad es fundamento "negativo" del edificio sobrenatural, porque quita los obstáculos que se oponen a la acción de la gracia. En esta línea escribe san Josemaría: “[Dios] desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que –hablando al modo humano– quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón”.  (Cf. Burkhart y López).
Enseñanzas muy importantes para nuestra vida espiritual, contaminada por las consecuencias del pecado original, la principal de las cuales es la soberbia: "Es a veces corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce a la soberbia" (18 c). Por eso Jesús dirá más adelante: “Aprended de mí”, mansedumbre, servicio, pisotear la soberbia. En nuestro caso, el cansancio, la generosidad en la vida familiar, la acogida sonriente de las contradicciones, de la enfermedad y el dolor: "no hay mayor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás" (19 d).
La clave para unir esa humildad con el mensaje que anuncian los ángeles podemos encontrarla si entendemos que la humildad de corazón significa compromiso con la verdad, conocimiento y aceptación de uno mismo: "su consecuencia es la paz" (Cf. Aranda). O sea que esta es la razón por la cual la humildad de Jesús no se opone a la magnanimidad del canto angelical: la humildad abre el camino para llegar a la paz.
De esta manera, encontramos el significado del canto del "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor". La paz que da el imitar la humildad de Jesús, el olvido de sí, el desprendimiento de la aprobación ajena. 

Ese es el camino que recorrieron María y José. Ambos fueron humildes, serviciales, entregados, generosos, olvidados de sí mismos. Pidámosles, al acercarnos al fuego de su amor familiar, que nos alcancen la gracia que el Niño nos trae, los dos regalos que hemos meditado hoy: su ejemplo de humildad y el fruto de su paz.

martes, diciembre 29, 2015

Navidad del Año de la misericordia

Cada año la liturgia nos ayuda a revivir los principales misterios de la vida de Cristo: desde su nacimiento en Belén hasta el triduo pascual. En Navidad, nos servimos de los Evangelios de la infancia y también de la oración de los santos, que nos ayudan a profundizar en el sentido profundo de estos momentos de la vida de nuestro Señor, para no correr el riesgo de quedarnos en sentimentalismos estériles.
Contemplemos, por ejemplo, unas palabras de san Josemaría: «Dios nos enseña a abandonarnos por completo. Mirad cuál es el ambiente, donde Cristo nace. Todo allí nos insiste en esta entrega sin condiciones» (Carta 14-II-1974, n. 2. Citado por Echevarría J., Carta Pastoral, 1-XII-2015. Subrayados añadidos). Pongamos nuestras miradas en el pesebre de Belén. Observemos al Niño, inerme, generoso, entregado por completo en las manos de los hombres. Y contemplemos la donación total de María y de José. Cada uno a su modo, los tres miembros de la Sagrada Familia viven una entrega sin condiciones. Su ejemplo nos sirve para ver qué tan incondicionado es nuestro amor, o si lo hacemos depender de nuestro estado de ánimo, de salud, del cansancio o, en general, de nuestro capricho.
Señor: ayúdanos a seguirte de ese modo, abandonados por completo en ti, sirviéndote sin condiciones. «Sería suficiente recordar aquellas escenas, para que los hombres nos llenáramos de vergüenza y de santos y eficaces propósitos. Hay que embeberse de esta lógica nueva, que ha inaugurado Dios bajando a la tierra» (Ibídem). Con tu venida a este mundo, Señor, nos enseñaste otro modo de pensar, una lógica diversa a la nuestra, que es tan apegada a la tierra, a nuestras cosas personales. Por esa razón, el papa Francisco invita a una nueva mudanza: «¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Dios no se cansa de tender la mano. Está dispuesto a escuchar. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión» (Misericordiae vultus).
¿Cómo se manifiesta la lógica divina? –«En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención» (San Josemaría 1974, cit.). Ojalá se diera ese efecto en nuestra vida, como fruto de la oración personal: que aprendiéramos del ejemplo de Jesús, María y José a olvidarnos de nosotros mismos.
 «Rendida nuestra soberbia, declaremos al Señor con todo el amor de un hijo: ego servus tuus, ego servus tuus, et fílius ancíllæ tuæ (Sal 115, 16): yo soy tu siervo, yo soy tu siervo, el hijo de tu esclava, María: enséñame a servirte» (Ibídem). La clave de la lógica divina es la virtud de la humildad. Por eso se puede decir, al considerar el pesebre, que se trata de «El triunfo de Cristo en la humildad» (ECP). La caridad y la misericordia divinas se manifiestan en el abajamiento, en la humillación que supuso asumir la naturaleza humana, aparecer como un Niño pobre, humilde, sin un lugar adecuado para nacer.
Durante el tiempo de Navidad el Señor nos invita de nuevo a aprender de Él, a entrar en esa lógica nueva de la humildad, a ponernos en la misma longitud de onda del Señor, de María, de José. Por eso es tan conveniente meditar en esta manifestación inefable de la misericordia de Dios con nosotros: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.
En la mitad de la noche, Cristo viene como luz verdadera, con el esplendor de su gloria, para iluminar las tinieblas de nuestros pecados. Para llenarnos de confianza en que, con su ayuda, venceremos todas las contradicciones. En primer lugar, las que originamos con nuestras propias miserias. También las externas, del ambiente en el que nos movemos, y del mundo en general, que muestra las consecuencias del pecado original en forma de guerras, injusticias, corrupción, degradación de costumbres, etc.
Ante ese panorama negativo, el cristianismo mira el mundo con esperanza, porque sabe que Jesús es la luz del mundo, como anunciaba el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz. Comenta el papa Francisco que «también nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la "luz grande" (…) que ilumina el horizonte» (Homilía, 24.XII.14).
El Niño Dios es la luz que manifiesta la misericordia del Padre. Por esa razón la segunda lectura de la noche de Navidad es tomada de la carta de san Pablo a Tito (2,11-14). Cuando el apóstol de las gentes instruye a los diversos miembros de la comunidad (ancianos, ancianas, jóvenes, esclavos) con el fin de que sean modelo de buena conducta, el motivo que les ofrece para que obren así es porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a (aguardar) la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. San Pablo nos invita a la conversión como consecuencia de que se ha manifestado la misericordia divina. Ya que lo hemos visto y hemos experimentado su salvación, abandonemos las obras de las tinieblas y pasemos al mundo de la luz.
Llama la atención el modo como narra el Evangelio la aparición de los ángeles a los pastores: De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad. Si así se describe la presencia angelical, imaginemos cómo sería la del mismo Dios hecho hombre. Como expresa el Prefacio de la Misa de Navidad: «gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que, conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible».
En la Navidad del 2015 la Iglesia desea que celebremos el hecho que Dios ilumina el horizonte del mundo con su amor misericordioso… ¡Año de la misericordia! Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Celebramos la caridad, la compasión de Dios, que es como una palabra clave para indicar la actuación del Señor hacia nosotros. Es lo que significa el Jubileo en la historia, desde el Antiguo Testamento: «Si una palabra tuviera que resumir lo que suponía un jubileo para el Pueblo de Israel, podría ser “libertad”. Libertad: ¿no está hoy más que nunca esta palabra en boca de todos? Y, sin embargo, muchas veces olvidamos que la libertad, en su sentido más profundo, proviene de Dios. Con su pasión salvadora y su resurrección, Él nos libera de la peor esclavitud: el pecado» (Ayxelà C. 2015. Eterna es su misericordia. Recuperado de: http://opusdei.es/es-es/document/eterna-es-su-misericordia/, 24-XII-2015).
Navidad significa que Jesucristo nos revela, nos manifiesta con su luz «el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra» (Francisco, Misericordiae vultus, n.1). Por esa razón, una manera sublime de celebrar esos misterios, de conseguir más fruto del año jubilar, es poniendo en el centro de nuestra vida la relación con Jesucristo: pidiendo perdón en el sacramento de la reconciliación, para disponernos a comulgar con su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía. 

Terminemos acudiendo a la Virgen, Madre de misericordia, con las palabras con que el papa Francisco concluye la bula convocatoria del año jubilar: «La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne (…). María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús».

martes, diciembre 23, 2008

Navidad: Luz y Salvación



El himno de las vísperas acoge la Navidad cantando: “Oh Cristo Redentor del mundo, Unigénito del Padre, nacido de modo inefable, antes de todos los siglos. Tú que eres la Luz y el Resplandor del Padre, nuestra continua esperanza, acoge las súplicas que elevan tus fieles desde todos los rincones de la tierra. Recuerda, Señor, Autor de la salvación que al nacer, en otro tiempo de la Virgen Inmaculada, quisiste asumir un cuerpo como el nuestro. Sólo en Ti, Señor, venido de la sede del Padre encuentra el mundo su salvación: lo atestigua esta fiesta de hoy cuya celebración se repite cada año”.

Se cumple otro oráculo de Isaías (9, 1-3. 5-6), el que profetizaba el nacimiento del Príncipe de la paz: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz, a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz. Multiplicaste el gozo, aumentaste la alegría. Se alegran en tu presencia con la alegría de la siega (…). Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el imperio, y lleva por nombre: Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz. El imperio será engrandecido, y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para sostenerlo y consolidarlo con el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre”.

Vemos dos imágenes recurrentes: la luz y la salvación: solo en ti, que eres la Luz y el Resplandor del Padre, encuentra el mundo su salvación, decíamos con el himno. E Isaías insiste en que el nacimiento es una gran luz de alegría para el pueblo que caminaba en tinieblas. El Salmo 95 invita a entonar un cántico nuevo y el coro está tomado del anuncio que los Ángeles hicieron a los pastores en Belén: hoy os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor.

Y San Pablo (Tt 2, 11-14) –no olvidemos que estamos en plena mitad del año dedicado a su figura y teología- nos anima a una vida santa, de acuerdo con el regalo que se nos ha dado: "Pues se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien".

Luz y salvación. Benedicto XVI consideraba, con respecto a la primera: "La palabra “luz” impregna toda la liturgia de esta Santa Misa. Se alude a ella nuevamente en el párrafo tomado de la carta de san Pablo a Tito: “Se ha manifestado la gracia”. La expresión “se ha manifestado” proviene del griego y, en este contexto, significa lo mismo que el hebreo expresa con las palabras “una luz brilló”; la “manifestación” –la “epifanía”– es la irrupción de la luz divina en el mundo lleno de oscuridad y problemas sin resolver. Por último, el evangelio relata cómo la gloria de Dios se apareció a los pastores y “los envolvió en su luz” (Lc 2, 9). Donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz. “Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna”, nos dice san Juan (1 Jn 1,5). La luz es fuente de vida. Pero luz significa sobre todo conocimiento, verdad, en contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Así, la luz nos hace vivir, nos indica el camino. Pero además, en cuanto da calor, la luz significa también amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo queda en la oscuridad. Ciertamente, en el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo espera. En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre y mujeres a lo largo de los siglos, “los ha envuelto en su luz”. Donde ha brotado la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y los que sufren, la gracia del perdón. Desde de Belén una estela de luz, de amor y de verdad impregna los siglos.

En este contexto se entienden las palabras del primer punto de Forja (San Josemaría Escrivá): “Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. —El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna”.

Pero solo somos portadores. La llama, con la que iluminaremos los caminos de la tierra, es Cristo mismo, que ha querido servirse de nosotros. Es en ese sentido que de nosotros depende… Que no ocultemos la lámpara debajo del celemín. De esa manera se juntan las dos palabras clave que venimos considerando: Luz y salvación que proceden de Cristo. Hoy os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor… Sólo en Ti, Señor, encuentra el mundo su salvación.

Por eso enseña la teología (Cf. R. Berzosa) que el cristianismo es una religión de salvación, que la primera característica del misterio cristiano es la de ser salvador. La Comisión Teológica Internacional explica que la doctrina de la redención se refiere principalmente a Dios, que remueve los obstáculos que se interponían entre Él y nosotros. Solo por eso, dice, es Buena Noticia de Salvación para todos los tiempos. Pero esa salvación debe ser acogida personalmente: es una vocación, una llamada a la vida eterna y, precisamente por eso, exige santidad personal.

Se entiende que San Josemaría comentara el cántico de los Ángeles («Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres en los que Él se complace») con estas palabras: A los hombres, la paz; a los hombres que tienen buena voluntad, que unen su voluntad a la Voluntad Santísima de Dios. Porque la santidad consiste en esto, lo sabéis muy bien: en la unión con el querer de Dios, que se manifiesta de ordinario a través de los sucesos de cada día.

La contemplación del pesebre, de ese misterio de Luz y de Salvación, debe comprometernos a acoger personalmente la llamada a la santidad a través de los sucesos de cada día: “Cuando llegan las Navidades, me gusta contemplar las imágenes del Niño Jesús. Esas figuras que nos muestran al Señor que se anonada, me recuerdan que Dios nos llama, que el Omnipotente ha querido presentarse desvalido, que ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna de Belén, Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de alegría” (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 18).

En el pesebre encontramos, junto al Niño, a María y a José. Ellos son los mejores modelos de personas que permitieron a Dios iluminar la propia vida, de seres que acogieron la llamada a la santidad en los sucesos de cada día. Pidámosles que nos alcancen la gracia de llevar una vida cristiana sin componendas, una vida de entrega, de trabajo, de alegría.

Podemos concluir con otro canto de la Liturgia de las Horas para esta Solemnidad: Siendo el Autor de la luz, no desdeñó ser colocado sobre un pesebre: tampoco ser envuelto en pañales por su Madre, el que, con Dios Padre, había fundado los Cielos. El nacimiento de la luz y de la salvación pone en fuga a la noche y derrota a la muerte: venid, todas las gentes, y mirad, llenos de fe: María ha alumbrado a Dios. Gloria a Ti, Jesús, que has nacido de la Virgen, y también al Padre y al Espíritu Santo, por los siglos sin término, Amén.

sábado, diciembre 23, 2006

Hoy nos ha nacido un salvador


Celebraremos hoy, a medianoche, la Navidad. Esperamos los regalos traídos por el Niño, y –como el tamborilero del villancico– también quisiéramos “poner a sus pies algún presente que le agrade”: algún regalo, un propósito en nuestra vida. Pero quizá, examinando nuestro corazón, encontramos muy poco que ofrecer. Tenemos mucha oscuridad, poca luz. Por eso con la oración colecta de la Misa de hoy pediremos al Padre: Oh Dios, que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera; concédenos gozar en el cielo del esplendor de su gloria a los que hemos experimentado la claridad de su presencia en la tierra. 

El ser humano experimenta, al mismo tiempo, su luz y su oscuridad, su grandeza y su limitación. “El ser humano es, en cierta manera, la medida de todas las cosas”: puede llegar a lo más alto, alcanzar con su desarrollo intelectual lo que no podría naturalmente: volar, sanar, desarrollar sus capacidades, su familia, su comunidad… Pero, al mismo tiempo, cada uno se da cuenta de que no llega a todo lo que desea o de que, en el plano personal, pueden convivir las más grandes aspiraciones con las más profundas bajezas. Pablo de Tarso, uno de los más grandes santos, decía de sí mismo:”el bien que quiero hacer no lo hago; el mal que quiero evitar, eso es lo que hago: ¡pobre de mí!” Es un panorama sombrío, como el de la oscuridad de la medianoche; que no pierde, sin embargo, la esperanza de la llegada del sol que anuncia un nuevo día lleno de luz.

Esa era la situación de la humanidad hace veinte siglos. La historia conocía grandes desarrollos de ingeniería (por ejemplo, el Panteón romano, que aún hoy es admirable), de astronomía, etc., pero conservaba al mismo tiempo el malestar de una historia religiosa que clamaba por ese Salvador anunciado desde el principio del Génesis (3,16: “pongo enemistad entre ti y la Mujer, entre su linaje y el tuyo”, dijo Yahvé a la serpiente), un Salvador que no llegaba a pesar de la espera centenaria. En la religión judía, “el Nombre de Dios Salvador era invocado una sola vez al año por el sumo sacerdote para la expiación de los pecados de Israel, cuando había asperjado el propiciatorio del Santo de los Santos con la sangre del sacrificio (cf. Lv 16, 15-16; Si 50, 20; Hb 9, 7) [CEC, 433]” 

Cada año se invocaba a Dios como Salvador en ese altar, pero pasaban los siglos y no se manifestaba. Hasta que en la quietud de una mañana campesina se escuchó la voz de un ángel que saludaba a una humilde doncella en Nazaret: le anunciaba que sería la madre de ese Salvador tanto tiempo esperado. El mensaje incluía el nombre que debería imponerle: Jesús, Joshua, que en hebreo quiere decir “Dios salva”. Ese nombre propio, “Salvador” expresa a la vez su identidad y su misión (cf. Lc 1, 31). En Jesús, Dios “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). En Jesús, Dios recapitula toda la historia de la salvación en favor de los hombres [Cf. CEC 430].

En ese contexto se da el anuncio del ángel a los pastores que pasaban la noche en el campo, vigilando por turno sus rebaños –no a los ricos, ni a los sabios, sino a los pastores que estaban trabajando–: "No temáis. Os traigo una buena noticia, que causará gran alegría a todo el pueblo: en la ciudad de David, hoy os ha nacido un salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre". De pronto se le unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:"¡Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!"

Por eso cada Nochebuena celebramos esa inmensa alegría: nos ha nacido un Salvador. Ya no estamos condenados a la espera eterna. Dios ha cumplido su promesa. Ha enviado al Mesías, al Cristo, que es también el Señor. Pero ese Mesías no es un ser extraño, rodeado de un aura sobrenatural inaccesible. Tampoco es un rey altísimo, encerrado en su castillo al que solo pueden acceder unos pocos cortesanos. El profeta Isaías lo había anunciado varios siglos atrás: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció. Engrandeciste a tu pueblo e hiciste grande su alegría. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”. Para cumplir su promesa, Dios escogió la manera más sencilla, más humilde: lo hizo como un hombre cualquiera. Quiso nacer en una familia humana, quiso ser uno de los nuestros, quiso ser llamado hijo para tratarnos como hermanos

Pablo transmite en su carta a Tito que ese Salvador en forma de Niño manifiesta la gracia de Dios: “Querido hermano: la gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres y nos ha enseñado a renunciar a la irreligiosidad y a los deseos mundanos, para que vivamos, ya desde ahora, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y salvador, Cristo Jesús, nuestra esperanza”

Con estas tres convicciones (tenemos un Salvador, en forma de Niño, que manifiesta la gracia de Dios) podemos acercarnos al pesebre, mirando qué podemos llevar de regalo al recién nacido, a pesar de la oscuridad de nuestro corazón. Hace un año, el predicador de la Casa Pontificia recomendaba no sentirse mal si no podíamos llevarle nada, al reconocer nuestra miseria (podemos darnos cuenta de que no tenemos ni siquiera el tambor que lleva el tamborilero del famoso villancico), pues podría ser un buen negocio, de acuerdo con una piadosa parábola: 

“Un bello relato navideño nos hace desear llegar así a Navidad, con el corazón pobre y vacío de todo. Entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecito que no tenía nada que ofrecer y ser avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos rivalizaban para ofrecer sus regalos. María no sabía cómo recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, le confió a Jesús. Tener las manos vacías fue su fortuna y, en otro plano, será también la nuestra”.