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lunes, diciembre 26, 2016

Navidad: humildad y paz

En la noche de Navidad, la liturgia invita a contemplar el capítulo segundo del evangelio de san Lucas: en la noche la primera mitad, y el resto en la Misa de la aurora. El esquema que sigue el evangelista comienza narrando la convocatoria del censo, al que debían desplazarse san José y la Virgen, por ser descendientes de David: Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria.
La Providencia divina se sirvió de la autoridad imperial para que se cumplieran las profecías. Y puso a la Sagrada Familia en el ambiente redentor del sufrimiento: ¡cuánto padecería José, al no poder ofrecerle a su Esposa los medios adecuados para un alumbramiento digno! ¡Y cuánto sufriría la Virgen, con nueve meses de embarazo, un camino de varios días a lomo de mula! En su oración le ofrecerían a Dios las incomodidades, físicas y morales, del desplazamiento -también la humillación que suponía para todo judío el someterse al capricho de un soberano extranjero- y se unirían al sentido salvador de la misión de su Hijo: Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta.
La segunda escena que narra san Lucas es la más importante de todas, aunque lo hace de modo bastante austero: Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito. A pesar de la escasez de palabras, la riqueza del evento es de tal categoría que a él volvemos los cristianos de todos los tiempos, generación tras generación, y siempre encontramos un tesoro inagotable de riquezas. Podemos aprovechar este momento de nuestra oración para hacer memoria de las navidades que hemos vivido: cuando niños, en el ambiente familiar cercano; más adelante, quizá lejos de la tierra natal; las más recientes, con personas nuevas añadidas al núcleo familiar, con un cariño cada vez más grande.
Hoy le preguntamos al Señor qué quiere decirnos para las circunstancias concretas que estamos viviendo. ¿Qué esperas de nosotros, Dios niño, mientras nos contemplas desde el pesebre? Miremos despacio el portal, detengamos la mirada en cada personaje, y nos faltarán los días para aprender lecciones de esa cátedra que es la choza que contiene al Verbo encarnado: Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. Los pañales hablan del amor de María; el pesebre, de la humildad que caracterizó la vida de Jesús, virtud que puede ser hoy el tema central de nuestra meditación sobre el misterio de Belén.
Humildad que parece oponerse, a primera vista, con la siguiente escena del relato de san Lucas: En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Es bonito pensar que los primeros testigos del mayor acontecimiento de la historia, aparte de María y de José, no son aristócratas ni funcionarios reales, tampoco los famosos del mundo, sino unos pobres pastores, que trabajaban por la noche.
Y precisamente en medio de su labor abnegada reciben una visita celestial: De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad. Imaginemos la grandeza de la revelación: un ángel, la luz divina que envolvía todo el ambiente. Tanto, que se llenaron de gran temor. Muchas veces aparece en la Escritura esa reacción ante las manifestaciones de parte de Dios. Hasta la misma Virgen se turbó grandemente. Siempre tiene que aparecer la tranquilidad divina, el “no temas”, como en el caso de los pastores: El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor».
Esta es la mejor noticia de todos los tiempos, el Evangelio de la alegría. Por esa razón el mundo entero celebra esta solemnidad con mayor o menor conciencia, pero siempre con la idea de que, en medio de las dificultades del mundo, hay un Dios que garantiza la victoria final del bien. «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El papa Francisco se detenía a contemplar esa señal para la humanidad de siempre: la simplicidad frágil, la mansedumbre, el tierno afecto (Cf. Homilía, 25-XII-2016).
Sin embargo, llama la atención que esa humildad sea compatible con el mayor boato posible: De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial». No uno, ni dos, ni tres ángeles: ¡una legión! Dicen que en el ejército romano una legión estaba compuesta por 4000 o 5000 soldados. Imaginémonos la explosión de júbilo que significaría el canto de miles de ángeles: apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
Esos son los dos polos casi opuestos, de los que hablábamos antes: de una parte, la humildad del Niño, recostado en un pesebre y, por otro lado, la grandeza de un cortejo celestial. ¿Cómo se relacionan?, ¿cuál es el enlace entre la humildad del pesebre y la paz que anuncian los ángeles en su canto? Podemos servirnos, para nuestro diálogo con el Señor, de la homilía que pronunció san Josemaría un día como este. El título nos da una pista clara sobre el significado de esta solemnidad: “El triunfo de Cristo en la humildad”.
Jesús nos invita a acompañarlo en su misión redentora, a unirnos en su sacrificio por la humanidad. ¿Y cuál es el camino? - la humildad: "la eficacia redentora de nuestras vidas solo puede actuarse con la humildad" (18 b). Contemplemos al Niño, doctor y maestro, y pidámosle que nos enseñe el camino de la humildad. San Agustín enseña que "la morada de la caridad es la humildad"; y en otro lugar escribe: "¿Quieres construir un edificio que llegue hasta el cielo? Piensa primero en poner el fundamento de la humildad. Cuanto mayor sea la mole que hay que levantar y la altura del edificio, tanto más hondo hay que cavar el cimiento (...). El edificio antes de subir se humilla, y su cúspide se erige después de la humillación". Al mencionar esta enseñanza, santo Tomás dice que la humildad es fundamento "negativo" del edificio sobrenatural, porque quita los obstáculos que se oponen a la acción de la gracia. En esta línea escribe san Josemaría: “[Dios] desea nuestra humildad, que nos vaciemos de nosotros mismos, para poder llenarnos; pretende que no le pongamos obstáculos, para que –hablando al modo humano– quepa más gracia suya en nuestro pobre corazón”.  (Cf. Burkhart y López).
Enseñanzas muy importantes para nuestra vida espiritual, contaminada por las consecuencias del pecado original, la principal de las cuales es la soberbia: "Es a veces corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce a la soberbia" (18 c). Por eso Jesús dirá más adelante: “Aprended de mí”, mansedumbre, servicio, pisotear la soberbia. En nuestro caso, el cansancio, la generosidad en la vida familiar, la acogida sonriente de las contradicciones, de la enfermedad y el dolor: "no hay mayor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás" (19 d).
La clave para unir esa humildad con el mensaje que anuncian los ángeles podemos encontrarla si entendemos que la humildad de corazón significa compromiso con la verdad, conocimiento y aceptación de uno mismo: "su consecuencia es la paz" (Cf. Aranda). O sea que esta es la razón por la cual la humildad de Jesús no se opone a la magnanimidad del canto angelical: la humildad abre el camino para llegar a la paz.
De esta manera, encontramos el significado del canto del "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor". La paz que da el imitar la humildad de Jesús, el olvido de sí, el desprendimiento de la aprobación ajena. 

Ese es el camino que recorrieron María y José. Ambos fueron humildes, serviciales, entregados, generosos, olvidados de sí mismos. Pidámosles, al acercarnos al fuego de su amor familiar, que nos alcancen la gracia que el Niño nos trae, los dos regalos que hemos meditado hoy: su ejemplo de humildad y el fruto de su paz.

sábado, julio 06, 2013

Misión de los setenta y dos discípulos

Desde los comienzos de la humanidad la violencia ha irrumpido para obstaculizar las relaciones entre los seres humanos y de ellos con la creación y con Dios. Adán y Eva ante Dios, Abel y Caín, son los primeros exponentes de discordias que han continuado en el tiempo hasta llegar a los actuales conflictos nacionales y de orden mundial.
Pero también desde los primeros momentos el Señor ha anunciado que su misericordia se manifestaría en reconciliación, en un regalo de paz. Por ejemplo, en el capítulo 66 de Isaías (10-14) ―que es la última parte del libro, en la que trata del juicio final de Dios― promete unos cielos nuevos y una tierra nueva, también anuncia que hará nacer un nuevo pueblo (la Iglesia) y que hará derivar hacia esa familia suya, como un río, la paz. En respuesta a ese anuncio, alabamos a Dios con el Salmo 65: Aclamad al Señor, tierra entera.
Este es el contexto en el que leemos un pasaje del capítulo décimo de Lucas, que la liturgia propone para el XIV domingo. Estamos en la segunda parte del libro, que trata del ministerio de Jesús mientras sube hacia Jerusalén. Lucas hace un paralelo entre este peregrinaje y la predicación  de la primera parte: como Jesús fue rechazado en Nazaret, así lo es en Samaria; y de la misma forma en que envió a los Doce de misión apostólica, así ahora manda a los discípulos, como veremos en este pasaje: Después de esto designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir. Y les decía: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies.
De estas primeras palabras pueden surgir muchas consideraciones: el designio del Señor ―su llamada―, el envío a la misión apostólica para preparar los caminos a donde él había de ir, el afán de almas: «Desgarra el corazón aquel clamor ―¡siempre actual!― del Hijo de Dios, que se lamenta porque la mies es mucha y los obreros son pocos. ―Ese grito ha salido de la boca de Cristo, para que también lo oigas tú: ¿cómo le has respondido hasta ahora?, ¿rezas, al menos a diario, por esa intención?» (San Josemaría, Forja, n.906).
En la misma línea de la importancia de la oración por el apostolado, podemos considerar este otro consejo: «La mies es mucha y pocos los operarios. ―“Rogate ergo!” ―Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe operarios a su campo. La oración es el medio más eficaz de proselitismo» (Ídem, Camino, n.800).
Pero continuemos para llegar al punto que la liturgia resalta hoy en este pasaje, que son las instrucciones del Señor para el empeño misionero de entonces y de ahora: Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros.
Así encontramos la palabra clave que une la primera lectura con el Evangelio: la paz.  Por eso el Señor habla de ir como corderos en medio de lobos. Pobres, desprendidos, para que se note que las esperanzas están puestas en Dios, no en los medios ni en las influencias humanas. Hombres de paz. Corderos, como Jesucristo. Mensajeros, portadores de esa paz que el Señor anunciaba en el Antiguo Testamento. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». 
El Señor cuenta con nosotros para ser sembradores de paz y de alegría en nuestro ambiente. Como enseña un teólogo contemporáneo, «Ser sembradores de paz y alegría reclama serenidad de ánimo, dominio sobre el propio carácter, capacidad para olvidarse de uno mismo y pensar en quienes le rodean; actitudes e ideales humanos, que la fe cristiana refuerza, al proclamar la realidad de un Dios que es amor, más concretamente, que ama a los hombres hasta el extremo de asumir Él mismo la condición humana y presentar el perdón como uno de los ejes de su mensaje» (Illanes, 9-I-2002).
Por eso hemos de pedir la paz, de fomentarla a nuestro alrededor, de buscarla por todos los medios. Esto implica por nuestra parte un notorio esfuerzo humano. En concreto, atacar la soberbia ―raíz de muchos malentendidos― con la humildad, para perdonar, para pedir perdón.  
Así lo explicaba Benedicto XVI: «Los cristianos no deben nunca ceder a la tentación de convertirse en lobos entre los lobos; el reino de paz de Cristo no se extiende con el poder, con la fuerza, con la violencia, sino con el don de uno mismo, con el amor llevado al extremo, incluso hacia los enemigos. Jesús no vence al mundo con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de la cruz, que es la verdadera garantía de la victoria. Y para quien quiere ser discípulo del Señor, su enviado, esto tiene como consecuencia el estar preparado también a la pasión y al martirio, a perder la propia vida por él, para que en el mundo triunfen el bien, el amor, la paz. Esta es la condición para poder decir, entrando en cada realidad: Paz a esta casa» (Ángelus, 261011).
Conscientes de que no depende de nuestras capacidades, cada día lo pedimos en la Misa antes de comulgar: «Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz». De esa manera nos damos cuenta de que la paz viene de Dios. Y de que las enemistades, los odios, los conflictos, son fruto del pecado. Por lo tanto, la paz entre los hombres es fruto de la paz con Dios.
Es una enseñanza muy actual del Concilio Vaticano II: «La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32,7). Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo. (…) En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la caridad, triunfen sobre el pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4) (Gaudium et Spes, n.78)
Los discípulos cumplen su misión preparatoria por los treinta y seis poblados cercanos, orgullosos al experimentar los poderes que les había dado la obediencia al mandato de Cristo: Volvieron los setenta y dos llenos de alegría diciendo: —Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre
Pero el Señor les hace ver el verdadero motivo por el cual deben estar alegres: Él les dijo: —Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado potestad para aplastar serpientes y escorpiones y sobre cualquier poder del enemigo, de manera que nada podrá haceros daño. Pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo.
Tener la paz, dar la paz. Si este es nuestro objetivo en la vida, seremos muy felices en la tierra y después felicísimos en el Cielo, porque habremos sembrado la semilla del amor, de la esperanza y del perdón. 
Es la invitación que nos hace el papa Francisco: «No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús» (Papa Francisco, Homilía 240313).
Santa María, causa de nuestra alegría, haznos sembradores de la paz y la alegría que tu Hijo nos trajo a la tierra.

lunes, diciembre 08, 2008

Cristo Rey


El año litúrgico termina siempre conmemorando el reinado de Jesucristo: «Digno es el Cordero sacrificado de poder, riqueza, sabiduría, fortaleza y honor. A El la gloria y el poderío por los siglos» (Ap 5, 12).

En la oración colecta se alaba a Dios porque quiso fundar todas las cosas en su Hijo «muy amado, Rey del universo». Y el prefacio describe las características de ese Reino: dice que Cristo, ofreciéndose a sí mismo, redimió a la humanidad y, sometiendo a su poder la creación entera, entregó a la Majestad infinita del Padre «un reino eterno y universal: el Reino de la verdad y la vida, el Reino de la santidad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz»

La formulación negativa sería: un reino sin final, sin límites; un reino sin mentiras, sin muerte; sin pecado, sin odios, un reino sin guerra... San Pablo expresa una idea similar en la primera carta a los corintios (15, 20-28): Cristo le entregará el Reino a su Padre«porque conviene que El reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies».

Cristo es Rey y nosotros sus siervos. La clave de la existencia cristiana es reconocer el primado de Cristo, como pedimos en la oración después de la Comunión: «que quienes nos gloriamos en obedecer a Cristo, Rey universal, podamos reinar eternamente con El en el Cielo». ¡Qué maravilla reinar con Cristo en el Cielo! Pero la condición es «gloriarnos en obedecerle» ahora, en la tierra...

En el prefacio del día también se explica que ese fue el camino de Jesús: en primer lugar, el Padre consagró a Jesucristo Sacerdote eterno y Rey del universo, «ungiéndolo con óleo de alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo, como Víctima perfecta y pacificadora en el altar de la Cruz, consumara el misterio de la Redención humana». Hubo un tiempo en que algunos se oponían a la celebración de esta fiesta, pues les parecía «triunfalista». Quizá es que no comprendían que el triunfo de Cristo, su reinado, no consiste en apabullar, en imponerse, en dominar. Todo lo contrario: la alegría de Jesús, su gobierno, está en el inclinarse para lavar los pies a sus discípulos -entre ellos, al traidor-, su reinado es fruto de ofrecerse a sí mismo como Víctima en el altar de la Cruz...

2. Otro punto importantísimo para distinguir el reinado de Cristo de los reinados terrenos es la finalidad: Cristo posee el reinado para entregarlo, no para quedarse con él: «Sometiendo a su poder la creación entera, entregó a la Majestad infinita un Reino eterno y universal...»

Decía A. Malraux, en su biografía de Disraeli, que lo mejor de los triunfos es tener a quién dedicarlos. Y el Señor «dedica» este reinado al Padre, y nos quiere unir en esa dedicación. Nosotros también podemos unirnos voluntariamente, no queremos ser como los siervos de la parábola, a los que Jesús mencionaba con dolor, cuando decían: no queremos que éste reine sobre nosotros. Por el contrario, nuestra respuesta será: «Regnare Christum volumus!» (Queremos que Cristo reine), o, como dice Pablo en la primera lectura, «Oportet illum regnare» (Conviene que Él reine).

San Josemaría se preguntaba cómo puede reinar Jesús hoy, dónde debe reinar. Y se respondía: «Debe reinar, primero, en nuestras almas. Debe reinar en nuestra vida, porque toda ella tiene que ser testimonio de amor. ¡Con errores! No os preocupe tener errores, yo también los tengo. ¡Con flaquezas! Siempre que luchemos, no importan. ¿Acaso no han tenido errores los santos que hay en los altares? Pero errores que están dentro de nuestro camino de hombres; de esos errores Nuestro Señor se debe de sonreír».

Podemos continuar pidiendo, sobre la falsilla de es oración: Queremos, Señor, que Tú gobiernes nuestra vida, que seas Tú quien nos dé sentido sobrenatural y eficacia divina. Queremos que seas Tú quien hagas que podamos decir con todas nuestras fuerzas: ¡queremos que Él reine!

3. El Señor quiere unirnos a su reinado, a pesar de nuestras flaquezas. Lo resalta la oración colecta de la Misa: «Concede que toda la creación, libre de la esclavitud, te sirva y te glorifique sin cesar». Reinar sirviendo. Esa es la clave para entender el reinado de Cristo.

También predicaba San Josemaría un día como hoy: «Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey, Cristo Jesús. Servir, y servir siempre».

Quiere la Iglesia que el último domingo del año litúrgico pensemos en Jesús que reina sirviendo... y que mide nuestro amor a El por el cariño que le manifestamos a nuestros hermanos (Mateo 25,31-46): Venid, benditos de mi Padre, poseed el Reino, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era huésped y me hospedasteis, desnudo y me cubristeis, enfermo y me visitasteis, estaba en la cárcel y vinisteis a verme.

El motivo de la canonización en el Evangelio no son las palabras bonitas que le dirigimos, ni siquiera lo bien que hacemos las cosas, cómo cumplimos los plazos o cuánto nos movemos. Jesús llama al Cielo a los que le han reconocido en sus hermanos los hombres. Como enseña el Catecismo de la Iglesia, «la actitud hacia el prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino» (n. 678).

San Josemaría explicaba que las labores de servicio en la Prelatura son tarea gratísima a Dios, que multiplica eficazmente el apostolado de la Obra. Sin él, decía, "se haría imposible gran parte de la labor y faltaría el ambiente de hogar, que tanto nos ayuda en el servicio de Dios".

Servir a nuestros hermanos los hombres, reconocer en ellos a Jesucristo, que nos sale al encuentro. Esa es la clave del cristianismo, que ha fecundado el mundo a lo largo de veinte siglos: «Para remediar los tormentos (...) el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento y dejar más tarde amargura y desesperación. Los cristianos (...) han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad» (Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa, n. 167).

Por eso Benedicto XVI comenzó su pontificado con una encíclica sobre la caridad, porque la considera parte importante de la identidad de la Iglesia. Así lo predicaba a un grupo de cardenales: «todo auténtico discípulo de Cristo sólo puede aspirar a una cosa: a compartir su pasión sin reivindicar recompensa alguna. El cristiano está llamado a asumir la condición de «siervo», siguiendo las huellas de Jesús, entregando su vida por los demás de manera gratuita y desinteresada. No debe caracterizar cada uno de vuestros gestos y palabras la búsqueda del poder y del éxito, sino la humilde entrega de sí mismo por el bien de la Iglesia. La verdadera grandeza cristiana, de hecho, no consiste en dominar, sino en servir» (Homilía, 24-XI-07).

Terminamos con una oración de San Josemaría para acudir a la Santísima Virgen pidiéndole que nos enseñe la clave para reinar junto a su Hijo, que es aprender a servir: «Danos, Madre nuestra, este sentido de servicio. Tú, que ante la maravilla del Dios que se iba a hacer hombre, dijiste: ecce ancilla!, enséñame a servir así».


Homilía

Con la fe en el poder de Cristo-Rey, la Iglesia le pide hoy en varias ocasiones la paz del mundo: después de la presentación de los dones, se dirige a Dios para que le conceda a todos los pueblos la unidad y la paz; y antes de comulgar nos invita a considerar el salmo 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Tanto la primera lectura (Ezequiel 34) como el salmo responsorial (22) nos invitan a acogernos a ese Rey que, si bien es nuestro Juez («Os juzgaré a vosotros, mis rebaños») es, también, nuestro buen Pastor («El Señor es mi Pastor, nada me faltará»).

Con esa misma fe del buen ganadico, renovamos hoy en el Opus Dei la Consagración que San Josemaría hizo por primera vez en 1952 al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, divino propiciatorio por el cual prometió el eterno Padre que oiría siempre nuestras oraciones.

Le consagraremos toda la Obra, este Centro, y cada uno de nosotros, especialmente nuestros pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor.

Le pediremos que esa libertad se comprometa en amor a Jesús y a su Madre bendita, a la Iglesia y al Papa, en unión a la Obra, en celo ardiente por las almas.

Sobre todo, le pediremos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada y, al mismo tiempo, que El establezca en nuestros corazones el lugar de su reposo. Mutua inmanencia, que prometió Jesús: el que coma mi carne y beba mi sangre habita en Mí y yo en él. De esa manera, podremos permanecer íntimamente unidos.

Podemos hacer el propósito de rezar muchas veces esa jaculatoria que recuerda la Consagración hecha por nuestro Fundador, y que tanto bien hará al mundo -traerá la paz- si nos decidimos a encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem! Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, danos la paz.

Y a la Virgen le pedimos que interceda por nuestro país, por la Iglesia, por el mundo entero: Regina pacis, ora pro nobis! Reina de la paz, ruega por nosotros.

sábado, julio 07, 2007

Deseos de paz


La violencia y las guerras son un flagelo de toda sociedad. Desde los cuatro puntos cardinales y a través de los tiempos se levanta el clamor de muchedumbres impotentes pidiendo el regalo de la paz, de la cordura, de la justicia, del amor. A veces parece que el poder de los fuertes y de los violentos se burlara de la petición multitudinaria de los pacíficos y de los sencillos. Pero la liturgia y la Sagrada Escritura salen al encuentro del ser humano tentado por la desesperanza.

En la semana XIV del tiempo ordinario se invita a la memoria de las cosas buenas que Dios ha hecho por nosotros: “Recordaremos, Señor, los dones de tu amor en medio de tu templo. Que todos los hombres de la tierra te conozcan y alaben, porque es infinita tu justicia”. Y en la Colecta de ese mismo domingo se explica la razón de la esperanza, que es el valor infinito de la salvación alcanzada por Cristo: “Dios nuestro, que por medio de la muerte de tu Hijo has redimido al mundo de la esclavitud del pecado, concédenos participar ahora de una santa alegría y, después en el cielo, de la felicidad eterna”.

El profeta Isaías presenta, en sus últimos capítulos (66,10-14), una imagen de Dios novedosa en el Antiguo Testamento: lo hace ver como una madre que lleva a sus hijos abrazados, los alimenta y les da el mejor regalo materno, que según el profeta es la paz: Alégrense con Jerusalén, gocen con ella todos los que la aman; para que se alimenten de su pechos, se llenen de sus consuelos y se deleiten con la abundancia de su gloria. Porque así dice el Señor: "Yo haré correr la paz sobre ella, como un río, y la gloria de las naciones como un torrente desbordado. Como niños serán llevados en el regazo y acariciados sobre sus rodillas; como un hijo a quien su madre consuela, así los consolaré yo. En Jerusalén serán ustedes consolados. Al ver esto se alegrará su corazón y sus huesos florecerán como un prado; y los siervos del Señor conocerán su poder".

Cuando el Catecismo de la Iglesia explica la revelación de Dios como Trinidad, comienza con un apartado sobre “El Padre revelado por el Hijo”. Y cita este pasaje de Isaías: Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre (…) conviene recordar que Dios transciende la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios” (n. 238).

Dios es nuestro padre, es la única verdadera fuente del don de la paz. Por eso, el fundamento de la vida espiritual de muchos cristianos es el sentirse hijos pequeños de Dios. Así lo describe de modo bello San Josemaría Escrivá: “Tenía por costumbre, no pocas veces, cuando era joven, no emplear ningún libro para la meditación. Recitaba, paladeando, una a una, las palabras del Pater Noster, y me detenía —saboreando— cuando consideraba que Dios era Pater, mi Padre, que me debía sentir hermano de Jesucristo y hermano de todos los hombres. No salía de mi asombro, contemplando que era ¡hijo de Dios! Después de cada reflexión me encontraba más firme en la fe, más seguro en la esperanza, más encendido en el amor. Y nacía en mi alma la necesidad, al ser hijo de Dios, de ser un hijo pequeño, un hijo menesteroso. De ahí salió en mi vida interior vivir mientras pude —mientras puedo— la vida de infancia, que he recomendado siempre a los míos, dejándolos en libertad” (Carta 8-XII-1949, n. 41 en (Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, pag 404).

La promesa de Isaías se cumple en el capítulo décimo de san Lucas, en el que se presenta la misión de los 70 ó 72 discípulos, con sus exigencias: estos discípulos -nosotros mismos- somos el río de paz que Dios Padre envía al mundo. Como dice la Biblia de Navarra, “Jesús envía ahora a otros setenta y dos discípulos a «toda ciudad y lugar» (v. 1) con instrucciones muy semejantes a las que había dado a los Doce (cfr 9,1-5). El número 72 tal vez aluda a los descendientes de Noé (cfr Gn 10) que formaban las naciones antes de la dispersión de Babel (cfr Gn 10,32). En todo caso parece que señala la universalidad de la misión de Cristo”. Fabris cuenta que en algunos manuscritos se habla de 70 discípulos, como 70 son las naciones de la tierra, según la visión judía, o el número de colaboradores de Moisés en la tradición bíblica.

Según este autor, Lucas quiere justificar con este relato la misión de todos los discípulos y no solo de los doce apóstoles. El estilo y el método de la misión cristiana son los mismos que tenían los Doce. Navarra concluye que, junto a la universalidad de la misión, las palabras de Jesús apuntan también a la urgencia de evangelizar. Dos notas que estarán presentes en la acción misionera de la Iglesia: «Hoy se pide a todos los cristianos, a las iglesias particulares y a la Iglesia universal la misma valentía que movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para escuchar la voz del Espíritu.

“La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, porque el que trabaja merece su salario. No vayáis de casa en casa. Y en la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella y decidles: «El Reino de Dios está cerca de vosotros».

Las exigencias de vida ascética para los discípulos son una ilustración, según Gnilka, de lo que es el reinado de Dios que predican Jesús y ellos mismos. Tienen conciencia de estar a merced de ese Dios que anuncian, testimonian que se han confiado a aquel que va a erigir su reinado. Por eso el silencio (no saludéis a nadie por el camino), que debe orientar la atención hacia su palabra sobre el Reino, con la que iban de un lado para otro como llevando un regalo precioso.

Por eso en la antífona anterior al Evangelio se consideran las palabras de Pablo: “Que en vuestros corazones reine la paz de Cristo; que su palabra habite en vosotros con toda su riqueza". Hijos de Dios, comprometidos con la paz entre todos los hermanos del mundo, que eso somos. Terminamos con una reflexión sobre la naturaleza de la paz que propuso el Concilio Vaticano II: "La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). (…) La paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar. La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres” (GS 78).