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sábado, mayo 28, 2016

Corpus Christi, Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

Después de la solemnidad de Pentecostés, con la que termina el tiempo de la pascua, la liturgia continúa celebrando los grandes misterios de la fe cristiana, como si quisiera alargar el gozo de la Pascua: por tanto, hemos celebrado la Santísima Trinidad, el sacerdocio sumo y eterno de Jesucristo, y la presencia del Señor, con su cuerpo y con su sangre, con su alma y su divinidad, en las especies sacramentales del pan y del vino (el Corpus Christi). Un día para aumentar nuestra fe en la presencia de Jesús en el sagrario, para hacer muchos actos de amor, de esperanza y de fe.
Nos puede servir, para nuestro diálogo con el Señor, meditar las alabanzas que la liturgia le dispensa, como intentaremos en este rato de oración. Un himno del Breviario ensalza esta conmemoración diciendo: «Se dio a los suyos bajo dos especies, en su carne y su sangre sacratísimas, a fin de alimentar en cuerpo y alma a cuantos hombres en este mundo habitan». Y continúa, glosando sus efectos en el alma del cristiano: «Se dio, naciendo, como compañero; comiendo, se entregó como comida; muriendo, se empeñó como rescate; reinando, como premio se nos brinda». Vamos a meditar en esas distintas facetas de la presencia de Jesús en la Hostia Santa.
Esta solemnidad se remonta al siglo XIII, cuando el papa Urbano IV quiso difundir más la devoción a la Sagrada Eucaristía entre el pueblo cristiano y fomentar la comunión frecuente. Le pidió a santo Tomás de Aquino que compusiera los textos para la celebración y este santo teólogo resumió en unos bellos textos la doctrina católica sobre el Sacramento del altar: «Para que la inmensidad de este amor [de Jesús] se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia».
En esta explicación descubrimos tres momentos: pasado, presente y futuro; manifestaciones temporales que, en la Eucaristía tienen una vivencia diversa. Podemos decir que en este sacramento el tiempo se desdobla: el pasado se hace presente, el presente se hace comunión y al mismo tiempo se lanza a la esperanza futura de la vida eterna. Manifestaciones que también se exponen en la antífona de las vísperas de esta celebración: «¡Oh sagrado banquete (Oh Sacrum convivium) en que Cristo se da como alimento! En él, (1) se renueva la memoria de su pasión, (2) el alma se llena de gracia y (3) se nos da una prenda de la gloria futura».
En primer lugar, se habla de la Eucaristía como «Memorial de la pasión». Podríamos decir que es la dimensión más importante de este sacramento, porque resume el motivo de la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo, «que por nosotros los hombres, y para nuestra salvación, bajó del cielo», de acuerdo con el Credo. La Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de Cristo en el Calvario. Una dimensión que durante muchos años estuvo un poco escondida por darle más importancia a la faceta horizontal, al banquete, al convivio, pero la base de todo aquello está en que la Eucaristía hace presente de nuevo el sacrificio de Jesús.
Como dice el prefacio de la Misa, su misericordia lo llevó al amor extremo: «al instituir el sacrificio de la eterna alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de salvación». Gracias, Señor, por ese sacrificio. Gracias por ese amor tan grande, hasta el extremo. De esa manera se cumplían las antiguas profecías, prefiguraciones de su presencia sacramental desde el Antiguo Testamento.
La liturgia de la fiesta selecciona algunas señales: por ejemplo, en la antífona de entrada se cita el Sal 80,17, que recuerda el prodigio del maná, con el que Dios cuidó de su pueblo en la travesía por el desierto: El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre.
En la primera lectura aparece una figura misteriosa de los comienzos del Antiguo Testamento: el sacerdote Melquisedec, al que se encontró Abrahán después de haber vencido unas batallas. El patriarca le ofreció unos dones, a modo de diezmo, y aquél sacerdote —que también era rey, de Salem, la futura Jerusalén— lo bendijo y le ofreció pan y vino. El autor de la epístola a los hebreos glosa así su papel en la historia de la salvación, relacionando el sacerdocio de Jesucristo con el de Melquisedec: Sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. En virtud de esta semejanza con el Hijo de Dios, es sacerdote perpetuamente (7,3). Por la misma razón, el salmo responsorial es el 109, que habla del Mesías que no solo será Rey, sino también Sacerdote. Pero no como los levitas de esa época, sino de la manera originaria. Ese es el motivo por el cual la liturgia no duda en aplicar este himno a Jesucristo: El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec». Y se atreve a pedirle al Padre que mire con ojos de bondad nuestra ofrenda eucarística y la acepte, como aceptó «la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec» (Canon romano).
Esas imágenes antiguas quedan desveladas en el Nuevo Testamento, ya desde las primeras manifestaciones públicas de la divinidad de Jesucristo. Por ejemplo, san Lucas (9,10-17) presenta una de las primeras multiplicaciones del pan. Los gestos de Jesucristo son claramente eucarísticos, se pueden poner en paralelo con el relato de la institución de la Eucaristía: tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.
Son como una anticipación de lo que celebrará unos años más tarde en el cenáculo, y que san Pablo fue el primero en reportar a través de sus cartas (Cf. 1Co 11,23-26): Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Esa entrega habla del sacrificio en el Calvario, del cual la Eucaristía es memorial.
Con esta tradición recibida, Pablo anuncia que el signo anunciado en la multiplicación de los panes se hizo real con la presencia de Jesús en la Eucaristía: Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Está recordando una profecía de Jeremías (31,31), que hablaba de una alianza definitiva, después de todas las alianzas pasajeras del Antiguo Testamento. Una alianza sellada con la sangre del Hijo, no con la de los animales. El pan partido y la sangre derramada anuncian esa dimensión de holocausto que conlleva el sacramento en el que Jesucristo es, al mismo tiempo, sacerdote, víctima y altar.
San Juan lo aclara más con el sermón del pan de vida, en el que Jesús remata su predicación diciendo (6,53): si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. «Aquí no sólo resulta evidente la referencia a la Eucaristía, sino que además se perfila aquello en que se basa: el sacrificio de Jesús que derrama su sangre por nosotros y, de este modo, sale de sí mismo, por así decirlo, se derrama, se entrega a nosotros» (Benedicto XVI, 2007). Él dice que esa es la clave por la cual muchos teólogos contemporáneos no entienden la Eucaristía, ni el mensaje de Jesucristo, porque no aceptan la expiación, que el Hijo de Dios se haya ofrecido en sacrificio por nuestros pecados. Aprovechemos para darle muchas gracias al Señor, y para unirnos a su sacrificio conscientes de que «todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia» (ECP,96).
La liturgia alaba esa expiación con las palabras del Prefacio: «Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica». Y en el segundo Prefacio para alabar la Eucaristía, la Iglesia recuerda que, «en la última cena con los Apóstoles, se ofreció a ti como cordero sin mancha [otra figura del Antiguo Testamento], para perpetuar su pasión salvadora y tú lo aceptaste como sacrificio de alabanza perfecta». Por esa razón la Eucaristía es el «centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano» (ECP,87), «la cumbre y la fuente» de la gracia sacramental (SC,10). Con esta convicción, solicitamos al final de la oración colecta «que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención», memorial de la pasión redentora, culmen de la misericordia divina. Jesucristo mismo es el rostro de la misericordia, como ha recordado el papa Francisco (MV,1).
En segundo lugar, podemos fijarnos en un detalle aparentemente pequeño de la narración del milagro de Jesús en el desierto: Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos. Una de las exégesis de esta conclusión del milagro es que alude a las formas consagradas que se conservaban desde la antigua cristiandad para llevar la comunión a los enfermos, y que son el origen de la actual adoración a Jesús sacramentado, presente en el sagrario.
Así meditamos la segunda dimensión del sacrificio eucarístico, que de hecho le da uno de los principales nombres al sacramento: la comunión que Dios establece con nosotros. Por eso hemos considerado en la predicación de santo Tomás que «el alma se llena de gracia», y que «lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia». Jesús está en el cielo, pero se quedó con nosotros. Podemos pensar qué tanto es la Eucaristía nuestro quitapesares, si nos hace falta rondarlo, pasar un momento junto al sagrario, rezar delante de Él, hacerle compañía, dejarnos acompañar por Él, si nos escapamos con la imaginación al tabernáculo más cercano, si «asaltamos» los sagrarios en nuestros recorridos por la ciudad, visitándolo, o al menos haciendo una comunión espiritual.
La liturgia también alaba este efecto de la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo en las especies eucarísticas: «Con este sacramento, alimentas y santificas a tus fieles para que, a los hombres que habitan un mismo mundo, una misma fe los ilumine y los una un mismo amor». Ese es un efecto muy importante: el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones (Cf. Rm 5,5). Por eso la Eucaristía también es llamada «sacramento de caridad, vínculo de unidad». Y ese es el motivo por el cual se le pide al Señor en la oración sobre las ofrendas que conceda a su Iglesia «el don de la paz y la unidad, significado en las ofrendas sacramentales que te presentamos».
Esta es una de las maneras como Cristo transforma el mundo: convirtiendo a los fieles en otros Cristos, sembradores de su paz y de su alegría: «nos acercamos a tu mesa para que, penetrados por la gracia de este admirable misterio, nos transformes en imagen de tu Hijo» (Prefacio). Aprovechemos nuestra oración para formular propósitos que nos ayuden a ser almas esencialmente eucarísticas, unidas al sacrificio de Cristo en medio de las ocupaciones de cada día, y conscientes del gran regalo que significa el hecho de tenerlo a pocos pasos, esperándonos en el sagrario: «hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como Él trabajaba y amar como Él amaba? Aprendemos entonces a agradecer al Señor esa otra delicadeza suya: que no haya querido limitar su presencia al momento del Sacrificio del Altar, sino que haya decidido permanecer en la Hostia Santa que se reserva en el Tabernáculo, en el Sagrario» (ECP,154).
La tercera característica del sacramento de la Eucaristía, además del sacrificio y de la comunión, es su dimensión escatológica: Jesucristo en la comunión es prenda de la gloria futura, de la vida eterna. Como decíamos con el himno, el Señor, «reinando, como premio se nos brinda». El Catecismo enseña que la Eucaristía anticipa la gloria celestial (n.1402), y por eso decimos, inmediatamente después de la consagración, las palabras del Maran atha judío: «ven, Señor Jesús». El rito de la comunión ayuda a meditar en esta realidad, después de rezar el Padrenuestro: «celebramos la Eucaristía “mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo” (cf. Tt 2,13), y le pedimos entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro”» (CEC,1404).
Garantía de vida futura, y fundamento del optimismo cristiano para nuestra lucha en la tierra: «Jesús, en la Eucaristía, es prenda segura de su presencia en nuestras almas; de su poder, que sostiene el mundo; de sus promesas de salvación, que ayudarán a que la familia humana, cuando llegue el fin de los tiempos, habite perfectamente en la casa del Cielo, en torno a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: Trinidad Beatísima, Dios Único» (ECP,153).

A la Virgen santísima, mujer eucarística, le pedimos que nos ayude a preparar, a celebrar y a continuar nuestra vida de almas de Eucaristía con la vista puesta siempre en esas tres características que hemos considerado (el sacrificio, la comunión y la vida eterna): «¡Oh sagrado banquete en que Cristo se da como alimento! En él, se renueva la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura».

sábado, julio 21, 2012

El descanso cristiano


Después de la misión apostólica, Marcos relata el regreso de los discípulos que le cuentan a Jesús todas las peripecias de sus correrías apostólicas: Reunidos los apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Le narran los milagros, las curaciones, los exorcismos; pero también la doctrina que estuvieron predicando, lo que habían aprendido a su lado.

Y les dice: —Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco. Llama la atención esta actitud paternal del Señor, su preocupación por los detalles más pequeños, su cuidado por aquel grupo de discípulos, que conforman su nueva familia, en la que Él atiende incluso lo más material, como el descanso.

Tenemos que aprender del Señor a cuidar de esos tiempos de pausa en el trabajo, tan necesarios para recuperar las fuerzas físicas pero también para no dejarnos apabullar por la barahúnda del movimiento social en el que nos movemos. Descansar es parte importante de la santificación de la vida cotidiana, del trabajo y de la familia. Puede suceder que, so capa de ser muy competentes en el trabajo, terminemos convertidos en esclavos de la profesión y echando por la borda incluso la familia o la relación con Dios.

En nuestros días es importante relativizar el trabajo. La ocupación laboral no es lo más importante. Primero está Dios, el hogar, el servicio a los demás. Desde luego, siempre hemos enseñado que el trabajo es medio para encontrarse con Dios, para sacar adelante la familia y para servir a la sociedad. Pero si deja de ser medio y se convierte en fin, estamos desenfocados. Y lamentablemente, hay una fuerte corriente social que invita a elevar el trabajo a un lugar que no le corresponde. Por eso es importante escuchar al Señor que nos recuerda: Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco.

También hemos de saber descansar. San Josemaría enseñaba que “el descanso no es no hacer nada: es distraernos en actividades que exigen menos esfuerzo” (Camino, n.357). Urge profundizar en esa antropología del descanso y de la fiesta, que tan bien ha expuesto J. Pieper (“Una teoría de la fiesta”). El cristiano es el que mejor sabe descansar, porque lo hace con Dios, celebrando su creación y su redención. 


Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos. El Señor se dirige con los discípulos a Betsaida Julia, llamada así en honor a la hija de Augusto. Se trata de un lugar desértico, para descansar a solas, en familia, los discípulos y Él. Podríamos decir que, después de la vida austera de Juan Bautista y los cuarenta días de Jesús en el desierto, es el primer retiro espiritual del cristianismo que nos transmite el Evangelio. Estar en un lugar apartado ellos solos, con Dios. Nos habla de la importancia del recogimiento para la vida interior.

En nuestros días, parece como si la gente huyera del silencio. Hasta los sitios tradicionalmente recogidos, como los aeropuertos o los hospitales, se han llenado de pantallas que salen al encuentro de los consumidores. Es un fenómeno comercial, pero manifiestan la creciente incapacidad que tienen nuestros contemporáneos de quedarse en un lugar apartado ellos solos. Por eso cuesta tanto la lectura, el estudio individual y, cómo no, la oración personal. El Evangelio de hoy es una invitación a redescubrir la importancia de la vida interior, de la meditación, del estudio, del silencio para poder escuchar la voz de Dios.

También en nuestra vida laboral tenemos que encontrar esos momentos para estar a solas con el Señor, en la intimidad con Él, para hablar de Tú a tú, personalmente, contándole nuestras cosas. En la jornada laboral tendremos esos momentos de meditación, pero hay que preverlo además en el plan semanal, mensual y anual. Es el sentido del domingo, que el Beato Juan Pablo II explicó magistralmente en su Carta Dies Domini: día del Señor, día de Cristo, pero también día de la Iglesia y del ser humano.

Podemos sacar el propósito de recordar, en nuestro apostolado personal, la importancia del precepto dominical: ningún domingo sin Misa, puede ser una buena meta, para nosotros, para nuestra familia y para nuestros amigos. Hemos de enseñarles, ante todo con nuestro ejemplo, que conviene adelantar la asistencia a la Misa en lugar de retrasarla. Y que al programar los paseos de fin de semana debe estar prevista la Santa Misa en el mejor momento. Será manifestación de fe sacrificar la visita a algún lugar atractivo si no garantiza la participación en la Eucaristía dominical. 

También se les puede explicar que este mandamiento se cumple asistiendo a la Misa el sábado por la tarde. Otro consejo, ya no para turistas, sino para estudiantes, es que en tiempo de exámenes conviene ir a Misa temprano el domingo, para evitar las afugias de último momento, cuando no ha rendido mucho el estudio. Que no falte la Misa dominical, ningún domingo sin Misa.

El Evangelio apunta tres asuntos más. En primer lugar, el motivo del descanso, que era el trabajo extremo que caracterizaba las jornadas del Señor y sus discípulos: Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Aunque hemos hablado del descanso necesario, tampoco hemos de quejarnos si en alguna ocasión debemos trabajar un poco más de la cuenta. Siempre que tengamos las medidas de prudencia que hemos mencionado antes, debemos agradecer al Señor que nos permita identificarnos con Él en su laboriosidad. Y aprender a trabajar como Él, sin mentalidad de víctimas.

Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Como entonces, también hoy las almas tienen necesidad de Dios y nosotros, que somos sus discípulos, debemos estar dispuestos a sacrificar incluso nuestro merecido descanso si hiciera falta en un caso extremo, para comunicarles las maravillas divinas. Vemos que así hizo el Señor, en lo que constituye el núcleo de la Liturgia de la Palabra del domingo XVI del ciclo B:

Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Una vez más, vemos a Jesús pendiente de los demás. Al comienzo, del descanso de sus apóstoles. Ahora, de la muchedumbre que salió a su encuentro en Betsaida Julia. La Liturgia nos hace considerar que se está cumpliendo una profecía de Jeremías (23,1-6): Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá. Jesús aparece como ese Buen Pastor, hijo de David, que acoge a sus ovejas y las cuida de los malos pastores.

Por eso, es lógico que el Salmo de la Misa sea el número 23: El Señor es mi pastor, nada me falta. El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. 

Llama la atención en qué consiste el pastoreo de Jesús en este pasaje. Aunque más adelante habrá una multiplicación de los panes, que consideraremos el próximo domingo, San Marcos nos dice cómo se manifiesta la compasión del Señor por sus ovejas: y se puso a enseñarles muchas cosas. El pasto que Jesús nos ofrece es su Revelación, sus enseñanzas, la doctrina que la Iglesia nos dispensa. 

 Acudimos a la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia, para que nos enseñe el camino del seguimiento de su Hijo durante el trabajo y también en las horas del descanso. Que además estemos dispuestos a trabajar con esmero por el reino de su Hijo y a asimilar las enseñanzas que, como Buen Pastor, nos transmite a través de su Iglesia.

domingo, junio 06, 2010

Eucaristía y sacerdocio de Cristo



 Después de Pentecostés, fiesta con la que terminaba la Pascua, el ingreso al tiempo ordinario de la liturgia está marcado por la solemnidad de la Santísima Trinidad. Una semana más tarde, la Iglesia celebra otra fiesta grande que sintetiza la historia de la salvación: la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre santísimos de Cristo.

Con esta festividad se renueva la fe en la presencia del Señor en la Eucaristía, también en las especies consagradas que se reservan en el Sagrario después de la Misa. Además, es la fiesta del sacerdocio de Jesús. Hoy es un buen día para pensar por qué llamamos al Señor “Sumo y Eterno sacerdote”, en qué consiste su sacrificio, qué tipo de ofrendas hizo a Dios, por qué actuó de esa manera y cuáles eran su motivación última, de dónde sacaba la fuerza para realizar la liturgia de su sacrificio.

En la primera lectura (Gn 14,18-20) leemos la historia de Melquidesec, un hombre misterioso que ofrece a Abraham pan y vino, después de unas batallas que éste había sostenido para liberar a su sobrino Lot: “Melquisedec, rey de Salem, que era sacerdote del Dios Altísimo, ofreció pan y vino, y le bendijo diciendo: -Bendito sea Abrán por parte del Dios Altísimo, creador de cielo y tierra; y bendito sea el Dios Altísimo que puso a tus enemigos en tus manos. Y Abrán le dio el diezmo de todo”.

Se trata de un rey, aunque los nombres también tienen su simbolismo: “ciudad de la paz”, “rey de justicia”. Le ofrece pan y vino, una acción que tiene el significado de la hospitalidad y de la paz entre personas de dos tribus distintas: un permiso de visado, podríamos decir. Pero lo que llama la atención es que después de la acogida solidaria este rey bendice a Abrán y a Dios y recibe de su huésped el diezmo de todo.

El Catecismo (1333) enseña que la La Iglesia ve en en el gesto de este rey y sacerdote una prefiguración de su propia ofrenda. De hecho, así se reza en la Santa Misa: “Mira con ojos de bondad esta ofrenda y acéptala, como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec”.

El Salmo 109 anuncia que el Mesías forma parte de ese linaje, en una línea distinta a la del sacerdocio de Aarón y de Leví: «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”.  A la manera de aquel hombre, como explicará la carta a los Hebreos: “vive para siempre, posee un sacerdocio perpetuo. Vive siempre para interceder por nosotros porque se ofreció de una vez para siempre él mismo” (Cf. Heb 7,23-28).

En el Evangelio de San Lucas (9, 10-17) vemos la realización de estas figuras del Antiguo Testamento: el sacerdote anunciado es Jesucristo, que da de comer a una multitud. Se trata del único milagro narrado a la vez por los cuatro evangelios: Cuando la gente se dio cuenta, le siguió. Y les acogió y les hablaba del Reino de Dios, y sanaba a los que tenían necesidad.

Jesús les da, en primer lugar, el pan de la palabra. Sabe que andan como ovejas que no tienen pastor y, sin embargo, lo primero que les da es formación, estudio, ideas claras… Luego, acude en ayuda de los más necesitados: los enfermos, los hambrientos.

Empezaba a declinar el día, y se acercaron los doce para decirle: —Despide a la muchedumbre, para que se vayan a los pueblos y aldeas de alrededor, a buscar albergue y a proveerse de alimentos; porque aquí estamos en un lugar desierto.

Da gusto ver la confianza con que los discípulos trataban a Jesús. Nos habla de la humildad del Señor, que les había permitido “manejar su agenda”, como vemos por la sencillez con que le indican la necesidad de despedir al gentío. También van aprendiendo a pensar en los demás, ¡cuánto habrá influido el ejemplo de María en Caná!

Él les dijo: —Dadles vosotros de comer. Pero ellos dijeron: —No tenemos más que cinco panes y dos peces, a no ser que vayamos nosotros y compremos comida para todo este gentío –había unos cinco mil hombres. Entonces les dijo a sus discípulos: —Hacedlos sentar en grupos de cincuenta.  Así lo hicieron, y acomodaron a todos.

Karris explica que se trata de un nuevo encargo para los discípulos: alimentar con la Eucaristía al nuevo Israel. Resalta la dimensión que Lucas le da a las reuniones de Jesús con las personas, para comer: en el cap. 4, había mostrado un episodio de la comunión con los pecadores. Ahora, les da misión de alimentar a la creación hambrienta.

Señor: te damos gracias por estas escenas del Evangelio, que nos muestran hasta qué punto has querido confiar en nosotros como instrumentos de tu sacerdocio eterno. También hoy nos miras a tus discípulos y nos das la misma orden: Dadles vosotros de comer. Quizá nosotros, a la vista de nuestras miserias y limitaciones, también debemos responder como los doce: con nuestros pobres medios humanos, qué poco podremos hacer. Sin embargo, estamos dispuestos a ponernos en tus manos y a “hacer lo que Tú nos digas”, como aprendimos de María en Caná. Aunque no entendamos el sentido de tus mandatos, sabemos que obedeciendo a tus indicaciones seremos eficaces y fieles.

Así sucede con los discípulos. Sin tener prácticamente nada para ofrecer a aquella multitud inmensa, obedecen a la orden de hacerlos sentar en grupos de a cincuenta: Así lo hicieron, y acomodaron a todos.

Después de contar con la pobre colaboración humana, con la ayuda de aquellos doce y la obediencia de la multitud (tampoco se rebelan, ni ponen en duda la eficacia del mandato de sentarse en grupos: simplemente se sientan como indican los instrumentos del Señor), Jesús asume el protagonismo de esta meditación. Como Melquisedec en el Antiguo Testamento, Jesús  toma el pan y lo ofrece a sus invitados, que somos todas las personas a lo largo de los siglos.

Los gestos, las acciones, son similares –casi idénticas- a las de la última cena y a las de Emaús: “levantó los ojos, bendijo, partió, dio”... No hay duda de que Lucas está anticipando el sentido del sacerdocio de Cristo: su dimensión eucarística.

Tomando los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición sobre ellos, los partió y empezó a dárselos a sus discípulos, para que los distribuyeran entre la muchedumbre. Comieron hasta que todos quedaron satisfechos. Y de los trozos que sobraron, ellos recogieron doce cestos.

Lucas es el único que relaciona la multiplicación con el anuncio de la pasión, inmediatamente después. Esta es la otra dimensión del Sacerdocio de Cristo: su disponibilidad para el sacrificio. Pero no para ofrecer un holocausto extrínseco, de un becerro o de unas palomas. La ofrenda de Jesús es su propia vida, su cuerpo y su sangre que quedarán para siempre disponibles para sus discípulos en el Sacramento de la Eucaristía, como celebramos hoy.

El Catecismo (n. 1544) explica precisamente que “Melquisedec es considerado por la Tradición cristiana como una prefiguración del sacerdocio de Cristo, que "mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados" (Hb 10,14), es decir, mediante el único sacrificio de su Cruz”.

Esta doctrina es la que enseñarán los primeros cristianos, después de la Ascensión del Señor al Cielo. Así vemos en la segunda lectura (1 Co 11,23-26), en la que San Pablo hace una apología de la tradición que recibió y que a su vez él mismo transmite: “Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía». Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía». Porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga”.

Esta corriente trinitaria de amor por los hombres -enseña San Josemaría- se perpetúa de manera sublime en la Eucaristía. Hace muchos años, aprendimos todos en el catecismo que la Sagrada Eucaristía puede ser considerada como Sacrificio y como Sacramento; y que el Sacramento se nos muestra como Comunión y como un tesoro en el altar: en el Sagrario. La Iglesia dedica otra fiesta al misterio eucarístico, al Cuerpo de Cristo ‑Corpus Christi‑ presente en todos los tabernáculos del mundo” (Es Cristo que pasa, n. 85).

Así lo explicó Benedicto XVI en la homilía de la Misa del Corpus del 2010, haciendo ver el papel del Espíritu Santo como el motivador principal del misterio eucarístico: “¿En qué sentido Jesús es sacerdote? Nos lo dice precisamente la Eucaristía. Podemos volver a partir de esas sencillas palabras que describen a Melquisedec: “ofreció pan y vino” (Gn 14,18). Y esto es lo que hizo Jesús en la Última Cena: ofreció pan y vino, y en ese gesto se resumió totalmente a sí mismo y a su propia misión. En ese acto, en la oración que lo precede y en las palabras que lo acompañan está todo el sentido del misterio de Cristo

La pasión fue para Jesús como una consagración sacerdotal. Él no era sacerdote según la Ley, pero lo ha llegado a ser de forma existencial en su Pascua de pasión, muerte y resurrección: se ofreció a sí mismo en expiación y el Padre, exaltándolo por encima de toda criatura, lo ha constituido Mediador universal de salvación (…).

Jesús anticipó su Sacrificio, un Sacrificio no ritual, sino personal. En la Última Cena Él actúa movido por ese "espíritu eterno" con el que se ofrecerá después sobre la Cruz (cfr Hb 9,14). Dando las gracias y bendiciendo, Jesús transforma el pan y el vino. Es el amor divino que transforma: el amor con que Jesús acepta por anticipado darse completamente a sí mismo por nosotros.

Este amor no es otro que el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, que consagra el pan y el vino y cambia su sustancia en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, haciendo presente en el Sacramento el mismo Sacrificio que se realiza después de forma cruenta en la Cruz.

Podemos por tanto concluir que Cristo fue sacerdote verdadero y eficaz porque estaba lleno de la fuerza del Espíritu Santo, estaba lleno de toda la plenitud del amor de Dios, y esto precisamente “en la noche en que fue traicionado”, precisamente en la “hora de las tinieblas” (cfr Lc 22,53). Es esta fuerza divina, la misma que realizó la Encarnación del Verbo, la que transforma la extrema violencia y la extrema injusticia en un acto supremo de amor y de justicia.

Esta es la obra del sacerdocio de Cristo, que la Iglesia ha heredado y prolonga en la historia, en la doble forma del sacerdocio común de los bautizados y del ordenado de los ministros, para transformar el mundo con el amor de Dios. Todos, sacerdotes y fieles, nos nutrimos de la misma Eucaristía, todos nos postramos a adorarLa, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo. ¡Venid, exultemos con cantos de alegría! ¡Venid, adoremos!”

sábado, julio 25, 2009

Cinco panes y dos peces

Hacemos una pausa en el relato evangélico de San Marcos, que hace una semana nos dejó con Jesús frente a una gran multitud, de la cual sintió compasión porque andaban como ovejas que no tienen pastor. 

La misericordia se nota en que les enseña. Pero además hace un milagro portentoso. Es aquí donde cede la palabra al apóstol San Juan, que le da mayor realce al signo y una gran explicación teológica. Por eso, durante los próximos cinco domingos consideraremos el capítulo sexto del cuarto evangelio, uno de los pasajes más profundos del Nuevo Testamento.

Después de esto partió Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades. Iniciativa de Jesús, busca a la gente. Quiere que todos se salven, no se contenta con esperarlos. Así espera que nosotros salgamos al encuentro de las almas, para llevarles el tesoro de la vida divina y que también aprendamos de ellas en ese diálogo maravilloso de la amistad. 

Le seguía una gran muchedumbre porque veían los signos que hacía con los enfermos. Así somos: lo buscamos por interés, cuando lo necesitamos. Después, cuando las cosas van bien, nos olvidamos de Él; dejamos que pase a ocupar un segundo lugar. Perdón, Señor. Que no confiemos más en nuestras fuerzas. Que no sigamos contentos con nuestra mediocridad. Que no te sigamos por los signos que puedes hacer en nuestro favor, sino por amor desinteresado, para tratar de retornar en parte tu amor hasta la muerte.

Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Pronto iba a ser la Pascua, la fiesta de los judíos. La intimidad con Jesús requiere esfuerzo. Por eso es frecuente la figura del monte. Cercanía de la Pascua, que trae a la mente el sacrificio pascual de Jesús. Era una buena fecha, de tiempo fresco, lo cual nos ayuda a entender lo que a continuación nos describe San Juan:

Jesús, al levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a Felipe: — ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos? –lo decía para probarle, pues él sabía lo que iba a hacer. El Señor se preocupa de sus seguidores. Es previsivo: sabe lo que hará. Sin embargo, quiere contar con nuestro pobre aporte humano. Se dirige a nosotros, pone a prueba nuestra creatividad. Quiere que seamos sus instrumentos inteligentes, no simples máquinas repetidoras. Por eso pregunta a Felipe: — ¿Dónde vamos a comprar pan para que coman éstos?

¡Cuántas veces nos habremos visto interpelados, tentados como Felipe, por cuestiones similares! El Señor pone en nuestras manos una familia, unas personas, una entidad, una labor apostólica, y parece como si todo dependiera de nuestro esfuerzo. Ante esos retos, caben varias reacciones: intentar arreglarlo todo con las propias fuerzas, o dejar que sea Dios por su cuenta el que se encargue -mientras nosotros, perezosos, nos desentendemos-, o actuar como el Evangelio de hoy:

Felipe le respondió: —Doscientos denarios de pan no bastan ni para que cada uno coma un poco. Es la reacción “realista”. Se ve que Felipe era un hombre práctico, quizá cumplía con frecuencia ese papel de secretario –aunque era Judas el que llevaba la bolsa-: preveía, calculaba y daba su veredicto. En esta ocasión, su cuenta dice que, para dar a cada una de las personas de esa multitud, no alcanzarían ni doscientos jornales, unos cuatro millones de pesos colombianos de hoy.

Doscientos jornales. Un dineral. Doscientos días de trabajo, les pide el Señor a sus Apóstoles de un momento a otro. Y no para construir la sede central de su apostolado, o para prever las necesidades futuras, sino para “despilfarrarlos”, atendiendo a una muchedumbre transitoria. ¡Cuánto nos enseña el Señor! Esta escena va en la línea de la Encíclica “Caritas in veritate”: nos muestra la lógica de la gratuidad, de la generosidad, del don, que ha venido a instaurar Jesucristo, por encima de nuestra tacañería, de nuestra codicia, de nuestro egoísmo.

Los apóstoles se han ido empapando de la lógica divina, y no tienen vergüenza de plantear sus pobres aportaciones: “Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?”

Estamos hablando de una necesidad de cuatro millones de pesos en pan, y el muchacho no tiene problema en aportar unos diez o quince mil pesos… Hay que dar de comer a una muchedumbre, y él ofrece comida para dos. ¡Parece ridículo! Así es nuestra aportación en las obras de Dios: por mucho que hagamos, no deja de ser verdaderamente desproporcionado. Pero el Señor quiere que demos nuestros cinco panes y los dos peces, aunque no sea nada, comparado con la Obra de Dios.

El muchacho, que somos tú y yo en este pasaje, le entrega al Señor todo lo que tiene. Quizá era la previsión para la cena en su casa, pero tiene la fe suficiente para entregarla al Maestro. No piensa en sí mismo, ni en sus planes: lo prioritario es ayudar, hacer de cirineo en este momento para Jesús.

Señor, dinos ahora en esta oración: ¿Cuáles son esos panes y esos peces que Tú estás esperando que te entregue? ¿Cómo puedo ayudarte a tu labor de buen pastor en el mundo de hoy? – Quizá nos pides que te demos el corazón, que no lo compartamos tanto, que no te dejemos las migas… O que empleemos en tus cosas los mejores tiempos, o que sacrifiquemos un poco nuestras aficiones, nuestros planes personales, al servicio de los demás… Pregúntale tú concretamente qué panes te está pidiendo, cuáles peces le puedes dar…

Al ver Jesús que Andrés y el muchacho habían entendido su lógica, dijo: —Mandad a la gente que se siente –había en aquel lugar hierba abundante. Y se sentaron un total de unos cinco mil hombres. Si contamos tantas mujeres como varones –podrían ser más, pues ellas son más piadosas- y tres muchachitos en promedio por pareja –teniendo en cuenta la fecundidad judía de aquella época-, podemos hablar de unas 25.000 personas, cuatro millones de pesos en pan no bastan… ¿Qué pensarían los apóstoles ante ese mandato, ante esa locura desproporcionada? ¿Cuáles habrán sido los comentarios de Judas, a baja voz, con los que estaban a su lado?

Jesús tomó los panes y, después de dar gracias (alusión a la Eucaristía), los repartió a los que estaban sentados, e igualmente les dio cuantos peces quisieron. No toca de a pan por cabeza: se trata de un banquete mesiánico, que muestra el cumplimiento de las promesas antiguas: Comerán todos hasta saciarse. O, como leíamos en la primera lectura, comerán y sobrará, según la promesa del profeta Eliseo, que también repartió panes de cebada entre un grupo grande. ¡Qué generosidad, Señor; qué magnánimo eres! ¡Cuánto tenemos que aprender de Ti! ¡Qué deseos de confiar más en tu grandeza!

Cuando quedaron saciados, les dijo a sus discípulos: —Recoged los trozos que han sobrado para que no se pierda nada. Y los recogieron, y llenaron doce cestos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Dice San Josemaría: ¿Y para qué recoger los restos? ¿Para qué? Para que, con esos doce grandes cestos de pan que han sobrado, comamos nosotros ahora y nos alimentemos de la fe. De la fe en Él, que es capaz de obrar todo eso superabundantemente, por el amor que tiene a los hombres, por el amor que tiene a la Iglesia, por el deseo de redimir, de salvar a las gentes.

También nosotros podemos acudir a Jesucristo, llenos de fe como este santo sacerdote, y decirle: ¡Señor, que sobren cestos ahora mismo!¡Hazlo generosamente!¡Que se vea que eres Tú!

También la multitud aquella creyó en el Señor viendo el signo que Jesús había hecho, decían: —Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo.


El Señor nos da una última enseñanza de esperar el momento oportuno, la “hora” prevista por el Padre: Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo.