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martes, diciembre 08, 2015

Misión e instrucción a los Doce

Veíamos en la anterior meditación que Jesús manifestaba su misericordia enseñándonos a rezar al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Sin embargo, La perícopa evangélica del Adviento complementa la invitación a rezar con el llamado «discurso apostólico», que Jesús pronunció inmediatamente después de que llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Con la llamada, Jesús les asigna una misión: Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis. Podemos notar un paralelismo con los tres verbos que resumían la misión de Cristo al comienzo de su apostolado: acompañar, enseñar y curar –en sus diversas manifestaciones: curaciones espirituales y materiales-.
El motivo por el cual consideramos este pasaje en pleno Adviento es para que veamos que los apóstoles no son unos simples asalariados, sino que son continuadores de la misión de Cristo. Deberán ser otros Cristos, pues los oiga a ellos escuchará a Cristo mismo.
Sabemos que los discípulos no eran dignos de esa llamada, y que muchos no fueron fieles en el momento en que Jesús más los necesitaba. Solo perseveró al pie de la Cruz el más pequeño, el que menos motivos tenía para confiar en sí mismo. ¿Cómo logró esa gesta de fidelidad? El secreto está en que era el discípulo que más amaba a María, por lo que mereció ser escogido por Jesús mismo para que nos representara al entregárnosla como Madre: hijo, ahí tienes a tu Madre; mujer, ahí tienes a tu hijo. María asumió la misión de ser la madre de los discípulos, la madre de la Iglesia, y por eso también la reconocemos como la reina de los apóstoles.
Rogad pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies, dijo Jesús al comienzo del pasaje. E inmediatamente después nombró a los doce Apóstoles. ¡Eficacia de la oración! Tenemos que pedir, como el Señor nos enseñó, pero debemos hacerlo con las disposiciones con las que rezaban aquellos doce jóvenes: le pedían a Dios que enviara operarios, pero al mismo tiempo le hacían saber que podía contar con ellos, si hiciera falta, a pesar de sus miserias.
Comentando este pasaje, san Juan Pablo II hacía notar que “es necesario y urgente organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y familias, suscitando una reflexión atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la total entrega de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino” (NMI, n.46).
Ojalá pudiéramos contar nosotros lo que relata el profeta Isaías (6,8): Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?». Contesté: «Aquí estoy, mándame». Ojalá que nosotros, obedeciendo al mandato divino, pidamos al Padre que envíe obreros a su mies… pero no pensando en otros, en los de al lado, sino en nuestra propia entrega. Atrevámonos a decirle al Señor: envíame a mí…, «Aquí estoy, mándame».
Durante esta semana contemplamos el ejemplo de María, joven adolescente de Nazaret, que en su diálogo con el Señor estuvo siempre dispuesta a cumplir la voluntad del Padre. Es el mejor resumen de su vida, hecho por Jesús mismo, que fue su mejor biógrafo. Cuando en el éxtasis de la popularidad del Señor una mujer gritó con sencillez: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron», él corrigió la alabanza, para aclarar que lo importante en María no había sido su maternidad biológica, funcional, sino su identificación con lo que Dios quiso de Ella durante toda su vida: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». Son dos pasos distintos, en la vida interior: Escuchar la palabra, primero. Cumplirla, después. Y en ambos casos, María es paradigmática.
Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios. ¡Qué difícil es recogerse en este tiempo nuestro, cuando llevamos en el bolsillo la conexión con el mundo entero, lo que nos puede llevar hasta el punto de perder el silencio interior, la capacidad de contemplación, de escuchar! A veces decimos que Dios no nos habla, pero quizá es que no sacamos ese tiempo para oírlo, para hablar con Él, para pedirle, para ver su voluntad, como veíamos antes el consejo de Jesús: rogad, pues, al dueño de la mies…
Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. En esa escuela mariana, san Josemaría aprendió a secundar la enseñanza de Jesús. Él también buscaba oír y ver lo que el Señor quería, y por eso repetía las palabras del ciego de Jericó: ¡Señor, que vea! Domine, ut videam! Junto con esa jaculatoria, aportaba la actitud del profeta y de María: ¡Señora, que eso que tu Hijo quiere, sea! Domina, ut sit! Para lo cual complementaba esas jaculatorias con la disposición a cumplir, siempre y en todo, la voluntad de Dios: ¡Aquí estoy, Señor, porque me has llamado!
Esa disposición generosa es compatible con el miedo ante el reto que supone semejante compromiso. No es mala cosa experimentar ese temor. Es más: es muy buena señal, porque quiere decir que nos enteramos, que nos hacemos cargo de lo que el Señor nos está insinuando… es un síntoma positivo de que probablemente el cuento sí es con nosotros. El papa Francisco cuenta que a él también le sucedió algo similar. Y no solo en la juventud, sino después de muchos años de entrega, en concreto, en el día del cónclave. Cuando fue elegido papa, Francisco «experimentó una gran turbación de espíritu. “Una gran ansiedad se apoderó de mí en ese momento”, recordaría más tarde (...). El miedo a la misión ―dijo en una ocasión a un grupo de retiro― puede ser “señal de buen espíritu”: “Cuando somos elegidos sentimos que el peso es grande, sentimos miedo (en algunos casos llega al pánico): es el comienzo de la Cruz. Y, sin embargo, conjuntamente, sentimos esa honda atracción del Señor que ―por su mismo llamamiento― nos seduce con un fuego abrasador para que le sigamos”» (Ivereigh, El Gran Reformador, p. 484).
Quizá ese fuego del amor de Dios fue el que hizo turbar a María ante la Anunciación del Ángel Gabriel. Y esa seducción del Espíritu Santo ―el 8 de diciembre celebramos precisamente esa plenitud de gracia con que la colmó desde el primer momento, en la concepción― la impulsó a ser generosa.
La Virgen transmitía ese amor de Dios por donde se encontraba: en el taller de José, en casa de su prima Isabel, en el pesebre de Belén, en el templo de Jerusalén, y durante el destierro de Egipto. También llevaría ese aire de familia a las bodas de Caná y animaría a los discípulos para que fueran generosos y siguieran a Jesús: haced lo que Él os diga, les animaría, como a los sirvientes de aquel banquete.
Ahora nos anima a ti y a mí para que sigamos los pasos de su Hijo, para que roguemos al dueño de la mies pidiéndole que envíe operarios a su mies. Pidamos mucho al Señor que envíe vocaciones de almas plenamente entregadas, que lleven su mensaje de amor hasta el último rincón del mundo. Pero digámosle, como el profeta: si quieres, envíame a mí…, «Aquí estoy, mándame». O como san Josemaría, pidámosle “que vea y que sea”.

No tengamos miedo a seguir a Jesucristo, a escuchar su palabra y a cumplirla, a abrir el corazón de par en par al amor de su llamada. No estamos solos, contamos con María. Ella nos alcanzará la gracia necesaria para que nuestra respuesta sea como la suya: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

sábado, junio 14, 2008

Doce Apóstoles, columnas de la Iglesia

Explica I. de la Potterie (María nel mistero dell’Alleanza) que «la idea fundamental de toda la Biblia es que Dios quiere establecer una Alianza con los hombres (…) Según la fórmula clásica, Dios dice a Israel: “Vosotros seréis mi pueblo y Yo seré vuestro Dios”. Esta fórmula expresa la pertenencia recíproca del pueblo a Dios y de Dios a su pueblo».
 
Las lecturas del ciclo A para el XI Domingo formulan esa misma idea: En primer lugar, en el Éxodo (19, 2-6a) se presentan las palabras del Señor a Moisés: «si me obedecéis fielmente y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía; seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa». Y el Salmo 99 responde: «El Señor es nuestro Dios, y nosotros su pueblo. Reconozcamos que el Señor es Dios, que él fue quién nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño». 

El Evangelio de Mateo (9, 36-38; 10, 1-8) complementa ese cuadro del Antiguo Testamento, con la elección de los doce apóstoles: «Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces les dijo a sus discípulos: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones: —No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente».
¿Por qué ese número? El Papa actual lo ha explicado en varias ocasiones: «El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos». 

En Pentecostés, señala que hay 120 discípulos: «A este «nuevo Israel» alude claramente el número total de las personas, que era de «unos ciento veinte», múltiplo del «doce» del Colegio apostólico. El grupo constituye una auténtica qahal, una «asamblea» según el modelo de la primera Alianza, la comunidad convocada para escuchar la voz del Señor y seguir sus caminos». Por último, en el Apocalipsis aparecen «los doce cimientos de la ciudad, sobre los cuales están los nombres de los doce Apóstoles. Los cimientos de la ciudad no son piedras materiales, sino seres humanos: son los Apóstoles con el testimonio de su fe. Los Apóstoles siguen siendo los cimientos de la nueva ciudad, de la Iglesia, mediante el ministerio de la sucesión apostólica: mediante los obispos».

El Compendio del Catecismo de la Iglesia explica la actualidad de esta doctrina, en el capítulo sobre la Iglesia, entendida como el nuevo Israel construido sobre el fundamento de los doce apóstoles: «Con el término «Iglesia» se designa al pueblo que Dios convoca y reúne desde todos los confines de la tierra, para constituir la asamblea de todos aquellos que, por la fe y el Bautismo, han sido hechos hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo» (n. 147). 

Allí se explica el papel de los Obispos, como veíamos antes que ha señalado el Papa. Pero además se enumeran las funciones de los laicos en su papel de construir también ellos la Iglesia de hoy: «Los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados» (n. 188).

Y las tres funciones de los laicos son del mismo tenor que las de los miembros de la jerarquía, aunque cada uno a su modo: todos tenemos que participar en la misión sacerdotal, profética y regia de Cristo: «Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo» (n. 189). 

También participan los laicos «en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (Lumen Gentium 35)» (n. 190).

Por último, «los laicos participan en la misión regia de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen diversos ministerios al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad» (n. 191).