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martes, abril 13, 2010

La pesca milagrosa

1. En el tercer domingo de Pascua se contempla el capítulo 21 del Evangelio de San Juan, que es como un epílogo a los 20 capítulos previos, en clave eclesiológica. Como para cerrar su evangelio con broche de oro, Juan presenta, una vez más, el papel prioritario de Pedro en la Iglesia naciente. Al comienzo, Simón lidera incluso la vida cotidiana de los apóstoles: Les dijo Simón Pedro: —Voy a pescar. Le contestaron: —Nosotros también vamos contigo. Salieron y subieron a la barca.

Los exegetas se asombran de que los discípulos, enviados por Jesús a anunciar el mensaje a todo el mundo, se entretengan en algo tan superfluo como salir a pescar. San Josemaría, en cambio, lo ve plenamente lógico: “Voy a pescar. Va a ejercer su trabajo profesional. Las cosas grandes pasan ahí. Es una cosa grande hacer cada día el trabajo ordinario”.

Continúa el relato: Pero aquella noche no pescaron nada. Sin Jesús no hay fruto, sin mí no podéis hacer nada, les había dicho durante su vida pública. Al amanecer, de camino a la playa, encuentran a un personaje que, desde la orilla, les dice: —Muchachos, ¿tenéis algo de comer? —No –le contestaron. Es el relato simple, que nos transmite el narrador como viendo la escena desde fuera. Pero ¿qué sucedió en el interior de aquellos hombres?

Llevaban una noche de duro bregar, y no habían pescado nada. Algunos quizá recordarían aquella mañana, lejana en el tiempo, cuando el Señor le había dicho a Pedro, después de una noche como la que estamos contemplando: —Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca (Lc 5,1-11). Cefas, a pesar del cansancio, había obedecido y la pesca fue abundante. Seguramente unos cuantos de los que habían pasado esta noche bogando se habrían hecho la ilusión de que aquella silueta que se intuía en la orilla podría ser la de Jesús. Y también de seguro lo reconocieron al escuchar su llamado: hijos, muchachos (paidía), ¿tenéis algo de comer? Es probable que el más cansado –quizá Pedro- hubiera respondido de mal humor, impulsivo como era: —No. Y eso es lo que transmite el relato evangélico.

Pero en el corazón del discípulo amado aquellas palabras del Maestro resonaron como en el de Magdalena el nombre propio escuchado de labios del recién resucitado. A ella le había dicho: María. A ellos, muchachos, hijos. Y ambos descubrieron en ese momento al Señor. Rabboni! respondió María. ¡Es el Señor! Le dijo Juan a Pedro. Son las pupilas dilatadas por el amor. Comenta San Gregorio de Nisa: “Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón puro”. Y San Josemaría: "Aquel discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: — ¡Es el Señor! El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor!" (Amigos de Dios, n. 266).

Señor: en este tiempo de Pascua, purifica nuestros corazones. Envía tu Espíritu para que limpie la escoria de nuestras miserias y encienda nuestro afecto para verte también de lejos, para captar tus delicadezas, para sentir –ahora sí- un cariño firme, con toda la pureza y toda la ternura de un corazón quizá corrompido pero también acrisolado por un amor renovado para decir, al verte en la distancia: ¡es el Señor!

2. Al oír Simón Pedro que era el Señor se ató la túnica y se echó al mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros? (Id.).

Pedro es un ejemplo para todos los cristianos, precisamente porque nos queda más cercano. Quizá tenemos la tentación de ver a Juan demasiado bueno, muy santo como para compararnos con él (aunque también fue corregido por Jesús, por ejemplo cuando quiso arrasar un pueblo porque no le habían hecho caso a su predicación). En cambio, con Pedro es más fácil identificarnos: los evangelios nos muestran que era un hombre impulsivo, fuerte, agresivo, y que traicionó al Señor no una sino tres veces en un momento breve, justo cuando más lo necesitaba. Era un hombre con defectos, como nosotros. Así lo describen Urteaga en su libro “Los defectos de los santos” y Chevrot en “Simón Pedro”.

Pedro es pecador, como casi todos los hombres, pero también es un hombre de fe. Es lo suficientemente humilde como para confiar en el poder de la misericordia de Dios. En aquella primera pesca a la que nos referíamos antes, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: —Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Después de esta pesca pascual, dirá: —Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero. Y aprendió para siempre la lección de Jesús: —No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás. Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas. Ése fue el primer cónclave de la historia, la elección del primer Papa.

Es impresionante la humildad de Jesús, que confía su Iglesia a pobres hombres como Pedro, como Santiago, como tú y como yo. Miserables, pero que cuentan con la fuerza de Dios. Ahí está la fuerza para esa familia de Dios que es la Iglesia, también cuando se sientan con furia los ataques de sus enemigos. Por eso, predicaba San Josemaría: «Si acaso oís palabras o gritos de ofensa para la Iglesia, manifestad, con humanidad y con caridad, a esos desamorados, que no se puede maltratar a una Madre así. Ahora la atacan impunemente, porque su reino, que es el de su Maestro y fundador, no es este mundo. "Mientras gima el trigo entre la paja, mientras suspiren las espigas entre la cizaña, mientras se lamenten los vasos de misericordia entre los de ira, mientras llore el lirio entre las espinas, no faltarán enemigos que digan: ¿cuándo morirá y perecerá su nombre? Es decir: ved que vendrá el tiempo en que desaparezcan y ya no habrá cristianos... Pero, cuando dicen esto, ellos mueren sin remedio. Y la Iglesia permanece" (San Agustín, En. in Ps., 70, II, 12)»

Las palabras del Santo de Hipona nos llenan de esperanza. Vemos a Cristo que sigue sufriendo en su Iglesia, atacada como lo fue su Maestro. El diablo piensa que así caerá también Jesús por tierra, como en el Vía Crucis, pero la Iglesia permanecerá: las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, prometió Jesucristo. Y también anunció que Él permanecería con los suyos hasta el fin de los tiempos. Como Él aceptó los padecimientos hace veinte siglos, así mismo los acepta la Iglesia de hoy, tranquila porque sabe que tiene a Jesús como su Cirineo. Él no olvida su promesa: —No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás; apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas.

Hace unos años, Benedicto XVI aplicaba a esta situación una imagen del Apocalipsis, que está en el centro de todas las visiones de ese libro: se trata de “la Mujer, que da a luz un Hijo varón, y la visión complementaria del Dragón, que ha caído de los cielos, pero que todavía es muy poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre del Redentor, pero representa al mismo tiempo a toda la Iglesia, el Pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da a luz a Cristo de nuevo. Y siempre está amenazada por el poder del Dragón. Parece indefensa, débil. Pero, mientras está amenazada, perseguida por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer, al final, vence. No vence el Dragón. ¡Esta es la gran profecía de este libro, que nos da confianza! La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el Cordero”(22-VIII-06).

3. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino a unos doscientos codos, arrastrando la red con los peces.

La misión de sacar adelante la Iglesia, de ir por todo el mundo predicando el Evangelio, pescando esos peces grandes que casi rompen la red, no es exclusiva del Papa y de los Obispos. A todos nos corresponde. A todos nos envía el Señor. Debemos ser como esos  dos apóstoles anónimos que ayudan a Pedro y a Juan en su labor proselitista, de presentar al Señor los ciento cincuenta y tres peces grandes, pase lo que pase en el mundo.

Los Padres de la Iglesia ven el sentido figurado de esta escena: la Iglesia es esa barca que no se hunde, unida –la red no se rompe-, mientras el mundo es el mar. Gnilka ve en esta narración el esplendor de Cristo exaltado, el testimonio del Cristo vivo después de la crucifixión. El resucitado envía, pero también garantiza la eficacia de la misión.

Cuando descendieron a tierra vieron unas brasas preparadas, un pez encima y pan. Jesús les dijo: —Traed algunos de los peces que habéis pescado ahora. Subió Simón Pedro y sacó a tierra la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y a pesar de ser tantos no se rompió la red. Jesús les dijo: —Venid a comer. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú quién eres?», pues sabían que era el Señor. Vino Jesús, tomó el pan y lo distribuyó entre ellos, y lo mismo el pez. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

Jesús resucitado no solo envía y da fecundidad al trabajo apostólico. También asegura que siempre estará con sus discípulos, sus hijos, aunque a veces no lo descubran a su lado. En este pasaje, como en Emaús, lo reconocen al partir el pan, en alusión a la Presencia de Jesús en la Eucaristía, donde nosotros lo reconocemos y gozamos de su compañía.

Podemos concluir acudiendo a la Madre de la Iglesia para que nos aumente el amor al Cuerpo místico de Cristo, que nos alcance del Señor el amor de Juan y la fe de Pedro, para ver a Cristo que sufre con su Familia en la tierra.  Lo podemos hacer repitiendo esa jaculatoria que tanto repetía San Josemaría: "Todos, con Pedro, a Jesús por María".

sábado, abril 21, 2007

Testigos de la Eucaristía


El último capítulo del Evangelio de Juan es una adición, que se refiere a la Iglesia posterior a la Ascensión del Señor a los cielos, en la cual el joven apóstol reconoce la misión de Pedro como primado.

Narra también la pesca milagrosa del Resucitado, que la liturgia del tercer domingo de Pascua (ciclo C) nos invita a poner en relación con el testimonio apostólico y con la adoración a Dios: si el capítulo quinto de Lucas comenzaba con el llamado a Pedro para ser pescador de hombres, este apartado de Juan termina mostrando su realización histórica.

San Josemaría comenta sobre las virtudes de Juan y de Pedro en esta escena: (Amigos de Dios, n. 266): «Aquel discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: ― ¡es el Señor! El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor! Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ató la túnica y se echó al mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros?»

La escena que continúa es conmovedora: Jesús no les reprocha. Al contrario, les prepara el desayuno: «Cuando descendieron a tierra, vieron unas brasas preparadas, un pez encima y pan». ¡Cómo se recrea la liturgia contemplando la relación de identidad que hay entre Jesús Resucitado y la Eucaristía! «Jesús les dijo: ― venid a comer. Vino Jesús, tomó el pan, lo distribuyó entre ellos y lo mismo el pez».

El mejor testimonio que podemos dar de Jesús Resucitado es la participación plena, consciente y activa en la Sagrada Eucaristía. Ahí nos espera Él, como esperaba a los Once en la orilla del mar, para darnos la alegría, la esperanza, la gracia para hacer nuestra su propia vida. Podemos unirnos al culto celestial a través de nuestra participación en la Misa, no durante media hora, sino durante todo el día.

Los Apóstoles son modelo de testimonio: se presentan ante el Sanedrín y proclaman su mensaje: “nosotros y el Espíritu Santo somos testigos de esto”: Que Jesús resucitó, fue exaltado como Príncipe y Salvador y que envió al Espíritu Santo (Hch 5, 27-41). Lo anuncia Pedro, totalmente convencido. Atrás quedó el traidor de la noche del Jueves Santo. Ahora es Testigo.

También testimonia el autor del Apocalipsis (5, 11-14): al principio, expone el mensaje de Jesús para cada Iglesia, después viene –en el capítulo cinco- la gran visión previa a las demás: presenta a Dios en su gloria y a Cristo resucitado que revela los designios divinos (escondidos en el libro sellado). Lo revela con su redención (muerte y Resurrección). El mensaje central (como otras veces, me baso en los comentarios de la Biblia de Navarra) es que Cristo merece una adoración igual que la del Padre, un culto litúrgico: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» En el culto del cielo intervienen los cuatro vivientes y los ancianos, después los ángeles (adoradores por excelencia, ejecutores de los designios divinos e intercesores a favor de los seres humanos) y por último la creación entera: el cielo y la tierra, la Iglesia celestial y terrestre, cuya oración se simboliza con las copas de oro.

Y no se trata solo de adorarlo, sino de anunciarlo. Como dice Benedicto XVI en la Sacramentum Caritatis (n. 84), la Eucaristía es un misterio para anunciar: «Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. Esta afirmación asume una mayor intensidad si pensamos en el Misterio eucarístico. Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos. Además, la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el centro de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm 8,32). No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana».

Esa misión nos compromete a dar testimonio, como los primeros cristianos. En este sentido, añade el Papa (n. 85): «La misión primera y fundamental que recibimos de los santos Misterios que celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida. El asombro por el don que Dios nos ha hecho en Cristo infunde en nuestra vida un dinamismo nuevo, comprometiéndonos a ser testigos de su amor. Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica. Se puede decir que el testimonio es el medio como la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical. En el testimonio Dios, por así decir, se expone al riesgo de la libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5; 3,14). El culto agradable a Dios implica también interiormente la disponibilidad al martirio y se manifiesta en el testimonio alegre y convencido ante el mundo de una vida cristiana coherente allí donde el Señor nos llama a anunciarlo».