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lunes, enero 09, 2017

Navidad y Cruz

El misterio de la Navidad, con la explosión de alegría y de paz que le caracteriza, tiene un aspecto que es poco mencionado: el dolor que porta desde el primer momento.
Jesucristo se encarna en unas coordenadas históricas concretas, y esa realidad histórica también incluía que, como fruto amargo del pecado original, el ser humano experimentara el dolor y el sufrimiento sin mayor sentido que el de la necesaria, pero insuficiente, reparación a Dios por los pecados de todos los tiempos.
Sin embargo, Jesús, el Salvador —ese es el significado de su nombre—, vino precisamente para liberarnos de esas cadenas del pecado, para justificar nuestras culpas y para asociarnos a su redención. Por eso vemos que toda su existencia, también la infancia y la vida oculta, está marcada con la señal de la Cruz, a la que están siempre unidos los que le están cercanos.
Ya en los prolegómenos de su venida, cuando el Ángel Gabriel le anuncia a Zacarías la concepción de su hijo, que será el precursor del Mesías, la falta de fe del anciano sacerdote le ocasiona quedarse mudo hasta el nacimiento de su hijo.
Para María de Nazaret tampoco fue sencilla, ni exenta de contradicciones, la decisión de permanecer virgen al ver que Dios la llamaba por ese camino, pues quedaba expuesta a las burlas de sus coterráneas por no ser capaz de engendrar al Mesías.
Al recibir el mensaje del Ángel en la Anunciación, experimentó otro dolor: la posibilidad de perder el apoyo de José. Ese silencio prudente, de guardar para sí el misterio de la Encarnación del Verbo en su vientre, nos habla de otra dimensión del espíritu de penitencia: la mortificación interior, la lucha por controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad:
«Si la imaginación bulle alrededor de ti mismo, crea situaciones ilusorias, composiciones de lugar que, de ordinario, no encajan con tu camino, te distraen tontamente, te enfrían, y te apartan de la presencia de Dios. —Vanidad.
Si la imaginación revuelve sobre los demás, fácilmente caes en el defecto de juzgar —cuando no tienes esa misión—, e interpretas de modo rastrero y poco objetivo su comportamiento. —Juicios temerarios.
Si la imaginación revolotea sobre tus propios talentos y modos de decir, o sobre el clima de admiración que despiertas en los demás, te expones a perder la rectitud de intención, y a dar pábulo a la soberbia.
Generalmente, soltar la imaginación supone una pérdida de tiempo, pero, además, cuando no se la domina, abre paso a un filón de tentaciones voluntarias.
—¡No abandones ningún día la mortificación interior!» (S, n. 135).
Inmediatamente después de la Anunciación, María subió a visitar a la prima Isabel, con un viaje sacrificado, al que siguieron las contradicciones propias del trabajo doméstico en una casa ajena, al servicio de dos personas ancianas: la prima embarazada y el esposo mudo.
Sin embargo, la actitud de María no es de queja por el destino que el Señor le ha marcado. Al contrario, descubre en aquellas tribulaciones el amor de Dios, y por eso reacciona siempre con alegría, con una sonrisa que se explaya en el canto del Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Las contradicciones, bien llevadas, con amor de Dios, deben manifestarse en el rostro alegre: «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con Él y de tenerlo» (S, n. 95).
Como esa Cruz va cayendo sobre los seres más amados, el patriarca san José también la recibió. Entre sus famosos «dolores y gozos», destaca el dolor de dejar a María, de apartarse —en su humildad— ante el misterio de la concepción virginal, del cual se consideraba indigno de participar. Después de la confirmación de su papel como padre putativo de Jesús por parte del Ángel (le pondrás por nombre Jesús) llegó un nuevo viaje, el ascenso a Belén para cumplir humildemente con los caprichos del emperador extranjero, el censo.
La estrella de Belén y el coro de la legión angelical, que acompañaron el Nacimiento de Jesús, no lograron opacar o esconder la pobreza y humildad, el sacrificio del Verbo eterno, ya no solo al abajarse al nivel del ser humano, sino al nacer como el más pobre de los pobres, entre los animales. Se cumplen desde el primer momento las palabras de san Efrén el sirio: «la divinidad se escondió bajo la humanidad para poder llegar hasta la muerte» (Sermo de Domini Nativitate).
Uno podría pensar que la visita de los magos, con el oro que portaban como ofrenda al verdadero Rey y Dios, sería una nota de alegría en medio de un panorama tan oscuro. La verdad es que, cuando se tiene vida sobrenatural, el dolor forma parte del gozo, como las sombras resaltan la luz en una pintura o los silencios fortalecen las grandes sinfonías: la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz (Cf. ECP, n. 43; F, n. 28). Además, en medio de las dificultades, María y José eran conscientes de que estaban cumpliendo la voluntad del Padre, ¡qué mejor motivo de alegría! Y tenían como bálsamo nada menos que el amor de Jesús.
Don Julián Herranz (2011, p. 157) cuenta una anécdota que ilustra esta verdad: un día, mientras predicaba, san Josemaría lo interrumpió de modo extraordinario, pues casi nunca lo hacía, porque había dicho reiteradamente la palabra «tribulaciones”: «Tribulaciones, tribulaciones… No, hijo mío. Esa palabra no me gusta: con frecuencia sirve para disimular la falta de Amor». No dijo más. El futuro cardenal Herranz terminó la meditación en un tono menos sombrío, y al salir del oratorio, san Josemaría le pidió disculpas con una sonrisa por haberle interrumpido, y le explicó: «Es que las almas poco generosas consideran tribulaciones lo que en realidad es una bendición divina, porque el Señor bendice con la Cruz».
Volviendo a la Epifanía, vemos que, junto con el oro —que serviría poco después para paliar las dificultades del traslado e instalación en Egipto—, los magos también portaron incienso, como signo de admiración al Dios hecho Niño, sumo sacerdote, pero además llevaron mirra, «que profetizaba su muerte y sepultura» (LH). Acerca de este presente, san Josemaría explicaba que la mirra es la mortificación, amar la Cruz, saberse fastidiar gustosamente por Cristo, aunque cueste y porque cuesta:
«esa mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos —contrariedades, dificultades, sinsabores—, a lo largo de cada día» (ECP, n. 37).
Es lo que vemos en la vida cotidiana de la sagrada Familia. Como si los problemas que hemos visto hasta ahora fueran pocos, más adelante tuvieron que partir hacia Egipto, huyendo del peligro certero de muerte a causa de la soberbia asesina de Herodes. Parece como si, con el martirio de los inocentes, el diablo quisiera vengarse, al intuir que la redención se estaba empezando a actuar en el mundo. La respuesta de José es otra materialización de la cruz: la obediencia, que es «la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios» (S, n. 259).
La existencia de la Sagrada Familia fue una vida de desplazados, de inmigrantes. Y cuando lograron estar instalados, después de unos años viviendo en África, llegó el momento de regresar a casa, para recomenzar de nuevo. Si sufrimos solo con imaginarlo, ¡cómo habría sido de duro el vivirlo!: Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Aunque cueste, da tranquilidad saber que se cumple la voluntad de Dios. Pero andar por esa vía no quiere decir que se encuentre libre de obstáculos. Casi podríamos decir que sucede al contrario: "Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret". En esas circunstancias, sería fácil reaccionar de mala manera, preguntándose qué sentido tendría tanta contradicción. Pues resulta que lo tiene, aunque a veces no nos enteremos a las primeras de cambio. Fue lo que sucedió en este caso: "Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno".
En Nazaret vivirían el martirio de la vida ordinaria, materializado ya no en las grandes vicisitudes que hemos contemplado, sino en la lucha diaria por crecer en virtudes: el ejemplo, el servicio, el trabajo, la oración, el amor mutuo. Y por esa razón, la Sagrada Familia es el mejor modelo para tomar la Cruz de cada día en nuestra vida ordinaria:
«no seremos santos, si no nos unimos a Cristo en la Cruz: no hay santidad sin Cruz, sin mortificación. Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia» (San Josemaría, Carta 24-III-1930, n. 15. Citado por Berglar, P. [1987]. Opus Dei. Madrid: Rialp, p. 100).
En medio de ese martirio ordinario, hubo un evento que marcó la historia de la Sagrada Familia; tanto, que la lglesia lo toma como uno de los misterios gozosos del Rosario: la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo, a los doce años. ¡Cuánto habrán padecido María y José!, no echándose mutuamente la culpa de la pérdida, sino haciéndose responsables personalmente, y sufriendo por el dolor de los otros dos: del cónyuge y del hijo. San Juan Pablo II, meditando sobre esta escena, dice que la Virgen no riñó a Jesús, sino que lo observó con «mirada interrogadora». El misterio de la Cruz sigue aleteando sobre la historia de ese hogar: «La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, “no comprendieron” sus palabras (Lc 2, 50)» (RVM, n. 20).
Más adelante vendría la muerte de José, el cambio de circunstancias familiares. Una nueva dificultad para el proyecto evangelizador que Jesús habría previsto, una nueva ocasión de crecer en gracia y sabiduría, en identificación con la voluntad del Padre.
Y para no seguir en esta meditación hasta el holocausto perfecto que fue el sacrificio en la Cruz —tema que consideramos con profundidad en Semana Santa—, podemos quedarnos en el bautismo de Jesús, que es la fiesta con la cual la Iglesia concluye el periodo navideño. Las representaciones orientales de este misterio de la vida de Cristo dibujan a Jesús, al descender al Jordán, como si se acostara en un ataúd. De esa manera significan la dimensión sacrificial del bautismo.
Benedicto XVI explicaba el sentido profundo de este pasaje de la vida de Cristo, que «se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su “bautismo”. En efecto, al morir se “sumergió” en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna» (Ángelus, 13-01-2008).

En muchos de estos pasajes, los evangelistas concluyen diciendo que María conservaba todas estas cosas en su corazón. Acudamos a Ella, para terminar este rato de meditación: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (ECP, n. 174).

viernes, febrero 14, 2014

Santa María, Madre del Amor Hermoso


Celebramos un nuevo aniversario del inicio del trabajo apostólico del Opus Dei entre las mujeres y de la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Y en la Prelatura se festeja, por disposición de la Santa Sede, la fiesta de Santa María, Madre del Amor Hermoso. Por eso escribió san Josemaría que Nuestro Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Ha sido la Madre buena que nos ha consolado, que nos ha sonreído, que nos ha ayudado en los momentos difíciles de la lucha bendita para sacar adelante este ejército de apóstoles en el mundo. Pensad que ha sido la gran protectora, el gran recurso nuestro desde aquel 2 de octubre de 1928, y antes.

Hablemos con el Señor en esta oración sobre nuestra Madre, suya y nuestra. Para este diálogo de amor nos pueden servir los textos de la Misa de María, Madre del Amor hermoso, que son espléndidos. Ya desde la Antífona de entrada le aplicamos las palabras del Cantar de los cantares (6,10): Todo es hermoso y agradable en ti, Hija de Sión, hermosa como la luna, límpida como el sol, bendita entre las mujeres.

Dice el libro del Sirácida (o Eclesiástico) en la primera lectura (24,23-31): Como vid lozana retoñé, y mis flores son frutos bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí se halla todo don de vía y de verdad, en mí toda esperanza de vida y de virtud. El autor sagrado elogia la sabiduría divina, y la presenta como el camino a seguir por el hombre prudente. Con sabiduría pastoral, la iglesia aplica estas palabras a la Virgen madre de Dios, y la presenta como el atajo para llegar más rápidamente a su Hijo. Y nos anima a seguir su invitación: Venid a mí los que me deseáis, y saciaos de mis frutos.

En esa línea veneramos a nuestra Madre en la oración colecta como “adornada con los dones del Espíritu Santo”, y le pedimos que nos cuide, puesto que agradó a Dios y engendró para nosotros al Hijo Unigénito, el más bello de los hombres, “para que, rechazando la fealdad del pecado, busquemos sin cesar la belleza de la gracia”.

Es famosa la frase de “El Idiota” de Dostoievski, según el cual solo la belleza salvará el mundo. Y no es casual que ese personaje sea una imagen de Jesucristo. Esa es la hermosura, la belleza, la suavidad, la elección, la limpieza que alabamos en María y que pedimos para nosotros: la belleza de la gracia. De la fidelidad. De la unión con Dios. Quien me obedece no pasará vergüenza, y los que se ocupan de mí no pecarán; el que me ensalza obtendrá la vida eterna. Que amemos la voluntad de Dios como Ella lo hacía. Así la vemos en el templo, peregrinando una vez más para celebrar la Pascua, acompañada de José y de su Hijo (Lc 2,41-51):

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. No era obligatorio para la Virgen ni para el Niño asistir cada año a Jerusalén. Pero, igual que en la Purificación de nuestra Señora y en la Presentación de Jesús, ellos cumplen gustosos la voluntad del Padre. Obedecen. Tienen como guía de sus decisiones lo que el Señor prefiera.

Así también sucedió en la historia del Opus Dei: Para que no hubiera ninguna duda de que era Él quien quería realizar su Obra, el Señor ponía cosas externas. Yo había escrito: “Nunca habrá mujeres –ni de broma– en el Opus Dei”. Y a los pocos días... el 14 de febrero: para que se viera que no era cosa mía, sino contra mi inclinación y contra mi voluntad (…). La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres, contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías: providencia ordinaria de Dios (…). Así, por procedimientos tan ordinarios, Jesús, Señor Nuestro, el Padre y el Espíritu Santo, con la sonrisa amabilísima de la Madre de Dios, de la Hija de Dios, de la Esposa de Dios, me han hecho ir para adelante siendo lo que soy: un pobre hombre, un borrico que Dios ha querido coger de su mano (Cf. Sal 72,23).

Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre. Se ve que cada año Jesús, María y José acudían a Jerusalén, la ciudad santa, al Templo sagrado. San Lucas le da una importancia muy grande a este lugar. Allí comienza su Evangelio, con la anunciación a Zacarías; y allí lo termina, con los discípulos bendiciendo a Dios, después de la Ascensión de Jesús a los cielos. Y ahí contemplamos ahora a la sagrada Familia, en un momento importante de la Revelación: las primeras palabras del Hijo de Dios.

Para María y José debería de ser una excursión estupenda: ir a adorar al Señor acompañando a su Hijo encarnado. ¡Qué conversaciones más gratas, las que tendrían a solas! Con qué humildad meditaría la Virgen las palabras de la Escritura, que se habían cumplido con su maternidad: Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza.

Caminar con Jesús, el Amor hermoso. Recorrer con Él la vía de nuestra vida rechazando la fealdad del pecado, buscando sin cesar la belleza de la gracia. Es el sentido de la oración después de la presentación de los dones para la Misa: “que, recorriendo con la Virgen María el hermoso camino de la santidad, nos renovemos con la participación en tu vida divina y merezcamos llegar a la contemplación de tu gloria”.

Un día como hoy es un buen  momento para proponerse de nuevo recorrer con Jesús, con María y con José el hermoso camino de la santidad. Renovarnos. Recomenzar cada día, cada momento, a seguir los pasos de la vida escondida de la Sagrada Familia. Como los siguió san Josemaría, como los siguió el  Venerable don Álvaro: con fidelidad proselitista, y metiendo a la Virgen en todo y para todo.

El prefacio de la Misa nos ofrece un espléndido resumen de la hermosura de María, que nos sirve como patrón para nuestro camino: “Ella fue hermosa en su concepción, y, libre de toda mancha de pecado, resplandece adornada con la luz de la gracia; hermosa en su maternidad virginal, por la cual derramó sobre el mundo el resplandor de tu gloria, Jesucristo, tu Hijo, salvador y hermano de todos nosotros; hermosa en la pasión y muerte del Hijo, vestida con la púrpura de la sangre, como mansa cordera que padeció con el Cordero inocente, recibiendo una nueva función de madre…”. La hermosura de María no se limita a frases bonitas, o a momentos de gozo y de gloria. Incluye la pasión, como le había anticipado el anciano Simeón en el momento de la Presentación del Señor.

Una pasión que san Lucas retrata de modo dramático en el episodio del Niño perdido en el Templo: y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Como había grupos distintos de hombres y de mujeres, tanto María como José pensarían que Jesús iría con el otro. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día. Cuando pararon a descansar, descubrieron que no estaba con ellos. Quizás tú hayas tenido esa experiencia, de perder a un muchacho en medio de la multitud. Yo he tenido ambas circunstancias (perderme yo siendo pequeño y perder a un niño que tenía a mi cuidado) y no se lo deseo a nadie: ¿qué se hizo?, ¿dónde andará?, ¿cómo avisarle?, ¿qué hacemos ahora? En nuestros tiempos tenemos muchos medios de comunicación, zonas previstas para recuperar personas y objetos, etc. Pero en aquella época toda la logística debería de ser mucho más complicada.

Por eso san Lucas resume el drama diciendo que se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo. Pensamos en la viva descripción de la escena que hace san Josemaría en su libro sobre el Rosario: ¿Dónde está Jesús? -Señora: ¡el Niño!... ¿dónde está? Llora María. -Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. -José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también... Y tú... Y yo. Yo, como soy un criadito basto, lloro a moco tendido y clamo al cielo y a la tierra..., por cuando le perdí por mi culpa y no clamé.

Sufrimiento de María, mansa cordera, que el autor sagrado relaciona con el que padecerá veinte años más tarde, el primer Viernes santo: en ambos casos se celebra la pascua, la pérdida dura tres días, la soledad es angustiosa... Benedicto XVI comenta al respecto que, “cuanto más se acerca una persona a Jesús, más queda involucrada en el misterio de su Pasión”.

Celebramos el 14 de febrero. El inicio de la labor apostólica de la Obra con las mujeres, pero también la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Por eso el Prelado cita unas palabras del Fundador con las que invitaba a pensar hasta qué punto somos amigos de la Cruz de Cristo, de esa Cruz con la que Jesús quiso coronar su Obra (...). Quiso coronarla como coronan los reyes su palacio en lo más alto: con la Cruz. Quiso poner la realeza suya para que el mundo viera que la Obra era Obra de Dios. Fue un catorce de febrero. Yo comencé la Misa sin saber nada, como otras veces, y acabé sabiendo que el Señor quería la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que el Señor quería que coronásemos nuestro edificio sobrenatural, que nuestra familia espiritual llevara en lo alto esta señal de la realeza divina. Porque la Cruz es la raíz de la alegría, el camino a la gloria. No todo termina en la muerte, pero sin muerte no hay vida: si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto (Jn 12,24).

La Cruz no es la última palabra, como vemos en la conclusión del prefacio que consideramos antes: Ella fue hermosa (…) en la resurrección de Cristo, con el que reina gloriosa, después de haber participado en su victoria. Es el contexto en el que podemos leer cómo termina la escena del Evangelio, que es el encuentro revelador con Jesús: Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

El Catecismo (n.534) resalta la revelación de la filiación divina de Jesús en las primeras palabras suyas que nos transmite el Evangelio: “Jesús deja entrever el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina: ¿No sabíais que me debo a los asuntos de mi Padre?”. En el Evangelio de san Lucas, la filiación divina es la primera y la última palabra de Jesús. En ambas ocasiones, se nos revela en contexto de dolor (en esta escena y en la muerte del Calvario). A san Josemaría le costó muchos años de meditación y de sufrimientos caer en la cuenta de esa relación entre filiación divina y amor a la Cruz. Por eso podía predicar en 1963: Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón ―lo veo con más claridad que nunca—es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.

El Catecismo subraya la fe de María y de José, quienes “no comprendieron esta palabra, pero la acogieron en la fe, y María conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón, a lo largo de todos los años en que Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida ordinaria” (n.534).

Podemos concluir con la oración para después de la comunión: “Protege, Señor, continuamente a los que alimentas con tus sacramentos, y a quienes has dado por madre a la Virgen María, radiante de hermosura por sus virtudes, concédenos avanzar por las sendas de la santidad”.