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martes, mayo 29, 2012

La Visitación


El mes de mayo concluye con la fiesta de la Visitación de María a su prima Santa Isabel: Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel (Lc 1,39-56). 

El evangelista narra brevemente, casi quitando importancia, el desplazamiento de María. Se ahorra contar que es un viaje de unos tres días a lomo de mula, en los comienzos de un embarazo, con las incomodidades que conlleva (mareos, náuseas, etc.).

A pesar del relato parco –detrás del cual puede estar la humildad de María- hay un detalle que muestra la ejemplaridad de nuestra Madre: marchó deprisa. Recordamos que en la Anunciación el Ángel había dejado caer, como de pasada, el detalle del embarazo de la anciana prima: Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible.

La Virgen podía tomarlo como una señal de la certeza de la vocación –Ella, que no había pedido ningún signo, al contrario que Zacarías-. Sin embargo, con su delicadeza descubre más bien una persona necesitada, en su sexto mes de embarazo, y no tiene problema en organizar viaje hasta Ain-Karim. La liturgia alaba este gesto como una respuesta dócil, como un gesto de amor en el que se complació el Señor. Docilidad al soplo del Espíritu y caridad con su prima.

Caridad, servicio. ¡En cuántas ocasiones es más fácil hacerse el de la vista gorda, dejar pasar una ocasión de servir! Es una tentación que nos puede aparecer varias veces en el mismo día: en la casa, en el transporte, en el trabajo, en el estudio, podemos ser delicados, caritativos, fraternos, pero tenemos que pedirte perdón, Señor, por nuestra falta de disponibilidad, de bondad, de mansedumbre; de amor, en una palabra.

Docilidad. El amor a las criaturas por parte de la Virgen es una consecuencia de su amor a Dios. Un amor que se manifiesta en obras: marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá. Acabamos de celebrar la fiesta de Pentecostés, y podemos acudir al Esposo de la Virgen con una oración de San Josemaría para que nos ayude a ser dóciles: “¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte”.

Volvamos a la casa de Isabel y Zacarías: Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno. La liturgia goza con esa presteza del Bautista nonnato y aprovecha para pedirle al Señor ese saber descubrir su presencia cercana en la Eucaristía: “así como Juan Bautista exultó de alegría al presentir a Cristo en el seno de la Virgen, haz que tu Iglesia lo perciba siempre vivo en este sacramento”.

Esta reacción intrauterina de Juan -en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno-  puede servirnos para nuestro examen, pues muchas veces dejamos pasar el sacramento de la presencia de Cristo sin acudir a Él con devoción, con piedad, con arrepentimiento. Aprendamos del ejemplo del Bautista a buscar al Señor, a consolarnos con su cercanía, a necesitar su compañía frecuente.

La primera lectura de la fiesta ambienta el aire de alegría que estamos considerando. Es del profeta Sofonías (3,14-18): ¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión, alégrate y exulta de todo corazón! El Señor ha retirado las sentencias contra ti, ha alejado a tu enemigo. ¡El Señor, Rey de Israel, está en medio de ti, no temerás ya ningún mal! El Señor tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador! Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta.

Estas palabras, escritas siete siglos antes de los hechos que consideramos, se cumplen perfectamente en la Madre de Dios: ¡El Señor, Rey de Israel, está en medio de ti! Así se lo había recordado el Ángel Gabriel en la Anunciación: El Señor es contigo. El Espíritu Santo te ha llenado de su gracia. No hay en ti ningún rastro de pecado. Por eso, el Catecismo (n. 2676) nos invita a pensar en este contexto cada vez que recemos el Avemaría: “Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava y a alegrarnos con el gozo que El encuentra en ella (cf So 3,17b)”: Él exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta.

E Isabel quedó llena del Espíritu Santo. El evangelista médico habla con una naturalidad pasmosa de la acción de la Tercera Persona de la Trinidad. Lo pone en papel protagónico en esta fiesta mariana y cristológica. No olvidemos que es el mismo autor que narra el Pentecostés. También nosotros hemos sido llenos del Espíritu Santo en el Bautismo, en la Confirmación, en la Unción de Enfermos (otros, además, en la Consagración sacramental como clérigos). Podemos continuar, haciéndola nuestra, la oración al Paráclito que recitábamos antes: “¡Oh Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras...”.

El Espíritu mueve a Isabel a exclamar en voz alta: —Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. El Catecismo sigue comentado: “Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. Llena del Espíritu Santo, Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María: Bienaventurada la que ha creído.  María es bendita entre todas las mujeres porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las "naciones de la tierra" (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre”.

Bendita entre las mujeres porque has creído. Isabel también es mujer de fe: ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? La plenitud del Espíritu Santo la lleva a ver la madre de Dios en aquella muchachita embarazada que viene desde lejos a hacerle compañía. Es consciente de que no es fácil creer –ella, que ha padecido durante medio año la incredulidad de su esposo que ahora está sordo y mudo- y por eso añade: y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.

El Beato Juan Pablo II explica de modo maravilloso la “obediencia de la fe” de la Redemptoris Mater (n. 14): «Como Abrahán “esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rm 4,18), así María, en el instante de la Anunciación, después de haber manifestado su condición de virgen (...) creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíritu Santo, se convertiría en Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel». Abrahán es nuestro Padre en la fe y María, la Madre del Verbo y la Madre de la fe, como la llama Benedicto XVI en la "Verbum Domini".

La respuesta de María es una página antológica de la Sagrada Escritura. Es el himno Magnificat: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava.  Gratitud. Humildad para reconocer los propios méritos como un don de Dios. Glorificar a Dios, ensalzarlo, proclamar sus maravillas y grandezas, ¡qué buena manera de emplear la vida! Por eso la Iglesia pide que “podamos, con María, cantar tus maravillas durante toda nuestra vida”. Y también: “que tu Iglesia te glorifique, Señor, por todas las maravillas que has hecho con tus hijos”.


En la Redemptoris Mater también comenta el Beato Juan Pablo II que «En estas sublimes palabras (...) se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don irrevocable, entra en la historia del hombre» (ibid. 36).


Ahora que termina el mes de María, hagamos el propósito de no apartar de nuestra vista el modelo de caridad, docilidad, fe, gratitud y humildad que nos ofrece la vista de nuestra Madre. Podemos tenerlo en cuenta cada vez que repitamos las palabras de Isabel: Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

viernes, marzo 19, 2010

San José, patrono de la vida interior

Celebramos hoy la solemnidad de San José, “patrono de la vida interior”. Podemos preguntarnos por qué es llamado de esa manera. Y me parece que la misma liturgia de la Misa nos da pistas para entenderlo. La antífona de entrada nos pone en contexto, al aplicar a José el piropo que da el Señor en una parábola a un santo: “este es el siervo prudente y fiel, a quien el Señor puso al frente de su familia”. Siervo bueno, justo, prudente, fiel, que tiene como encargo dirigir el hogar de Dios.

La oración colecta lo dice de modo más claro aún: “Dios todopoderoso, que quisiste poner bajo la protección de san José el nacimiento y la infancia de nuestro Redentor; concédele a tu Iglesia proseguir y llevar a término, bajo su patrocinio, la obra de la redención humana”. Es un gran calificativo para el Santo Patriarca: protector de las primicias de nuestra salvación, del nacimiento y la infancia de nuestro Redentor. Ya vamos captando una primera explicación de su patrocinio de la vida interior: él protegió el nacimiento y la infancia de Jesús. No alcanzamos a imaginarnos qué hubiera pasado sin su viaje a Egipto para liberar al Niño de la crueldad de Herodes, sin su apoyo material, sin su trabajo diario, sin su ejemplo y enseñanzas para Jesucristo, sin su protección. ¡Cuántos motivos para agradecerle, que nos haya cuidado el don más precioso que ha venido a la tierra!

El Prefacio resume su vocación diciendo que San José es “el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios, el fiel y prudente servidor a quien constituiste jefe de tu familia para que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu Hijo unigénito, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, nuestro Señor”.

El Evangelio de la Misa nos presenta precisamente la historia de su vocación. El Evangelista Mateo (1, 16. 18-21. 24), que complementa al mejor narrador de la infancia de Jesús que es Lucas, nos cuenta lo siguiente: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo. De esta manera, se cumple lo que anunciaba el profeta Natán, como se lee en la primera lectura (2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16): «Ve y dile a mi siervo David: "Esto dice el Señor: Cuando hayas completado los días de tu vida y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino. Él edificará una casa en honor de mi nombre y yo mantendré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia y tu trono será firme también para siempre”. Esta profecía anuncia que el Mesías pertenecerá a la dinastía de David, a la cual pertenecía San José.

Volvamos al relato de Mateo: “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo”. María estaba comprometida y, antes de que conviviesen, concibió virginalmente a Jesús. Es clara la intención de Mateo de mostrar la pureza inmaculada de María. Algunos autores, para resaltar esa idea, representan a José como un anciano. Pero a San Josemaría no le gustaba ese modo de proceder. Decía que no hace falta esperar a la vejez para vivir de modo casto.

Y predicaba, sobre la juventud y la castidad del Patriarca: “San José debía de ser joven cuando se casó con la Virgen Santísima, una mujer entonces recién salida de la adolescencia. Siendo joven, era puro, limpio, castísimo. Y lo era, justamente, por el amor. Solo llenando de amor el corazón podemos tener la seguridad de que no se encabritará ni se desviará, sino que permanecerá fiel al amor purísimo de Dios”. Patrono de la vida interior, porque nos enseña el valor de la pureza y nos alcanza del Señor la gracia para vivirla. Cuando sintamos los ramalazos de sensualidad, podremos acudir al José joven, puro, limpio, castísimo, para que nos enseñe a llenar el corazón de amor a Dios. ¡Cuánto querría José a su Esposa, al Niño, como Protector que era de las primicias de nuestra Redención!

Continúa el Evangelio: “Antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto”. La llamada del Señor no está exenta de dudas, de tentaciones, de oscuridad, de Cruz. Así le pasó también a José. Quien se sabía llamado para vivir una vocación matrimonial con la mujer más perfecta de la creación, experimenta el misterio de Dios. Sabe que sucede algo misterioso, en el género del milagro. No duda un solo momento de la integridad de su Esposa. Se siente indigno de permanecer a su lado, al experimentar que Ella participa de una situación especial con Dios. ¡Cuánto habrá sufrido, al pensar que la mejor decisión era apartarse, para que María pudiera dedicarse por completo a su nueva llamada! Por eso la piedad popular considera esta escena como el primer dolor de San José. San Josemaría lo consideraba de esta manera: “¿Os imagináis a San José, que amaba tanto a la Santísima Virgen y sabía de su integridad sin mancha? ¡Cuánto sufriría viendo que esperaba un hijo!”

“Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo”. El Señor premia la espera y la decisión generosa de José. Premia su fe y su humildad, como muchos siglos antes lo había hecho con Abraham, protagonista de la segunda lectura de la Misa de hoy, quien, “apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza”. “Solo la revelación de Dios Nuestro Señor, por medio de un Ángel, le tranquilizó. Había buscado una solución prudente: no deshonrarla, marcharse sin decir nada. Pero ¡qué dolor!, porque la amaba con toda el alma. ¿Os imagináis su alegría, cuando supo que el fruto de aquel vientre era obra del Espíritu Santo?”

El Señor premia la fe y la humildad de José, con la luz, con la revelación del ángel. Otra enseñanza más para nosotros, de nuestro Maestro de vida interior: cuando lleguen las dudas hay que tomar decisiones en la oración y contrastarlas con el consejo prudente de quien representa al Señor: la dirección espiritual. José había tomado la decisión más dura, y el Ángel le muestra por dónde quiere llevarlo Dios:

"Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". No solamente le dice que siga considerando a María como su esposa, sino que le asigna un nuevo encargo: hacer las veces de padre con Jesús, que es lo que significa ponerle el nombre. El Señor premia siempre, justo en los puntos en los que ha exigido. Si a Abraham le pidió el sacrificio de su hijo, lo hace padre de muchas naciones. Si a José le demandó su amor matrimonial, lo convierte en Esposo y Padre de María y de Jesús, en Patrono de la Iglesia universal.

Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado. Es como la última faceta del retrato de José, que nos transmite el Evangelio, su obediencia pronta. Lo comentaba el Cardenal Ratzinger, que hoy celebra su santo: “Hace poco pude ver (…) un relieve procedente de un retablo portugués de la época barroca, en el que se muestra la noche de la fuga hacia Egipto. Se ve una tienda abierta, y junto a ella un ángel en postura vertical. Dentro, José, que está durmiendo, pero vestido con la indumentaria de un peregrino, calzado con botas altas como se necesitan para una caminata difícil. Si en primera impresión resulta un tanto ingenuo que el viajero aparezca a la vez como durmiente, pensando más a fondo empezamos a comprender lo que la imagen nos quiere sugerir. Duerme José, ciertamente, pero a la vez está en disposición de oír la voz del ángel (Mt 2,13ss). Parece desprenderse de la escena lo que el Cantar de los Cantares había proclamado: Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante (Cant 5,2). Reposan los sentidos exteriores, pero el fondo del alma se puede franquear. En esa tienda abierta tenemos una figuración del hombre que, desde lo profundo de sí mismo, puede oír lo que resuene en su interior o se lo diga desde arriba; del hombre cuyo corazón está lo suficientemente abierto como para recibir lo que el Dios vivo y su ángel le comuniquen”.

Concluimos con una oración a San José, tomada de San Josemaría (Forja, 553): “San José, Padre y Señor nuestro, castísimo, limpísimo, que has merecido llevar a Jesús Niño en tus brazos, y lavarle y abrazarle: enséñanos a tratar a nuestro Dios, a ser limpios, dignos de ser otros Cristos. Y ayúdanos a hacer y a enseñar, como Cristo, los caminos divinos –ocultos y luminosos–, diciendo a los hombres que pueden, en la tierra, tener de continuo una eficacia espiritual extraordinaria”.

miércoles, abril 29, 2009

El Buen Pastor da su vida por sus ovejas

Celebramos hoy el cuarto domingo del tiempo de Pascua, conocido como “del Buen Pastor”. Es un día para rezar por los sacerdotes y para llenarnos de esperanza porque, como pedimos en la oración colecta de la Misa, estamos seguros de que el Señor nos guiará a la felicidad eterna de su Reino, para que “el débil rebaño de tu Hijo pueda llegar seguro a donde ya está su Pastor resucitado”.

En el Antiguo Testamento, la figura del pastor es muy común: los pequeños ganaderos y sus hijos se encargaban de estas faenas, pero también alquilaban los servicios de personas a las que pagaban con dinero o con una parte de los productos del rebaño. Además de buscar pastos y abrevaderos por esas difíciles zonas, los pastores tenían que cuidar las ovejas de las fieras y de los ladrones. 


En el Éxodo está legislada la indemnización por los animales robados. Y si una fiera atacaba al rebaño, debía mostrar trozos del animal como prueba. Sin embargo, pienso que en esa legislación quedaba escondido un peligro: un pastor perezoso podía dejar que el lobo atacara las ovejas... le bastaba después recuperar algunos trozos de cada una y él quedaba absuelto.

En el Antiguo Testamento es frecuente asimilar el rey a un pastor: David lo era antes de ser elegido, y Jeremías lo aplicó a los reyes de Judá por no haber cumplido con su misión. En Ezequiel y en Zacarías el Señor promete que él mismo se convertirá en pastor de su pueblo y anuncia que habrá un nuevo pastor, descendiente de David. 


En ese contexto se entiende la alegoría del buen pastor (Jn 10,11-18) que presenta el Evangelio del cuarto domingo de Pascua: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye –y el lobo las arrebata y las dispersa–, porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen”.


El primitivo arte cristiano utilizó la figura del pastor para representar a Cristo. Un ejemplo de esa costumbre es la imagen del siglo III que adorna al Catecismo de la Iglesia. En ella se ve “a Cristo buen pastor, que con su autoridad (el cayado) conduce y protege a sus fieles (la oveja), la atrae con la melodiosa sinfonía de la verdad (la flauta) y la hace reposar a la sombra del árbol de la vida, su cruz redentora, que abre el paraíso”.


Jesús es el Buen Pastor. Y lo es no solo porque cumple técnicamente bien su papel, sino porque es "kalos": noble, bello, bueno, ideal, auténtico, verdadero y genuino. Estas características se notan en que "conoce" a sus ovejas y ellas lo conocen. También este verbo tiene muchas connotaciones, más allá del simple reconocer a alguien: "abarca un vasto arco de experiencias que van del intelecto al corazón, de la compresión al amor, del afecto a la acción. Por algo es, como se sabe, el verbo para indicar la profunda relación de amor de una pareja" (Ravasi).


Esta bondad y conocimiento se concretan en el sentido último del pastoreo de Cristo: dar la vida por sus ovejas. No solo por las ovejas del pueblo de Israel, sino por todas las almas, también por cada uno de nosotros: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Este es el mandato que he recibido de mi Padre”.

Podemos pensar qué tipo de ovejas somos: si nos dejamos pastorear por la palabra de verdad del Señor, si nos esforzamos por ser dóciles a sus enseñanzas, que nos llegan en la oración, en la Palabra, en la liturgia, en la predicación, en la confesión, en la dirección espiritual, también a través de los consejos que nos dan las personas cercanas en la familia, en el trabajo... 


Y aprovechar este examen para ver si nosotros también somos buenos pastores de las ovejas que tenemos a nuestro cargo: parientes, amigos, colegas, necesitan que les transmitamos lo que el Señor nos enseña, dónde están los malos pastos, las fieras, los peligros. También, con nuestro ejemplo, debemos enseñar que la felicidad está en dejarse pastorear por el Pastor resucitado, en acudir a la fuente donde se encuentra esa relación íntima: en los sacramentos y en la oración personal, escuchando su Palabra.

Benedicto XVI explica que Jesús nos invita a que nosotros mismos demos nuestra vida por las ovejas, seamos grano de trigo que muere para resucitar con Él: «Solamente en el abandono de sí mismo, en la entrega desinteresada del yo en favor del tú, en el «sí» a la vida más grande, la vida de Dios, nuestra vida se ensancha y engrandece». 

El Papa sugiere unas palabras autobiográficas que nos pueden servir para esta semana: "si echo una mirada retrospectiva sobre mi vida personal, tengo que decir que precisamente los momentos en que he dicho «sí» a una renuncia han sido los momentos más grandes e importantes de mi vida". Pidamos a la Santísima Virgen, divina Pastora, que en este mes de mayo que comienza también nosotros podamos decir que -con su ayuda- nos hemos esforzado por ser buenas ovejas y también buenos pastores.

miércoles, diciembre 05, 2007

Esposa de Dios Espíritu Santo

Diciembre 4
Estamos ya en el quinto día de la Novena en honor de la Inmaculada Concepción de María y las lecturas de hoy siguen animándonos a preparar la venida del Mesías. En concreto, nos hablan de la estrecha relación del Cristo esperado con el Espíritu Santo. Isaías (11, 1-10) dice que brotará un fruto del tronco de Jesé y que el Espíritu del Señor se posará sobre él. Y san Lucas (10, 21-24) complementa esa lectura con la narración del éxtasis de Jesús: “Se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: —Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños”. Hace unos días leíamos cómo a San Josemaría le conmovían otras palabras de este mismo discurso: “nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo”.

Juan Pablo II escribió sobre el papel de la Virgen en nuestra relación con el Espíritu Santo, que la colma a ella y a los apóstoles “con la plenitud de sus dones, obrando en ellos una profunda transformación con vistas a la difusión de la buena nueva”. En otro momento decía: “de la misma manera que, en la Encarnación, el Espíritu había formado en su seno virginal el cuerpo físico de Cristo, en Pentecostés el mismo Espíritu viene para animar su Cuerpo místico”.

Nos viene a la mente aquel punto de Camino (496): ¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!... —Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo... ¡Más que tú, sólo Dios!
Hemos meditado los días anteriores que también nosotros debemos profundizar en la relación de hijos del Padre y como hermanos de Jesucristo. Hoy le pedimos a nuestra Madre que nos ayude a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo en nuestras almas, respondiendo siempre como ella a las inspiraciones del Paráclito: “Hágase”.

Hubo un momento en la vida de San Josemaría cuando el director espiritual le ayudó a descubrir otro “Mediterráneo” en su vida interior. Precisamente lo animó a tener amistad con la tercera persona de la Santísima Trinidad: “No hable: óigale”, le aconsejó. Y lo que sucedió en el alma del Fundador de la Obra fue lo siguiente: “Desde Leganitos, haciendo oración, una oración mansa y luminosa, consideré que la vida de infancia, al hacerme sentir que soy hijo de Dios, me dio amor al Padre; que, antes, fui por María a Jesús, a quien adoro como amigo, como hermano, como amante suyo que soy... Hasta ahora, sabía que el Espíritu Santo habitaba en mi alma, para santificarla..., pero no cogí esa verdad de su presencia. Han sido precisas las palabras del P. Sánchez: siento el Amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender... No sabré hacerlo, sin embargo: El me dará fuerzas, El lo hará todo, si yo quiero... ¡que sí quiero! Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa el pobre borrico agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderse, y seguirte y amarte. –Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!..».

Dos años más tarde, en 1934, compuso una oración, que –según P. Rodríguez- parece la secuencia entre el consejo recibido –«¡óigale!»– y la experiencia sobrenatural –«He oído tu voz». Como el año mariano es un tiempo de conversión, conviene frecuentar mucho al Divino Paráclito, y para eso nos puede servir la oración del Fundador de la Obra: «Ven, ¡oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte. ¡Oh, Espíritu de verdad y de Sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras... ».

Madre de Dios y madre nuestra, Esposa de Dios Espíritu Santo: ayúdanos a recorrer este camino, a dejar obrar a tu esposo en nuestra alma, para que podamos seguir de cerca de tu Hijo. Ayúdanos a hacer nuestras las tres actitudes que ayudan a tener más familiaridad con el Paráclito: docilidad, vida de oración, unión con la Cruz. (Cf. Es Cristo que pasa, 135)

Por ejemplo, uno de los Cardenales que eligió a Benedicto XVI describía así los días del Cónclave: “Para mí, fueron un continuo recurrir al Espíritu Santo, a quien tengo gran devoción. Me pude recoger más en casa, para rezar mucho y encomendarme a la Virgen, la esposa del Espíritu Santo. (...) La emoción que se siente en la Capilla Sixtina llevando el voto en alto hacia el altar donde se halla la urna, bajo el Juicio Final de Miguel Ángel, es indescriptible. Entonces se pronuncia el juramento solemne de elegir en conciencia al que parece más digno para ser el sucesor del Apóstol Pedro como Pastor de la Iglesia universal. La responsabilidad es muy grande. Yo es la cosa más seria que he podido hacer en mi vida. Había un silencio en la Capilla Sixtina enorme, un gran espíritu de oración y recogimiento. Yo cogí la costumbre de ir encomendando al Espíritu Santo a los que iban pasando en fila delante para votar, porque pensaba que ellos también me encomendaban a mí”. (Julián Herranz, ABC, 24-IV-05)

Ojalá nosotros también, siguiendo estos ejemplos, de la mano de María nos animemos a escuchar en el fondo de nuestra alma al Espíritu Santo (No hable: óigale”) y a corresponder a sus inspiraciones con mucha docilidad, vida de oración y unión con la Cruz de Cristo.