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El Buen Pastor da su vida por sus ovejas

Celebramos hoy el cuarto domingo del tiempo de Pascua, conocido como “del Buen Pastor”. Es un día para rezar por los sacerdotes y para llenarnos de esperanza porque, como pedimos en la oración colecta de la Misa, estamos seguros de que el Señor nos guiará a la felicidad eterna de su Reino, para que “el débil rebaño de tu Hijo pueda llegar seguro a donde ya está su Pastor resucitado”.

En el Antiguo Testamento, la figura del pastor es muy común: los pequeños ganaderos y sus hijos se encargaban de estas faenas, pero también alquilaban los servicios de personas a las que pagaban con dinero o con una parte de los productos del rebaño. Además de buscar pastos y abrevaderos por esas difíciles zonas, los pastores tenían que cuidar las ovejas de las fieras y de los ladrones. 


En el Éxodo está legislada la indemnización por los animales robados. Y si una fiera atacaba al rebaño, debía mostrar trozos del animal como prueba. Sin embargo, pienso que en esa legislación quedaba escondido un peligro: un pastor perezoso podía dejar que el lobo atacara las ovejas... le bastaba después recuperar algunos trozos de cada una y él quedaba absuelto.

En el Antiguo Testamento es frecuente asimilar el rey a un pastor: David lo era antes de ser elegido, y Jeremías lo aplicó a los reyes de Judá por no haber cumplido con su misión. En Ezequiel y en Zacarías el Señor promete que él mismo se convertirá en pastor de su pueblo y anuncia que habrá un nuevo pastor, descendiente de David. 


En ese contexto se entiende la alegoría del buen pastor (Jn 10,11-18) que presenta el Evangelio del cuarto domingo de Pascua: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas. El asalariado, el que no es pastor y al que no le pertenecen las ovejas, ve venir el lobo, abandona las ovejas y huye –y el lobo las arrebata y las dispersa–, porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, conozco las mías y las mías me conocen”.


El primitivo arte cristiano utilizó la figura del pastor para representar a Cristo. Un ejemplo de esa costumbre es la imagen del siglo III que adorna al Catecismo de la Iglesia. En ella se ve “a Cristo buen pastor, que con su autoridad (el cayado) conduce y protege a sus fieles (la oveja), la atrae con la melodiosa sinfonía de la verdad (la flauta) y la hace reposar a la sombra del árbol de la vida, su cruz redentora, que abre el paraíso”.


Jesús es el Buen Pastor. Y lo es no solo porque cumple técnicamente bien su papel, sino porque es "kalos": noble, bello, bueno, ideal, auténtico, verdadero y genuino. Estas características se notan en que "conoce" a sus ovejas y ellas lo conocen. También este verbo tiene muchas connotaciones, más allá del simple reconocer a alguien: "abarca un vasto arco de experiencias que van del intelecto al corazón, de la compresión al amor, del afecto a la acción. Por algo es, como se sabe, el verbo para indicar la profunda relación de amor de una pareja" (Ravasi).


Esta bondad y conocimiento se concretan en el sentido último del pastoreo de Cristo: dar la vida por sus ovejas. No solo por las ovejas del pueblo de Israel, sino por todas las almas, también por cada uno de nosotros: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Este es el mandato que he recibido de mi Padre”.

Podemos pensar qué tipo de ovejas somos: si nos dejamos pastorear por la palabra de verdad del Señor, si nos esforzamos por ser dóciles a sus enseñanzas, que nos llegan en la oración, en la Palabra, en la liturgia, en la predicación, en la confesión, en la dirección espiritual, también a través de los consejos que nos dan las personas cercanas en la familia, en el trabajo... 


Y aprovechar este examen para ver si nosotros también somos buenos pastores de las ovejas que tenemos a nuestro cargo: parientes, amigos, colegas, necesitan que les transmitamos lo que el Señor nos enseña, dónde están los malos pastos, las fieras, los peligros. También, con nuestro ejemplo, debemos enseñar que la felicidad está en dejarse pastorear por el Pastor resucitado, en acudir a la fuente donde se encuentra esa relación íntima: en los sacramentos y en la oración personal, escuchando su Palabra.

Benedicto XVI explica que Jesús nos invita a que nosotros mismos demos nuestra vida por las ovejas, seamos grano de trigo que muere para resucitar con Él: «Solamente en el abandono de sí mismo, en la entrega desinteresada del yo en favor del tú, en el «sí» a la vida más grande, la vida de Dios, nuestra vida se ensancha y engrandece». 

El Papa sugiere unas palabras autobiográficas que nos pueden servir para esta semana: "si echo una mirada retrospectiva sobre mi vida personal, tengo que decir que precisamente los momentos en que he dicho «sí» a una renuncia han sido los momentos más grandes e importantes de mi vida". Pidamos a la Santísima Virgen, divina Pastora, que en este mes de mayo que comienza también nosotros podamos decir que -con su ayuda- nos hemos esforzado por ser buenas ovejas y también buenos pastores.

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