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jueves, septiembre 03, 2015

Pobreza


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En el Evangelio de san Lucas, después de narrar la infancia y los preparativos del ministerio de Jesús, los comienzos de su labor apostólica se sitúan en Galilea, la tierra donde había crecido. En el capítulo cuarto, vemos al Señor en la sinagoga de Nazaret, presentando lo que podríamos llamar su programa de acción pastoral (vv.16-30). En primer lugar, enseñó que en Él se cumplían las profecías mesiánicas: Dios libraría a su pueblo y lo haría a través de su misión. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido».
Vemos de pasada las costumbres del Señor, cómo frecuentaba la sinagoga cada sábado, solo que en esta ocasión se puso en pie para hacer la lectura. Al desenrollar el sagrado pergamino, encontró un texto del profeta Isaías, en el que presentaba al Mesías lleno del Espíritu Santo. Ya desde los primeros pasajes de su narración, el evangelista muestra esa unidad inefable que hay entre las Personas divinas. Había narrado en la Encarnación que el Paráclito descendió sobre María, y en el Bautismo había descrito la teofanía junto al Jordán —el Espíritu en forma de paloma—; lo había llevado durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo (Lc 4,2); ahora, en los inicios de la predicación de Jesús, volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu (Lc 4,14).
La escena concluirá con la reacción polémica de su pueblo ante la explicación del motivo por el cual no hacía en su terruño los milagros que se contaban de otras poblaciones: todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino. Benedicto XVI concluye que «precisamente con el mensaje de gracia que Jesús trae se inaugura la perspectiva de la cruz. Lucas, que ha redactado con gran cuidado su Evangelio, ha puesto muy conscientemente esta escena como una especie de título para toda la obra de Jesús».
Esa perspectiva de la cruz muestra el camino, pero también la meta: la redención, el perdón de los pecados, la liberación de los oprimidos, la evangelización de los pobres. Este es el punto clave sobre el cual podemos hacer nuestra oración de hoy. ¿Cuáles son los destinatarios principales de su mensaje? —Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor.
Jesucristo muestra su predilección por aquellos que ocupan los últimos lugares a los ojos de los hombres. Pero no se trata solo de una situación económica o social. Según la Sagrada Escritura, los pobres, cautivos y oprimidos son aquellos que se reconocen necesitados de la misericordia divina: «Se anuncia el Evangelio a los pobres (Mt 11,5), leemos en la Escritura, precisamente como uno de los signos que dan a conocer la llegada del Reino de Dios. Quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo» (Conv., n.110). Por esa razón, María es la primera entre esos pobres de Israel (los “anawin”).
Pidámosle al Señor que nos ayude a meditar en su amor a esta virtud, para aprender de Él a ser pobres en el espíritu, y merecer la bienaventuranza prometida en el sermón del monte: porque de ellos es el reino de los Cielos. ¿Cómo vivió Jesús la pobreza? Podríamos preguntar a cualquiera de los asistentes a la sinagoga y nos contaría lo que transmite la Escritura: Jesucristo siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza (2Co 8,9).
¡Vaya paradoja! La pobreza enriquece… No es lo que enseña el mundo, que valora a la persona por lo que tiene en el banco. Y como nosotros nos movemos en ese ambiente, corremos el riesgo de contaminarnos con esa mentalidad, de sentirnos mal cuando escasean los medios materiales, o de poner nuestra esperanza en las capacidades económicas, en lo que poseemos. En cambio Jesús, cuando quiere manifestar su amor a alguien (por ejemplo, al joven rico), le pide que se haga pobre, que lo deje todo por Él, que se enriquezca con la pobreza cristiana.
Una pobreza que comienza con el desprendimiento de sí mismo, del amor propio, del estar siempre pendientes de nuestras cosas, de nuestros trabajos, de nuestro descanso, de nuestra salud, del prestigio que tenemos, de la opinión que los demás se van formando de nosotros: «corazones generosos, con desprendimiento verdadero, pide el Señor. Lo conseguiremos, si soltamos con entereza las amarras o los hilos sutiles que nos atan a nuestro yo. No os oculto que esta determinación exige una lucha constante, un saltar por encima del propio entendimiento y de la propia voluntad, una renuncia -en pocas palabras- más ardua que el abandono de los bienes materiales más codiciados» (AD, n.115).
Después del desprendimiento interior viene, como lógica consecuencia, el desapego de los bienes materiales. Nos pueden ayudar para nuestra meditación unos puntos de la Encíclica “Laudato si’” (nn. 222-227), en los que el papa Francisco explica el principio ascético del “menos es más”: se trata de una invitación a vivir la virtud de la sobriedad, que nos capacita para gozar con poco. El planteamiento ecológico va más allá de no quemar árboles o no matar ballenas. Cuando uno medita más a fondo el compromiso que conlleva el mandato divino de dominar la tierra, se da cuenta —como explica la encíclica— que es necesario volver a la simplicidad, valorar lo pequeño, «evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres».
El ambiente materialista nos hace creer que la clave de la felicidad está en el poseer y que la pobreza es sinónimo de tristeza. Por el contrario, la dinámica del Evangelio es que la pobreza enriquece, hace feliz, nos acerca más al Señor: «Si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones» (F, n. 997).
La sobriedad, la sencillez, la pobreza, la humildad, son caminos de la verdadera felicidad. Porque enseñan a contentarse con poco, a no crearse necesidades, a contentarse con lo suficiente para pasar una vida sobria y templada: «Se puede necesitar poco y vivir mucho, sobre todo cuando se es capaz de desarrollar otros placeres y se encuentra satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la naturaleza, en la oración. La felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida» (LS, n.223).
Pidámosle al Señor que nos ayude a descubrir la riqueza de esta virtud. Y a valorar la presencia de Dios especialmente en las personas más necesitadas, en los enfermos, los ancianos, los pobres, los niños, los desempleados, los desplazados y migrantes: «precisamente entre ellos es donde más a gusto se encuentra» (S, 228). Por esa razón, la Iglesia siempre se ha caracterizado por promover, junto con el anuncio del Evangelio y el culto litúrgico, la caridad con los más necesitados (DCE, n.25). Esta triple dimensión manifiesta la naturaleza íntima de la Iglesia, y hay que sospechar de cualquier institución en que no estén las tres características (porque también si solo hay labor social se corre el riesgo de convertir a la Iglesia en una ONG).
San Josemaría enunciaba unos principios que ayudan a vivir el  desprendimiento como virtud que lleva a identificarnos con Jesucristo: «No tener nada como propio, no tener nada superfluo, no lamentarse cuando falta lo necesario; cuando se puede escoger, elegir la cosa más pobre, menos simpática; no maltratar las cosas que usamos; hacer buen uso del tiempo» (Álvaro del Portillo, Entrevista con el Fundador del Opus Dei, p. 181).
Pero además del cuidado personal de la virtud de la pobreza, también estamos llamados a promover a nuestro alrededor la justicia social, cada uno según sus capacidades. De una parte, fomentando los propios talentos, pero además tenemos la invitación a vivir las obras de misericordia, como el papa ha recordado de cara al próximo año jubilar: visitas a pobres y enfermos, catequesis a necesitados, ayudar a los que necesitan nuestra asistencia —explicar una lección, acompañar en la soledad, ayudar al cuidado de los niños, etc.—, generar empleo, pagar lo justo a los empleados, vivir las exigencias de la propia vocación cívica en cuanto a impuestos, votaciones, participación ciudadana, etc.
Pero la principal manera de fomentar esa justicia social es con la santificación del propio trabajo. No se trata de que todas las personas de buena voluntad, para serlo, deban laborar en organismos de beneficencia. Cada uno, desde su trabajo hecho cara a Dios, honradamente, con espíritu de servicio, desempeña una insustituible labor de justicia: «Dios quiere que permanezcáis en vuestro lugar. Desde ahí, podéis realizar —estáis realizando— una labor colosal en beneficio de los pobres e indigentes, de los que padecen ignorancia, soledad y dolor —en tantas ocasiones a causa de la injusticia de los hombres—, porque al buscar la santidad con todas vuestras fuerzas, santificando el trabajo profesional y las relaciones familiares y sociales, contribuís a informar la sociedad humana con el espíritu cristiano» (Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9 de enero de 1993, n. 20, Citado por Schlag M, 2014, [SetD] p.372).

Decíamos al comienzo que la Virgen santísima fue la primera entre los anawin, los pobres del Señor. A Ella le pedimos que nos ayude a imitar el ejemplo de su Hijo, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

sábado, febrero 01, 2014

La purificación de la Virgen

Cuarenta días después de la Navidad, celebramos uno de los primeros eventos públicos de la infancia de Jesús (después de la adoración de los Magos y de la imposición del nombre de Jesús). Pasadas cinco semanas, rememoramos ahora un ritual que estaba previsto desde el Antiguo Testamento: la purificación de la madre.
En el Levítico (12,2-8) estaba legislado que cuarenta días después del nacimiento del niño (ochenta días en el caso de una niña), las madres debían ir al templo para purificarse de la impureza legal en la que habían incurrido por el alumbramiento: Al cumplirse los días de su purificación, sea por niño o niña, presentará al sacerdote, a la entrada de la Tienda del Encuentro, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado. Mas si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones, uno como holocausto y otro como sacrificio por el pecado; y el sacerdote hará expiación por ella y quedará pura. Las leyes preveían que esa presentación podía tardar un poco, si la mujer tenía un viaje cercano a Jerusalén. O que otra persona podía presentarse en su lugar, para hacer sus veces, en el caso de que viviera lejos de la Ciudad santa.
Esta costumbre es la que contemplamos en el cuarto misterio gozoso del Rosario (Lc 2,22-40): Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Podemos imaginarnos a la Sagrada Familia ataviada con sus mejores trajes, dirigiéndose hacia el Templo, alegres por cumplir la voluntad de Dios y porque acudían al Lugar donde se adoraba al Padre eterno de Jesucristo. Desde Belén hasta Jerusalén se podía ir y volver en un día, lo que ahorraba gastos de alojamiento. 

Llevaban la ofrenda más humilde, como correspondía a su discreta posición social, quizás con dolor por parte de José. ¡Cuánto le hubiera gustado tener dinero suficiente para comprar un cordero y cómo sufriría por no estar en apariencia a la altura para darle lo mejor posible a su Hijo putativo, también en lo humano! Pero al mismo tiempo sacaba enseñanzas para su vida. Como escribió el papa Benedicto XVI, «Lucas, cuyo Evangelio está impregnado todo él por una teología de los pobres y de la pobreza, nos da a entender aquí, una vez más de manera inequívoca, que la familia de Jesús se contaba entre los pobres de Israel; nos hace comprender que precisamente entre ellos podía madurar el cumplimiento de la promesa» (Jesús de Nazaret).
El papa Francisco insiste en esta virtud desde el primer momento de su pontificado. En una Audiencia con jóvenes de bachillerato, les decía: «La pobreza, hoy, es un grito. Todos nosotros tenemos que pensar si podemos ser un poco más pobres: también esto todos lo debemos hacer. Cómo puedo ser un poco más pobre para parecerme mejor a Jesús, que era el Maestro pobre. De esto se trata» (Discurso, 7-VI-2013).
Volvamos a considerar aquella familia pobre venida desde Belén hasta el Templo de la Ciudad santa. En las horas de la mañana, después de la incensación y de la ofrenda del sacrificio perpetuo, esperarían en el Atrio de las mujeres, llamado así porque era el sitio más cercano al Sancta Sanctorum en que ellas podían estar. El sacerdote las rociaba con agua lustral y recitaba unas oraciones tradicionales. Después ofrecía el doble sacrificio previsto en la ley: el primero, expiatorio, en el que se degollaba a la tórtola y se derramaba su sangre al pie del altar (los sacerdotes consumían más tarde la carne en el mismo templo); el segundo, un holocausto, consistía en quemar por completo el ave sobre el altar de bronce.
De la consideración de estos hechos históricos podemos sacar consecuencias para nuestra vida. Pueden servirnos las meditaciones que hace san Josemaría: «Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor (Lc 2, 22). Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?».
La Virgen es la Purísima, no ha tenido ninguna contaminación ni ha incurrido, por tanto, en impureza legal. Sin embargo, cumple la voluntad de Dios con alegría. Con la humildad de la que Ella mismo dijo que se había prendado el Señor: Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. Madre nuestra: ayúdanos a caminar por ese camino que Tú nos marcas. A cumplir la voluntad de Dios, aunque pensemos que no nos corresponde. A sabernos esclavos de tu Hijo, que murió para alcanzarnos la verdadera libertad de los hijos de Dios: «“Si me preguntáis qué es lo más esencial en la religión y en la disciplina de Jesucristo —escribió san Agustín—, os responderé: lo primero es la humildad, lo segundo, la humildad, y lo tercero, la humildad” (Epístola 118, 22). Y esto es así porque “la humildad es la morada de la caridad” (La santa virginidad 51): sin humildad no existe la caridad ni ninguna otra virtud y, por tanto, es imposible que haya verdadera vida cristiana» (Álvaro del Portillo, 2013, n.100).
Humildad que nos lleva a cumplir la voluntad de Dios, cueste lo que cueste. Aparece de este modo otra virtud íntimamente relacionada, y que vemos en todo momento de la vida de la Virgen y de san José: la obediencia. ¡Cuánto cuesta obedecer! ¡Y quizás más en nuestra época! El sano entusiasmo por la autonomía ha llevado a rechazar todo lo que suponga acoger el consejo o la disposición del otro. No puede ser así en las relaciones con Dios o en la Iglesia. En una de sus homilías cotidianas, el papa Francisco insistía en este punto: « Pedro dice ante el Sanedrín: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,27-33). ¿Qué significa obedecer a Dios? ¿Significa que nosotros debemos ser como esclavos, todos atados? No, porque precisamente quien obedece a Dios es libre, no es esclavo. Y no es una contradicción. En efecto, obedecer viene del latín, y significa escuchar, escuchar al otro. Obedecer a Dios es escuchar a Dios, tener el corazón abierto para ir por el camino que Dios nos indica. Y esto nos hace libres» (Homilía, 11-IV-2013). 
Volvamos a la consideración del cuarto misterio gozoso, que hacía san Josemaría en su libro sobre el santo Rosario: «¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! –Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón». Contemplar la humildad y la castidad de María nos ayuda a identificar nuestros gérmenes de soberbia y de impureza. ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación y Amor!
Como decía el venerable Álvaro del Portillo: «Guardad vuestro corazón y vuestros sentidos para Dios. Con naturalidad, sin mojigaterías, sed muy delicados en el trato con las personas con quienes os relacionáis —en el trabajo, en la vida social, en la conversación, en el modo de comportaros y de vestir—, y ayudaos unos a otros a proteger tan gran tesoro, que llevamos en vasos de barro (cfr. 2 Co4, 7) [...]. Todos hemos de afinar concretamente en la guarda de la vista: por los ojos, os suelo recordar, entran imágenes que pueden causar estragos. Si el ambiente se presenta enrarecido, con una carga cada día más grande de sensualidad, resulta lógico e imprescindible que mortifiquemos la mirada de modo habitual: en la calle, en el trabajo, en los momentos de asueto... Sin hacer cosas raras, con naturalidad, hemos de defender la fortaleza de nuestra alma. Hija mía, hijo mío, no tengamos reparos en que los demás adviertan que nos interesa ser personas limpias» (2013, n.360).
La consideración de este cuarto misterio de gozo nos llevará entonces a valorar cada día más el ejemplo de María: su pobreza, su humildad, su obediencia, su castidad. Seguramente rezaremos de manera más intensa la famosa comunión espiritual: Yo quisiera, Señor, recibiros, con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre.

sábado, agosto 03, 2013

El rico insensato

Después de la ampliación de las enseñanzas de Jesús, que incluye la parábola del buen samaritano, Lucas ofrece una serie de predicaciones del Señor con énfasis escatológico: invita a estar atentos y a poner los ojos en el Reino futuro. Por eso, acude a la parábola del rico insensato para enseñar la importancia de la pobreza cristiana (Lc 12,13-21).
Uno de entre la multitud le dijo: —Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Pero él le respondió: —Hombre, ¿quién me ha constituido juez o encargado de repartir entre vosotros? Este pasaje es exclusivo de Lucas, como la parábola del hijo pródigo y el padre misericordioso. Hay quien siente en esta conversación los ecos del problema entre los dos hermanos de la otra parábola.
Aparentemente, se trata de una pregunta inoportuna… El Señor está hablando de la importancia del juicio de Dios, por encima del de los hombres, y aparece un espontáneo que lo quiere de árbitro en un litigio familiar. Pero en realidad se refiere a lo mismo: antes les aconsejaba que no temieran, ahora les habla de no poner tanto cuidado en las cosas materiales (Cf. Saoût, 2007, p.59).
Un amigo me preguntaba si podía decirse que Jesús había sido pobre, sabiendo que había poseído algunos bienes materiales. Y es que a fuerza de predicar sobre la pobreza del Señor, en algunos ambientes ha quedado la idea de que los medios materiales son, en sí mismos, malos. Hay un dualismo de fondo en esa actitud, emparentada con quien demoniza el amor humano porque entraña el cuerpo, que se opondría al espíritu.
Pero la vida de Jesús nos enseña que la materia, y en concreto el vestido, la comida, el dinero, no solo no son malos, sino que son buenos: vio Dios que era bueno, se lee en el Génesis después de cada día de la creación material. Y Jesucristo mismo comía y bebía con la gente que encontraba almas a las que evangelizaba—, hasta el punto de recibir críticas por ser un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores (Mt 11,19).
En el Calvario encontramos un detalle que nos enseña más que muchas palabras: los soldados no quisieron dividir la túnica de Jesús debía de ser de buena calidad—, sino que decidieron rifársela, para que el ganador se quedara con ella entera. ¡Cómo no pensar en las manos de la Virgen, tejiendo la mejor vestidura posible para su Hijo y su Dios! ¡Con qué cariño recibiría el Señor aquella prenda, convencido de que, al lucirla, también le hacía un homenaje al trabajo de su Madre!
Jesús, que nació en un pesebre y en algunos momentos no tenía dónde reclinar su cabeza, también sabía convivir con la élite de su sociedad. Asistía a bodas como la de Caná o a banquetes como el de Betania o el que le organizó Zaqueo. Cuando aceptó la invitación de Simón, el fariseo, le recriminó al final por no haber vivido los detalles de etiqueta, la cortesía que es manifestación de caridad: el lavado de los pies, el ósculo del anfitrión, etc. (Cf. San Josemaría, Amigos de Dios, n.122).
Y había impuesto un tono humano alto entre el grupo de sus seguidores, a veces recurriendo a la corrección, pero sobre todo con su propio ejemplo, haciendo de aquella familia de sus discípulos una extensión del hogar en que Él se había criado en Nazaret, con María y con José. Es fácil suponer que también de ese ambiente educado se sirvió para atraer a Mateo, un comerciante muy bien situado, para que fuese uno de sus discípulos. Desde luego, en esa tarea ayudaron muchísimo las mujeres que le seguían y le asistían con sus bienes (Lc 8,3).
Una vez aclarada la bondad de los medios materiales, también durante la vida terrena de Cristo, sigamos con la enseñanza que nos transmite san Lucas. Y añadió Jesús: —Estad alerta y guardaos de toda avaricia; porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de lo que posee.
Estad alerta… especialmente a quienes estamos en medio del mundo, se nos puede colar como por ósmosis la avaricia. Tenemos en la mente la idea del avaro: para no faltar a la caridad pensando en personas concretas de la vida real, podemos traer a la mente a los personajes de Dickens o de Molière, famosos por su codicia o tacañería. El Diccionario de la Real Academia define la avaricia como el «afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas». Y a eso se refiere el Señor en el Evangelio: el ser humano busca abundancia de bienes y puede caer en la tentación de hacer depender su vida de lo que posee.
En la situación actual nos puede suceder lo mismo: el desarrollo económico, la variedad de artilugios técnicos y mil detalles aparecen a la vuelta de la esquina para que nosotros mismos nos convirtamos en avaros, tan detestables como el famoso Scrooge.
Por eso, siempre será actual la enseñanza del Qohélet o Eclesiastés (1,2): ¡Vanidad de vanidades, vanidad de vanidades, todo es vanidad! Se trata de una reduplicación de la palabra judía habel: viento, soplo, vapor, vacío, nada, absurdo. La sabiduría hebrea nos hace pensar que todo aquello a lo que aspiramos triunfos, reconocimiento, dinero, placer, cuando no nos lleva a Dios, es vanidad de vanidades… todo es viento, inconsistencia, desilusión.
Estad alerta y guardaos de toda avaricia, del afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. La virtud que supera este defecto es la pobreza de espíritu: Despégate de los bienes del mundo. —Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. —Si no, nunca serás apóstol (San Josemaría, Camino, n.631).
El Papa Benedicto XVI animaba a examinarse con frecuencia para ver qué tal vivimos la pobreza de espíritu: Quien quiera seguir a Cristo de un modo radical, debe renunciar a los bienes materiales. Pero debe vivir esta pobreza a partir de Cristo, como un modo de llegar a ser interiormente libre para el prójimo. Para todos los cristianos, (…) la cuestión de la pobreza y de los pobres debe ser continuamente objeto de un atento examen de conciencia. Precisamente en nuestra situación, en la que no estamos mal, no somos pobres, creo que debemos reflexionar de modo particular en cómo podemos vivir esta llamada de modo sincero. Quisiera recomendarlo para vuestro —nuestro— examen de conciencia (Discurso, 8-IX-2007).
Señor: aprovechamos este momento de oración para hacer ese examen valiente que el papa Benedicto nos proponía: ¿hay algunos aspectos de mi vida en que estoy apegado a los bienes materiales? ¿Qué me sobra? ¿De qué cosas podría desprenderme? ¿Sé encontrarte en el servicio al prójimo, especialmente en los más necesitados? ¿Hace cuánto no sacrifico un poco de mi tiempo para visitar a tus pobres? El papa Francisco insiste con frecuencia en este último punto. Enseña que la pobreza se aprende con los humildes, los pobres, los enfermos y todos los que están en los suburbios existenciales de la vida. La pobreza teórica no nos sirve. La pobreza se aprende tocando la carne de Cristo pobre, en los humildes, los pobres, los enfermos, los niños (Audiencia, 8-V-2013).
San Josemaría enseñaba que la clave para vivir bien esta virtud, para examinar nuestras disposiciones, está en contemplar al Señor como nuestro modelo: Si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones (Forja, n.997).
En una entrevista lo explicaba con más detalles: Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque —hecha de cosas concretas— (...). Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana (Conversaciones, n.110).
Pobreza real, que se note y que se toque. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre los compañeros y colegas. Parece difícil conciliar estas dos actitudes. Este santo concluía que la clave para lograr la síntesis entre esos dos aspectos es —en buena parte— cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momento, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide (Ibídem.).
El Señor continúa su diálogo con el autor de la pregunta inoportuna, e insiste en su enseñanza con la parábola del rico necio: —Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus adentros: «¿Qué puedo hacer, ya que no tengo dónde guardar mi cosecha?». Y se dijo: «Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: “Alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien”». Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado, ¿para quién será?». Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios.
Si las tierras dieron fruto fue porque las había trabajado. Había planeado, hecho proyectos, fue prudente: no hizo nada malo. ¡Actuó bien! ¿Por qué razón, entonces, el Señor lo llamó «insensato»? Porque dejó a Dios de lado; hizo depender su vida de lo que poseía; cayó en el «afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas» del que habla el diccionario. Estaba obsesionado con poseer más, con la «productividad», diríamos hoy. Fue codicioso, avaro.
En los verbos que usa Jesucristo en la parábola se nota el planteamiento egoísta: yo no tengo dónde, mi trigo, mis bienes, mi alma, descansa, come, bebe, pásalo bien. Es clara la moraleja del Señor, que va más allá de una simple llamada a la pobreza de espíritu: Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios. El rico necio pensaba en el futuro inmediato, no en la vida eterna. Jesús anima a atesorar ante Dios, a pensar en el más allá. Plantea la importancia de la virtud de la esperanza para la vida cristiana.
Pensar en la eternidad es un buen acicate para despegarse de los bienes terrenales: Hemos comprobado, de tantas maneras, que lo de aquí abajo pasará para todos, cuando este mundo acabe: y ya antes, para cada uno, con la muerte, porque no acompañan las riquezas ni los honores al sepulcro (San Josemaría, Amigos de Dios, n.209).
Nadie puede servir a dos señores, dirá el Señor en otra ocasión. Berger interpreta que Jesús considera la relación del ser humano con el dinero como esclavitud. La única manera de usar bien de los medios terrenales es verlos como lo que son: medios, no fines. El fin es la santidad, sirviéndose —como Jesús— de las cosas terrenales. Se trata de ser rico ante Dios, como vemos en el Salmo 90: El Señor es mi refugio. La vida es alegría si el Señor nos sacia con su amor cotidiano.
Este es un aspecto importante de nuestra labor apostólica en estos tiempos en que nos ha tocado vivir. Aunque no lo hacemos para que nos vean, se debe notar el esfuerzo por mejorar en la virtud: hemos de ir por delante, con nuestro propio ejemplo de desprendimiento interior y exterior, de sobriedad y moderación en las comidas y bebidas. Quizá podemos recortar un poco los gastos; en otras ocasiones, habrá que ser magnánimos, sobre todo con los demás, y será esa la mejor manera de vivir esta virtud. Examinemos también cómo vivimos la moderación en nuestro descanso, en el deporte, en los viajes, cómo vivimos la templanza en la diversión y en el uso del tiempo libre.
Un sitio en el que se debe vivir en primer lugar la ejemplaridad en esta virtud es el propio hogar; los casados, en la formación de los hijos, que deben aprender que las cosas cuestan. Otro campo de ejercicio es el trabajo: aprovechar la jornada, hacer rendir los medios que tenemos, ser idóneos profesionalmente, para ayudar mejor a la empresa y a la sociedad, y también para ganar más y poder sacar adelante el hogar. Se trata de prácticas que nos ayudan a santificar la vida ordinaria.
Como en todas las virtudes, debemos adquirir «piel fina», para aprender a amar las carencias, a no crearnos necesidades, a descubrir apegamientos y a prescindir de objetos o aficiones superfluas. Por ejemplo, en nuestro tiempo el ritmo de la tecnología pretende que cambiemos de modelo de teléfono, de agenda, de computador, de auto, cada año o cada seis meses. Y podemos terminar inmersos en un mar de cables, de aparatos viejos, o de múltiples equipos para la misma función… Ahí tenemos otra veta para el examen de conciencia.

Acudamos a la Virgen Santísima, para que aprendamos a imitar a su Hijo —como Ella— en el modo en que vivió la virtud del desprendimiento desde el pesebre hasta la Cruz, pues siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza (2 Co 8,9).

sábado, febrero 26, 2011

Filiación divina y abandono en la Providencia


Hace una semana meditábamos sobre el amor al prójimo, como una de las principales enseñanzas del “cuerpo” del Sermón del Monte. Hoy continuaremos en ese discurso, en una sección que nos habla sobre la confianza en el Padre: no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir.
Se trata de dos preocupaciones básicas del ser humano: la comida para la vida y el vestido para el cuerpo. Pues bien, en la línea “escandalosa” y en apariencia paradójica del Sermón del monte, el Señor nos enseña que debemos confiar siempre en nuestro Padre Dios: ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?  Nos hace ver que hemos de mirar en qué consiste lo importante: no en las apariencias exteriores, sino en lo interior: en la vida, en el cuerpo, más que en el alimento o en el vestido.
En 1998, el entonces Cardenal Ratzinger recibió el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Navarra. Entre las actividades académicas se programó un encuentro con profesores de todas las Facultades. Una de las preguntas la hizo la Decana de Económicas: “Los economistas supuestamente debemos dedicamos a buscar la riqueza de las naciones, la prosperidad de los pueblos, la abundancia. Sin embargo nuestro Maestro, Cristo, modelo de nuestra Ciencia como de todas las demás, nació pobre, vivió pobre, y murió sin ninguna posesión y en la más absoluta miseria: es decir, su vida y su muerte fueron un gran fracaso, un ejemplo típico de comportamiento irracional de un agente económico. Por otra parte, la única vez que Cristo actuó con tal energía que llevaba un látigo en la mano fue para expulsar a nuestros antecesores, los mercaderes, que se dedicaban a la compra-venta en el templo. Mi pregunta es: ¿Cómo puedo hacer Economía, cumplir mi papel en la sociedad sirviéndole desde mi conocimiento económico y, al mismo tiempo, hacerlo desde mi cristianismo con un Maestro que deseó voluntariamente ser y vivir pobre?”
El final de la respuesta del futuro Papa fue como sigue: “la cuestión esencial es la cuestión de la justicia con respecto a los bienes de la tierra, es decir, de la relación de los bienes a la persona para que sean bienes humanos. Para conseguir eso, es necesario enseñar la fuerza «del prescindir de las cosas»; enseñar cómo funciona la economía con una cierta medida de despego de sí mismo. No se trata, por lo tanto, de enseñar cómo se enriquece uno a sí mismo, sino cómo se es portador de algo que ha de servir a un organismo. Se trata de introducir en las funciones de gestión empresarial la categoría «del prescindir». Demostrar la fuerza de esta categoría que puede llevar a una producción justa, es decir, a una producción que permita a todas las personas el acceso a los bienes económicos. La posesión por lo tanto, no es la última meta de la economía, sino que precisa de un fundamento moral. Es precisamente mirando a Jesucristo como se ve que la última meta no es el tener, sino el posibilitar ser más. Ese Jesucristo pobre es el modelo para una economía que crea esos bienes que posibiliten ser más”.
2. Siguiendo con la lógica del pasaje que consideramos hoy, Jesucristo pone dos ejemplos que formaban parte de la vida cotidiana de quienes le escuchaban: Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas?, ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos.
Aquí llama la atención ese rasgo tan peculiar de la predicación de Mateo, que gusta recalcar ese apelativo divino de “vuestro Padre celestial”.  Nos puede servir para meditar esa realidad fundamental en nuestra vida espiritual: que somos hijos de Dios. Que el Señor se preocupa de nosotros como un Padre bueno. Si Él cuida maravillosamente de la naturaleza, ¡con cuánto mayor cariño no se preocupará de nosotros! Nos tiene un amor tan grande, que no dudó en enviar a su Hijo para que nos enseñara el camino de la felicidad eterna.
En la primera lectura se complementa la imagen de Dios Padre bueno con el amor maternal. No se trata de hacer teología de género, que me parece una simpleza, pues Dios no es ni hombre ni mujer. Pero sí quiere que veamos que nos quiere con un amor más grande que el de todos los padres y las madres de la tierra juntos. Isaías (49,15) lo ejemplifica con radicalidad: “¿puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!”
Señor: aprovechamos este rato de oración para darte gracias por tu amor, por tu generosidad. Ayúdanos a no olvidar esta locura de tu entrega por nosotros… y a responder como hijos buenos. Concédenos la gracia de ser buenos hijos tuyos. Que vivamos diariamente con el espíritu del Salmo 61: Descansa sólo en Dios, alma mía.
Resumiendo lo que esta convicción significa para la propia vida interior, Fernández-Carvajal explica que “la filiación divina no es un aspecto más entre otros de nuestro ser cristianos. De algún modo abarca todos los demás. Es un determinado modo de ser: una relación concreta que, entitativamente, se distingue de las demás formalidades sobrenaturales: gracia santificante, virtudes, dones del Espíritu Santo. Pero si atendemos al designio divino, podemos afirmar que todas esas otras formas se nos dan para recibir  una adopción. Esta realidad da a la vida una especial firmeza y un modo peculiar de enfrentarse a todo lo que esta lleva consigo. Dios siempre es el descanso y la fuerza que necesitan las almas, el refugio donde una y otra vez buscamos amparo” (Para llegar a puerto, p. 102).
Acabo de terminar el libro en el que un famoso autor de origen marxista narra su conversión al catolicismo. En un momento de su relato, habla del descubrimiento de la filiación divina con unas palabras muy expresivas que ejemplifican muy claramente el tema de la filiación divina: “No hay psicofármaco, no hay costoso (y dudoso en sus concretos resultados) ciclo de sesiones en el sofá tan querido para Woody Allen -ahora que también él se ha desengañado y se ríe de ello-, no hay confortadora palabra humana que valgan un meñique de lo que vale esta conciencia de que somos hijos de un Padre que es el Amor mismo. (...) ¿Recuerdas las últimas palabras, en su lecho de muerte, del curé de campagne de Bernanos? “Todo es gracia”, todo es Providencia, nada es casual, cada uno, por anónimo y abandonado que se crea, ha sido querido -precisamente él- por un Padre que no abandona a ninguno de sus hijos” (Messori V. Por qué creo. Libros libres. Barcelona 2009, 159).
3. El Maestro concluye su explicación con un rotundo corolario: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. San Juan Crisóstomo glosa estas palabras diciendo que “no es nuestro afán, sino la Providencia de Dios, la que lo hace todo, aún aquellas cosas que aparentemente realizamos nosotros. Si Él nos abandona, (…) todo se perderá irremediablemente”.
En ese sentido, predicaba San Josemaría: “Si viviéramos más confiados en la Providencia divina, seguros -¡con fe recia!- de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas preocupaciones o inquietudes nos ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, de los hombres mundanos, de las personas que carecen de sentido sobrenatural. Querría, en confidencia de amigo, de sacerdote, de padre, traeros a la memoria en cada circunstancia que nosotros, por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro, todo poderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón; querría grabar a fuego en vuestras mentes que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá. Creedme que sólo así nos conduciremos como señores de la Creación y evitaremos la triste esclavitud en la que caen tantos, porque olvidan su condición de hijos de Dios, afanados por un mañana o por un después que quizá ni siquiera verán” (Amigos de Dios, n. 116).
 Abandono en la Providencia divina. Buscar el Reino de Dios y su justicia, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá. No olvidar nuestra dignidad de hijos de Dios. En estos días me contaba una madre, buena cristiana, que estaba muy contenta porque su hijo siempre se refería a Dios al hacerle preguntas: “¿por qué Dios hizo tantas estrellas?, ¿por qué nos hizo con uñas en los dedos?” Ojalá no olvidemos que Dios no solo nos hizo, sino que también nos sigue cuidando, más que a los lirios del campo o a las aves del cielo.
También es importante recordarlo cuando sintamos la propia debilidad, cuando pensemos que no somos capaces con nuestras pobres fuerzas de alcanzar esa intimidad con Dios a la que nos llama. Si Dios es mi Padre, ¿a quién podré temer? Me parecen muy oportunas otras palabras íntimas de San Josemaría: “Cuando me siento capaz de todos los horrores y de todos los errores que han cometido las personas más ruines, comprendo bien que puedo no ser fiel... Pero esa incertidumbre es una de las bondades del Amor de Dios, que me lleva a estar, como un niño, agarrado a los brazos de mi Padre, luchando cada día un poco para no apartarme de Él. Entonces estoy seguro de que Dios no me dejará de su mano. "¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré"” (Via Crucis, 14.5)
Acudamos a la Santísima Virgen para que nos alcance del Señor la gracia de estar desprendidos de los bienes materiales, de nuestras propias capacidades, y de estar abandonados en la Providencia de nuestro Padre Dios, que siempre quiere lo mejor para nosotros. Que busquemos el Reino de Dios y su justicia, seguros de que todo lo demás se nos dará por añadidura.

sábado, septiembre 18, 2010

El administrador infiel



Una vez concluida la primera parte del Evangelio de Lucas, en la que se exponen las enseñanzas de Jesús en Galilea, el médico evangelista nos ofrece otra serie de parábolas y enseñanzas, pronunciadas de camino a Jerusalén. Comienza con un discurso acerca de las riquezas ―la «parábola del administrador infiel»― (16,1-13): Había un hombre rico que tenía un administrador, al que acusaron ante el amo de malversar la hacienda. Le llamó y le dijo: «¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuentas de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando».
Nos habla del juicio, de que en algún momento tendremos que dar cuenta de nuestra administración. Al morir, desde luego, tendremos ese diálogo de amor con nuestro Dios, en el que se valorará qué tanto lo hemos amado, y se nos premiará con misericordia por nuestros pobres esfuerzos para ser buenos hijos suyos. También, con toda justicia, se verá el modo de purificarnos de nuestras escorias en la caridad con Dios y con nuestros hermanos. Y es posible —Dios no lo quiere— que, si no hemos sido fieles y hemos decidido libremente alejarnos de Él, se nos envíe a las tinieblas exteriores, al infierno que consiste en el alejamiento definitivo de nuestro Señor. Por eso, cada día procuramos examinar nuestra conciencia para ir afinando en la manera como administramos los talentos recibidos.
Y dijo para sí el administrador: «¿Qué voy a hacer, ya que mi señor me quita la administración? Cavar no puedo; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando me despidan de la administración». Y, convocando uno a uno a los deudores de su amo, le dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi señor?». Él respondió: «Cien medidas de aceite». Y le dijo: «Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta». Después le dijo a otro: «¿Y tú cuánto debes?» Él respondió: «Cien cargas de trigo». Y le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta».
Se trata de un engaño, un fraude… Desde luego, hay que entender que el Señor no lo propone como una conducta ejemplar: da por descontado el rechazo de esa conducta. Pero nos hace ver a lo que puede llegar una persona para sacar adelante su proyecto personal: ¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. —Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aún niños: todos igual. —Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado (San Josemaría, Camino, n.317).
El amo alabó al administrador infiel por haber actuado sagazmente. No alaba su infidelidad, sino la sagacidad. Porque los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz. Los cristianos, en cuanto somos iluminados por la palabra de Verdad de Jesucristo, podemos llamarnos «hijos de la luz».
Pero a veces puede suceder que escondamos esa luminaria. Por vergüenza, por respetos humanos, para no incomodar, o por falta de fe, por complejo de inferioridad, negamos a tantas personas la luz que buscan y que agradecerían. Hemos de ser más audaces para anunciar el mensaje divino de paz, de amor, de dignidad. Ya lo dijo el Maestro: ¡ojalá los hijos de la luz pongamos, en hacer el bien, por lo menos el mismo empeño y la obstinación con que se dedican, a sus acciones, los hijos de las tinieblas! —No te quejes: ¡trabaja, en cambio, para ahogar el mal en abundancia de bien! (San Josemaría, Forja, n.848).
Y yo os digo: haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, os reciban en las moradas eternas. En nuestra oración personal, debemos sacar propósitos que nos ayuden a aportar —en el campo del conocimiento en que nos movamos— la síntesis entre racionalidad y religión que tanto fomenta Benedicto XVI, para comunicarla al mundo contemporáneo, en diálogo fecundo, en el que también aprenderemos mucho.
Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho. Por tanto, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo vuestro? A san Josemaría le gustaba mucho meditar esta frase del Señor. Por ejemplo, en 1935 escribió en sus apuntes íntimos: La inexperiencia unida a esas ambiciones de cosas grandes, lleva a la gente joven al mal camino de despreciar las cosas pequeñas: lo vulgar, lo de cada día, el detalle, el silencio..., el orden. Es preciso salir al paso de este error gravísimo, haciéndoles considerar aquella tan conocida frase del Eclesiástico (Si 19,1): el que desprecia las cosas pequeñas poco a poco cae en las grandes. Y el versículo de san Lucas (16,10): quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho: y quien es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho (Citado en Rodríguez 2004, n.243).
Aprovechemos para hacer examen, veamos si este aforismo divino también nos señala cuál es la raíz de nuestros descaminos. Quizá esperamos el gran momento de hacer una gesta extraordinaria y, mientras tanto, descuidamos las cosas pequeñas ―lo vulgar, lo de cada día, el detalle, el silencio..., el orden―: Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas (San Josemaría, Amigos de Dios, n.61).
Concluye el Señor sus enseñanzas: Ningún criado puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas. Decía el Beato John Henry Newman: «El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje “instintivo” la multitud, la masa de los hombres. Miden la felicidad según la fortuna, y, según la riqueza también, miden la honorabilidad de la persona. (...) La riqueza es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad el segundo… La fama, el hecho de ser reconocido y de llamar la atención en el mundo (lo que podría llamarse una fama de periódico) se consideran como un gran bien en sí mismos, un bien soberano y un motivo de veneración» (citado en Catecismo, n.1723).
Acudamos a la Santísima Virgen, para que nos ayude a imitar su ejemplo de desprendimiento, para que aprendamos de Ella a ser fieles en lo poco, y para que nos alcance la gracia de iluminar el ambiente en que nos movemos con la luz del Evangelio, con la prudencia de los hijos de la luz.

sábado, julio 31, 2010

Avaricia y pobreza. El rico necio


La semana pasada estuve hablando con un joven médico que albergaba una duda desde su adolescencia: recordaba haber leído una famosa novela en que se planteaba el tema de la pobreza de Cristo. Muchos años después, seguía diciendo que no había  podido encontrar la respuesta adecuada a su duda juvenil. Yo intenté responderle del mejor modo posible, espero que al menos le haya dado una pista para que él, por su cuenta, siga profundizando en ese interesante argumento.

Y casualmente –para los cristianos la casualidad se llama Providencia-, el evangelio de este domingo (Lc 12,13-21) habla del tema de la pobreza: Uno de entre la multitud le dijo: —Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Pero él le respondió: —Hombre, ¿quién me ha constituido juez o encargado de repartir entre vosotros? Este pasaje es exclusivo de Lucas, como la parábola del hijo pródigo y el padre misericordioso. Hay quien ve en esta discusión ecos del problema entre los dos hermanos de la parábola.

Aparentemente, se trata de una pregunta inoportuna… El Señor está hablando de la importancia del juicio de Dios por encima del de los hombres y aparece un espontáneo que lo quiere de árbitro en un litigio familiar. Pero en realidad se refiere a lo mismo: antes les aconsejaba que no temieran, ahora les habla de no poner tanto cuidado en las cosas materiales (Saoût).

Mi amigo médico se preguntaba si podía decirse que Jesús había sido pobre, pues había poseído algunos bienes materiales. Ahí radicaba su principal duda. Y es que a fuerza de predicar sobre la pobreza del Señor, en algunos ambientes ha quedado la idea de que los medios materiales son, en sí mismos, malos. Hay un platonismo de fondo en esa actitud, emparentada con quien demoniza el amor humano porque entraña el cuerpo, que se opondría al espíritu.

Y precisamente la vida de Jesús nos enseña que la materia, y en concreto el vestido, la comida, el dinero, no solo no son malos, sino que son buenos: “vio Dios que era bueno”, se lee en el Génesis después de cada día de la Creación material. Y Jesucristo mismo comía y bebía con la gente que se encontraba –almas a las que evangelizaba- hasta el punto de recibir críticas por ser “comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores”.

En el Calvario encontramos un detalle que nos enseña más que muchas palabras: los soldados no quisieron dividir la túnica de Jesús –debía de ser de buena calidad-, sino que decidieron rifársela, para que el ganador se quedara con ella toda entera. ¡Cómo no pensar en las manos de la Virgen, tejiendo la mejor vestidura posible para su Hijo y su Dios! ¡Con qué cariño recibiría el Señor aquella prenda, convencido de que, al lucirla, también le hacía un homenaje al trabajo de su Madre!

Jesús, que nació en un pesebre y en algunos momentos “no tenía dónde reclinar su cabeza”, también sabía convivir con la élite de su sociedad. Asistía a bodas como la de Caná o a banquetes como el de Betania que vimos hace quince días o el que le organizó Zaqueo. Cuando aceptó la invitación de Simón el fariseo, le recriminó al final por no haber vivido los detalles de etiqueta, la cortesía que es manifestación de caridad: el lavado de los pies, el ósculo del anfitrión, etc. (Cf. Amigos de Dios, 122).

Y había logrado imponer un tono humano alto entre el grupo de sus seguidores, a veces recurriendo a la corrección dura: “no sabéis a qué espíritu pertenecéis”, pero sobre todo con su propio ejemplo, haciendo de aquella familia una extensión del hogar en que Él se había criado en Nazaret, con María y con José. Es fácil suponer que también de ese ambiente educado se sirvió para atraer a Mateo, un comerciante muy bien situado, para que fuese uno de sus discípulos. Desde luego, en esa tarea ayudaron muchísimo las mujeres que le seguían “y le servían con sus bienes”.

2. Una vez aclarada la bondad de los medios materiales, también durante la vida terrena de Cristo, sigamos con la enseñanza que nos transmite San Lucas: Y añadió: —Estad alerta y guardaos de toda avaricia; porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de lo que posee. Estad alerta… precisamente por estar en medio del mundo, se nos puede colar como por ósmosis la avaricia. Tenemos en la mente la idea del avaro: para no faltar a la caridad pensando en personas de la vida real, podemos imaginarnos a los personajes de Dickens o de Molière.

El Diccionario de la Real Academia define la avaricia como el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. Y a eso se refiere el Señor en el Evangelio: el ser humano busca abundancia de bienes y puede caer en la tentación de hacer depender su vida de lo que posee. En la situación actual nos puede suceder lo mismo: el desarrollo económico, la devaluación del dólar y mil detalles concomitantes aparecen a la vuelta de la esquina para procurar que nosotros mismos nos convirtamos en avaros tan detestables como el famoso Scrooge.

Por eso siempre será actual la enseñanza del Qohélet o Eclesiastés: ¡Vanidad de vanidades, vanidad de vanidades, todo es vanidad! Se trata de una reduplicación de la palabra judía habel: viento, soplo, vapor, vacío, nada, absurdo (Ravasi).  La sabiduría hebrea nos hace pensar que todo aquello a lo que aspiramos: triunfos, reconocimiento, dinero, placer, es “vanidad de vanidades”… todo es viento, inconsistencia, desilusión.

Estad alerta y guardaos de toda avaricia, del afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. La virtud contraria a este defecto es la pobreza de espíritu. Retomando lo que decíamos antes sobre los bienes materiales, podemos citar a San Juan Crisóstomo: «Lo malo no es la riqueza, lo malo es la avaricia, lo malo es el amor al dinero». Y San Josemaría enseñaba en su primer libro: “Despégate de los bienes del mundo. —Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. —Si no, nunca serás apóstol” (Camino, n. 631).

El Papa Benedicto XVI (8-IX-2007) nos anima a que nos examinarnos con frecuencia para ver qué tal estamos viviendo la pobreza de espíritu: Quien quiera seguir a Cristo de un modo radical, debe renunciar a los bienes materiales. Pero debe vivir esta pobreza a partir de Cristo, como un modo de llegar a ser interiormente libre para el prójimo. Para todos los cristianos, (…) la cuestión de la pobreza y de los pobres debe ser continuamente objeto de un atento examen de conciencia. Precisamente en nuestra situación, en la que no estamos mal, no somos pobres, creo que debemos reflexionar de modo particular en cómo podemos vivir esta llamada de modo sincero. Quisiera recomendarlo para vuestro —nuestro— examen de conciencia”.

Señor: aprovechamos este momento de oración para hacer ese examen valiente que el Santo Padre nos propone: ¿hay algunos aspectos de mi vida en que estoy apegado a los bienes materiales? ¿Qué me sobra? ¿De qué cosas podría desprenderme? ¿Sé encontrarte en el servicio al prójimo, especialmente en los más necesitados? ¿Hace cuánto no sacrifico un poco de mi tiempo para visitar a tus pobres?

San Josemaría enseñaba que la clave para vivir bien esta virtud, para examinar nuestras disposiciones, está en contemplar al Señor como nuestro modelo: “Si estamos cerca de Cristo y seguimos sus pisadas, hemos de amar de todo corazón la pobreza, el desprendimiento de los bienes terrenos, las privaciones” (Forja, 997). En una entrevista apuntaba: “Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque —hecha de cosas concretas— (...). Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana”.

Pobreza real, que se note y que se toque. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre los compañeros. Parece difícil conciliar estas dos actitudes. El Fundador del Opus Dei concluía que la clave para “lograr la síntesis entre esos dos aspectos es —en buena parte— cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momento, para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide” (Conversaciones, n. 110).

3. El Señor hace más gráfica su enseñanza con la parábola del rico necio: —Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus adentros: «¿Qué puedo hacer, ya que no tengo dónde guardar mi cosecha?» Y se dijo: «Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: “Alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien”». Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche te van a reclamar el alma; lo que has preparado, ¿para quién será?» Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios.

Si las tierras dieron fruto es porque las había trabajado. Había planeado, hecho proyectos, fue prudente: no se trata de cosas malas. ¡Actuó bien! ¿Por qué razón, entonces, el Señor lo pone como contraejemplo? –porque dejó a Dios de lado. Hizo depender su vida de lo que poseía. Cayó en el “afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. Estaba obsesionado con poseer más, con la “productividad”, diríamos hoy. Fue codicioso, avaro.

En los verbos que usa Jesucristo en la parábola se nota el planteamiento egoísta: yo no tengo, mi trigo, mis bienes, mi alma, descansa, come, bebe, pásalo bien. Es llamativa la moraleja del Señor, que va más allá de una simple llamada a la pobreza de espíritu: Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios. El rico necio pensaba en el futuro inmediato, no en la vida eterna. Jesús anima a atesorar ante Dios, a pensar en la vida eterna. Plantea la importancia de la virtud de la esperanza para la vida cristiana.

Pensar en la vida eterna es un buen revulsivo para despegarse de los bienes terrenales: “Hemos comprobado, de tantas maneras, que lo de aquí abajo pasará para todos, cuando este mundo acabe: y ya antes, para cada uno, con la muerte, porque no acompañan las riquezas ni los honores al sepulcro” (Amigos de Dios, n. 209).

“Nadie puede servir a dos señores”, dirá en otra ocasión el Señor. Berger interpreta que Jesús considera la relación del ser humano con el dinero como esclavitud. La única manera de usar bien de los medios terrenales es verlos como lo que son: medios, no fines. El fin es la santidad, sirviéndose –como Jesús- de las cosas terrenales. Ser rico ante Dios, como vemos en el Salmo 90: El Señor es mi refugio. La vida es alegría si el Señor nos sacia con su amor cotidiano.

Este es un aspecto importante de nuestra labor apostólica para estos tiempos. Aunque no lo hacemos para que nos vean, se debe notar el esfuerzo por mejorar en la virtud: hemos de ir por delante, con nuestro propio ejemplo de desprendimiento interior y exterior, de sobriedad y moderación en las comidas y bebidas. Quizá podemos recortar un poco los gastos –en ocasiones habrá que ser magnánimos, sobre todo con los demás y será esa la mejor manera de vivir esta virtud-. También miremos en este examen cómo es nuestro descanso, el deporte, los viajes, cómo vivimos la templanza en la diversión y en el uso del tiempo libre.

Un sitio en el que se debe vivir en primer lugar el ser ejemplares en esta virtud es el propio hogar, en la formación de los hijos, que deben aprender que las cosas cuestan. Otro campo de ejercicio es el trabajo: aprovechar la jornada, hacer rendir los medios que tenemos, ser idóneos profesionalmente para ganar más y poder sacar adelante el hogar. Se trata de prácticas que nos ayudan a santificar la vida ordinaria.

Como en todas las virtudes, debemos adquirir “piel fina”, para aprender a amar las carencias, a no crearnos necesidades, a descubrir apegamientos y a prescindir de objetos o aficiones superfluas. Por ejemplo, en nuestro tiempo la tecnología pretende que cambiemos de modelo de teléfono, de agenda, de carro, cada año o cada seis meses. Y podemos terminar “ahorcados” en un mar de cables, de aparatos viejos, o de múltiples equipos para la misma función… Ahí tenemos una veta para el examen de conciencia del que hablaba el Papa.

Acudamos a la Virgen Santísima, para que aprendamos –como Ella- a imitar a su Hijo en el modo en que vivió la virtud del desprendimiento desde el pesebre hasta la Cruz, pues –como dice San Pablo- siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza (2 Co 8,9).