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sábado, noviembre 30, 2013

Adviento: misericordia y esperanza

Comienza el Tiempo de Adviento en este segundo día de la Novena en honor de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. ¡Qué mejor manera de comenzar este tiempo, que de la mano de nuestra Señora! Preparamos la celebración del nacimiento de Jesús considerando las glorias con las que Él mismo quiso coronar a su Madre. Durante estos nueve días que preceden a la solemnidad de la Inmaculada Concepción alabaremos al Señor por haber querido preservar a la Virgen «de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción», como dice el papa Papa Pío IX en la Bula con la que proclamó este dogma.
Inicia entonces hoy un nuevo año litúrgico, y las primeras semanas de este tiempo las dedicamos a prepararnos para celebrar la Navidad. Las normas para la celebración enseñan que este tiempo tiene carácter doble: en primer lugar, es la preparación para conmemorar el nacimiento de Jesús, que cada día se revive de modo sacramental en la liturgia. Pero también es la época que lleva a meditar en la esperanza de la segunda venida de Cristo, al final de los tiempos, que consideramos durante la última semana del año litúrgico que acaba de terminar.
Por estas dos razones, el tiempo de Adviento es conocido como “el tiempo de la piadosa expectativa”. Como dice San Cirilo, «En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles. No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor».
Esperar a Jesús: Ven Señor, no tardes. Ven a nuestras almas, no tardes tanto, Jesús, ven, ven. Ábranse los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío como riego santo… Son distintas maneras de pedir lo mismo a Dios: que cada día crezca más nuestra intimidad con Él, que sea eterna nuestra amistad con Jesús, como le ha sucedido a nuestra Madre María.
Para ayudarnos en nuestra preparación interior, la liturgia nos sitúa en las coordenadas que el Señor quiere que sigamos durante las próximas semanas: A ti, Señor levanto mi alma; Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado decimos, con el salmo 25, en la Antífona de entrada. Le presentamos a Dios nuestras oraciones confiadas, seguros de que los que esperan en Él nunca fracasan.

En la oración colecta de este primer domingo de Adviento hay dos ideas que pueden servirnos para hablar con Dios. En primer lugar, le pedimos al Señor que despierte en nosotros el deseo de prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia. Con esta súplica se nos sugiere una manera concreta de disponer nuestra alma para la navidad: con obras de caridad. Esas obras pueden ser materiales y espirituales. El Catecismo las resume con estas palabras: «Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos. Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios» (n.2447).

El papa Francisco lo ha recordado recientemente, en la Exhortación Evangelii gaudium, por ejemplo en el n.41: La caridad con el prójimo, en las formas antiguas y siempre nuevas de las obras de misericordia corporal y espiritual, representa el contenido más inmediato, común y habitual de aquella animación cristiana del orden temporal, que constituye el compromiso específico de los fieles laicos.

Formulemos entonces un primer propósito, como fruto de la oración colecta de la Misa: prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia. Obras corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia. Pensemos en una persona concreta con la cual podemos ejercitar alguno de estos verbos. Y a quién más podemos ayudar materialmente, con nuestro tiempo, con nuestra ayuda, con nuestra solidaridad fraternal.

Pero solo hemos considerado la primera parte de esa oración. La segunda súplica nos hace considerar la otra dimensión del adviento, la perspectiva escatológica: Le habíamos pedido al Señor que avivara en nosotros el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras. ¿Para qué hacíamos esa petición? ― para que, puestos a su derecha el día del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos. 

El primer prefacio de Adviento remarca esa doble perspectiva de las dos venidas de Cristo: «El cual, al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación, para que cuando venga de nuevo, en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar».

Vigilante espera. Si hemos hablado sobre las obras de misericordia, ahora contemplamos la importancia de la virtud teologal de la esperanza. En la citada Exhortación apostólica, el papa Francisco hace una radiografía del panorama actual, que parece desértico, y que puede alentar la tentación del pesimismo (n.86). Y cita al papa Benedicto, quien decía que –sin embargo- «En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza».

En todo caso, concluye el papa argentino, transmitiéndonos una misión para estos tiempos que vivimos: «allí estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!».

Personas-cántaros, que encuentran en la cruz ―el pesebre fue la primera cruz de Jesucristo― la fuente del agua que hemos de transmitir a nuestros hermanos para el desierto de esta vida. Fuentes de esperanza. Como dice San Josemaría, el tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria (Es Cristo que pasa, n.11).

Misericordia y esperanza. En esta perspectiva se mueven las lecturas de la liturgia de la palabra: en primer lugar, consideramos el anuncio del profeta Isaías quien, después de acusar a sus paisanos por haber abandonado al Señor, proclama la esperanza en el Mesías, que nos trae el Reino de Dios: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor. Como estas palabras se cumplen con el nacimiento de Cristo, la liturgia nos invita a meditarlas para reforzar nuestra esperanza en Dios. Hacia el niño Jesús, nacido en Belén, confluirán todas las naciones y todos los tiempos. También los nuestros.

Hacia la casa del Señor caminaremos, llenos de alegría, de acuerdo con la invitación del salmo 122, que tanto nos habrá gustado desde pequeños: ¡Qué alegría, cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor! Esa casa es la Iglesia, dice san Agustín, y su cimiento es Jesucristo. Como Él está en el cielo, nosotros «edificamos hacia el cielo. El cimiento lo hemos de colocar en las alturas. Corramos pues hacia allí; apresurémonos hasta que nuestros pies estén pisando tus umbrales, Jerusalén».

Por eso san Pablo nos invita a la vigilancia, a estar pendientes de la alegría que nos trae la llegada del Reino, la salvación que nos porta el nacimiento del Redentor: siendo conscientes del momento presente: porque ya es hora de que despertéis del sueño, pues ahora nuestra salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. Con el símil de la noche, nos hace ver que el Sol de la salvación se acerca, y que la esperanza debe manifestarse con las obras de misericordia y conversión que hemos considerado antes: Abandonemos, por tanto, las obras de las tinieblas, y revistámonos con las armas de la luz. Como en pleno día tenemos que comportarnos honradamente, no en comilonas y borracheras, no en fornicaciones y en desenfrenos, no en contiendas y envidias; al contrario, revestíos del Señor Jesucristo, y no estéis pendientes de la carne para satisfacer sus concupiscencias.

Esperanza y misericordia, que se manifiestan en obras de conversión. En disponernos, y prepararnos, para la venida del Señor. Por eso el adviento no es tiempo de tristeza. Es una invitación al gozo, a estar alegres desde ya, desagraviando por la indignidad de  nuestra alma, por los pecados que hemos cometido este año.

El adviento es una llamada a que preparemos el pesebre de nuestra alma, para brindar acogida y hospitalidad al Niño que viene. A barrer, a sacudir, a limpiar y a brillar  nuestra alma. Será una manera concreta de obedecer al consejo de Jesús en el Evangelio (Mt 24,37-44): velad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Estad preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre.

Velar con esperanza y con obras de misericordia. Estrenar la lucha para salir al encuentro, para recibir la salvación que el Señor nos trae, como decimos en el prefacio de la Misa: «para que cuando venga de nuevo, en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar».

Concluyamos nuestra oración presentando con espíritu de niños los deseos de preparar muy bien nuestras almas para la venida de Jesús en Navidad y para la llegada definitiva. Ya sabemos que la mejor manera de alcanzar las gracias que pedimos al Señor es pasándolas por las manos cariñosas de su Madre, María, que también es madre nuestra y es el mejor ejemplo para vivir el Adviento. ¡Cómo se prepararía Ella, para la inminente llegada de su Hijo! ¡Cuántas oraciones cariñosas le dirigiría al Niño que sentía en su vientre!, ¡Cuántos sacrificios en la vida diaria, en medio de la pobreza de su hogar!


Nuestra Señora del Adviento intercede ante la Trinidad Santísima de tal modo que despierte en nosotros el deseo de prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia y que, puestos a su derecha el día del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos.