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miércoles, marzo 23, 2016

La oración en el huerto


El Evangelio de san Marcos dice que, después de la última cena, Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní (26,36). En arameo esta palabra significa “prensa de aceite”, por lo cual se intuye que en ese lugar se procesaban las olivas cosechadas en los alrededores. Se trata de un pequeño rincón del valle del Cedrón, al oriente de Jerusalén, en la base del monte de los Olivos (Díez, 2010,148).

San Lucas añade que Jesús lo visitaba con frecuencia para orar cuando se encontraba en la Ciudad Santa: se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos (22,39). Costumbre de orar. El Señor nos da ejemplo de piedad frecuentemente: antes de los grandes acontecimientos, como la elección de los Doce, pasa la noche en oración; al hacer milagros, el Evangelio lo muestra en diálogo con su Padre. Ahora, en la recta final de su paso por la tierra, también es modelo de plegaria: Y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

¡Qué importante es dedicar unos ratos diarios a la conversación con el Señor! Es muy común encontrar personas que habitualmente rezan una pequeña oración al despertarse y quizá también agradecen a Dios antes de irse a la cama… ¡y poco más! Aprovechemos la contemplación de Jesús orante para concretar el propósito de dedicar unos ratos diarios, ojalá un tiempo fijo y a hora determinada, para contarle al Señor nuestras cosas, meditar en su vida, fortalecer nuestra relación con Él y lograr, de esa manera, tenerlo como nuestro mejor amigo.

Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo… El Señor se acompaña con los tres discípulos mejor preparados, los mismos que lo habían asistido en los momentos de gloria, como la transfiguración en el monte Tabor o la resurrección de la hija de Jairo. Vemos la importancia de la amistad humana, que hasta el mismo Dios encarnado la quiso vivir: os he llamado amigos. Amistad que no solo consiste en dar —Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13)—, sino que también recibe. En este caso, Jesús no solo no rehúye, sino que busca la compañía de aquellos amigos a los que tanto quería. Nos sirve también para pensar en el valor que tiene, a los ojos del Señor, la intercesión de los santos, que han sido sus mejores amigos en la tierra.

Empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte». Meditando esta sincera confesión de Jesucristo a los apóstoles podemos considerar que, entre las manifestaciones de la amistad, se encuentra la apertura del alma, la comunión del consuelo humano, y el buscar juntos la ayuda divina. Jesús, como buen amigo, comparte su pasión con los discípulos más cercanos. Y los invita a ellos —también a nosotros ahora— a ser corredentores con Él: «quedaos aquí y velad conmigo». ¿En qué consiste esa vigilancia, esa vela que el Señor le pide a sus tres discípulos más cercanos? El papa Benedicto explicaba que es tomar conciencia tanto sobre la cercanía de Dios como sobre el poder amenazante del mal. También decía que la causa de la tristeza de Jesús es la somnolencia de los cristianos (cf. 2011, 181). 

Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba… Amistad con los hombres, pero con fundamento en el abandono en Dios. Conversación con los amigos, pero primacía del trato con el Padre. En el mismo texto citado, el papa alemán se detenía en la posición de Jesús cuando oraba: rostro en tierra, que denota sumisión a Dios, confianza en el Señor, un gesto que repite la liturgia el Viernes Santo. Por su parte, san Lucas dice que Jesús oraba de rodillas, como mueren los mártires, luchando y en oración.

¿Qué decía Jesús en su diálogo personal? Una frase muy simple: Padre mío. Con esa invocación nos invita a que consideremos el inmenso regalo de la filiación divina adoptiva que nos alcanzó con sus padecimientos. Gracias a la redención, también nosotros podemos tratar a Dios, hablar con Él como un hijo pequeño. Con la confianza del niño, que sabe que puede solicitar todo a su Padre. Aprendamos de Jesús a pedir lo que veamos conveniente, lo que nos apetece: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz».

Sin embargo, no olvidemos el matiz con el que el Señor condiciona su petición: si es posible… Yo te pido lo que veo y lo que quiero, pero Tú sabes mejor que nadie lo que más me conviene. Por eso el Maestro había enseñado antes a rezar: Hágase tu voluntad… ¡Cuántas veces queremos imponer nuestro modo de ver las cosas, nuestros caprichos, y nos olvidamos de que Dios sabe más! Aprendamos de Jesús a terminar nuestras oraciones como Él hizo: «no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

El Catecismo resume esta escena diciendo que «la oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre» (n.2600). En Jesucristo se reconcilian, por la obediencia, las voluntades que estaban separadas desde el pecado original. Gracias a ese «fiat!» del Señor recuperamos la filiación divina: el Hijo «ha acogido en sí la oposición de la humanidad y la ha transformado, de modo que, ahora, todos nosotros estamos presentes en la obediencia del Hijo, hemos sido incluidos dentro de la condición de hijos» (Benedicto XVI, 2011, 191).

De ese modo, podemos unirnos a la oración filial del Señor: «Jesús ora en el huerto: “Pater mi”, “Abba, Pater!”. Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre... Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento? Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: “Pater mi, Abba, Pater,... fiat!”» (AI 1663, 10-X-1932; cfr VC, 1,1).

«Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Este modo de actuar no solo se aplica a la oración, sino para todos los momentos de la vida. Recuerdo a un amigo que contaba su proceso vocacional: había decidido dar su vida al Señor, estaba contento con su decisión, pero surgió un nuevo llamado, una petición más exigente, y esta persona dudaba, temía, le costaban los riesgos que asumiría con las nuevas circunstancias; le dolía ver lo que dejaba por seguir a Cristo: la familia, su terruño, el trabajo que desempeñaba, sus aficiones… Para tomar la decisión definitiva fue concluyente la meditación de este pasaje. Viendo a Jesús dialogar con su Padre, no se sintió capaz de responder de otra forma distinta a la del Maestro: «no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

Después de estas palabras, san Lucas añade un material propio, la agonía de Jesús (22,43-44): Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Son manifestaciones del padecimiento extremo que sufría por nuestra salvación. Benedicto XVI considera que esta turbación se debía a que Jesús, como Dios, veía la gravedad del mal, del cáliz que iba a beber. La angustia era mucho mayor que el natural horror humano de morir. Y cita a Pascal, que veía sus pecados en aquel cáliz, y decía que Jesús había derramado esas gotas de sangre por él (Cf. 2011, 185). Como resume un teólogo: «Aquí, en el Huerto, el dolor se hace presente en la oración: la oración se hace dolor, para luego, a lo largo de toda la pasión, transformar el dolor en oración» (Rodríguez, SRECH, 1 doloroso).

El drama de Getsemaní nos interpela continuamente: no solo nos invita a orar, a unir nuestra voluntad con la del Padre, sino que nos llama a perseverar en ese empeño: Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. ¡Cuántas veces no habremos sido nosotros esos Pedros dormilones, que merecen escuchar el reproche de Jesús: Dijo a Pedro: ¿No habéis podido velar una hora conmigo?!

El Señor nos enseña otra clave para la vida de oración: no basta con programar un tiempo fijo, a hora precisa, con generosidad. El diálogo con Dios debe ser con el alma y con el cuerpo: «Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Por esa razón, la ascética cristiana enseña a acompañar la oración con la penitencia y con las obras de misericordia. Se trata de vivir en unidad de vida, no conformarse con unas prácticas externas de piedad, sino confirmarlas con la mortificación, con el trabajo, con la vida en familia y en sociedad.

«Al meditar esos momentos en los que Jesucristo —en el Huerto de los Olivos y, más tarde, en el abandono y el ludibrio de la Cruz— acepta y ama la Voluntad del Padre, mientras siente el peso gigante de la Pasión, hemos de persuadirnos de que, para imitar a Cristo, para ser buenos discípulos suyos, es preciso que abracemos su consejo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y me siga. Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales» (AD, n.216).

«Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Jesucristo enseña con su ejemplo, y continúa velando: De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Una vez más, el Señor nos muestra la importancia de persistir en la oración, aunque no veamos los frutos. Esa constancia, ese vigilar sin recibir nada a cambio, serán las pruebas de la fe y del amor que nos mueven a pedir que se cumpla la voluntad divina.

Los apóstoles, por el contrario, cansados después de una jornada extenuante, de una cena festiva, y además emocionados por la oración sacerdotal de Jesucristo, por los discursos de despedida, por los anuncios relacionados con la traición de Judas, continuaban dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Jesús afronta esa soledad con dolor, y los invita a acompañarlo en su camino de sufrimiento, que estaba a punto de comenzar. Invitación que ellos no seguirían —y nosotros tampoco lo hacemos, cada vez que le damos la espalda a los llamados divinos—. Como entonces, el Señor nos sigue invitando: ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.


Solo la Virgen acompañaba a su Hijo, quizá oteando por la ventana del cenáculo. Terminemos nuestra oración pidiéndole a Ella que, aunque seamos cobardes, aunque sigamos a su Hijo de lejos, estemos siempre «despiertos y orando. —Oración... Oración...» (SR, 1 doloroso).

viernes, febrero 14, 2014

Santa María, Madre del Amor Hermoso


Celebramos un nuevo aniversario del inicio del trabajo apostólico del Opus Dei entre las mujeres y de la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Y en la Prelatura se festeja, por disposición de la Santa Sede, la fiesta de Santa María, Madre del Amor Hermoso. Por eso escribió san Josemaría que Nuestro Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Ha sido la Madre buena que nos ha consolado, que nos ha sonreído, que nos ha ayudado en los momentos difíciles de la lucha bendita para sacar adelante este ejército de apóstoles en el mundo. Pensad que ha sido la gran protectora, el gran recurso nuestro desde aquel 2 de octubre de 1928, y antes.

Hablemos con el Señor en esta oración sobre nuestra Madre, suya y nuestra. Para este diálogo de amor nos pueden servir los textos de la Misa de María, Madre del Amor hermoso, que son espléndidos. Ya desde la Antífona de entrada le aplicamos las palabras del Cantar de los cantares (6,10): Todo es hermoso y agradable en ti, Hija de Sión, hermosa como la luna, límpida como el sol, bendita entre las mujeres.

Dice el libro del Sirácida (o Eclesiástico) en la primera lectura (24,23-31): Como vid lozana retoñé, y mis flores son frutos bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí se halla todo don de vía y de verdad, en mí toda esperanza de vida y de virtud. El autor sagrado elogia la sabiduría divina, y la presenta como el camino a seguir por el hombre prudente. Con sabiduría pastoral, la iglesia aplica estas palabras a la Virgen madre de Dios, y la presenta como el atajo para llegar más rápidamente a su Hijo. Y nos anima a seguir su invitación: Venid a mí los que me deseáis, y saciaos de mis frutos.

En esa línea veneramos a nuestra Madre en la oración colecta como “adornada con los dones del Espíritu Santo”, y le pedimos que nos cuide, puesto que agradó a Dios y engendró para nosotros al Hijo Unigénito, el más bello de los hombres, “para que, rechazando la fealdad del pecado, busquemos sin cesar la belleza de la gracia”.

Es famosa la frase de “El Idiota” de Dostoievski, según el cual solo la belleza salvará el mundo. Y no es casual que ese personaje sea una imagen de Jesucristo. Esa es la hermosura, la belleza, la suavidad, la elección, la limpieza que alabamos en María y que pedimos para nosotros: la belleza de la gracia. De la fidelidad. De la unión con Dios. Quien me obedece no pasará vergüenza, y los que se ocupan de mí no pecarán; el que me ensalza obtendrá la vida eterna. Que amemos la voluntad de Dios como Ella lo hacía. Así la vemos en el templo, peregrinando una vez más para celebrar la Pascua, acompañada de José y de su Hijo (Lc 2,41-51):

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. No era obligatorio para la Virgen ni para el Niño asistir cada año a Jerusalén. Pero, igual que en la Purificación de nuestra Señora y en la Presentación de Jesús, ellos cumplen gustosos la voluntad del Padre. Obedecen. Tienen como guía de sus decisiones lo que el Señor prefiera.

Así también sucedió en la historia del Opus Dei: Para que no hubiera ninguna duda de que era Él quien quería realizar su Obra, el Señor ponía cosas externas. Yo había escrito: “Nunca habrá mujeres –ni de broma– en el Opus Dei”. Y a los pocos días... el 14 de febrero: para que se viera que no era cosa mía, sino contra mi inclinación y contra mi voluntad (…). La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres, contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías: providencia ordinaria de Dios (…). Así, por procedimientos tan ordinarios, Jesús, Señor Nuestro, el Padre y el Espíritu Santo, con la sonrisa amabilísima de la Madre de Dios, de la Hija de Dios, de la Esposa de Dios, me han hecho ir para adelante siendo lo que soy: un pobre hombre, un borrico que Dios ha querido coger de su mano (Cf. Sal 72,23).

Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre. Se ve que cada año Jesús, María y José acudían a Jerusalén, la ciudad santa, al Templo sagrado. San Lucas le da una importancia muy grande a este lugar. Allí comienza su Evangelio, con la anunciación a Zacarías; y allí lo termina, con los discípulos bendiciendo a Dios, después de la Ascensión de Jesús a los cielos. Y ahí contemplamos ahora a la sagrada Familia, en un momento importante de la Revelación: las primeras palabras del Hijo de Dios.

Para María y José debería de ser una excursión estupenda: ir a adorar al Señor acompañando a su Hijo encarnado. ¡Qué conversaciones más gratas, las que tendrían a solas! Con qué humildad meditaría la Virgen las palabras de la Escritura, que se habían cumplido con su maternidad: Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza.

Caminar con Jesús, el Amor hermoso. Recorrer con Él la vía de nuestra vida rechazando la fealdad del pecado, buscando sin cesar la belleza de la gracia. Es el sentido de la oración después de la presentación de los dones para la Misa: “que, recorriendo con la Virgen María el hermoso camino de la santidad, nos renovemos con la participación en tu vida divina y merezcamos llegar a la contemplación de tu gloria”.

Un día como hoy es un buen  momento para proponerse de nuevo recorrer con Jesús, con María y con José el hermoso camino de la santidad. Renovarnos. Recomenzar cada día, cada momento, a seguir los pasos de la vida escondida de la Sagrada Familia. Como los siguió san Josemaría, como los siguió el  Venerable don Álvaro: con fidelidad proselitista, y metiendo a la Virgen en todo y para todo.

El prefacio de la Misa nos ofrece un espléndido resumen de la hermosura de María, que nos sirve como patrón para nuestro camino: “Ella fue hermosa en su concepción, y, libre de toda mancha de pecado, resplandece adornada con la luz de la gracia; hermosa en su maternidad virginal, por la cual derramó sobre el mundo el resplandor de tu gloria, Jesucristo, tu Hijo, salvador y hermano de todos nosotros; hermosa en la pasión y muerte del Hijo, vestida con la púrpura de la sangre, como mansa cordera que padeció con el Cordero inocente, recibiendo una nueva función de madre…”. La hermosura de María no se limita a frases bonitas, o a momentos de gozo y de gloria. Incluye la pasión, como le había anticipado el anciano Simeón en el momento de la Presentación del Señor.

Una pasión que san Lucas retrata de modo dramático en el episodio del Niño perdido en el Templo: y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Como había grupos distintos de hombres y de mujeres, tanto María como José pensarían que Jesús iría con el otro. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día. Cuando pararon a descansar, descubrieron que no estaba con ellos. Quizás tú hayas tenido esa experiencia, de perder a un muchacho en medio de la multitud. Yo he tenido ambas circunstancias (perderme yo siendo pequeño y perder a un niño que tenía a mi cuidado) y no se lo deseo a nadie: ¿qué se hizo?, ¿dónde andará?, ¿cómo avisarle?, ¿qué hacemos ahora? En nuestros tiempos tenemos muchos medios de comunicación, zonas previstas para recuperar personas y objetos, etc. Pero en aquella época toda la logística debería de ser mucho más complicada.

Por eso san Lucas resume el drama diciendo que se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo. Pensamos en la viva descripción de la escena que hace san Josemaría en su libro sobre el Rosario: ¿Dónde está Jesús? -Señora: ¡el Niño!... ¿dónde está? Llora María. -Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. -José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también... Y tú... Y yo. Yo, como soy un criadito basto, lloro a moco tendido y clamo al cielo y a la tierra..., por cuando le perdí por mi culpa y no clamé.

Sufrimiento de María, mansa cordera, que el autor sagrado relaciona con el que padecerá veinte años más tarde, el primer Viernes santo: en ambos casos se celebra la pascua, la pérdida dura tres días, la soledad es angustiosa... Benedicto XVI comenta al respecto que, “cuanto más se acerca una persona a Jesús, más queda involucrada en el misterio de su Pasión”.

Celebramos el 14 de febrero. El inicio de la labor apostólica de la Obra con las mujeres, pero también la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Por eso el Prelado cita unas palabras del Fundador con las que invitaba a pensar hasta qué punto somos amigos de la Cruz de Cristo, de esa Cruz con la que Jesús quiso coronar su Obra (...). Quiso coronarla como coronan los reyes su palacio en lo más alto: con la Cruz. Quiso poner la realeza suya para que el mundo viera que la Obra era Obra de Dios. Fue un catorce de febrero. Yo comencé la Misa sin saber nada, como otras veces, y acabé sabiendo que el Señor quería la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que el Señor quería que coronásemos nuestro edificio sobrenatural, que nuestra familia espiritual llevara en lo alto esta señal de la realeza divina. Porque la Cruz es la raíz de la alegría, el camino a la gloria. No todo termina en la muerte, pero sin muerte no hay vida: si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto (Jn 12,24).

La Cruz no es la última palabra, como vemos en la conclusión del prefacio que consideramos antes: Ella fue hermosa (…) en la resurrección de Cristo, con el que reina gloriosa, después de haber participado en su victoria. Es el contexto en el que podemos leer cómo termina la escena del Evangelio, que es el encuentro revelador con Jesús: Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

El Catecismo (n.534) resalta la revelación de la filiación divina de Jesús en las primeras palabras suyas que nos transmite el Evangelio: “Jesús deja entrever el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina: ¿No sabíais que me debo a los asuntos de mi Padre?”. En el Evangelio de san Lucas, la filiación divina es la primera y la última palabra de Jesús. En ambas ocasiones, se nos revela en contexto de dolor (en esta escena y en la muerte del Calvario). A san Josemaría le costó muchos años de meditación y de sufrimientos caer en la cuenta de esa relación entre filiación divina y amor a la Cruz. Por eso podía predicar en 1963: Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón ―lo veo con más claridad que nunca—es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.

El Catecismo subraya la fe de María y de José, quienes “no comprendieron esta palabra, pero la acogieron en la fe, y María conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón, a lo largo de todos los años en que Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida ordinaria” (n.534).

Podemos concluir con la oración para después de la comunión: “Protege, Señor, continuamente a los que alimentas con tus sacramentos, y a quienes has dado por madre a la Virgen María, radiante de hermosura por sus virtudes, concédenos avanzar por las sendas de la santidad”.


sábado, julio 27, 2013

El Padrenuestro, oración de hijos


Camino de Jerusalén, san Lucas aprovecha para enunciar las principales enseñanzas de Jesucristo: después de la parábola del buen samaritano y de la acogida del Señor por parte de Marta y de María, presenta al Maestro en una actitud que a los discípulos les impresionaba especialmente (11,1): Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar… El Señor les da ejemplo de diálogo con el Padre.
Toda la Sagrada Escritura es cátedra de oración: en el Antiguo Testamento aparece desde las primeras páginas, en el dramático diálogo del Señor con Adán y Eva, antes y después del pecado original. Pero, como dice el Catecismo, «la oración se revela sobre todo a partir de nuestro padre Abraham» (n.2569). Un ejemplo de la oración de este patriarca aparece en el capítulo 18 del Génesis (vv.20-32). Antes había acogido a Dios en Mambré, y había recibido la promesa de la concepción de su hijo Isaac. Ahora el Señor le anuncia el castigo para las ciudades pecadoras de Sodoma y Gomorra. Y Abraham intercede por ellas, pensando que morirán justos con pecadores: Abrahán se acercó y le dijo: «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?». El Señor contestó: «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos». Sabemos que la negociación continúa, bajando los requisitos a cuarenta y cinco, a cuarenta, a treinta, a veinte, hasta llegar a la exigencia de diez justos que tampoco se alcanzó.
El diálogo entre Dios y Abraham muestra la confianza que debe mantener la persona cuando habla con el Señor, pidiéndole lo que ve más oportuno, insistiéndole si ve difícil lo que pide, hasta llegar a identificarse con la voluntad divina: «habiéndole confiado Dios su Plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza» (n.2571). Esos son los principales frutos de la vida de oración: estar en armonía con el Señor, mirar nuestra realidad con sus ojos, acoger las contradicciones con su amor misericordioso.
En este contexto de la revelación, san Lucas muestra que hemos llegado a la plenitud de los tiempos al contemplar el diálogo del Hijo de Dios con su Padre: Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar... El Catecismo comenta que «es, sobre todo, al contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de Cristo desea orar. Entonces, puede aprender del Maestro de la oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los hijos aprenden a orar al Padre» (n.2601). Podemos preguntarnos qué tanto contemplamos y escuchamos a Jesús, si lo tenemos como nuestro modelo de oración. O si, por el contrario, los afanes del mundo nos apartan del diálogo y la cercanía con el Maestro.
¿No es verdad que queremos aprender a orar como Jesús? Pidámosle con confianza, como hicieron los apóstoles: cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Acostumbrémonos a dirigirnos así al Maestro. Pidámosle que nos enseñe a orar, a abandonarnos en la misericordia del Padre. La respuesta de Jesús es uno de los textos más importantes de la historia: Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
El Compendio del Catecismo no ahorra elogios para esta oración: El Padrenuestro es «el resumen de todo el Evangelio» (Tertuliano); «es la más perfecta de todas las oraciones» (Santo Tomás de Aquino), es el corazón de las Sagradas Escrituras (nn.2761-2776). Uno de los mejores comentarios que se han escrito recientemente sobre la oración dominical está en el libro «Jesús de Nazaret», de Benedicto XVI. Por ejemplo, explica la estructura de esta oración: «Consta de una invocación inicial y siete peticiones. Tres de éstas se articulan en torno al Tú” y cuatro en torno al nosotros”. Las tres primeras se refieren a la causa misma de Dios en la tierra; las cuatro siguientes tratan de nuestras esperanzas, necesidades y dificultades. Se podría comparar la relación entre los dos tipos de peticiones del Padrenuestro con la relación entre las dos tablas del Decálogo, que en el fondo son explicaciones de las dos partes del mandamiento principal el amor a Dios y el amor al prójimo, palabras clave que nos guían por el camino del amor» (2007, p.168).
Y cuenta una historia que ayuda a entender mejor los compromisos que conlleva rezar bien el Padrenuestro: «Había un staretz ortodoxo que insistía en hacer entonar el Padrenuestro siempre con las últimas palabras, para ser dignos de finalizar la oración con las palabras del comienzo: Padre nuestro. De este modo explicaba el staretz, se recorre el camino pascual: se comienza en el desierto con las tentaciones, se vuelve a Egipto, luego se recorre la vía del éxodo con las estaciones del perdón y del maná de Dios y, gracias a la voluntad de Dios, se llega a la tierra prometida, al Reino de Dios, donde Él nos comunica el misterio de su Nombre: Padre nuestro» (Ibidem).
Dirigirnos al Padre nos hace entrar en su misterio con asombro siempre nuevo, y despierta en nosotros el deseo de comportarnos como hijos: «Notad lo sorprendente de la respuesta: los discípulos conviven con Jesucristo y, en medio de sus charlas, el Señor les indica cómo han de rezar; les revela el gran secreto de la misericordia divina: que somos hijos de Dios, y que podemos entretenernos confiadamente con Él, como un hijo charla con su padre» (AD, 145). Jesús enseña el fundamento de la vida espiritual cristiana, saberse hijos de Dios. Es famosa la anécdota de la hija de un rey de Francia, que trataba de modo muy duro a su joven asistenta. Un día, irritada, la princesa le dijo: «¿No sabes que soy la hija de tu rey?» La joven mucama le respondió con calma: «Y, ¿tú no sabes que yo soy la hija de tu Dios?» (Eugui, 1991, p.47).
San Josemaría fue un predicador incansable de esta verdad. De sus apuntes íntimos tenemos un testimonio que nos puede ayudar para nuestra oración personal: invita a «saborear» la verdad de saberse hijo de Dios, hermano de Jesucristo y de toda la humanidad. De ese modo crecerán la fe, la esperanza y el amor: «Tenía por costumbre, no pocas veces, cuando era joven, no emplear ningún libro para la meditación. Recitaba, paladeando, una a una, las palabras del Pater Noster, y me detenía —saboreando— cuando consideraba que Dios era Pater, mi Padre, que me debía sentir hermano de Jesucristo y hermano de todos los hombres. No salía de mi asombro, contemplando que era ¡hijo de Dios! Después de cada reflexión me encontraba más firme en la fe, más seguro en la esperanza, más encendido en el amor. Y nacía en mi alma la necesidad, al ser hijo de Dios, de ser un hijo pequeño, un hijo menesteroso. De ahí salió en mi vida interior vivir mientras pude —mientras puedo— la vida de infancia, que he recomendado siempre a los míos, dejándolos en libertad» (Carta, 8-XII-1949, n.41, citado por Vázquez de Prada, 2010, p.404).
Jesucristo complementa su enseñanza, insistiendo en la eficacia de la oración, con dos historias sobre peticiones impertinentes y concluye: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. En conclusión, hemos de dirigirnos a nuestro Padre Dios para que nos aumente la fe en la omnipotencia de la petición confiada. «Todas las cosas que pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán (Mc 11,24). ¡Se os concederán! Son palabras que recogen una seguridad para nosotros. Ha hablado su Hijo, ¡su Hijo que no puede mentir!, y, de nuestra parte, se necesita fe. Una fe que ya tenemos, ¡por eso venimos a pedir!; pero, además, con esa petición, le decimos: adauge nobis fidem! (Lc 17,5). Hay que insistir, una y otra vez, siempre, como cuando éramos pequeños con nuestras madres, ¡igual!» (San Josemaría, Apuntes de la oración, 17-V-1970. Citado por Echevarría, Carta pastoral, 1-V-2010).
Ya que ha venido hablando de filiación divina, Jesucristo explica cuál es la donación más grande que nos hará el Padre celestial: Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? Comenta san Basilio que «Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los Cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte en la gloria eterna» (cfr. Catecismo, n.736).

Al Paráclito le pedimos que nos aumente la fe, la esperanza y la caridad para orar como hijos con la audacia de Abraham, con la confianza de Jesús. Le presentamos esta súplica por medio de la intercesión de la Virgen María, maestra de oración: «Es nuevamente Jesucristo el que habla, según nos ha dejado escrito san Lucas. Nos lo ha dicho así de claro, para que no lo olvidemos: al que pide, se le dará (Lc 11,10). Por tanto, hemos de seguir pidiendo, y hemos de atrevernos a pedir con confianza, exigiendo. Para eso hemos venido aquí, y para eso hemos de esforzarnos, de modo que nuestra oración sea constante, llena de tozudez. Madre nuestra, habla Tú por nosotros, y llévanos a pedir siempre más» (San Josemaría, Apuntes de la oración en la Villa de Guadalupe, 17-V-1970. Citado por J. Echevarría, Carta pastoral, 1-V-2010).

lunes, agosto 06, 2012

La Transfiguración del Señor




Celebramos hoy un misterio de la vida de Cristo, que también conmemoramos todos los segundos domingos de cuaresma: la Transfiguración del Señor. Tanto en oriente como en occidente se celebra el seis de agosto, cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Cruz (catorce de septiembre), aludiendo a una tradición según la cual la Transfiguración ocurrió cuarenta días antes de la crucifixión.

La primera lectura (Dn 7,9-14) presenta la escena del juicio final. Aparece la figura del Hijo del Hombre, cuyo reinado no tendrá fin, y que el mismo Jesucristo se aplicará a Sí mismo: Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas (…). Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin. El Salmo 96 invita a la alegría porque el Señor reina y se manifiesta como Rey: El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

En la segunda lectura (2P 1,16-19), Pedro se pone como testigo de la divinidad de Jesucristo y esgrime como argumento de autoridad su presencia en el monte Tabor: os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo.

Pero vayamos a la narración de la escena evangélica. Leemos en la versión de San Marcos (9,2-10) que seis días después (de la confesión de Pedro), Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto. Vemos, en primer lugar, que Jesús nos enseña una vez más la importancia de la oración. Son muchas las ocasiones en que el Señor, nuevo Moisés, se retira al monte a orar.

Benedicto XVI escribe que “en la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador”. Para estar metidos en Dios en medio del mundo, hemos de cuidar esos momentos de soledad, de ascensión hacia el Señor, que son cada una de nuestras normas de piedad.

Y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Es la manera ingenua que tiene Marcos de contarnos el suceso que deslumbró a su maestro, Pedro. Benedicto XVI continúa en la línea que veíamos antes, interpretando la transfiguración como “un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo”.

Es el misterio de Cristo, Dios y hombre verdadero, que se descubre a los tres discípulos predilectos. Un himno litúrgico lo expresa de modo poético: “En la cumbre del monte su cuerpo de barro se vistió de soles. En la cumbre del monte, excelso misterio: Cristo, Dios y hombre. En la cumbre del monte a la fe se abrieron nuestros corazones”.

San Josemaría hacía su oración contemplando este misterio: ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti! (Santo Rosario).

Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús: —Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Por los otros evangelios sabemos que Jesús hablaba con sus dos interlocutores sobre su éxodo, su próxima pasión y muerte. También la alusión a la fiesta de las tiendas habla de que Pedro entendió que “el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración -ser luz en virtud del Señor y con El- comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).

Por eso el Catecismo enseña que «por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías» (CCE 555).

El misterio cristológico que venimos contemplando no es completo si no se considera la pasión, que recordaremos el próximo 14 de septiembre. Por eso, el Beato Juan Pablo II decía en su carta sobre el Rosario que este misterio puede ser considerado “como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo”.

Vamos concretando propósitos. Si antes hablábamos de la vida de oración y del cuidado de las normas de piedad, ahora descubrimos la importancia de huir del escándalo la Cruz del Señor, de tomarla cada día sobre nuestros hombros. A ese fin nos invita el Prefacio de la Misa: Cristo, nuestro Señor, reveló su gloria a unos testigos elegidos, y revistió de resplandor deslumbrante aquel cuerpo, igual al nuestro, para librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz.

Las mortificaciones ordinarias. El trabajo constante, intenso, a pesar del cansancio o del desaliento. La vida en familia, el esfuerzo por aportar una sonrisa, una acogida amable, o también una corrección fraterna. Y además la generosidad para ofrecer penitencias más especiales, en esas temporadas en las que notamos más especialmente que el Señor nos invita a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra Cruz cotidiana y a seguirle.

Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: —Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle. Una vez más, como en la escena del Bautismo de Jesús, se manifiesta la Trinidad. Pero también se revela la relación que en su liberalidad ha querido establecer con nosotros. Así lo expresa la colecta de la Misa: “Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los profetas, y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos…”

Hijos suyos muy amados. San Josemaría caracterizó la vivencia de la filiación divina como “un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermanos suyos, hijos de Dios Padre, y de estar siempre en la presencia de Dios; filiación que lleva a vivir vida de fe en la Providencia, y que facilita la entrega serena y alegre a la divina Voluntad”. Vida de fe, de esperanza y de caridad. Virtudes que manifestamos en la oración y en la mortificación generosas, conscientes de que también nosotros somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, al que hoy contemplamos como Dios y hombre verdadero.

Terminamos nuestra meditación acudiendo a la Santísima Virgen, esperanza nuestra. Es la última enseñanza que podemos sacar de la liturgia de hoy. La parte final del Prefacio manifiesta esa otra finalidad de la transfiguración. Si la primera buscaba librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz, el segundo objetivo es declarar que en todo el cuerpo de la Iglesia ha de cumplirse lo que ya resplandeció maravillosamente en su cabeza.

Por esa razón haremos en la Colecta de la Misa una súplica que ahora elevamos por la intercesión de nuestra Madre: concédenos, a tus hijos que, escuchando siempre la palabra de tu Hijo Predilecto, seamos un día coherederos de su gloria. Amén.

sábado, febrero 26, 2011

Filiación divina y abandono en la Providencia


Hace una semana meditábamos sobre el amor al prójimo, como una de las principales enseñanzas del “cuerpo” del Sermón del Monte. Hoy continuaremos en ese discurso, en una sección que nos habla sobre la confianza en el Padre: no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir.
Se trata de dos preocupaciones básicas del ser humano: la comida para la vida y el vestido para el cuerpo. Pues bien, en la línea “escandalosa” y en apariencia paradójica del Sermón del monte, el Señor nos enseña que debemos confiar siempre en nuestro Padre Dios: ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?  Nos hace ver que hemos de mirar en qué consiste lo importante: no en las apariencias exteriores, sino en lo interior: en la vida, en el cuerpo, más que en el alimento o en el vestido.
En 1998, el entonces Cardenal Ratzinger recibió el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Navarra. Entre las actividades académicas se programó un encuentro con profesores de todas las Facultades. Una de las preguntas la hizo la Decana de Económicas: “Los economistas supuestamente debemos dedicamos a buscar la riqueza de las naciones, la prosperidad de los pueblos, la abundancia. Sin embargo nuestro Maestro, Cristo, modelo de nuestra Ciencia como de todas las demás, nació pobre, vivió pobre, y murió sin ninguna posesión y en la más absoluta miseria: es decir, su vida y su muerte fueron un gran fracaso, un ejemplo típico de comportamiento irracional de un agente económico. Por otra parte, la única vez que Cristo actuó con tal energía que llevaba un látigo en la mano fue para expulsar a nuestros antecesores, los mercaderes, que se dedicaban a la compra-venta en el templo. Mi pregunta es: ¿Cómo puedo hacer Economía, cumplir mi papel en la sociedad sirviéndole desde mi conocimiento económico y, al mismo tiempo, hacerlo desde mi cristianismo con un Maestro que deseó voluntariamente ser y vivir pobre?”
El final de la respuesta del futuro Papa fue como sigue: “la cuestión esencial es la cuestión de la justicia con respecto a los bienes de la tierra, es decir, de la relación de los bienes a la persona para que sean bienes humanos. Para conseguir eso, es necesario enseñar la fuerza «del prescindir de las cosas»; enseñar cómo funciona la economía con una cierta medida de despego de sí mismo. No se trata, por lo tanto, de enseñar cómo se enriquece uno a sí mismo, sino cómo se es portador de algo que ha de servir a un organismo. Se trata de introducir en las funciones de gestión empresarial la categoría «del prescindir». Demostrar la fuerza de esta categoría que puede llevar a una producción justa, es decir, a una producción que permita a todas las personas el acceso a los bienes económicos. La posesión por lo tanto, no es la última meta de la economía, sino que precisa de un fundamento moral. Es precisamente mirando a Jesucristo como se ve que la última meta no es el tener, sino el posibilitar ser más. Ese Jesucristo pobre es el modelo para una economía que crea esos bienes que posibiliten ser más”.
2. Siguiendo con la lógica del pasaje que consideramos hoy, Jesucristo pone dos ejemplos que formaban parte de la vida cotidiana de quienes le escuchaban: Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas?, ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos.
Aquí llama la atención ese rasgo tan peculiar de la predicación de Mateo, que gusta recalcar ese apelativo divino de “vuestro Padre celestial”.  Nos puede servir para meditar esa realidad fundamental en nuestra vida espiritual: que somos hijos de Dios. Que el Señor se preocupa de nosotros como un Padre bueno. Si Él cuida maravillosamente de la naturaleza, ¡con cuánto mayor cariño no se preocupará de nosotros! Nos tiene un amor tan grande, que no dudó en enviar a su Hijo para que nos enseñara el camino de la felicidad eterna.
En la primera lectura se complementa la imagen de Dios Padre bueno con el amor maternal. No se trata de hacer teología de género, que me parece una simpleza, pues Dios no es ni hombre ni mujer. Pero sí quiere que veamos que nos quiere con un amor más grande que el de todos los padres y las madres de la tierra juntos. Isaías (49,15) lo ejemplifica con radicalidad: “¿puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!”
Señor: aprovechamos este rato de oración para darte gracias por tu amor, por tu generosidad. Ayúdanos a no olvidar esta locura de tu entrega por nosotros… y a responder como hijos buenos. Concédenos la gracia de ser buenos hijos tuyos. Que vivamos diariamente con el espíritu del Salmo 61: Descansa sólo en Dios, alma mía.
Resumiendo lo que esta convicción significa para la propia vida interior, Fernández-Carvajal explica que “la filiación divina no es un aspecto más entre otros de nuestro ser cristianos. De algún modo abarca todos los demás. Es un determinado modo de ser: una relación concreta que, entitativamente, se distingue de las demás formalidades sobrenaturales: gracia santificante, virtudes, dones del Espíritu Santo. Pero si atendemos al designio divino, podemos afirmar que todas esas otras formas se nos dan para recibir  una adopción. Esta realidad da a la vida una especial firmeza y un modo peculiar de enfrentarse a todo lo que esta lleva consigo. Dios siempre es el descanso y la fuerza que necesitan las almas, el refugio donde una y otra vez buscamos amparo” (Para llegar a puerto, p. 102).
Acabo de terminar el libro en el que un famoso autor de origen marxista narra su conversión al catolicismo. En un momento de su relato, habla del descubrimiento de la filiación divina con unas palabras muy expresivas que ejemplifican muy claramente el tema de la filiación divina: “No hay psicofármaco, no hay costoso (y dudoso en sus concretos resultados) ciclo de sesiones en el sofá tan querido para Woody Allen -ahora que también él se ha desengañado y se ríe de ello-, no hay confortadora palabra humana que valgan un meñique de lo que vale esta conciencia de que somos hijos de un Padre que es el Amor mismo. (...) ¿Recuerdas las últimas palabras, en su lecho de muerte, del curé de campagne de Bernanos? “Todo es gracia”, todo es Providencia, nada es casual, cada uno, por anónimo y abandonado que se crea, ha sido querido -precisamente él- por un Padre que no abandona a ninguno de sus hijos” (Messori V. Por qué creo. Libros libres. Barcelona 2009, 159).
3. El Maestro concluye su explicación con un rotundo corolario: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. San Juan Crisóstomo glosa estas palabras diciendo que “no es nuestro afán, sino la Providencia de Dios, la que lo hace todo, aún aquellas cosas que aparentemente realizamos nosotros. Si Él nos abandona, (…) todo se perderá irremediablemente”.
En ese sentido, predicaba San Josemaría: “Si viviéramos más confiados en la Providencia divina, seguros -¡con fe recia!- de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas preocupaciones o inquietudes nos ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, de los hombres mundanos, de las personas que carecen de sentido sobrenatural. Querría, en confidencia de amigo, de sacerdote, de padre, traeros a la memoria en cada circunstancia que nosotros, por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro, todo poderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón; querría grabar a fuego en vuestras mentes que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá. Creedme que sólo así nos conduciremos como señores de la Creación y evitaremos la triste esclavitud en la que caen tantos, porque olvidan su condición de hijos de Dios, afanados por un mañana o por un después que quizá ni siquiera verán” (Amigos de Dios, n. 116).
 Abandono en la Providencia divina. Buscar el Reino de Dios y su justicia, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá. No olvidar nuestra dignidad de hijos de Dios. En estos días me contaba una madre, buena cristiana, que estaba muy contenta porque su hijo siempre se refería a Dios al hacerle preguntas: “¿por qué Dios hizo tantas estrellas?, ¿por qué nos hizo con uñas en los dedos?” Ojalá no olvidemos que Dios no solo nos hizo, sino que también nos sigue cuidando, más que a los lirios del campo o a las aves del cielo.
También es importante recordarlo cuando sintamos la propia debilidad, cuando pensemos que no somos capaces con nuestras pobres fuerzas de alcanzar esa intimidad con Dios a la que nos llama. Si Dios es mi Padre, ¿a quién podré temer? Me parecen muy oportunas otras palabras íntimas de San Josemaría: “Cuando me siento capaz de todos los horrores y de todos los errores que han cometido las personas más ruines, comprendo bien que puedo no ser fiel... Pero esa incertidumbre es una de las bondades del Amor de Dios, que me lleva a estar, como un niño, agarrado a los brazos de mi Padre, luchando cada día un poco para no apartarme de Él. Entonces estoy seguro de que Dios no me dejará de su mano. "¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré"” (Via Crucis, 14.5)
Acudamos a la Santísima Virgen para que nos alcance del Señor la gracia de estar desprendidos de los bienes materiales, de nuestras propias capacidades, y de estar abandonados en la Providencia de nuestro Padre Dios, que siempre quiere lo mejor para nosotros. Que busquemos el Reino de Dios y su justicia, seguros de que todo lo demás se nos dará por añadidura.

lunes, diciembre 03, 2007

Hija de Dios Padre


Novena Inmaculada, 4o. Día.

Estamos ya en el cuarto día de la Novena en honor de la Inmaculada Concepción de María. San Lucas narra en su Evangelio que el ángel saluda a María con una expresión muy peculiar, “jaire, kejaritomene”: “alégrate, llena de gracia”. Juan Pablo II comenta que la traducción más adecuada sería: “alégrate, tú que has sido hecha llena de gracia”, o “colmada de gracia”, lo cual indicaría claramente que esa situación suya se trata de un don hecho por Dios a la Virgen. Ese mismo verbo lo usa San Pablo para indicar la abundancia de gracia que nos concede el Padre en Hijo amado. María la recibe como primicia de la redención. El papa Magno concluye que “en María, la gratuidad de la misericordia divina alcanza su grado supremo. En ella, la predilección de Dios, manifestada al pueblo elegido y en particular a los humildes y a los pobres, llega a su culmen”. Ella es la hija predilecta de Dios Padre. 

Vamos a contemplar en este día ese regalo de Dios a los seres humanos: la justificación del pecado, la elevación a la categoría de hijos de Dios que comienza con la Encarnación de Jesús en las purísimas entrañas de la Virgen María. Gracias, Madre nuestra, porque con tu vida nos has abierto las puertas a la vida de hijos de Dios, de la filiación divina. Gracias, Señor porque has querido llamarnos hijos, y que de verdad lo seamos. 

Esta dimensión de la vida cristiana, escribe J. Sesé, no solo conduce a una respuesta generosa de amor a Dios, sino que va dando también al alma luces importantísimas sobre el mismo Dios. Cuando descubro que Dios es mi papá, me doy cuenta de que debo portarme como un hijo bueno de un padre buenísimo. Dicho en términos técnicos, la verdadera conciencia de la filiación divina ayuda a captar de modo profundo la intimidad de Dios: “es la conciencia no sólo de que es mi Padre y mi Dios, sino mi Dios-Padre, que me entrega como propios a su Hijo y, con Él, a su Espíritu”. Se entiende, de este modo, “el equilibrio entre trascendencia y cercanía de Dios, entre su grandeza y su sorprendente anonadamiento para ser mío, nuestro”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer decía que la filiación divina es el fundamento de la vida espiritual. Y no lo decía como fruto de un estudio concienzudo de las categorías teológicas correspondientes –él, que fue también un gran teólogo-, sino debido a una experiencia mística que el Señor le dio para que la transmitiera al mundo contemporáneo. 

Dejemos que él mismo nos cuente cómo fue esa enseñanza de Dios para nosotros: “Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico y tomé el tranvía. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa”. “Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Probablemente hice aquella oración en voz alta. Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca”.

El biógrafo dice que, con esta experiencia mística, el Señor le hizo entender que la conciencia de la filiación divina había de estar en la entraña misma de la Obra: “Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos..., en la calle y en un tranvía —una hora, hora y media, no lo sé—; Abba, Pater!, tenía que gritar. Hay en el Evangelio unas palabras maravillosas; todas lo son: nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar (Matth XI, 27). Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos y que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo”.

Hijos de Dios. Como dice Sesé, “a pesar de la pobreza de toda comparación de este estilo, ayuda a entender y explicar ese sentimiento íntimo de los santos ante el amor de Dios que supera el abismo abierto por su condición humana y su miseria personal, la imagen, repetida de formas diversas en la literatura, de la pobre doncella de la que se enamora un gran príncipe, o del pordiosero despreciado por todos que descubre un buen día, con gran asombro, que su verdadero padre es el rey”. Hijos de Dios. Hijos de María. 

También resuenan en nuestra alma los compromisos que conlleva esa condición inmerecida: Los hijos... ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza! Y tú... ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios? (Camino 265). 

El fundador del Opus Dei decía que los frutos naturales del esfuerzo por sentirse hijos de Dios —los propósitos que queremos formular hoy para nuestra vida— son el amor a la contemplación y el espíritu de oración (cfr. Zac., XII, 10), el hambre y la sed de vida interior, la confianza filial en la paternal Providencia de Dios y una entrega serena y alegre a la divina Voluntad. Ese esfuerzo renovado debe convertirse también — traducido en la práctica— en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Dios como hijos suyos queridísimos (cfr. Eph., V, 1) y de ordenar la propia vida plenamente y por entero a la santidad (cfr. Rom., VIII, 29), precisamente en el mundo y en la profesión propia de cada uno, a semejanza de Jesucristo.

Nuestra última consideración nos va a llevar de la paternidad divina a la maternidad mariana. Pero dejemos la palabra a San Luis María Grignion de Montfort, citado de nuevo por Sesé: "Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María (…) El mundo era indigno -dice San Agustín- de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de manos del Padre, quien lo entregó a María para que el mundo lo recibiera por medio de Ella. Dios Hijo se hizo hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido su consentimiento por medio de uno de los primeros ministros de su corte".

Como consecuencia de esta consideración, en el amor maternal de María sentiremos y comprenderemos mejor, de forma viva y muy "humana", el amor paternal de Dios, del que ella participa de forma singular; y particularmente en sus manifestaciones "maternales". Como dice el mismo San Luis María Grignion de Montfort: "Esta Madre del Amor Hermoso quitará de tu corazón todo escrúpulo y temor servil desordenado y lo abrirá y ensanchará para correr por los mandamientos de su Hijo con la santa libertad de los hijos de Dios, y encender en el alma el amor puro, cuya tesorera Ella es. De modo que en tu comportamiento con el Dios-Caridad ya no te gobernarás -como hasta ahora- por temor, sino por amor puro. Lo mirarás como a tu Padre bondadoso, te afanarás por agradarle incesantemente y dialogarás con Él confidencialmente como un hijo con su cariñoso Padre. Si, por desgracia, llegaras a ofenderlo, te humillarás ahí mismo delante de Él, le pedirás perdón humildemente, tenderás hacia Él la mano con sencillez, te levantarás de nuevo amorosamente, sin turbación ni inquietud, y seguirás caminando hacia Él, sin descorazonarte".