Camino de Jerusalén, san Lucas aprovecha
para enunciar las principales enseñanzas de Jesucristo: después de la parábola del
buen samaritano y de la acogida del Señor por parte de Marta y de María, presenta
al Maestro en una actitud que a los discípulos les impresionaba especialmente
(11,1): Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar… El
Señor les da ejemplo de diálogo con el Padre.
Toda la Sagrada Escritura es cátedra de oración: en el
Antiguo Testamento aparece desde
las primeras páginas, en el dramático
diálogo del Señor con Adán y Eva, antes y después del pecado original. Pero, como
dice el
Catecismo, «la oración se revela sobre todo a partir de nuestro padre Abraham» (n.2569). Un
ejemplo de la oración de este
patriarca aparece en el capítulo 18 del Génesis (vv.20-32).
Antes había acogido a Dios en Mambré, y había recibido la promesa de la concepción
de su hijo Isaac. Ahora el Señor le anuncia el castigo para las ciudades pecadoras
de Sodoma y Gomorra. Y Abraham intercede por ellas, pensando que morirán justos
con pecadores: Abrahán se acercó y le dijo: «¿Es que vas a destruir al
inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los
destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos
de ti tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del
inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no
hará justicia?». El Señor contestó: «Si encuentro en la ciudad de Sodoma
cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos». Sabemos
que la negociación continúa, bajando los requisitos a cuarenta y cinco, a cuarenta,
a treinta, a veinte, hasta llegar a la exigencia de diez justos —que tampoco se alcanzó—.
El diálogo entre Dios y Abraham muestra
la confianza que debe mantener la persona cuando habla con el Señor, pidiéndole
lo que ve más oportuno, insistiéndole si ve difícil lo que pide, hasta llegar a
identificarse con la voluntad divina: «habiéndole confiado Dios su Plan, el corazón
de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y
se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza» (n.2571). Esos son
los principales frutos de la vida de oración: estar en armonía con el Señor, mirar
nuestra realidad con sus ojos, acoger las contradicciones con su amor misericordioso.
En este contexto de la revelación,
san Lucas muestra que hemos llegado a la plenitud de los tiempos al contemplar el diálogo del Hijo de Dios con su Padre: Una vez que estaba
Jesús orando en cierto lugar... El Catecismo comenta que «es, sobre todo, al
contemplar a su Maestro en oración, cuando el discípulo de Cristo desea orar. Entonces,
puede aprender del Maestro de la oración. Contemplando y escuchando al Hijo, los
hijos aprenden a orar al Padre» (n.2601). Podemos preguntarnos qué tanto contemplamos
y escuchamos a Jesús, si lo tenemos como nuestro modelo de oración. O si, por el
contrario, los afanes del mundo nos apartan del diálogo y la cercanía con el Maestro.
¿No es verdad que queremos aprender a orar como Jesús?
Pidámosle con confianza, como hicieron los apóstoles: cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Acostumbrémonos
a dirigirnos así al Maestro. Pidámosle que nos enseñe a orar, a abandonarnos en
la misericordia del Padre. La
respuesta de Jesús es uno de los textos más importantes de la historia: Él
les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu
reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados,
porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer
en tentación”».
El Compendio del Catecismo no ahorra elogios para esta
oración: El Padrenuestro es «el resumen de
todo el Evangelio» (Tertuliano); «es la más perfecta de todas las oraciones» (Santo
Tomás de Aquino), es el corazón de las Sagradas Escrituras (nn.2761-2776). Uno de
los mejores comentarios que se han escrito recientemente sobre la oración dominical
está en el libro «Jesús de Nazaret», de Benedicto XVI. Por ejemplo, explica la estructura
de esta oración: «Consta de una invocación inicial y siete peticiones. Tres
de éstas se articulan en torno al “Tú” y cuatro en torno al “nosotros”. Las tres primeras se refieren a la causa misma
de Dios en la tierra; las cuatro siguientes tratan de nuestras esperanzas, necesidades
y dificultades. Se podría comparar la relación entre los dos tipos de peticiones
del Padrenuestro con la relación entre las dos tablas del Decálogo, que en el fondo
son explicaciones de las dos partes del mandamiento principal —el
amor a Dios y el amor al prójimo—, palabras clave que nos guían por el camino del amor»
(2007, p.168).
Y cuenta una historia que ayuda a entender mejor los compromisos
que conlleva rezar bien el Padrenuestro: «Había un staretz
ortodoxo que insistía en hacer entonar el Padrenuestro siempre con las últimas palabras,
para ser dignos de finalizar la oración con las palabras del comienzo: Padre
nuestro. De este modo —explicaba el staretz—, se recorre el camino
pascual: se comienza en el desierto con las tentaciones, se vuelve a Egipto,
luego se recorre la vía del éxodo con las estaciones del perdón y del maná de Dios
y, gracias a la voluntad de Dios, se llega a la tierra prometida, al Reino de Dios,
donde Él nos comunica el misterio de su Nombre: Padre nuestro» (Ibidem).
Dirigirnos al Padre nos hace entrar en su misterio con
asombro siempre nuevo, y despierta en nosotros el deseo de comportarnos como hijos:
«Notad lo sorprendente de la respuesta: los discípulos conviven con Jesucristo
y, en medio de sus charlas, el Señor les indica cómo han de rezar; les revela el
gran secreto de la misericordia divina: que somos hijos de Dios, y que podemos entretenernos
confiadamente con Él, como un hijo charla con su padre» (AD, 145). Jesús enseña
el fundamento de la vida espiritual cristiana, saberse hijos de Dios. Es famosa
la anécdota de la hija de un rey de Francia, que trataba de modo muy duro a su joven
asistenta. Un día, irritada, la princesa le dijo: «¿No sabes que soy la hija de
tu rey?» La joven mucama le respondió con calma: «Y, ¿tú no sabes que yo soy la
hija de tu Dios?» (Eugui, 1991, p.47).
San
Josemaría fue un predicador incansable de esta verdad. De sus apuntes íntimos tenemos un testimonio
que nos puede ayudar para nuestra oración personal: invita a «saborear» la verdad de saberse hijo de Dios,
hermano de Jesucristo y de toda la humanidad. De ese modo crecerán la fe, la esperanza
y el amor: «Tenía por costumbre, no pocas veces, cuando era joven, no emplear ningún libro para la meditación.
Recitaba, paladeando, una a una, las palabras del Pater Noster, y me detenía
—saboreando— cuando consideraba que Dios era Pater, mi Padre, que me debía
sentir hermano de Jesucristo y hermano de todos los hombres. No salía de mi asombro,
contemplando que era ¡hijo de Dios! Después de cada reflexión me encontraba más
firme en la fe, más seguro en la esperanza, más encendido en el amor. Y nacía en
mi alma la necesidad, al ser hijo de Dios, de ser un hijo pequeño, un hijo menesteroso.
De ahí salió en mi vida interior vivir mientras pude —mientras puedo— la vida de
infancia, que he recomendado siempre a los míos, dejándolos en libertad» (Carta, 8-XII-1949, n.41, citado por
Vázquez de Prada, 2010, p.404).
Jesucristo complementa su enseñanza, insistiendo en la
eficacia de la oración, con dos historias sobre peticiones impertinentes y concluye:
Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el
que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. En conclusión, hemos
de dirigirnos a nuestro Padre Dios para que nos aumente la fe en la omnipotencia
de la petición confiada. «Todas las
cosas que pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán (Mc 11,24). ¡Se os concederán! Son palabras
que recogen una seguridad para nosotros. Ha hablado su Hijo, ¡su Hijo que no puede
mentir!, y, de nuestra parte, se necesita fe. Una fe que ya tenemos, ¡por eso venimos
a pedir!; pero, además, con esa petición, le decimos: adauge nobis fidem! (Lc 17,5). Hay que insistir,
una y otra vez, siempre, como cuando éramos pequeños con nuestras madres, ¡igual!»
(San Josemaría, Apuntes de la oración, 17-V-1970. Citado por
Echevarría, Carta pastoral, 1-V-2010).
Ya que ha venido hablando de filiación
divina, Jesucristo explica cuál es la donación más grande que nos hará el Padre
celestial: Si vosotros,
pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el
Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? Comenta san Basilio que «Por la comunión con él, el Espíritu
Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de
los Cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y
de participar en la gracia de Cristo, de ser llamado hijo de la luz y de tener parte
en la gloria eterna» (cfr. Catecismo, n.736).
Al
Paráclito le pedimos que nos aumente la fe, la esperanza y la caridad para orar
como hijos —con
la audacia de Abraham, con la confianza de Jesús—. Le presentamos esta súplica por medio
de la intercesión de la Virgen María, maestra de oración: «Es nuevamente Jesucristo el
que habla, según nos ha dejado escrito san Lucas. Nos lo ha dicho así de claro,
para que no lo olvidemos: al que pide,
se le dará (Lc 11,10). Por tanto, hemos
de seguir pidiendo, y hemos de atrevernos a pedir con confianza, exigiendo. Para
eso hemos venido aquí, y para eso hemos de esforzarnos, de modo que nuestra oración
sea constante, llena de tozudez. Madre nuestra, habla Tú por nosotros, y llévanos
a pedir siempre más»
(San Josemaría, Apuntes de la oración en la Villa de Guadalupe, 17-V-1970. Citado
por J. Echevarría, Carta pastoral, 1-V-2010).
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