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sábado, septiembre 30, 2006

Manchada y hermosa



Inclusive en las empresas más grandes, como pueden ser las instituciones divinas, se nota el influjo del pecado original. Puede verse en el Antiguo Testamento, cuando Moisés repartió su espíritu a los setenta ancianos (Números 11,25-29). Poco después de este hecho, otros dos elegidos, que no estaban en el grupo inicial, comenzaron a profetizar. Entonces Nun le pidió a Moisés que prohibiera esas profecías. La respuesta de Moisés invita a superar la soberbia del exclusivismo carismático: "¿Tienes celos de mí? ¡Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!". En el Nuevo Testamento ocurre una situación similar. El capítulo noveno de Marcos narra cómo Juan se acercó al Señor con la misma petición del ayudante de Moisés: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos". Jesús le respondió: "No se lo prohibáis, porque ninguno que haga milagros en mi nombre puede hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a nuestro favor”.

En estas escenas vemos un defecto posible y quizá frecuente: los celos apostólicos. Pero también ocurren otros pecados, algunos notorios y otros que quizá no se ven públicamente, pero que también nos hacen daño (por eso, en el salmo 18 se le pide al Señor: ¿Quién conoce sus propios errores? Purifícame tú de las faltas ocultas. Protégeme también del orgullo, que jamás me domine). El Cardenal Ratzinger solía citar al respecto un pasaje del Cantar de los Cantares: “nigra sum, sed formosa”, tengo manchas pero soy hermosa, y aplica esa frase a la realidad de la Iglesia, que es santa –porque su Autor es el Dios tres veces santo- pero está compuesta por pecadores. Es lo que se repite cada día en la Eucaristía, cuando la liturgia invita a pedir: “no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”.

El mismo Cardenal Ratzinger hacía ver, en el Viacrucis del Coliseo Romano unos meses antes de ser elegido Papa, el daño tan grande que nuestros pecados le hacen a la Iglesia: “¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. (…) ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (Cf. Mt 8,25)”.

La oración colecta del Domingo XXVI contempla el tema del pecado desde otra perspectiva: la misericordia divina: “Dios nuestro, que con tu perdón y tu misericordia nos das la prueba más delicada de tu omnipotencia; apiádate de nosotros, pecadores, para que no desfallezcamos en la lucha por obtener el cielo que nos has prometido”. Y en la Antífona de entrada se había dirigido a Dios la siguiente oración: “Podrías hacer recaer sobre nosotros, Señor, todo el rigor de tu justicia, porque hemos pecado contra ti y hemos desobedecido tus mandatos; pero haz honor a tu nombre y trátanos conforme a tu inmensa misericordia”. El tema del mal en el mundo siempre es motivo de escándalo. Y lo es más aún si los que escandalizan son los que deberían dar ejemplo de buen comportamiento, como sigue diciendo el pasaje de Marcos que venimos meditando: “Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar”.

Son palabras duras, que pueden sembrar inquietud en quienes notan en sí mismos o a su alrededor la suciedad, el pecado, la tentación. Para quien es hijo de Adán y Eva parece imposible no estar manchado. Y, al mismo tiempo, la llamada del Señor es a la santidad, a la perfección que –según lo que venimos diciendo- parece inalcanzable. Pero es importante insistir en que la última palabra no es el mal sino el bien, no es Adán sino Cristo, no es el pecado sino el perdón. Ante la realidad del mal en el mundo hemos de insistir en la llamada de Cristo a la reconciliación con Él. Y si vemos en otras personas que su respuesta no es la mejor, podemos desagraviar –sin juzgarle, pues “el que juzga es el Señor”, como dice San Pablo- con el esfuerzo por convertirnos de nuevo, por entregarnos más, por rezar con más intensidad y constancia, y por renovar las realidades de un apostolado mayor en extensión e intensidad.

El Cardenal Ratzinger terminaba la contemplación de la novena estación del Viacrucis con una plegaria luminosa:
“Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podamos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos”.