
Inclusive en las empresas más grandes, como pueden ser las instituciones divinas, se nota el influjo del pecado original. Puede verse en el Antiguo Testamento, cuando Moisés repartió su espíritu a los setenta ancianos (Números 11,25-29). Poco después de este hecho, otros dos elegidos, que no estaban en el grupo inicial, comenzaron a profetizar. Entonces Nun le pidió a Moisés que prohibiera esas profecías. La respuesta de Moisés invita a superar la soberbia del exclusivismo carismático: "¿Tienes celos de mí? ¡Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!". En el Nuevo Testamento ocurre una situación similar. El capítulo noveno de Marcos narra cómo Juan se acercó al Señor con la misma petición del ayudante de Moisés: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos". Jesús le respondió: "No se lo prohibáis, porque ninguno que haga milagros en mi nombre puede hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a nuestro favor”.
En estas escenas vemos un defecto posible y quizá frecuente: los celos apostólicos. Pero también ocurren otros pecados, algunos notorios y otros que quizá no se ven públicamente, pero que también nos hacen daño (por eso, en el salmo 18 se le pide al Señor: ¿Quién conoce sus propios errores? Purifícame tú de las faltas ocultas. Protégeme también del orgullo, que jamás me domine). El Cardenal Ratzinger solía citar al respecto un pasaje del Cantar de los Cantares: “nigra sum, sed formosa”, tengo manchas pero soy hermosa, y aplica esa frase a la realidad de
El mismo Cardenal Ratzinger hacía ver, en el Viacrucis del Coliseo Romano unos meses antes de ser elegido Papa, el daño tan grande que nuestros pecados le hacen a
La oración colecta del Domingo XXVI contempla el tema del pecado desde otra perspectiva: la misericordia divina: “Dios nuestro, que con tu perdón y tu misericordia nos das la prueba más delicada de tu omnipotencia; apiádate de nosotros, pecadores, para que no desfallezcamos en la lucha por obtener el cielo que nos has prometido”. Y en
Son palabras duras, que pueden sembrar inquietud en quienes notan en sí mismos o a su alrededor la suciedad, el pecado, la tentación. Para quien es hijo de Adán y Eva parece imposible no estar manchado. Y, al mismo tiempo, la llamada del Señor es a la santidad, a la perfección que –según lo que venimos diciendo- parece inalcanzable. Pero es importante insistir en que la última palabra no es el mal sino el bien, no es Adán sino Cristo, no es el pecado sino el perdón. Ante la realidad del mal en el mundo hemos de insistir en la llamada de Cristo a la reconciliación con Él. Y si vemos en otras personas que su respuesta no es la mejor, podemos desagraviar –sin juzgarle, pues “el que juzga es el Señor”, como dice San Pablo- con el esfuerzo por convertirnos de nuevo, por entregarnos más, por rezar con más intensidad y constancia, y por renovar las realidades de un apostolado mayor en extensión e intensidad.
El Cardenal Ratzinger terminaba la contemplación de la novena estación del Viacrucis con una plegaria luminosa: “Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podamos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos”.
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