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lunes, enero 09, 2017

Navidad y Cruz

El misterio de la Navidad, con la explosión de alegría y de paz que le caracteriza, tiene un aspecto que es poco mencionado: el dolor que porta desde el primer momento.
Jesucristo se encarna en unas coordenadas históricas concretas, y esa realidad histórica también incluía que, como fruto amargo del pecado original, el ser humano experimentara el dolor y el sufrimiento sin mayor sentido que el de la necesaria, pero insuficiente, reparación a Dios por los pecados de todos los tiempos.
Sin embargo, Jesús, el Salvador —ese es el significado de su nombre—, vino precisamente para liberarnos de esas cadenas del pecado, para justificar nuestras culpas y para asociarnos a su redención. Por eso vemos que toda su existencia, también la infancia y la vida oculta, está marcada con la señal de la Cruz, a la que están siempre unidos los que le están cercanos.
Ya en los prolegómenos de su venida, cuando el Ángel Gabriel le anuncia a Zacarías la concepción de su hijo, que será el precursor del Mesías, la falta de fe del anciano sacerdote le ocasiona quedarse mudo hasta el nacimiento de su hijo.
Para María de Nazaret tampoco fue sencilla, ni exenta de contradicciones, la decisión de permanecer virgen al ver que Dios la llamaba por ese camino, pues quedaba expuesta a las burlas de sus coterráneas por no ser capaz de engendrar al Mesías.
Al recibir el mensaje del Ángel en la Anunciación, experimentó otro dolor: la posibilidad de perder el apoyo de José. Ese silencio prudente, de guardar para sí el misterio de la Encarnación del Verbo en su vientre, nos habla de otra dimensión del espíritu de penitencia: la mortificación interior, la lucha por controlar la imaginación, la memoria, la curiosidad:
«Si la imaginación bulle alrededor de ti mismo, crea situaciones ilusorias, composiciones de lugar que, de ordinario, no encajan con tu camino, te distraen tontamente, te enfrían, y te apartan de la presencia de Dios. —Vanidad.
Si la imaginación revuelve sobre los demás, fácilmente caes en el defecto de juzgar —cuando no tienes esa misión—, e interpretas de modo rastrero y poco objetivo su comportamiento. —Juicios temerarios.
Si la imaginación revolotea sobre tus propios talentos y modos de decir, o sobre el clima de admiración que despiertas en los demás, te expones a perder la rectitud de intención, y a dar pábulo a la soberbia.
Generalmente, soltar la imaginación supone una pérdida de tiempo, pero, además, cuando no se la domina, abre paso a un filón de tentaciones voluntarias.
—¡No abandones ningún día la mortificación interior!» (S, n. 135).
Inmediatamente después de la Anunciación, María subió a visitar a la prima Isabel, con un viaje sacrificado, al que siguieron las contradicciones propias del trabajo doméstico en una casa ajena, al servicio de dos personas ancianas: la prima embarazada y el esposo mudo.
Sin embargo, la actitud de María no es de queja por el destino que el Señor le ha marcado. Al contrario, descubre en aquellas tribulaciones el amor de Dios, y por eso reacciona siempre con alegría, con una sonrisa que se explaya en el canto del Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Las contradicciones, bien llevadas, con amor de Dios, deben manifestarse en el rostro alegre: «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con Él y de tenerlo» (S, n. 95).
Como esa Cruz va cayendo sobre los seres más amados, el patriarca san José también la recibió. Entre sus famosos «dolores y gozos», destaca el dolor de dejar a María, de apartarse —en su humildad— ante el misterio de la concepción virginal, del cual se consideraba indigno de participar. Después de la confirmación de su papel como padre putativo de Jesús por parte del Ángel (le pondrás por nombre Jesús) llegó un nuevo viaje, el ascenso a Belén para cumplir humildemente con los caprichos del emperador extranjero, el censo.
La estrella de Belén y el coro de la legión angelical, que acompañaron el Nacimiento de Jesús, no lograron opacar o esconder la pobreza y humildad, el sacrificio del Verbo eterno, ya no solo al abajarse al nivel del ser humano, sino al nacer como el más pobre de los pobres, entre los animales. Se cumplen desde el primer momento las palabras de san Efrén el sirio: «la divinidad se escondió bajo la humanidad para poder llegar hasta la muerte» (Sermo de Domini Nativitate).
Uno podría pensar que la visita de los magos, con el oro que portaban como ofrenda al verdadero Rey y Dios, sería una nota de alegría en medio de un panorama tan oscuro. La verdad es que, cuando se tiene vida sobrenatural, el dolor forma parte del gozo, como las sombras resaltan la luz en una pintura o los silencios fortalecen las grandes sinfonías: la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz (Cf. ECP, n. 43; F, n. 28). Además, en medio de las dificultades, María y José eran conscientes de que estaban cumpliendo la voluntad del Padre, ¡qué mejor motivo de alegría! Y tenían como bálsamo nada menos que el amor de Jesús.
Don Julián Herranz (2011, p. 157) cuenta una anécdota que ilustra esta verdad: un día, mientras predicaba, san Josemaría lo interrumpió de modo extraordinario, pues casi nunca lo hacía, porque había dicho reiteradamente la palabra «tribulaciones”: «Tribulaciones, tribulaciones… No, hijo mío. Esa palabra no me gusta: con frecuencia sirve para disimular la falta de Amor». No dijo más. El futuro cardenal Herranz terminó la meditación en un tono menos sombrío, y al salir del oratorio, san Josemaría le pidió disculpas con una sonrisa por haberle interrumpido, y le explicó: «Es que las almas poco generosas consideran tribulaciones lo que en realidad es una bendición divina, porque el Señor bendice con la Cruz».
Volviendo a la Epifanía, vemos que, junto con el oro —que serviría poco después para paliar las dificultades del traslado e instalación en Egipto—, los magos también portaron incienso, como signo de admiración al Dios hecho Niño, sumo sacerdote, pero además llevaron mirra, «que profetizaba su muerte y sepultura» (LH). Acerca de este presente, san Josemaría explicaba que la mirra es la mortificación, amar la Cruz, saberse fastidiar gustosamente por Cristo, aunque cueste y porque cuesta:
«esa mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición... Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos —contrariedades, dificultades, sinsabores—, a lo largo de cada día» (ECP, n. 37).
Es lo que vemos en la vida cotidiana de la sagrada Familia. Como si los problemas que hemos visto hasta ahora fueran pocos, más adelante tuvieron que partir hacia Egipto, huyendo del peligro certero de muerte a causa de la soberbia asesina de Herodes. Parece como si, con el martirio de los inocentes, el diablo quisiera vengarse, al intuir que la redención se estaba empezando a actuar en el mundo. La respuesta de José es otra materialización de la cruz: la obediencia, que es «la humildad de la voluntad, que se sujeta al querer ajeno, por Dios» (S, n. 259).
La existencia de la Sagrada Familia fue una vida de desplazados, de inmigrantes. Y cuando lograron estar instalados, después de unos años viviendo en África, llegó el momento de regresar a casa, para recomenzar de nuevo. Si sufrimos solo con imaginarlo, ¡cómo habría sido de duro el vivirlo!: Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
Aunque cueste, da tranquilidad saber que se cumple la voluntad de Dios. Pero andar por esa vía no quiere decir que se encuentre libre de obstáculos. Casi podríamos decir que sucede al contrario: "Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret". En esas circunstancias, sería fácil reaccionar de mala manera, preguntándose qué sentido tendría tanta contradicción. Pues resulta que lo tiene, aunque a veces no nos enteremos a las primeras de cambio. Fue lo que sucedió en este caso: "Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno".
En Nazaret vivirían el martirio de la vida ordinaria, materializado ya no en las grandes vicisitudes que hemos contemplado, sino en la lucha diaria por crecer en virtudes: el ejemplo, el servicio, el trabajo, la oración, el amor mutuo. Y por esa razón, la Sagrada Familia es el mejor modelo para tomar la Cruz de cada día en nuestra vida ordinaria:
«no seremos santos, si no nos unimos a Cristo en la Cruz: no hay santidad sin Cruz, sin mortificación. Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia» (San Josemaría, Carta 24-III-1930, n. 15. Citado por Berglar, P. [1987]. Opus Dei. Madrid: Rialp, p. 100).
En medio de ese martirio ordinario, hubo un evento que marcó la historia de la Sagrada Familia; tanto, que la lglesia lo toma como uno de los misterios gozosos del Rosario: la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo, a los doce años. ¡Cuánto habrán padecido María y José!, no echándose mutuamente la culpa de la pérdida, sino haciéndose responsables personalmente, y sufriendo por el dolor de los otros dos: del cónyuge y del hijo. San Juan Pablo II, meditando sobre esta escena, dice que la Virgen no riñó a Jesús, sino que lo observó con «mirada interrogadora». El misterio de la Cruz sigue aleteando sobre la historia de ese hogar: «La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, “no comprendieron” sus palabras (Lc 2, 50)» (RVM, n. 20).
Más adelante vendría la muerte de José, el cambio de circunstancias familiares. Una nueva dificultad para el proyecto evangelizador que Jesús habría previsto, una nueva ocasión de crecer en gracia y sabiduría, en identificación con la voluntad del Padre.
Y para no seguir en esta meditación hasta el holocausto perfecto que fue el sacrificio en la Cruz —tema que consideramos con profundidad en Semana Santa—, podemos quedarnos en el bautismo de Jesús, que es la fiesta con la cual la Iglesia concluye el periodo navideño. Las representaciones orientales de este misterio de la vida de Cristo dibujan a Jesús, al descender al Jordán, como si se acostara en un ataúd. De esa manera significan la dimensión sacrificial del bautismo.
Benedicto XVI explicaba el sentido profundo de este pasaje de la vida de Cristo, que «se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su “bautismo”. En efecto, al morir se “sumergió” en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna» (Ángelus, 13-01-2008).

En muchos de estos pasajes, los evangelistas concluyen diciendo que María conservaba todas estas cosas en su corazón. Acudamos a Ella, para terminar este rato de meditación: «Supliquemos hoy a Santa María que nos haga contemplativos, que nos enseñe a comprender las llamadas continuas que el Señor dirige a la puerta de nuestro corazón. Roguémosle: Madre nuestra, tú has traído a la tierra a Jesús, que nos revela el amor de nuestro Padre Dios; ayúdanos a reconocerlo, en medio de los afanes de cada día; remueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que sepamos escuchar la voz de Dios, el impulso de la gracia» (ECP, n. 174).

sábado, febrero 04, 2012

Remedios para el dolor

La historia del Santo Job es emblemática, pues este hombre es la víctima por antonomasia del sufrimiento y la injusticia. Su historia es difícil, pues incluso pone en tela de juicio la bondad de Dios, que permite el dolor del inocente. Es lo que vemos en la réplica a un amigo, en la que manifiesta la oscuridad de una vida sin esperanza (Jb 7,1-4.6-7): He tenido que afrontar meses inútiles, me asignan noches de dolor; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Cuando anochece me lleno de pesares hasta el amanecer. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza.

En este soliloquio, Job se queja de que la vida humana es un espacio para sufrir. Parece un servicio militar, el trabajo de un jornalero o incluso la esclavitud. Si todo ser humano tiene asignado un tiempo, el de Job es desdichado. El retrato que nos presenta de su sufrimiento es lamentable. Por eso, es un libro muy contemporáneo: el dolor es una de las constantes humanas de todos los tiempos. Cada generación, al contemplar los lamentos de Job, se siente retratada en ellos.

¿Por qué permite Dios el sufrimiento? Es fácil entender que el dolor tenga un efecto redentor en los malvados, pero ¿por qué sufren también los inocentes? ¿Qué sentido tiene la presencia del mal en el mundo? Son preguntas que laceran la conciencia de muchas personas, que las ponen a veces en contra del Señor. En algunas ocasiones, parece que justificaran la pelea –transitoria o definitiva- con Él.

Estamos haciendo nuestra oración, y quizá es un buen momento para pensar en los dolores que nos aquejan. Las personas jóvenes quizá tengan pocos problemas: recuerdo el caso de uno que consultó al médico porque tenía problemas para dormirse. Al hacerle la historia clínica, resultó que ¡tardaba unos diez minutos en conciliar el sueño! Cuando hay personas que gastan varias horas procurando dormir, o  que incluso pasan la noche en vela, ese problema es envidiable. Bromas aparte, cada uno tiene su talón de Aquiles: el riñón, el corazón, la tiroides, un tobillo, que incomodan el diario trajinar.

Pero no solo se trata del sufrimiento físico, son más dolorosas las penas espirituales: pérdidas, humillaciones, engaños, pobreza, injusticias… Estos dolores son más profundos, y es más difícil desarraigarlos del alma. Esa es la causa de una enfermedad muy dura: el resentimiento, que cuesta mucho desterrar y genera más daño aún en quien la padece.

Vamos hablando con el Señor y contándole nuestras dificultades. En el segundo grupo de sufrimientos que hemos mencionado, también se cuenta el que nos causa nuestra miseria, nuestros defectos. Cuánto sufrimos al ver que no somos capaces de superar un determinado punto de lucha, o que otra imperfección, que creíamos superada, reaparece con nuevos bríos. En el fondo, estos dolores se remontan a un pecado de base: nuestra soberbia. Nos duele saber que no somos tan buenos como quisiéramos. Nos cuesta reconocernos débiles, miserables, necesitados de ayuda para avanzar por el buen camino.

2. Pero no sigamos en esta línea, pues no se trata de apesadumbrarnos con nuestra humilde situación. Probablemente este era el estado del mundo cuando apareció en una población secundaria del imperio romano un predicador que confirmaba su doctrina con milagros. Benedicto XVI explicaba que aunque la enfermedad forma parte de la experiencia humana, no logramos habituarnos a ella, no sólo porque a veces resulta verdaderamente pesada y grave, sino fundamentalmente porque hemos sido creados para la vida, para la vida plena. Justamente nuestro "instinto interior" nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, más aún, como Vida eterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen vanas, surge en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios? El Evangelio nos ofrece una respuesta precisamente a este interrogante.

Un ejemplo es el pasaje de la jornada de Cafarnaúm, con la que San Marcos nos muestra un día típico de los inicios del ministerio de Jesús (1,29-39): En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles.

Llama la atención que, junto con la llamada a la conversión, la elección de sus discípulos y el anuncio del Reino, la primera actividad de Jesucristo sea dedicarse a curar enfermos. En este caso podríamos pensar que se trata de un favor doméstico, el cuidado de la suegra de un discípulo, pero es una de muchas curaciones: Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios.

Este pasaje evangélico ilumina nuestras reflexiones iniciales: Jesús quiso explicar, con su venida a la tierra, el sentido del dolor, del sufrimiento y la enfermedad, en la vida del ser humano. ¿Por qué le da el Señor esa primacía al remedio del dolor en su misión? - Porque forma parte de su misión redentora, de la salvación que vino a traernos. 

El Compendio del Catecismo enseña que, entre las consecuencias del pecado original, se encuentran las siguientes: “la naturaleza humana, aun sin estar totalmente corrompida, se halla herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al poder de la muerte, e inclinada al pecado” (n. 77). 

Jesús se hizo hombre “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”; es decir, para reconciliarnos con el Padre y para liberarnos de los efectos del pecado, también del sometimiento al sufrimiento y al poder de la muerte.

No quiere decir que –como vemos cada día- con su Encarnación los hombres dejáramos de enfermarnos o de sufrir, pero sí que podríamos encontrar un sentido para el dolor, descubrir su significado. El Papa Benedicto explicaba este pasaje diciendo que estas curaciones son signos: no se quedan en sí mismas, sino que guían hacia el mensaje de Cristo, nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de verdad y de amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería vida.

La explicación de cómo logra el Señor esta curación, de cómo nos enseña el sentido para nuestros sufrimientos, aparece de pasada en la escena que estamos meditando: y expulsó a muchos demonios y no les permitía hablar porque sabían quién era. Igual había sucedido en el exorcismo del mismo día por la mañana, como contemplamos la meditación anterior. Jesús rechaza el testimonio del diablo, pues su misión no se explica por el poder milagroso, sino por su muerte en la Cruz.

Ahí es donde se encuentra el sentido del dolor: en que Cristo mismo quiso asumir nuestras debilidades, darles un valor redentor, de ofrecimiento vicario por el dolor de todos los hombres. Con nuestro dolor – no solo con las enfermedades, que pueden tardar en llegar, sino con las pequeñas dificultades y contradicciones diarias, y con las mortificaciones personales que buscamos activamente en las cosas pequeñas, en el trabajo, en la vida familiar- nos hacemos partícipes de la Cruz de Cristo. Como Simón de Cirene, ayudamos a la reconciliación del mundo con Dios, pues participamos en el sacrificio que el Hijo ofreció al Padre en la Cruz y que se celebra cada día en la Misa.

Por eso la Iglesia fomenta el cuidado a los enfermos y a los pobres, huérfanos y viudas de todo el mundo, como ninguna otra institución lo ha hecho en la historia: porque sabe que en ellos está Cristo y porque conoce que lo que esas personas más necesitan es ser conscientes de esa presencia salvadora. Así se prolonga la obra de Jesús en la historia.

San Josemaría resumía la enseñanza cristiana sobre el dolor y la enfermedad: La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres (Es Cristo que pasa, n. 168).

Podemos ver en este Evangelio una llamada a que seamos un instrumento del Señor en la atención a los enfermos, a los pobres y necesitados. Quizá dedicando un tiempo de nuestra semana a visitar personas solitarias o débiles. Quizá ayudando a instituciones de caridad. O también poniendo en manos de Dios nuestra vida entera, por si quiere dedicarla al servicio de los demás. Para esos propósitos contamos con la intercesión y el ejemplo de María, que acompañó a su Hijo en su misión redentora hasta la muerte en la Cruz.