Mostrando las entradas con la etiqueta liturgia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta liturgia. Mostrar todas las entradas

lunes, agosto 06, 2012

La Transfiguración del Señor




Celebramos hoy un misterio de la vida de Cristo, que también conmemoramos todos los segundos domingos de cuaresma: la Transfiguración del Señor. Tanto en oriente como en occidente se celebra el seis de agosto, cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Cruz (catorce de septiembre), aludiendo a una tradición según la cual la Transfiguración ocurrió cuarenta días antes de la crucifixión.

La primera lectura (Dn 7,9-14) presenta la escena del juicio final. Aparece la figura del Hijo del Hombre, cuyo reinado no tendrá fin, y que el mismo Jesucristo se aplicará a Sí mismo: Durante la visión, vi que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas (…). Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin. El Salmo 96 invita a la alegría porque el Señor reina y se manifiesta como Rey: El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.

En la segunda lectura (2P 1,16-19), Pedro se pone como testigo de la divinidad de Jesucristo y esgrime como argumento de autoridad su presencia en el monte Tabor: os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo.

Pero vayamos a la narración de la escena evangélica. Leemos en la versión de San Marcos (9,2-10) que seis días después (de la confesión de Pedro), Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto. Vemos, en primer lugar, que Jesús nos enseña una vez más la importancia de la oración. Son muchas las ocasiones en que el Señor, nuevo Moisés, se retira al monte a orar.

Benedicto XVI escribe que “en la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobre el fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador”. Para estar metidos en Dios en medio del mundo, hemos de cuidar esos momentos de soledad, de ascensión hacia el Señor, que son cada una de nuestras normas de piedad.

Y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Es la manera ingenua que tiene Marcos de contarnos el suceso que deslumbró a su maestro, Pedro. Benedicto XVI continúa en la línea que veíamos antes, interpretando la transfiguración como “un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo”.

Es el misterio de Cristo, Dios y hombre verdadero, que se descubre a los tres discípulos predilectos. Un himno litúrgico lo expresa de modo poético: “En la cumbre del monte su cuerpo de barro se vistió de soles. En la cumbre del monte, excelso misterio: Cristo, Dios y hombre. En la cumbre del monte a la fe se abrieron nuestros corazones”.

San Josemaría hacía su oración contemplando este misterio: ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti! (Santo Rosario).

Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús: —Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Por los otros evangelios sabemos que Jesús hablaba con sus dos interlocutores sobre su éxodo, su próxima pasión y muerte. También la alusión a la fiesta de las tiendas habla de que Pedro entendió que “el tiempo mesiánico es, en primer lugar, el tiempo de la cruz y que la transfiguración -ser luz en virtud del Señor y con El- comporta nuestro ser abrasados por la luz de la pasión” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).

Por eso el Catecismo enseña que «por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para “entrar en su gloria” es necesario pasar por la cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías» (CCE 555).

El misterio cristológico que venimos contemplando no es completo si no se considera la pasión, que recordaremos el próximo 14 de septiembre. Por eso, el Beato Juan Pablo II decía en su carta sobre el Rosario que este misterio puede ser considerado “como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo”.

Vamos concretando propósitos. Si antes hablábamos de la vida de oración y del cuidado de las normas de piedad, ahora descubrimos la importancia de huir del escándalo la Cruz del Señor, de tomarla cada día sobre nuestros hombros. A ese fin nos invita el Prefacio de la Misa: Cristo, nuestro Señor, reveló su gloria a unos testigos elegidos, y revistió de resplandor deslumbrante aquel cuerpo, igual al nuestro, para librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz.

Las mortificaciones ordinarias. El trabajo constante, intenso, a pesar del cansancio o del desaliento. La vida en familia, el esfuerzo por aportar una sonrisa, una acogida amable, o también una corrección fraterna. Y además la generosidad para ofrecer penitencias más especiales, en esas temporadas en las que notamos más especialmente que el Señor nos invita a negarnos a nosotros mismos, a tomar nuestra Cruz cotidiana y a seguirle.

Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: —Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle. Una vez más, como en la escena del Bautismo de Jesús, se manifiesta la Trinidad. Pero también se revela la relación que en su liberalidad ha querido establecer con nosotros. Así lo expresa la colecta de la Misa: “Oh Dios, que en la gloriosa Transfiguración de tu Unigénito confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de los profetas, y prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos…”

Hijos suyos muy amados. San Josemaría caracterizó la vivencia de la filiación divina como “un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermanos suyos, hijos de Dios Padre, y de estar siempre en la presencia de Dios; filiación que lleva a vivir vida de fe en la Providencia, y que facilita la entrega serena y alegre a la divina Voluntad”. Vida de fe, de esperanza y de caridad. Virtudes que manifestamos en la oración y en la mortificación generosas, conscientes de que también nosotros somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, al que hoy contemplamos como Dios y hombre verdadero.

Terminamos nuestra meditación acudiendo a la Santísima Virgen, esperanza nuestra. Es la última enseñanza que podemos sacar de la liturgia de hoy. La parte final del Prefacio manifiesta esa otra finalidad de la transfiguración. Si la primera buscaba librar los corazones de los discípulos del escándalo de la cruz, el segundo objetivo es declarar que en todo el cuerpo de la Iglesia ha de cumplirse lo que ya resplandeció maravillosamente en su cabeza.

Por esa razón haremos en la Colecta de la Misa una súplica que ahora elevamos por la intercesión de nuestra Madre: concédenos, a tus hijos que, escuchando siempre la palabra de tu Hijo Predilecto, seamos un día coherederos de su gloria. Amén.

sábado, junio 04, 2011

Ascensión del Señor


Cuarenta días después del triduo pascual celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos. Lucas describe este evento en los Hechos de los Apóstoles de modo sucinto: mientras ellos lo observaban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos

Antes, narra el diálogo de despedida: Los que estaban reunidos allí le hicieron esta pregunta: —Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?  Él les contestó: —No es cosa vuestra conocer los tiempos o momentos que el Padre ha fijado con su poder,  sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.

Benedicto XVI explicaba que “el significado de este último gesto de Cristo es doble. Ante todo, al subir al cielo revela de modo inequívoco su divinidad: vuelve al lugar de donde había venido, es decir, a Dios, después de haber cumplido su misión en la tierra. Además, Cristo sube al cielo con la humanidad que asumió y que resucitó de entre los muertos: esa humanidad es la nuestra, transfigurada, divinizada, hecha eterna. Por tanto, la Ascensión revela la "grandeza de la vocación" (GS, 22) de toda persona humana, llamada a la vida eterna en el reino de Dios, reino de amor, de luz y de paz”.

Después de la Resurrección, la Ascensión es una glorificación más de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Su exaltación. Entregarle la gloria que siempre ha merecido, el premio a su obediencia ejemplar. El Compendio del Catecismo (n. 132) enseña, en apretada síntesis, muchas conclusiones que podemos sacar de esta escena: “Cuarenta días después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado, Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre. Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado”.

Cuarenta días. Podemos recordar la vigilia pascual de este año, la alegría de aquella noche. Ya está alejada en el tiempo. Han sucedido quizá tantas cosas que necesitamos mirar el calendario o la agenda para recordarlas. Pues lo mismo sucedió con los apóstoles: el Señor se fue apareciendo esporádicamente, para irlos acostumbrando a otro tipo de presencia, más allá de la simple física. Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo, había prometido. Pero no al lado, sino dentro: en mí y yo en él.

Durante esa cuarentena, Jesús se muestra “bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado”. Es el abajarse de Cristo para que podamos verlo, contemplarlo como un hombre más, hablar con Él, contarle nuestras cosas. Gracias, Señor, por esa humildad que te lleva a velar tu gloria. Y ayúdanos a nosotros, pobres soberbios que –al contrario- queremos exaltar nuestra poquedad.

Con la Ascensión del Señor, se descubre su gloria. Recibe la adoración que merece. Los ángeles, los santos, todas las criaturas alaban a su Creador y Redentor. Así lo canta un poema litúrgico, con el cual nosotros también expresamos nuestro gozo: “Retorna victorioso -la cruz en mano enhiesta como un cetro, como la llave que abre el paraíso-; y a su lado retornan los cautivos vueltos en gozo las lágrimas y el duelo: ¡Jesús entra en el cielo! Vuelve el Esposo santo; el hijo más hermoso de la tierra, regresa coronado de su viaje, y la Iglesia -la Esposa de su sangre- lo acompaña radiante de belleza: ¡Jesús entra en el cielo!”.

Dice el punto del Compendio que estamos meditando que, “desde entonces, el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado”.

El Señor reina. Ya en el cielo recibe el imperio de toda la creación recreada con su muerte y resurrección. Reina con esa humanidad que pasó por la tierra pero que a partir de entonces se encuentra en la merecida “gloria eterna de Hijo de Dios”. Como dice la segunda lectura (Ef 1,14-23), el Padre lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su derecha en los cielos, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación y de todo cuanto existe, no sólo en este mundo sino también en el venidero. Todo lo sometió bajo sus pies y a él lo constituyó cabeza de todas las cosas en favor de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de quien llena todo en todas las cosas.

Pero ese reino, que vino a regalarnos, no es un poderío egoísta. El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida, tenía como lema en la tierra. Y ahora, en el Cielo, continúa esa fraternal misión. Goza sirviéndonos. ¿Cómo ejerce su reinado? –Sirviendo. “Intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro”. Jesús quiere que nosotros acudamos a su ayuda, a su misericordia. Que le pidamos su gracia.

Aprovechemos este rato de oración para presentarle nuestras peticiones, las necesidades nuestras y de los demás: te pedimos, Señor, por el mundo, por la paz, por la justicia, por el perdón, por la conversión, por la Iglesia: por el Papa y sus intenciones. Por nuestros pastores, por nuestras familias, por las vocaciones. 

Intercede, Señor, ante el Padre en favor nuestro. Envíanos tu gracia para superar nuestros defectos. Para ser más generosos, mejores trabajadores, más serviciales, más apostólicos. No nos dejes caer en la tentación del egoísmo, de la sensualidad, de la pereza, del resentimiento, de la traición a tu amor.

Pero además de interceder, Jesús nos envía su Espíritu, como contemplaremos el próximo domingo. Aprovechemos para preparar esa solemnidad. Pidámosle al Divino Paráclito que nos encienda en Amor, que nos transforme a imagen de Jesús, que quite de nuestra alma todo lo que nos aparte de Él y aumente las virtudes, la oración, la caridad, la fe.

Por último, enseña el Catecismo que Jesús desde el Cielo “nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado”. Y éste es el punto en el que podemos detenernos un poco más, como lo hace la Iglesia en sus oraciones de hoy: en la colecta, pedimos “exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria y Él, que es la Cabeza de la Iglesia, nos ha precedido en la gloria a la que somos llamados como miembros de su Cuerpo”.

Y en el Prefacio nos admiramos porque “Jesús (...) no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino”. Esperanza ardiente de llegar un día junto a Él, de seguirlo en su reino, de unirnos como el cuerpo a la Cabeza. Esta certeza es la que permite al cristiano mirar el futuro con fe, con alegría. Para nosotros la muerte es un cambio de casa, la coronación de nuestro camino hacia Cristo.

Por eso las personas de fe transmiten tanta paz a la hora de la muerte, porque pueden hacer suyas las palabras de San Agustín: “No se alejó del cielo cuando descendió hasta nosotros, ni se alejó de nosotros cuando regresó hasta él. Bajó del cielo por su misericordia, pero no subió solo, puesto que nosotros también subimos en Él por la gracia. La unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza”. 

Es lo que poéticamente transmite el himno que citamos antes:"Alzad vuestra esperanza, porque ha quedado el áncora clavada; si la tormenta agita el oleaje, no se agite la fe del navegante, que en la ribera Cristo nos amarra: ¡Jesús entra en el cielo!".

Demos gracias a Dios por esta maravillosa realidad y pidámosle que seamos conscientes de la responsabilidad que conlleva: ¡somos miembros del cuerpo de Cristo! ¡Y los demás miembros dependen de mí! Si nos paráramos a pensar lo que esto significa, seguramente nos tomaríamos mucho más en serio nuestra vocación cristiana. Cortaríamos mucho más rápido con lo que nos aparta de Dios. Sobre todo, nos haría falta tiempo para comunicarlo a otros: Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,16-20).

El Papa concluye su segundo tomo sobre Jesús de Nazaret contemplando la bendición de Cristo mientras sube al cielo: “Sus manos quedan extendidas sobre este mundo. Las manos de Cristo que bendicen son como un techo que nos protege. (…) En el marcharse, Él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso los discípulos pudieron alegrarse cuando volvieron de Betania a casa. Por la fe sabemos que Jesús, bendiciendo, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Ésta es la razón permanente de la alegría cristiana”.

Finalicemos con unas palabras de San Josemaría, con las que termina su homilía sobre esta fiesta: “Si, a pesar de todo, la subida de Jesús a los cielos nos deja en el alma un amargo regusto de tristeza, acudamos a su Madre, como hicieron los Apóstoles: entonces tornaron a Jerusalén... y oraban unánimemente... con María, la Madre de Jesús” (Cristo que pasa, n. 126)

jueves, junio 10, 2010

Sagrado Corazón de Jesús

Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre (Salmo 32, Antífona de Entrada). Celebramos tu amor, Señor; ese Corazón tuyo que nos amó hasta el extremo, como nadie más puede hacerlo en la tierra. Y esos proyectos de tu corazón subsisten también hoy, para librarnos de la muerte y reanimarnos en estos tiempos de tanta necesidad. Los proyectos de tu corazón quieren nuestra paz, nuestra alegría eterna, nuestra eficacia humana y sobrenatural.

Teniendo en la mente esos “proyectos”, San Josemaría tuvo mucha devoción al Corazón Sacratísimo de Jesús; sabemos que desde pequeño había aprendido de sus padres aquella jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Dulce Corazón de María, sed la salvación mía”. En los años de la guerra, al constatar el poder de los enemigos de Dios, pensaba en Él: en medio de aquellas dificultades, le llenaba de paz saber que “¡también el Corazón de Jesús vela!” Y ante la imposibilidad humana de sacar la Obra con sus solas fuerzas, se apoyaba en la oración de las almas que había atendido: “pienso que algunos enfermos, de los que asistí hasta su muerte, durante mis años apostólicos (!), hacen fuerza en el Corazón de Jesús”. En sus catequesis de los años 70, contaba que solía complementar la jaculatoria corporativa del Opus Dei: Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, ¡danos la paz! con una petición: “Y haced mi corazón semejante al vuestro”.

Un corazón similar al de Jesús. En eso consiste la vida cristiana. Así nos lo sugiere el mismo Señor en la Antífona del Evangelio: Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Aprended de mi corazón humilde, cargad con mi yugo. San Josemaría traducía libremente estas palabras: “mi yugo es la libertad, mi yugo es el amor, mi yugo es la unidad, mi yugo es la vida, mi yugo es la eficacia”.

En la oración colecta se pone el énfasis en unos puntos concretos: “Al celebrar hoy la solemnidad del Corazón de Jesús recordamos el inmenso amor de tu Hijo para con nosotros; concédenos alcanzar de esa fuente divina la abundancia inagotable de tu gracia”.

Recordamos el inmenso amor de Jesús, como vemos en las lecturas de la Misa: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las haré reposar, promete el Señor a través de Ezequiel (34, 11-16). El Señor es mi pastor, nada me falta, canta con júbilo el salmo 22. Finalmente, la promesa del Buen Pastor anunciada en el Antiguo Testamento se cumple en el evangelista de la misericordia divina, San Lucas (15,3-7): Alegraos conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido.

Comentando esta escena del Buen Pastor, San Josemaría consideraba que es una parábola muy útil si alguna vez el demonio (“si pudiera, te despojaría de todos los dones que Dios te ha concedido, sobre todo de la fe, de la pureza y de la vocación”) nos hiciera pasar por la cabeza que nos hemos alejado de manera irremediable de Dios: “recuerda que –como en la parábola- el Señor sale siempre en busca del alma que se descarría; que Él, por su parte, nunca te negará la gracia que necesitas para recomenzar. (…) Ten fe, ten esperanza, confía en el amor que Jesús siente por ti. Él es el Buen Pastor, e irá por ríos y cañadas a buscarte, para apretarte contra su pecho llagado y moverte así a ser fiel. (…) Señor, ¡qué fácil es perseverar, sabiendo que Tú eres el Buen Pastor y nosotros ovejas de tu rebaño!¡Estamos en las manos de Jesús!"

S. Gregorio Magno comenta que Jesús es el Buen Pastor, pues «puso la oveja sobre sus hombros, porque, al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados». Es lo que cantamos con admiración en el Prefacio: con amor admirable se entregó por nosotros y, elevado sobre la cruz, hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de salvación.

Aquel Viernes Santo el Señor permitió que le abrieran el costado para quedarse con nosotros en los sacramentos. Nos puede servir la glosa que hace J. Echeverría a un punto de Forja (894): “Cristo Jesús, Buen Sembrador, a cada uno de sus hijos nos aprieta en su mano llagada –como al trigo–; nos inunda con su Sangre, nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha!...; y luego, generosamente, nos echa por el mundo uno a uno: que el trigo no se siembra a sacos, sino grano a grano”.

En primer lugar, el Señor nos inunda con su Sangre por medio de los sacramentos, y así nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha!: nos conduce a la santidad. Pero solo si queremos, si dejamos obrar al Paráclito, que es el Artífice de nuestra identificación con Jesús.

Podemos lograr esa inundación de Amor si buscamos “el contacto con la Humanidad Santísima del Señor en la Penitencia y en la Eucaristía. Hemos de asimilar sus enseñanzas, no sólo leyendo la Sagrada Escritura y con afán de adquirir y mejorar la formación doctrinal, sino permaneciendo en diálogo sincero con Él en la oración: implorando que su Palabra penetre hasta lo más recóndito de nuestro pobre yo y empape nuestros afectos y deseos. Y hemos de desear que Él nos conduzca: seguir sus huellas, aprender de sus virtudes, para identificarnos más y más con su modo de sentir, de comprender y de amar”.

Es todo un itinerario: sacramentos, estudio, oración, docilidad, lucha. Pero no basta con la mejora personal. La jaculatoria de San Josemaría pide la paz al Corazón de Jesús, pero también espera de la caridad divina que haga nuestro corazón semejante al suyo: dispuesto al sacrificio por las almas.

Para terminar, pensemos en esa devoción que une los Sagrados Corazones. San Josemaría consideraba que el Corazón de la Virgen es “imagen perfecta del Corazón de Jesús”. Acudamos a Ella para que haga eficaz nuestra petición de hoy: Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, ¡dadnos la paz! Y haced mi corazón semejante al vuestro.

viernes, mayo 28, 2010

Santísima Trinidad

El tiempo de Pascua termina con la Solemnidad de Pentecostés, el octavo domingo después de Resurrección. Al día siguiente, recomienza el tiempo ordinario, que se había suspendido a partir del miércoles de ceniza. Sin embargo, en esta nueva etapa, la liturgia nos propone una serie de fiestas que nos ayudan a meditar en los misterios centrales de nuestra fe. En concreto, cuatro celebraciones que sintetizan la historia de la salvación: la Santísima Trinidad, el Santísimo Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Sagrado Corazón de Jesús y, al finalizar el año, Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

Celebramos hoy la primera de estas grandes Solemnidades: la Santísima Trinidad. El Catecismo de la Iglesia (n. 234) explica que se trata del misterio central de la fe y de la vida cristiana: “Es el misterio de Dios en sí mismo. Es la fuente de todos los demás misterios de la fe, la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe”.

Cuentan de un escritor muy conocido en Inglaterra (Collins), famoso por su incredulidad, que se encontró en cierta ocasión con un obrero que iba a la iglesia y le preguntó con ironía:–¿Cómo es tu Dios, grande o pequeño? Y que el obrero le respondió con sencillez: -Es tan grande que tu cabeza no es capaz de concebirlo, y tan pequeño, que puede habitar en mi corazón (Cfr. T. Tóth, Venga a nosotros tu reino).

El Compendio del Catecismo (n. 45 s) explica que la intimidad del ser de Dios como Trinidad de Personas “constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel”. Sin embargo, también es claro que el Señor había dejado huellas de su ser trinitario en la Creación y en el Antiguo Testamento. 
Lo vemos en la primera lectura de la Misa de hoy, en la que se presenta la Sabiduría divina personalizada junto al Dios Creador (Prov 8,22-31): Desde la eternidad fui formada, desde el comienzo, antes que la tierra. (…) Cuando fijaba los cimientos de la tierra, yo estaba proyectando junto a Él, lo deleitaba día a día, actuando ante Él en todo momento, jugando con el orbe de la tierra, y me deleitaba con los hijos de Adán.

Jesucristo mismo fue quien reveló este misterio (Compendio, n. 46): Él enseñó que Dios es Padre. Además, en la última cena, prometió cinco veces que enviaría su Espíritu, pero añadiendo que esta Persona «procede del Padre» (Jn 15, 26).

No ha sido fácil el desarrollo teológico para llegar a formular esta verdad de fe, para explicar las enseñanzas de Jesús a las culturas dominantes. Pero los primeros cristianos lo anunciaban como misterio central, como vemos en la segunda lectura (Rom. 5,1-5): Estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. (…) El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos dado.

Sin embargo, no era fácil entenderlo si no se estaba dispuesto a aceptar pacíficamente el don de la fe. Un ejemplo de esa dificultad es Arrio, quien no entendía que la fe en la Unidad de Dios (hay un solo Dios verdadero) es compatible con la confesión de la Trinidad divina (Tres personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo).

El Catecismo (n. 251 s) explica que, para formular este dogma, la Iglesia tuvo que crear una terminología propia, con ayuda de nociones de origen filosófico: por ejemplo, utilizó el término “substancia” para designar el ser divino en su unidad: hay un solo Dios, una sola sustancia divina. En Dios, cada persona “es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina” (Compendio, n. 48).

Al mismo tiempo, se usa el término “persona” para designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real entre sí: hay un solo Dios, pero en tres personas distintas (Catecismo, n. 254).

San Atanasio lo resume de este modo, que se lee hoy en la Liturgia de las Horas: “El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo”.

Estas explicaciones se pueden y se deben estudiar en el respectivo tratado teológico y nunca terminaremos de entender en su totalidad este maravilloso misterio central de nuestra fe. Pero, con lo que el Señor nos ha revelado y lo que nosotros podemos aprender en la teología y en la vida de los santos, seguramente avanzaremos en nuestro trato íntimo con cada una de las Personas divinas, que es en lo que consiste la vida interior.

Por ejemplo, San Josemaría, cuando enseñaba el camino “Hacia la santidad”, decía que se debe llegar a un momento en el que “el corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales!” (Amigos de Dios, n. 306).

Distinguir y adorar a cada Persona divina: pensaremos en el Padre eterno y nos daremos cuenta de esa realidad maravillosa de ser sus hijos: “¡Dios es mi Padre! -Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración”; contemplaremos al Hijo, nuestro hermano y veremos el modelo para nuestra existencia: el camino, la verdad y la vida: “¡Jesús es mi Amigo entrañable!, que me quiere con toda la divina locura de su Corazón”; nos daremos cuenta de que somos templos del Espíritu Santo, divino huésped del alma: “¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino”. Concluiremos, con el punto n. 2 de Forja, que hemos citado en este párrafo: “Piénsalo bien. -Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo”.



También nos puede servir la célebre oración de la Beata Isabel de la Trinidad: «Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Catecismo, n. 260).



viernes, marzo 19, 2010

San José, patrono de la vida interior

Celebramos hoy la solemnidad de San José, “patrono de la vida interior”. Podemos preguntarnos por qué es llamado de esa manera. Y me parece que la misma liturgia de la Misa nos da pistas para entenderlo. La antífona de entrada nos pone en contexto, al aplicar a José el piropo que da el Señor en una parábola a un santo: “este es el siervo prudente y fiel, a quien el Señor puso al frente de su familia”. Siervo bueno, justo, prudente, fiel, que tiene como encargo dirigir el hogar de Dios.

La oración colecta lo dice de modo más claro aún: “Dios todopoderoso, que quisiste poner bajo la protección de san José el nacimiento y la infancia de nuestro Redentor; concédele a tu Iglesia proseguir y llevar a término, bajo su patrocinio, la obra de la redención humana”. Es un gran calificativo para el Santo Patriarca: protector de las primicias de nuestra salvación, del nacimiento y la infancia de nuestro Redentor. Ya vamos captando una primera explicación de su patrocinio de la vida interior: él protegió el nacimiento y la infancia de Jesús. No alcanzamos a imaginarnos qué hubiera pasado sin su viaje a Egipto para liberar al Niño de la crueldad de Herodes, sin su apoyo material, sin su trabajo diario, sin su ejemplo y enseñanzas para Jesucristo, sin su protección. ¡Cuántos motivos para agradecerle, que nos haya cuidado el don más precioso que ha venido a la tierra!

El Prefacio resume su vocación diciendo que San José es “el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios, el fiel y prudente servidor a quien constituiste jefe de tu familia para que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu Hijo unigénito, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, nuestro Señor”.

El Evangelio de la Misa nos presenta precisamente la historia de su vocación. El Evangelista Mateo (1, 16. 18-21. 24), que complementa al mejor narrador de la infancia de Jesús que es Lucas, nos cuenta lo siguiente: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo. De esta manera, se cumple lo que anunciaba el profeta Natán, como se lee en la primera lectura (2 Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16): «Ve y dile a mi siervo David: "Esto dice el Señor: Cuando hayas completado los días de tu vida y descanses con tus padres, suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino. Él edificará una casa en honor de mi nombre y yo mantendré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia y tu trono será firme también para siempre”. Esta profecía anuncia que el Mesías pertenecerá a la dinastía de David, a la cual pertenecía San José.

Volvamos al relato de Mateo: “La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo”. María estaba comprometida y, antes de que conviviesen, concibió virginalmente a Jesús. Es clara la intención de Mateo de mostrar la pureza inmaculada de María. Algunos autores, para resaltar esa idea, representan a José como un anciano. Pero a San Josemaría no le gustaba ese modo de proceder. Decía que no hace falta esperar a la vejez para vivir de modo casto.

Y predicaba, sobre la juventud y la castidad del Patriarca: “San José debía de ser joven cuando se casó con la Virgen Santísima, una mujer entonces recién salida de la adolescencia. Siendo joven, era puro, limpio, castísimo. Y lo era, justamente, por el amor. Solo llenando de amor el corazón podemos tener la seguridad de que no se encabritará ni se desviará, sino que permanecerá fiel al amor purísimo de Dios”. Patrono de la vida interior, porque nos enseña el valor de la pureza y nos alcanza del Señor la gracia para vivirla. Cuando sintamos los ramalazos de sensualidad, podremos acudir al José joven, puro, limpio, castísimo, para que nos enseñe a llenar el corazón de amor a Dios. ¡Cuánto querría José a su Esposa, al Niño, como Protector que era de las primicias de nuestra Redención!

Continúa el Evangelio: “Antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto”. La llamada del Señor no está exenta de dudas, de tentaciones, de oscuridad, de Cruz. Así le pasó también a José. Quien se sabía llamado para vivir una vocación matrimonial con la mujer más perfecta de la creación, experimenta el misterio de Dios. Sabe que sucede algo misterioso, en el género del milagro. No duda un solo momento de la integridad de su Esposa. Se siente indigno de permanecer a su lado, al experimentar que Ella participa de una situación especial con Dios. ¡Cuánto habrá sufrido, al pensar que la mejor decisión era apartarse, para que María pudiera dedicarse por completo a su nueva llamada! Por eso la piedad popular considera esta escena como el primer dolor de San José. San Josemaría lo consideraba de esta manera: “¿Os imagináis a San José, que amaba tanto a la Santísima Virgen y sabía de su integridad sin mancha? ¡Cuánto sufriría viendo que esperaba un hijo!”

“Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo”. El Señor premia la espera y la decisión generosa de José. Premia su fe y su humildad, como muchos siglos antes lo había hecho con Abraham, protagonista de la segunda lectura de la Misa de hoy, quien, “apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza”. “Solo la revelación de Dios Nuestro Señor, por medio de un Ángel, le tranquilizó. Había buscado una solución prudente: no deshonrarla, marcharse sin decir nada. Pero ¡qué dolor!, porque la amaba con toda el alma. ¿Os imagináis su alegría, cuando supo que el fruto de aquel vientre era obra del Espíritu Santo?”

El Señor premia la fe y la humildad de José, con la luz, con la revelación del ángel. Otra enseñanza más para nosotros, de nuestro Maestro de vida interior: cuando lleguen las dudas hay que tomar decisiones en la oración y contrastarlas con el consejo prudente de quien representa al Señor: la dirección espiritual. José había tomado la decisión más dura, y el Ángel le muestra por dónde quiere llevarlo Dios:

"Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". No solamente le dice que siga considerando a María como su esposa, sino que le asigna un nuevo encargo: hacer las veces de padre con Jesús, que es lo que significa ponerle el nombre. El Señor premia siempre, justo en los puntos en los que ha exigido. Si a Abraham le pidió el sacrificio de su hijo, lo hace padre de muchas naciones. Si a José le demandó su amor matrimonial, lo convierte en Esposo y Padre de María y de Jesús, en Patrono de la Iglesia universal.

Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado. Es como la última faceta del retrato de José, que nos transmite el Evangelio, su obediencia pronta. Lo comentaba el Cardenal Ratzinger, que hoy celebra su santo: “Hace poco pude ver (…) un relieve procedente de un retablo portugués de la época barroca, en el que se muestra la noche de la fuga hacia Egipto. Se ve una tienda abierta, y junto a ella un ángel en postura vertical. Dentro, José, que está durmiendo, pero vestido con la indumentaria de un peregrino, calzado con botas altas como se necesitan para una caminata difícil. Si en primera impresión resulta un tanto ingenuo que el viajero aparezca a la vez como durmiente, pensando más a fondo empezamos a comprender lo que la imagen nos quiere sugerir. Duerme José, ciertamente, pero a la vez está en disposición de oír la voz del ángel (Mt 2,13ss). Parece desprenderse de la escena lo que el Cantar de los Cantares había proclamado: Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante (Cant 5,2). Reposan los sentidos exteriores, pero el fondo del alma se puede franquear. En esa tienda abierta tenemos una figuración del hombre que, desde lo profundo de sí mismo, puede oír lo que resuene en su interior o se lo diga desde arriba; del hombre cuyo corazón está lo suficientemente abierto como para recibir lo que el Dios vivo y su ángel le comuniquen”.

Concluimos con una oración a San José, tomada de San Josemaría (Forja, 553): “San José, Padre y Señor nuestro, castísimo, limpísimo, que has merecido llevar a Jesús Niño en tus brazos, y lavarle y abrazarle: enséñanos a tratar a nuestro Dios, a ser limpios, dignos de ser otros Cristos. Y ayúdanos a hacer y a enseñar, como Cristo, los caminos divinos –ocultos y luminosos–, diciendo a los hombres que pueden, en la tierra, tener de continuo una eficacia espiritual extraordinaria”.

jueves, febrero 18, 2010

Cuaresma

1. Viernes después de ceniza. Tiempo de conversión, de penitencia. El pasado miércoles recibimos la ceniza, mientras se nos decía: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Benedicto XVI explicaba en la Audiencia de un día igual este llamado a la mudanza total: “la conversión –decía- no es una simple decisión moral que rectifica nuestra conducta de vida, sino que es una decisión de fe, que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna forma sólo cercanas entre sí, sino que expresan la misma realidad”.


Convertirnos y creer en el Evangelio. Viene a la mente la anécdota que contaba un obispo africano sobre conversión: «La serpiente se quejaba a la oruga de que la gente tenía miedo de las dos. La oruga le dio la solución: “debemos cambiar, transformarnos”. Algún tiempo más tarde, la oruga se había convertido en mariposa, bonita, llena de gracia y color, que gozaba del cariño de todos. La serpiente había mudado solamente la piel, y la gente seguía asustándose de ella. Como respuesta a sus lamentos, la mariposa le explicó: tú has cambiado superficialmente; en cambio, yo tengo ahora una nueva existencia».

Para nosotros, esa nueva existencia viene de la fe en el Evangelio, en decidirnos a vivir en comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Como predicaba San Josemaría, “La Cuaresma ahora nos pone delante de estas preguntas fundamentales: ¿avanzo en mi fidelidad a Cristo?, ¿en deseos de santidad?, ¿en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión? Cada uno, sin ruido de palabras, que conteste a esas preguntas, y verá cómo es necesaria una nueva transformación, para que Cristo viva en nosotros, para que su imagen se refleje limpiamente en nuestra conducta” (Es Cristo que pasa, n. 58). Como la oruga, tenemos que cambiar de existencia, optar definitivamente por Jesús.

2. Benedicto XVI explicaba en una homilía el sentido de la Cuaresma: “Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es condición necesaria para participar en su Pascua, en su “éxodo”. Adán fue expulsado del Paraíso terrestre, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para volver a esta comunión y por tanto a la vida verdadera, es necesario atravesar el desierto, la prueba de la fe. ¡No solos, sino con Jesús! Él – como siempre – nos ha precedido y ha vencido ya el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la elección de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte”.

Atravesar el desierto, la prueba de la fe. Seguir a Jesús, acompañarlo estos cuarenta días: no solos, sino con Él. Renovar la elección de seguirlo, por el camino de la humildad, para participar en su victoria sobre el pecado. Tradicionalmente se enseñan tres prácticas cuaresmales: ayuno, oración, limosna (caridad). El Papa las enriquece con el sentido de la compañía de Jesús en el combate contra el espíritu del mal, contra el pecado personal.

El Evangelio de Mateo (9,14-17) se refiere a esa compañía de Jesús precisamente cuando reseña las críticas al Maestro porque sus discípulos no ayunaban: Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle: —¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: —¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces, ya ayunarán.

San Agustín comentaba este pasaje diciendo que “ésta es la causa de que ayunemos antes de la solemnidad de la Pasión del Señor y de que abandonemos el ayuno durante los cincuenta días siguientes. Todo el que ayuna como es debido, o bien busca humillar su alma, desde una fe no fingida, con el gemido de la oración y la mortificación corporal, o bien deja de lado el placer carnal hasta pasar hambre y sed, porque movido por alguna carencia espiritual su mirada está puesta en el goce de la verdad y la sabiduría. De ambas clases de ayuno habló el Señor cuando le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban. Así pues, una vez que se nos ha quitado el esposo, nosotros, sus hijos, tenemos que llorar. Nuestro llanto es justo si ardemos en deseos de verle” (Sermón 210,4).

El Santo de Hipona nos ayuda a poner el sentido de la Cuaresma en la compañía de Jesús, camino del Calvario. Como él, procuramos humillar el alma con la oración y la mortificación; e intentamos imitarlo –levemente- con nuestras penitencias corporales (hambre, sed). Si bien critica –y citémoslo aquí, pues la Cuaresma no está reñida con la alegría- que “hay cristianos que observan la Cuaresma debido a un espíritu de sensualidad más bien que por religión y se dedican a buscar nuevos goces en lugar de mortificar sus antiguas codicias. A base de grandes gastos hacen provisión de toda clase de frutos y se esfuerzan en combinar los condimentos más variados y más exquisitos (...) También los hay que se abstienen del vino pero para reemplazarlo por bebidas que combinan con jugo de otras frutas". Podríamos decirles: “Vaya Cuaresma”. Entiendo que no es el caso de los que me escuchan.


3. Consideremos en esta meditación la importancia del ayuno, que es "penitencia gratísima a Dios" (Camino, 477). Cuenta D. Pedro Casciaro que, cuando San Josemaría escribía estas palabras, vivía generosos ayunos en medio de las penurias de la guerra: "En el Hotel Sabadell pagábamos cuatro pesetas por cama. No recuerdo cuánto cobraban por cada comida, pero el precio normal en cualquier modesto restorán de Burgos no era inferior a ocho pesetas. El Siervo de Dios organizaba las cosas para ir, al acercarse la hora de las comidas, a cumplir algunos encargos con un hijo suyo que solía ser algo distraído; le decía: tú ocúpate de esto y yo de esto otro, y ya nos veremos después de la comida. Luego, cuando los demás interrogábamos al Siervo de Dios, eludía la pregunta”.

Sabemos que la Conferencia Episcopal ayuda a concretar esas penitencias con la invitación a observar el ayuno y la abstinencia de carne el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Durante los Viernes de Cuaresma, nos anima a “cumplir el precepto de la abstinencia privándose de carne o de otro alimento habitual de especial agrado para la persona”.

Los santos enriquecen el sentido del ayuno, cuando enseñan que no solo se refiere a la privación de alimentos, práctica que sigue siendo bien importante en nuestros tiempos. Así, por ejemplo, enseña San León Magno que el ayuno “debe consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos”. Viene a la mente el consejo que daba Juan Pablo II hace unos años: podríamos tener ayuno de Internet algunos días de la Cuaresma. Sé de algún joven norteamericano que ofrecía como penitencia cuaresmal no entrar a Facebook. Son ejemplos que no daban los Padres de la Iglesia por obvias razones, pero que hoy nos pueden ayudar bastante.

Y San Bernardo concreta más aún: “Ayunen los ojos de toda mirada curiosa... Ayunen los oídos, no atendiendo a las palabras vanas y a cuanto no sea necesario para la salud del alma... Ayune la lengua de la difamación y la murmuración, de las palabras vanas, inútiles... Ayune la mano de estar ociosa y de todas las obras que no sean mandadas. Pero ayune mucho más el alma misma de los vicios y pecados, y de imponer la propia voluntad y juicio. Pues, sin este ayuno, todos los demás son reprobados por Dios”.

Durante la Cuaresma podrá servirnos la contemplación de los dolores de María, como ejemplo y modelo de acompañar a Cristo en el desierto cuaresmal, de “convertirnos y creer en el Evangelio”. Podemos terminar con otro consejo de San Josemaría (Camino, 497): “Di: Madre mía -tuya, porque eres suyo por muchos títulos-, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús”.

lunes, noviembre 23, 2009

Cristo Rey


Hoy llegamos al final del año litúrgico. Concluimos un período, marcados como estamos por el paso cíclico del tiempo en nuestra vida. Es momento de examen, de balance: ¿qué tanto hemos aprovechado las gracias que nos diste, Señor, durante estos meses? En nuestra oración, podemos pensar dónde estábamos en noviembre del año pasado; dónde celebramos la fiesta de Cristo Rey en aquella época. Y pensar, en un primer análisis, en el año transcurrido: la Navidad, la Cuaresma, la Semana Santa, el período laboral, las vacaciones de mitad de año, el segundo semestre… hasta llegar a hoy. Seguramente, en ese breve recorrido litúrgico que hemos hecho, se nos han venido a la mente momentos especiales: un medio de formación que nos sirvió bastante, un descanso que nos llegó en el mejor momento, algunas amistades que nos impactaron de modo positivo…

Pero también veremos algunas manchas en nuestra actuación: faltas de generosidad, propósitos incumplidos, detalles que no quisiéramos haber tenido. Surge la tentación de la desesperanza: ¿lograremos cambiar para bien, definitivamente, alguna vez? Quizá es precisamente por eso por lo que concluimos el año como lo hacemos, festejando a Jesucristo como Rey del universo. Por eso canta la liturgia: Oh Jesús, Rey admirable, Vencedor noble, Dulzura inefable a Quien tanto anhelamos: Rey de las virtudes y Rey de la gloria, invicto Rey soberano, Dispensador de la gracia, Honor de la Corte celestial.

En la primera lectura se presenta la profecía de Daniel (7,13-14): Yo, Daniel, en una visión nocturna, vi venir sobre las nubes del cielo alguien semejante a un hijo de hombre; avanzó hacia el anciano y fue introducido ante su presencia. Entonces recibió poder, gloria y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo servían. Su poder es eterno, nunca acabará, y su reino jamás será destruido. Los primeros cristianos no dudaron en aplicar esta visión al reinado de Jesucristo, lo mismo que el Salmo 93: El Señor reina, vestido de majestad.

Curiosamente, el Evangelio presenta a Jesús en otra situación: para este domingo, el pasaje escogido es el capítulo 18 de San Juan, que transcurre en el palacio de Poncio Pilato. Ya no vemos el esplendor ni el poder que nos presentaron el profeta y el salmista, sino un tribunal de acusaciones, donde Jesús es el reo: Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: —¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús contestó: —¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Como vemos, el ambiente es pesado. Jesús lleva unas doce horas apresado por los judíos que, después de maltratarlo, se dirigen al procurador para que sea él quien lo juzgue y condene a muerte. Por su parte, ya le habían hecho un juicio religioso por blasfemia (¡como para que algunos duden de que Jesús se proclamaba Hijo de Dios!) Pero lo que deseaban era una condena a muerte, que al parecer ellos no podían dar, según se desprende de la respuesta que dan a Pilato cuando éste les indicó que lo juzgaran ellos mismos: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie. Por eso lo llevan a un proceso político, acusándolo de sedición contra el César (a Él, que había enseñado: “Dad al César lo que es del César”). O quizá querían humillarlo por partida doble… 

García-Moreno explica que, con su respuesta, “Jesús busca el sentido de la interrogación de Pilato. Si habla por sí mismo, la pregunta tiene un sentido claramente político, y entonces la respuesta sería negativa. Pero si no habla por sí, sino por otros, entonces la cuestión podría ser entendida religiosa o políticamente. Por eso Jesús distingue, ya que él es Rey, pero no político sino religioso”.

Todo este contexto explica la dura respuesta de Jesús: —¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? —¿Acaso soy yo judío? –respondió Pilato–. Tu gente y los príncipes de los sacerdotes te han entregado a mí: ¿qué has hecho? Cuando se estudia a fondo el proceso de Jesús, se ve que el procurador romano se encuentra en un dilema: se va convenciendo de que Jesús es inocente, pero no quiere tener malas relaciones con las autoridades judías. 

En el pensamiento contemporáneo, hay quien lo ve como un ejemplo a seguir (Kelsen, por ejemplo): ante tal disyuntiva, no resuelve el problema buscando la verdad –que la tiene en frente, en la persona de Jesús-, sino que toma una decisión políticamente correcta: lavarse las manos haciendo una encuesta… Para ser objetivos, tengo que decir aquí que en la Iglesia Ortodoxa este hombre es venerado como santo mártir. Probablemente su esposa Claudia le ayudaría después a convertirse… En este momento podemos pensar cuántas veces actuamos como Pilato, a medias tintas, tratando de quedar bien con Dios y con el diablo…

Por eso, Jesús respondió: —Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Pilato le dijo: —¿O sea, que tú eres Rey? (Se trata de una pregunta retórica, un formulismo legal). Jesús contestó: —Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz.

Su reino no es de este mundo. Este es el sentido de la fiesta de hoy: no pretendemos entronizar a Jesús como patrono de una bandería humana o de un partido político. El reino de Cristo no es de aquí, como alaba el Prefacio de la Misa: “consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana; y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: reino de la verdad y la vida, reino de la santidad y la gracia, reino de la justicia, el amor y la paz”.

Jesús reina, pero no como fruto de una usurpación violenta o de una herencia sin mérito. Jesús fue consagrado Rey a través del sacrificio en el altar de la Cruz, para alcanzarnos la gloria de los hijos de Dios, a pesar de nuestra indignidad.

El Beato Juan Pablo II explicaba que “el Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret”. Y añadía que no se puede separar de la Iglesia –y aquí entramos cada uno de nosotros, pertenecientes o convocados a ella-, “que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento, puesto que tiene la misión de anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos”.

Cristo Rey no es una figura para admirar, sino que conlleva un compromiso personal. Quizá recordamos las primeras veces que leímos aquellos puntos de Camino que hablan sobre llamamiento: “—“¡Su Reino no tendrá fin!” ¿No te da alegría trabajar por un reinado así?” (n. 906). 

San Josemaría tiene además una homilía estupenda sobre esta fiesta, de la que tomo solo una idea sobre nuestro compromiso con el reinado de Cristo: "para que Cristo efectivamente reine tengo que dejarlo señorear en mi vida. Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si El preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que El reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey. Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas" (Es Cristo que pasa, n. 181).

Lo decía también, de modo poético, J. Leclerq: «Él es Rey de mi corazón. Rey de ese mundo íntimo dentro de mí mismo donde nadie penetra y donde únicamente yo soy señor. Jesús es Rey ahí en mi corazón. Tú lo sabes bien, Señor».

Podemos concluir con una petición de Benedicto XVI: “La Virgen María, a quien Dios asoció de modo singular a la realeza de su Hijo, nos obtenga acogerlo como Señor de nuestra vida, para cooperar fielmente en el acontecimiento de su reino de amor, de justicia y de paz”.

sábado, agosto 15, 2009

Asunción de la Virgen



Como Aurora rebosante de luz, Te encumbras en lo alto del Cielo, Sol resplandeciente y bellísima Luna, oh María. Hoy asciende al Trono de la gloria, la Reina del mundo, por gracia de su Hijo, que existe antes del lucero.

Celebramos hoy la fiesta de la Asunción de nuestra Señora. El año pasado, Benedicto XVI decía que esta Solemnidad “nos impulsa a elevar la mirada hacia el cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y Él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos (...). Es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad”. En su carta de agosto, el Prelado del Opus Dei invita a hacer examen sobre nuestro espíritu contemplativo: “¿Cómo y con qué asiduidad recurrimos a la Virgen para proceder siempre y en todo con sentido sobrenatural? ¿Pedimos a nuestra Madre que crezca en nuestras almas el espíritu contemplativo?”

Elevada por encima de los Ángeles, y sobre los coros celestiales, es la única Mujer que transciende de los méritos de todos los Santos. San Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, compara la asunción de la Virgen con sus demás privilegios: «Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios.»

Pío XII, después de hacer esa cita, resume los motivos de fondo que justifican la Asunción de nuestra Madre: primero, la solidaridad con su Hijo (“asociada generosamente a la obra del divino Redentor”). También nosotros podemos asociarnos con generosidad a la redención, por medio de nuestros pequeños –o grandes- sacrificios: una sonrisa, pasar por alto impertinencias y defectos de los que conviven con nosotros, dar buen ejemplo, hacer apostolado…

Además, el Papa que proclamó este dogma presenta la antítesis con Eva (“los santos padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva, asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal”). En el evangelio de la Misa del día, la Virgen alaba a Dios “porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo”: Se opone a la soberbia del demonio, representado en la primera lectura: el dragón del Apocalipsis es adversario de Dios en el AT y se identifica con la serpiente de Gn 3, a la que se le anunció su derrota a manos del hijo de la Mujer.

Y por eso, el Papa proclamaba solemnemente (Pio XII, Const. Apost. Munificentissimus Deus, l-XI-1950): Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.

Al que había dado calor en su seno y colocado en un pesebre, lo contempla ahora, como Rey del Universo, desde la gloria del Padre. Como escribió San Josemaría, misterio de amor es éste. La razón humana no alcanza a comprender. Sólo la fe acierta a ilustrar cómo una criatura haya sido elevada a dignidad tan grande, hasta ser el centro amoroso en el que convergen las complacencias de la Trinidad. Sabemos que es un divino secreto. Pero, tratándose de Nuestra Madre, nos sentimos inclinados a entender más —si es posible hablar así— que en otras verdades de fe [Cristo que pasa, 171].

Nuestra Madre está en el Cielo. Nos ha precedido y allí nos aguarda. Nos alcanza del Señor las gracias necesarias para lograrlo. Cuántas conversiones se basan en esta presencia maternal de la Virgen, que es como un sello de nuestra fe cristiana: cuenta una de las primeras mujeres del Opus Dei en Kenia que Chepkoetch es una muchacha africana perteneciente a la tribu kalenjin. Un día explicó -recordando el paganismo de sus antepasados- cómo entre su gente siempre se había adorado a un solo Dios, que para ellos estaba en el sol. Le ofrecían, en el día más largo del año, el cordero más blanco de los rebaños. En tiempos de su abuela llegaron misioneros católicos y protestantes, y su abuela iba una semana a escuchar las explicaciones de una misión y a la siguiente las de la otra. Y fue la Madre de Dios la que hizo que se convirtiera a la fe católica, después de algún tiempo. Pensó -entre otras muchas razones- que la religión que tenía una Madre como la Virgen María debía ser la mejor de todas.

El canto del Magnificat, que es el Evangelio de la Misa del día, es –según Benedicto XVI- un retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos verla tal cual es. Karris explica que, en el Magnificat, María glorifica a Dios (“María exclamó: —Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”) por lo que está haciendo a favor de los hombres mediante su hijo. Se regocija porque la promesa se cumplió. Dios puso los ojos en la humildad de su esclava (He aquí la esclava del Señor, había dicho), por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones (la primera de las cuales es la de Isabel: bienaventurada tú, que has creído, le había dicho al saludarla).

“Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen”, lo que Dios hizo en María se universaliza ahora… Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres”: Dios es fiel. El cumplimiento definitivo será el nacimiento de Jesús.

Terminamos acudiendo a nuestra Madre con el Himno que hemos meditado a lo largo de esta oración: “Ruega por nosotros a tu Hijo oh Virgen de las vírgenes, para que, ya que Tú le diste de lo nuestro, Él nos conceda de lo Suyo”.