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Sagrado Corazón de Jesús

Los proyectos del corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar las vidas de sus fieles de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre (Salmo 32, Antífona de Entrada). Celebramos tu amor, Señor; ese Corazón tuyo que nos amó hasta el extremo, como nadie más puede hacerlo en la tierra. Y esos proyectos de tu corazón subsisten también hoy, para librarnos de la muerte y reanimarnos en estos tiempos de tanta necesidad. Los proyectos de tu corazón quieren nuestra paz, nuestra alegría eterna, nuestra eficacia humana y sobrenatural.

Teniendo en la mente esos “proyectos”, San Josemaría tuvo mucha devoción al Corazón Sacratísimo de Jesús; sabemos que desde pequeño había aprendido de sus padres aquella jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Dulce Corazón de María, sed la salvación mía”. En los años de la guerra, al constatar el poder de los enemigos de Dios, pensaba en Él: en medio de aquellas dificultades, le llenaba de paz saber que “¡también el Corazón de Jesús vela!” Y ante la imposibilidad humana de sacar la Obra con sus solas fuerzas, se apoyaba en la oración de las almas que había atendido: “pienso que algunos enfermos, de los que asistí hasta su muerte, durante mis años apostólicos (!), hacen fuerza en el Corazón de Jesús”. En sus catequesis de los años 70, contaba que solía complementar la jaculatoria corporativa del Opus Dei: Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, ¡danos la paz! con una petición: “Y haced mi corazón semejante al vuestro”.

Un corazón similar al de Jesús. En eso consiste la vida cristiana. Así nos lo sugiere el mismo Señor en la Antífona del Evangelio: Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Aprended de mi corazón humilde, cargad con mi yugo. San Josemaría traducía libremente estas palabras: “mi yugo es la libertad, mi yugo es el amor, mi yugo es la unidad, mi yugo es la vida, mi yugo es la eficacia”.

En la oración colecta se pone el énfasis en unos puntos concretos: “Al celebrar hoy la solemnidad del Corazón de Jesús recordamos el inmenso amor de tu Hijo para con nosotros; concédenos alcanzar de esa fuente divina la abundancia inagotable de tu gracia”.

Recordamos el inmenso amor de Jesús, como vemos en las lecturas de la Misa: Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las haré reposar, promete el Señor a través de Ezequiel (34, 11-16). El Señor es mi pastor, nada me falta, canta con júbilo el salmo 22. Finalmente, la promesa del Buen Pastor anunciada en el Antiguo Testamento se cumple en el evangelista de la misericordia divina, San Lucas (15,3-7): Alegraos conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido.

Comentando esta escena del Buen Pastor, San Josemaría consideraba que es una parábola muy útil si alguna vez el demonio (“si pudiera, te despojaría de todos los dones que Dios te ha concedido, sobre todo de la fe, de la pureza y de la vocación”) nos hiciera pasar por la cabeza que nos hemos alejado de manera irremediable de Dios: “recuerda que –como en la parábola- el Señor sale siempre en busca del alma que se descarría; que Él, por su parte, nunca te negará la gracia que necesitas para recomenzar. (…) Ten fe, ten esperanza, confía en el amor que Jesús siente por ti. Él es el Buen Pastor, e irá por ríos y cañadas a buscarte, para apretarte contra su pecho llagado y moverte así a ser fiel. (…) Señor, ¡qué fácil es perseverar, sabiendo que Tú eres el Buen Pastor y nosotros ovejas de tu rebaño!¡Estamos en las manos de Jesús!"

S. Gregorio Magno comenta que Jesús es el Buen Pastor, pues «puso la oveja sobre sus hombros, porque, al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados». Es lo que cantamos con admiración en el Prefacio: con amor admirable se entregó por nosotros y, elevado sobre la cruz, hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia; para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de salvación.

Aquel Viernes Santo el Señor permitió que le abrieran el costado para quedarse con nosotros en los sacramentos. Nos puede servir la glosa que hace J. Echeverría a un punto de Forja (894): “Cristo Jesús, Buen Sembrador, a cada uno de sus hijos nos aprieta en su mano llagada –como al trigo–; nos inunda con su Sangre, nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha!...; y luego, generosamente, nos echa por el mundo uno a uno: que el trigo no se siembra a sacos, sino grano a grano”.

En primer lugar, el Señor nos inunda con su Sangre por medio de los sacramentos, y así nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha!: nos conduce a la santidad. Pero solo si queremos, si dejamos obrar al Paráclito, que es el Artífice de nuestra identificación con Jesús.

Podemos lograr esa inundación de Amor si buscamos “el contacto con la Humanidad Santísima del Señor en la Penitencia y en la Eucaristía. Hemos de asimilar sus enseñanzas, no sólo leyendo la Sagrada Escritura y con afán de adquirir y mejorar la formación doctrinal, sino permaneciendo en diálogo sincero con Él en la oración: implorando que su Palabra penetre hasta lo más recóndito de nuestro pobre yo y empape nuestros afectos y deseos. Y hemos de desear que Él nos conduzca: seguir sus huellas, aprender de sus virtudes, para identificarnos más y más con su modo de sentir, de comprender y de amar”.

Es todo un itinerario: sacramentos, estudio, oración, docilidad, lucha. Pero no basta con la mejora personal. La jaculatoria de San Josemaría pide la paz al Corazón de Jesús, pero también espera de la caridad divina que haga nuestro corazón semejante al suyo: dispuesto al sacrificio por las almas.

Para terminar, pensemos en esa devoción que une los Sagrados Corazones. San Josemaría consideraba que el Corazón de la Virgen es “imagen perfecta del Corazón de Jesús”. Acudamos a Ella para que haga eficaz nuestra petición de hoy: Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, ¡dadnos la paz! Y haced mi corazón semejante al vuestro.

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