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sábado, febrero 26, 2011

Filiación divina y abandono en la Providencia


Hace una semana meditábamos sobre el amor al prójimo, como una de las principales enseñanzas del “cuerpo” del Sermón del Monte. Hoy continuaremos en ese discurso, en una sección que nos habla sobre la confianza en el Padre: no estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir.
Se trata de dos preocupaciones básicas del ser humano: la comida para la vida y el vestido para el cuerpo. Pues bien, en la línea “escandalosa” y en apariencia paradójica del Sermón del monte, el Señor nos enseña que debemos confiar siempre en nuestro Padre Dios: ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?  Nos hace ver que hemos de mirar en qué consiste lo importante: no en las apariencias exteriores, sino en lo interior: en la vida, en el cuerpo, más que en el alimento o en el vestido.
En 1998, el entonces Cardenal Ratzinger recibió el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Navarra. Entre las actividades académicas se programó un encuentro con profesores de todas las Facultades. Una de las preguntas la hizo la Decana de Económicas: “Los economistas supuestamente debemos dedicamos a buscar la riqueza de las naciones, la prosperidad de los pueblos, la abundancia. Sin embargo nuestro Maestro, Cristo, modelo de nuestra Ciencia como de todas las demás, nació pobre, vivió pobre, y murió sin ninguna posesión y en la más absoluta miseria: es decir, su vida y su muerte fueron un gran fracaso, un ejemplo típico de comportamiento irracional de un agente económico. Por otra parte, la única vez que Cristo actuó con tal energía que llevaba un látigo en la mano fue para expulsar a nuestros antecesores, los mercaderes, que se dedicaban a la compra-venta en el templo. Mi pregunta es: ¿Cómo puedo hacer Economía, cumplir mi papel en la sociedad sirviéndole desde mi conocimiento económico y, al mismo tiempo, hacerlo desde mi cristianismo con un Maestro que deseó voluntariamente ser y vivir pobre?”
El final de la respuesta del futuro Papa fue como sigue: “la cuestión esencial es la cuestión de la justicia con respecto a los bienes de la tierra, es decir, de la relación de los bienes a la persona para que sean bienes humanos. Para conseguir eso, es necesario enseñar la fuerza «del prescindir de las cosas»; enseñar cómo funciona la economía con una cierta medida de despego de sí mismo. No se trata, por lo tanto, de enseñar cómo se enriquece uno a sí mismo, sino cómo se es portador de algo que ha de servir a un organismo. Se trata de introducir en las funciones de gestión empresarial la categoría «del prescindir». Demostrar la fuerza de esta categoría que puede llevar a una producción justa, es decir, a una producción que permita a todas las personas el acceso a los bienes económicos. La posesión por lo tanto, no es la última meta de la economía, sino que precisa de un fundamento moral. Es precisamente mirando a Jesucristo como se ve que la última meta no es el tener, sino el posibilitar ser más. Ese Jesucristo pobre es el modelo para una economía que crea esos bienes que posibiliten ser más”.
2. Siguiendo con la lógica del pasaje que consideramos hoy, Jesucristo pone dos ejemplos que formaban parte de la vida cotidiana de quienes le escuchaban: Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas?, ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos.
Aquí llama la atención ese rasgo tan peculiar de la predicación de Mateo, que gusta recalcar ese apelativo divino de “vuestro Padre celestial”.  Nos puede servir para meditar esa realidad fundamental en nuestra vida espiritual: que somos hijos de Dios. Que el Señor se preocupa de nosotros como un Padre bueno. Si Él cuida maravillosamente de la naturaleza, ¡con cuánto mayor cariño no se preocupará de nosotros! Nos tiene un amor tan grande, que no dudó en enviar a su Hijo para que nos enseñara el camino de la felicidad eterna.
En la primera lectura se complementa la imagen de Dios Padre bueno con el amor maternal. No se trata de hacer teología de género, que me parece una simpleza, pues Dios no es ni hombre ni mujer. Pero sí quiere que veamos que nos quiere con un amor más grande que el de todos los padres y las madres de la tierra juntos. Isaías (49,15) lo ejemplifica con radicalidad: “¿puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré!”
Señor: aprovechamos este rato de oración para darte gracias por tu amor, por tu generosidad. Ayúdanos a no olvidar esta locura de tu entrega por nosotros… y a responder como hijos buenos. Concédenos la gracia de ser buenos hijos tuyos. Que vivamos diariamente con el espíritu del Salmo 61: Descansa sólo en Dios, alma mía.
Resumiendo lo que esta convicción significa para la propia vida interior, Fernández-Carvajal explica que “la filiación divina no es un aspecto más entre otros de nuestro ser cristianos. De algún modo abarca todos los demás. Es un determinado modo de ser: una relación concreta que, entitativamente, se distingue de las demás formalidades sobrenaturales: gracia santificante, virtudes, dones del Espíritu Santo. Pero si atendemos al designio divino, podemos afirmar que todas esas otras formas se nos dan para recibir  una adopción. Esta realidad da a la vida una especial firmeza y un modo peculiar de enfrentarse a todo lo que esta lleva consigo. Dios siempre es el descanso y la fuerza que necesitan las almas, el refugio donde una y otra vez buscamos amparo” (Para llegar a puerto, p. 102).
Acabo de terminar el libro en el que un famoso autor de origen marxista narra su conversión al catolicismo. En un momento de su relato, habla del descubrimiento de la filiación divina con unas palabras muy expresivas que ejemplifican muy claramente el tema de la filiación divina: “No hay psicofármaco, no hay costoso (y dudoso en sus concretos resultados) ciclo de sesiones en el sofá tan querido para Woody Allen -ahora que también él se ha desengañado y se ríe de ello-, no hay confortadora palabra humana que valgan un meñique de lo que vale esta conciencia de que somos hijos de un Padre que es el Amor mismo. (...) ¿Recuerdas las últimas palabras, en su lecho de muerte, del curé de campagne de Bernanos? “Todo es gracia”, todo es Providencia, nada es casual, cada uno, por anónimo y abandonado que se crea, ha sido querido -precisamente él- por un Padre que no abandona a ninguno de sus hijos” (Messori V. Por qué creo. Libros libres. Barcelona 2009, 159).
3. El Maestro concluye su explicación con un rotundo corolario: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán. San Juan Crisóstomo glosa estas palabras diciendo que “no es nuestro afán, sino la Providencia de Dios, la que lo hace todo, aún aquellas cosas que aparentemente realizamos nosotros. Si Él nos abandona, (…) todo se perderá irremediablemente”.
En ese sentido, predicaba San Josemaría: “Si viviéramos más confiados en la Providencia divina, seguros -¡con fe recia!- de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas preocupaciones o inquietudes nos ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, de los hombres mundanos, de las personas que carecen de sentido sobrenatural. Querría, en confidencia de amigo, de sacerdote, de padre, traeros a la memoria en cada circunstancia que nosotros, por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro, todo poderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón; querría grabar a fuego en vuestras mentes que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá. Creedme que sólo así nos conduciremos como señores de la Creación y evitaremos la triste esclavitud en la que caen tantos, porque olvidan su condición de hijos de Dios, afanados por un mañana o por un después que quizá ni siquiera verán” (Amigos de Dios, n. 116).
 Abandono en la Providencia divina. Buscar el Reino de Dios y su justicia, ya que ¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!, y El proveerá. No olvidar nuestra dignidad de hijos de Dios. En estos días me contaba una madre, buena cristiana, que estaba muy contenta porque su hijo siempre se refería a Dios al hacerle preguntas: “¿por qué Dios hizo tantas estrellas?, ¿por qué nos hizo con uñas en los dedos?” Ojalá no olvidemos que Dios no solo nos hizo, sino que también nos sigue cuidando, más que a los lirios del campo o a las aves del cielo.
También es importante recordarlo cuando sintamos la propia debilidad, cuando pensemos que no somos capaces con nuestras pobres fuerzas de alcanzar esa intimidad con Dios a la que nos llama. Si Dios es mi Padre, ¿a quién podré temer? Me parecen muy oportunas otras palabras íntimas de San Josemaría: “Cuando me siento capaz de todos los horrores y de todos los errores que han cometido las personas más ruines, comprendo bien que puedo no ser fiel... Pero esa incertidumbre es una de las bondades del Amor de Dios, que me lleva a estar, como un niño, agarrado a los brazos de mi Padre, luchando cada día un poco para no apartarme de Él. Entonces estoy seguro de que Dios no me dejará de su mano. "¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré"” (Via Crucis, 14.5)
Acudamos a la Santísima Virgen para que nos alcance del Señor la gracia de estar desprendidos de los bienes materiales, de nuestras propias capacidades, y de estar abandonados en la Providencia de nuestro Padre Dios, que siempre quiere lo mejor para nosotros. Que busquemos el Reino de Dios y su justicia, seguros de que todo lo demás se nos dará por añadidura.