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viernes, octubre 22, 2010

El fariseo y el publicano


San Lucas nos transmite una parábola del Señor dirigida a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás.

Dos hombres subieron al Templo a orar…  Necesidad de la oración. El Papa escribió una carta a los seminaristas, para concluir el Año Sacerdotal. En el primer punto habla precisamente de la oración: explica que debemos ser personas de Dios, pues al Señor no lo tenemos como  un ser lejano: “Dios se ha manifestado en Jesucristo. En el rostro de Jesucristo vemos el rostro de Dios. En sus palabras escuchamos al mismo Dios que nos habla”.
¡Qué importante es ese “subir al Templo a orar”! Máxime cuando podemos encontrar a Jesús mismo presente en el Sagrario, con su cuerpo y su sangre, esperándonos para que le contemos nuestra vida. Juan Pablo II quiso que el Año Eucarístico de 2005 concluyera con una proliferación de capillas  en el mundo para adorar al Señor sacramentado. Y gracias a Dios muchos párrocos acogieron esa sugerencia. Quizá muy cerca a nuestro sitio de trabajo o vecino a nuestro hogar, tenemos la posibilidad de acompañar a Jesucristo, de “subir al Templo a orar”. En cualquier caso, cuando veamos que no es fácil, debemos recordar que cualquier lugar es bueno para dirigirse a Cristo. Desde luego, convendrá buscar las mejores circunstancias: silencio, una posición corporal que facilite el diálogo (algunas personas recomiendan que sea como para estudiar: aunque se puede rezar acostados, se corre el riesgo de terminar dormidos…)
Hace unas semanas, celebraba el Cardenal Comastri el centenario del nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta y relató un recuerdo personal: contó que recién ordenado, en los años setenta, tuvo un encuentro con ella, aprovechando una visita que la Madre hacía a Roma. Cuando conversaron, la Beata Teresa le preguntó: -“¿Cuántas horas al día reza?” El entonces joven sacerdote se movía en un ambiente postconciliar, y se creía “cercano al heroísmo” porque celebraba la Misa diaria, la Liturgia de las Horas y el Rosario. Inmediatamente, ella le respondió rotundamente: -“Eso no es suficiente. No se puede vivir el amor de forma minimalista” y le pidió que le prometiera hacer media hora de adoración cada día. El relato de Mons. Comastri concluye con estas palabras: “Se lo prometí y hoy puedo decir que esta recomendación salvó mi sacerdocio”.
Oración de amor, que no es minimalista. Como fruto de esos ratos de oración, ojalá junto al Sagrario, se nos contagiará el celo por las almas que movió al Señor a quedarse encerrado en esa cárcel de amor. Y sentiremos la obligación de ser como mensajeros entre Dios y los hombres. “Por esto, queridos amigos, -sigue diciendo Benedicto XVI en su carta- es tan importante que aprendáis a vivir en contacto permanente con Dios. Cuando el Señor dice: “Orad en todo momento”, lógicamente no nos está pidiendo que recitemos continuamente oraciones, sino que nunca perdamos el trato interior con Dios. Ejercitarse en este trato es el sentido de nuestra oración”. 
Vivir en contacto con Dios, para no caer en un defecto de la oración: que se convierta en soliloquio. Es lo que Jesús reseña en la parábola del fariseo que ora en el Templo: “quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo». Se trataba de un hombre bueno, celoso de la Ley. Exagerado en el cumplimiento. Y por ese camino cayó en la soberbia: no se arrodilla, se queda de pie. Y más que un diálogo con Dios es un autoelogio vergonzoso.
La oración nos ayudará a evitar esa tentación, si vivimos en contacto permanente con Dios, si luchamos por no perder ese trato interior con Él, conscientes de que no estamos solos, sino  en su presencia. Como enseña San Josemaría, “tu vida ha de ser oración constante, diálogo continuo con el Señor: ante lo agradable y lo desagradable, ante lo fácil y lo difícil, ante lo ordinario y lo extraordinario... En todas las ocasiones, ha de venir a tu cabeza, enseguida, la charla con tu Padre Dios, buscándole en el centro de tu alma” (Forja, n. 538).
Puede ser que comencemos con ilusión este maravilloso camino y que descubramos, con el paso de los días, que es un sendero difícil de recorrer. En un documento de la Santa Sede sobre la oración, se alerta contra esta tentación: «Para quien se empeña seriamente en hacer oración, vendrán tiempos en los que le parecerá vagar en un desierto y, a pesar de todos sus esfuerzos, no sentir nada de Dios. Debe saber que estas pruebas no se le ahorran a ninguno que tome en serio la oración (...). En esos períodos, debe esforzarse firmemente por mantener la oración, que aunque podrá darle la impresión de una cierta artificiosidad se trata en realidad de algo completamente diverso: es precisamente entonces cuando la oración constituye una expresión de su fidelidad a Dios, en presencia del cual quiere permanecer incluso a pesar de no ser recompensado por ningún consuelo subjetivo» (CDF, 15-X-1989, n. 30).
Para tener ese diálogo continuo con nuestro Padre Dios, sugiere el Papa, “es importante que el día se inicie y concluya con la oración. Que escuchemos a Dios en la lectura de la Escritura. Que le contemos nuestros deseos y esperanzas, nuestras alegrías y sufrimientos, nuestros errores y nuestra gratitud por todo lo bueno y bello, y que de esta manera esté siempre ante nuestros ojos como punto de referencia en nuestra vida”.
Esa gratitud nos llevará como de la mano a la humildad. Es la otra figura de orante, que Jesús propone en la parábola: la del publicano. Mientras los fariseos eran personajes populares, admirados por casi todos los judíos, los publicanos eran hombres despreciados por sus conciudadanos, porque trabajaban al servicio del Imperio romano. Y así lo vemos, “quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador»”.
El Catecismo (n. 2559) nos ayuda a hacer examen sobre la humildad de nuestra oración: «¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130,1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla será ensalzado. La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8,26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios».
Por eso es tan importante seguir los consejos del Santo Padre, que constituyen todo un curso de cómo hacer oración: al comienzo y al final del día. Acudiendo a la Sagrada Escritura. Dialogando: contándole toda nuestra vida, nuestras ilusiones del momento, para que llegue a ser Jesucristo nuestro punto de referencia en todo momento. Las consecuencias serán estupendas: “así nos hacemos más sensibles a nuestros errores y aprendemos a esforzarnos por mejorar; pero, además, nos hacemos más sensibles a todo lo hermoso y bueno que recibimos cada día como si fuera algo obvio, y crece nuestra gratitud. Y con la gratitud aumenta la alegría porque Dios está cerca de nosotros y podemos servirlo”.
Nos hacemos más sensibles a la voz de Dios, al juicio de la conciencia. Un buen punto para descubrir la calidad de la oración es si notamos que nos cambia, que nos compromete en una lucha quizá pequeña, pero constante. Si “aprendemos a esforzarnos por mejorar”. Y también si aprendemos a servirlo en la vida ordinaria, en el trabajo, en el servicio a los demás.
Acudamos a nuestra Madre, maestra de oración, para que también de nuestro diálogo con el Señor se pueda decir lo que Jesús predicó de la oración del publicano: “Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado”.

jueves, octubre 25, 2007

Oración humilde. El fariseo y el publicano


Después de hablar de la necesidad de orar con insistencia en la parábola del juez injusto, Lucas (18,9-14) continúa enseñándonos otras características de la oración. Lo hace con la parábola del fariseo y el publicano: 

Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás: —Dos hombres subieron al Templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano.  El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo». Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador». Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado.

Gnilka explica de este modo la parábola: Para comprenderla rectamente, hay que tener en cuenta el vivo contraste que hay entre el comportamiento de esas dos personas: un comportamiento que determina su manera de orar. La extensa descripción del contenido de la oración del fariseo frente a los hondos suspiros del publicano corresponde a las pinceladas con que se pinta la postura externa del primero (se quedó de pie), en contraste con la timidez de la actitud del segundo (de pie y a cierta distancia –no levantaba sus ojos al cielo). 

La descripción no es una caricatura. Hay que tomarla en serio. Los juicios emitidos en la oración del fariseo corresponden al sentir general. Los publicanos eran considerados como estafadores y ladrones (el cómico Aristófanes dice que son como una garganta, que todo lo traga pero nunca se sacia); los fariseos, como personas religiosas que merecían gran respeto, pues hacían mucho más de lo preceptuado (solo había que ayunar en el día de las expiaciones, él lo hacía dos veces por semana, solo había que pagar el diezmo de los ingresos obtenidos por los productos de la tierra y el pastoreo, él pagaba el diezmo de todo lo que poseía). 

Abogunrin presenta unos ejemplos rabínicos con oraciones paralelas a la del fariseo de la parábola: “Bendito seas, Señor Dios nuestro, Rey del universo, que no me has hecho esclavo. Bendito seas, Señor Dios nuestro, Rey del universo, que no me has hecho mujer”. O esta otra perla de oración: “Si solo hay dos hombres justos en el mundo, somos yo y mi hijo; si solo hay uno, soy yo”. 

El juicio de Jesús no concuerda con la manera general de sentir; la invierte. Es la respuesta de Dios a la oración de uno y otro. Marcha justificado –declarado justo- a casa aquel que tiene conciencia ante Dios de ser pecador y que está dispuesto al arrepentimiento y a la conversión. Y la justificación se le deniega a quien piensa que no necesita conversión. Se enseña en esta parábola “muy sutilmente”, dice Gnilka, la universalidad de la exigencia de conversión. No podemos disponer de Dios: Él concede gratuitamente su amor con plena libertad. Por muy religiosos que seamos, necesitamos convertirnos.

Por su parte, Benedicto XVI la describe así: “El fariseo se jacta de sus muchas virtudes; le habla a Dios tan solo de sí mismo y, al alabarse a sí mismo, cree alabar a Dios. El publicano conoce sus pecados, sabe que no puede vanagloriarse ante Dios y, consciente de su culpa, pide gracia. (…) Se trata de dos modos de situarse ante Dios y ante sí mismo. Uno, en el fondo, ni siquiera mira a Dios, sino solo a sí mismo; realmente no necesita a Dios, porque lo hace todo bien por sí mismo. No hay ninguna relación con Dios, que a fin de cuentas resulta superfluo; basta con las propias obras. Aquel hombre se justifica por sí solo. El otro, en cambio, se ve en relación con Dios. Ha puesto su mirada en Dios y, con ello, se le abre la mirada hacia sí mismo. Sabe que tiene necesidad de Dios y que ha de vivir de su bondad, la cual no puede alcanzar por sí solo ni darla por descontada. Sabe que necesita misericordia, y así aprenderá de la misericordia de Dios a ser él mismo misericordioso y, por tanto, semejante a Dios. Él vive gracias a la relación con Dios, de ser agraciado con el don de Dios; siempre necesitará el don de la bondad, del perdón, pero también aprenderá con ello a transmitirlo a los demás” (Jesús de Nazaret, pp. 89-90).