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sábado, diciembre 31, 2016

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra.

El nacimiento de Jesucristo es, como su resurrección, una solemnidad que la Iglesia festeja con todo boato. Una de las manifestaciones de la grandeza de la celebración es que no se limita a un día, sino a toda la semana. Otra muestra de la importancia es cómo concluye esa Octava: en Pascua, con el domingo de la Divina Misericordia; en Navidad, con la solemnidad de Santa María, Madre de Dios.
La maternidad divina de María es, según los teólogos, “el tema central de toda la mariología”; y se debe entender en sentido propio, es decir: “en cuanto madre de un Hijo que, desde el primer momento de su concepción, es ya Dios” (Cf. Ponce). Los Padres de la Iglesia enseñan que esa maternidad es verdadera, virginal y divina.
Resaltando esta verdad, la Iglesia primitiva defendía la humanidad de Jesús contra los gnósticos y sus seguidores los docetas, según los cuales Dios no se había encarnado: o porque Jesús no era Dios, o porque no era hijo de María. Por esa razón, el concilio de Nicea (325) proclamó que el Hijo de Dios “por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre”.
Más adelante, en el año 381, el concilio de Constantinopla agregó que Jesús “se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María la Virgen”. Pero fue el concilio de Éfeso (en el año 431), el que declaró solemnemente -contra Nestorio, quien predicaba que María solo era la Madre de Cristo, pero no del Verbo- que Jesucristo “no nació primero un hombre vulgar de la Santa Virgen y luego descendió sobre él el Verbo”. Por ese motivo, los santos Padres llamaron a María Madre de Dios (Theotókos).
Pío XI ordenó que se celebrara en todo el mundo a partir de 1931, el 11 de octubre. Y Pablo VI la trasladó al final de la Octava de Navidad, diciendo que "está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa, por la que merecimos recibir al Autor de la vida".
Las lecturas de la Misa nos llevan de modo paulatino para ayudarnos a descubrir la grandeza de esta celebración. En primer lugar, consideramos “uno de los pasajes más hermosos del Pentateuco”, según algunos exégetas: la bendición sacerdotal del capítulo sexto de los Números (22-27). Dios le enseña a Moisés cómo bendecir a los hijos de Israel: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”. Se resalta el nombre trinitario de Dios, la luz del rostro divino, los dones espirituales, que son más importantes que la ofrenda de bienestar material, pero -sobre todo- la bendición del Señor: “invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”.
Que este aspecto es el más importante lo recalca el hecho que, en el Salmo 66, la respuesta sea precisamente: Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros. En ese canto, el salmista pasa de la situación concreta en la que se encuentra, de su pueblo y su historia, y pide la bendición para el mundo entero: Que Dios nos bendiga; que le teman todos los confines de la tierra.
¡Qué claro tenían, en el Antiguo Testamento, lo que debían pedir al Señor!: su bendición. Etimológicamente esta palabra se refiere al “decir bien”, como también lo piden las Preces a la Virgen: “ut loquaris pro nobis bona”. Que hables bien de nosotros, que digas cosas buenas, que nos bendigas. Si ahora mismo le pedimos al Señor el regalo de su bendición, quiere decir que le solicitamos que nos mire bien, que hable bien de nosotros, que tenga un buen juicio. Como Él es toda la verdad, nos vemos en la obligación de pedirle que “no mire nuestros pecados”, que tenga misericordia de nosotros.
Es lo que hacía el pueblo hebreo, cuando pedía a Dios que se cumplieran las promesas. ¿Cómo les respondió el Señor? – Lo vemos reflejado en uno de los textos más hermosos, y quizá más antiguos, de todo el nuevo testamento (ya se ve que, para honrar a la Virgen, la liturgia no ahorra elogios y selecciona lo mejor de ambas alianzas). En este caso, se trata de unas palabras de San Pablo que se utilizan con mucha frecuencia para justificar las prerrogativas de la Virgen, con una cita fácil de memorizar (Ga 4,4): envió Dios a su Hijo.
Habla el apóstol sobre la Encarnación, que venimos adorando durante toda la Octava de Navidad. Y el Espíritu Santo inspira a Pablo para que añada unas pocas palabras, pero que certifican, como si vinieran de un notario, el papel de la criatura humana en el misterio de la Navidad: envió Dios a su Hijo, nacido de mujer. Es como para que resonaran efectos musicales especiales al pronunciar esta frase: ¡nacido de mujer! Dios quiso venir al mundo de modo extraordinario -virginal- pero, al mismo tiempo, compartiendo todas las demás circunstancias de la vida humana corriente: nacido de mujer
Contemplemos la figura de esa joven doncella desde el momento en que comenzó a ser la Madre del Verbo. Es una escena que hemos meditado muchas veces: la vemos haciendo oración, y escuchamos el saludo del Arcángel san Gabriel: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, Salvador.
María conocería muy bien el mensaje de los profetas - ¡cómo la habría preparado el Señor en la oración! -. Por esa razón, más valor tenía su decisión anterior de permanecer virgen, de exponerse a la humillación pública por su aparente esterilidad y, por tanto, de no ser capaz de traer al mundo al Mesías.
Dios premia en el mismo punto en el que ha exigido. Y el ofrecimiento de la Virgen fue cambiado por el máximo ejercicio posible de la maternidad: ¡Concebir al Hijo de Dios! El mensaje del ángel era claro: Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Es posible que la Virgen se hubiera preguntado qué papel tendría José en aquel evento, y que esa haya sido la razón para que preguntara: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? El Arcángel Gabriel le desveló parcialmente el misterio:  El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. Como dice A. Mardegan -en quien me inspiro para estas reflexiones-, “Dios hacía nuevas todas las cosas”.
La respuesta fue inmediata, como de quien lo tiene bien pensado y lo ha repetido muchas veces en el diálogo íntimo de la oración: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. A partir de ese momento, comenzaría a sentir dentro de sí la Presencia de ese Dios que ahora era su Hijo. Comenzaría a experimentar, no solo la fisiología del embarazo, sino la dignidad de estar en el centro del cielo y de la creación. La cercanía de los ángeles, a los que habría aprendido a tratar desde pequeña, seguramente floreció en niveles insospechados: ¡todos ellos desearían servir a la Madre terrenal de su Dios eterno!
Muy pronto emprendería el viaje hacia Ain Karim (en aquellos mismos días, dice san Lucas), para acompañar a Isabel, que le sorprendió con su ruptura del secreto: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Poco después del regreso, con el Niño ya crecido en su vientre, debió reemprender el sendero, esta vez con destino a Belén, para cumplir con el censo convocado por el emperador Augusto, como narra el Evangelio de san Lucas que hemos considerado la noche de Navidad. Y así llegamos a la escena que la liturgia considera en la solemnidad del primer día del año: la adoración del Niño por parte de los pastores. Una vez más, el evangelista es austero en la descripción, pero la riqueza del evento supera cualquier narrativa: Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.

Contemplando esta escena, san Josemaría invitaba a buscar a Dios en el fondo de nuestro corazón y a no perder nunca esa intimidad. Y agregaba conmovido que, “si alguna vez no sabéis cómo hablar ni qué decir, y no os atrevéis a buscar de nuevo al Niño en el interior de vuestra alma, acudid a María, tota pulchra, maravillosa. Señora, Madre nuestra: el Señor ha querido que fueras tú, con tus manos, quien cuidara a Dios; enséñame a tratar a tu Hijo!”.
La Virgen iba descubriendo a cada paso el modo divino de obrar, y cada vez se identificaba con él: en este caso, se habrá conmovido al ver cómo los primeros elegidos fueron los pastores, un grupo de personas que el mundo considera de los últimos. Más adelante vendrían unos científicos paganos -los Magos-, primicias de la redención universal… María descubría que el amor de su Hijo alcanzaba a todas las personas y experimentaba cómo el suyo también se dilataba cada vez más.
Luego vendría el desarrollo, la experiencia vital, de esa vocación materna desplegada en el tiempo: la lactancia, el puerperio, la peregrinación a Jerusalén para la Presentación de Jesús en el Templo (con el inesperado discurso de Simeón y las alabanzas de Ana), la huida a Egipto…
Después vino el regreso a casa y, con él, retomar la vida oculta de trabajo cotidiano al lado de José hasta su fallecimiento, cuando Jesús pasó a santificar el oficio de cabeza de familia.
Más adelante, la Virgen recibiría la noticia de que su Hijo debía partir para comenzar su vida pública, para “anunciar a los cautivos la redención, el perdón de los pecados”. Inmediatamente le habrá manifestado su disponibilidad para hacer lo que Él quisiera. Se ve que, quizá para evitarle sufrimientos prematuros, Jesús le dijo que se pasara de vez en cuando a su encuentro, que ya llegaría el momento de asumir la carga maternal completa.
De esa vida itinerante de su Hijo nos han llegado pocas alusiones a su Madre. Hay dos, que son muy similares: una vez, cuando “una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron»”. Y en otro momento, en el que le anunciaron a Jesús que su Madre y demás parientes (sus “hermanos”) estaban cerca de allí y querían verlo.  En ambas ocasiones la respuesta fue prácticamente la misma: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».  Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». A la mujer del pueblo le aclaró: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
No rechazó Jesús los elogios a su Madre, más bien esclareció que la razón de la dignidad de María no se limitaba a la excelencia de su vocación, del amor de Dios por su criatura, y que la intimidad que ella alcanzó con el Señor no fue simplemente biológica, sino espiritual: su identificación con la voluntad del Padre. Como dice san Josemaría: “Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrificio escondido y silencioso de cada jornada” (ECP, n.172).
Una de las pocas veces que la vemos en esa vida pública es al comienzo, en el primer milagro, “capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones” (RVM, n. 10). Y actúa dirigiéndose a los sirvientes de las bodas de Caná (ahora a nosotros): «Haced lo que él os diga». Esa fue la norma de su conducta, responder a Dios siempre de forma afirmativa, “hágase en mí según tu palabra”.
Así fue su vida cotidiana hasta la Cruz, donde su vocación maternal, que había ido creciendo día tras día, para hacerla capaz de acoger como hijos a los apóstoles, a los discípulos, a todos los seguidores de su Hijo, recibió la misión de engendrar espiritualmente, como hijos de su alma, a todos los hermanos de su Hijo que vendrían a lo largo de la historia. Es lo que Juan relata con su peculiar estilo literario, en el que acostumbra representar conjuntos de personas en individuos particulares: Ahí tienes a tu Hijo.
Después de la Asunción al cielo en cuerpo y alma, nuestra Madre - ¡qué gusto da emplear estas palabras! - continúa ejerciendo esa maternidad que su Hijo le encargó. Y cuida de cada uno de nosotros como lo hizo con Juan, con los otros Diez apóstoles, con los primeros cristianos. Ella nos ve luchando, en medio de tentaciones, y no deja de cuidar de cada uno de nosotros. Intercede ante su Hijo, ante su Esposo, ante su Padre para alcanzarnos la gracia que nos ayuda a ser fieles. Por eso podemos concluir con aquella consideración de san Josemaría, que nos llena de esperanza de cara al año que comienza: Antes, solo, no podías... –Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil! (C, n. 513).

lunes, enero 04, 2016

Epifanía: "vieron al niño con María y lo adoraron".

Una estrella que supera al sol en luz y hermosura, anuncia que, con carne humana, Dios ha venido a la tierra (Himno de la Liturgia de las horas). En la segunda semana de Navidad se conmemora la manifestación pública, universal si se quiere, de la gloria del Hijo de Dios a los pueblos de la tierra. San León Magno predica que «la misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo». Una consideración muy oportuna para el año de la misericordia, destacar que la Encarnación de Jesucristo y su paulatina revelación a todas las gentes procede del corazón clemente del Señor.
Como anuncia el profeta Isaías, el Niño es Luz para los gentiles que andaban en tinieblas (60,1-6). Desde entonces, continúa iluminando las mentes de las personas rectas que buscan, quizá a tientas, la verdad de su vida, del universo que habitan, del Dios que explica su origen y su destino. Esa estrella sigue titilando a la espera de que los seres humanos de todos los tiempos descubran el cosmos inmaterial que hay más allá de la naturaleza física. Como dice el Prefacio de la Misa, «hoy has revelado en Cristo, para luz de todos los pueblos, el misterio de nuestra salvación; pues al manifestarse tu Hijo en nuestra carne mortal, nos hiciste partícipes de la gloria de su inmortalidad».
Nos hace pensar en la llamada universal a la santidad, como dice el salmo 71: Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra. «Nuestro Señor se dirige a todos los hombres, para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de sus ángeles (cfr. Lc 2,9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que permite escuchar la voz de Dios» (ECP 33).
Esa luz divina que centellea para nosotros es la misma que guio el camino de los Reyes Magos, como narra con detalle el evangelista san Mateo (2,1-12):  Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». En el centro de esta Solemnidad se encuentra la peregrinación de los reyes magos. No está claro el número de «reyes» que acudieron a adorar al Mesías judío, pues algunas tradiciones hablan de tres, siete o hasta doce. Lo que sí es sabido es que al menos uno procedía de Persia: «Cuando, a principios del siglo VII, el rey persa Cosroes II invadió Palestina, destruyó las basílicas que la piedad cristiana había edificado en memoria del Salvador, excepto una: la Basílica de la Natividad, en Belén. Y esto por una sencilla razón: en su entrada figuraba la representación de unos personajes vestidos con atuendo persa, en actitud de rendir homenaje a Jesús en brazos de su Madre» (Loarte, J. [2012]. La Virgen María. Madrid: Palabra, p.118).
Tampoco hay claridad sobre la profesión de esos «magos». Parece que se trataba de sabios, de astrónomos, ¡científicos, diríamos hoy! Vieron la estrella, y percibieron en su luz —por acción del Espíritu Santo— el anuncio del nacimiento del Mesías prometido a los judíos (en esa época, se asociaba la llegada de grandes personajes con fenómenos siderales).
Más tarde, la señal en el cielo desaparecería. Sin embargo, los Magos no se echaron para atrás. Continuaron hacia el rumbo que les había señalado. Su actitud puede servirnos de ejemplo en nuestro tiempo, cuando parece que cuesta mucho la perseverancia a los compromisos adquiridos, la fidelidad al propio camino —a la vocación—, a la pureza, a la fe. De los Reyes podemos aprender la importancia de responder afirmativamente cada que veamos la voluntad de Dios para nosotros… Y también cuando se oscurezca ese designio inicial, que es para siempre, a lo largo del itinerario concreto de nuestra vida.
El ejemplo de los Reyes magos nos lleva a sacar ese propósito de ser maduros, de entregarle al Señor nuestra libertad para liberarnos de nuestros vicios, de nuestros apegamientos, de nuestras pequeñeces. Y a defender esa entrega con uñas y dientes, cuidando el tesoro de la llamada divina, creciendo cada día en el amor de Dios, también a través de las dificultades, de las luchas y de las caídas, grandes o pequeñas.
Se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». En el relato bíblico podemos observar la prudencia de estos hombres que perseveraron en su empeño de obedecer al llamado divino, pero que además preguntaron a las personas indicadas para orientarles: en este caso, al rey y a su Sanedrín. Aprendemos de esa manera la relación de la obediencia con la prudencia, con la sinceridad.
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». De pasada vemos la importancia del estudio teológico, para conocer a Jesús. Y de la formación profesional, del aprovechamiento del tiempo, para santificar el mundo y reconciliarlo con Dios; también para resolver las dudas de nuestros contemporáneos.
Aunque en este caso también se nota que la ciencia sin caridad hincha, de nada sirve, como vemos que le sucede al rey Herodes, paranoico de su poder, que maquinó la manera de acabar con aquel pretendiente a su trono, como había acabado antes con sus dos hijos para evitar que le quitaran su pobre realeza: Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».  Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino.
Después de buscar consejo, los reyes lo siguieron. No basta con ser sinceros, con hablar y preguntar. Es necesario cumplir lo que se nos aconseja. Unir la docilidad a la sinceridad. Esa coherencia de vida siempre tiene su recompensa. El Señor premia la madurez de un alma que pone los medios para cumplir su voluntad, aunque haya dejado de verla transitoriamente. Es lo que les sucedió a los reyes magos: y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
La retribución divina por la fidelidad de los reyes consistió en que redescubrieron la llamada con una luz nueva, con el esplendor madurado en la contradicción. Por ese motivo el evangelista resalta que, al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. El gozo cristiano tiene sus raíces en forma de cruz (Cf. ECP, n.43). La verdadera felicidad es fruto de haber compadecido con Cristo para cumplir la voluntad del Padre. Y su contenido no es un placer efímero, sino la duradera amistad con Dios mismo: entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron.
Comenta Antonio Aranda que «El camino de fe de los Magos, conducidos por la estrella, culminó ante el Niño “en brazos de su Madre”. El camino vocacional del cristiano es también mariano, pero no sólo en el punto de llegada, sino en toda su extensión: María, en realidad, está maternalmente presente en cada una de sus etapas haciéndolo seguro. En cierto modo, como escribió el autor en otro de sus escritos, cabe decir que Ella misma es la senda segura: “A Jesús siempre se va y se ´vuelve` por María”. En ese sentido, continuando con la analogía entre el camino de fe de los Magos hacia Belén y el camino vocacional del cristiano hacia la santidad, y dando un paso en profundidad, María puede ser comparada con la estrella: “Los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a María, Stella maris, Stella Orientis”». (ECP, Edición crítica, n.38).

A la Virgen Santísima, Madre de misericordia, le pedimos que interceda ante el Señor para que nos conceda lo que le pedimos en la oración Colecta de la Misa: «Tú que revelaste este día a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles, por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria».

sábado, enero 25, 2014

La conversión de san Pablo

Celebramos hoy una fiesta importante en la vida de la Iglesia, al comienzo del año: la conversión del apóstol san Pablo. También concluimos el octavario por la unidad de los cristianos, una semana en la que imploramos la intercesión del apóstol de las gentes para que todos seamos uno, como pidió el Señor en la última cena.
En nuestro diálogo con el Señor, contemplemos algunos trazos de la vida de esta columna de la Iglesia: Antes de llamarse Pablo, era un fariseo que vivía en la actual Turquía, en Tarso, una ciudad de 300.000 habitantes, donde se ofrecían estudios superiores en artes liberales, una verdadera metrópoli. Pertenecía además a una familia judía, hebreo de pura cepa (Flp 3,5) pero además ciudadano romano, un privilegio que no muchos israelitas poseían.
Pablo era orgullosamente judío, como lo vemos en las descripciones que él mismo hace, por ejemplo en la defensa que transmite el libro de los Hechos (22,3): Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel según la observancia de la Ley patria, y estoy lleno de celo de Dios como lo estáis vosotros en el día de hoy. El primer título que se recibía en las escuelas de los escribas era el de “doctor no ordenado”, que le permitía juzgar algunas causas menores. Después de los cuarenta años de edad, se le imponían las manos y pasaba a ser escriba en plenitud.
Judío y doctor no ordenado, parece que Pablo veía en el nuevo camino inspirado por Jesús de Nazaret una amenaza contra el Templo y más específicamente contra la Ley que había transmitido Moisés y de la que él aspiraba a ser consumado exponente y defensor. Por eso continúa el sermón que veíamos antes: Yo perseguí a muerte este Camino, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres, como me lo puede atestiguar el sumo sacerdote y todo el Sanedrín. De ellos recibí cartas para los hermanos y me encaminé a Damasco para traer aherrojados a Jerusalén a quienes allí hubiera, con el fin de castigarlos.
Nadie puede dudar del celo con el que este fariseo perseguía la maldad que veía encarnada en el cristianismo, tanto que su primera aparición en la Escritura es sosteniendo los vestidos de los que lapidaban a san Esteban, el primer mártir que entregó su vida después de la muerte de Jesús (Hch 7,54-60).
Pero solo Dios conoce sus caminos para los hombres. Ninguna persona en el mundo podía sospechar lo que acontecería al líder de aquella tropa perseguidora del incipiente cristianismo en el camino a Damasco. Escuchemos de nuevo a Saulo de Tarso: Pero cuando iba de camino, cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo, caí al suelo y oí una voz que me decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?».
Durante muchos años, Saulo meditaría esas primeras palabras con las que el Señor lo llamó al apostolado en medio de la gran luz de su verdad. En rigor, el objeto de las rabias del tarsense no era Jesús de Nazaret, sino los cristianos que amenazaban la perduración de las tradiciones religiosas, del Templo y de la Ley. Pensaría que Jesús, al fin y al cabo, ya había recibido su merecido. Por ese motivo le llamaría mucho la atención la respuesta de aquella voz a su pregunta: Yo respondí: «¿Quién eres, Señor?» Y me contestó: «Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues».
El Señor se identifica con sus seguidores. Vive en ellos. Siente como dirigidas a Él las alabanzas o los rechazos que reciban sus discípulos. Cuando Saulo perseguía a los cristianos,en realidad atacaba a Jesús. Esa es la causa de la respuesta: «Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues». Muchos años después, el Apóstol podrá formular una consecuencia de esta revelación: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (Gal 2,20).
Todos los relatos de vocación son encantadores. Y esta breve autobiografía de san Pablo no tiene desperdicio. Generalmente, después de la iniciativa divina, viene el diálogo del interesado, que pregunta por las cosas que no entiende, pero que también formula sus disposiciones más íntimas: el joven rico, por ejemplo, mostró el cobre de su egoísmo ante la invitación para que dejara todo y siguiera al Señor.
Saulo de Tarso respondió de una manera que muestra el talante de su carácter, que era de una sola pieza: buscaba la verdad, y por seguirla una vez vista hacía lo que fuera. Hasta entonces había entendido que la antigua Alianza era la última palabra y por eso la defendía con uñas y dientes. Ahora, el mismo Autor del Nuevo Testamento se le aparecía en persona como luz copiosa y la respuesta de Saulo es un modelo para nosotros.
El fariseo de Tarso no puso condiciones, ni exigió explicaciones ulteriores, sino que, simplemente, formuló una pregunta: Yo dije: «¿Qué tengo que hacer, Señor?». Es una cuestión que muchas veces tendremos que hacernos cada uno de nosotros, en la oración personal: «¿Qué tengo que hacer, Señor?, ¿cuál es tu voluntad para mí?». Si procuramos verla y cumplirla en nuestra vida, tendremos la clave de la verdadera felicidad, que incluye asumir la Cruz del Señor, como hizo Jesús en el Huerto de los Olivos: No se haga mi voluntad, sino la tuya.
«Una vez preguntaron a San Josemaría: ¿cómo saber lo que Dios pide a cada uno? Y ésta fue su respuesta: “¿Y por qué no se lo preguntas a Él? No es una salida de tono: te advierto que te responderá”. Y añadía a renglón seguido: “Tú, que tienes vida interior, en cualquier momento puedes ponerte en la presencia de Dios: en una iglesia, en la calle, en tu habitación, en clase... ¡Donde quieras! Pídele perdón por tus debilidades y por las mías, y después dile: Señor, ¿qué quieres que haga?, como le decía San Pablo. Y te advierto que el Señor, a veces, pide cosas que cuestan...”» (J. Echevarría, Carta pastoral, 1-VII-2008).
Aprovechemos la consideración de la vida de Pablo para hacernos ese interrogante, preguntémosle al Señor qué espera de nosotros este año en nuestra vida laboral, en el estudio, en la familia, en las relaciones sociales. Estemos abiertos a escuchar también exigencias que nos cuesten: servir, ayudar, hacer apostolado con nuestros amigos, dar la cara por la Iglesia. O incluso entregar la vida al Señor, como hizo este apóstol al escuchar las palabras de Ananías: «El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y oyeras la voz de su boca, porque serás su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído».

Acudamos a la Santísima Virgen para que también nosotros conozcamos la voluntad de Dios, veamos a su Hijo en la oración y en los sacramentos, y –en consecuencia- seamos también testigos ante todos los hombres de lo que veamos y oigamos. Es lo que pedimos en la oración colecta de la Misa, con la que concluimos este rato de oración: «Señor, Dios nuestro, tú que has instruido a todos los pueblos con la predicación del apóstol san Pablo, concede a cuantos celebramos su Conversión caminar hacia ti, siguiendo su ejemplo, y ser ante el mundo testigos de tu verdad».