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martes, diciembre 08, 2015

Inmaculada Concepción: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.

La liturgia que celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María nos ayuda a considerar varios aspectos de la piedad filial mariana. En concreto, podemos meditar sobre tres jaculatorias dirigidas a la Virgen: Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia.
Causa de nuestra alegría, en primer lugar. La antífona de entrada nos pone desde el comienzo en un ambiente de júbilo: Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación, y me ha envuelto con un manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas (Is 61,10). Estas palabras corresponden a la exclamación del pueblo de Dios agradecido por haber experimentado la misericordia y el consuelo de Dios durante el duro camino de vuelta desde el exilio de Babilonia (Cf. Benedicto XVI. Homilía, 13-V-2010). San Juan Pablo II dice que es como un Magníficat.
Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios. Es la primera idea de esta festividad, una invitación a deleitarse con la alegría de la gracia, a descubrir que el secreto de la felicidad humana está en la decisión de optar por Dios. Por eso el Evangelio del día se recrea en el saludo del Ángel, que es como la justificación de la solemnidad (Lc 1,28): Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Chaîre kecharitomene, ho Kyrios meta sou).
Estas palabras, que tradicionalmente se traducen como un simple saludo normal («Ave», en latín; «Dios te salve», en castellano), en realidad tienen mucho trasfondo bíblico. De hecho, aparecen cuatro veces en la versión griega del Antiguo Testamento, y siempre en relación con la alegría que debe causar la promesa del Mesías: el canto de Sofonías, libro cortísimo pero trascendental con su famosa profecía: Alégrate hija de Sion, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser (So 3, 14); el de Joel: No temas, tierra; goza y alégrate (Jl 2, 21); o la de Zacarías, que nos recuerda el domingo de ramos: ¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna (Za 9, 9); más la promesa mesiánica en medio de las Lamentaciones: ¡Alégrate y salta de júbilo, hija de Edón!; también a ti llegará la copa (Lm 4, 21).
Por todas partes la Iglesia nos invita a festejar, esa es la clave del cristianismo: gózate, alégrate, regocíjate, disfruta. Benedicto XVI concluía un comentario sobre la Anunciación diciendo que el saludo del ángel a María es «una invitación a la alegría, a una alegría profunda, que anuncia el final de la tristeza que existe en el mundo ante el límite de la vida, el sufrimiento, la muerte, la maldad, la oscuridad del mal que parece ofuscar la luz de la bondad divina. Es un saludo que marca el inicio del Evangelio, de la Buena Nueva» (Discurso, 19-XII-2012).
Con la concepción de María comienza la plenitud de los tiempos. La Iglesia del Nuevo Testamento arranca su andadura. Y por eso su conmemoración es una explosión de alegría en medio del Adviento. Celebramos, en primer lugar, que Dios haya querido preparar una «digna morada para el Hijo», como dice la oración Colecta de la Misa. Gracias, Señor, por ese designio salvador para la humanidad entera, y para cada uno de tus hijos. Gracias por tu Madre, que también es Madre nuestra, gracias por su respuesta generosa, y llena de santidad, que es modelo de nuestra correspondencia a la propia vocación. Por eso la llamamos en el Rosario «Causa de nuestra alegría», porque con su sí al llamado divino hizo posible que entrara en la tierra la historia de la redención.
Quizá es san Pablo el que mejor esboza una teología de la vocación en su carta a los efesios (1,3-6), segundo texto escogido para enriquecer la celebración de la Virgen Inmaculada: Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. El apóstol explica en qué consiste esa bendición: Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. San Josemaría consideraba, con base en estas palabras paulinas, que también nosotros —tanto como la Virgen, aunque con misiones distintas— «somos hijos de Dios, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad» (ECP, 160). Y concluía que «esta elección gratuita, que hemos recibido del Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal» (AD, 2).
Así entramos en la segunda jaculatoria que pensábamos considerar en esta meditación. La santidad de María se remonta al primer momento de su existencia, como pregona el Prefacio de la Misa: «Preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo. Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo». Virgen Purísima. ¡Qué gusto da pronunciar estos piropos dirigidos a nuestra Madre! Así lo hace un himno de la Liturgia de las Horas: «Porque es justo, porque os ama, porque vais su madre a ser, os hizo Dios tan purísima como Dios merece y es». Se entiende, en este contexto, la tradicional petición a la Virgen: «Ave María, Purísima, sin pecado concebida: rogad por nosotros que recurrimos a Vos».
Al presentarnos a María como Virgen purísima, el Señor nos enseña que Ella es el modelo de la respuesta a esa vocación que nos ha concedido desde antes de crear el mundo, desde antes del pecado original. Por eso en la primera lectura nos remontamos al primer relato de la expulsión del paraíso, durante la cual Dios mismo hizo la primera promesa mesiánica, el protoevangelio, al declarar a la serpiente: pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón.
San Juan Pablo II reunió, en su encíclica mariana, las dos lecturas bíblicas que enmarcan el Evangelio de la Anunciación: «María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella “enemistad”, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la Carta paulina. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella “enemistad” con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura» (RM, n.11).
En el triunfo de la Virgen Purísima sobre el pecado estamos incluidos —y llamados— cada uno de nosotros. La celebración de la Inmaculada Concepción no es solo para admirar, sino para comprometernos a imitar la fidelidad de nuestra Madre. Por ese motivo, el prefacio de la Misa no solo resalta la Concepción Inmaculada de María, su pulcritud original, sino que también pondera las consecuencias para sus hijos en la Iglesia: el Señor la preservó para que fuera no solo la digna madre de Jesús, sino también el «comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura» (Prefacio).
Con estas palabras descubrimos que ese texto del prefacio de la Misa es un tratado de mariología, pero también de eclesiología: no solo retrata a la Virgen, sino que esboza una figura de lo que cada uno de nosotros debe ser. Y así llegamos a la tercera idea: al agradecer a Dios por la Virgen como Causa de nuestra alegría y darnos cuenta de la llamada a ser santos como la Virgen Purísima, quizá surja la tentación del desaliento al ver nuestra indignidad, y también nuestra incapacidad para acoger un objetivo tan elevado.
Por esa razón, la liturgia nos presenta al mismo tiempo a la Virgen como Madre de misericordia. Ese es el motivo por el cual podemos alegrarnos en esta fiesta a pesar de nuestras debilidades: nosotros formamos parte de ella, somos continuadores de ese linaje de gracia, miembros de la familia de Dios en el mundo, que es la Iglesia. Y ese es otro motivo por el que convenía que la Virgen fuera concebida sin pecado original: como sigue diciendo el Prefacio, se trataba de entregarnos «el Cordero inocente que quita el pecado del mundo», pero también de que Ella sería la «Purísima que, entre todos los hombres, es abogada de gracia, y ejemplo de santidad».
María no es solo modelo de entrega a la vocación, sino también abogada ante el Corazón de su Hijo cuando el nuestro se quiera rebelar. Por eso anunció el papa Francisco en la bula Misericordiae vultus que la solemnidad de la Inmaculada Concepción «indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona».
El santo Padre ha dicho que su insistencia en este tema no fue invención suya, sino inspiración del Espíritu Santo. Desde el inicio de su pontificado, ha sido un mensaje que ha calado profundamente en todas las almas, también las de muchas personas que llevaban años y décadas sin acercarse al sacramento de la reconciliación: «Dios no se cansa de perdonar, somos los hombres los que nos cansamos de pedir perdón».
La Virgen no solo es la Madre de la misericordia, la abogada que intercede por nosotros ante su Hijo, sino que también sale a nuestro encuentro, nos busca para que vayamos a reconciliarnos con ese Padre bueno que nos espera con los brazos abiertos. Ella nos invita a acoger la misericordia divina, a que volvamos a la casa del Padre, como enseña la parábola del hijo pródigo: «la misericordia que Dios muestra nos ha de empujar siempre a volver. Hijos míos, mejor es no marcharse de su lado, no abandonarle; pero si alguna vez por debilidad humana os marcháis, regresad corriendo. Él nos recibe siempre, como el padre del hijo pródigo, con más intensidad de amor» (San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 27-III-1972, citado por Echevarría J., Carta pastoral, 5-XII-2015).
Una manera concreta de resellar ese compromiso de imitar a nuestra Madre es proponernos rezar con mayor atención el Santo Rosario. El papa Francisco cuenta que él aprendió a rezarlo mejor viendo cómo lo hacía san Juan Pablo II: «Una tarde fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Él estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era numeroso. Veía al Santo Padre de espaldas y, poco a poco, fui entrando en oración. No estaba solo: rezaba en medio del pueblo de Dios al cual yo y todos los que estábamos allá pertenecíamos, conducidos por nuestro Pastor. En medio de la oración me distraje mirando la figura del Papa: su piedad, su unción era un testimonio. Y el tiempo se me desdibujó; y comencé a imaginarme al joven sacerdote al seminarista, al poeta, al obrero, al niño de Wadowice... en la misma posición en que estaba ahora: rezando Ave María tras Ave María. Y el testimonio me golpeó. Sentí que ese hombre, elegido para guiar a la Iglesia, recapitulaba un camino recorrido junto a su Madre del cielo, un camino comenzado desde su niñez. Y caí en la cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a san Juan Diego: “No temas. ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” Comprendí la presencia de María en la vida del Papa. El testimonio no se perdió en un recuerdo. Desde ese día rezo cotidianamente los 15 misterios del Rosario» (Ivereigh, El gran reformador, p. 371).

Madre nuestra, que has sido elegida por Dios como nuestro ejemplo de santidad: alcánzanos la gracia de una nueva mudanza en nuestra vida, para que preparemos el pesebre de nuestro corazón desterrando el pecado y luchando por crecer en unión con tu Hijo Jesucristo. Causa de nuestra alegría, Virgen purísima y Madre de misericordia, ruega por nosotros.

sábado, agosto 29, 2015

Muerte de Juan el Bautista

Juan Bautista es el único santo del que se celebra el nacimiento y el martirio. El prefacio de la Misa hace un resumen de su vida, con los principales hitos de su relación con Jesucristo: «precursor de tu Hijo y el mayor de los nacidos de mujer, saltó de alegría en el vientre de su madre al llegar el Salvador de los hombres, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos. Él fue escogido entre todos los profetas para mostrar a las gentes el Cordero que quita el pecado del mundo. Él bautizó en el Jordán al autor del Bautismo, y el agua viva tiene, desde entonces, poder de salvación para los hombres. Y él dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo».

Vamos a considerar en nuestra oración el relato de ese «supremo testimonio» según el Evangelio de san Marcos (6,14-29): Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Este Herodes es Antipas, hijo de Herodes el Grande, que reinaba cuando nació Jesucristo. En realidad Antipas no era propiamente rey, sino tetrarca (un gobernador con mucho poder). Era amigo del César y en un viaje a Roma había conquistado a la mujer de su hermano Filipo. Cuenta Flavio Josefo, historiador contemporáneo suyo, que ella se trasladó con Antipas acompañada de su hija Salomé.

Muchos años después, el gobernador escuchó los rumores sobre un nuevo profeta en Tierra Santa. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Las gentes se daban cuenta de que estaban frente a un predicador diferente, y rememoraban los enviados más grandes de sus tradiciones religiosas, hasta llegaron a pensar que era el precursor del Mesías o que continuaba la misión de los profetas tradicionales. Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos».

Tu testimonio de vida, Señor, movía los corazones de tus contemporáneos a plantearse las grandes cuestiones, las enseñanzas de las autoridades religiosas fundamentales. Ayúdanos a imitarte en esa claridad y coherencia de tus enseñanzas, que refrendemos con nuestra vida, con nuestra lucha personal, lo que enseñamos de palabra. Que se pueda decir de nosotros, como de ti, que coepit facere et docere, Jesús hizo y enseñó (Hch 1,1): «tú y yo hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos llevar una doble vida: no podemos enseñar lo que no practicamos. En otras palabras, hemos de enseñar lo que, por lo menos, luchamos por practicar» (F, n.694). Ese puede ser el primer propósito de este rato de oración, seguir la enseñanza de Juan Bautista, su invitación a convertirnos, y —como él, como Jesús— a ser coherentes con la fe que enseñamos.

Volviendo a la escena del Evangelio, vemos que el principal conmocionado con la predicación de Jesús, porque le traía remembranzas del testimonio de Juan, era el propio gobernador Antipas: Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».  A este hombre no le impresionan las enseñanzas doctrinales de Jesús, sino que siente remorderle la conciencia por la maldad que había cometido con su adulterio y con el posterior degüello de aquel hombre de Dios que le mostraba el camino que debía recorrer, con claridad y caridad, hasta el punto de merecerle respeto e incluso simpatía: Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.

La celebración del martirio de san Juan Bautista muestra la importancia que tiene para la Iglesia su misión de Precursor del Mesías. Y su papel de modelo para nosotros, que también hemos de estar dispuestos a proclamar y defender la doctrina y el mensaje salvador de Jesucristo, aunque conlleve muchos sacrificios, hasta el de dar la vida si fuera el caso. Le pedimos al Señor, con la oración colecta de la Misa: «concédenos, por tu intercesión, que, así como él murió mártir de la verdad y la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe».

En realidad, es muy probable que a nosotros no nos toque morir de modo violento y mucho menos decapitados –aunque la maldad del demonio y de personas usadas por él como instrumentos lo haya ocasionado en tantas ocasiones, también ahora en varios sitios del mundo-, pero a lo que más seguramente estamos abocados es al llamado “martirio cotidiano”: a la burla por nuestro modo de vivir, a las críticas por defender la ley natural, la familia, la dignidad del ser humano desde su concepción hasta la muerte natural, etc.

Aunque el modo en que lo hagamos no sea fanático, ni fundamentalista, sino con una sonrisa, “sin levantar la voz”, descubriendo la parte de verdad que hay en la argumentación del que se nos opone, haciéndole ver que también nosotros defendemos esa idea pero mostrando —sin humillar— que lo hacemos desde un punto de vista más antropológico, más completo. Aunque nuestro razonamiento sea positivo, sonriente, amable, no estaremos exentos de ese tipo de martirio pequeño, que incluye no solo la burla sino también el rechazo, la persecución laboral, el detrimento económico o el señalamiento social.

Debemos hacer nuestra hoy la misión de Juan Bautista: ser precursores del Señor ante las personas que tenemos al lado, en el trabajo, en la oficina, en la universidad, en los medios de debate y comunicación. Pero condición indispensable para la eficacia es la propia santidad, como vemos en el caso del primo de Jesús. 

Como enseña san Beda el Venerable, «este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio. Él que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de “lámpara que arde y brilla”; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin».

El papa Francisco, explicando este Evangelio, presentaba tres manifestaciones de esa santidad: en primer lugar, el anuncio de la cercanía del reino de Dios. La segunda característica es que no se adueñó de su autoridad moral, no robó la dignidad, sino que siempre invitó a la conversión personal. La tercera expresión de su santidad «fue imitar a Cristo, imitar a Jesús. En tal medida que, en aquellos tiempos, los fariseos y los doctores creían que él era el Mesías. Incluso Herodes, que lo había asesinado, creía que Jesús era Juan» (Homilía, 7-II-2014).


Acudamos a la Virgen santísima, pariente de san Juan Bautista, para que nos ayude a preparar los caminos de nuestra alma para el Señor. A escuchar la llamada a la conversión que nos hace, a disminuir para que Cristo crezca. De esa manera, estaremos dispuestos a dar testimonio de su Hijo en la vida ordinaria y a soportar con amor las contradicciones que conlleve el apostolado. Hasta la muerte, si fuera el caso.

viernes, febrero 14, 2014

Santa María, Madre del Amor Hermoso


Celebramos un nuevo aniversario del inicio del trabajo apostólico del Opus Dei entre las mujeres y de la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Y en la Prelatura se festeja, por disposición de la Santa Sede, la fiesta de Santa María, Madre del Amor Hermoso. Por eso escribió san Josemaría que Nuestro Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el manto de Nuestra Señora. Ha sido la Madre buena que nos ha consolado, que nos ha sonreído, que nos ha ayudado en los momentos difíciles de la lucha bendita para sacar adelante este ejército de apóstoles en el mundo. Pensad que ha sido la gran protectora, el gran recurso nuestro desde aquel 2 de octubre de 1928, y antes.

Hablemos con el Señor en esta oración sobre nuestra Madre, suya y nuestra. Para este diálogo de amor nos pueden servir los textos de la Misa de María, Madre del Amor hermoso, que son espléndidos. Ya desde la Antífona de entrada le aplicamos las palabras del Cantar de los cantares (6,10): Todo es hermoso y agradable en ti, Hija de Sión, hermosa como la luna, límpida como el sol, bendita entre las mujeres.

Dice el libro del Sirácida (o Eclesiástico) en la primera lectura (24,23-31): Como vid lozana retoñé, y mis flores son frutos bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí se halla todo don de vía y de verdad, en mí toda esperanza de vida y de virtud. El autor sagrado elogia la sabiduría divina, y la presenta como el camino a seguir por el hombre prudente. Con sabiduría pastoral, la iglesia aplica estas palabras a la Virgen madre de Dios, y la presenta como el atajo para llegar más rápidamente a su Hijo. Y nos anima a seguir su invitación: Venid a mí los que me deseáis, y saciaos de mis frutos.

En esa línea veneramos a nuestra Madre en la oración colecta como “adornada con los dones del Espíritu Santo”, y le pedimos que nos cuide, puesto que agradó a Dios y engendró para nosotros al Hijo Unigénito, el más bello de los hombres, “para que, rechazando la fealdad del pecado, busquemos sin cesar la belleza de la gracia”.

Es famosa la frase de “El Idiota” de Dostoievski, según el cual solo la belleza salvará el mundo. Y no es casual que ese personaje sea una imagen de Jesucristo. Esa es la hermosura, la belleza, la suavidad, la elección, la limpieza que alabamos en María y que pedimos para nosotros: la belleza de la gracia. De la fidelidad. De la unión con Dios. Quien me obedece no pasará vergüenza, y los que se ocupan de mí no pecarán; el que me ensalza obtendrá la vida eterna. Que amemos la voluntad de Dios como Ella lo hacía. Así la vemos en el templo, peregrinando una vez más para celebrar la Pascua, acompañada de José y de su Hijo (Lc 2,41-51):

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. No era obligatorio para la Virgen ni para el Niño asistir cada año a Jerusalén. Pero, igual que en la Purificación de nuestra Señora y en la Presentación de Jesús, ellos cumplen gustosos la voluntad del Padre. Obedecen. Tienen como guía de sus decisiones lo que el Señor prefiera.

Así también sucedió en la historia del Opus Dei: Para que no hubiera ninguna duda de que era Él quien quería realizar su Obra, el Señor ponía cosas externas. Yo había escrito: “Nunca habrá mujeres –ni de broma– en el Opus Dei”. Y a los pocos días... el 14 de febrero: para que se viera que no era cosa mía, sino contra mi inclinación y contra mi voluntad (…). La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres, contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola. También durante la Misa. Sin milagrerías: providencia ordinaria de Dios (…). Así, por procedimientos tan ordinarios, Jesús, Señor Nuestro, el Padre y el Espíritu Santo, con la sonrisa amabilísima de la Madre de Dios, de la Hija de Dios, de la Esposa de Dios, me han hecho ir para adelante siendo lo que soy: un pobre hombre, un borrico que Dios ha querido coger de su mano (Cf. Sal 72,23).

Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre. Se ve que cada año Jesús, María y José acudían a Jerusalén, la ciudad santa, al Templo sagrado. San Lucas le da una importancia muy grande a este lugar. Allí comienza su Evangelio, con la anunciación a Zacarías; y allí lo termina, con los discípulos bendiciendo a Dios, después de la Ascensión de Jesús a los cielos. Y ahí contemplamos ahora a la sagrada Familia, en un momento importante de la Revelación: las primeras palabras del Hijo de Dios.

Para María y José debería de ser una excursión estupenda: ir a adorar al Señor acompañando a su Hijo encarnado. ¡Qué conversaciones más gratas, las que tendrían a solas! Con qué humildad meditaría la Virgen las palabras de la Escritura, que se habían cumplido con su maternidad: Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza.

Caminar con Jesús, el Amor hermoso. Recorrer con Él la vía de nuestra vida rechazando la fealdad del pecado, buscando sin cesar la belleza de la gracia. Es el sentido de la oración después de la presentación de los dones para la Misa: “que, recorriendo con la Virgen María el hermoso camino de la santidad, nos renovemos con la participación en tu vida divina y merezcamos llegar a la contemplación de tu gloria”.

Un día como hoy es un buen  momento para proponerse de nuevo recorrer con Jesús, con María y con José el hermoso camino de la santidad. Renovarnos. Recomenzar cada día, cada momento, a seguir los pasos de la vida escondida de la Sagrada Familia. Como los siguió san Josemaría, como los siguió el  Venerable don Álvaro: con fidelidad proselitista, y metiendo a la Virgen en todo y para todo.

El prefacio de la Misa nos ofrece un espléndido resumen de la hermosura de María, que nos sirve como patrón para nuestro camino: “Ella fue hermosa en su concepción, y, libre de toda mancha de pecado, resplandece adornada con la luz de la gracia; hermosa en su maternidad virginal, por la cual derramó sobre el mundo el resplandor de tu gloria, Jesucristo, tu Hijo, salvador y hermano de todos nosotros; hermosa en la pasión y muerte del Hijo, vestida con la púrpura de la sangre, como mansa cordera que padeció con el Cordero inocente, recibiendo una nueva función de madre…”. La hermosura de María no se limita a frases bonitas, o a momentos de gozo y de gloria. Incluye la pasión, como le había anticipado el anciano Simeón en el momento de la Presentación del Señor.

Una pasión que san Lucas retrata de modo dramático en el episodio del Niño perdido en el Templo: y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Como había grupos distintos de hombres y de mujeres, tanto María como José pensarían que Jesús iría con el otro. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día. Cuando pararon a descansar, descubrieron que no estaba con ellos. Quizás tú hayas tenido esa experiencia, de perder a un muchacho en medio de la multitud. Yo he tenido ambas circunstancias (perderme yo siendo pequeño y perder a un niño que tenía a mi cuidado) y no se lo deseo a nadie: ¿qué se hizo?, ¿dónde andará?, ¿cómo avisarle?, ¿qué hacemos ahora? En nuestros tiempos tenemos muchos medios de comunicación, zonas previstas para recuperar personas y objetos, etc. Pero en aquella época toda la logística debería de ser mucho más complicada.

Por eso san Lucas resume el drama diciendo que se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo. Pensamos en la viva descripción de la escena que hace san Josemaría en su libro sobre el Rosario: ¿Dónde está Jesús? -Señora: ¡el Niño!... ¿dónde está? Llora María. -Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. -José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también... Y tú... Y yo. Yo, como soy un criadito basto, lloro a moco tendido y clamo al cielo y a la tierra..., por cuando le perdí por mi culpa y no clamé.

Sufrimiento de María, mansa cordera, que el autor sagrado relaciona con el que padecerá veinte años más tarde, el primer Viernes santo: en ambos casos se celebra la pascua, la pérdida dura tres días, la soledad es angustiosa... Benedicto XVI comenta al respecto que, “cuanto más se acerca una persona a Jesús, más queda involucrada en el misterio de su Pasión”.

Celebramos el 14 de febrero. El inicio de la labor apostólica de la Obra con las mujeres, pero también la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Por eso el Prelado cita unas palabras del Fundador con las que invitaba a pensar hasta qué punto somos amigos de la Cruz de Cristo, de esa Cruz con la que Jesús quiso coronar su Obra (...). Quiso coronarla como coronan los reyes su palacio en lo más alto: con la Cruz. Quiso poner la realeza suya para que el mundo viera que la Obra era Obra de Dios. Fue un catorce de febrero. Yo comencé la Misa sin saber nada, como otras veces, y acabé sabiendo que el Señor quería la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que el Señor quería que coronásemos nuestro edificio sobrenatural, que nuestra familia espiritual llevara en lo alto esta señal de la realeza divina. Porque la Cruz es la raíz de la alegría, el camino a la gloria. No todo termina en la muerte, pero sin muerte no hay vida: si el grano de trigo no muere al caer en tierra, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto (Jn 12,24).

La Cruz no es la última palabra, como vemos en la conclusión del prefacio que consideramos antes: Ella fue hermosa (…) en la resurrección de Cristo, con el que reina gloriosa, después de haber participado en su victoria. Es el contexto en el que podemos leer cómo termina la escena del Evangelio, que es el encuentro revelador con Jesús: Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».

El Catecismo (n.534) resalta la revelación de la filiación divina de Jesús en las primeras palabras suyas que nos transmite el Evangelio: “Jesús deja entrever el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina: ¿No sabíais que me debo a los asuntos de mi Padre?”. En el Evangelio de san Lucas, la filiación divina es la primera y la última palabra de Jesús. En ambas ocasiones, se nos revela en contexto de dolor (en esta escena y en la muerte del Calvario). A san Josemaría le costó muchos años de meditación y de sufrimientos caer en la cuenta de esa relación entre filiación divina y amor a la Cruz. Por eso podía predicar en 1963: Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón ―lo veo con más claridad que nunca—es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios.

El Catecismo subraya la fe de María y de José, quienes “no comprendieron esta palabra, pero la acogieron en la fe, y María conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón, a lo largo de todos los años en que Jesús permaneció oculto en el silencio de una vida ordinaria” (n.534).

Podemos concluir con la oración para después de la comunión: “Protege, Señor, continuamente a los que alimentas con tus sacramentos, y a quienes has dado por madre a la Virgen María, radiante de hermosura por sus virtudes, concédenos avanzar por las sendas de la santidad”.


sábado, noviembre 12, 2011

Parábola de los talentos

Después de las discusiones con las autoridades en el Templo, Mateo nos presenta a Jesús enseñando a sus discípulos sobre el fin del mundo, ya fuera del edificio sagrado. La primera parte de ese discurso es sobre el cuándo de ese evento final y la conclusión se refiere al cómo estar preparados adecuadamente para cuando llegue ese momento.
A esta segunda mitad del discurso pertenece la parábola de las vírgenes necias, que se contempla en el 32º domingo y la parábola de los talentos, que se proclama el domingo siguiente (Mt 25,14-30): “Es como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó”.
El talento es una medida, no propiamente económica sino de cambio. Y no es una medida pequeña: equivale a  unos 6.000 denarios (salarios de un día). Haciendo una rápida conversión, podría decir –en términos del salario mínimo colombiano- que sería algo así como 50.000 dólares. O sea que, cuando leemos que un señor entregó a su servidor un talento, no terminamos de darnos cuenta de la responsabilidad tan grande que se le estaba asignando a aquel encargado.
Esas cifras ayudan a entender que el Señor entrega a cada siervo sus bienes, de acuerdo con su capacidad: algunos moriríamos del susto de solo pensar que nos entregaran, ya no 50.000 dólares sino ¡250.000! para que los administrásemos.
Comencemos nuestra oración dando gracias a Dios por su confianza en nosotros, por habernos “entregado” esos talentos naturales para hacerlos fructificar. Pensemos en cuáles son esos dones en nuestro caso concreto: de inteligencia, de carácter, deportivos, familiares, alguno agradecerá por cantar bonito, otro porque escribe hermosas poesías, pero todos tenemos que ser realistas y darnos cuenta de que el Señor nos ha entregado talentos: quizá no muchísimos –o quizá sí-, pero tenemos que ser agradecidos por lo que nos han regalado.
No es soberbia reconocer nuestros talentos: forma parte de una sana autoestima, saber que somos hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo, y que somos buenos para algo. Sobre todo, porque nos hace responsables de hacer rendir esos dones al servicio de los demás.
2. Es lo que hacen los dos primeros siervos: “El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos”.
Nos lleva a pensar en nuestra oración: ¿qué he hecho yo con esos dones que agradecimos hace un momento? El inteligente habrá estudiado y sacado buenas notas, habrá leído y escrito en abundancia, habrá enseñado a muchas personas; el de buen genio habrá servido de puente para restablecer amistades, habrá hecho reír a sus compañeros, habrá consolado a personas atribuladas; el deportista habrá entrenado con disciplina; todos habremos aportado a mejorar el ambiente familiar; el que canta o el poeta habrá grabado un CD –hoy que es tan fácil hacerlo- y publicado sus composiciones, al menos en un blog. Eso es “negociar” con los talentos. Y por ahí puede ir el segundo propósito, después de dar gracias a Dios por los talentos: comprometerse en dar fruto, en aprovechar el tiempo para sacar jugo a nuestros dones naturales.
Sin embargo, en la parábola hay otro personaje que sirve de contrapunto: el que recibió menor responsabilidad: “el que había recibido uno fue, hizo un agujero en la tierra y escondió el dinero de su señor”. Con esta actitud, quedaba liberado de cualquier responsabilidad jurídica, según el derecho de la época. No quiso arriesgar nada. Tuvo miedo de negociar. Pero lo peor es que no entendió la actitud de su señor. Los otros dos entendieron que se trataba de un gesto de confianza, de tratarlos como hijos maduros, de hacerlos parte de la propia familia. Agradecieron el gesto y correspondieron con igual generosidad, cada uno según sus capacidades.
El tercero, en cambio, no era un simple vago y perezoso. Era un malpensado y su única justificación es la siguiente: “Señor, sé q­­­ue eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo”. Llama la atención que critique la dureza y la avaricia de un señor que ha entregado su fortuna en manos de unos siervos. Éste es su principal pecado: no solo es retraído, sino que esconde su acidia en la supuesta dureza del Señor.
San Josemaría escogió esta parábola como tema de predicación el día de su cumpleaños. Y decía: “El que ama a Dios, no sólo entrega lo que tiene, lo que es, al servicio de Cristo: se da él mismo. No ve -con mirada rastrera- su yo en la salud, en el nombre, en la carrera” (Amigos de Dios, 46).
Pidamos a Dios en este rato de oración que nosotros no seamos como ese siervo. Ayúdanos, Señor, a combatir esa pereza del alma que nos hace incumplir nuestras obligaciones, esconder el don de tu gracia en la tierra de nuestra concupiscencia, de nuestra comodidad, de nuestra cobardía. Que perdamos el miedo a luchar para corresponder a tu magnificencia con el esfuerzo por tomar esa mano que nos brindas.
3. La parábola concluye hablando de un tema muy propicio para este final del año ordinario: el día del juicio, que es el objetivo de fondo del relato: “Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos”. A los que hicieron rendir sus talentos, les recompensó con más: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor». Así esperamos que nos recompense a nosotros, cuando nos llegue el momento final. Que el Señor use con nosotros esa “fórmula de canonización” tan esperanzadora: “entra en la alegría de tu señor”.
En cambio, al siervo haragán, la respuesta es condenatoria, como puede ser la nuestra si no nos decidimos a cambiar, a convertirnos para preparar la Navidad: «Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y que recojo donde no he esparcido; por eso mismo debías haber dado tu dinero a los banqueros, y así, al venir yo, hubiera recibido lo mío con los intereses. Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene los diez. Porque a todo el que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas de afuera: allí habrá llanto y rechinar de dientes».
Podemos concluir con otra consideración de la homilía antes citada: “¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio sobrenatural, no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto. Dios nos concede quizá un año más para servirle. No pienses en cinco, ni en dos. Fíjate sólo en éste: en uno, en el que hemos comenzado: ¡a entregarlo, a no enterrarlo! Esta ha de ser nuestra determinación” (Ib. 47).

viernes, julio 15, 2011

Cizaña, mostaza y levadura

Después de la parábola del sembrador, Mateo presenta la segunda de sus siete alegorías sobre un tema bastante relacionado con el de la primera: continuamos en el ambiente agrícola, en la faena de siembra.

El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Más adelante explicará que el que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre y que la buena semilla son los hijos del Reino. Sin sentirnos mejores que nadie, debemos experimentar la responsabilidad de saber que, por bautizados, tenemos que esforzarnos para ser menos indignos de ese título: hijos del Reino, buena semilla.

Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. La cizaña era una semilla que crecía de modo similar al trigo, solo se distinguían cuando las plantas estaban grandes. El problema es que la cizaña perjudicaba la cosecha del trigo, incluso amenazaba con destruirla. En ocasiones sucedía, como en esta parábola, que un enemigo cobrara venganza echando cizaña en los campos de su adversario.


En esta parábola el Señor hace una alusión breve a la causa del crecimiento de la cizaña: mientras dormían los hombres. “Mala cosa, ese sueño”, comentaba San Josemaría. San Cromacio de Aquileya desenmascara la causa: “los que duermen por culpa de la negligencia son vencidos por su infidelidad”. El sueño de los obreros se debe a la pereza. Pero es difícil tener la sinceridad para llamarla por su nombre. Y nos inventamos disculpas para disimularla: otro lo hará, tampoco hay que exagerar, conviene delegar, incluso podemos decir que hay que tener fe y evitar el activismo.

Comencemos nuestra oración pidiendo al Señor -que no seamos siervos haraganes y comodones en nuestra labor a su servicio sembrando la semilla del Evangelio en su terreno: el campo es el mundo. San Josemaría sugiere maneras de ser fieles a la misión: No dormir, vigilar, estar alertas: rezando, cumpliendo nuestras obligaciones, haciendo apostolado, perseverando en el trabajo diario, aunque parezca monótono (Cf. Es Cristo que pasa, n. 123).

Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Dios tiene sus enemigos,  también el hombre.  Más adelante Jesús dirá que ese enemigo es el demonio. Y le llama enemigo porque es una criatura que solo desea apartarnos del Señor, cambiarnos el oro de la gracia por las baratijas del egoísmo. Y se sirve para esa triste misión de un ejército de pobrecitos a los que el Señor llama también "los hijos del Maligno", representados en la parábola por la misma cizaña.

Lo llamativo de la parábola es la estrategia del Señor: Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega». Probablemente nosotros habríamos actuado como los siervos: de modo intempestivo, procurando arrancar el mal de cuajo para desagraviar el daño causado por nuestra pereza.

Pero la principal enseñanza de esta parábola es la paciencia del Señor. Como explica el libro de la Sabiduría (1ª. Lectura, 12,13.16-19), el Señor juzga con benignidad, y nos gobierna con gran indulgencia. Llena a sus hijos de buena esperanza, pues, después de pecar, da ocasión para el arrepentimiento. Una vez más, Jesús nos invita a la conversión, anuncia la misericordia del Padre. Por eso, San Agustín exhorta: "quien es trigo, persevere hasta la siega; los que son cizaña, háganse trigo".

Al permitir que crezcan juntos el trigo y la cizaña, el Señor nos enseña a obrar con paciencia, sin precipitaciones, a tener fe. Se trata de obrar con diligencia, pero sabiendo que el sembrador es Cristo, que es Él quien pone el incremento y garantiza el fruto, que llegará en el tiempo oportuno.

Pero tener presente que el Señor quiere contar con nuestro esfuerzo para ahogar la cizaña o, al menos, para disminuir sus efectos en el campo del mundo actual. Es el sentido del punto 755 de Camino, que dice: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes”.

Saber que estamos en mitad de la faena, que los sembradores del mal no se toman vacaciones, no debe desanimarnos. Al contrario, ha de impulsarnos a trabajar más intensamente para esparcir la semilla del Evangelio en el ambiente en el que nos movemos: con nuestra familia, entre los compañeros de estudio y de trabajo.

Nos puede animar en ese trabajo de siembra las siguientes parábolas: El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas.

Ese pequeño grano de mostaza, del tamaño de la cabeza de un alfiler, nos invita a no juzgar con visión humana. Nos encontramos con otra parábola de la esperanza: El Señor nos pide que confiemos en la vitalidad divina, que incrementa cualquier expectativa de fruto: Él es el dueño de la mies y nos dará cuanto quiera, cuando quiera.

Una parábola más: El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres  medidas de harina, hasta que fermentó todo. No puedo dejar de citar una meditación de San Josemaría comentando esta enseñanza: “Cristo Señor Nuestro ha puesto siempre una levadura de pocos; y eso queriendo que se salve no una minoría, sino todos los hombres. Mira la levadura de Belén... Mira la levadura del Tabor -tú me sigues con la imaginación y la memoria- y de Nazaret y del Cenáculo. ¡Mira la levadura del Calvario! ¿Y después? Después llega la Pentecostés, el don de lenguas, las conversiones en masa”.

A veces queremos Pentecostés sin Viernes Santo, gozarnos las mieles del triunfo en batallas que no hemos luchado.  O pretendemos ganar un oro olímpico entrenando una semana. Queremos pan sin levadura... Y quizá sin harina. Buscamos ganar rápido, sin esfuerzo ni sacrificio.

En esta parábola el Señor explica, con toda claridad,  la clave del apostolado cristiano. Podemos concluir acudiendo, como siempre a la Virgen Santísima, para que ella nos alcance del Señor las peticiones que hacía el santo predicador de la meditación que citamos antes: "Hemos de convencernos de que para ser levadura se necesita ser santos. Hay que pedir perdón a nuestro Señor por nuestra vida mala, y pedirle ayuda seriamente, con propósitos concretos, claros, para disponernos con humildad de corazón a ser la levadura que el Señor quiere".

domingo, julio 10, 2011

Salió el sembrador a sembrar

Uno de los primeros experimentos escolares, que casi todos recordamos, es de biología: la germinación de una semilla. Para la curiosidad del niño es impresionante ese milagro de la vida: ver cómo se producen nuevas plantas a partir de un simple grano. En algún momento del progreso de la humanidad, el ser humano experimentó la misma sensación y dejó de ser nómada al dedicarse a las labores agrícolas.
En el Oriente medio siempre ha sido muy difícil esa labor, por tratarse de una zona desértica y, en algunas partes, pedregosa. Las personas de esas regiones son conscientes del esfuerzo que supone y, por eso, varios de los primeros ritos de las religiones primitivas tienen relación natural con la siembra y la cosecha.
La revelación judía asumió algunos de esos rituales y los elevó en su liturgia. Por ejemplo, el «libro del consuelo» de Isaías (55,10-11), compara la Palabra de Dios con la parábola de una semilla que germina gracias a la lluvia que envía el Señor: Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será la palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo. El salmo 64, llamado «el canto de la primavera», agradece a Dios esas lluvias fecundas que preparan las cosechas. Y la liturgia cristiana da un paso adelante, al aplicar estas palabras a la Encarnación del Hijo de Dios: Ábranse los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío, como riego santo, canta un gozo tradicional de Adviento.
Los Evangelios sinópticos reportan el discurso de las parábolas del Señor. Mateo y Marcos lo enmarcan a la orilla del mar: Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas (Mt 13,1-52). La jornada debía de ser agradable. La barca —probablemente la de Pedro— sirve como púlpito y la playa como auditorio.
Por su parte, en el centro del Evangelio de san Lucas se encuentran el discurso del llano y las parábolas del Reino. La primera de ellas es la del sembrador (Lc 8,4-15), que para los labriegos de aquel paraje debería sonar muy familiar: Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno. Esta parábola es la más representativa de todas, ya que es la única que aparece, narrada y explicada, en los tres Evangelios sinópticos. También es muy rica en significados. Así, por ejemplo, los exégetas disputan sobre cuál sería el título más adecuado, según la interpretación que se quiera resaltar: además del que le hemos dado en este capítulo, también podría ser «la parábola de la semilla», o «de los cuatro terrenos».
La primera pregunta es por el protagonista de la parábola. Las principales interpretaciones, que se remontan a san Jerónimo, enseñan que el sembrador es el Hijo, que siembra la palabra del Padre: «Jesús, como predicador de la palabra, reflexiona sobre su propio ministerio, valorando los resultados de su predicación» (Estrada 1994, p.138. Cf. Oden y Hall, 2000, 1a, p.348).
El segundo interrogante es por la semilla. Nos vienen a la mente las palabras de Jesús el Domingo de Ramos: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto (Jn 12,24). Benedicto XVI también explica que la clave hermenéutica «de todas las parábolas —todo el mensaje sobre el Reino de Dios— se ponen bajo el signo de la cruz, (…) la extrema radicalización del amor incondicional de Dios».
Pero hay otra línea complementaria, y es el papel del cristiano en esa siembra del amor de Dios. San Atanasio comenta que el divino sembrador quiere contar con nosotros para la faena: «El que un día habría de ser grano de trigo por su virtud nutritiva, de momento es un sembrador. Nosotros, los agricultores de la Iglesia, vamos metiendo el azadón de las palabras por los sembrados, para cultivar el campo de modo que dé fruto» (Citado por Comisión MC, 2004, IV, p.683).
San Josemaría añade una exégesis muy sugestiva en este sentido, al explicar que, para compartir esa misión divina, el cristiano ha de íntimamente unido a Dios: «La mano de Cristo nos ha cogido de un trigal: el sembrador aprieta en su mano llagada el puñado de trigo. La sangre de Cristo baña la simiente, la empapa. Luego, el Señor echa al aire ese trigo, para que muriendo, sea vida y, hundiéndose en la tierra, sea capaz de multiplicarse en espigas de oro» (ECP, n.3). El cristiano es invitado a unirse al misterio de la Cruz, a la corredención con Cristo, por la purificación, por la comunión eucarística y el afán de apostolado, para convertirse en «sembrador de paz y de alegría» (Cf. Ibídem, n. 30).
Llegamos así a la tercera interpretación, la de los terrenos, en la cual hay cuatro escenarios: en el primero, la semilla cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se la comieron. Se trata, según explica el Señor más adelante, de los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Se refiere, en primer lugar, a los sacerdotes de su tiempo, sordos para atender el mensaje de Jesús; pero también podemos aplicarla a nosotros, que igualmente debemos entender la palabra del Reino, escucharla con oídos atentos, estudiarla, profundizar en su sentido. Para eso, es oportuno llevar los textos a la oración, estudiar su significado acudiendo al Magisterio de la Iglesia, al Catecismo, al testimonio de los santos y de buenos teólogos, a los medios de formación que la Iglesia nos ofrece.
Otra semilla cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Se refiere el relato a aquellos que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Los débiles e inconstantes, que el Señor señala, son las muchedumbres que lo seguían cuando hacía milagros, pero después lo abandonarían el Viernes Santo. Critica Jesús la reacción sentimental del entusiasmo pasajero, que no tiene raíces. La necesidad de estos fundamentos se nota en el momento de la prueba, de la burla, cuando ser cristiano supone un escándalo para el ambiente en el que nos movemos. Aunque probablemente no moriremos mártires, sí debemos estar dispuestos a dar la cara, a ofrecer el testimonio de nuestra vocación cristiana, a ser fieles, cueste lo que cueste.
La tercera semilla cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Estos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro. Son las personas que no viven de acuerdo con las enseñanzas del Señor: «Parte de la simiente cae en tierra estéril, o entre espinas y abrojos: hay corazones que se cierran a la luz de la fe. Los ideales de paz, de reconciliación, de fraternidad, son aceptados y proclamados, pero —no pocas veces— son desmentidos con los hechos» (ECP, n.150). Señor: te pedimos no cerrarnos a la luz de la fe, que los afanes, riquezas y placeres de la vida no entorpezca la labor divina en nuestras almas.
Llegamos así al último escenario: la cuarta semilla cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno. Se trata de los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia. El Señor garantiza una cosecha abundante. Nosotros queremos ser esa tierra buena, fecunda, preparada para superar las temporadas de sol y de lluvia. Una tierra abonada con la penitencia, con la mortificación, con el amor a la Cruz, que crece en la Santa Misa. Una tierra dócil, fructífera, feraz.
Para meditar qué tipo de tierra somos, de acuerdo con nuestra respuesta de amor a la siembra divina, nos puede servir un texto de J. Echevarría: «En no pocos casos, el defecto de nuestra dejadez radica en la superficialidad: el amor se muestra frívolo, pasajero; como si el corazón fuera uno de esos caminos por donde pasan todos y nadie marca una huella, como la semilla que arroja el sembrador de la parábola. En otros momentos, se levanta un amor demasiado sentimental, poco recio; como si el corazón no supiera en esos casos acoger “las duras y las maduras”; y así, buscando sólo el goce —sin aceptar la contrapartida del dolor y del sacrificio—, brota un amor sin fruto. En otras ocasiones, parece como si el corazón no albergara sino amoríos: ¡tantos y tan distintos y aun opuestos se demuestran los afectos que lo mueven! Se diría, en esos casos, que la persona, como la Magdalena antes de encontrar a Cristo, va tras amores que no la satisfacen, no fomenta un amor de verdad. Y hay también circunstancias —muchas, gracias a Dios—, en las que el corazón se decide a amar hasta el final» (2005, p.71).
Hemos analizado tres significados de la parábola: el sembrador, la semilla y los terrenos. Llegamos al cuarto aspecto, que es la cosecha abundante, señal escatológica de que el Reino de Dios ha llegado y fructificará como resultado del sacrificio de Cristo: «El Reino no llega de manera triunfal ni de una vez por todas, sino que se despliega poco a poco, alternando momentos de éxito y períodos sin demasiados logros. Con todo, se impone la confianza: Dios mismo culminará con una gran cosecha» (Puig, 2004, p.327).
En aquella época, una siembra buena era la que fructificaba el cincuenta. Y Jesús promete hasta el ciento: «Si miramos a nuestro alrededor, a este mundo que amamos porque es hechura divina, advertiremos que se verifica la parábola: la palabra de Jesucristo es fecunda, suscita en muchas almas afanes de entrega y de fidelidad. La vida y el comportamiento de los que sirven a Dios han cambiado la historia, e incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven —sin saberlo quizá— por ideales nacidos del cristianismo» (ECP, n.150).

El papa Francisco aplica la metáfora de la tierra buena a la Virgen María: «En el contexto del Evangelio de Lucas, la mención del corazón noble y generoso, que escucha y guarda la Palabra, es un retrato implícito de la fe de la Virgen María» (2013, n.58). Pidamos a la Virgen Santísima que nuestro amor sea fiel como el suyo; que nos convierta en tierra fecunda que se decide a amar hasta el final «y se traduce en una entrega que intenta corresponder con más de lo que recibe: treinta por uno, sesenta por uno, ciento por uno» (Echevarría, Ídem.).

sábado, febrero 19, 2011

Fraternidad y santidad


Seguimos considerando el sermón del monte. Después de la introducción con las bienaventuranzas y las parábolas de la sal y de la luz, entramos en el cuerpo del sermón. En este, el Señor se presenta como ese nuevo Moisés del que habla Benedicto XVI, que no abroga la ley sino que, por el contrario la lleva a su perfección y ya no solo condena el homicidio, sino también la cólera; ya no solo rechaza el adulterio, sino los malos deseos; ya no solo prohíbe el divorcio, sino que  eleva el matrimonio a la dignidad de sacramento.

En la parte final de este cuerpo del sermón, sobre la perfección de la ley, vemos cómo afronta Jesús la conocida “ley del Talión” (Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente). Este principio, a pesar de que es muy denostado habitualmente, en realidad buscaba evitar excesos en las venganzas: que nadie se cobrara más allá de lo que había padecido. Incluso, que el delito quedara resarcido con una compensación equiparable. Sin embargo, Jesús enseña en qué consiste la plenitud de la ley: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto. A quien te fuerce a andar una milla, vete con él dos. A quien te pida, dale; y no rehúyas al que quiera de ti algo prestado.

Jesucristo presenta varios ejemplos comunes de la legislación de aquella época y continúa en su línea de caridad extrema, de “no violencia” ―como dirían algunos― aunque amando hasta el extremo de dar la vida por los demás. No es una legislación nueva, pues el Levítico ya tenía previsto el mandamiento del amor: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (19,1-18). Es más bien una enseñanza para los que quieren ser perfectos: poner la otra mejilla, excederse en caridad con los violentos, ayudar a quien lo necesita.

Este es uno de los factores determinantes de los discípulos de Cristo. En esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros, dirá el Señor en la última cena. Pero su enseñanza va más allá; no se trata solo de querer a nuestros hermanos, sino de amar incluso a los enemigos: Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos?

Esa es la razón de que la caridad forme parte del ADN estructural de la iglesia, junto con la liturgia y el apostolado. En estas palabras de Jesús se encuentra el origen de los hospitales y de infinidad de obras de servicio a lo largo del tiempo y del espacio. Por ese motivo, Benedicto XVI decía que estas tres «son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia» (Deus Caritas Est, 25). Quizá por eso se cuenta que Juan Pablo II dijo, al visitar un leprosario de las hermanas de la caridad en Calcuta: «desde aquí debería ejercer mi pontificado».

Podemos hacer examen en nuestra oración personal: ¿cómo vivimos la caridad? Probablemente no tengamos grandes enemigos, pero quizá es posible que haya personas que no nos caen tan bien y, en ocasiones, las evitamos. Olvidamos tener detalles con ellas. Nos duele quizá de modo exagerado su modo de ser. Somos susceptibles, de pronto patológicamente. O podemos criticar grupos de personas, o rechazarlas inconscientemente: por su origen social o geográfico, o por sus aficiones políticas, religiosas, ¡deportivas!

En otras ocasiones, quizá sí que tenemos razones objetivas para quejarnos de alguien: puede ser que con su modo de ser las veamos como impositivas, o que no nos dejan pasar ni una ocasión, o simplemente no nos atienden como pensamos que merecemos. En algún momento de nuestra vida pudimos haber sufrido verdaderas injusticias: en el trabajo, en el estudio, en las relaciones familiares. O quizá hemos padecido un robo o cualquier otro atentado contra nuestra integridad.

Aprovechemos este rato de oración para curar esas heridas de nuestro corazón, para perdonar esos malentendidos o esas verdaderas afrentas. Yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan. Pongamos nombres concretos, si es preciso, y pidámosle al Señor: Dios mío, ayúdame a perdonar a esta persona. Así como tú me has perdonado a mí tantas veces, te ofrezco ―en desagravio por mis pecados― el perdón mío por esa ofensa que, en realidad, tampoco es tan grave como me ha parecido. Te pido por esta otra, que no me cae tan bien; o por la de más allá, a la que podría atender con más cariño ―con fraternidad cristiana― pero la rechazo porque quizá pienso que no me aporta como otras…

Este sermón del monte no es una simple enumeración de consejos, un «manual de convivencia», aunque sea radical. Es la explicación de las consecuencias que tiene llamarse hijos de Dios: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Por esa razón el Salmo102 nos invita a mirarnos en el ejemplo que debemos seguir: El Señor es compasivo y misericordioso. Ese modelo de amor es el Padre, fuente de todo bien que, como dice el Papa Benedicto en su libro Jesús de Nazaret, es la medida del ser humano «perfecto».

 Amad a vuestros enemigos, amaos los unos a los otros… La enseñanza es la misma, al comienzo ―en el sermón del monte― y al final de su predicación ―en el lavatorio de los pies―. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos… No basta con perdonar, con evitar resentimientos. Hay que ir más allá. Positivamente, hemos de parecernos a nuestro Señor en el esfuerzo por dar la vida en detalles concretos de la existencia cotidiana: delicadeza en el trato, esfuerzo por hacer amable la vida a los demás, prestar pequeños servicios, olvidarnos de nosotros mismos.

Pueden servirnos algunos consejos concretos de San Josemaría, quien nos hace considerar que siempre hemos de tener en la mente esa disposición de servicio: «Recuerda con constancia que tú colaboras en la formación espiritual y humana de los que te rodean, y de todas las almas —hasta ahí llega la bendita Comunión de los Santos—, en cualquier momento: cuando trabajas y cuando descansas; cuando se te ve alegre o preocupado; cuando en tu tarea o en medio de la calle haces tu oración de hijo de Dios, y trasciende al exterior la paz de tu alma; cuando se nota que has sufrido —que has llorado—, y sonríes» (Forja, n. 846).

Y concretando más aún, recomendaba: «Moderad vuestro genio y no decidáis cuando estáis cansados o de mal humor. Si habéis sufrido, no queráis hacer sufrir a los demás, porque bastante nos mortificamos unos a otros sin pretenderlo» (Carta 7-X-1950, n.38. Citado en: Andrés Vázquez de Prada, III, n.51).

El último versículo de este pasaje nos da el secreto para vivir el amor al prójimo: la caridad con los demás solo es verdadera si la vivimos como fruto del amor a Dios, de la lucha por ser santos como Él: sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

En estas palabras  se resume todo el capítulo quinto del Evangelio de Mateo. La clave para vivir la Ley de modo pleno es ser perfectos como nuestro Padre del cielo. En eso consiste la santidad, como enseña el Concilio Vaticano II (LG 40): «Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano».

Esta sentencia del Evangelio está en la raíz del punto 291 de Camino, que contiene el núcleo de la predicación de San Josemaría: «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto».

Pidamos a la Santísima Virgen, espejo de justicia ―de santidad― que nos alcance la gracia del Señor para perdonar a quienes nos ofendan. Pero, sobre todo, a gastar nuestra vida ―como Ella― sirviendo a los demás. Y a descubrir que el secreto para lograrlo está en buscar la santidad. En seguir el consejo de su hijo: sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.