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sábado, marzo 09, 2013

Hijo pródigo y comunión de los santos


Estamos viviendo unos días muy especiales en el catolicismo. Como decía Benedicto XVI en su última audiencia general,  la Iglesia no es una institución humana, pues la guía Jesucristo ―el Buen Pastor―. Hablando de la compañía de tantas personas durante su pontificado, decía el Papa emérito: «Aquí se puede tocar con la mano qué es la Iglesia: no una organización, una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos».  Se nota la realidad de las palabras que pronunciamos cada domingo en el Credo: Creo en la comunión de los santos.

Son días de oración. Este domingo, los cardenales estarán en sus iglesias romanas, invitando a los fieles a orar. Y han agradecido la iniciativa virtual de adopción a cada uno de ellos por parte de los fieles internautas. Porque se trata de una realidad espiritual. Es lo que explica la visión sobrenatural de los santos. Por ejemplo, se cuenta que san Josemaría predicaba en la sede vacante de 1958: «quería hablaros una vez más de la próxima elección del Santo Padre. Conocéis, hijos míos, el amor que tenemos al Papa. Después de Jesús y de María, amamos con todas las veras de nuestra alma al Papa, quienquiera que sea. Por eso, al Pontífice Romano que va a venir, ya le queremos. Estamos decididos a servirle con toda la vida. Rezad, ofreced al Señor hasta vuestros momentos de diversión. Hasta eso ofrecemos a Nuestro Señor por el Papa que viene, como hemos ofrecido la Misa todos estos días, como hemos ofrecido... hasta la respiración» (Echevarría, Carta 1-III-2013).

Unión en la Iglesia, que contrasta con el segundo hijo de la parábola del Evangelio de hoy (Lc 15,1-32). Iba a lo suyo, aunque permanecía en la casa del Padre. Allí seguía durante años, pero desunido de su hermano y desagradecido con su papá. Ese Padre misericordioso nos hace ver la grandeza de lo ordinario, de estar con Él: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo. Somos de la misma familia, convivimos. El hijo mayor no se daba cuenta de que eso era más importante que matar un cabrito para gozar un momento de placer con sus amigos. 

El hijo pródigo, en cambio, descubrió que vale más servir como jornalero que disfrutar de todos los goces mundanos. Y el padre lo acogió como hijo una vez más, lo perdonó al ver su corazón convertido. Le dio de acuerdo con lo que su corazón se había hecho capaz de recibir: la vida nueva de hijo –el traje, el anillo-, la comunión –el banquete-, la acogida en la casa: había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.

De esta parábola se han escrito muchas interpretaciones literarias, filosóficas y teológicas. Pero un criterio exegético que no falla es el litúrgico: las lecturas que la Iglesia escoge para acompañarla. Y este cuarto domingo de Cuaresma es domingo laetare, por tanto nos habla de la alegría de la conversión: Alégrate, Jerusalén, y todos los que la amáis, reuníos. Regocijaos con ella todos los que participabais de su duelo y quedaréis saciados con la abundancia de sus consuelos.

En este día tan especial la primera lectura es de Josué, el sucesor de Moisés. Este libro es “la culminación natural del Pentateuco” (Biblia de Navarra). Su tema central es la toma de posesión y la distribución de la tierra prometida. Pero la liturgia escoge un momento preciso, el capítulo cinco: El pueblo de Dios celebra la Pascua, después de entrar en la tierra prometida: En aquellos días, el Señor dijo a Josué: –Hoy os he despojado del oprobio de Egipto. Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ácimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

La toma de posesión se celebra de modo litúrgico, no marcial. Primero la circuncisión, después la celebración de la pascua. Desaparece el maná, pues ya pueden producir los panes ácimos con los cereales que son frutos de la tierra prometida y del trabajo del hombre.

Este pasaje nos sirve como filtro de lectura del Evangelio de hoy. Quiere decir que la liturgia nos invita a resaltar un momento específico de la parábola, el banquete: el padre les dijo a sus siervos: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». Y se pusieron a celebrarlo.

El Catecismo de la Iglesia (n. 1439) explica que  «el mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza».

El banquete de la misericordia. A los exégetas no les gusta mucho el famoso título de esta parábola, y prefieren denominarla “la parábola de los dos hijos” como hace Benedicto XVI en su libro sobre Jesús de Nazaret― o mejor aún “la parábola del padre misericordioso”. El Beato Juan Pablo II enseña que  «como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación. Lo que más destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una palabra: la reconciliación es principalmente un don del Padre celestial» (RP, n.6).

Es lo que enseña San Pablo en un texto de la segunda epístola a los corintios, que la liturgia escoge hoy como colofón para el marco de la parábola (2 Co 5,17-21): Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura: lo viejo pasó, ya ha llegado lo nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos confirió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo, sin imputarle sus delitos, y puso en nosotros la palabra de reconciliación. Somos, pues, embajadores en nombre de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros. En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios. A él, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios.

La iglesia se reúne en el perdón de Dios. Si podemos congregarnos como una familia y acoger al mundo entero en esa comunión no es gracias a nuestros méritos, sino por la justificación que nos alcanzó Jesucristo, la renovación que logró de nuestras vidas y que actúa cada vez que le pedimos perdón, de modo especial cuando nos acercamos a recibir la palabra de reconciliación en el sacramento de la penitencia.

El mismo San Pablo explica que esta purificación es requisito para participar en el banquete de la comunión, en el banquete eucarístico, que es también renovación del sacrificio del Calvario ― A él, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios―.  

Y el Salmo 33 muestra cuál es la causa de esa alegría que hoy festejamos en el Domingo laetare: Gustad y ved qué bueno es el Señor. Engrandeced conmigo al Señor, ensalcemos juntos su nombre. Busqué al Señor y él me escuchó, me libró de todos mis temores. Miradle y brillaréis de gozo, vuestros rostros no se avergonzarán. Cuando el humilde invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de todas sus angustias.

Esta es la verdadera comunión de los santos. No se trata de una artificial camaradería, sino de una conversión personal, de acoger el perdón del Señor ―En nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios― para acceder al banquete de la verdadera comunión. Porque así como se comparten los méritos, también influye de modo negativo el pecado de los hijos sobre la familia de la Iglesia y sobre la humanidad entera.

La comunión de los santos en la Iglesia es la comunión de los pecadores, de los hijos pródigos, reconciliados con el Padre y con la Iglesia. Es la comunión de los perdonados. La comunión de los hijos que comparten el mismo cáliz y el mismo pan. La liturgia lo expresa de modo gráfico antes de comulgar, cuando el sacerdote exhorta: Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión fraterna. Antes de comulgar el Cuerpo y la Sangre, comulgamos entre nosotros.

Es lo que explica la distinción que hace el Catecismo (n. 948) entre dos significados estrechamente relacionados con este misterio de la comunión de los santos: “comunión en las cosas santas (sancta)” y “comunión entre las personas santas (sancti)”. La teología contemporánea explica que se trata de que los reconciliados con Dios ―tanto los que están en la tierra, como aquellos que están en el Purgatorio y en el Cielo― comparten los dones del Padre: los sacramentos, la fe, los carismas, la caridad y hasta los bienes terrenos (Cf. Catecismo, nn. 949-953).

Una conclusión práctica, para la lucha diaria es que «Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel» (Camino, 549).  Otra más: «Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo». (Ídemn. 545).

Además, en ese empeño por convertirnos en mejores hijos de tan buen Padre contamos con la intercesión de la Virgen, que nos ayudará también a ser mejores hermanos, con nuestra lucha diaria, de todos los cristianos y de la humanidad entera.

sábado, julio 07, 2012

Nadie es profeta en su tierra


Después de la manifestación de fe de Jairo y de la hemorroísa, san Marcos (6,1-6) pone como en un díptico el cuadro con la reacción de los paisanos de Jesús: Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga. Después de una serie de signos que confirmaron a sus discípulos en la fe (¿Por qué tenéis miedo?, ¿Aún no tenéis fe?, había recriminado en el episodio de la tempestad calmada; Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad, fue el reconocimiento para la hemorroísa; No temas; basta que tengas fe, las palabras de ánimo para Jairo), san Marcos ambienta la expectativa por la reacción que tendrían los parientes y vecinos de Jesús cuando regresa a su tierra natal, a su «patria».
Entre los asistentes al culto estarían los vecinos de toda la vida, de los que se había despedido un par de años atrás, al marcharse a iniciar su vida pública en Cafarnaúm. Estarían los parientes, los amigos de infancia, los compañeros de luchas de José que quizás ya había fallecido y de María. Uno esperaría el recibimiento brillante para el «hijo ilustre» de una aldea pequeña, que había alcanzado reconocimiento por ser la cuna del nuevo predicador y taumaturgo al que seguían las multitudes de toda Galilea. Sería normal el sentimiento de orgullo de sus paisanos por haber convivido con semejante personaje desde pequeño.
De hecho, el Evangelio reseña que aquellos que lo habían visto crecer entre las callecitas de aquel pequeño poblado de Nazaret, ahora se maravillaban al escuchar las palabras de sabiduría que salían de los labios de Jesús y los prodigios que obraba, por lo cual la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?». Buscaban en su filiación biológica lo que solo puede explicar su origen divino.
Sin embargo, el mismo Jesús, que se maravillaría por encontrar mucha fe incluso fuera de Israel, ahora se asombra, se «escandaliza» por la reacción escéptica de sus conciudadanos. Algunos hasta esgrimieron el conocerlo de antes como un motivo para explicar que no podía estar haciendo lo que ahora hacía, que quizá estaba endemoniado. Aquel al que habían visto de niño no podía ser ahora Maestro, mucho menos el Mesías. Y la emoción o admiración inicial se transformaron en escándalo: «¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
No debemos extrañarnos por esta reacción adversa, pues también ese mismo camino es el que espera a los seguidores de Jesús. La envidia, la falta de fe, el miedo al compromiso y, en definitiva, el pecado original, están detrás de esa actitud burlesca o incluso persecutoria. Así lo anunciaría el Señor muchas veces (Mt 10,24): Al discípulo le basta con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! Si alguna vez el Señor permitiera que experimentásemos esas persecuciones por seguirlo y por anunciar sus doctrinas, podemos pensar que nada se pierde: creceremos en humildad, en fe, en conciencia de ser solo instrumentos. La gracia de Dios no se pierde y los méritos de esas obras fructificarán en otros terrenos.
Veamos otra dimensión de la crítica que hacen sus vecinos: «¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él. Aunque se menciona en un contexto polémico, no deja de ser significativo que a Jesús se le reconozca por su vida familiar, por su trabajo profesional, porque vivió la mayor parte de su vida una existencia normal, como la de cualquiera de nosotros. Jesús es modelo de hombre perfecto, y debemos encontrar en su ejemplo la guía para nuestra vida familiar y para nuestro trabajo profesional: «Vamos a pedir luz a Jesucristo Señor Nuestro, y rogarle que nos ayude a descubrir, en cada instante, ese sentido divino que transforma nuestra vocación profesional en el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad. En el Evangelio encontraréis que Jesús era conocido como faber, filius Mariae, el obrero, el hijo de María: pues también nosotros, con orgullo santo, tenemos que demostrar con los hechos que ¡somos trabajadores!, ¡hombres y mujeres de labor!» (AD, n.62).
Con nuestro trabajo cotidiano estamos llamados a parecernos a Jesús, a descubrir en esas ocupaciones «el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad». Y esa llamada incluye el compromiso apostólico. Hemos de dar testimonio con nuestra vida de la fe que profesamos. Una fe que se encarna en el esfuerzo por trabajar bien, por tratar bien a nuestros parientes, a nuestros compañeros, a nuestros vecinos. Y por mostrarles con nuestra alegría el espíritu que nos anima.
A Jesús no le sorprende la respuesta aprensiva de sus coterráneos, siente que le toca padecer la suerte de los profetas: les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». Aunque algunos de estos familiares y vecinos más adelante se convertirán y le seguirán de cerca, incluso estarán entre los pilares de la primitiva comunidad cristiana, este rechazo inicial sirve para conformar una nueva familia, ya no de vínculos biológicos, sino sobrenaturales. Esa nueva estirpe es el germen de la Iglesia, que tiene su origen en la obediencia de fe a las enseñanzas del Señor y que es la familia de Dios en el mundo. En esta lógica se entiende una respuesta previa de Jesús (Lc 11,27-28) cuando una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
La fe es un regalo de Dios, pero requiere que la ejercitemos. Enseña el Compendio del Catecismo que «la fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer, dado que Dios es la Verdad misma. Por la fe, el hombre se abandona libremente a Dios; por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios, ya que la fe actúa por la caridad (Ga 5,6)» (n.386). La fe en Dios incluye creer en sus palabras. No podemos asentir de modo parcial a lo que nos ha revelado, que incluye en su designio salvador la institución de la Iglesia. Se entiende el sinsentido de aquellas pancartas que algunos emplean en ocasiones: «Cristo sí, iglesia no». La fe que Dios nos regala es fe en Él, en su revelación, en su Iglesia, como vemos en el pasaje de la confesión de Cesarea de Filipo (Mt 16,18-19): tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Una fe que se abandona libremente a Dios, que se fía de Él, como el niño en brazos de su padre. Así lo explicaba un obispo del Perú: «Cuentan que unos turistas en Machu Picchu observaron un obrero que pasaba con su carretilla de un cerro al otro, sobre un simple cable de acero. Con susto observaban al hombre que caminaba tranquilo y seguro de sí mismo. ―¡Qué seguridad! exclamaron todos. El guía les preguntó: ¿Ustedes creen que aquel hombre va seguro? ―Sí, claro; si no, ya se hubiera venid abajo él y la carretilla, contestaron. ―Esto es lo que esperaba escuchar de ustedes, porque ahora el obrero volverá a pasar por el cable, pero con uno de ustedes montado en la carretilla. ¿Quién se apunta?... Nadie se apuntó. “Creían” que iba seguro. Pero no se “fiaban”». Concluye su narración Mons. Enrique Pélach: «Yo tampoco me fiaría, pero “en la carretilla de Dios” sí me monto. Sé que puedo fiarme de Él» (2005, p.61).
Fiarse de Dios, abandonarse libremente en Él. Es la apuesta más segura, por encima de cualquier otra. Incluso más que la alternativa de confiar en nosotros mismos, que nos sabemos tan débiles. Pero una fe que no se queda en palabras bonitas, sino que compromete la vida entera: «por ello, el que cree trata de conocer y hacer la voluntad de Dios». Abandonarse en Dios no tiene nada que ver con una actitud ataráxica, pasiva, cómoda. El abandono exige buscar en la oración qué quiere el Señor de nosotros y esforzarnos por llevarla a la práctica, de rechazar lo que nos aparte de Él y de cumplir lo que nos pide, por amor, como dice san Pablo: la fe actúa por la caridad.
En este caso, sin embargo, en la sinagoga de su propia tierra, Marcos concluye que no escucharon su palabra: no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. El Maestro se incorpora al largo listado de profetas rechazados por sus paisanos. Así suele narrar el Antiguo Testamento la llamada de esos elegidos: en medio de un pueblo rebelde, que no obedece a los mandatos del Señor, Dios convoca a un hombre humilde para que les recuerde su alianza. Por ejemplo, en el caso de Ezequiel, lo hace en el exilio, cuando el rey es prisionero de Nabucodonosor y el Templo está profanado y a punto de ser destruido. La figura del profeta adquiere mayor relieve. «Es el único representante de Dios en medio del pueblo; es quien tiene autoridad para exigir a sus conciudadanos atención a su mensaje» (Biblia de Navarra). Sin embargo, en la descripción de la llamada no deja de despertar interés cierto dejo de desilusión en el profeta (2,2-5): son un pueblo rebelde, pero reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos. Como el autor del salmo 123 (122), tanto Ezequiel como Jesús pueden exclamar: nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos.
Además, también nosotros tenemos que ser profetas en nuestro tiempo. Con el trabajo, el ejemplo y el abandono, como decíamos antes. Pero también con nuestras palabras. A imagen de Jesús, que recorría las aldeas de los contornos enseñando, hemos de ejercitar también el apostolado de la doctrina. Para comenzar, podemos concretar el propósito de estudiar y enseñar a nuestros amigos las riquezas de nuestra fe, que transmite con excelente didáctica el Compendio del Catecismo. Será un pequeño grano de arena en el llamado a la nueva evangelización, quizá los frutos serán abundantísimos ―solo Dios sabe―.
Acudimos a la Santísima Virgen, Madre del Verbo y Madre de la fe, Madre de los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen, para que nos alcance del Señor la gracia de creer en Él, en su Revelación y en su Iglesia. Que no seamos como aquellos paisanos de Jesús, sino que nos abandonemos en Él, que tratemos de conocer y hacer su voluntad, que la nuestra sea una fe que actúe por la caridad.

martes, abril 13, 2010

La pesca milagrosa

1. En el tercer domingo de Pascua se contempla el capítulo 21 del Evangelio de San Juan, que es como un epílogo a los 20 capítulos previos, en clave eclesiológica. Como para cerrar su evangelio con broche de oro, Juan presenta, una vez más, el papel prioritario de Pedro en la Iglesia naciente. Al comienzo, Simón lidera incluso la vida cotidiana de los apóstoles: Les dijo Simón Pedro: —Voy a pescar. Le contestaron: —Nosotros también vamos contigo. Salieron y subieron a la barca.

Los exegetas se asombran de que los discípulos, enviados por Jesús a anunciar el mensaje a todo el mundo, se entretengan en algo tan superfluo como salir a pescar. San Josemaría, en cambio, lo ve plenamente lógico: “Voy a pescar. Va a ejercer su trabajo profesional. Las cosas grandes pasan ahí. Es una cosa grande hacer cada día el trabajo ordinario”.

Continúa el relato: Pero aquella noche no pescaron nada. Sin Jesús no hay fruto, sin mí no podéis hacer nada, les había dicho durante su vida pública. Al amanecer, de camino a la playa, encuentran a un personaje que, desde la orilla, les dice: —Muchachos, ¿tenéis algo de comer? —No –le contestaron. Es el relato simple, que nos transmite el narrador como viendo la escena desde fuera. Pero ¿qué sucedió en el interior de aquellos hombres?

Llevaban una noche de duro bregar, y no habían pescado nada. Algunos quizá recordarían aquella mañana, lejana en el tiempo, cuando el Señor le había dicho a Pedro, después de una noche como la que estamos contemplando: —Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca (Lc 5,1-11). Cefas, a pesar del cansancio, había obedecido y la pesca fue abundante. Seguramente unos cuantos de los que habían pasado esta noche bogando se habrían hecho la ilusión de que aquella silueta que se intuía en la orilla podría ser la de Jesús. Y también de seguro lo reconocieron al escuchar su llamado: hijos, muchachos (paidía), ¿tenéis algo de comer? Es probable que el más cansado –quizá Pedro- hubiera respondido de mal humor, impulsivo como era: —No. Y eso es lo que transmite el relato evangélico.

Pero en el corazón del discípulo amado aquellas palabras del Maestro resonaron como en el de Magdalena el nombre propio escuchado de labios del recién resucitado. A ella le había dicho: María. A ellos, muchachos, hijos. Y ambos descubrieron en ese momento al Señor. Rabboni! respondió María. ¡Es el Señor! Le dijo Juan a Pedro. Son las pupilas dilatadas por el amor. Comenta San Gregorio de Nisa: “Dios se deja contemplar por los que tienen el corazón puro”. Y San Josemaría: "Aquel discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: — ¡Es el Señor! El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor!" (Amigos de Dios, n. 266).

Señor: en este tiempo de Pascua, purifica nuestros corazones. Envía tu Espíritu para que limpie la escoria de nuestras miserias y encienda nuestro afecto para verte también de lejos, para captar tus delicadezas, para sentir –ahora sí- un cariño firme, con toda la pureza y toda la ternura de un corazón quizá corrompido pero también acrisolado por un amor renovado para decir, al verte en la distancia: ¡es el Señor!

2. Al oír Simón Pedro que era el Señor se ató la túnica y se echó al mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros? (Id.).

Pedro es un ejemplo para todos los cristianos, precisamente porque nos queda más cercano. Quizá tenemos la tentación de ver a Juan demasiado bueno, muy santo como para compararnos con él (aunque también fue corregido por Jesús, por ejemplo cuando quiso arrasar un pueblo porque no le habían hecho caso a su predicación). En cambio, con Pedro es más fácil identificarnos: los evangelios nos muestran que era un hombre impulsivo, fuerte, agresivo, y que traicionó al Señor no una sino tres veces en un momento breve, justo cuando más lo necesitaba. Era un hombre con defectos, como nosotros. Así lo describen Urteaga en su libro “Los defectos de los santos” y Chevrot en “Simón Pedro”.

Pedro es pecador, como casi todos los hombres, pero también es un hombre de fe. Es lo suficientemente humilde como para confiar en el poder de la misericordia de Dios. En aquella primera pesca a la que nos referíamos antes, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: —Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Después de esta pesca pascual, dirá: —Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero. Y aprendió para siempre la lección de Jesús: —No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás. Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas. Ése fue el primer cónclave de la historia, la elección del primer Papa.

Es impresionante la humildad de Jesús, que confía su Iglesia a pobres hombres como Pedro, como Santiago, como tú y como yo. Miserables, pero que cuentan con la fuerza de Dios. Ahí está la fuerza para esa familia de Dios que es la Iglesia, también cuando se sientan con furia los ataques de sus enemigos. Por eso, predicaba San Josemaría: «Si acaso oís palabras o gritos de ofensa para la Iglesia, manifestad, con humanidad y con caridad, a esos desamorados, que no se puede maltratar a una Madre así. Ahora la atacan impunemente, porque su reino, que es el de su Maestro y fundador, no es este mundo. "Mientras gima el trigo entre la paja, mientras suspiren las espigas entre la cizaña, mientras se lamenten los vasos de misericordia entre los de ira, mientras llore el lirio entre las espinas, no faltarán enemigos que digan: ¿cuándo morirá y perecerá su nombre? Es decir: ved que vendrá el tiempo en que desaparezcan y ya no habrá cristianos... Pero, cuando dicen esto, ellos mueren sin remedio. Y la Iglesia permanece" (San Agustín, En. in Ps., 70, II, 12)»

Las palabras del Santo de Hipona nos llenan de esperanza. Vemos a Cristo que sigue sufriendo en su Iglesia, atacada como lo fue su Maestro. El diablo piensa que así caerá también Jesús por tierra, como en el Vía Crucis, pero la Iglesia permanecerá: las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, prometió Jesucristo. Y también anunció que Él permanecería con los suyos hasta el fin de los tiempos. Como Él aceptó los padecimientos hace veinte siglos, así mismo los acepta la Iglesia de hoy, tranquila porque sabe que tiene a Jesús como su Cirineo. Él no olvida su promesa: —No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás; apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas.

Hace unos años, Benedicto XVI aplicaba a esta situación una imagen del Apocalipsis, que está en el centro de todas las visiones de ese libro: se trata de “la Mujer, que da a luz un Hijo varón, y la visión complementaria del Dragón, que ha caído de los cielos, pero que todavía es muy poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre del Redentor, pero representa al mismo tiempo a toda la Iglesia, el Pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da a luz a Cristo de nuevo. Y siempre está amenazada por el poder del Dragón. Parece indefensa, débil. Pero, mientras está amenazada, perseguida por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer, al final, vence. No vence el Dragón. ¡Esta es la gran profecía de este libro, que nos da confianza! La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el Cordero”(22-VIII-06).

3. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino a unos doscientos codos, arrastrando la red con los peces.

La misión de sacar adelante la Iglesia, de ir por todo el mundo predicando el Evangelio, pescando esos peces grandes que casi rompen la red, no es exclusiva del Papa y de los Obispos. A todos nos corresponde. A todos nos envía el Señor. Debemos ser como esos  dos apóstoles anónimos que ayudan a Pedro y a Juan en su labor proselitista, de presentar al Señor los ciento cincuenta y tres peces grandes, pase lo que pase en el mundo.

Los Padres de la Iglesia ven el sentido figurado de esta escena: la Iglesia es esa barca que no se hunde, unida –la red no se rompe-, mientras el mundo es el mar. Gnilka ve en esta narración el esplendor de Cristo exaltado, el testimonio del Cristo vivo después de la crucifixión. El resucitado envía, pero también garantiza la eficacia de la misión.

Cuando descendieron a tierra vieron unas brasas preparadas, un pez encima y pan. Jesús les dijo: —Traed algunos de los peces que habéis pescado ahora. Subió Simón Pedro y sacó a tierra la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y a pesar de ser tantos no se rompió la red. Jesús les dijo: —Venid a comer. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Tú quién eres?», pues sabían que era el Señor. Vino Jesús, tomó el pan y lo distribuyó entre ellos, y lo mismo el pez. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

Jesús resucitado no solo envía y da fecundidad al trabajo apostólico. También asegura que siempre estará con sus discípulos, sus hijos, aunque a veces no lo descubran a su lado. En este pasaje, como en Emaús, lo reconocen al partir el pan, en alusión a la Presencia de Jesús en la Eucaristía, donde nosotros lo reconocemos y gozamos de su compañía.

Podemos concluir acudiendo a la Madre de la Iglesia para que nos aumente el amor al Cuerpo místico de Cristo, que nos alcance del Señor el amor de Juan y la fe de Pedro, para ver a Cristo que sufre con su Familia en la tierra.  Lo podemos hacer repitiendo esa jaculatoria que tanto repetía San Josemaría: "Todos, con Pedro, a Jesús por María".

sábado, agosto 22, 2009

San Pedro y el Papa



Concluimos hoy los cinco domingos que la liturgia dedica al capítulo seis del Evangelio de San Juan. En los versículos 60-69, el evangelista presenta la reacción de los seguidores de Jesús: “Al oír esto, muchos de sus discípulos dijeron: —Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla? Jesús, conociendo en su interior que sus discípulos estaban murmurando de esto, les dijo: —¿Esto os escandaliza? Pues, ¿si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada: las palabras que os he hablado son espíritu y son vida. Sin embargo, hay algunos de vosotros que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar”.


Para seguir a Jesús hace falta entenderlo “en espíritu y vida”, no como una simple enseñanza carnal. Es cuestión de fe. Perkins muestra que la división de la que habla el evangelista no se da simplemente entre los espectadores casuales, sino entre los propios discípulos, que “se echaron atrás y ya no andaban con él”. Uno podría pensar que, en estas circunstancias, lo más sensato sería usar la diplomacia, “recoger manguera”, explicar un poco mejor lo dicho, para ver si es posible recuperar a algunos de los que se van… Pero el Señor, por el contrario, radicaliza su posición: “Entonces Jesús les dijo a los doce: —¿También vosotros queréis marcharos?” Y lo dice después de anunciar que sabe de las intrigas del traidor y de la cizaña que está sembrando entre los discípulos: “hay algunos de vosotros que no creen”.


Este episodio es la primera ocasión en que se menciona el grupo conformado por los Apóstoles, con Pedro a la cabeza. Es más, aparte de las tres ocasiones que se menciona el grupo en esta escena, en ninguna otra parte del evangelio de Juan se habla de él. Ratzinger dirá que solo aquí se le da al círculo de los Doce toda su importancia y su fisonomía. Como en Cesarea de Filipo, es Pedro quien toma la vocería de los otros once: “Le respondió Simón Pedro: —Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios”.


“El Santo de Dios” equivale al “Cristo de Dios”, al Ungido, al Mesías. Jaubert anota que es el título que confesaban con estremecimiento los demonios en Mc 1,24. Ratzinger señala que la peculiaridad del relato de Juan es que pone la confesión de Pedro en el contexto de la última cena. Le da más énfasis a su significado sacerdotal, pues así se le llama a Aarón en el salmo 106. Además, como está insertado en el discurso eucarístico, este título remite al misterio pascual. Y relaciona esta confesión con el estremecimiento de Pedro posterior a la pesca milagrosa, cuando dirá: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo”.


El Papa extrae varias conclusiones de este pasaje, también a la luz de la comparación de este pasaje con los paralelos sinópticos. La primera es que se trata de un evento decisivo: a partir de entonces, los discípulos serán el núcleo inicial de la nueva familia de Jesús: la futura Iglesia, que permanece “en camino” con Jesús y que, gracias a esa compañía, lo “conoce”. Y concluye su la meditación de la escena diciendo que “durante toda su historia, la Iglesia está siempre en peregrinación intentando penetrar en estas palabras, que solo se nos pueden hacer comprensibles al contacto con las heridas de Jesús y en el encuentro con su resurrección, convirtiéndose después para nosotros en una misión”. Misión de Pedro y de los demás discípulos, misión confiada por Cristo: apacienta mis ovejas, id por todo el mundo y predicad el Evangelio.


La meditación de la confesión de Pedro nos compromete a creer como él, a encontrar en su fe y en sus sucesores “el criterio seguro de discernimiento sobre la verdad de lo que creen” (Eunsa). En este caso, tener esa fe sólida en que Pedro es el Vicario de Cristo en la tierra, la cabeza de la familia de Dios en el mundo, que es la Iglesia, sobre la cual “no prevalecerá el poder del infierno”. Y seguir sus enseñanzas, estudiar su magisterio; además de orar por él, por su salud, por su trabajo, por sus intenciones. Un buen católico debe caracterizarse por ser buen hijo del Papa.


Hoy celebramos también la fiesta de Santa María Reina, una semana después de la Asunción al cielo. Y hace unos años, el Papa explicaba la primera lectura de la Misa: “En el centro de las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran la imagen sumamente significativa de la Mujer, que da a luz un Hijo varón, y la visión complementaria del Dragón, que ha caído de los cielos, pero que todavía es muy poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre del Redentor, pero representa al mismo tiempo a toda la Iglesia, el Pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da a luz a Cristo de nuevo. Y siempre está amenazada por el poder del Dragón. Parece indefensa, débil. Pero, mientras está amenazada, perseguida por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer, al final, vence. No vence el Dragón. ¡Esta es la gran profecía de este libro, que nos da confianza! La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el Cordero” (Audiencia 22-VIII-06).



miércoles, agosto 20, 2008

Amor al Papa

Los días de "Sede vacante" (por muerte o renuncia del papa) son muy especiales para la Iglesia y para la humanidad. Al comienzo, se experimenta una sensación de orfandad que es compatible con la fe en Aquel que prometió que no nos dejaría huérfanos. Después, viene la alegría de tener un nuevo sucesor de Pedro, un nuevo vicario de Cristo en la tierra, un nuevo Padre común.

El profeta Isaías (22,19-23) presenta una imagen muy significativa: el Señor nombra un nuevo mayordomo de palacio: le vestiré tu túnica ―promete―, le ceñiré tu banda, y le traspasaré tus poderes. Será un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré la llave del palacio de David sobre su hombro. Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá. La llave del palacio era grande, y el Señor la impone casi como una cruz, sobre los hombros del mayordomo. El nuevo vicario tendrá poderes respetables: lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá. Son promesas que vemos cumplidas en el Nuevo Testamento.

Cuando se visita la Basílica de San Pedro, en Roma, son tantas las maravillas allí presentes que puede uno quedar perplejo. Entre tantas obras estupendas, hay una faceta que sirve mucho para explicar el misterio de la iglesia, sobre todo cuando se asiste a alguna celebración y hay que estar sentados un largo tiempo a la espera de que aparezca el Papa: en el friso están escritas, sobre mosaico dorado, y en letras de a dos metros cada una, las palabras de Jesús que explican el sentido de semejante monumento arquitectónico: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia.

Veamos el contexto en que fueron pronunciadas: la escena en Cesarea de Filipo. Quien la narra es san Mateo (16,13-20): Cuando llegó Jesús, comenzó a preguntar a sus discípulos: —¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas. Él les dijo: —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Juan Pablo II animaba a que nos preguntáramos: ¿quién es Jesús para cada uno de nosotros, quién decimos —con nuestras obras, más que con nuestras palabras— que es Él?

Volvamos al Evangelio: Respondió Simón Pedro: —Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: —Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Jesús le cambia el nombre a Simón, pasa a llamarle Kefá -roca-, en griego Petros -piedra-. 

Además, “Juan” -el nombre de su padre- significa “Dios es misericordioso”: la misericordia divina se manifiesta en la elección de Simón como el fundamento de la Iglesia, la familia de Dios en el mundo: Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

La elección conlleva la responsabilidad de la que hablaba Isaías en la primera lectura: ha de ser el mayordomo de su casa, abrir y cerrar de acuerdo con la voluntad de su Señor: Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.

El Catecismo aclara que esta función se continúa en el tiempo a través de la misión de los Obispos unidos al Papa: “El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 18-19); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). “Está claro que también el Colegio de los Apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro” (LG 22). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia. Se continúa por los obispos bajo el primado del Papa” (n. 881).

Por eso, ¡qué importante es para un católico el amor al Santo Padre! Tiene que ser una característica determinante: “Nuestra Santa Madre la Iglesia, en magnífica extensión de amor, va esparciendo la semilla del Evangelio por todo el mundo. Desde Roma a la periferia. —Al colaborar tú en esa expansión, por el orbe entero, lleva la periferia al Papa, para que la tierra toda sea un solo rebaño y un solo Pastor: ¡un solo apostolado!” (San Josemaría Escrivá, Forja, n. 638)

Ese amor puede manifestarse de muchas maneras: rezando por él, por su trabajo, por su salud, por sus intenciones; también por sus colaboradores. Ofreciendo sacrificios por él. Conociendo sus enseñanzas, llevándolas a la oración, haciéndole eco. Con deseo de verle, hasta físicamente, si fuera posible. Obedeciéndole con prontitud y amor encendido. ¡Es muy grande la carga que pesa sobre sus hombros, como la llave pesada de la que hablaba Isaías!

Paloma Gómez Borrero (“La vida cotidiana en el Vaticano”) cuenta una anécdota muy especial, pero que nos puede ayudar para sacar propósitos de amar al Papa hasta dar la vida por él, si hiciera falta: Sor Auxilia, en el mundo Mercedes Cortevis, fue una religiosa que cuidó maravillosamente a Juan Pablo II cuando lo iban a operar de su cáncer abdominal. Después se supo que había ofrecido a Dios su vida a cambio de la del Papa. Poco tiempo después le diagnosticaron un cáncer maligno, que agradeció con alegría a Jesús, por haberla escuchado. El mismo Juan Pablo II le administró la Unción de los enfermos. “Al ver al Papa a su lado, ella abrió los ojos y esbozó una débil sonrisa de agradecimiento. Horas después se iba al Cielo. La enterraron con la bata blanca sobre el hábito gris”.

Hace un tiempo estuve buscando una anécdota de San Josemaría sobre el amor al Papa y me encontré el siguiente relato en su biografía: “Cuenta Mons. Giovanni Cheli que, durante el período de Sede Vacante, a la muerte de Juan XXIII, hizo hipótesis sobre quién sería su sucesor. Mons. Escrivá, refiere, cortó en seco las especulaciones y dijo: Aunque el elegido viniese de una tribu de salvajes, con anillos en la nariz y en las orejas, me echaría enseguida a sus pies y le diría que toda la Obra está a su incondicional servicio”.

Amar al Papa, sea quien sea. Y con mayor razón si es un hombre de la calidad humana, teológica y espiritual del que gobierna la Iglesia ahora… Que en nuestros afectos esté, después de la Trinidad y de María Santísima, el Santo Padre: “María edifica continuamente la Iglesia, la aúna, la mantiene compacta. Es difícil tener una auténtica devoción a la Virgen, y no sentirse más vinculados a los demás miembros del Cuerpo Místico, más unidos también a su cabeza visible, el Papa. Por eso me gusta repetir: omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, ¡todos, con Pedro, a Jesús por María!” (Es Cristo que pasa, n. 139).

sábado, junio 14, 2008

Doce Apóstoles, columnas de la Iglesia

Explica I. de la Potterie (María nel mistero dell’Alleanza) que «la idea fundamental de toda la Biblia es que Dios quiere establecer una Alianza con los hombres (…) Según la fórmula clásica, Dios dice a Israel: “Vosotros seréis mi pueblo y Yo seré vuestro Dios”. Esta fórmula expresa la pertenencia recíproca del pueblo a Dios y de Dios a su pueblo».
 
Las lecturas del ciclo A para el XI Domingo formulan esa misma idea: En primer lugar, en el Éxodo (19, 2-6a) se presentan las palabras del Señor a Moisés: «si me obedecéis fielmente y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, porque toda la tierra es mía; seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa». Y el Salmo 99 responde: «El Señor es nuestro Dios, y nosotros su pueblo. Reconozcamos que el Señor es Dios, que él fue quién nos hizo y somos suyos, que somos su pueblo y su rebaño». 

El Evangelio de Mateo (9, 36-38; 10, 1-8) complementa ese cuadro del Antiguo Testamento, con la elección de los doce apóstoles: «Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces les dijo a sus discípulos: —La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio potestad para expulsar a los espíritus impuros y para curar todas las enfermedades y dolencias. Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. A estos doce los envió Jesús, después de darles estas instrucciones: —No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad: «El Reino de los Cielos está cerca». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente».
¿Por qué ese número? El Papa actual lo ha explicado en varias ocasiones: «El Señor instituyó doce Apóstoles, como eran doce los hijos de Jacob, señalándolos de esa manera como iniciadores del pueblo de Dios, el cual, siendo ya universal, en adelante abarca a todos los pueblos». 

En Pentecostés, señala que hay 120 discípulos: «A este «nuevo Israel» alude claramente el número total de las personas, que era de «unos ciento veinte», múltiplo del «doce» del Colegio apostólico. El grupo constituye una auténtica qahal, una «asamblea» según el modelo de la primera Alianza, la comunidad convocada para escuchar la voz del Señor y seguir sus caminos». Por último, en el Apocalipsis aparecen «los doce cimientos de la ciudad, sobre los cuales están los nombres de los doce Apóstoles. Los cimientos de la ciudad no son piedras materiales, sino seres humanos: son los Apóstoles con el testimonio de su fe. Los Apóstoles siguen siendo los cimientos de la nueva ciudad, de la Iglesia, mediante el ministerio de la sucesión apostólica: mediante los obispos».

El Compendio del Catecismo de la Iglesia explica la actualidad de esta doctrina, en el capítulo sobre la Iglesia, entendida como el nuevo Israel construido sobre el fundamento de los doce apóstoles: «Con el término «Iglesia» se designa al pueblo que Dios convoca y reúne desde todos los confines de la tierra, para constituir la asamblea de todos aquellos que, por la fe y el Bautismo, han sido hechos hijos de Dios, miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo» (n. 147). 

Allí se explica el papel de los Obispos, como veíamos antes que ha señalado el Papa. Pero además se enumeran las funciones de los laicos en su papel de construir también ellos la Iglesia de hoy: «Los fieles laicos tienen como vocación propia la de buscar el Reino de Dios, iluminando y ordenando las realidades temporales según Dios. Responden así a la llamada a la santidad y al apostolado, que se dirige a todos los bautizados» (n. 188).

Y las tres funciones de los laicos son del mismo tenor que las de los miembros de la jerarquía, aunque cada uno a su modo: todos tenemos que participar en la misión sacerdotal, profética y regia de Cristo: «Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios el mundo mismo» (n. 189). 

También participan los laicos «en la misión profética de Cristo cuando acogen cada vez mejor en la fe la Palabra de Cristo, y la anuncian al mundo con el testimonio de la vida y de la palabra, mediante la evangelización y la catequesis. Este apostolado «adquiere una eficacia particular porque se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (Lumen Gentium 35)» (n. 190).

Por último, «los laicos participan en la misión regia de Cristo porque reciben de Él el poder de vencer el pecado en sí mismos y en el mundo, por medio de la abnegación y la santidad de la propia vida. Los laicos ejercen diversos ministerios al servicio de la comunidad, e impregnan de valores morales las actividades temporales del hombre y las instituciones de la sociedad» (n. 191).

sábado, septiembre 30, 2006

Manchada y hermosa



Inclusive en las empresas más grandes, como pueden ser las instituciones divinas, se nota el influjo del pecado original. Puede verse en el Antiguo Testamento, cuando Moisés repartió su espíritu a los setenta ancianos (Números 11,25-29). Poco después de este hecho, otros dos elegidos, que no estaban en el grupo inicial, comenzaron a profetizar. Entonces Nun le pidió a Moisés que prohibiera esas profecías. La respuesta de Moisés invita a superar la soberbia del exclusivismo carismático: "¿Tienes celos de mí? ¡Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!". En el Nuevo Testamento ocurre una situación similar. El capítulo noveno de Marcos narra cómo Juan se acercó al Señor con la misma petición del ayudante de Moisés: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos". Jesús le respondió: "No se lo prohibáis, porque ninguno que haga milagros en mi nombre puede hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a nuestro favor”.

En estas escenas vemos un defecto posible y quizá frecuente: los celos apostólicos. Pero también ocurren otros pecados, algunos notorios y otros que quizá no se ven públicamente, pero que también nos hacen daño (por eso, en el salmo 18 se le pide al Señor: ¿Quién conoce sus propios errores? Purifícame tú de las faltas ocultas. Protégeme también del orgullo, que jamás me domine). El Cardenal Ratzinger solía citar al respecto un pasaje del Cantar de los Cantares: “nigra sum, sed formosa”, tengo manchas pero soy hermosa, y aplica esa frase a la realidad de la Iglesia, que es santa –porque su Autor es el Dios tres veces santo- pero está compuesta por pecadores. Es lo que se repite cada día en la Eucaristía, cuando la liturgia invita a pedir: “no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”.

El mismo Cardenal Ratzinger hacía ver, en el Viacrucis del Coliseo Romano unos meses antes de ser elegido Papa, el daño tan grande que nuestros pecados le hacen a la Iglesia: “¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. (…) ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (Cf. Mt 8,25)”.

La oración colecta del Domingo XXVI contempla el tema del pecado desde otra perspectiva: la misericordia divina: “Dios nuestro, que con tu perdón y tu misericordia nos das la prueba más delicada de tu omnipotencia; apiádate de nosotros, pecadores, para que no desfallezcamos en la lucha por obtener el cielo que nos has prometido”. Y en la Antífona de entrada se había dirigido a Dios la siguiente oración: “Podrías hacer recaer sobre nosotros, Señor, todo el rigor de tu justicia, porque hemos pecado contra ti y hemos desobedecido tus mandatos; pero haz honor a tu nombre y trátanos conforme a tu inmensa misericordia”. El tema del mal en el mundo siempre es motivo de escándalo. Y lo es más aún si los que escandalizan son los que deberían dar ejemplo de buen comportamiento, como sigue diciendo el pasaje de Marcos que venimos meditando: “Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar”.

Son palabras duras, que pueden sembrar inquietud en quienes notan en sí mismos o a su alrededor la suciedad, el pecado, la tentación. Para quien es hijo de Adán y Eva parece imposible no estar manchado. Y, al mismo tiempo, la llamada del Señor es a la santidad, a la perfección que –según lo que venimos diciendo- parece inalcanzable. Pero es importante insistir en que la última palabra no es el mal sino el bien, no es Adán sino Cristo, no es el pecado sino el perdón. Ante la realidad del mal en el mundo hemos de insistir en la llamada de Cristo a la reconciliación con Él. Y si vemos en otras personas que su respuesta no es la mejor, podemos desagraviar –sin juzgarle, pues “el que juzga es el Señor”, como dice San Pablo- con el esfuerzo por convertirnos de nuevo, por entregarnos más, por rezar con más intensidad y constancia, y por renovar las realidades de un apostolado mayor en extensión e intensidad.

El Cardenal Ratzinger terminaba la contemplación de la novena estación del Viacrucis con una plegaria luminosa:
“Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podamos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos”.