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domingo, noviembre 20, 2016

Cristo Rey

El último domingo del tiempo ordinario la Iglesia celebra la solemnidad de Cristo Rey. La Liturgia de las Horas resume el sentido de la fiesta: se dirige a Jesucristo, como hacemos nosotros al comienzo de nuestra oración, diciéndole: “somete a los espíritus rebeldes [el primero de los cuales somos nosotros mismos], y haz que encuentren el rumbo los perdidos y que se congreguen en un solo aprisco. Para eso pendes de una cruz sangrienta, y abres en ella tus divinos brazos; para eso muestras en tu pecho herido tu ardiente corazón atravesado”.
Ahí tenemos la síntesis del significado de esta celebración, el objetivo: la cruz, el pecho herido con el corazón atravesado. Vemos la estrecha relación de esta fiesta con la devoción al Sagrado Corazón, que es el origen de la última solemnidad del año litúrgico.
Y uno se puede preguntar: ¿por qué celebrar el reinado de Cristo? De hecho, hay contradictores que rechazan -con toda razón- la idea de Cristo Rey al modo de algunos reyes terrenales. Sería una celebración anacrónica si se festejara como una tiranía monárquica, como una festividad con ribetes políticos.
Preguntemos al Señor en nuestra oración cómo debemos entender su reinado, de acuerdo con el himno que citamos al inicio y las demás indicaciones que nos sugiere la liturgia.
De entrada, la teología propone dos vertientes para entender el reinado de Jesús: una, que podríamos llamar “social”, y que consiste en su potestad universal (sobre todo el cosmos, sobre todas las criaturas, y sobre todos los seres humanos). La otra manera de verlo, no contradictoria, sino complementaria, es la “espiritual”, en la cual contemplamos a Jesús como Buen Pastor, con la significación del reinado de la caridad y de la misericordia (Cf. Cano, 2009). En este sentido encontramos la verdadera justificación para celebrar el reinado de Cristo: es lógico venerarlo si lo vemos como una renovación liberadora, como la reconciliación con Dios que Jesús nos alcanza al redimirnos.
Veamos los textos que la Iglesia propone para meditar la historia y el sentido de ese reinado de Jesús: en el Antiguo Testamento se recuerda que el inicio de las dinastías reales fue una manifestación del rechazo del pueblo a Dios. Sin embargo, el Señor -en su designio de misericordia- previó que David fuera el sucesor de Saúl y en el segundo libro de Samuel (5, 1-3) se comenta la proclamación de su reinado: Todas las tribus de Israel se presentaron ante David en Hebrón y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos. Desde hace tiempo, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú el que dirigía las salidas y entradas de Israel. El rey hizo una alianza con ellos en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos le ungieron como rey de Israel.
Cuando Joseph Ratzinger comenta este pasaje sobre la ascensión de David al trono real, lo hace en el contexto del nacimiento de Jesús, porque así lo reseña también el Evangelio de Mateo. Vemos que este relato es una profecía mesiánica. Hay una frase, que los ancianos le dijeron a David en Hebrón, y que permaneció como aplicable a su futuro descendiente, al mesías anunciado: el Señor te ha dicho: «Tú pastorearás a mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel».
Mateo inserta este pasaje entre las citas que muestran a Jesús como el Mesías. De ese modo enseña que Jesús es el nuevo David, el humilde pastor elegido como rey, porque Dios -es la conclusión de la vocación del segundo rey de Israel- no se fija en las apariencias, sino que mira el corazón.
Es una de las primeras perspectivas desde las cuales hemos de entender el reinado: no como la cumbre, el puesto para el personaje más importante. Cristo nos muestra que su soberanía es distinta: es la de un humilde pastor, de un pobre, de un servidor. Y quizá por eso ya desde el Antiguo Testamento aparecen unidas las figuras del Rey y la del Pastor.
La vida de Cristo muestra que su reinado no es de este mundo, como insistió muchas veces ante los discípulos y antes las autoridades romanas y judías; tampoco se conquista con la fuerza o con el poder político o económico. Esta es la peculiaridad en la que conviene detenerse, para comprender qué se quiere decir al hablar de Cristo Rey, y cuáles son las consecuencias de esa denominación.
Llama la atención que el Evangelio de esta solemnidad no sea el juicio universal, ni las escenas con aclamaciones populares, después de las grandes predicaciones y milagros, o a la entrada triunfal en Jerusalén el domingo de ramos, sino que se enfoca en el aparente fracaso del Calvario, con Jesús colgado del madero, contado entre los malhechores como un ladrón más, como un delincuente (Lc 23, 35-43):
El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». El rey es humillado por las autoridades de su pueblo y por los soldados opresores. 

Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Además, ese anuncio es burlesco, parece una provocación del poder romano hacia las autoridades judías -que quizá por eso quisieron retirarlo-. Como sabemos que las palabras que están allí escritas tienen un sentido revelador, entendemos que el Reinado de Cristo se ejerce ¡desde la Cruz!
En el prefacio de la Misa se anuncia que una de las características del reinado de Cristo es que se trata de un reinado de amor y de vida. El reino es servicio. Jesús, que es el rey, el maestro, el rabino, lavó los pies sucios de sus discípulos en el cenáculo. El trono de Cristo es el altar del calvario. ¿Y por qué razón se habla de reinado de Cristo en esas circunstancias?, ¿qué obras hace desde semejante posición e invalidez, atado con clavos a un madero, humillado delante de toda la sociedad? –Nos lo responde el diálogo entre los ladrones y Jesús:
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».
El buen ladrón da testimonio público, manifiesta su fe -y su conversión- en los últimos instantes de su vida. Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Con esa sencilla escena, san Lucas, el evangelista de la misericordia, nos enseña el valor redentor de la muerte de Jesús: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso. Jesús reina muriendo en la cruz: allí salva al pecador. 

¡Hoy estarás conmigo en el paraíso! Ese es el reinado verdadero: Cristo es el rey del Paraíso. Se trata de triunfar con Él, de dejarlo triunfar en nosotros, de convertir esta tierra en un trasunto del cielo. (La alternativa es la servidumbre del pecado, de la cual nos liberó y por lo cual agradece la oración colecta).
Cristo reina muriendo. Y por eso la liturgia lo recuerda de modo insistente, desde el comienzo de la celebración. Si Jesús es el camino, la verdad y la vida, hemos de imitarlo en el sendero de la abnegación, del servicio, de la entrega completa de la propia vida por los demás. Tomar sobre nosotros la cruz de cada día: el trabajo, la fraternidad, la amistad, el cansancio, el don de sí.
Por esa razón la antífona de entrada de la Misa cita el Apocalipsis (5, 12): Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. San Juan presenta la paradoja del triunfo del Cordero a pesar de su degüello, para remarcar la importancia de su sufrimiento liberador del pecado.
En la oración de las ofrendas también se agradece “el sacrificio de la reconciliación de los hombres”. Que Jesús haya escogido ofrecer su vida en oblación para merecernos el perdón del Padre. En el prefacio también se alaba a Jesucristo, sacerdote eterno, que se ofreció a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el ara de la cruz para consumar el misterio de nuestra redención. Cristo es sacerdote, altar y víctima.
El efecto redentor de ese sacrificio de Jesús es resumido en la oración colecta con un verbo: instaurar, que viene a ser como el “programa de gobierno” del Rey Jesús. El DRAE lo define como “establecer, fundar, instituir”. Y señala como desusados –quizá más cercanos en el tiempo a la redacción del prefacio-: “renovar, restablecer, restaurar”. Sirve escuchar esos sinónimos para valorar la grandeza de la obra que Jesucristo ejecutó como sacerdote y rey en el altar del calvario. Renovó, restableció, redimió. Nos hizo hijos del Padre, hermanos suyos para siempre.
Este es el encanto que san Pablo comenta en su carta a los colosenses (1, 12-20), un pequeño tratado de cristología, resumiendo la obra del Padre en el Hijo, al que engendró como su Imagen visible, Primogénito de toda criatura, en el que fueron creadas todas las cosas, Cabeza del Cuerpo, que es la Iglesia. Y concluye con el aspecto que nos interesa desde el punto de vista de la fiesta de hoy: reconcilió todas las cosas por él y para él haciendo la paz por la sangre de su cruz.
La paz que Cristo ofrece al mundo viene de ese sacrificio. Por eso también se dice que su soberanía, además de ser un reino de verdad y de vida, es de justicia, de amor y de paz. Es el motivo de que el Salmo elegido para esta solemnidad sea el 122 (121): ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»! Desead la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios». Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo».
El Señor bendice con su paz. Es el rey de la paz. Por eso le pedimos en la oración después de las ofrendas “que tu Hijo conceda a todos los pueblos el don de la paz y la unidad”. Podemos concluir que la paz entre los hombres es consecuencia de la paz con Dios. Y fruto de esa paz es la alegría que inunda a quienes se saben siervos de tal rey. Por esa razón, en el comienzo del prefacio se menciona que el Padre ungió a Jesucristo “con óleo de alegría”. El mismo óleo con que fue ungido David, con el que fuimos ungidos nosotros en el bautismo, en la confirmación o en el orden sacerdotal.
Ese óleo de alegría nos conformó al sacerdocio de Cristo, nos hizo sacerdotes de nuestra propia existencia, identificados con su triple misión de sacerdote, profeta y rey. La misión de los cristianos es ser sembradores de paz y de alegría, contribuir a la difusión de ese reinado de amor y de paz. ¿Y cómo lo lograremos? -luchando por buscar la santidad, por estar con Cristo y de ese modo contribuir a su reinado: “comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención” (ECP, 183).
Reino de justicia, de amor y de paz, reino de santidad y de gracia. Orígenes enseña, en la lectura de la Liturgia de las Horas de este día la importancia de la identificación con Cristo:
“si queremos que Dios reine en nosotros, procuremos que de ningún modo continúe el pecado reinando en nuestro cuerpo mortal, antes bien, mortifiquemos las pasiones de nuestro hombre terrenal y fructifiquemos por el Espíritu; de este modo Dios se paseará por nuestro interior como por un paraíso espiritual y reinará en nosotros él solo con su Cristo”.
Este es el sentido último del reinado de Cristo: que reine en mí. El atajo para ser buenos siervos de tan gran Rey, para dejarle reinar en nuestra alma, es acudir a la Virgen, Reina y Madre: "María, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo. Madre compasiva, trono de la gracia: te pedimos que sepamos componer en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean, verso a verso, el poema sencillo de la caridad, como un río de paz. Porque Tú eres mar de inagotable misericordia" (Cf. ECP, 187). 

lunes, diciembre 08, 2008

Cristo Rey


El año litúrgico termina siempre conmemorando el reinado de Jesucristo: «Digno es el Cordero sacrificado de poder, riqueza, sabiduría, fortaleza y honor. A El la gloria y el poderío por los siglos» (Ap 5, 12).

En la oración colecta se alaba a Dios porque quiso fundar todas las cosas en su Hijo «muy amado, Rey del universo». Y el prefacio describe las características de ese Reino: dice que Cristo, ofreciéndose a sí mismo, redimió a la humanidad y, sometiendo a su poder la creación entera, entregó a la Majestad infinita del Padre «un reino eterno y universal: el Reino de la verdad y la vida, el Reino de la santidad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz»

La formulación negativa sería: un reino sin final, sin límites; un reino sin mentiras, sin muerte; sin pecado, sin odios, un reino sin guerra... San Pablo expresa una idea similar en la primera carta a los corintios (15, 20-28): Cristo le entregará el Reino a su Padre«porque conviene que El reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies».

Cristo es Rey y nosotros sus siervos. La clave de la existencia cristiana es reconocer el primado de Cristo, como pedimos en la oración después de la Comunión: «que quienes nos gloriamos en obedecer a Cristo, Rey universal, podamos reinar eternamente con El en el Cielo». ¡Qué maravilla reinar con Cristo en el Cielo! Pero la condición es «gloriarnos en obedecerle» ahora, en la tierra...

En el prefacio del día también se explica que ese fue el camino de Jesús: en primer lugar, el Padre consagró a Jesucristo Sacerdote eterno y Rey del universo, «ungiéndolo con óleo de alegría, para que, ofreciéndose a sí mismo, como Víctima perfecta y pacificadora en el altar de la Cruz, consumara el misterio de la Redención humana». Hubo un tiempo en que algunos se oponían a la celebración de esta fiesta, pues les parecía «triunfalista». Quizá es que no comprendían que el triunfo de Cristo, su reinado, no consiste en apabullar, en imponerse, en dominar. Todo lo contrario: la alegría de Jesús, su gobierno, está en el inclinarse para lavar los pies a sus discípulos -entre ellos, al traidor-, su reinado es fruto de ofrecerse a sí mismo como Víctima en el altar de la Cruz...

2. Otro punto importantísimo para distinguir el reinado de Cristo de los reinados terrenos es la finalidad: Cristo posee el reinado para entregarlo, no para quedarse con él: «Sometiendo a su poder la creación entera, entregó a la Majestad infinita un Reino eterno y universal...»

Decía A. Malraux, en su biografía de Disraeli, que lo mejor de los triunfos es tener a quién dedicarlos. Y el Señor «dedica» este reinado al Padre, y nos quiere unir en esa dedicación. Nosotros también podemos unirnos voluntariamente, no queremos ser como los siervos de la parábola, a los que Jesús mencionaba con dolor, cuando decían: no queremos que éste reine sobre nosotros. Por el contrario, nuestra respuesta será: «Regnare Christum volumus!» (Queremos que Cristo reine), o, como dice Pablo en la primera lectura, «Oportet illum regnare» (Conviene que Él reine).

San Josemaría se preguntaba cómo puede reinar Jesús hoy, dónde debe reinar. Y se respondía: «Debe reinar, primero, en nuestras almas. Debe reinar en nuestra vida, porque toda ella tiene que ser testimonio de amor. ¡Con errores! No os preocupe tener errores, yo también los tengo. ¡Con flaquezas! Siempre que luchemos, no importan. ¿Acaso no han tenido errores los santos que hay en los altares? Pero errores que están dentro de nuestro camino de hombres; de esos errores Nuestro Señor se debe de sonreír».

Podemos continuar pidiendo, sobre la falsilla de es oración: Queremos, Señor, que Tú gobiernes nuestra vida, que seas Tú quien nos dé sentido sobrenatural y eficacia divina. Queremos que seas Tú quien hagas que podamos decir con todas nuestras fuerzas: ¡queremos que Él reine!

3. El Señor quiere unirnos a su reinado, a pesar de nuestras flaquezas. Lo resalta la oración colecta de la Misa: «Concede que toda la creación, libre de la esclavitud, te sirva y te glorifique sin cesar». Reinar sirviendo. Esa es la clave para entender el reinado de Cristo.

También predicaba San Josemaría un día como hoy: «Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey, Cristo Jesús. Servir, y servir siempre».

Quiere la Iglesia que el último domingo del año litúrgico pensemos en Jesús que reina sirviendo... y que mide nuestro amor a El por el cariño que le manifestamos a nuestros hermanos (Mateo 25,31-46): Venid, benditos de mi Padre, poseed el Reino, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era huésped y me hospedasteis, desnudo y me cubristeis, enfermo y me visitasteis, estaba en la cárcel y vinisteis a verme.

El motivo de la canonización en el Evangelio no son las palabras bonitas que le dirigimos, ni siquiera lo bien que hacemos las cosas, cómo cumplimos los plazos o cuánto nos movemos. Jesús llama al Cielo a los que le han reconocido en sus hermanos los hombres. Como enseña el Catecismo de la Iglesia, «la actitud hacia el prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino» (n. 678).

San Josemaría explicaba que las labores de servicio en la Prelatura son tarea gratísima a Dios, que multiplica eficazmente el apostolado de la Obra. Sin él, decía, "se haría imposible gran parte de la labor y faltaría el ambiente de hogar, que tanto nos ayuda en el servicio de Dios".

Servir a nuestros hermanos los hombres, reconocer en ellos a Jesucristo, que nos sale al encuentro. Esa es la clave del cristianismo, que ha fecundado el mundo a lo largo de veinte siglos: «Para remediar los tormentos (...) el verdadero bálsamo es el amor, la caridad: todos los demás consuelos apenas sirven para distraer un momento y dejar más tarde amargura y desesperación. Los cristianos (...) han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad» (Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa, n. 167).

Por eso Benedicto XVI comenzó su pontificado con una encíclica sobre la caridad, porque la considera parte importante de la identidad de la Iglesia. Así lo predicaba a un grupo de cardenales: «todo auténtico discípulo de Cristo sólo puede aspirar a una cosa: a compartir su pasión sin reivindicar recompensa alguna. El cristiano está llamado a asumir la condición de «siervo», siguiendo las huellas de Jesús, entregando su vida por los demás de manera gratuita y desinteresada. No debe caracterizar cada uno de vuestros gestos y palabras la búsqueda del poder y del éxito, sino la humilde entrega de sí mismo por el bien de la Iglesia. La verdadera grandeza cristiana, de hecho, no consiste en dominar, sino en servir» (Homilía, 24-XI-07).

Terminamos con una oración de San Josemaría para acudir a la Santísima Virgen pidiéndole que nos enseñe la clave para reinar junto a su Hijo, que es aprender a servir: «Danos, Madre nuestra, este sentido de servicio. Tú, que ante la maravilla del Dios que se iba a hacer hombre, dijiste: ecce ancilla!, enséñame a servir así».


Homilía

Con la fe en el poder de Cristo-Rey, la Iglesia le pide hoy en varias ocasiones la paz del mundo: después de la presentación de los dones, se dirige a Dios para que le conceda a todos los pueblos la unidad y la paz; y antes de comulgar nos invita a considerar el salmo 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Tanto la primera lectura (Ezequiel 34) como el salmo responsorial (22) nos invitan a acogernos a ese Rey que, si bien es nuestro Juez («Os juzgaré a vosotros, mis rebaños») es, también, nuestro buen Pastor («El Señor es mi Pastor, nada me faltará»).

Con esa misma fe del buen ganadico, renovamos hoy en el Opus Dei la Consagración que San Josemaría hizo por primera vez en 1952 al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, divino propiciatorio por el cual prometió el eterno Padre que oiría siempre nuestras oraciones.

Le consagraremos toda la Obra, este Centro, y cada uno de nosotros, especialmente nuestros pobres corazones, para que no tengamos otra libertad que la de amarte a Ti, Señor.

Le pediremos que esa libertad se comprometa en amor a Jesús y a su Madre bendita, a la Iglesia y al Papa, en unión a la Obra, en celo ardiente por las almas.

Sobre todo, le pediremos la gracia de encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada y, al mismo tiempo, que El establezca en nuestros corazones el lugar de su reposo. Mutua inmanencia, que prometió Jesús: el que coma mi carne y beba mi sangre habita en Mí y yo en él. De esa manera, podremos permanecer íntimamente unidos.

Podemos hacer el propósito de rezar muchas veces esa jaculatoria que recuerda la Consagración hecha por nuestro Fundador, y que tanto bien hará al mundo -traerá la paz- si nos decidimos a encontrar en el divino Corazón de Jesús nuestra morada: Cor Iesu Sacratissimum et Misericors, dona nobis pacem! Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús, danos la paz.

Y a la Virgen le pedimos que interceda por nuestro país, por la Iglesia, por el mundo entero: Regina pacis, ora pro nobis! Reina de la paz, ruega por nosotros.

sábado, noviembre 01, 2008

Todos los santos


La fiesta de hoy es una llamada a la esperanza. Al comenzar la Misa, nos invitamos mutuamente a alegrarnos en el Señor por esta solemnidad, por la cual se alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios. Hoy nos concedes —dice el sacerdote más adelante, en el prefacio— “celebrar la gloria de todos los santos, la asamblea de la Jerusalén celestial que eternamente te alaba. Hacia ella, aunque peregrinos en la tierra, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y animados por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia; en ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad”.


Ahí se explica el sentido de este día: alegrarnos porque en el Cielo hay gente como nosotros, que tuvo nuestra edad, que luchó contra las mismas miserias que nos afectan, que luchaban y ganaban, que luchaban y perdían…Nos alegra, nos tranquiliza, saber que en ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad.


En el mismo sentido se expresa la oración colecta: concede a tu pueblo, por intercesión de todos estos hermanos nuestros, la abundancia de tu misericordia y tu perdón. Ya que se la concediste a ellos, concédenos también a nosotros esa misericordia de la cual estamos tan necesitados.


Y en la lectura del Apocalipsis (7, 2—4.9—14), Juan inserta dos visiones antes de abrir el séptimo sello: en la primera, muestra que Dios protege a su pueblo y en la segunda, describe la gloria de los redimidos: “Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel. Después de esto, en la visión, apareció una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos, que gritaban con fuerte voz: — ¡La salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero! Y todos los ángeles estaban de pie alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro seres vivos, y cayeron sobre sus rostros ante el trono y adoraron a Dios, diciendo: —Amén. La bendición, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fortaleza pertenecen a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén. Entonces uno de los ancianos intervino y me dijo: (…) —Éstos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado sus túnicas y las han blanqueado con la sangre del Cordero.”


Comenta Juan Pablo II que «la sangre del Cordero que se ha inmolado por todos ha ejercitado en cada ángulo de la tierra su universal y eficacísima virtud redentora, aportando gracia y salvación a esa “muchedumbre inmensa”. Después de haber pasado por las pruebas y de ser purificados en la sangre de Cristo, ellos —los redimidos— están a salvo en el Reino de Dios y lo alaban y bendicen por los siglos» (Juan Pablo II, Hom. 1-XI-1981). Con el salmo 23 cantamos maravillados: ¿Quién subirá al monte del Señor? —al Cielo— ¿Quién podrá estar en su recinto sagrado? El hombre de manos puras y limpio corazón. Este recibirá la bendición del Señor, y Dios, su salvador, lo proclamará inocente.


En la primera carta de Juan (3, 1—3), el apóstol aclara que sus enseñanzas se basan en que somos hijos de Dios: “Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos!”. La filiación divina es también el fundamento de las enseñanzas de San Josemaría: «Ésa es la gran osadía de la fe cristiana: proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados para alcanzar la dignidad de hijos de Dios» (Es Cristo que pasa, 133). Dignidad que llega a su plenitud en el Cielo, como dice el mismo San Juan: “Queridísimos: ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es. Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica para ser como él, que es puro”.


Hijos de Dios, que vivirán con Él en el Cielo. Pero el ambiente en que nos movemos nos pregunta: ¿no significa esta actitud renunciar a los placeres de este mundo a cambio de una posibilidad en el más allá? ¿No será más seguro gozar el momento presente, sin preocuparse por futuribles? ¿Qué garantía tenemos ya en la tierra de que esta apuesta no es fallida?


Como respuesta aparece la figura de Jesucristo, con su vida y enseñanzas. En concreto, el sermón del monte, con el que Mateo (5, 1—12) abre la descripción de los cinco grandes discursos enseñanzas del Maestro: “Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: —Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos. Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros”.


Benedicto XVI explica, en su libro Jesús de Nazaret (p. 96 ss) que, con este discurso, Jesús no viene a abolir el decálogo, sino a reforzarlo. Se trata de una serie de promesas, de orientaciones, la descripción de cómo deben ser sus discípulos. Porque, si bien es un sermón dirigido a todo el mundo, exige ser discípulo para escucharlo con fruto. Con estas enseñanzas Jesús nos muestra la perspectiva correcta, la escala de valores de Dios, la “lógica divina”, que nos brinda una nueva imagen, nuevos criterios, para entender cómo ver este tiempo presente sin perder de vista el éschaton, el final de los tiempos.


Una consecuencia clara de esta nueva perspectiva es que, «con Jesús, entra alegría en la tribulación». Las bienaventuranzas expresan lo que significa ser discípulo (en la práctica): tomar la Cruz para llegar a la resurrección. La segunda conclusión del Papa es que Cristo es el prototipo el modelo práctico de las enseñanzas. Como dice el Catecismo (1717): «Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos».


Esto se nota en la vida de cualquier bienaventurado. Tenemos uno a la mano, que todos conocimos. Cuenta el Cardenal Herranz (entrevista al ABC) que, “en los días que mediaron entre la muerte de Juan Pablo II y la celebración de las exequias, he visto desde mi despacho ese mar de gente, durante las veinticuatro horas del día. Por la noche bajé muchas veces a la plaza de San Pedro: muchos querían confesarse, incluso gente que llevaba alejada de la Iglesia años y años. Uno dijo: «Quiero llegar a ese hombre que me habla de Cristo a ver si Cristo me ayuda a salir de la droga». Yo me preguntaba: “¿Qué va a ver esta gente, en pie durante tantas horas? ¿Un muerto, acaso? No, va a ver a un Vivo. En aquel que estaba allí, humanamente muerto, ellos habían visto a Cristo. El carisma de Juan Pablo II es el carisma de Cristo”.


Una manera de concretar estas consideraciones es decidirnos a buscar la propia santidad, a la que el Señor nos llama, en nuestra realidad corriente. En concreto, en nuestro trabajo ordinario: estar frente al computador, cuidar de los niños, atender unas personas… Nos puede servir un texto de San Josemaría: “Vamos a pedir luz a Jesucristo Señor Nuestro, y rogarle que nos ayude a descubrir, en cada instante, ese sentido divino que transforma nuestra vocación profesional en el quicio sobre el que se fundamenta y gira nuestra llamada a la santidad. En el Evangelio encontraréis que Jesús era conocido como faber, filius Mariæ, el obrero, el hijo de María: pues también nosotros, con orgullo santo, tenemos que demostrar con los hechos que ¡somos trabajadores!, ¡hombres y mujeres de labor! Puesto que hemos de comportarnos siempre como enviados de Dios, debemos tener muy presente que no le servimos con lealtad cuando abandonamos nuestra tarea; cuando no compartimos con los demás el empeño y la abnegación en el cumplimiento de los compromisos profesionales; cuando nos puedan señalar como vagos, informales, frívolos, desordenados, perezosos, inútiles... Porque quien descuida esas obligaciones, en apariencia menos importantes, difícilmente vencerá en las otras de la vida interior, que ciertamente son más costosas”.


En mayo del 2008 Benedicto XVI invitaba a los jóvenes a tomar en serio este ideal de la santidad. Reforzaba su llamada con una cita del escritor francés León Bloy: "Hay una sola tristeza: no ser santos". Concluía el Papa: “Queridos jóvenes, atreveos a comprometer vuestra vida en opciones valientes; naturalmente, no solos, sino con el Señor. Dad a vuestra ciudad el impulso y el entusiasmo que derivan de vuestra experiencia viva de fe, una experiencia que no mortifica las expectativas de la vida humana, sino que las exalta al participar en la misma experiencia de Cristo”. Y por si alguno se sentía discriminado, añadía: “Y esto vale también para los cristianos de más edad”.

sábado, diciembre 01, 2007

Reina de los Apóstoles


Novena de la Inmaculada (primer día). 30-XI, San Andrés


Comenzamos la Novena en honor de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, nueve días en los que estaremos tratando de meter a la Virgen en todo y para todo. San Josemaría invitaba a que, durante estos días, todos los fieles del Opus Dei vivieran individualmente esta costumbre, poniendo mayor diligencia en la oración, en el cumplimiento de los deberes profesionales y en las pequeñas mortificaciones voluntarias, haciendo todo con amor filial a la Santísima Virgen, Madre de Dios y de la Iglesia, y Madre nuestra; y si voluntariamente lo deseaban, recitando además la fórmula u oración que cada uno eligiera.
 
Añadía que esta novena, personal, es distinta de la que puede organizarse en obras corporativas o en otras iniciativas de apostolado, en Centros donde se realiza labor externa –como haremos estos días-, o en iglesias: ningún miembro de la Obra tiene obligación de asistir a una de esas novenas públicas.

Esta Novena es la mejor manera de iniciar el Adviento, ese tiempo de preparación para celebrar el nacimiento de Jesús, que comenzaremos el próximo domingo. Durante estos días, procuraremos meditar, siguiendo un consejo de Juan Pablo II, un pasaje de la vida de María que es la visitación a su prima Isabel.

Comenzamos en el día en el que la Iglesia celebra al Apóstol San Andrés, el primero en ser llamado a seguir al Señor. De él cuenta el papa Benedicto XVI que “lo primero que impresiona en Andrés es el nombre: no es hebreo, como uno se esperaría, sino griego, signo indicativo de una cierta apertura cultural de su familia. (…) Nos encontramos en Galilea, donde el idioma y la cultura griega están bastante presentes. El lazo de sangre entre Pedro y Andrés, así como la llamada común que les dirigió Jesús, son mencionados expresamente en los Evangelios. (…) 

Por el cuarto Evangelio sabemos otro detalle importante: en un primer momento, Andrés era discípulo de Juan Bautista; y esto nos muestra que era un hombre que buscaba, que compartía la esperanza de Israel, que quería conocer más de cerca la palabra del Señor, la presencia del Señor. Era verdaderamente un hombre de fe y de esperanza; y un día escuchó que Juan Bautista proclamaba a Jesús como «el cordero de Dios» (Juan 1, 36); entonces, se movió, y junto a otro discípulo, cuyo nombre no es mencionado, siguió a Jesús, quien que era llamado por Juan «cordero de Dios». El evangelista refiere: «vieron donde vivía y se quedaron con él» (Juan 1, 37-39). Andrés, por tanto, disfrutó de momentos de intimidad con Jesús. La narración continúa con una observación significativa: «Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que traducido significa Cristo», y le condujo hacia Jesús (Juan 1,40-43), demostrando inmediatamente un espíritu apostólico fuera de lo común (…).

“Tradiciones muy antiguas dicen que Andrés es considerado como el apóstol de los griegos en los años que siguieron a Pentecostés; nos dicen que en el resto de su vida fue el anunciador y el intérprete de Jesús para el mundo griego. Pedro, su hermano, llegó a Roma desde Jerusalén, pasando por Antioquía, para ejercer su misión universal; Andrés, por el contrario, fue el apóstol del mundo griego. La tradición relata su muerte en Patrás, donde sufrió el suplicio de la cruz, pidiendo al igual que Pedro, ser crucificado de manera diversa al Maestro, en una cruz en aspa, que por eso se llama cruz de San Andrés”.

El primer día de la Novena nos habla, entonces, de apostolado: todos los cristianos hemos de ser apóstoles, como Andrés, como Pedro, como Juan. Como María, de la que san Lucas relata que marchó cum festinatione, de prisa, a visitar a su prima Isabel. Juan Pablo II explica que “el evangelista, describiendo la salida de María hacia Judea, usa el verbo anístemi, que significa levantarse, ponerse en movimiento. Considerando que este verbo se usa en los evangelios para indicar la resurrección de Jesús o acciones materiales que comportan un impulso espiritual (como en la vocación de Mateo o en la parábola del hijo pródigo), podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al mundo el Salvador”. Señor: infunde en nuestros corazones el afán de almas que llevó a San Andrés a dejar su tierra para irse a evangelizar a los griegos, la prontitud de ánimo que impulsó a tu Madre a visitar con prisa a su prima Isabel.

Pero ser apóstoles no es cuestión de método, o de poseer carácter amistoso. El apostolado debe ser el desbordarse de la vida interior. Como decía el Cardenal Ratzinger, “no ganamos a los hombres con nuestra astucia: debemos recibirlos de Dios, para Dios. Por eso todos los métodos están vacíos si no tienen en su base la oración. La palabra del anuncio debe estar habitada por una vida de oración”. 

Al comienzo de un año mariano en la prelatura del Opus Dei, el Prelado sugería hacerlo con el mismo espíritu con que lo había vivido su predecesor en 1978. En aquella ocasión escribía: “Estamos obligados a inyectar alegría en las almas, esperanzado optimismo en los corazones que se mueven entre desasosiegos y temores. (…) Pregúntate: ¿por qué no logro todo el fruto apostólico que Dios espera de mí? ¿A cuántas almas me dirijo, para convertirlas o para acercarlas más a Dios? (…) ¿por qué me conformo con excusas vanas, para no hablar claramente de Dios a más personas? (…) Acude derecho al regazo de tu Madre, y experimentarás la estupenda paradoja de la vida de infancia: saldrás fuerte en la fe y lleno de santa ambición para el apostolado, hecho sin pueriles cobardías. Serás más natural, menos cobarde, si confiesas a la Virgen con sencillez, quizá sonrojado, que la raíz de toda tu falta de vibración apostólica ha sido tu desamor y tu poltronería”.

Del mismo Siervo de Dios, el Venerable Mons. Álvaro del Portillo, se cuenta que “aunque las circunstancias no eran fáciles, asistió siempre que pudo a la Santa Misa. Nada más incorporarse al curso, pidió permiso al Coronel para acudir cada mañana a la Cartuja de Miraflores. La solicitud debió de ser tan insólita, que el Coronel le autorizó, pero no quiso comprometerse: si le veía la policía militar o debía dar razones a oficiales de otras unidades, él "no sabía nada"... Además de la distancia hasta la Cartuja, Álvaro debía superar el rigor del clima en el invierno burgalés, la hora tan temprana -volvía poco antes del toque de diana- y, por si fuera poco, el riesgo de encontrarse con perros rabiosos: por eso, llevaba pistola. Pero su buen ejemplo no pasó inadvertido, y su labor apostólica rindió frutos evidentes: unas semanas más tarde, al finalizar el cursillo, no iba solo a Misa; le acompañaban unos treinta compañeros”. (S. Bernal, p. 61).

Pidamos a la Virgen Santísima, con la intercesión de San Andrés, que también nosotros crezcamos en oración para ir anístemi, cum festinatione, a esas almas que nos esperan, y que les ayudemos a escalar el plano inclinado (virtudes, oración, sacramentos, seguimiento de Cristo). De esa manera, nos asombraremos durante estos días de ver que en nuestra vida se repite lo que decía san Josemaría: “Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos” (Camino, n. 799).

sábado, noviembre 18, 2006

Motivos de esperanza


Cada año, en la segunda mitad de noviembre, la liturgia de la Iglesia expone un tema que genera temor en la sociedad actual: el fin del mundo. El ser humano se asusta ante la posibilidad de que esta vida se acabe. Y, al mismo tiempo, cualquier película que hable de este asunto tiene taquilla asegurada.

En teología, la materia que estudia estos argumentos, llamada “Escatología”, es una de las que más controversias suscita: ¿en qué consiste propiamente la muerte? ¿qué sucede después de ella? ¿qué son esas estructuras conocidas como el cielo, el purgatorio, el infierno? ¿en verdad existen, o son mitos ya superados?

Precisamente por eso la Iglesia insiste en el anuncio de este tema, no sea que, inmersos en la barahúnda de la existencia cotidiana, nos vaya a suceder lo que decía la revista Time: «Nunca hemos corrido tan deprisa hacia ninguna parte».

La Revelación cristiana nos enseña que esta vida terrena tiene un origen y un destino, que es Dios. Y con esa instrucción no solo no le quita horizontes al pensamiento, sino que, por el contrario, le abre perspectivas. Juan Pablo II exponía en la Encíclica Fides et Ratio que uno de los problemas del hombre y la mujer contemporáneos es la falta de sentido. Y el anuncio de una meta a la cual se orienta nuestra vida es precisamente ese rumbo que tanto necesitamos. 

Ya en el Antiguo Testamento se prefigura la visión profética (Daniel 12,1-3): surgirá Miguel, el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén escritos en el libro se salvarán. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para la vida eterna, otros para la vergüenza, para el castigo eterno.

Por eso en el Salmo 15 le pedimos al Señor: Enséñanos el camino de la vida. Se trata de pedir a Dios que nos ayude a comportarnos como hijos de su pueblo, escritos en el libro de los bautizados: Señor, tú eres mi alegría y mi herencia, mi destino está en tus manos. Por eso se me alegra el corazón y todo mi ser descansa tranquilo; porque no me abandonarás en el abismo, ni dejarás a tu fiel experimentar la corrupción.

En este contexto se puede recordar la llamada del Maestro: Velad y orad, para que podáis presentaros sin temor ante el Hijo del hombre. Las personas de fe no tienen temor ante la muerte, ni ante el futuro, pues saben que, si velan y oran, se presentarán ante Aquél al que han procurado amar a lo largo de su vida, que sus nombres están escritos en el libro de los elegidos.

Las enseñanzas de Evangelio siempre nos llenan de esperanzas (Mc 13,24-32): Entonces verán venir al Hijo del hombre entre nubes con gran poder y gloria; él enviará entonces a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo.

San Agustín previene ante la tentación –que ya tuvieron los tesalonicenses— de esperar al último momento para portarse bien, hasta cuando Jesús esté a punto de llegar. Dice el Obispo de Hipona: “No pongamos resistencia a su primera venida y no temeremos la segunda”. Con la primera venida se refiere a la predicación de la Iglesia. Si nos esforzamos por vivir de acuerdo con sus enseñanzas, no hay por qué temer el día del juicio final. Esta actitud se favorece en la vida individual del cristiano, pero también en su vida social y eclesiástica, por la virtud de la esperanza. Se trata de una virtud teologal, que nos ayuda a enfrentar la vida con ojos optimistas.

En agosto de 2006, un sacerdote le preguntaba a Benedicto XVI si había esperanza para una diócesis pequeña, en una sociedad postmoderna, llena de dificultades, etc. La respuesta fue: “Respondo sin dudarlo: sí. Naturalmente, tenemos esperanza: la Iglesia está viva. Tenemos dos mil años de historia de la Iglesia, con tantos sufrimientos, incluso con tantos fracasos. Pensemos en la Iglesia en Asia menor, la grande y floreciente Iglesia de África del norte, que con la invasión musulmana desapareció. Por tanto, porciones de Iglesia pueden desaparecer realmente, como dice san Juan en el Apocalipsis, o el Señor a través de san Juan: Si no te arrepientes, iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero (Ap 2,5). Pero, por otra parte, vemos cómo entre tantas crisis la Iglesia ha resurgido con nueva juventud, con nueva lozanía.

En el siglo de la Reforma, la Iglesia católica parecía en realidad casi acabada. Parecía triunfar esa nueva corriente, que afirmaba: ahora la Iglesia de Roma se ha acabado. Y vemos que con los grandes santos, como Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, y otros, la Iglesia resurgió. Encontró en el concilio de Trento una nueva actualización y una revitalización de su doctrina. Y revivió con gran vitalidad. Lo vemos también en el tiempo de la Ilustración, en el que Voltaire dijo: "Por fin se ha acabado esta antigua Iglesia, vive la humanidad". Y ¿qué sucedió, en cambio? La Iglesia se renovó. En el siglo XIX florecieron grandes santos, hubo una nueva vitalidad con tantas congregaciones religiosas: la fe es más fuerte que todas las corrientes que van y vienen. Lo mismo sucedió en el siglo pasado. Hitler dijo en cierta ocasión: "La Providencia me ha llamado a mí, un católico, para acabar con el catolicismo. Sólo un católico puede destruir el catolicismo". Estaba seguro de contar con todos los medios para destruir por fin al catolicismo. Igualmente la gran corriente marxista estaba segura de realizar la revisión científica del mundo y de abrir las puertas al futuro: "la Iglesia está llegando a su fin, está acabada". Pero la Iglesia es más fuerte, según las palabras de Cristo. Es la vida de Cristo la que vence en su Iglesia.

También en tiempos difíciles, cuando faltan las vocaciones, la palabra del Señor permanece para siempre. Y, como dice el Señor mismo, el que construye su vida sobre esta roca de la palabra de Cristo, construye bien. Por eso, podemos tener confianza. Vemos también en nuestro tiempo nuevas iniciativas de fe. Vemos que en África la Iglesia, a pesar de todos sus problemas, tiene una gran floración de vocaciones que estimula. Y así, con todas las diversidades del panorama histórico de hoy, vemos -y no sólo, creemos- que las palabras del Señor son espíritu y vida, son palabras de vida eterna. San Pedro dijo: Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el santo de Dios (Jn 6,69). Y viendo a la Iglesia de hoy; viendo la vitalidad de la Iglesia, a pesar de todos sus sufrimientos, podemos decir también nosotros: hemos creído y conocido que tú tienes palabras de vida eterna y, por tanto, una esperanza que no defrauda”.

La comunión de los santos es otro motivo de esperanza: "La consideración de esta realidad alimentará además nuestra esperanza cuando las fuerzas del mal se hagan presentes con mayor virulencia en el mundo, abriendo quizá una puerta al pesimismo. ¡No demos cabida a esta tentación, hijas e hijos míos!" (Echevarría, Carta 1-XI-2006)

Son palabras que recuerdan aquellas otras de San Josemaría: "Es posible que muchas veces triunfe aquí el enemigo de Dios. Pero eso no nos va a retraer de trabajar, porque Cristo también está aquí triunfando, en medio de los hombres. Todas las criaturas -también Satanás y sus espíritus malignos- se rinden ante la majestad de Jesucristo y le sirven. El Señor sigue triunfando ahora en medio de los hombres. Cristo no ha fracasado: su vida y su doctrina están fecundando continuamente la tierra. ¡Optimistas, pues!"

De frente a un futuro incierto, cuando la sociedad parece en ocasiones querer alejarse de Dios, la actitud cristiana ha de ser la misma: Naturalmente, tenemos esperanza: la Iglesia está viva. Desde el Calvario contamos, además, con otro motivo de esperanza: la Madre de Dios, que pasó a ser entonces también Madre nuestra. A ella acudimos con esa jaculatoria tradicional: Santa María, Esperanza nuestra, ruega por nosotros.